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Para mi sorpresa, lo que iba a ser tarea de un sábado se convirtió en una obligación que no pude acabar antes del lunes. Mi madre guardaba todo: nuestros boletines de notas, estampas de la Virgen, recortes de periódicos donde aparecían fotos de gente que se nos parecía mucho, facturas, recibos...Agobiado, pedí ayuda a mis hermanos y acordamos quedar después de comer para repartir todo y tirar lo que no sirviera. No recuerdo quién de ellos apretó el botón del mando a distancia ni quién recordó que esa era la hora a la que no se podía llamar nunca por teléfono porque daban la novela que a ella le gustaba tanto. Solo sé que acabamos sentados en el viejo sofá, como antes, y dejamos que una tristeza empañada de perplejidad fuera ganando espacio al cansancio mientras contemplábamos las primeras imágenes. Cuando la novela terminó, la pequeña llevaba llorando hacía más de diez minutos, el mayor tenía los puños apretados, en un gesto que tanto podía ser de ira como de remordimiento, y los otros dos miraban fascinados la pantalla como si hubieran sido testigos de una súbita revelación. Solo yo permanecía sereno, tal vez porque era el que más visitaba a mamá, si no el único, el que conocía sus manías, sus despistes, su discurso repetitivo y sin sentido que solo se interrumpía para preguntar por los nietos. Solo yo había sido destinatario de sus confidencias, de su pérdida paulatina de visión, solo yo, en definitiva podía no avergonzarme y sobre todo no extrañarme de que mamá tuviera toda la razón del mundo. Su novela daba cien mil vueltas a cualquier libro que yo hubiera leído. Tenía sangre, pasión, muerte, persecuciones y vida más allá de lo imaginable. Pero hacía falta tener sus ojos y sus años para comprender que en la dos, después de comer, un rey africano, pero no negro, devoraba a sus enemigos y tenía un pelazo, igualito, igualito al de mi padre cuando era joven. Y vivía más allá de la soledad y la pérdida, en los lejanos desiertos del Serengueti, donde habita el olvido y crece como hiedra la inapelable crueldad de la desmemoria.

De La vida es lo que llueve (Mérida, de la luna libros, 2016)

Heteronima n03  

Revista de creación y crítica editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres (España)