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arriba. Luego se agarraba los genitales y miraba al infinito con furia de hombre que va a sentirse amado. -A mí, incluso, me ayudaban a subir las escaleras y tenía que reprochar a la sirvienta que lo hiciera. Y luego todo dios escribiéndome el discurso, y tic-tic de ordenador, y venga a probarme corbatas, aquí y allá, para que al final con la visita de un primer ministro de país del norte de Europa se resolviese todo de la manera menos alegre: colocarme yo un escalón encima del otro para que saliese bien en la tele el apretón de manos. Y también contraté a un biógrafo, para cuando dejé la presidencia. Y con varios años ya alejado de la política aún revisaba las corbatas de aquel tiempo- ironizaba, como respuesta, contando su sueño, Marcos. El infierno era aquello. El concepto de vida inabarcable sobre nosotros. Como un exceso, sobre nosotros. La inseguridad del bigote que irrumpe, el sinsabor de la adolescencia consumada. Y volvía a la carga Miguelito contra Sebas y sus ínfulas poéticas: -En la vida que soñé ayer para mí, me gustaba montar a triciclo. Y, aunque no existiese, siempre perseguía a la protagonista con trenzas de un poema de Ángel González, que, en realidad, era una burra. Lo hacía siempre a las siete de la tarde, cuando medio que oscurecía. Todos los días, a excepción del domingo. Los domingos no, porque me sentaba en un poyete, el gesto caviloso de sostener la cabeza con una mano que venía de un brazo que se apoyaba en el muslo por el codo, a ver desfilar los autobuses de estudiantes feos. Y Sebas, ofendido, perseguía por la hierba a Miguelito. Resbalaba y le toreaba con profundidad aprovechando su caída. El infierno era aquello.

Heteronima n03  

Revista de creación y crítica editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres (España)

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