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comilón, Sebas un estudioso de la narrativa picaresca, Miguelito casi torero y Marcos un intelectual orgánico. El infierno era aquello. Cada verano en el pueblo aguardábamos con expectación el previsible transcurso de sus días. Siempre a la espera de aventuras, de hazañas o mundos que nos sometiesen, gobernados nuestros ánimos al fin, en la rectitud de un toreo “al natural” que enloqueciese los tendidos de Las Ventas según Miguelito o en un cambio del orden económico mundial que nos hiciese más humanos, más primitivos de emociones y valores ciudadanos según Marcos. El infierno era aquello. El sabor de un único pan, producido en una única panadería, un único economato respetado con devoción por cada habitante y creado por supervivencia en la hambrienta y tuberculosa posguerra. Un pan tan único, tan exclusivo, tan suyo como el pensamiento político de Marcos. El infierno era el primer cigarro del día que seguía a la ingesta de los bollos típicos del pueblo. Un cigarro que sabía a sequedad, a rutina maloliente, a calor que se filtra por las paredes de un pueblo donde solo hay piedras, lagartos y hombres con dientes amarillos de no lavarse. Un cigarro seco y despreciable como las sonrisas chulescas de desaprobación de Jaime. Algunas tardes nos aproximábamos a las orillas de un riachuelo a las afueras del pueblo. Nos gustaba quitarnos los zapatos y sentir el masaje de la hierba en nuestros pies. La tarde se iba y nosotros la seguíamos, con las miradas quietas en las últimas nubes, divagando en sueños. Jugábamos a cambiar de vidas: -En la vida que soñé ayer era un poeta con perilla y veía antenas y en las antenas se enrollaban gatos. Y vivía en un bloque donde al viejo del primero le había salido la jugada de su vida en la quiniela con un Osasuna 3 - Recreativo de Huelva 5 y durante meses no supo donde guardar todo el dinero. Viviendo de las canciones de música que componía me sorprendió la cárcel, que era un habitáculo minúsculo, con una cama con un colchón de escasos centímetros y un cojín simulacro de la almohada. Y estaba en la cárcel porque el grupo que tocaba en ella, y para el que yo hacía las letras, quiso meter en el altavoz a un preso terrorista. El hombre de la quiniela me miró con miedo cuando me llevaban preso- empezaba Miguelito burlándose de las ínfulas poéticas de Sebas. -Mismamente la última mía no fue soñada. No venía de un poema donde se obligaba el poeta a tomar parte de cada uno de los versos que lo tenían quieto frente a un molino que era la existencia. En la última vida era hijo de ingeniero. Estudiaba en la capital y me follaba a una coja. Una sirvienta procedente de Francia, coja. De la pierna derecha. Se calló de un carromato y los chismes de la época no eran sofisticados, ni ella persona de dineros, para soliviantar, no ya el dolor, sino la torcedura- replicaba a Miguelito Jaime, que volvía con el gesto soez harto repetido por él de hacerle el amor a su novia guapa y rubia teniéndola a ella

Heteronima n03  

Revista de creación y crítica editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres (España)