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vehículos de tracción animal. El infierno era aquello: presentir la cada vez más cercana idea de una separación definitiva. Miguelito iba para torero. Jaime tenía una moto verde que no hacía ruido, Sebas tenía una tesis doctoral y Miguelito no tenía infancia. Su niñez transcurrió en las piernas de su padre. Año tras año, feria tras feria creció viendo toros y toreros. Nos decía que era torista. Entre el público taurino los toristas reclaman un toro íntegro, con los pitones sin afeitar, bravo y con trapío. Los que se oponen al torismo son los toreristas. Miguelito decía que los toreristas eran unos palmeros, que creían que pagaban para ver cortar orejas y no para ver la verdad de la fiesta. Palmeros, irrespetuosos en los rituales, sin idea de lo que en el fondo era aquello. Eso decía de los toreristas. Iba para torero y de cada torero cogió algo. De José Miguel Arroyo “Joselito” (un torero republicano, ateo, criado en la calle y en el trapicheo de drogas, chulo, guaperas e irreverente de condición) provenía su gusto por las gominas. De Domingo Dominguín (el hermano de Luis Miguel que llegó, con Franco, a subvencionar ediciones de Mundo Obrero) su defensa del toreo como arte popular, del y para el pueblo. De Curro Romero y Rafael de Paula (máximos representantes del toreo gitano, del toreo artístico o del pellizco) escogió la idea de la espantá, bien relacionada con su ferviente defensa del torismo. Si el toro no era bueno, si era un marrajo, decían Curro y Paula, se iba uno sin matarle, sin torearle porque era hacerle perder el tiempo y la tarde al aficionado. Por los toros y los toreros, por su enferma obsesión, no tuvo infancia ni tenía novia. Marcos no escuchaba a ninguno de sus cuatro compañeros. Marcos era comunista y bien sabía que el sistema imperante había cerrado sobre nosotros la espiral del pensamiento único capitalista. Cualquier opinión, decía, que emitiésemos estaba condicionada por agentes externos no observables pero cognoscibles por quienes como él, lectores de Marx y Althusser, estudiasen las técnicas de sometimiento cultural de la superestructura. Hasta mi vinculación al torismo está condicionada por el sistema capitalista, le preguntaba Miguelito. Hasta eso, le respondía. Tres tipos de comunistas había. Los militantes de base entregados a las manifestaciones y a la lucha callejera, los intelectuales orgánicos y los intelectuales a secas de despacho, puro y biblioteca envidiable. Los intelectuales orgánicos, a grandes rasgos, decía Marcos, se encontraban a caballo entre el primer y el tercer grupo. Y él era un intelectual orgánico. Tres tipos de izquierdas comunistas había, explicaba con el dedo índice enderezado y tieso. Una izquierda comunista maximalista, ortodoxa, encerrada en sus símbolos más arcaicos, en sus valores legendarios. Una segunda izquierda con alma pactista, comedida, pragmática, enrocada en una inservible socialdemocracia y negociadora con el poder a niveles tales que este le engullía. Y, al fin, una tercera izquierda comunista, en la que él militaba, radical pero democrática, capitana de los movimientos sociales, abierta a las nuevas formas de lucha. Jaime era un buen

Heteronima n03  

Revista de creación y crítica editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres (España)