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gracias– a una lectura más compleja y rica de aquel Parnaso –o Parnasos– del Mediosiglo. Una lectura que huye de los reduccionismos basados en el limitado y parcial eje del espadañismo-garcilasismo, o en lugares comunes sobre la estratificación generacional, o en la extraliteraria afección-desafección a la dictadura franquista. En este sentido, no creo que sea casual la elección del punto de vista. Gabino-Alejandro Carriedo personifica como pocos –¿como pocos?– la polivalencia y complejidad –aunque fuera bajo la hegemonía discursiva de la ‘rehumanización’– del ámbito literario español de la posguerra y la dictadura. En los Cuarenta Carriedo fue, sí, autor de los versos tremendistas del Poema de la condenación de Castilla, sin que ello le impidiera ser un destacado integrante del festivo e irreverente postismo. En los Cincuenta fue codirector de una revista tan asombrosa, exquisita y abierta como El pájaro de paja, al tiempo que empezaba a ensanchar sus intereses hacia otros horizontes como la literatura lusófona, más allá de la engañosa ‘autarquía’ intelectual que supuestamente dominaba su tiempo. Un poeta, a la postre, que participó con convicción del realismo social de la poesía comprometida en los Sesenta, con Política agraria como poemario más señero, pero que nunca claudicó de la experimentación verbal en libros como Los animales vivos, por citar uno de tantos ejemplos. La trayectoria de Gabino-Alejandro Carriedo no es ni más ejemplar ni más arquetípica que otras para comprender las corrientes estéticas que conformaron la poesía escrita bajo aquellas décadas de dictadura. Tampoco menos que cualquiera. Y aquí radica el gran acierto en la elección de Amador Palacios. Con él, además, se recorre y reivindica la fundamental obra de otros poetas del periodo también arrinconados por la tramposa dicotomía del garcilasismo-espadañismo, luego reinventada arteramente bajo la disputa entre la comunicación y el conocimiento. Me estoy refiriendo a poetas cercanos en lo vital y en lo poético a Carriedo como Miguel Labordeta, Carlos Edmundo de Ory, Juan Eduardo Cirlot o Ángel Crespo, entre otros muchos compañeros de viaje del palentino. Compañeros que van desde un Victoriano Crémer a un Félix Grande, sin olvidarnos de Blas de Otero, José Hierro o Eladio Cabañero. El aroma de esta “flor de humo” es, en suma, inaprensible como la materia que la conforma, pero, como el poso del tabaco sobre la ropa, su lectura calará en la manera en que sus lectores se acerquen después de ella a la figura de ese estimable y a veces obviado poeta llamado Gabino-Alejandro Carriedo. También, sin duda, al hábitat en que su obra respiró: ese vasto y aún mal narrado territorio de la poesía española escrita durante el franquismo.

Heteronima n03  

Revista de creación y crítica editada por la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres (España)

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