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Vilagarcía de Arousa y el alzamiento contra los franceses Texto: Manuel Suárez (Miembro de la Asociación de Héroes de la Guerra de la Independencia 1809. Pontevedra) • Fotos: Pedro Puig n los primeros años del siglo XIX contaba Vilagarcía con unos 1.500 habitantes. Los hombres se dedicaban a la pesca y a la navegación, mientras que sus mujeres se dedicaban a hilar y a la salazón de la sardina. En aquellos años ya era capital de la provincia marítima de su nombre, con completa jurisdicción en cinco distritos. A su frente, tenía a un Capitán de Fragata, que era su Comandante; un Segundo, un Contador, cuatro Cabos de Mar, un Auditor, un Escribano, tres Procuradores, un Portero y un Alguacil. Su Concello estaba

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formado por el Alcalde Mayor, cuatro Regidores y un Síndico, como capital de su municipio, que comprendía dos cotos: Trabanca Badiña, correspondiente al Conde de Maceda y el coto de Trabanca da Pedra, del Monasterio de San Martín Pinario de Santiago de Compostela. Su puerto y el de Carril contaban con gran fama de ser, al lado de Vilanova y A Pobra, lugares de “gran pesquería de ostra”, según contaba en sus relatos el Licenciado Molina ya en el siglo XVI; que decía: “con estas grandes cantidades de ostras, que transportaban por tierra fornecen la Mesa Real y proveen de ellas a toda Castilla”. También nos cuenta que “la

pesca que anualmente es apresada en el puerto de Vilagarcía asciende a ocho mil millares de sardina, que salan sus mujeres”. Todavía continúa explicándonos que el puerto de la villa cuenta con “tres bergantines-goletas, un quechemarín, cinco lanchas, seis botes y una minueta, que son propiedades de sus vecinos”; sigue diciendo: “es muy importante la exportación de cebollas, desde su puerto para

En los primeros años del siglo XIX contaba Vilagarcía con unos 1.500 habitantes. Los hombres se dedicaban a la pesca y a la navegación, mientras que sus mujeres se dedicaban a hilar y a la salazón de la sardina


los demás puertos españoles, en cantidades superiores a los dos mil millares anuales de este producto”. “Sostiene además esta industriosa villa una fábrica de curtidos, varias de sardina, telares de lanas y lienzos del país, y hasta siete molinos que muelen todo el año, seis de ellos para maíz y uno para trigo”. Luego nos habla del mercado semanal y destaca su gran importancia, y hace también mención de lo bien abastecida que estaba siempre su plaza diariamente, etc. Destaca que “es una pena que el puerto carezca del muelle, necesidad tan perentoria, ya que por ello no arriban al puerto los barcos que entran en la ría, con perjuicio del comercio de sus vecinos”. Este era el ambiente de tranquilidad que reinaba en la Vilagarcía de principios del siglo XIX. Pero al llegar los primeros días de mayo de 1808 se conocen atrocidades que realizaba Murat en Madrid. Entonces, según decía un cronista de la época, “Vilagarcía rompe el silencio y la inacción que tiene Galicia”. El Ayuntamiento se puso de acuerdo con las principales personas de la villa y convocó a los curas párrocos de las parroquias y pueblos vecinos con sus feligreses, para el día 12 de mayo de ese fatídico año de 1808; y ya todos reunidos en la “Plaza del Mercado” (hoy, debido a esa gesta, la conocemos como “Plaza de la Independencia”) proclamó repetidas veces por Rey de España y de las Indias a Fernando VII en ese momento, ya preso en Bayona (Francia). Eficazmente autorizó esta proclamación el Capitán de Navío de la Real Armada, D. José Brandariz, Comandante de Marina de nuestra Comandancia, quién, con la bandera española en la mano y con repetidas salvas de saludas de un cañón -arma que mandó traer con este motivo del puerto de Carril- hizo vitorear todos a una: ¡Viva Fernando VII! ¡Muera Napoleón Bonaparte! y proclamaron la “independencia de la tiranía francesa”. Este acto deja claro que, ningún otro pueblo, puede disputar la prioridad en este alzamiento a Vilagarcía. A Coruña, a pesar de residir en ella la Capitanía General del Reino, no tomó acuerdo ninguno en contra de los invasores hasta el día 30 de ese mes de mayo. La Corporación que tomó esta patriótica inciativa, estaba formada por el Alcalde Mayor, D. Manuel Bernardo Ibero Benavides, los regidores, D. José Nicolás de la Peña y Castro y el

Licenciado D. Salvador Conde; los Diputados de Abastos, D. Agustín Álvarez y D. Agustín del Río; el Procurador Síndico era D. Juan Torres y Espinosa. Ante la inminencia de la guerra, se trató en todo el país gallego de arbitrarse un ejército, para oponerse al invasor. Desde Santiago de Compostela, -en aquel entonces, capital de la provincia,de la que Vilagarcía formaba parte- se recibían órdenes de apremio a tal objeto. Así, el Ayuntamiento de Santiago, en sesión de 6 de septiembre, acuerda dirigirse a los de Carril y

¡Viva Fernando VII! ¡Muera Napoleón Bonaparte! y proclamaron la “independencia de la tiranía francesa”

Vilagarcía para que dispongan, recojan y remitan “todas las esteras que haya en los almacenes, para enfardar los uniformes que se destinarán a los ejércitos”. En sesión de 23 de ese mismo mes de septiembre, se acuerda, en aquel Ayuntamiento compostelano “dirigirse a los Justicias de los ayuntamientos de Vilagarcía, Carril y Muros, para que eviten la emigración o fuga de todos los mozos útiles para esta conscripción”. Mientras esto ocurría, la precipitación de los acontecimientos hizo que Napoleón, queriendo alcanzar al ejército inglés, aliado de España en esa ocasión que trataba de embarcar en A Coruña al mando del General Sir John Moore, destacase en su seguimiento a dos de sus más famosos Generales: Ney, Duque de Elchinguen, y a Soult, Duque de Dalmacia, cuyas tro-

pas pisaron tierras gallegas en los primeros días de enero de 1809 y, avanzando desde tierras lucenses, se apoderaron de Santiago el día 19 de ese mismo mes.

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La entrada de los franceses en tierras gallegas hizo pensar a los vilagarcianos en sublevarse contra ellos. Nuestro Comandante, D. José Brandariz, meditaba la manera de formar un ejército con las gentes de nuestros pueblos y todos los de la comarca que habían acudido al glorioso acto -ya entonces famoso- del “12 de mayo de 1808”, en nuestra ciudad. Deseaba organizarlo debidamente y poder contar, a lo menos, con unos cien soldados de tropa de línea, no solamente para adiestrar a la gente sino para evitar todo tipo de desórdenes y esta-

blecer la subordinación, indispensable, para obtener un buen éxito. Las personas principales de nuestra villa deseaban esto mismo y trabajaban en ello para construir un buen plan de defensa de toda la comarca, situándolos en los parajes más oportunos. El avance de las tropas francesas sobre Santiago despertó el temor de los vilagarcianos al observar que desde Padrón y otros puntos llegaron huyendo, el día 13 de enero, varias personas portando varios enseres, incluso

nía...así como la corona de Santa Eulalia”. Encargo que, sin duda, le hicieron con el propósito de librar tales joyas de la rapiña de las tropas invasoras. De todas maneras, lo que sucedió luego de esto que acabamos de contar, según el relato del propio Sr. Vázquez Betanzos, fue que: -”Recibida en Redondela -en donde nos encontrábamos refugiados- la noticia de que los franceses habían entrado en Pontevedra ese mismo día, el 12 de abril, aunque todos creían que no lograrían pasar en Pontesampaio, decidimos, esa misma noche, embarcar en una lancha con todos nuestros enseres, esto es, todo lo de mis hijos y lo mío, y las alhajas de nuestras imágenes que nos habían encomendado, pero se dio la desgracia de que, a los pocos metros, quedase varada la lancha”. Luego explica: “los enemigos penetraron al día siguiente en el lugar, siguiendo la marea baja, para cortarnos y matarnos, tanto a nosotros como a otros muchos que nos siguieron”.

El avance de las tropas francesas sobre Santiago despertó el temor de los vilagarcianos

muebles, temerosos del avance francés. Varios vecinos, sospechando de que pronto ocuparían nuestro pueblo, escaparon en varias direcciones hasta donde creyeron estar más seguros. Uno de ellos fue D. José Antonio Vázquez y Betanzos, cuya hija, Joaquina, era camarera de la Cofradía de Santa Eulalia, en nuestra parroquia, y decidieron huir a Redondela, con todos sus bienes, el 14 de ese fatídico mes de enero de 1809. Recibió entonces esta señorita el encargo de los capellanes de la Capilla del Rosario de nuestra iglesia parroquial de llevar consigo “contra su voluntad y fuerza...las alhajas de la Virgen titular de dicha capella-

“Entonces huimos cada cual a poner nuestras vidas a salvo en el embarcadero de A Portela, distante del lugar en que nos encontrábamos un cuarto de legua”. Sigue: “Pintar lo que nos pasó allí a nosotros y a otros muchos para haber de salvar nuestras vidas, sería asunto largo y penoso; basta con que sepa quien tal lo padeció. Las balas silbaban sobre nuestras cabezas; una madre y su hijo, que por desgracia no habían podido embarcar, fueron víctimas del furor de nuestros enemigos, los mismos que saquearon y robaron todos nuestros enseres, junto con las alhajas, cuya custodia nos había encomendado, todo el equipaje mío y de mis hijos”. Así fue cómo se perdieron esas alhajas de gran valor, pertenecientes a nuestra parroquia. Nuestros paisanos, así como otros muchos de los que de allí huyeron, se salvaron gracias a la caridad del párroco de San Adrián de Cobres, que los recogió en su casa.


Veremos qué ocurría en nuestra villa, mientras tanto sucedía lo que hemos contado en el relato anterior, con las joyas de las imágenes de nuestra iglesia y sus portadores. La situación por la que estaba pasando Santiago, soportando y padeciendo tan numeroso ejército enemigo que provocaba una total carencia de víveres y otros elementos de primera necesidad, hizo que su Ayuntamiento tomase medidas para su aprovisionamiento. Así pues, en Consistorio celebrado el 28 de febrero de ese terrible 1809, se acuerda la conducción de aceite -que ya con anterioridad había sido embargado a Vilagarcía -cuya cantidad ascendía a “cincuenta y nueve arrobas, con más de una cuarterola de dieciocho, mediante la urgencia que hay de ese género”, se decía en la orden. El ejército francés, dominador absoluto de Santiago, ante la necesidad de reunir caudales con que poder solucionar sus grandes gastos, hizo que la Depositaria de Rentas Reales diese orden para que los fondos existentes en Vilagarcía fuesen enviados a Compostela. El pueblo vilagarciano se opuso determinantemente a la ejecución de esta orden, amotinándose el 2 de febrero, día señalado para el traslado del dinero, cuya salida se impidió. Se dirigieron todos los amotinados hacia la casa del Comandante Brandariz, pidiéndole que arreglase lo del armamento, y le pidieron, por aclamación, que aceptase el nombramiento de Jefe de aquel improvisado movimiento popular. Después de esto, el Comandante Brandariz, conocedor de que los franceses considerarían muy ofensiva esta actitud de los vilagarcianos y que, de inmediato, se vengarían de la actitud y sublevación de nuestro pueblo, impidiendo la salida de las rentas, decidió -después de nombrar por su segundo Comandante al Capitán de Infantería, retirado, D. José Pardiñas- la formación de dos avanzadillas. Una de ellas a la altura de O Pousadoiro, y la otra en A Siagoga, en Cordeiro, para oponerse a la llegada de los franceses, tanto si viniesen de la parte de Caldas, o decidiesen hacerlo por la de Padrón.

Se buscaron armas por doquier; entre particulares, comercios,... para que las guerrillas estuviesen bien armadas. Tampoco faltaron cañones para situarlos en puntos estratégicos. Otra idea se le ocurrió, además, a Brandariz- que de haberse retrasado un poco más los franceses en su represalia, hubiese sido salvadora para Vilagarcía y su entornofue la solicitud de ayuda a los ingleses. Mandó, el mismo 27 de febrero, tres lanchas a la costa de Portugal y a Finisterre, con escritos para

cartuchos, así como a uno de sus oficiales, para averiguar el estado del país, así como para informarse del armamento e insurrección. Brandariz repartió los socorros recibidos entre los vilagarcianos y las gentes de los pueblos cercanos que se habían sublevado al lado del nuestro, y luego escribió de nuevo al Comandante inglés, agradeciéndole su ayuda y rogándole que se viniese a situar con su fragata en el puerto de Vilagarcía, para atemorizar así a los franceses.

entregar al Comandante del primer navío de guerra inglés que hallasen, dándole así cuenta de la insurrección contra los franceses en esta parte de Galicia, pidiéndoles armas, municiones y todo tipo de ayuda que pudiesen prestar. Afortunadamente, una de las lanchas, la patroneada por José Benito Aro, que había salido de Carril, encontró en aguas de Finisterre a la fragata inglesa “Libelly”, comandada por Mr. George M. Kinley, que envió pólvora, fusiles y

Se buscaron armas por doquier; entre particulares, comercios,... para que las guerrillas estuviesen bien armadas

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Los grupos de guerrillas destacadas en A Siagoga y O Pousadoiro, unidos a los vecinos de Cuntis, no atendieron debidamente las indicaciones de Brandariz, que quería formar un mayor cuerpo de ejército y no provocar de momento la ira del enemigo, que los podría destruir al estar todavía en formación, y atacaron a los franceses que pasaban por el camino entre Pontevedra y Santiago, haciendo prisioneros diariamente y cogiendo espías y correspondencia, mostrándose con ello muy entusiasmados. Sucedió que el 4 de mayo, cuando pasaba por Caldas de Reis, un gran carruaje fuertemente escoltado por cuatrocientos soldados franceses fue atacado en el puente Barosa, por dos grupos de guerrilleros al mando del Cadete del Batallón Literario, D. Benito Godoy y Araújo, matando más de 30 franceses e hiriendo a otros muchos. Este episodio determinó que saliesen desde Santiago en la madrugada del día 6, ochocientos soldados franceses contra Vilagarcía, dispuestos a vengarse de lo ocurrido. Por un espía, se enteraron los franceses que, en ese momento de su avance, el lugar ideal para entrar en la zona era A Siagoga, ya que estaba menos guarnecido que O Pousadoiro. Brandariz mandó reforzar ese puesto con cincuenta hombres al mando de su hijo José, que era Subteniente del Batallón de Literarios. Al llegar, encontró ya forzada la resistencia de las guerrillas, por lo que tuvo que limitarse a entretener a los franceses de combate para dar tiempo a que las gentes de las aldeas inmediatas a Vilagarcía y Carril, así como la de estos pueblos, se pusiesen a salvo. La escaramuza de A Siagoga causó la muerte al Administrador de Correos de Vilagarcía, José Arcilla, que también era Oficial Segundo de la Administración de ella. Su cadáver fue enterrado por los paisanos de la zona montañosa de Erazal y Lourido, después de finalizarse la lucha contra los ochocientos hombres del destacamento francés. El tal José estaba casado con Dª María Andrea Sánchez de Arteaga, de quien no dejó sucesión. El 29 de ese mes de marzo fue exhumado su cadáver y trasladado a Vilagarcía, en donde recibió definitiva sepultura. Después de haber forzado el paso de A Siagoga, ningún obstáculo se opuso al rápido avance de las tropas francesas, las cuales, a

El 4 de mayo, cuando pasaba por Caldas de Reis, un gran carruaje fuertemente escoltado por 400 franceses fue atacado en el puente Barosa, por dos grupos de guerrilleros al mando de Godoy marcha forzada, se dirigían a Vilagarcía para castigarla por todo lo que había hecho en su contra, dirigiéndose, al mismo tiempo, a sangre y fuego, contra todos los pueblos que encontraban en su camino. Muy triste es el relato de tanta desgracia, ya que hubo vecinos de las distintas parroquias en que iban entrando que no tuvieron tiempo de huir o no quisieron abandonar sus viviendas, pensando quizás, en que los invasores no llegarían a extremos de terror en su dispuesta venganza.

En la parroquia de Dimo, al pasar, incendiaron la casa rectoral, robaron los ornamentos y mataron a trece vecinos: Cayetano Otero, José Castaño, Manuel Conde, Josefa Torrado, Roque da Bouza, Franciso Bello, Nicolás Figueira, Bernardo Lorenzo, Ramón Bouza, Egidio Romay, Andrés Lobato, José Rodríguez y Tomasa Torrado. Ese mismo día, en la parroquia de Oeste, lo que ocurrió, lo describe perfectamente el cura párroco, D. Joaquín de la Sierra y Arce: - “Dentro de la Iglesia Parroquial de Santa Eulalia de Oeste, a seis días del mes de Marzo de 1809. - Se dio sepultura al cadáver de D. Francisco de Dios y Couselo, presbítero, a quién, alevosamente e indefenso, mataron los satélites del corso Bonaparte, los que pasaron el mismo día por ésta, matando a cuantos hallaban, sin excepción de personas; robaron y quemaron parte considerable de las casas de estos habitantes. Llegó a tanto la ferocidad y desenfreno de estos bárbaros y enemigos comunes, que ni el Sagrario, depósito de Su Divina Majestad, fue respetado, pues lo llevaron, y las formas consagradas las trajeron a la Casa Rectoral y en sus escaleras las pisaron, maltratándolas con sus pies esos malvados.


Asistieron al entierro y funeral de D. Francisco, los sacerdotes de la venerable cofradía del clero de este partido, de la que era hermano.” También mataron - aunque no se consignan - entre otras personas, al presbítero D. Juan Ignacio Lavandeira, y a Rosalía López. Al pasar igualmente por la parroquia de San Miguel de Catoira, viendo que los vecinos habían huido, mataron a todos los que en su camino encontraron. Así, el párroco deja esta nota escrita en los libros eclesiásticos: “El seis de Marzo de 1809 fue día de desgracia para esta Parroquia, día memorable para todos, pues pasando por ella una gran partida de tropa francesa, han hecho siete alevosas muertes, todas personas de avanzada edad, recogidas en sitios que aún parece podía librarse; pero la Divina Providencia así lo dispuso. Todos lloren y pidan por estos pobres desgraciados”. Seguidamente pasaron a la feligresía de San Mamede de Abalo; allí causaron la muerte del presbítero D. Gabino Loureiro, y además de Gregorio Lorenzo, Manuel Torrado, Juan Loureiro, Luis Lorenzo y Bernardo Isorna. Continuaron avanzando por la parroquia de San Ginés de Bamio, cuyos moradores debían de estar desprevenidos, pues se eleva a veintitrés el número de vecinos muertos a mano de los invasores, sin contar al presbítero del lugar de Trabanca Sardiñeira, D. Benito Coello, también a los vecinos de Vilagarcía, Felipe Buceta y Remigio Coello, que por eso fueron enterrados en aquella parroquia. También asesinaron al párroco, D. Francisco Antonio Moas Barreiro, a quién, penetrando los franceses en su morada, sin tener en cuenta su avanzada edad ni su indefensión, lo atravesaron con una bayoneta, quedando en la pared, por mucho tiempo, la marca del puntazo y las huellas de sangre. Los vecinos de Carril, procuraron huir del furor francés, siendo tradicional el que buscaran refugio en la Isla de Cortegada, embarcándose al efecto; mas algunas de las lanchas fueron alcanzadas por el fuego de la fusilería de los franceses, que disparaban desde tierra. Entre los fallecidos en las lanchas, según cuenta la nota de defunción de los libros parroquiales, están: Rogelio Ferreirós, Mateo Ferreirós, su esposa, Isabel de Canabal. Y dice: “fueron enterrados en la capilla de Nuestra Señora de Cortegada”. Los demás muertos en la villa de Carril, en ese mismo día y que figuran en los libros parroquiales son, además del sacerdote D. Benito Lorenzo; José Benito García Bravo, Rosendo García Bravo, Tomás Castromán, Fructuoso Rodríguez, Manuel Loureiro, Crisóstomo do Río, Bernardo Canabal, Francisco Iglesias, José González Lavandeira, Pedro Fontán y José Benedicto. La mayor parte de las víctimas son personas de cierta edad. Este 6 de Marzo de 1809 es quizás el día más amargo en la historia de Vilagarcía. La inminencia del peligro, con las noticias que iban llegando de los destrozos que en las personas y en las propiedades

venía causando esta partida de franceses, castigando la oposición de los vecinos, obligó a todos a buscar refugio en los montes próximos, excepcionalmente en Lobeira, desde el cual es fama que contemplaron, con el ánimo en suspenso, la gran luminaria del enorme incendio provocado por los invasores quemando las viviendas. Así que en el pueblo, quedaron sólo las personas ancianas, las enfermas y las que tuvieron que quedar por sus obligaciones. Este destacamento invasor había salido de Santiago a la una de la madrugada. Y consta que, en menos de doce horas, hicieron la jornada entera, de lo cual se deduce que, a pesar de todos los desastres que hemos contado, que fueron hechas a toda prisa por temor a las reacciones de los pueblos siniestrados, entraron en Vilagarcía en las primeras horas de la tarde de este fatídico 6 de Marzo. Su primera faena fue matar a cuantas personas encontraban e incendiar las casas. Así pereció el sacerdote D. Pascual Ferrín, del que se dice que murió en la calle que hoy se denomina “Arapiles”; a Inocencia Martínez, de Trabanca Badiña; Cipriana, del Lago, que-

mada en su propio domicilio; Juan de Renda, Agustín de Renda, Juan Suárez, vecino del lugar de Pereira; Jerónimo Rubianes, de Trabanca; Dionisio Gómez, del lugar de la Pereira; Juan Gómez, hermano del anterior; Eugenio López, vecino de A Torre; Domingo Docil, que se hallaba en la Comandancia Militar de esta villa y provincia; “sin saberse de su lugar de nacimiento”; Antonio Silva, portugués; Pedro Luaces, vecino de Trabanca Badiña, y Tomás

Ramos, cuyo cadáver no fue encontrado hasta el día 13, en que fue inhumado. Todos fueron ceremoniados y enterrados por el párroco D. Juan Durán y Romero. Las viviendas quemadas puede decirse que fueron casi todas. Las edificaciones que quedaron totalmente destruidas, según notas que existen en el archivo del marquesado, fueron: la Casa Rectoral, la del Administrador de

Los franceses no pasaron de Sobradelo ya que no quisieron exponerse a las iras de los pueblos que iban dejando asolados, viniéndose la noche encima Correos, el Ayuntamiento y la Cárcel, que eran propiedad del Señor Jurisdiccional, Marqués de Vilagarcía; por la obligación que tenían los que ejercían la jurisdicción de tener Prisión y Casa de Consejo, etc. Los franceses no pasaron del lugar de Figueirido, en la parroquia de Sobradelo ya que no quisieron exponerse a las iras de los pueblos que iban dejando asolados, viniéndose la noche encima, temiendo ser emboscados. El día anterior a iniciarse la salida de los franceses de Santiago, llegó a nuestro puerto la fragata

“Libelly”, que desembarcó pólvora y demás auxilios, pero fue una fatal casualidad que el Capitán M. Kinley recibiese un aviso del Capitán Krawford, de la fragata “Venus”, también inglesa, solicitando inmediato socorro por el inicio de la toma de Vigo.

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Conde de Noroña: “El inminente celo y valor de los vilagarcianos ha destruido un ejército floreciente y nos ha dejado poco que hacer a las tropas de línea”

La insurrección continuó, el acoso de las fuerzas enemigas fue en aumento, todos trabajaron en pertrechar el ejército popular, a las órdenes de Brandariz, quien pudo, satisfecho, comprobar cómo sus subordinados en la Comandancia de Marina, se dedicaban a la fabricación de cartuchos con la pólvora desembarcada por la fragata “Libelly”, y animando a las gentes y atendiendo a todo. Así, los vila-

garcianos, todos unidos, atacaron a los franceses causándole numerosas bajas y haciéndolos retroceder. Un célebre hijo de Vilagarcía, D. Luis López Ballesteros, Mayorazgo de A Golpelleira, que restauró cuando luego fue ministro de Fernando VII, la Hacienda Nacional, - aparte de ayudar con su aportación de armas, bagajes y donativos al pueblo de Vilagarcía - fue Jefe aquí de las “milicias ciudadanas”, que más tarde se organizaron en toda Galicia con la denominación de “alarmas”. Todo el resto del mes de marzo y abril, lo pasó el ejército popular comandado por

Brandariz, además de las “milicias ciudadanas”, al mando de Ballesteros, empujando al ejército francés hasta forzarlos a atravesar en retirada, el río Ulla en Pontecesures, y continuando luego, ayudados por las gentes de aquellos pueblos, hasta lograr su dispersión hacia diversos puntos, en total desbandada y con grandes bajas. No volvieron los franceses a pisar territorio vilagarciano. El Capitán General de Galicia, Conde de Noroña, dijo: “el inminente celo y valor de los vilagarcianos ha destruido un ejército floreciente y nos ha dejado poco que hacer a las tropas de línea”. Sobre el 22 de Junio salieron definitivamente los ejércitos napoleónicos de Galicia para no volver a entrar. Habían venido sobre ella Soult y Ney, los dos mejores generales, que aportaron al imperio francés los días de gloria que obtuvieron en Enchingen y Austerlitz, y en cinco meses dejaron en Galicia lo mejor de sus soldados. Ney trajo un ejército de 45.000 hombres y Soult otro de 24.000, dejando en nuestros suelos, en su retirada, entre muertos, heridos y prisioneros, 47.000 franceses. VILAGARCÍA, escribió así una GLORIOSA PÁGINA en su HISTORIA.


Diario Arousa 2008