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Yagé: la manipulación de los curiosos en el boom de la espiritualidad Por Hernán Posada hernanposada@gmail.com Al sentir que el estómago ardía como si se tomara gasolina, Juan David Pardo creyó que moriría intoxicado y se dio cuenta de que no debería estar allí, en el ritual que muchos recomendaban, pero que algunos ya repudiaban. Con la inquietud de saber qué es estar en el trance producido por el bebedizo indígena denominado yagé -que significa semen del pene del sol- con la aparente necesidad de solucionar angustias personales, encontrarse con seres queridos ya fallecidos o simplemente por acompañar a amigos en esa experiencia, muchas personas se han convertido en consumidores de yagé. Buscan -dicen- sus efectos alucinógenos, preparados por autodenominados taitas y chamanes en Medellín. Ahora se ha vuelto un negocio lucrativo que mezcla los conocimientos ancestrales con el interés de los curiosos. Ayawasca En las catorce variedades de yagé, el más conocido en el ámbito medellinense es el preparado con la planta ayawasca, un bejuco parásito que crece en los árboles y sobre algunas piedras del Putumayo, sur de Colombia, explica el profesor Juan Manuel Serna, experto en lingüística y gran conocedor de las culturas huitotas colombianas. Serna señala que el problema es que el ritual del yagé está íntimamente ligado con esas culturas ancestrales, cuyo conocimiento alrededor del tema se adentra tanto en la selva como en los siglos de conocimiento acumulado, al punto en el que los chamanes pueden resolver problemas de su comunidad alrededor de esos ritos. Según el profesor, quien ha compartido parte de su vida con esas comunidades, el hecho de que como ritual, a los indígenas les está prohibido profanarlo porque es considerado sagrado. Y este tipo profanación podría ser comparable en el caso de que católico se apoderara de los cálices o vendiera las hostias benditas en un mercado callejero. Esto, acompañado de un ritual de iniciación novedoso para muchos que hoy es un fenómeno social, como hace poco tiempo se dio también con el consumo de éxtasis. "Un sábado a las diez de la mañana tragué de esa bebida espesa, de color negro como la noche que, por cierto, tenía mal sabor. Me la sirvieron en una vasija indígena, de esas que uno ve en los museos. Retuve el contenido en mi


organismo como el chamán lo recomendó. Después de 40 minutos estaba con mareos y no me sostenía fácilmente”. “A pesar de estar consciente, empecé a ver colores fluorescentes en el aire, algunos ángeles y hasta a mi fallecido hermano, de lejos, lo pude reconocer. Pero también aparecieron demonios que me generaron el miedo a la muerte como nunca en mi vida lo había sentido", relata Juan David con los vellos erizados en sus brazos. Él recordó con desagrado los vómitos y los dolores que le produjeron en la boca del estómago, como si algo caminara en su interior al tomar esa bebida, sin saber que la preparación para la toma del yagé se debe hacer como mínimo con dos meses de anticipación y con una dieta a base de hierbas y plantas medicinales. Sin embargo, la curiosidad y la motivación de los amigos no permitían que se arrepintiera y, por el contrario, quería seguir con lo que hace tiempo le inquietó probar. De la toma al consumo Sus ansias de tomarlo cada ocho días se volvieron incontrolables. Ahora la prioridad, independientemente de los 70 mil pesos que costaba cada sesión, se había convertido en la necesidad de encontrar de nuevo a su hermano. A su vez el nombre del yagé, como lo simbolizan los indígenas, era lo suficientemente emotivo para seguir tomándolo las veces que fuera necesario. as sesiones se repetían cada ocho días con elementos particulares. Al comienzo los rezos eran individuales, cada persona tenía su ritual de iniciación personalizado, acompañado de dialectos que sólo ellos, los chamanes, decían entender y ambientaban con sus gemidos como si algo quisieran decir. Después la cosa cambió y "el taita", como lo llaman, pone un disco compacto con los mismos cánticos y sonidos que anteriormente hacía, porque ahora se debe hacer con más agilidad ya que el número de personas crece en cada sesión. Muchas personas, como Juan David, van a estos lugares clandestinos a tomar esta sustancia que ahora es catalogada adictiva por los estudiosos en farmacodependencia. "Su efecto 30 veces mayor al producido por la dietilamida de ácido lisérgico (LSD Lucy in the Sky with Diamonds, por el título de una canción de The Beatles), droga sintética producida por el hombre, que sobreestimula el sistema nervioso central. Esto significa que crea tolerancia, dependencia, y se investiga que también esté ligada con el síndrome de abstinencia que genera deterioro físico y psíquico",


explica la docente especializada en farmacodependencia, Ángela María Parra Bastidas, de la Fundación Universitaria Luis Amigó, Funlam. La profesional añade que "por ese motivo, actualmente, existen personas en tratamiento de rehabilitación por consumo de yagé. Hay casos de profesionales formados, adictos y defensores del tema, a pesar de sus efectos". Lo que sea No hay ni una línea en la legislación colombiana que regule, prohíba o persiga el consumo no ancestral del yagé y el concepto de la toma se convierte más en consumo por sus índices de adicción. El Estado pone control sobre las sustancias alucinógenas ya conocidas, pero no puede evitar el derecho de las comunidades indígenas ancestrales al uso ritual de esta bebida, con lo cual se dificulta su control sobre el resto de la población. La única entidad del Estado que hace eso en la ciudad de Medellín es el centro de rehabilitación del consumo de drogas y alcohol Carisma, la cual financia el 95 por ciento del tratamiento para las personas que tienen Sisben 1 y 2. Las demás deben buscar tratamientos particulares. El número de profesionales y de personas de clases medias que consume yagé está en crecimiento. Juan David es uno de los que pasó el umbral y ahora recibe tratamiento para su rehabilitación en sesiones con psicólogos especialistas en farmacodependencia. Otra experiencia Angélica Peláez, de 27 años, también vivió experiencias con el yagé. En algún momento de su vida optó por intentarlo y aunque en varias ocasiones lo hizo no optó por continuar con este rito. “Yo tomé hace algunos años porque sentía la necesidad de buscar una salida espiritual a algunas cosas que estaba viviendo… y así fue, cuando estuve satisfecha no lo volví a hacer”. En esas ocasiones Angélica dice que tuvo la confianza de hacerlo porque llegaron a Bucaramanga, su ciudad natal, unos taitas del Putumayo que orientaban y acompañaban el trance. “Ellos estaban siempre con uno, todo el proceso están pendientes y saben qué hacer, eso me inspiró la suficiente confianza para hacerlo”, dice la joven. Angélica dice que estos rituales le ayudaron a encontrar cosas que no sabía que existían en su interior, lo que le permitió perdonar errores propios y ajenos y acercarse a quienes estaban siempre. “Hubo otra cosa que también fue especial y fue la posibilidad de acercarme a la naturaleza de tener una conexión real con el entorno… creo que me ayudó a ser mejor persona”.



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