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¿Por qué seguir enseñando? Por Herless Alvarez Bazán

No hay nada más aburrido para un típico alumno de una clase por ejemplo de geografía (ya sea en el colegio o peor aún en pregrado) donde ésta es sólo una excusa para endilgarle a los alumnos ¿cuáles son las 8 regiones naturales del Perú?, y que la digan una por una; ¿cuántos departamentos tiene el Perú?, y que los canten uno por uno y con sus respectivas capitales; ¿cuál es la latitud o longitud del Perú? (felizmente nuestra memoria es tan frágil y la de muchos hasta desapercibida). El estudiante no halla en esas exposiciones, sosas muchas de ellas, remotamente interesantes otras, pero al fin al cabo lejanas a su realidad y a su experiencia, nada que lo apasione, nada que lo comprometa con la realidad, su realidad y su tiempo, sobre todo en momentos en que los vínculos son extremadamente débiles y en que los jóvenes andan buscando o necesitan desesperadamente un motivo que sea el punto de apoyo que pedía Arquímedes para mover el mundo (a quien, por lo demás, tampoco conocen o lo recuerdan). El pobre estudiante de un colegio peruano sobre todo estatal (acabo de revisar los "contenidos básicos" del "diseño curricular básico" que aparece en la página web del Ministerio de Educación) debe, al concluir los cinco años que dura la secundaria, desarrollar una serie de capacidades y aprender un cúmulo de información que, de ser cierto y real lo que se propone, debería entregar a la sociedad (en nuestro caso a la Universidad) a una persona capaz de, por ejemplo, saber no sólo dónde están las cosas sino por qué y cómo son las cosas, no sólo saber sobre el Perú, sino también entenderlo, sin descuidar la mirada y atención del mundo, combinando una charla académica con un trabajo práctico, sin olvidar la utilización de los medios audiovisuales modernos; además, debe estar capacitado para exponer sus ideas y no repetir definiciones, entender y sustentar y no copiar o leer conocimientos para, finalmente, establecer los vínculos entre geografía e historia, geografía y cultura, geografía y realidad, al menos. A caso, ¿es mucho pedir en 5 años de secundaria?. ¿Necesitamos algo más? Ahora bien, se preguntarán entonces, ¿cómo no sólo aprendí sino entendí e hice parte de mí la geografía y apuesto y arriesgo a ensañarla como conocimiento fundamental a mis alumnos?, sobre todo en mi caso en que no soy geógrafo. Debo confesar que en mi iniciación geográfica nada tuvo que ver mi vida escolar. Tampoco mi padre, sobre todo uno como el mío, cualquier intento de enseñarme cualquier materia escolar y menos aún geografía se hubiera quedado en eso, en intento, nunca estaba en el momento y en el lugar indicado para hacerlo, siempre llegaba tarde o estaba fuera de casa. Todo comenzó con esos primeros viajes, durante las vacaciones entre mis 6 y 12 años, a la tierra de mi familia materna, San Martín, Lamas, donde mis abuelos, mis tíos y mis primas, además de alimentar mi imaginación y fantasía con sus 1


fabulosos relatos tan reales y a la vez tan mágicos de esa parte de la Amazonía peruana, despertaron en mi la curiosidad por la realidad, lo mágico y lo maravilloso. Y así fue, primero desde esos relatos y luego guiado y orientado por mi abuelo, a la vez que iba conociendo la selva, el bosque, los animales, la gente y las comunidades, recibí mis primeras lecciones de geografía viva basada no sólo en información y datos, sino en directo contacto y descubrimiento de la realidad y desde la gente, lo cual más que enseñarme terminó apasionándome. Este fue el punto de partida, lo demás se lo debo a mis libros, a algunos profesores, a los viajes de estudio y por consultorías, a mi trabajo y a ese espíritu aventurero e insatisfecho de no conformarme con lo ya conocido. ¿A qué viene este recuerdo infantil y de parte de mi vida que me animé a compartirles? Trataré de explicarme traduciendo, en palabras publicables, lo que en estos ya varios años dedicados a la enseñanza he escuchado por patios y salones o me han comentado los alumnos que más confianza me han tenido:       

¡Qué asco, examen de geografía! ¿Leíste la separa de geografía?, ¡es una porquería, puro texto! ¿Cuántos pisos ecológicos dicen que tiene el Perú? ¡Maldición, hoy toman examen oral de geografía! ¿Alguien sabe qué diablos significa la Rupa Rupa? ¿Hay algo más aburrido que memorizar definiciones geográficas para el examen? ¡No entiendo nada, mañana hay examen y no entiendo nada!

¿Qué hay detrás de todas estas quejas? Un desagrado absoluto por un curso que no les dice nada de sus propias vidas -y sólo he puesto comentarios relacionados a la geografía, ¡imagínense qué dicen de historia, literatura, lenguaje o matemáticas!-, cursos que les son completamente ajenos y en los cuales no encuentran ninguna fuente de inspiración, donde no tienen nada que decir. Los niños y más aún los jóvenes no entienden los libros o no aprenden lo que no se les explica, no es cuestión de lanzarlos a leer solos o a memorizar cosas, necesitan de un guía que los vaya conduciendo por los vericuetos de la mente del autor y los “secretos” del conocimiento (sobre todo del “nuevo” conocimiento), que vaya desentrañando junto con ellos, haciéndolos pensar y discutir, imaginar y pensar cada definición, concepto, relacionarlo con la vida real y la vida de cada alumno. Se trata de no dar solamente información, sino explicarla, interpretarla, compartir experiencias, ejemplos, discutir las cosas y relacionarlas con lo cotidiano y lo global. Los alumnos no quieren sabios inalcanzables (y muchas veces fraudulentos) que se sienten frente a ellos en un pupitre alejado y sombrío repitiendo la misma cantaleta que ya dijeron a diez o veinte promociones antes que a ellos, a los jóvenes no les interesa aprender de memoria los nombres de las capitales de cada 2


departamento o región del Perú, cuál es la altura del Huascarán (por cierto, no altura sino altitud) ¿y las zonas de vida?, ¿cuántas son?, cien o más de cien; ellos esperan saber de sí mismos, de su tiempo, de la época que les toca vivir y de las sensaciones y experiencias que colman sus vidas, quieren conversar, compartir, dialogar, dar a conocer sus ideas y sus sentimientos, hacerse conocer, existir, compartir, ser a través de la palabra y de sus múltiples oportunidades. ¿Cómo conjugar con la realidad y con las exigencias absurdas y pretenciosas del "diseño curricular" esta manera de ofrecer la geografía donde bien podríamos pasarnos todo el año leyendo un clásico como Las ocho regiones naturales del Perú o tal vez únicamente un solo capítulo, pero conversando, comprendiendo y aprendiendo de los autores, de los alumnos y de nosotros mismos, demostrándoles y demostrándonos que los clásicos se llaman así no porque nos dan teoría, sino porque nos alcanzan consejos o experiencias que se mantienen vigentes y no son verdades absolutas, sino verdades verificables a través de la búsqueda insatisfecha de nuevos conocimientos basados en la experiencia. No tengo una respuesta a la pregunta que titula este texto, sólo me enfrento a una serie de interrogantes que cuestionan mi propia capacidad para trasmitir a mis alumnos lo que otros y esta vida que tuve hicieron por mi; sólo sé, a estas alturas, que el conocimiento o base geográfica (y cualquier otra materia que se quiera enseñar a los jóvenes) debe preocuparse de ser para ellos un vínculo, una forma de expresarse, una forma de ser y una manera de reafirmar su existencia, debe ser, como lo fue para mí, una experiencia fascinante donde el conocimiento, el descubrimiento, la sorpresa combinado con el entretenimiento marquen la pasión por la lectura, los viajes y el interés por el Perú y el mundo, debe ser, en última instancia, el vehículo a través del cual alcanzan un grado de humanidad mayor que el nuestro, mejor que el nuestro. Siempre he creído que la escuela es formativa y la educación superior o la universitaria es instructiva, en la escuela no se aprenden oficios ni profesiones, se empieza el camino hacia la construcción de nuestra personalidad como seres humanos miembros de una comunidad que cada vez necesita más de mujeres y hombres buenos que salven la humanidad del conocimiento sin moral, de la ciencia sin ética, del conocimiento geográfico (de eso estábamos hablando) que no diga nada, que no ofrezca nada, que no enseñe nada. Sí, es saludable saber en una clase de lenguaje que el masculino del adjetivo "motriz" es "motor", que "quepo" es el presente en primera persona del indicativo del verbo caber, que anónimo significa "sin autor conocido" y no "que no tiene autor"; o que en literatura El Quijote lo escribió Cervantes, que un endecasílabo es un verso de once sílabas y que un soneto tiene catorce versos endecasílabos; eso es tan saludable como en matemáticas y química saber operaciones y fórmulas, y en geografía si el Amazonas o el Nilo es el río más largo del mundo, pero lo que es indispensable, aquello que jamás deberíamos perder de vista, aunque los directores nos torturen por “resultados” o las encuestas nos acechen como fieras listas a devorarnos con sus números negativos y aunque la sociedad nos pida a 3


gritos, a golpes o a despidos, convertir a nuestros estudiantes en piedras brillantes pero frías, lo que nunca deberíamos olvidar es que nuestro único deber es con los alumnos y que nuestro único interés es su bienestar, su crecimiento como seres humanos y su realización como adultos responsables que lleven al mundo a un mejor puerto. No sé si mis alumnos recuerden capitales, altitudes, distancias o cualquier referencia o definición geográfica tradicional, pero tengo la ilusión, la certera ilusión, de que a través de mí, cada día hasta mi último día que alcance o me permitan seguir en clase, lo que uno de mis autores favoritos escribió en uno de sus maravillosos libros cuando dice: "He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. No he sido feliz" y se empeñen cada día, cada jornada, en ser felices en el aprendizaje y el conocimiento, que es un acto creador y creativo, y que sobre todo es pasión por lo que queremos y hacemos por nosotros mismos, por los otros y todos los demás y porque finalmente somos sencillamente una porción de las muchas que vamos conformado la humanidad.

Lima, junio 2011

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¿Por qué seguir enseñando?