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TITULO: ANONIMOS POR: GERMAN CASTILLO MORENO

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ANONIMOS

“Sírveme otra copa, mmm,... ¡Antonio!”, ya había perdido la cuenta de cuantas veces había repetido esa frase. Daba igual si era José, Pedro o Álvaro, para mi todos los camareros eran Antonio cuando ya apenas era siquiera capaz de pronunciarlo de un solo golpe. Francamente sé que hubo una razón para que se desencadenara esta situación, sé que la hubo, insisto en que tuvo que haberla; pero no la recuerdo y ni siquiera serviría ya como excusa para beber tanto. * A cada nueva resaca siempre solía emplear la misma frase cuando el dolor de cabeza me permitía hablar: “es la ultima vez que lo hago”. Y es que nada elimina mas memoria que una buena resaca. Sin embargo esa contundencia que empleaba al pronunciarla no era suficiente; lo cierto es que al poco tiempo, cuando conseguía levantarme y mantener el equilibrio, incluso antes de ingerir cualquier tipo de analgésico, me dirigía al frigorífico para buscar una de esas latas de cerveza que reservaba para ocasiones como esta; y es que no hay mejor remedio como volver a ingerir alcohol para atenuar este lamentable estado. No puedo ocultar que siempre fui algo sibarita, un individuo con algunas ideas lucidas que pedía solo licores de un cierto prestigio. Eso fue al principio, cuando eran solo contadas ocasiones y mi bolsillo apenas se resentía; ahora cualquier brebaje con suficientes grados tenia concedida por mi parte una oportunidad, una crítica justa e imparcial a cambio, únicamente, de recibir lo que esperaba por su parte: ese momento de placentera satisfacción que me convertía en el ser mas dichoso y feliz de todo el 2


universo. ¡Cuánto he deseado prolongar ese tiempo!, pero me resultaba imposible, por mucho que lo intentara; así que esos minutos los aprovechaba al máximo. He de reconocer que ya me estaba convirtiendo en un experto en la materia, y sabia que aumentar la dosis en ese preciso y placentero momento solo conllevaría una perdida de la consciencia que resultaba bastante desagradable; aun recuerdo aquella vez que insistía en abrir un coche que no era el mío. Aun temo que su propietario me reconozca por la calle y me exija el importe de lo daños que ocasioné. * A veces he llegado a pensar que algunos individuos tenemos una aberrante propensión a subestimarnos; como en mi caso, sin ser siquiera conscientes de cuanto hemos llegado a aprender y como somos lo suficientemente listos para emplear tantos conocimientos. Como ayer, cuando en la oficina reparé en una habilidad digna del mejor actor en los buenos tiempos de Hollywood. Sujetar el cigarro con la mano izquierda disimulaba a la perfección ese temblor parkinsoniano que apreciaba desde hacia unos meses; y era aun demasiado joven para que los síntomas de esa enfermedad fueran apreciables. Debería pedirle explicaciones a quien decidiera que allí solo hubiera una estúpida maquina que al colocarle un vaso de plástico, solo sirviera vulgar, insípida y transparente agua. No obstante, y lo admito, donde desarrollé notables habilidades fue a la hora de auto justificar el hecho de tomar otra copa. Las tenía de todo tipo y para cualquier ocasión. Otros lo hacen, necesito un respiro, necesito relajarme, quedaré como imbécil, son relaciones publicas, ¿Por qué no?, es que ya he tomado demasiados refrescos, etc.…podrían ser miles, quizás incluso millones. Pero sigo sin recordar cual fue la primera, cual fue la razón por la que comencé. 3


* Ya mi esposa, Mónica, me advirtió que de prolongarse esta situación me abandonaría; y finalmente lo hizo, hay personas que se empeñan en mantener su palabra, aunque estoy seguro que solo aprovechó la ocasión para marcharse con, ¿Cómo se llamaba?,…, ¡Ricardo! ¿Cómo voy a creer que se conocieron mucho después?, seguro que me lo ocultaba. Al principio no tomé demasiado en serio sus amenazas, ella también solía beber conmigo cuando salíamos, y juntos nos pillamos más de una borrachera que acabó con sexo salvaje. Pero sus amenazas continuaban, mientras yo no me daba cuenta que solo era advertencias; me dolía demasiado la cabeza como para escuchar cualquier cosa que dijera posterior a uno de sus gritos. Dije “es la ultima vez que lo hago”. De todos modos, ¿Quién la hecha en falta?, ni siquiera hizo por intentar ayudarme. Seguro que tarde o temprano volveré a encontrar quien me bese y acaricie como ella. Ricardo, puedes quedártela. Después de aquello perdí ciertas cosas de una vida que hasta entonces conocía, pero tampoco me importó demasiado; la vida con Mónica hacía ya tiempo que resultaba algo monótona y predecible, dos palabras que detesto. Ahora todo es aventura, casi como cuando era joven y temerario, ahora ya nadie me exige explicaciones ni que sepa reparar artilugios que ni siquiera sé para que compramos, ahora ya nadie me espera cuando vuelvo a casa. A veces pienso que todo comenzó por que casi todo en mi vida era un error y quizás empiezo a corregirme. Lo cierto es que ella no era así cuando nos casamos. Bien, tampoco yo lo era. Pero no solía escucharme, prefería no perder detalle de lo que el famoso del momento decía por pantalla, y para colmo se enfadaba cuando yo me hacia el sordo con ella. Creo 4


que nunca me entendió lo suficiente. Y esa era mi queja. De todos modos, ¿a quien le importa Mónica?: espero que a ese tal Ricardo. * Si, tenía amigos, muchos y buenos amigos; sobre todo cuando fui un hombre afortunado. Pero me he convencido de que ya no los necesito, ahora tengo otros que, curiosamente frecuentan las mismas tabernas que yo. Aquellos amigos he vuelto a verlos de vez en cuando, y lo cierto es que me alegró mucho. Han cambiado, los muy idiotas se han dejado embaucar por hacer lo que hace la mayoría de la población; incluso creo que cuando no permiten que les invite a una copa es por la envidia que sienten hacia mi; aun siguen queriendo ser como yo. Además, ¿Dónde están ahora que más les necesito? Yo siempre estuve junto a ellos cuando me necesitaron, cuando ni siquiera se atrevían a pedir ayuda yo me presté a ello, les presté dinero y jamás se lo reclamé. Bueno, lo cierto es que a Adrian si que se lo pedí hace casi un año, pero llevaba razón, de aquello hace ya demasiado tiempo y él no es culpable de mi decadencia. Por cierto, como sonaba su nuevo coche. Pero a quien le importan ya esos “amigos” cuando tengo a Antonio. Pocos como él se preocupan por mi, pocos se interesan por como ha transcurrido el día como Antonio, y que decir de esos momentos en los que suele decir: “por su propio bien, esta es la ultima copa que le sirvo”. Admito que el tono que emplea no me resultó agradable la primera vez, pero a él no le gusta que llegue a ser incapaz de pronunciar dos palabras seguidas con cierta coherencia. Y si algo ratifica la amistad que nos une, es que con esa actitud se arriesga a perderme como cliente. Pero “Antonio sabe que, generalmente, volveré. * 5


Aun recuerdo aquella primera ocasión en que tomé una copa, y como con muchas otras experiencias resultó tan desconcertante como decepcionante. Éramos unos cuatro o cinco amigos de juventud que salimos como todos los sábados para intentar divertirnos. Las pautas se repetían de forma sistemática cada fin de semana: esperar a los rezagados, tomar algo mientras tanto, debatir a donde dirigirnos esta vez,etc…y por supuesto, divertirnos de la forma mas intensa que nuestros escasos recursos nos permitieran. Sin embargo aquel veintitrés de mayo – resulta irónico que no consiga olvidar ese dato- me harté de ver como todos aumentaban su diversión mientras yo

volvía a pedirme un insulso refresco tras otro...

inesperadamente repetí el nombre del combinado que Santi solía pedir y todos se quedaron asombrados por lo que presenciaban. Algunos empezaron a agasajarme mientras yo, tímidamente, miraba como la voluptuosa camarera me acercaba la copa. El dulzor inicial al probarla me confundió por un breve instante, hasta que la realidad apareció; repentinamente un escozor comenzó a recorrer toda mi garganta, descendió velozmente por mi pecho y aunque intenté detenerlo alcanzó mi estomago donde al parecer se produjo una rápida combustión. Por mucho que lo intenté no pude disimular lo desagradable de esa extraña sensación, y se desencadenaron una sucesión de risas entre todos los que estábamos allí. Fue la primera ve, y lo cierto es que fue divertido. A veces me pregunto que fue de todos ellos; unos años después perdimos, poco a poco, el contacto y jamás volvimos a coincidir, ni siquiera para rememorar aquellos momentos. * ¿Terapia?, alguien me hablo de ella, incluso intentó convencerme, sin sutileza alguna, de cuanto me convendría hacerla; al parecer un familiar cercano recurrió a uno de esos grupos para desintoxicarse y resultó un éxito. No llegó a convencerme, le

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escuché con educada atención, incluso cuando parecía ofenderme y le aseguré que, al menos, me informaría. Me imaginaba, sin esfuerzo alguno, como sería uno de esos lugares: allí nos reuniríamos unos cuantos desconocidos que, tímidamente, nos sentaríamos en unas sillas repartidas de forma circular, mientras una especie de “maestro de ceremonias” intentaría que dejáramos de sentirnos avergonzados por nuestra situación y nos desahogáramos narrando nuestras vivencias mas intimas. Lo había visto en muchas películas y yo no era como ellos, no lo necesitaba y ni siquiera me sentía avergonzado. Además, seguro que ese fami8liar lo único que consiguió es tener que alejarse de cualquier barra de bar y que su atención se desviara de cualquier asunto en el momento que, en la distancia, veía como alguien saboreaba una copa de cualquier licor; dudo que pueda resistirlo por demasiado tiempo, incluso es probable que ya haya vuelto a beber en secreto. Seguro que lo ha hecho. Agradecí la preocupación, podría contar con los dedos de una mano quienes lo hacen por mí. Pero solo le conozco desde hace unos meses, y ha sido el ultimo en llegar a la oficina; no va a ser él quien me conozca mejor. Ni se me ocurriría decirle que debería volver a la facultad si quiere ascender en la empresa. Además, su jefe soy yo. Yo ya soy “anónimo” donde y cuando quiero; solo unos pocos de esos “Antonio” me llaman de notro modo. Pero no me preocupa demasiado. Sentarme en aquella reunión no me aportaría nada; cuando les vi desde el vestíbulo dudé que tuviéramos algo en común. Mi mejor desahogo estaba delante de la barra y apenas sabría de que hablarles. Me pregunto como celebrarían el logro de haberlo conseguido. * 7


“sírveme otra copa, mmm,… ¡Antonio!”, ya había perdido la cuenta de cuantas veces había repetido esa frase. Daba igual si era Ernesto, Carlos o Cristina, para mi todos los camareros eran Antonio cuando ya apenas era capaz de pronunciar su nombre de un solo golpe. Sé que hubo una razón, sé que la hubo y me esfuerzo por recordarla. Pero francamente, creo que ya ni la necesito.

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Anonimos  

An story about alcoholics