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El Heraldo Hispano

Página 23

07 de Noviembre de 2012

SECCION NOSTALGIA

por: Oscar Argueta

DON QUINTIN Y EL FUEGO DE DIOS

C

on pocas excepciones, los habitantes de la Media Luna estaban ansiosos por escuchar al predicador mexicano don Quintín Ibarra Zúñiga. Todo preparativo y apuro parecía bogar viento en popa, todo pensamiento parecía orientarse hacia el sonido proveniente del llamado celestial. Las mujeres habían palmeado sus tortillas más temprano de lo acostumbrado, los hombres habían afilado sus machetes, preparado todos sus aperos de labranza y cenado de prisa. Después de haber jugado fútbol toda la tarde, los niños se habían vestido con sus mejores ropas, limpiado los mocos y peinado con brillantina Cuatro Rosas. En los pechos de viejos y niños campeaba por años una muy dilatada sequía espiritual. Por eso, a la invitación para escuchar la palabra de Dios, a muchos se les había compungido el corazón. Por dicha, en La Media Luna no había almas discapacitadas de algún miembro del cuerpo. Eso sí, habían sordos y sordas, pero a propósito. Una de ellas era mi abuela Virgilia. Llevaba muchos años de sordera fingida, de aparentar no prestar atención a los susurros del cielo. Según ella, los santos, ángeles y espíritus le habían fallado cuando más los había necesitado. Aquel desencantador suceso había transcurrido la víspera de la boda de su hija María Ángel con don Justo Margarito. Por eso, cuando escuchó el listado de los milagros a efectuarse durante el servicio cristiano esa noche, se había echado a reír. Sus comentarios iban así: -Solo en una cabeza hueca podrían caber semejantes mentiras. Yo tengo la mía llena, pero de piedras-. Al concluir sus burlas, volvía a reír. Entre una y otra alabanza proveniente de la bocina, don Quintín reiteraba la invitación a participar esa noche de un festín espiritual. De acuerdo con las arengas, los asistentes verían, en el transcurso de su predicación, caer del cielo ascuas de fuego. Los

cholcos recibirían dientes de oro, los hambrientos comerían maná, los niños hablarían en inglés y los enfermos sanarían en un dos por tres. El culto de adoración al gran Jehová tendría lugar en el terreno de la cancha de fútbol. A esa hora oscura, a la congregación la alumbraría el Espíritu y a don Quintín, una lámpara de kerosene. El techo del altar era de hojas de banano y por pulpito habían colocado un descascarado barril. La Santa Biblia envuelta en un lienzo de seda rojo había visto días mejores. No era una biblia cualquiera. Don Quintín, la había obtenido de un vagabundo misterioso, justo cuando caminaba rumbo a un puente con la intención de quitarse la vida. Pero, de esa historia nos ocuparemos con más detalle en un capítulo futuro o cuando lo amerite la ocasión. Prosigamos. El entusiasmo por escuchar Las Buenas Nuevas de Jesús, entre los pobladores del campamento bananero, aumentaba a cada minuto, a cada latido del corazón. La lluvia de la tarde había refrescado el ambiente y relajado a la entera plantación. Los últimos trenes fruteros estaban por arribar a la Media Luna. En la pequeña estación, maquinista y brequeros engancharían vagones cargados de fruta y continuarían su viaje rumbo al puerto de Izabal. Un cielo despejado estaba por regalar a manos llenas el tesoro de su quietud. Gracias a ese delicioso sosiego la invitación al gran servicio pentecostal se podía escuchar por todo el campamento con absoluta claridad. La noche sobre la Media Luna se antojaba como mandada a hacer. Ojalá, la quietud en el rural ambiente hubiera durado para siempre o al menos durante la predicación de don Quintín. Para desencanto de muchos, el rey de las tinieblas intentó sabotear esa hora de reflexión y recogimiento. La guerra comenzó cuando los músicos terminaron de afinar sus guitarras y don Quintín recién se estaba levantando de pedir al cielo la bendición. Para empezar, un repentino y arremolinado viento hizo volar la Santa Biblia, mantos y altar

a un hormiguero formado al pie de un poste de luz. Para colmo de males, la furia del viento apagó la lámpara de kerosene. La conmoción duró poco, pero en su corta duración arrancó cientos de matas de banano y dos láminas del techo de zinc de la cabaña asignada a mi abuela Virgilia y a su hijo mayor, el tío José Miguel. A la incrédula abuela la vi dar un salto. La vi también hacer un esfuerzo para no parecer confundida. Al ganar control corrió hasta su huerto de hierbas de olor y bien parada en su centro empezó a increpar a su gran enemigo, a quien ella llamaba: el cobarde Satanás. Al no recibir respuesta, lanzó una carcajada, dio la vuelta y volvió a la cocina a continuar cociendo el maíz. Mientras tanto, pastor y ayudantes habían emprendido la tarea de encender la lámpara, recuperar la Biblia y reconstruir el altar. Pasada la batahola de viento y ruido, otra conmoción más extraña se desplegó por entre las cabañas, escuela y bodegón. A ciento veinte de los doscientos habitantes de la Media Luna les atacó un severo malestar estomacal. A treinta, les dio por bostezar y cabecear hasta quedarse dormidos. Tres de esos infelices media luneros intentaron escapar hacia la cancha de fútbol, pero no pudieron. El diablo les había amarrado con una cadena invisible. Uno de esos jóvenes era mi tío Efraín Emanuel. Sintiéndose Imposibilitado para dar paso se tiró al suelo y poniendo todo su empeño y juventud empezó a avanzar empujándose como si hubiera sido un reptil. Arribó al servicio justo cuando asistentes y predicador extendían los brazos al cielo y con los ojos cerrados se disponían a orar. Al escuchar el grito desgarrador de mi tío Efraín Emanuel implorando misericordia y perdón, pastor y asistentes abrieron los ojos y los fijaron en el joven con el corazón traspasado de dolor. Don Quintín, sonrió, se adelantó y tomó la mano del cautivo de Satanás. Tres varones y una mujer se adelantaron para ayudar. Un niño acercó una silla. -Es el hijo de mi tía Virgilia-,

susurró la mujer. En la casa de doña Virgilia no pasaba nada, o sus habitantes aparentaban no escuchar la atormentada predicación de don Quintín. La vida, a pesar del furioso ventarrón, continuaba normal. En mi caso, yo iba con vela en la mano de ventana en ventana aparentando limpiarlas. Era mi pretexto para ver desde esa parte del altillo de la cabaña el ruidoso espectáculo pentecostal. Desde allí, yo veía a don Quintín imponer las manos y orar por los enfermos, exclamar aleluyas, dar saltos de gozo, citar la Biblia y con un pañuelo blanco secarse el sudor de su frente. Para mi fortuna, yo no sufrí los embates de satanás personificado en el recién amainado ventarrón. No hubiera salido ileso de ninguno, de eso estoy seguro. Mi única queja esa noche era no haber sido libre para acercarme a presenciar a aquel gran avivamiento espiritual. Don Quintín Ibarra clamaba por fuego, clamaba por victoria sobre Satanás, Clamaba por la paz y liberación de los media luneros. Uno de sus clamores iba así: -Si usted, mí querido amigo, tiene algún malestar o dolor en el cuerpo, póngase la mano en la parte afectada mientras yo oro por usted. ¡Hágalo con fe y será testigo de un milagro de sanidad! Yo quise ponerme una mano en el estómago para ser sanado de mi diarrea crónica. También pensé en poner otra sobre la frente para ser sanado de mi eterno catarro. No lo hice. No me estaba permitido quedarme quieto mientras durase el día. Al verme en tal posición, con una mano en el estómago, y otra en la frente; quieto como una estatua, mi abuela Virgilia no se hubiera echado a reír. Al contrario, la señora de penetrantes ojos azules hubiera recogido un varejón verde y me hubiera azotado hasta dejarme tirado en el suelo sin vida. De acuerdo con ella, ni a mí ni a nadie se le deberían de enfriar los huesos. Era mortal llegar a una condición de enfriamiento total. Por esa razón nunca supe si don Quintín hablaba o no la verdad.

Mi tío Efraín Emanuel continuaba llorando y lamentando su condición de pecador. De seguro lamentaba también haber dedicado meses a estudiar el libro del mal. Lamentaba, entre otras cosas, permanecer el resto de su vida viviendo como un lisiado, como un preso sin libertad. Don Quintín percibió el sufrimiento del joven Efraín. Golpeó tres veces el púlpito o el viejo barril con su mano izquierda y mientras lo hacía reclamaba libertad para el tío Efraín cautivo por Satanás. -¡Es hora..! –anunció- …de pedir fuego del cielo. Es hora de aceptar a Jesús como a nuestro único y suficiente Salvador. A esta petición la congregación empezó a clamar: -¡¡Fuego, fuego!! Quince minutos pasaron y no bajó fuego, treinta y tampoco bajó fuego. De acuerdo con mi tío Efraín Emanuel, a los cuarenta minutos de clamor, cayó fuego y también maná. De tal afirmación, yo jamás podré dar cuenta, pues cansado de limpiar y volver a limpiar las ventanas, bajé a la planta baja de la cabaña para atizar el brasero. En ese brasero colocaba de vez en cuando hojas, olotes y zacate verde para espantar a las nubes de zancudos buscando aterrizar sobre nuestra cansada y sufrida piel. De acuerdo con mi tío Efraín Emanuel, al minuto de haber caído fuego sus piernas recobraron fuerza, se levantó, caminó y luego cayó postrado a un paso del altar. En esa posición de total postración confesó sus pecados y después dijo: -¡Aceptó a Cristo como mi único y suficiente Salvador! Don Quintín, antes de partir a su país norteño, dejó una establecida una congregación de fieles y su mayor triunfo fue, según él y de muchos otros, fue haber liberado a las medio luneros de Satanás. Mi abuela Virgilia nunca estuvo convencida de tal afirmación. Ella misma continuó viviendo y sufriendo las burlas del señor de la oscuridad, mucho después de esa noche cuando don Quintín predicó en la Media Luna el sermón: el fuego de Dios.

07 Nov 2013  

Primer periodico de noviembre

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