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Un hermoso Viaje. Es un día como cualquiera, disfrutaba de los rayos de sol que entraban por la ventana, el sol de la mañana siempre me hace relajarme, como esperando la sorpresa agradable de la vida, y cierro mis ojos dejándome al momento, mientras el tren avanza rápidamente hacia el centro de la ciudad. Amo la vida, pienso para mí, amo estar vivo, amo saber que Dios me ama, que tengo un futuro. Amo esa paz que me has dado con el tiempo, esta paz a la que tú me has traído, después de ser como yo era. Por todas partes se respira vida, la vida que puede ser, la vida que mi Señor ama, pero que se esconde de muchos ahora. No está de moda creer, es un tiempo de consumir, de vivir para si, siguiendo al grupo, sin saber a donde. La anciana que se sienta frente a mí, me mira por un momento con algo de desconfianza. No es un buen tiempo para ser viejo, pienso, todo ha cambiado tan rápido. Ahora los ancianos son menospreciados, tirados a casas de “cuidado” para ir a visitarlos una vez al año y así lavar la conciencia. Su dulzura y sabiduría se ha escondido como un animal perseguido, dando paso a amargura y desconfianza que los lleva en algunos casos a ser parte del problema. No la juzgo, coge sus paquetes con nerviosismo, como asegurándose de que no se los van a poder quitar, y pone una caradura de no se metan conmigo. Una joven va sentada a mi lado, seguramente va a su escuela, escucha música a gran volumen, aunque lleva audífonos todos los que estamos alrededor podemos escuchar claramente la música. Mueve su pierna rítmicamente y mira como al vacío, es la mirada col que todos ellos aprenden para ser parte del grupo. Y la vida sigue, aquí y allá, llevando a unos a soñar a otros a morir. Nos hemos levantado de guerras, de matanzas, de dolor, hemos dejado atrás alegrías, grandes momentos de la humanidad, como aquel día que el hombre pisó la luna. Pero todo queda atrás, lo que pareciera tan importante al momento, la otra generación ni sabrá de ello. Algunos en desesperación, acorralados por la aparente oscuridad del momento, han dado término a sus vidas, dejando atrás toda posibilidad. Pero si hubieran esperado un momento mas, solo ver un poco más allá. Mientras estoy escribiendo estas palabras, muchos están siendo torturados, muertos, la guerra es el tema diario de los noticieros, pero mañana ya muchos habrán olvidado lo


que ahora es. Y no es que la vida de los que mueren por su fe no tenga valor, al contrario ellos le dan color y dirección a este mundo. Pero el mayor problema del mundo actual es la indiferencia. La indiferencia por todo lo que puede pasar o todo lo que ha pasado. ¿Y que? Gritaría un muchacho, yo quiero jugar y que se acabe el mundo. ¿Me pregunto de donde viene esta indiferencia? Mi Señor dijo una vez: Empero cuando el Hijo del hombre viniere, ¿hallará fe en la tierra? Luc 18:18 Creo que el problema de la indiferencia es problema de falta de fe. El hombre ha dejado la fe en Dios, la fe en el autor de la vida. Y esto lo ha llevado a una completa indiferencia por todo lo que pasa a su alrededor. Lo que le pase a su abuelo lo tiene sin cuidado, lo que pase con su mama o papa no lo afecta mucho. Si se le acabara el trabajo diría en voz alta: Me busco otro ¿y qué? Si tiene problemas en su matrimonio dice: mejor separarnos, y me busco otra. La grandeza del hombre se ha desvanecido, dando lugar al hombre de pecado. Y digo la grandeza del hombre, refiriéndome a la fe que este puede tener en Dios, esto lo hace especial entre todas las criaturas que Dios formó. Pero mientras divago en mis razonamientos, mi Señor viene a mi ayuda: ¿Recuerdas de donde te saque? Si de muy abajo, mucho más que todo lo que ahora veo a mí alrededor, de allí me tomo Dios, sin yo hacer nada para merecerlo y me trajo a luz de Cristo. Es entonces que la luz de la esperanza nace en mi corazón otra vez, Cristo es mi luz, mi sol de la mañana. Sorpresa te dará la vida, porque Cristo vive, y él tiene un plan para ti que lees esto, y no descansara hasta llevar su plan contigo a su culmino. Es así que me dejo a la luz de Cristo y disfruto mi viaje por esta vida. ¿Me acompañas en este viaje?

Henry Padilla Londoño


Un hermoso viaje  

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