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Las aventuras de Pedro y Yona.

El Camino al árbol de la vida, parte I

Henry Padilla Londoño

El camino al Árbol de la Vida, parte I

Henry Padilla Londoño


Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre; es decir, el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque ni le ve ni le conoce, pero vosotros sí le conocéis porque mora con vosotros y estará en vosotros. Juan 14:15 - 17

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Dedico este libro, a todos los niños que aman al Señor Jesús y lo buscan con todo su corazón

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Las luces y los adornos en las vitrinas le llamaban mucho la atención. Pedro miraba fascinado cada detalle, se imaginaba mundos donde cada una de las figuras de los adornos cobraba vida, y donde él estaba en medio de todo. Sabía que el día de la Navidad se acercaba, y que recibiría un regalo de sus padres, pero aún no sabía que era. -Vamos, le dijo la mamá tomándolo de la mano. Aún tengo mucho que hacer, me faltan algunas compras, no puedes quedarte aquí mirando las vitrinas. -¿Y

por

qué

no?

Pregunto

Pedro

todavía

mirando

la

vitrina.

Ella se quedó mirándolo por un momento, podría acabar más rápido todo si estuviera sola, y Pedro podría disfrutar viendo las vitrinas.

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-¿Verdad quieres quedarte mirando aquí? -Sí, yo te espero mamá, no voy a hablar con nadie y solo voy a mirar. Ella se quedó mirándolo directamente, como queriendo ver en su interior. -Me esperas aquí, por nada del mundo puedes irte a ninguna parte sin mi permiso. -No señora, le dijo Pedro mirándola ahora ilusionado, porque iba a poder mirar cada vitrina en detalle. -Ya regreso, voy a comprar unas cosas aquí, y luego voy al banco. Ya sabes, me esperas aquí. Pedro asintió con la cabeza, poniendo esa mirada de niño bueno que sabía convencía a su mamá.

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Ella le dio un beso en la frente y empezó a caminar entrando al almacén. Volteo a mirar y vio que el niño todavía se despedía con su mano. -Ya, dijo el niño saltando y alzando sus brazos. Voy a empezar por esa, se dijo mientras miraba la primera ventana adornada con muñecos, y toda clase de adornos navideños. Era una ventana con unos adornos muy bonitos, un tren corría por todo en medio, pasando por un lago y unas casitas. Tenía pintado en la ventana dibujos de animales y estrellas, además se podía escuchar música. Pedro miraba extasiado cada detalle.

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El tiempo pasaba mientras Pedro miraba cada detalle. Le gustaba ver como todo parecía contarle una historia, se imaginaba personajes en cada situación que encajaban en cada detalle de la ventana. Pero la música que venía de la segunda ventana le empezó a llamar la atención, él la había escuchado antes, en alguna parte. Algo había en esa música que le llamaba la atención. Se acercó, abriéndose campo entre las personas que también miraban la ventana. Cuando pudo llegar cerca empezó a detallar cada detalle de los adornos, estaba muy bien decorada, tenía ángeles que colgaban del techo, y una gran estrella que colgaba del techo. No tenía trenes, ni carros, solo un campo y unas pequeñas montañas, muchos pastores.

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-No puedo ver de dónde viene la música, se dijo empinándose para poder ver mejor. Entonces pudo ver en una esquina una paloma blanca de juguete. Sus recuerdos lo llevaron a la tierra del olvido, donde había conocido a Yona. -Se parece a Yona, dijo el niño empinado en sus pies, mirando el juguete en la vitrina. Recordó que la misma música se parecía al sonido que Yona había hecho antes de él volver a su casa. Era solo una música pero podía recordarla con claridad. -¿Te gusta la paloma?, escucho que alguien dijo. Volteo a mirar y vio una anciana, de cabello blanco y ojos azules, que lo miraba interrogante. -Si señora, es muy bonita, dijo Pedro, mirándola por un momento.

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Ella sonrió y le dijo: -Yo te puedo regalar una, si me ayudas a llegar al paradero del bus, estoy cansada y me da miedo resbalarme, el piso esta algo liso. -Lo haría con mucho gusto, pero mi mamá me dijo que la esperara aquí. -Ni por una anciana lo harías, solo tardarías un momento, y tendrías esa bella paloma para ti. Pedro sabía bien que su mamá le había enseñado que no debía desobedecer, que nunca debía irse con extraños, pero era solo una anciana, y además tendría esa bonita paloma. -A que paradero va…

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-Allá, vez le dijo la mujer, señalándole el otro lado de la plaza. -Pero mi mamá podría llegar a cualquier momento… -No te vas a tardar sino un minuto. -¿Y dónde tiene la paloma? -La llevo en mi cartera, ¿vamos? ¿Cómo te llamas? -Pedro, me llamo Pedro. Vamos Pedro, le dijo la mujer y lo tomo de la mano. Pedro sabía que estaba desobedeciendo, pero quería esa paloma, esperaba llegar y que su mamá no se diera cuenta.

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Empezó a caminar tomado de la mano de la mujer, ella caminaba despacio y lo sujetaba suavemente de la mano. -Eres un buen muchacho, ahora ya no se ayuda a las personas viejas como yo. Pedro quería ser amable y respetuoso, volteo a mirarla pero no pudo ver a nadie. Se asustó y dio un pequeño grito, miro a su mano, donde todavía sentía la mano de la mujer y vio una cadena que colgaba de su mano, miro a su alrededor y no pudo reconocer nada de lo que vio, estaba en algún paraje lleno de lodazal, el barro le llegaba a los tobillos y le costaba caminar. -Dio un grito, ahora asustado. Mamá… grito Pedro casi llorando sin saber lo que estaba pasando. ¿Dónde estoy?

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Estaba muy oscuro, solo, y en ese lodazal. Avanzo un poco más, pero resbalo y cayó sentado y se empezó a resbalar por una pendiente. Intentaba cogerse de algo, pero no había nada, solo barro, lodo, y cada vez iba más rápido. Ahora sentía que su corazón se le quería salir, iba cayendo a toda velocidad, y gritaba a todo pulmón, pero parecía que no había absolutamente nadie que lo escuchara. De repente el lodo termino y el siguió cayendo en caída libre, gritaba todo lo que podía. Abajo vio a la distancia lo que parecía un río caudaloso, y cerró sus ojos esperando llegar al agua. Cuando entro en el agua, sintió el poderoso golpe, intentaba mover sus manos cuanto podía, como le habían enseñado, pero el impulso lo llevaba aún más abajo,

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parecía que no se detenía. Solo le quedaba orar, pero se sentía muy mal, sabía que no debía haber desobedecido, pero no había otra alternativa, tenía que intentarlo: “Señor Jesús, perdóname por desobedecer, ahora estoy en algún sitio y no se en donde, todo es culpa mía, perdóname Señor. Pero yo sé que eres un Dios bueno, que me perdonas, perdóname Señor y ayúdame, ayúdame a salir de aquí” Pedro decía la oración como si fueran las últimas palabras de su vida, pero su corazón estaba firme en Dios. El aire empezaba a faltarle y abrió sus ojos, moviendo sus brazos desesperado. Fue cuando vio a Yona, que venía hacia él como si volara entre las aguas. Al verla se tranquilizó y se quedó mirándola tranquilamente, fue cuando se dio cuenta que

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no le faltaba el aire, que podía respirar en medio de las aguas con toda tranquilidad. -¿Qué estás haciendo aquí Pedro? Escucho en su cabeza la voz de Yona, pero no la había visto mover su pico. -Me da vergüenza, pensó Pedro. -Ya lo veo, dijo Yona, pero ya todo va a estar bien. -¿Puedes oír mis pensamientos? -Sí, puedo escuchar tus pensamientos y sentir todo lo que tú sientes Pedro. Nunca me he ido de tu lado.

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Pedro solo la miraba tiernamente, la sola presencia de Yona lo tranquilizaba completamente, ahora sabía que todo estaría bien. -¿Me sacas de aquí? -Sí, si quieres, pero ya que estas acá puedes visitar el mundo subterráneo de Edén. -¿Edén? ¿El jardín donde Dios puso a Adán y Eva? -Sí, pero solo podrás llegar al jardín, si logras encontrar la salida del mundo subterráneo. O te puedo llevar ahora mismo al sitio donde tu mamá vendrá en unos momentos. ¿Qué quieres? -¿Tu vendrás conmigo?

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-Siempre estaré contigo Pedro, pero no me podrás ver, te responderé cuando clames al Señor como ahora lo hiciste. Cada vez que clames al Señor yo te responderé. -¿Y por qué no puedo verte? -El Señor quiere que aprendas de la fe, que andes por fe, que vivas por fe, por la fe en su Nombre. -El nombre de Jesús, pensó Pedro sonriendo levemente. -Sí. -¿Cuándo voy poder ver a Jesús? Yona sonrió sin decir palabra.

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-¿No sé qué hacer, Yona me ayudas a escoger? Yona solo lo miraba atentamente, sin decir palabra. -Me gusta tu compañía, dijo al final el niño, amo a Jesús, pero no quiero desobedecerle a mi mama otra vez. Yo te quiero mucho Yona, no te enojes conmigo, pero tengo que volver y pedirle perdón a mi mamá. Yona sonrió, mirándolo tiernamente, extendió su ala y lo toco en la frente. Al momento empezó a ascender a toda velocidad, el niño ahora reía de alegría, salió del agua y pudo ver el jardín de Edén desde lo alto, era hermoso, lleno de toda clase de árboles, y muchos animales de todas las clases. En el centro del jardín había un gran árbol muy hermoso, y al lado había otro árbol, más pequeño, no tan hermoso, pero grande también. Ya no pudo ver más, salió a la parte del

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lodazal y pudo ver que era un gran pantano, seguramente él había pasado por las orillas. De repente se detuvo por completo, Yona estaba a su lado, mirándolo: -Pedro, bien haz escogido, le dijo Yona, hay gran bendición en la obediencia, recuérdalo. Y como esto has hecho el Señor te da esta piedra, tómala, con ella podrás visitar el mundo subterráneo de Edén, y si encuentras la salida podrás conocer a Edén. Con la piedra puedes entrar y salir una vez, úsala con sabiduría. Pedro vio una hermosa piedra blanca que flotaba hacia él, brillaba, reflejando los rayos del sol. -¿Qué debo hacer para que funcione? -Háblale, háblale a la piedra Pedro, y se fue desapareciendo de a poco.

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Al momento se vio en la plaza, a unos metros de las vitrinas, pudo escuchar la voz de su mama que lo llamaba a gritos. -Mamá, aquí estoy dijo Pedro mirándola y corriendo hacia ella. -¡Te dije que no te fueras de aquí! -Perdón mamá, fui desobediente, perdón, dijo el niño y se abrazó a su cintura. -¿A dónde te fuiste? -Casi llegue al mundo subterráneo de Edén... pase por un pantano y me sumergí en un río, y allí me encontré a Yona que me dio esta piedra blanca y le mostró una piedra en su mano. La mamá lo miraba con la boca abierta, y el ceño fruncido.

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-Pensaba perdonarte, pero ahora te voy a castigar sin dejarte salir, no me gusta que me cuentes mentiras y me inventes historias, cuando te pido una respuesta quiero la verdad. -Pero… -Sí, no faltaba más, ¿y que también llegaste volando? -Pero… -Nada, me pegaste un susto, no te voy a volver a dejar solo aquí. Pedro no sabía que pensar, la piedra ahora no era blanca, sino parecía una piedra común, sucia.

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La mamá lo tomo de la mano y empezaron a caminar perdiéndose entre la multitud.

Pedro tenía sus manos entrelazadas detrás de su cabeza, recordaba lo que le había pasado, y quería creer con todo el corazón que era verdad, pero no estaba seguro. En todo caso había aprendido la lección de su vida, no debía desobedecer, ni aun por ayudar a abuelitas en problemas. -Pedro, escucho que su mamá lo llamaba, baja a comer. Se paró, y corrió hacia la puerta, salió corriendo y llego de un par de saltos a la cocina.

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-¿Si Señora? -Voy a pensar que realmente puedes volar. Pedro sonreía con toda su cara. -Quiero pedirte perdón yo también Pedro, parte de lo que paso fue mi culpa, por haberte dejado solo. Te doy mi palabra que no lo volveré a hacer. -¿Ya no estoy castigado? -Si, en todo caso estas castigado por haberme desobedecido. Y se acercó, lo abrazo fuerte y le dio un beso en su mejilla. Te castigo porque te quiero, pero yo también tengo que aprender mi pequeño, perdóname. -Ya mamá, yo te perdono, dijo el niño sobándole la cabeza.

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-Ella sonrió ampliamente, achicando los ojos, como lo hacía cuando le quería hacer cosquillas. -No, dijo el niño, no señora, nada de cosquillas ahora… y se empezaron a perseguir alrededor de la mesa de la cocina. -Bueno ya está bien, dijo la mamá, tomando aire, ahora debes comer e irte a dormir temprano. -Pedro se sentó al momento y empezó a devorar sus panes. -Come despacio hijo, no te vayas a atorar. -Pedro… ¿De dónde sacas todas esas historias? -Mamá, a veces creo que son ciertas, como si yo las viviera.

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Ella sonrió entretenida. -Quizás debas escribirlas, creo que tienes mucha imaginación. Pedro sonrió con su boca hinchada por el pan. -Mamá, un día te voy a presentar a Yona. Ella rió divertida. -Solo que no me lleve a volar, porque me da miedo la altura. Pedro rió a carcajadas. -Ella es muy buena mamá, y viene cada vez que le oras al Jesús. -Tú quieres decir el Espíritu Santo.

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-¿Y quién es él? -Es el que Jesús envía a nosotros para que nunca estemos solos. -Esa, mamá, esa, Yona. El Espíritu Santo es una paloma mamá. -Si también toma forma de paloma, pero es mucho más que eso. Ahora el niño la miraba sin pestañear. -¿La conoces? Cuéntame mamá, cuéntame. -El Espíritu Santo y Jesús y el Padre son uno. Donde está el uno, están los tres. Eso es lo que yo sé, a mí el Espíritu Santo me ha dado mucha ayuda. Y bajo su cabeza. -Mejor que no hablemos más de eso mamá, no quiero verte triste.

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-Me acuerdo de tu papá, sin la ayuda del Espíritu Santo nunca lo hubiera superado. -Ya mamá, hablemos de otra cosa. Ella le acariciaba la cabeza, mirando por la ventana de la cocina. -Si mejor dejemos esto para otro día. Ahora tienes que dormir. Y se dobló para darle un beso al niño. El niño tomo la cara de su mamá entre sus manos y la miro con ternura. -Mamá, si tú conoces a Yona, todo va a salir bien. Solo debes clamar a Jesús y vendrá a ti. Y le dio un beso en la punta de su nariz. Ella solo lo miraba, conteniendo el llanto, no quería que el niño se preocupara.

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-Ya, ahora ve a dormir. -Hasta mañana mamá. Y salió corriendo despareciendo al momento.

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