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niño pequeño: “¡Mira, mamá!”». Decir con muy poco cuánto nos sorprende la armonía del contexto. He ahí el aware, esto sí imprescindible para contarlo. De aquellas incursiones, estas perplejidades: más allá de los japoneses, se empaparon de ese temperamento y escribieron haikus, entre otros, Ezra Pound, Juan Ramón Jiménez, Paul Éluard, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Allen Ginsberg… Tantos otros siguen ejercitando hoy el género sin llegar a publicarlo, quizá por falta de interés, quizá por temor a la pureza, a la distancia cultural con el tono, a un exceso de pretensión literaria en un texto que parte de la limpidez más neutral. Indagando en esos inéditos, Josep M. Rodríguez invitó a setenta y tres poetas españoles y latinoamericanos a escribir un haiku de la manera más libre y en alguna de las lenguas oficiales de nuestro país. Conviven entonces en castellano, gallego, euskera y catalán (donde la equivalencia silábica 5 / 7 / 5 se ajusta a 4 / 6 / 4) los setenta y tres textos «ordenados para que los poemas tengan sentido y el conjunto se lea como un libro». Algunos de los autores/as que se han sumado a esta escritura son Álvaro Valverde, Isabel Bono, Javier Lostalé, Ángeles Mora, Berta García Faet, Guillermo Carnero, Chus Pato, Julieta Valero, Martha Asunción Alonso, Raúl Zurita, Antonio Colinas, Miriam Reyes, Ángelo Néstore, Álex Chico, Juana Castro, Ada Salas, Ben Clark, Esther Ramón o Esther Zarraluki, entre otros. Aportan todos una gama de color y texturas muy diferentes a este género, desde lo más puro hasta licencias pop, presencia del yo o potentes tratamientos de la imagen literaria. Cuando las voces se comparten, cada haiku se lee dos veces y se concede un silencio hasta el siguiente. La libertad de la lectura solitaria, en cambio, permite adaptar el haiku incluso a la prisa; pero puede más él que nosotros, y ese orden y sentido de libro que encontramos en ¿Y si escribes un haiku? se nos termina imponiendo como una llamada a la mímesis plácida. Si esta es completa, el/la lector/a terminará el recorrido por el libro con un regusto que pide más que la receptividad: la llamada a la escritura. La invitación de Josep M. Rodríguez es extensible entonces también a los lectores, y en las últimas páginas encontramos el espacio y las directrices silábicas para escribir nuestro propio haiku, ojalá primero de muchos. Azahara Alonso

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NAYAGUA 30  

Revista de la Fundación Centro de Poesía José Hierro

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