Page 180

180

hilo con que desandarlo / otras han de ser las palabras»; perplejidad ante el sufrimiento y su eterna repetición. A continuación, la mirada, «lo que pintó el maestro», lo que vemos: el cuerpo de Magdalena, la caída de María, sus lágrimas (y las palabras nos lo hacen ver con la misma precisión, con la misma exacta y luminosa densidad que nos dejara en el lienzo van der Weyden) y, sobre todo, no ya lo que vemos, sino lo que está: «la verdad de la muerte / Y no el lamento»; «el acto / de morir / de sufrir». Y nada dota de sentido a la muerte: «no es un martirio/ no es un sacrificio –Cristo / no nos importa / él tenía un porqué». La muerte «ES», y nada podemos hacer con ella. Es un acto. Y desde aquí, desde esta afirmación, esta caída, este descenso, que parece excluir todo consuelo; desde esta verdad tenemos que seguir leyendo, seguir mirando, cara a cara a la muerte y al sufrimiento, sin engaños; tal como se nos muestra, tal como ES. Renuncia a una justificación trascendente de la muerte tan similar a la renuncia del carácter sacrificial, y por tanto teológicamente justificado, de lo que se llamó Holocausto y designamos ahora como Shoah o, por recurrir a la metonimia, Auschwitz. Y tras la negación de la realidad, el tercer poema nos dice la soledad absoluta: «Nadie mira hacia nadie. Todos los ojos son / el ensimismamiento». En este territorio no hay certezas: «Una se mueve /sobre / la roja pez de los significados / como sobre una balsa a la deriva». Y vamos entrando en el cuadro, en los poemas, desde la responsabilidad de las palabras: «no te deslices sobre / las palabras / como si fueran / nada». Decir «compasión» solo es verdad si significa: «Acoger ese cuerpo. Lavarle las heridas como si / respiraran. / Ungirlo con el llanto / que no pudo llorar». Y es esta una exigencia desmesurada: «No morir / de su muerte. Comprender / esa pena. Esperar / a su lado / que vuelva entre los vivos. / Y sí, / sin esperanza». Encontrar una gramática del espanto para ser capaces de decir la muerte sin ahogarnos, esperar sin esperanza, negar el vacío, aquí, en el cuerpo ausente de todos los inocentes. Como esa terca espera y esa absurda esperanza de María Magdalena: «Y ve / lo que no ve lo que no ha visto / –no más / derramamiento no más / llanto». Hay en este primer apartado del libro poemas en los que habitamos el cuadro y otros en los que entramos en un dolor más personal, pero ambos se confunden. El frío de vivir, ese imaginar la muerte cuando era pequeña, esos versos que nacen del lamento de Pleberio («Para quién edifiqué torres») –y no es la única referencia a nuestra tradición: «dónde está la color de tu rostro»–, los diminutivos… De nuevo la imposibilidad de describir la muerte: «La muerte es lo que no / podemos conocer –lo que no / conocemos no puede describirse», «la muerte nos aleja la muerte no es humana». Y, sin embargo, enunciarla: «lo que digo es más grande que yo». Es, como en el cuadro, como

07nayagua30_resenas+escaparate.indd 180

15/7/19 17:38

Profile for Hellen

NAYAGUA 30  

Revista de la Fundación Centro de Poesía José Hierro

NAYAGUA 30  

Revista de la Fundación Centro de Poesía José Hierro

Profile for hellen544
Advertisement