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decirles que para el Centro de Estudios de la Poesía de San Sebastián de los Reyes fue un regalo que no se nos pasara inadvertido el primer libro de Mario, Carpintería de armónicos: tuvimos la certeza de que estábamos presenciando un acontecimiento, sentimos la convicción de que ese poeta equilibrista, deseante de la lengua y de su carga histórica y ética era exactamente la forma de lugar poético que queríamos defender en el Premio Félix Grande, y disfrutamos la alegría de poder darle cuerpo en forma de libro. «Un libro, –queridas amigas y amigos, decía Francisca Aguirre–, es una prenda de abrigo»; «un poema es una caja de herramientas», dice Juan Carlos Mestre; «un buen verso es una calidad súbita del mundo», escribió Cintio Vitier; «la poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes», sentenció Aldo Pellegrini. Abrigo, aperos, iluminación, inocencia, de todo eso encontrarán en Ese ruido ya pájaro. Y lo encontrarán con libertad y radicalidad a partes iguales. Y lo encontrarán en compromiso e inocencia a partes equidistantes. No voy a caer en ese otro fatal lugar común que supone que un poeta evoluciona para mejorar: ni de lejos. El talento no mejora: como la energía ni se crea ni se destruye, tan solo se transforma. Y sí, hay transformación en este libro. «Llegué muy joven a un mundo que era ya muy viejo», cita Mario a Erik Satie: dupliquen la juventud, dupliquen la vejez y entren en este libro al que «De la mano acuden los muertos a encender naranjas en los montes de leche». Mario ha reunido en este libro más de un amor «afinando ruido en trashumancia»: su amor por la palabra, su amor por la música, su amor por la pintura: tres patas distintas y una sola mesa tan verdadera como cualquier otra mesa sobre la que se dispongan los alimentos de la generosidad, el compromiso ético y la inteligencia en la teoría del reparto. O lo que es lo mismo, entender que el arte no tiene géneros, que la poesía es una práctica del espíritu, una acción en la que los lenguajes humanos se dan cita no para resolver las contradicciones sino para hacerlas más habitables en su permanente transformación. Y en esa transformación del lenguaje aparecen los collages de Mario es este libro, iluminando en pauta cromática, conversando en la armónica mesa del recolector de piezas, papelitos náufragos, trazos, con el avisador del fuego que es todo poeta cuando reconoce en el lenguaje posibilidad trasformadora. Es la mesa del carpintero, son los armónicos de la lengua, es la partitura del color. Esa mesa está apoyada en un suelo tristemente demodé en estos días en estos lares: la memoria. Esa memoria que convoca «a los antepasados a encender naranjas», esa memoria que sabe que su «país llena de banderas / las vidrieras de costa / en las fosas comunes no hay murciélagos pero sí noche güio güio / güio gentes que guardáis las sábanas de Isabel la Católica en el bolsillo de vuestro / pantalón». La poesía, queridas amigas

15/7/19 17:38

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NAYAGUA 30  

Revista de la Fundación Centro de Poesía José Hierro

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