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Detenerse en la naturaleza y sus ciclos, regresar a un origen y cosmovisión palingenésica («El regreso»), atender al mundo y a lo cotidiano («calle, casa, ciudad», dice en «¿Duermes?»), observar lo pequeño que nos rodea, lo que está y a veces no vemos («Unidad»), bosquejar el detalle («Vermeer») a partir de la metonimia, la imagen pre-lingüística y lo fragmentario, lo incompleto, dibujarlo desde fuera, grabarlo, fotografiarlo y a veces apuntar el deseo de fundirse –en notable simbiosis– con mesa, pájaro, vaso, árbol («Y no escuchar los pájaros sino estar en el golpe / de alas», declara en «Por esto») parece un mecanismo recurrente en la escritura de Circe Maia que se enraíza en una reflexión sosegada sobre el paso del tiempo (Machado y Manrique son citados por la poeta en entrevista incorporada en la edición de su obra en Rebeca Linke en 2015). El tiempo con sus mínimos, pero intensos deslumbramientos fugaces, sus destellos de lumbre, sus revelaciones o hallazgos, aunque lo feroz, lo oscuro, lo abrupto –las pequeñas catástrofes– den el zarpazo inesperado también e interrumpan la luz. En ello constatamos una sensibilidad extraordinariamente perceptiva y «salida de sí misma», volcada en el ojo, de observación pictórica de lo elemental, de indagación honda a través del lenguaje en lo real que se sabe de antemano abocada al fracaso por su incapacidad de apresarlo, búsqueda incesante que remite a algunos poemas de Sylvia Plath, de Ida Vitale, con las que comparte ese mismo «asombro y maravilla ante el simple existir de las cosas» (Doce, p. 13). Es un asombro sereno y templado desde el afuera el de la poética de Maia, es delicadamente impersonal u objetivo –manifiesta su interés por la poesía objetivista que se hace en los últimos años en Argentina– y nunca abiertamente confesional –se aleja sustancialmente de Marosa di Giorgio, de Idea Vilariño–, como revela, entre otros recursos, el hecho de que apenas se utilice la primera persona, sino la tercera («La piedra de mar», «La sed»). Su mirada es «una mirada que nos lleva hacia el mundo» –en expresión que utiliza en La casa de polvo sumeria–, que lo penetra, que trata de aprehenderlo sin escudriñarlo, sin desentrañarlo desde la razón o el pensamiento, sin utilizarlo tampoco como bálsamo en el que revertir las emociones. Solo quiere constatar su presencia real, verdadera, su arraigo, peso y permanencia –que no trascendencia–, más allá de la pasajera vida humana («Las cosas»). Observamos esto en el poema «Junto a mí»: «Trabajo en lo visible y en lo cercano / –y no lo creas fácil– / No quisiera ir más lejos», en «Esta mujer»: «como cosas reales: pan, avena / ropa lavada, lana tejida», en «Ellos»: «La vida verdadera: / con su peso seguro / de una fruta madura / o de un carro de trigo» o en el elocuente «Hojas»: «el azul intensísimo es el objeto puro / el anti-pensamiento». El gesto poético va del mundo al yo y a la inversa, pero lejos de todo intelectualismo o teoría, con naturalidad y fluidez. La palabra, empapada de mundo la mirada, trata de fijar, de convertir

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NAYAGUA 30  

Revista de la Fundación Centro de Poesía José Hierro

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