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Editorial

Habitar el territorio ¿Qué significa ‘tomarse’ un espacio? ¿Qué implicancias tiene la decisión de habitar un lugar con el cuerpo? Las relaciones entre las personas, su corporalidad y los espacios son vínculos complejos cuya particularidad radica en la posibilidad de apropiación, de fundar lazos que permiten significar el sitio. El espacio se presenta como indiferente, forma pura de un continente que requiere ser habitado de contenido para así poder situarse en la geografía de lo humano. De esta manera, el territorio aparece entonces en el acto de emplazar el espacio dentro de un marco significante, en ser ‘tomado’ por medio de vínculos humanos. La toma de los espacios por parte de un grupo de individuos violenta precisamente debido a que implica una forma otra de propiedad, la acción de rehabitar genera un quiebre al instalar nuevos significados que tensionan y ponen en conflicto la red de relaciones previamente establecidas. El ejercicio de la facultad de generar lazos de apropiación, de construir territorios, se ve continuamente enfrentado a la existencia de espacios pétreos: lugares cuyo sentido establecido determina los tipos de asociación y ocupación permitidos. La delimitación de los usos de los espacios públicos y privados, la segregación territorial y la estigmatización, entre otros, son formas que restringen la construcción de otro tipo de relaciones significantes, coartando la posibilidad de generar otros contenidos con los cuales habitar el espacio. Más allá de que consideremos o no necesarias algunas de estas restricciones, cabe preguntarse qué sucede cuando aceptamos acríticamente las designaciones y cómo se alteran las relaciones humanas con el territorio cuando ya no es posible habitarlo. La imposibilidad de identificarse con el territorio y apropiarse de él lo reduce nuevamente a su condición de espacio. Sin embargo, esta reducción es selectiva: la particularidad del territorio-espacio reside en que su indiferencia es parcial. Éste no se presenta como un continente vacío sino que está colmado de un sentido atrofiado cuya rigidez opone resistencia a determinadas acciones de significación. De esta manera, el territorio-espacio se transforma en el lugar de la exclusión. La restricción de ciertos vínculos humanos engendra emplazamientos que solo pueden ser habitados por personas que aceptan su designación, que renuncian al ejercicio de crear nuevas formas de apropiación. La ‘toma’ de espacios es, entonces, un acto violento en tanto fuerza la apertura de su contenido al diálogo con relaciones disidentes. La acción de rehabitar es la exigencia de construir un territorio que, finalmente, permite hacer visible aquellos que se sitúan en el margen. Sofia Orellana Directora Hélice

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Equipo Directora Sofía Orellana Editora General Martina Pedreros Equipo Creativo Sofía Orellana Cristián Valenzuela Martina Pedreros Juan Carraha Equipo Editorial Martina Pedreros Florencia Vergara María Josefina Vera Diseño Cristián Valenzuela Ilustraciones Vicente Reyes www.flickr.com/azmodeo

Revista Hélice UC Edición N°2 Segundo Semestre del 2011 Consejero Superior Pontificia Universidad Católica de Chile Impreso en AM Impresos, Santiago, Chile Noviembre 2011 www.consejerosuperior.cl www.facebook.com/helice.uc heliceuc@gmail.com

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Índice

Territorio 3

Editorial

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Entrevista: Alfredo Jaar

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La cadena territorial de la desigualdad en Chile Fiorella Santis Nicolás Valenzuela Levi

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Intentos de conquista de la urbe: Orlando Malacara y el tétrico lomo asfáltico de Ciudad de México Carolina Pérez

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¿Qué hacer con la planificación urbana? Territorio, performatividad y las políticas de la ciudad Manuel Tironi

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Ernesto de Teatro de Chile: performance y discurso en la territorialidad de la composición escénica de una reescritura Roxana Gómez

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Lugares de Intimidad Pública: estudio etnográfico de sex-shops en el sector de Los Leones, Providencia Bernardo Mackenna Matías Moscoso

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Pensando en la construcción de los mapas: lenguaje y territorios imaginarios Sofía Cifuentes

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La imposibilidad de habitar: consideraciones en torno a la Centrífuga como negación de una estética territorial Francisco Cabello

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Entrevista

Alfredo Jaar

La Geometria de la Conciencia (2010), Museo de la Memoria, Santiago de Chile

Entrevista por Martina Pedreros y Cristián Valenzuela Artículo por Martina Pedreros Fotografías archivo del artista Fotografía Alfredo Jaar por Cristián Valenzuela

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Durante Puerto de Ideas, festival realizado en Valparaíso, Alfredo Jaar presentó sus proyectos artísticos y cómo han afectado las concepciones que las mismas comunidades tenían sobre sus territorios. En ese contexto, el artista –con formación de arquitectoconversó con nosotros, situando el territorio como un espacio que insta a que las problemáticas sociales salgan a la luz.


Un museo de papel en llamas. En tor-

no al incendio una multitud –casi indolente- que examina la provocación sin sorpresa. ¿Un circo o piromanía inusitada? No, es la contemplación de lo que se desvanece sin deseo, de la muerte de una institución que nadie ha deseado que existiese. Jaar, arquitecto y artista chileno, juega con las intenciones y los resultados. Es el arte una vía de polemización con los entornos, donde el artista interpela insertándose en un contexto en particular. “La especificidad del sitio es fundamental… context is everything, el contexto lo es todo, es decir que son obras que son creadas para un contexto específico, en un momento específico y para una audiencia específica”, entonces es el territorio lo que se yergue como pregunta, es sobre ello donde se instala la obra que se diluye, se inserta y afecta la concepción comunitaria que de él se ha construido.

La comunicación en todas las obras se vuelve primordial. Es el lugar donde la obra se llena de significado y deja de ser una instalación que agrede y se siente ajena a la experiencia del espectador. “Comunicación no es emitir un mensaje. Emitir un mensaje no basta,… comunicación exige una respuesta, si no hay respuesta no hay comunicación”, es decir, la obra solo funciona con un receptor en particular: el que habita ese espacio es aquel que semiotiza, que vuelve el mensaje-territorio un contenido con sentido. He ahí la diferencia entre el arte por el arte y el arte para museo. No son obras trasladables ni universales porque en ellas recae la contingencia, la posibilidad de ser solo desde la objetividad que sugiere: son obras objetivas porque allí está claro el mensaje, y la reacción esperada es unívoca, por eso Jaar dice: “yo no soy un artista que llega e impone una idea a la comunidad, sino que surge de lo que existe ahí, y eso es muy importante, es una demostración de respeto, porque yo soy un outsider.”

“La especificidad del sitio es fundamental… context is everything”

Son obras site specific, las cuales solo funcionan contextualizadas: el incendio de un museo de papel solo es posible si la ciudad donde se instala vive de una central de celulosa, donde previamente no habían centros culturales ni interés por tenerlos, y el museo mismo es construido con el papel producido por los mismos habitantes: “En el caso de Skoghall, la idea era articular de la manera más dramática posible la falta de un espacio para la cultura, con la ilusión de que una vez que yo se los mostraba y se los quitaba iban a pensar que sería necesario tener algo”. Allí, lo que acontece es la presentación del museo como una imagen preliminar, es una degustación de lo que podría llegar a realizarse desde el movimiento del deseo, del poder de decisión común. El incendio instala el cuestionamiento de si es, efectivamente, necesario tener un museo o no, de si puede surgir desde una colectividad ese impulso.

Es desde el observador, del ser ajeno a las problemáticas, donde Jaar se define como arquitecto haciendo arte. Necesita el ojo avizor del arquitecto, la posibilidad de cuestionarse el espacio como un constructo social, cultural, ideológico, “miro la ciudad como si la tuviese que rediseñar, porque la tengo que entender”. Esa comprensión, entonces, supone un entendimiento complejo, ya que la investigación radica en inmiscuirse en todas las aristas posibles del espacio, y todo lo que en él hay implicado, para luego identificar un problema, “la ventaja de ser outsider es que a veces se ven cosas que el local no ve”. De ahí se desprende la instalación artística como una pregunta, como una bisagra entre una realidad presente y otra posible.

“miro la ciudad como si la tuviese que rediseñar, porque la tengo que entender.”

En ello, el artista va construyendo objetivos. Jaar traza en sus investigaciones puntos donde lo problemático comienza a surgir como una evidencia del territorio, y desde eso, la obra se vuelve télica. Hay objetivos, hay intenciones claras de qué es lo que se quiere provocar y en ello radica el éxito de la obra: la instalación implica una suerte de experimentación social que lleva al artista a plantearse objetivos y a definir la obra en torno a su finalidad.

“Yo fui artista, o quise ser artista antes de hacer arquitectura”. La distinción, para Jaar, entre el artista y el arquitecto, radica en la concepción que se hace del objeto de trabajo, es decir, el artista requiere de materialidad para concretar la obra, sin embargo, es el pensamiento del arquitecto el que toma como soporte las ideas, y son los materiales articuladores de esa concreción. Es el uso del espacio, la reconcepción del lugar aquello que divide un oficio del otro. De ahí la definición de ser un 7


arquitecto de formación haciendo arte como profesión. La opción por la obra efímera (en el sentido de que habrá de desvanecerse luego de la contingencia) tiene directa relación con esa posibilidad concretada. Luego de eso la instalación es un vacío que ha perdido capacidad de interactuar con la comunidad. Es por ello que aquellas obras permanentes de Jaar -los memoriales a Allende en Barcelona y a los detenidos desaparecidos (DD. DD) en el Museo de la Memoria en Santiago de Chile- deben tener el componente de lo actualizable para que no pierdan capacidad de interpelar.

“La obra surge del territorio, surge de las ideas encontradas en el territorio”

Para el memorial efectuado en conmemoración de los DD.DD (llamado La geometría de la conciencia), Jaar instala en una sala oscura las siluetas intercaladas de personas desaparecidas durante la dictadura, y de ciudadanos chilenos (vivos durante el montaje de la obra). A cada costado del panel con las siluetas, un espejo provocando la sensación de infinitud de la imagen. La sala está a oscuras, 8

lo único perceptible es la imagen irradiada desde las siluetas. Aquí, entonces, la actualización del momento está dada por las imágenes de ciudadanos contemporáneos a la obra. El memorial, entonces, no mata, no instala la oficialización del olvido, sino la posibilidad de que aquello conviva en otros. “En los dos integré elementos que los hacen siempre vivos y actuales. En el de Barcelona el atril es una especie de mediador, de herramienta que la gente va a usar, es una estructura permanente pero el contenido es flexible, siempre actualizado… El contenido está fuera de control y siempre en el presente”, es decir, en el atril, el elemento actualizador es la imagen que rotará y se generará sobre dichos soportes, y esa imagen siempre estará vigente. El atril es el signo de la continua posibilidad, del constante proceso. Jaar enfrenta la problemática de los monumentos como instalaciones que congelan las épocas, los momentos, sin dejar que el tiempo y la historia los afecte. “Siempre me ha molestado que los memoriales sean tan tristes… y que fijen un momento imposible de fijar, y cuando me piden


hacer una cosa que va a ser permanente… significa que esa cosa hoy qué irá a significar mañana”. Ante esa incertidumbre, Jaar opta por hacer activo al espectador, de incorporarlo en el memorial, donde lo conmemorado se hace común. En ese sentido, Allende deja de ser un personaje y pasa a ser también un patrimonio, donde su memoria se vive en la actualización de sus ideales en las expresiones comunes que se hagan sobre sus atriles, porque el lugar “es una plaza vulgar, cualquiera… era un espacio público y súbitamente se instala esta cosa ahí e insta a la gente a la posibilidad de comunicarse.” El memorial, entonces, también lleva el factor elemental para que la finalidad de la obra se concrete: debe ser comunicativa en cuanto el otro se haga parte y le dé sentido a la obra desde la problemática colectiva que reconoce en ella.

Es la actualización de ese lugar lo que de una u otra forma lo hace aparecer, ya que provoca el pase de una instancia de tránsito y desconocimiento (de la posibilidad de posesión y deseo) del espacio, a la conciencia colectiva de que es ese espacio el que posibilita la interacción concreta. “La obra surge del territorio, surge de las ideas encontradas en el territorio, surge del diálogo en el territorio, por lo tanto yo aspiro siempre a que la obra pertenezca al territorio, para que tenga una interacción con los miembros de la comunidad”.

“El contenido está fuera de control y siempre en el presente”

Es ahí donde el espacio en el que se instala la obra deja de ser solamente público y pasa a ser común.

El territorio supone hacerse evidente, hacerse instantáneo. El territorio sobre el cual trabaja Jaar es el espacio donde las cosas se han obviado, y es solo frente al remezón provocado por la obra donde la problemática, el espacio, los otros, aparecen como posibilidades, como actualizadores y actantes del devenir de la historia.

The Skoghall Konsthall (2000), Skoghall, Suecia

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La cadena territorial de la desigualdad en Chile Fiorella Santis Sociología 2do año Nicolás Valenzuela Levi Licenciado en Arquitectura Candidato a Magister de Desarrollo Urbano

Un país de propietarios y no de proletarios Una de las frases célebres de Augusto Pinochet Ugarte, dictador en Chile entre 1973 y 1990, fue “tratamos de hacer de Chile un país de propietarios y no de proletarios”. A través de esta frase se transmite la materialidad concreta que expresa la forma en que su gobierno enfocó sus políticas. Al mismo tiempo, generan el mismo efecto al que debiese aspirar una reflexión sobre el territorio en relación a nuestra realidad social: entrega materialidad concreta a los problemas y objetivos de la política y la economía. La figura del propietario como reemplazo del proletario viene a ser un intento de visibilizar un sujeto pensado para cerrar del proceso de reivindicaciones sociales que condujo nuestro desarrollo político en el siglo pasado. El enfoque necesario para construir la materialidad de estos hechos es comprender las políticas públicas que llevan implícitas estas afirmaciones interpretativas, su concreción con efectos en la realidad social y, especialmente, su encadenamiento con el territorio. La cuestión social, desde la política pública, el movimiento obrero y campesino, desde la política de masas, o la doctrina social, desde la perspectiva de la Iglesia Católica, son tres caras de la misma moneda: el enfoque sobre la pobreza, la desigualdad y la mejora de las condiciones materiales de la población hasta el golpe militar de 1973. El acceso universalizado a la propiedad constituye la contrapropuesta a la promesa del Estado de Compromiso construido hasta entonces. El respeto irrestricto a la propiedad privada, consagrado en la Constitución Políti10

ca de 1980 como uno de los pilares de nuestra convivencia social, encuentra aquí uno de sus argumentos de apoyo, como guiño a las reivindicaciones de los grupos socio-económicos medios y bajos. Esto implica otorgar un piso mínimo para la incorporación de los hogares a la vida económica, pues es a través del mercado como la ideología neoliberal entiende la integración en la sociedad que concibe. Pero, especialmente, contiene la inauguración simbólica de su promesa política, entregándole a las clases subalternas lo que se encontró desde siempre en las desigualdades que motivaron su levantamiento: la propiedad de la tierra. (Recordemos el antecedente político-económico inmediato al golpe militar: la Reforma Agraria.) El proceso histórico de transformación de Chile en un país de propietarios fue continuado por los gobiernos de la transición democrática entre Patricio Aylwin y Sebastián Piñera, y han tenido como efecto la conformación de una realidad única en el mundo. Probablemente no exista ningún país en desarrollo que haya universalizado como Chile la propiedad del suelo y la vivienda formal. La presencia de “campamentos”, incluso considerando los efectos del terremoto de 2010, no es comparable a la existencia normal de asentamientos informales de más de medio millón de habitantes en la mayoría de las grandes ciudades de América Latina, África y Asia. A continuación explicaremos cómo, producto de este proceso, la realidad social en Chile, y particularmente la desigualdad, deben nece-


sariamente ser abordadas con una perspectiva territorial. Cinco eslabones de la cadena territorial de la desigualdad Usualmente concebimos a la desigualdad como un concepto abstracto, condicionado o causado por otras variables abstractas en ámbitos como la economía y la educación. Los vemos como cifras de algún estudio, como números en una encuesta. Pero la desigualdad tiene un escenario concreto, un tiempo y un espacio. El modelo “propietario” que ya describimos tiene su operación práctica en el mecanismo de subsidio a la demanda en las políticas de vivienda. Su aplicación, en conjunto con otras condiciones que son parte de las reformas neoliberales, van encadenando causas y consecuencias de la desigualdad. Eslabón inmobiliario: subsidio, expulsión, concentración. Gran parte de la industria de la construcción, en las últimas tres décadas, se ha movido gracias a los subsidios otorgados por el Estado, lo que ha generado una enorme expansión de la oferta de la vivienda. Dado que los montos de subsidios son fijos, la forma de obtener mayores ganancias es a través de construir en suelos baratos y lo suficientemente grandes como para generar economías de escala: los terrenos con estas características se ubican en la periferia de las ciudades. El motor de la oferta de viviendas son las ganancias de la industria inmobiliaria, que se dedica a comprar terrenos a precio rural y venderlos a precio urbano pagado por los subsidios estatales. Con el tiempo, el resultado ha sido que se concentren pobres en grandes terrenos lejanos de los centros urbanos, los que a su vez incentivan la instalación de más proyectos similares cerca, puesto que los sectores medios y altos no encuentran atractivo vivir cerca de los pobres1. Como consecuencia, en cada gran ciudad chilena hay un gueto donde vive hasta la mitad de su población: Alto Hospicio en Iquique, Las Compañías en La Serena, Bajos de Mena en Santiago, el sector nororiente en Rancagua, Maule en Talca, Alerce en Puerto Montt, etc. Tal como señalan Rodriguez y Sugranyes (2004), hoy la pobreza urbana en Chile ya no está personificada en los “sin techo” sino en los

“con techo”, habitantes obligados a pagar el precio de vivir en barrios estigmatizados, único lugar donde pueden acceder a una vivienda. Eslabón financiero: condena, desvalorización, mercados. Este modelo ha producido oferta a un ritmo que, en las últimas décadas, ha entregado viviendas para más de medio millón de personas por año2. Estas personas acceden por una única vez en su vida a este subsidio, lo que los amarra al territorio donde les tocó vivir. En Chile existen grandes desigualdades en el ingreso de los hogares, lo que no se ha logrado reducir, a pesar de que se ha declarado la

Esta situación se ha visto revertida en algunos casos por la expansión urbana, escasez de suelo y el mejoramiento de sistemas de autopistas urbanas e inter-urbanas que generan atractivo para grupos medios, ante la posibilidad de contar con terrenos de mayor extensión u oferta de menores precios, en el contexto de la expansión del consumo de automóviles. 2 Sobre 150.000 viviendas anuales. 1

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intención de hacerlo. Las brechas de ingreso autónomo de las personas se han mantenido, pero los encargados de las políticas públicas argumentan esto se ha visto compensado por el aumento de transferencias de recursos desde el estado a las familias más pobres, lo que reduce las diferencias con los más ricos. Según la encuesta CASEN del 2006, por ejemplo, la diferencia entre el 20% más rico y más pobre de la población era de 13,1 veces comparando los ingresos autónomos, pero esto se reducía a 6,8 veces al incorporar las transferencias a través de políticas sociales. Los hasta 14 millones de pesos que puede implicar el subsidio habitacional, son parte fundamental de esas transferencias.

“La concentración y segregación territorial de los pobres … implica la producción de hoyos negros en el mapa del poder democrático.”

Sin embargo, a pesar de que las personas tienen la natural aspiración de que su inversión en vivienda se valorice en el tiempo, lo que ocurre con la vivienda social es que en la mayoría de los casos pierde valor económico (Valenzuela, 2011a). Esta es una nueva forma de desigualdad, que condiciona el acceso a otras oportunidades, como es el crédito, o la liquidación de los activos para contar con recursos al modificarse la composición del hogar. Eslabón municipal: comunas, gobiernos, oportunidades. Sabemos que la educación es la principal herramienta de movilidad social en Chile, puesto que condiciona la incorporación a los mercados de trabajo. Particularmente, los años de educación superior pueden explicar hasta el 80% de las variaciones del ingreso de las personas (Contreras, 1999). Es poco probable que al mirar este ámbito se aplique una mirada territorial. Sin embargo, son los resultados en la educación secundaria los que condicionan el acceso a la terciaria, y este, como veremos, está fuertemente condicionada por el territorio. Particularmente, el acceso al crédito subsidiado por el Estado requiere la obtención de un puntaje sobre 450 puntos en la Prueba de Selección Universitaria. Los resultados de los jóvenes no tendrían una causa territorial si no fuera porque la segmentación del sistema escolar implica fundamentalmente diferencias en la capacidad de desplazamientos diarios. Investigaciones como la de Flores (2008) plantean que mientras los 12

estudiantes de grupo socioeconómico medio y alto viajan diariamente – en la mayoría de los casos su familia posee automóvil –, los sectores más vulnerables acceden a los establecimientos municipales que se localizan cerca del lugar de residencia En la mayoría de los sectores donde son radicados los beneficiarios de viviendas sociales, el promedio de puntaje PSU de los establecimientos municipales está muy por debajo del promedio de 450 puntos que requiere la admisión y el acceso a créditos estatales (Valenzuela, 2011b). La calidad de la educación secundaria de los más pobres es la que más depende del lugar de residencia, puesto que son estos jóvenes los que componen la matrícula de la educación municipal. Un fenómeno similar ocurre con el acceso a la salud, que implica no una inversión sino un gasto que en muchos casos puede hacer que un hogar que emerge caiga nuevamente en la pobreza. La disponibilidad de recursos para los servicios municipales, además de los montos de asignación de recursos públicos por prestaciones, depende de la capacidad de recaudación presente en cada comuna. En el caso de las contribuciones por bienes raíces, el hecho de que en una comuna las viviendas tengan poco valor, o haya solo viviendas sociales, implica escasez de recursos. En el caso de las patentes comerciales y de automóviles, ambas proliferan donde hay habitantes con capacidad de pago para consumir comercio y servicios, o adquirir automóviles. La segregación producto de las políticas de vivienda refuerza el que en los sectores donde se radica a los pobres, no haya capacidad de recaudación municipal. Eslabón movimiento: lejanía, transporte, inversión. La lejanía que más afecta a los pobres urbanos es la que les dificulta acceder a los lugares donde hay oportunidades como el empleo, la educación, los servicios, la cultura. La movilidad diaria condiciona directamente las posibilidades de las personas de acceder al trabajo (Cass, Shove y Urry, 2005). De esta forma debido a la lejanía y a la dependencia a los medios de transporte para superarla, las decisiones de las personas se ven afectadas. Por ejemplo, las mujeres jóvenes jefas de hogar, para quienes las horas semanales perdidas en los viajes implica el costo y riesgo de, por ejemplo, los momentos en que los niños deben estar solos en casa, o bajo


cuidado pagado, la decisión más racional puede ser simplemente no trabajar. A lo anterior se suma que las políticas de inversión en infraestructura de movilidad por parte del Estado se han realizado crecientemente mediante el sistema de concesiones, de este modo el que se construya una obra depende de que sea rentable. En estos casos, las ganancias se proyectan por el cobro de peajes a los conductores particulares. La tasa de motorización es una de las brechas de movilidad, teniendo en Chile una diferencia de 9 veces entre el 20% más rico y el más pobre en la tenencia de automóviles (CASEN 2006). En el contexto de ciudades altamente segregadas territorialmente según nivel socioeconómico (Sabatini, 2003), existe un incentivo a que la infraestructura concesionada obedezca a necesidades funcionales de los territorios en que habitan sectores medios y altos, marginando las necesidades de movilización de los sectores más pobres. La inversión en estas infraestructuras implica un fomento al uso del automóvil, disminuyendo los tiempos de viaje de los sectores acomodados. El problema es que los flujos de estas vías finalmente desembocan en la ciudad, es decir las mismas calles que utilizan los sistemas de buses del transporte público. La congestión vehicular pone un techo a la calidad del transporte, porque los tiempos de viaje aumentan en calles colapsadas. Con todos los problemas que ha tenido el Transantiago, los 5 ó 6 microgramos de reducción de material particulado en el aire que ha producido la mejora de los estándares de emisión de los buses, implican aproximadamente 157 muertes prematuras menos al año y millones de enfermedades menores, como ejemplo, respiratorias. Estas son enfermedades que afectan fundamentalmente a los sectores vulnerables y son una carga para los sistemas públicos de salud. En general en Chile hay un escaso desarrollo de las políticas de transporte público, con excepción de la capital. Las ciudades se piensan para el transporte privado en automóvil, siendo que los viajes en transporte público, a pie, en bicicleta y otros implican entre el 67% y el 88% de los viajes realizados en las ciudades chilenas (MTT Encuestas de Origen y Destino, 2011). Eslabón democracia: ejemplos, encuentros, integración En un análisis realizado por Luna (2011) res-

pecto del sistema político chileno, y las inminentes reformas al sistema electoral, se plantea un riesgo importante relativo a la participación de los sectores de menores ingresos. Existe evidencia de que los países que han adoptado la voluntariedad del sufragio han visto una disminución de representación de estos grupos en el universo total, y una elitización de la participación. Dado que el nivel educacional depende del ingreso, el nivel de comunicación respecto a las agendas políticas se concentra en los estratos de mayor capital cultural. El resultado, dice Luna, es que se genera un incentivo a que los candidatos recurran a formas clientelares de captación de votantes entre los sectores populares. El carácter territorial de la mayor parte de la representación política implica una relación entre las prioridades de las autoridades y determinado lugar que representan, pero la clientelización descrita por Luna implica una separación de la lógica política programática y los lazos locales. La concentración y segregación territorial de los pobres, sumada al mismo efecto en cuanto a la participación en las votaciones, implica la producción de hoyos negros en el mapa del poder democrático. Es insuficiente considerar los distintos factores territoriales que condicionan la desigualdad en el ingreso y el acceso a otros activos, sin considerar la importancia de la democracia y la construcción de sentido para nuestra sostenibilidad social. Según Kaztman (2001) la exclusión y segmentación social tiene 3 pilares; segregación residencial, segmentación laboral y segmentación educacional (y de otros servicios), es decir que los lugares de encuentro entre los distintos de la ciudad se ven reducido dramáticamente, lo que afecta el impacto que tienen los modelos de rol en la integración social y económica, así como el reconocimiento entre los diferentes grupos sociales. Dada esta realidad, podemos plantearnos también la pregunta por el lugar en el que sustentamos nuestra democracia, como valor quizás hoy intangible.

“hemos construido cadenas territoriales de la desigualdad que atan a las personas a islas separadas en el archipiélago centrífugo de nuestras ciudades.”

Pensar el lugar de algo es, por supuesto, pensar en el territorio. Es fundamental que, tal como hemos intentado hacerlo con otros aspectos de índole económico-social, nos preguntemos por 13


el espacio de la construcción de sentidos colectivos para las distintas partes de nuestra sociedad, a través de la convivencia. Para poner un problema adicional, más que una solución, cabría decir que ese lugar no solo es inexistente hoy, sino que será mucho más difícil de encontrar de aquí en adelante. La razón es que hemos construido cadenas territoriales de la desigualdad que atan a las personas a islas separadas en el archipiélago centrífugo de nuestras ciudades. Referencias Cass, N.; Shove, E. & Urry, J. (2005) Social exclusion, mobility and access. The Sociological Review, 53, 3, 539-555. Contreras, D. (1999) “Distribución del ingreso en Chile. Nueve hechos y algunos mitos”. Perspectivas. Vol. 2, nº 2. Mayo, 1999. Flores, C. (2008) Residential segregation and the geography of opportunities: a spatial analysis of heterogeneity and spillovers in education. Tesis presentada para obtener el grado de Ph.d. En Public Affairs por la Universidad de Texas en Austin Kastman, R. (2001) “Seducidos y abandonados: el aislamiento social de los pobres urbanos” en Revista de Cepal Nº 75, 171-189. Luna, J. P. (2011) Paper en desarrollo sobre inscripción automática y voto voluntario, concurso de políticas públicas Pontificia Universidad Católica de Chile. Rodriguez, A. & Sugranyes, A. (2004) El problema de vivienda de los “con techo”. Eure (Santiago), dic. vol.3 0, no. 91, 53-65. Sabatini, F. (2003) “La segregación residencial en las ciudades latinoamericanas: causas, posibles políticas y rol de los mercados de suelo”, en F. Arenas, J.L. Coll & R. Hidalgo (eds.), Los nuevos modos de gestión de la metropolización. Santiago: instituto de geografía de la PUC y Universidad de Toulouse Le Mirail, Francia. 147-180. Valenzuela, N. (2011a) Políticas urbanas para ciudades igualitarias. En Lagos R. “Chile 2030”, Fundación Democracia y Desarrollo. Libro en preparación. ___________. (2011b) “Movilidad social y acceso a la localización residencial: lecciones del modelo chileno de vivienda social subsidiada”. Tesis en desarrollo para optar al grado de Magister en Desarrollo Urbano, Pontificia Universidad Católica de Chile.

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Intentos de conquista de la urbe:

Orlando Malacara y el tétrico lomo asfáltico de Ciudad de México Carolina Pérez Letras Hispánicas 4to año

Orlando Malacara, personaje y narrador de la novela Malacara de Guillermo Fadanelli, se nos presenta como un hombre que se relaciona con la ciudad donde vive de una manera muy particular. El Distrito Federal, dentro de su inmensidad, se le presenta como una iguana, imagen que no deja de llamar la atención por el aspecto de monstruosidad que posee. De esta forma, el recorrer la ciudad se convierte en un hecho que el protagonista desprecia, relacionándose con la urbe por medio de distintas vías que se expondrán en el siguiente ensayo: su ventana, los documentales y las piernas femeninas. Orlando Malacara reflexiona constantemente sobre el rol que tiene él mismo como caminante por la ciudad. Es de esta forma que se considera como un hombre que ya está viejo. Esto es relevante en cuanto a que la reflexión del caminar por la urbe está completamente ligada al tránsito o lo recorrido en la vida misma. De esta manera, para Malacara “[q]ue se te considere un hombre maduro es hasta cierto punto un alivio. Los hombres maduros se mueven sin prisa porque se han dado cuenta de que nunca recorrerán en su vida más allá de unos pasos, aun moviendo a toda velocidad sus extremidades” (Fadanelli, 2007, p.139). Malacara da cuenta de una visión bastante pesimista de la vida, además de evidenciar cierto miedo a la movilidad como factor de cambio: “[c]ada vez que uno se mueve pasa encima de una laboriosa colonia de hormigas causando terribles desastres” (p.139). Es por esto que la figura de la iguana, igualada a la de la ciudad (“[l]a iguana se había convertido en ciudad” (p.79), guarda clara relación con el tránsito urbano: “[y] cuando más libre me sentía, mis pies comenzaron a

recorrer extensos kilómetros sobre su lomo asfáltico consumiendo decenas de zapatos negros, mis favoritos, distancias maratónicas que desaparecían solo unos segundos. . . “(p.79). El desgastamiento de los zapatos muestra el tedio del caminar, una imagen que no es alegre, sino que demuestra el desgastamiento de uno de los objetos que le gustan, en fin, la vagancia se asocia a algo negativo. Es por esto que la negación del caminar, los zapatos nuevos, se muestran como un símbolo de protección, de no estar afuera, caminando el prolongado sendero gris: “[e]stuve tentado a rodear a Camila con mis brazos y prometerle que mientras Orlando Malacara existiera no necesitaría jamás un par de zapatos negros” (p.167). La libertad no está entonces en el recorrido de la urbe, todo lo contrario. La vagancia está relacionada a los pensamientos depresivos, al cuestionamiento y la angustia: “[u]n recorrido tan breve no me permitía arrepentirme ni deprimirme. Surcar grandes distancias se acompaña, en mi caso, de drásticos cambios de humor. Por más elogios que haga de la vagancia no he nacido para consumir largas distancias sin que mi temperamento debilucho sufra modificaciones” (p.153). Malacara se relaciona con la ciudad haciendo uso de la máxima economía de pasos, el D.F. es un lugar que no debe ser transitado. Es por esto que su relación con el mundo, con lo que sucede en él se lleva a cabo por medio de actividades particulares. En primer lugar, Orlando se relaciona con la ciudad de México gracias a su ventana. Es un verdadero espía, un vouyeur que se relaciona por medio de este pedazo de ciudad enmarcada. Esto lo notan tanto Rosalía como Adriana. Es una actividad 15


que parece ser compulsiva y da cuenta de algún tipo de problema en Orlando. Así lo hace ver Adriana: - Conozco tu casa. Te hemos descubierto en la ventana varias veces, espiando, creíamos que estabas loco. - Lo hago solo para distraerme. No podría vivir más de un día sin echar un vistazo por la ventana. (p.170). Es más, la primera vez que conoce su hogar “Adriana [lo] observaba espiar por la ventana con un gesto socarrón: ‘Nunca imaginé que me

encontraría dentro del mirador’-dijo.” (p.177). Con respecto a esta conducta, Malacara se refiere a este hábito como “un comezón, un tic, nada importante” (p.191), pero que sin embargo desencadena el crimen final que será cometido por el protagonista en contra del hombre que él miraba por la ventana. Este “mentecato que siempre está espiando por las ventana” (p.191) (palabras con que Rosalía se refiere a él), no sale entonces a la calle. Su relación se da por medio de la pantalla, del cuadro enmarcado de la ciudad que lo rodea y que él se niega a recorrer. Malacara se entera además de lo que pasa en su entorno de la siguiente manera: Una vez que la espalda se arquea o las rodillas comienzan a rechinar como ataúdes es hora de comenzar a ver el mundo a través de documentales y enciclopedias... En suma, soy un hombre maduro que ve documentales para saber qué sucede en los casquetes polares, una persona sombría de casi cuarenta años de edad... que se encuentra en una romántica guerra contra el movimiento por considerarlo el principio de todos los males (p.139). El movimiento entonces, como “principio de todos los males”, es evitado por el protagonista. Ante esto, la interacción con el afuera se da por medio de la pantalla. Sin embargo, existe un último elemento relevante en la novela que da cuenta de su relación con el exterior. Recordemos que Orlando Malacara conoce a las dos mujeres con las que decide vivir por medio de los únicos dos desplazamientos significativos que se cuentan a lo largo de la novela. Primero, producto del viaje a Tijuana, conoce a Rosalía. Luego, al hacer clases en el instituto de niñas conoce a Adriana, a quien reconoce lo siguiente: “[s]i puse los pies en tu escuela es porque está a solo unos metros de mi casa” (p.179). Esta actitud está claramente relacionada con el espanto que le produce la ciudad y el movimiento o desplazamiento en particular: “[m] e cuesta trabajo comprender cómo alguien que pasa toda su vida en la ciudad decide viajar al mar sin dar muestras de miedo o terror alguno”. (p.180). La ciudad ideal para Orlando Malacara se restringe a unos “cuantos metros cuadrados” (p.153). Los desplazamientos largos lo hacen vivir lo que él llama una especie de “virus” (“creo que el maldito virus me ha dañado para siempre” (p.153)). El recorrer es una aflicción y se entiende como enfermedad. Es de gran relevancia detenerse en la explicación que hace Orlando

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del virus, pues es un padecimiento que parece concentrarse en ciertas partes del cuerpo: esta ciudad denominada de manera arbitraria Distrito Federal no es un lugar para caminar, mudarse de casa o mostrarse en desacuerdo con su gobierno. Por el contrario, uno soporta esta ciudad como una carga que va unida a los huesos de la espalda o que se concentra en los muslos o en las pantorrillas (p.125). Es vital hacer notar la importancia que tienen las piernas y los pies para el personaje de Orlando, pues recogerían la carga o el peso de este virus. Es por esto que pareciera tener una afición especial por esta parte del cuerpo femenino, conducto que utiliza para relacionarse con lo que sucede afuera. Así sucede con Rosalía: “[n]o estoy seguro de si esta descripción es adecuada, pero hoy me creo incapaz de vivir unos días sin meter mis narices en medio de sus piernas.” (p.138). El acto sexual, asociado a las piernas, parece ser un hábito que el protagonista no puede dejar: -Rosalía, no voy a coger esta noche. Me siento tan frustrado. En mi sueño Rosalía se hallaba de pie junto a la cama apenas cubierta por un delgado vestido color marrón. -Siempre dices lo mismo, pero todas las noches terminas entre mis piernas... (p.162). Lo mismo sucede con el personaje de Adriana, a cuyas piernas también se refiere: “pasaron días antes de que la descubriera sentada en el extremo final de la primera fila con las piernas cruzadas mirándome desde una curiosidad que podría considerarse malsana: consecuencia de adornar unas piernas tan hermosas, sus calcetas hacían más corriente nuestro salón de clases” (p.165). Las piernas femeninas, parecen revelarse como respuesta a esta incapacidad de movimiento que sufre el protagonista, a este terror propio del caminar por la ciudad y a la desesperanza y tedio vital que sufre. Así, el cuerpo, el interior de las piernas se revelan como una eventual búsqueda de respuesta. Se puede interpretar que el miedo que sufre Malacara con respecto a la ciudad de México se canaliza en actividades que le permiten conocer la ciudad desde otras perspectivas (su ventana, los documentales, etc). Aquí juega un rol fundamental el cuerpo femenino, como búsqueda del origen, de ese lugar seguro al que Orlando desea retornar. Se pue-

den explicar desde ahí la serie de referencias que hace el protagonista a su madre, el cordón umbilical que él dice se corta cuando va por las primeras veces que va al colegio o que vuelve a su casa caminando las seis cuadras que lo distanciaban de su hogar. Esta búsqueda de la seguridad materna se hace presente en el siguiente extracto de la novela:

“El recorrer es una aflicción y se entiende como enfermedad.”

Es una vergüenza que la vida se concentre en las cavidades. Como si metiendo la lengua en el ombligo pudiera encontrar la primera célula, el átomo, el origen. Una acción a todas luces estúpida (p.126). De esta forma, los agujeros, las cavidades del cuerpo son una manera de viaje que el protagonista está dispuesto a llevar a cabo, en contraste con el viaje por la ciudad, que lo aterroriza. Las continuas referencias a las piernas femeninas (“[n]o estaba mal con ese vestido cortado a mitad de los muslos” (p.72), “¿[p]uedo tocar la cicatriz de tu rodilla antes de irme?” (p.74)) son entonces reflejo de ese intento de Malacara de relacionarse con la ciudad de una forma segura. La posesión femenina sería entonces un intento por dominar a esta enfermedad, este cáncer, a la ciudad, a la iguana que hiere la boca del protagonista en sus sueños. En suma, la novela Malacara nos presenta una ciudad de México que aterra al personaje de Orlando. La urbe, irrecorrible para el protagonista, puede ser conocida por medio de otros medios, entre los cuales destacan, además de la ventana y los documentales, las piernas y el cuerpo femenino. La utilización de estos recursos dan cuenta entonces de la necesidad de posesión de la cuidad por otro medio que no sea el recorrerla. Así, Orlando Malacara usará a Rosalía y Adriana, verá documentales y, finalmente, se apropiará de ese recuadro que observa enmarcado en su ventana. El asesinato final es entonces el medio de conquista de esa ciudad que tanto lo atemoriza. Tomará al sujeto que observa, que representa ese fragmento de la iguana de la que él intenta defenderse, “[f ] inalmente la iguana pagaría las culpas” (p.193). Sería esta su pequeña venganza, su diminuto intento de triunfo frente al monstruo. Referencias Fadanelli, G. (2007) Malacara, Barcelona: Anagrama. 17


¿Qué hacer con la planificación urbana?

Territorio, performatividad y las políticas de la ciudad1 Manuel Tironi Profesor Asistente Instituto de Sociología

Existen muchas formas de pensar el territorio. Pero hay una que generalmente pasamos por alto: hacerlo pragmáticamente. Con esto me refiero a concebir el territorio no solo como una construcción simbólica o textual, tampoco como un paisaje material en el cual se inscriben las huellas humanas, sino como un efecto de prácticas concretas. El territorio se enacta y modula a través de acciones políticas, intervenciones tecnológicas y reacciones cívicas. El territorio no es una abstracción, sino el producto del trabajo heterogéneo –situado y contextualde una diversidad de agentes y entidades. Y una manera de pensar el territorio como una realidad pragmática es hacerlo a través de la planificación urbana. O mejor dicho, a través de una reflexión sobre cómo el territorio, lejos de ser una entidad que precede a su intervención técnica, se hace con ésta. Pensemos, por ejemplo, en un territorio cercano: Santiago de Chile. Santiago y la produccón ontológica de la planificación urbana Desde todas partes, y en todos los tonos, escuchamos que nuestro territorio, el de Santiago, necesita más planificación. Se dice que planificarlo se vuelve cada día más difícil. La ciudad cambia cada vez más rápido. Los actores se multiplican y se vuelven cada día más impredecibles. Mientras tanto, las estructuras político-institucionales que debiesen normar este desorden, lejos de robustecerse, se debilitan. El control de la ciudad, antes único y centralizado, pasa a manos de una red distribuida de agentes

–públicos y privados, individuales y colectivos, globales y locales, centrales y municipales- en la cual el poder está en todas y en ninguna parte. Hay preocupación. El Transantiago. La expansión urbana. Los ghettos. La judicialización de los planes reguladores. El NIMBY (Not In My BackYard). La situación es grave, y así nos lo indican los expertos de universidades, oficinas gubernamentales y think tanks. Los diagnósticos son crudos y las soluciones perentorias: si no reestructuramos la normativa urbana, si no nombramos un alcalde mayor, si no asignamos mejor los recursos, si no le damos más autonomía a los municipios, si no ajustamos los instrumentos, si no consideramos nuevas dimensiones en nuestras intervenciones, Santiago se volverá –si no lo es ya- una ciudad caótica. ¿Qué hacer? La planificación urbana debe actualizarse y robustecerse. Esa es la proclama que escuchamos desde todas partes. Ese es el objetivo. Pero el objetivo es erróneo. O mejor dicho, inocuo: con toda seguridad no resolverá el problema –la incapacidad de planificar la ciudad- y, por el contrario, es altamente probable que lo agrave. ¿Por qué? Pues porque la única pregunta que debemos respondernos, la única que realmente importa y que aún no es lanzada por ningún experto, es qué es la planificación urbana. Se habla de más y mejor planificación, pero no se reflexiona sobre la naturaleza de esta. Si nos hacemos esta pregunta, entonces –y solo entonces- podríamos plantearnos otra adicio-

Una versión preliminar de este artículo apareció en Tironi, M. 2010. ¿Qué hacer con la planificación urbana? Performatividad y las políticas de la ciudad, en Tisi, R. (ed.), SCL2110: arte, arquitectura, performance, Santiago: Uqbar Editores. 1

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nal, a saber, qué tipo de planificación urbana necesitamos para el Santiago de hoy. Ambas preguntas son capitales, puesto que obligan a un giro: dejar de ver el problema de la planificación urbana como un asunto epistemológico (qué le falta para llegar al Orden) para convertirlo en uno ontológico sobre la realidad tanto de la misma planificación como, y he aquí la clave, de lo que ésta crea. En este breve artículo quisiera especular una respuesta tanto para la primera como para la segunda pregunta. Y arranco con la siguiente propuesta: la planificación urbana es performativa. Con esto quiero decir que la realidad no antecede a los planificadores, sino que estos la crean en su ejercicio de planificación. Dicho de otro modo, la planificación urbana no trata con la Realidad –así, con mayúscula, la realidad inmanente y fuera de toda mediación- sino con una realidad muy particular: la que ella misma produce. La doble delegación: la performatividad de la intervención ¿Dónde está la condición performativa de la planificación urbana? Reconstruyamos, por ejemplo, su proceso de delegación (Callon et al. 2009). Primero, la planificación urbana, tal como se practica en Santiago, tiene una división del trabajo clara e inamovible: por un lado la dimensión social de la planificación y por el otro la física. Sociólogos y antropólogos en una acera, arquitectos e ingenieros en la del frente. En un extremo las relaciones colectivas, los imaginarios simbólicos y las prácticas culturales de la ciudad; en el opuesto los volúmenes y artefactos que la llenan. Una fórmula fraternal que resuelve las críticas de uno y otro bando. Una línea de producción. Un equipo afiatado y complementario: unos preocupados de las políticas de la vida cotidiana pero sin ‘meterse en temas concretos’, los otros sumergidos en la complejidad de ‘lo concreto’ pero sin considerar las percepciones, expectativas y valores de los usuarios. Pero hay más. A esta primera delegación le sucede una segunda: aquella que separa entre planificadores (el sociólogo/antropólogo más el arquitecto/ingeniero) y los no-planificadores (los ciudadanos ordinarios, los usuarios y beneficiarios). Santiago la piensan y ordenan los expertos y el resto debe contentarse con ser testigo o, en el mejor de los casos, hacer valer su derecho ciudadano y asistir a los meetings infor-

mativos que los técnicos urbanistas organizan para difundir sus proyectos y escuchar a los vecinos. Pueden haber escaramuzas disciplinares entre arquitectos y sociólogos, pero se unen en armas para defenderse contra la emocionalidad, la desinformación y la falta de criterio de las masas. En definitiva, tenemos lo siguiente: la planificación urbana es una operación que no contenta con separar lo social de lo físico, separa a expertos de legos. Y con estas demarcaciones un mundo se crea: aparece un mundo –el de la planificación urbana- con una estructura política y ontológica muy particular. No obstante, este mundo es problemático. ¿Acaso es posible separar lo social de lo físico? ¿Acaso la definición de lo ‘óptimo’ que realizan las evaluaciones de proyecto, tal como lo han demostrado el ‘affaire Transantiago’ (Briones 2009) y una serie de etnografías en laboratorios científicos (Knorr-Cetina, 1981; Latour y Woolgar, 1986), bancos (Abolafia, 1998) y oficinas de arquitectos (Yaneva, 2009), no es un ejercicio lleno de política y contingencia? ¿Acaso las conductas y decisiones de agentes individuales e institucionales no están mediadas por una infinidad de elementos físicos y técnicos? ¿Cómo aislar la dimensión tecno-física de los fenómenos sociales cuando, por ejemplo, los accidentes que ocurren en las caleteras de las nuevas autopistas urbanas construidas en Santiago se deben a las estrategias que elaboran los automobilistas para bypassear los tags (Tironi, 2009)? Y lo mismo corre para la demarcación entre expertos y no-expertos. Cuando Santiago aloja a 92 organizaciones ciudadanas, 17 de ellas con capacidad real para frenar y/o modificar planes reguladores, inversiones y proyectos (Tironi et al. 2011) y cuando estas organizaciones demuestran poseer y desplegar sofisticadas experticias técnicas (Tironi, 2011), ¿qué sentido tiene seguir aislando a técnicos de usuarios en vez de resaltar (y promover) la proliferación de fórmulas híbridas que empiezan a emerger?

“Con esto me refiero a concebir el territorio ... como un efecto de prácticas concretas.”

Digamos, entonces, que a través de esta doble delegación la planificación urbana construye su propia realidad. La planificación opera sobre una realidad que solo existe gracias a ella: una realidad en la que la irracionalidad de los noexpertos es separada del método científico de los expertos y en la cual éstos últimos manufacturan un mundo dual compuesto por una 19


Modelo Pragmático

Modelo Político

dimensión física y otra social. Para que se entienda bien: no estamos ante un problema de perspectivismo; no se trata, como en la típica versión culturalista, que la planificación tenga su propia perspectiva sobre la ciudad. Se trata, mucho más profundamente, de un argumento ontológico: que la realidad de la planificación urbana depende de los instrumentos, tecnologías e ideologías desplegados por la planificación para mediarla, evaluarla e intervenirla. La planificación urbana, entonces, crea el objeto planificado; construye su propio territorio. Digamos, siguiendo a Austin (1962) –pero también a Callon (2008) y a MacKenzie (2006)-, que la planificación es performativa: el acto de planificar el territorio performa –produce, hace existir- el territorio en cuestión. Otra manera de ponerlo es que la planificación es una inmensa operación política: en vez de asumir la realidad tal como aparece en la práctica –esto es como una ameba en la que no es posible hacer distinciones entre sociólogos y arquitectos y entre expertos y no-experto- la planificación la direcciona, reordena y jerarquiza para crear una propia. Conexiones heterogéneas: arte y no-expertos La naturaleza performativa de la planificación –y de las intervenciones en general (Haraway, 2003)- no se puede abolir. Sí se pueden evitar que esta enacte un mundo que no se asemeja en nada al que se desenvuelve fuera de las oficinas de los planificadores. Entonces si a la primera pregunta (qué es la planificación) la respuesta fue ‘es una operación performativa’, a la segunda (qué tipo de planificación necesita el Santiago de hoy) debería ser: una planificación que sepa no solo leer la creciente hibridación de la ciudad, sino que también vea en la proliferación de híbridos y controversias una fuente de creatividad para encontrar las soluciones que la ciudad requiere.

“la planificación es performativa: el acto de planificar el territorio performa –produce, hace existirel territorio en cuestión.”

¿Cómo hacer esto? Una posibilidad es creando conexiones heterodoxas en el campo de la planificación para así problematizar su doble delegación. Primero que nada, se podría problematizar la demarcación disciplinar de la planificación urbana. Si seguimos pensando en el tándem arquitecto/sociólogo, o sea en un mundo binario compuesto por materialidades y espacios por un lado y conductas y simbolismos por el otro, la planificación de Santiago 20

seguirá dando palos de ciego. En lo personal, creo que una manera de abrir el dúo arquitecto/sociólogo –y así desestabilizar el mundo que esta pareja performa- es invitando a las artes a participar en la planificación del territorio. ¿Por qué a las artes? Por muchas razones. Tal vez la más importante sea porque no piensan en forma binaria: para las artes el mundo es un continuo en el cual no se puede separar objetos de símbolos, cuerpos de representaciones, lo físico de lo político, la emisión de la recepción. No está claro qué puede salir de una asociatividad entre arquitectos, artistas y sociólogos, no saldrán nuevas normativas o subsidios mejor focalizados; tal vez, en el mejor de los casos, emergerán nuevas problematizaciones y nuevos espacios de debate y exploración. Ojalá: es eso lo que se necesita –más que seguir alimentando una bestia que, por más que crezca, no podrá imponerse en un mundo que se le ha hecho demasiado complicado. Lo segundo que se puede hacer es invitar a los ciudadanos a ser parte de la planificación urbana. Pero hacerlo en serio: asumir que la barrera que tradicionalmente ha separado a técnicos de legos debe ser disuelta. Esto no significa abolir cualquier tipo de experticia sino, por el contrario, multiplicarla: aceptar que no existe una experticia sino una heterogeneidad de saberes que deben ser asumidos simétricamente. Otra forma de ponerlo es que lo que se debe promover ya no es simplemente el diálogo entre expertos y no-expertos, sino la co-producción entre ambos: promover situaciones en las que no se distinga por la cantidad sino por el tipo de conocimiento que es puesto al servicio de un problema. Si sentamos en la mesa a expertos y ciudadanos, a técnicos y vecinos, a inmobiliarias y agrupaciones civiles, el territorio se volverá más complejo que nunca y se multiplicarán las zonas de incertidumbre. Se abrirá la caja negra. Pero tal vez eso es precisamente lo que necesitamos. En definitiva, Santiago requiere un nuevo tipo de planificación. Soy de los que cree que la planificación es necesaria y que no debemos renunciar a la tarea. Pero su versión binaria, fragmentada, aislada y elitista ya no puede sostenerse. Debemos construir una planificación que vea a Santiago –y a cualquier fenómeno urbano- como una realidad mutable, múltiple y heterogénea. Una planificación que asuma su potencial performativo y que lo aproveche no para aplacar y normalizar la realidad de lo urbano, sino para profundizarla y expandirla.


Referencias Abolafia, M. (1998). Markets as cultures: an ethnographic approach, en Callon, M. (ed.), The laws of markets, London: Wiley-Blackwell. Austin, J.L. (1955). How to Do Things With Words, Oxford: Clarendon. Briones, I. (2009). Transantiago: un problema de información, Estudios Públicos 116 (Primavera). Callon, M. (2008). What Does It Mean to Say That Economics Is Performative?, en MacKenzie, D., Muniesa, F. y Siu, L. (eds.), Do Economists Make Markets? On the Performativity of Economics, Princeton: Princeton University Press. Callon, M., Lascoumes, P. y Barthe, Y. (2009) Acting in an Uncertain World: An Essay on Technical Democracy, Cambridge MA: MIT Press. Haraway, D. (2003). The Companion Species Manifesto: Dogs, People, and Significant Otherness, Chicago: Prickly Paradigm Press. Knorr-Cetina, K. (1981). The Manufacture of Knowledge. An Essay on the Constructivist and contextual Nature of Science, Oxford: Pergamon Press.

Latour, B. y Woolgar, S. (1986). Laboratory Life: The Construction of Scientific Facts, Princeton: Princeton University Press. MacKenzie, D. (2006). An Engine, Not a Camera: How Financial Models Shape Markets, Cambridge, MA: MIT Press. Tironi, M. (2012). Pastelero a tus pasteles: experticias, modalidades de tecnificación y controversias urbanas en Santiago de Chile, en Ariztía, T. y Bernasconi, O (eds.), Intelectuales y expertos: usos y desusos de las Ciencias Sociales en el Chile reciente, Santiago: Ediciones UDP. Tironi, M. (2009). Tecnologías múltiples, infraestructuras líquidas: sobre la performatividad de una autopista urbana, en Tironi M. y Pérez, F. (eds.), SCL: Espacios, Prácticas y Cultura Urbana, Santiago: ARQ Ediciones. Tironi, M., Poduje, I., Somma, N. y Yáñez, G. (2011). Organizaciones emergentes, participación ciudadana y planificación urbana: una propuesta de política pública, en Camino al Bicentenario: Propuestas para Chile, Santiago: P. Universidad Católica de Chile. Yaneva, A. (2009). The Making of a Building. A Pragmatist Approach to Architecture, Oxford: Peter Lang Verlagsgruppe.

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Ernesto de Teatro de Chile:

performance y discurso en la territorialidad de la composición escénica de una reescritura Roxana Gómez Letras Hispánicas 4to año

Y la posibilidad del teatro de recordarle a la gente algo así, sería solo callar acerca de eso. Callar. Alguna vez hubo un intento, no sé de quién, de que en medio del texto, en medio de la representación, los actores se detuvieran durante unos cinco o diez minutos no pasara nada. Sería bueno hacer esa prueba otra vez, ver qué pasa con los espectadores. ¿Quién se va? ¿Quién se indigna? ¿Cómo reacciona la gente cuando hay silencio, cuando otros callan? - Heiner Müller. Está completamente oscuro, aquí afuera tal como adentro del cuerpo, completamente oscuro. Ya no me imagino mi cuerpo por dentro, sino que estoy dentro de mi cuerpo, en medio de la oscuridad. - [COTÉ] en Ernesto. En palabras de Giménez (2000) podemos definir ‘territorio’ como: “El resultado de la apropiación y valorización del espacio mediante la representación y el trabajo, una “producción” a partir del espacio inscrita en el campo del poder por las relaciones que pone en juego … Los ingredientes primordiales de todo territorio [son]: la apropiación de un espacio, el poder y la frontera”. (p.23) Su apropiación y valoración (condiciones necesarias para que un “espacio” se convierta en “territorio”), según el autor, se darían en su carácter ‘funcional’, relativo a su uso utilitario, y ‘simbólico’, en alusión a las operaciones simbólicas capaces de generar subjetividades, identidades y cosmovisiones de mundo. En Ernesto de “Teatro de Chile” (2011), reposición que data del Festival Stgo. A Mil 2010, asistimos a la creación colectiva a partir del texto de Rafael Minvielle (1842) del mismo 22

nombre. La crítica ha destacado en Manuela Infante la capacidad que denota su dirección y creación/autoría de componer desde el material escénico, poniendo en juego los límites de la virtualidad teatral de un texto (Barría, 2008, p 4-9). De mismo modo, se advertiría en sus montajes la idea de un ‘teatro barroco’ que se reproduce a sí mismo en el efecto de espejos, donde el signo se resignificaría una y otra vez en sí mismo, y en su reelaboración discursiva (Oyarzún & Opazo, 2008, p 18-24). La distinción entre las producciones post-dictaura surge de la elaboración de nuevos lenguajes escénicos que se permiten la autorreflexividad, a la vez que la resemiotización del ejercicio teatral, produciendo así una acumulación de capital simbólico, al mismo tiempo que una reelaboración/ (re-)creación de los discursos institucionales (caso Prat), logrando posicionar a “Teatro de Chile” y, particularmente, a Manuela Infante con una gran autonomía dentro del territorio que abarca el campo teatral chileno (Bordieu). Lo importante de ello, es que son estos rasgos los que han permitido la consagración de un público estable; y, en lo que respecta a Ernesto, influencia directa en las condiciones de producción de su propuesta, de modo que se ha configurado un espectador ideal al que conscientemente apuesta la Compañía. Consecuentemente a ello, se podría entender este montaje como la expresión de la noción de un teatro de comunidad, no comunitario. La idea de ‘territorialidad’, bajo este panorama, se desplegará tanto en la dimensión de la circulación de la producción misma dentro del campo cultural, como también a nivel del contenido y la (re)elaboración de una tradición precedente


en la ‘territorialidad’ de su actualización; sobre todo, en el cuerpo de los actores tensionados por la representabilidad de una palabra ajena. En Ernesto es interesante apreciar cómo la acción se sucede en el desarrollo discursivo de los actores, poniendo en tensión al cuerpo con respecto a la palabra, desencontrándose ambos en la incapacidad de coexistir armónicamente en el ‘territorio’ común de la escena, diferenciando y contrastándose notoriamente el ‘discurso’ de la ‘performance’. Estas dimensiones sugieren detenerse y repensarlas, al mismo tiempo que ponerlas en relación con el espectador; definiendo qué ‘teatralidad’ se distingue en Ernesto y cómo se desarrolla en su audiencia. El discurso que se nos propone se ve atravesado por múltiples relatos subyacentes. En primer lugar, encontramos el macrorrelato que se condice con la noticia (y explicaciones) de no poder montar la obra Ernesto (Aquí estamos dentro del ‘territorio de lo metaficcional’; simulacro de lo real); porque la escenografía es muy grande, porque el municipal se ocupó por Pina Bausch, etc. La compañía Teatro de Chile genera entonces un territorio único entre ellos y espectadores: la sala de teatro. Luego, se intercala el relato del dibujo que materializa el ‘territorio de lo escenográfico’, dado que actores y escenarios se han revelado como tales en el macrorrelato. Se crea el espacio mediante la narrativización, que conlleva en sí la disposición corporal que emula el espacio aludido (“Puerta”=”8Héctors”). Luego, se dará paso al relato de las acotaciones y del texto de Minvielle en su performatividad. La voz cobra un papel preponderante, pues es en su musicalidad donde radica la responsabilidad de captar la atención del público (responsabilidad que no es gratuita entendiendo que es en el relato dado por esta voz donde se sostiene la acción misma). Otros relatos que atraviesan la obra son también el relato de la imaginación (“Huida al Municipal”) y el relato de la reflexividad/resistencia del cuerpo (“siento que se me duerme el hombro”). El conjunto de microrelatos dan como resultado una serie de territorios ficcionalizados y verosimilizados en la ‘terrorialización’ del espacio a través del cuerpo de los actores. Asistimos al fundamento performático que a partir de lo que nos cuenta Infante: “El juego tenía dos leyes: una, que toda frase debía iniciarse con ‘pienso’, ‘siento’ o ‘digo’; otra, que mientras más imaginarias las escenas, más quieto debía estar el cuerpo” (p.37). El cuerpo se pone al servicio del discurso, en el sentido 23


que asume replicar lo verbal obedeciendo al relato/palabra en curso. Este cuerpo, se desdobla entre el yo representado (actor) y el yo de la representación (personaje), el yo que imagino (actor que huye) y el yo que trascurre en la ficcionalidad de lo imaginado (actor sentado en el Municipal), el yo que es otro -Cruz Coke(que al mismo tiempo es otro: personaje de Cruz Coke); asistimos aquí a un juego de la develación y desarrollo de lo metateatral en el ejercicio de revelar sus posibilidades de performatividad. El discurso al anteceder al cuerpo, lo aquíeta e inscribe en él la oficialidad de la hegemonía de su poder, lo somete y reclama, para sí, obediencia. Fischer-Lichte y Roselt (2008) analizan lo ‘teatral’ (desde Herrmann) y lo específicamente ‘performático’, siendo útil esta distinción para el desentrañamiento del movimiento interno de la estructura dramática propuesta en Ernesto. El primer rasgo que define, refiriéndose a la dimensión escénica, es el de ‘materialidad’, el cual, se define por la corporalidad, sonoridad y especialidad que ofrece el juego del actor en el habitar su espacio (p.116), parece que en este punto las autoras se refirieran a la potencialidad del actor en escena de ser creador de un espacio otro, en palabras de J. Féral: Es que el actor es a la vez productor y portador de la teatralidad. Él la codifica, la inscribe sobre la escena en signos, en estructuras simbólicas trabajadas por sus pulsiones y sus deseos en tanto sujeto, sujeto en proceso, explorando su interior, su doble, su otro, a fin de hacerlo hablar. (p.94) En este sentido, resulta interesante ver cómo en Ernesto se revela y denuncia esta ‘materialidad’ de la escena mediante el constante ejercicio retórico que cuestiona y superpone la palabra a la acción del cuerpo, siendo la palabra la que territorializará el espacio, privándolo de movimiento. Los actores no pueden moverse porque están ocupados semiotizando un ‘territorio’ a través de la (re-) invención discursiva del mismo. La ‘materialidad’ aquí se da en la tensión tetrádica entre cuerpo-espacio/territorio-discurso, condicionada en la hegemonía de la palabra que-a su vez- sostiene la existencia de la ‘materialidad’ en su conjunto. Cabe destacar que, cuando las autoras distinguen ‘materialidad’, se preocupan de particularizar su funcionamiento en la performance; en ello explican la aseveración acerca

“Ernesto es al mismo tiempo la clara resistencia a la institucionalidad de un territorio.”

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de que el espacio se definiría en su uso (carácter ‘utilitario’ de lo ‘territorial’). Ambos rasgos se presentan en Ernesto, en tanto el montaje se adecúa y se condiciona a su espacio físico – utilitario- (estamos en el GAM, hay un tubo rojo, afuera está la ciudad, no es el municipal), al mismo tiempo que la acción se propicia en el espacio –espacio simbólico- (Se puede reflexionar acerca de cómo hacer teatro, porque estamos en una sala de ensayo de teatro). Destaca que la ‘performatividad’ de la narración en los actores, se materializa en una dimensión más profunda de abstracción que reside en hacernos partícipes de sus pensamientos/imaginaciones, al mismo tiempo, que vuelven al pensamiento/ imaginación un fenómeno conductual colectivo (en momentos; motor de la acción). Ambos planos se superponen, en función de exponernos una ‘materialidad’ transgredida en su ficcionalidad evidenciada –rasgo que posibilita el desarrollo dramático- al mismo tiempo que nos confiesa un rasgo ficcional que se encierra en una ficción más grande. “El teatro es casi un universo virtual, es la construcción de la ilusión, un simulacro o la mentira con fe” (Borges, p.84), esta afirmación se nos intenta develar en las disculpas, en el clisé del cuerpo, en la lectura del discurso acotacional, etc. Los rasgos de ‘medialidad’ y ‘esteticidad’ (Fischer-Lichte & Roselt) se generan en Ernesto de manera simultánea. Es por la relación actoresespectadores (p.116) que se desencadena la densidad energética, de la que hablan las autoras, en escena. Del mismo modo, se relacionará con los rasgos particularmente performáticos, debido a que en Ernesto asistimos también a una tensión entre el tiempo y la narrativización del mismo, hay un juego aquí entre la percepción y efecto de los cuerpos que ‘meta-simulan’ representar y su interacción directa con el espectador; mediante apelaciones, preguntas y disculpas; es decir, se tensiona la ‘esteticidad’ de la propuesta de la ficción como simulacro y la ‘medialidad’ de la percepción de veracidad respecto al relato mismo (un espectador podría creer que la obra no va a ser montada o simplemente aburrirse, por ejemplo), todo esto se ve afianzado en la convención del juego teatral que J. Féral explica como mediadora entre el actor y la ficción propuesta: “El juego implica una actitud ‘consciente’ de parte del participante (…), en el que se lleva a cabo ‘el aquí y ahora de un espacio otro’ que el espacio cotidiano” (96), en este sentido, la ‘medialidad’ pone sus fronteras justo donde la ‘esteticidad’ de la escena cobra sentido.


Irene Klein (2008) respecto a cómo se constituye el relato en la voz señala: El relato sería ese espacio simbólico intersubjetivo en el cual el sujeto constituye su identidad al reescribir un texto heredado. Lo hace a través de la invención de una figura de vida, es decir de él mismo, y otorgando a un mundo de objetos el sentido de lo que ellos, por sí mismos, carecen. De este modo, ese espacio convertido en texto traduce la relación simbólica entre la experiencia y el mundo. Traducción que solo es posible a través del discurso: solo contando, el sujeto es. (p. 26) Esto es replicado en la apuesta de Ernesto mediante la hiperbolización de lo verbal. Ernesto más que cuestionarse cómo reescribir la tradición nos afirma la imposibilidad de hacerlo. La propuesta de “Teatro de Chile”, expresa mediante la sujeción de la ‘esteticidad’ a la ‘materialidad’ de la escena (emanada desde los cuerpos), que la ‘medialidad’ devela la paradoja de no poder dejar de contar, sabiendo que lo contado obedece a la artificialidad de lo verdaderamente real, que a la vez deviene de lo ‘performático’. El actor piensa: “Siento un nuevo escalofrío cuando me doy cuenta que también respiro sin darme cuenta. Pienso: esto es solo un pensamiento.” (Infante, 2010, p.32) ¿Cómo se puede contar con palabras? ¿Cómo recuperamos la memoria desde una palabra que nos es ajena?: “Este proyecto se constituyó mediante –y en- el discurso, desplegando todo el poder de la palabra como edificadora de la realidad” (Infante. 2010, p. 38). En Ernesto se intenta abolir lo discursivo mediante la comprobación de que en su realización solo logramos reivindicar el cuerpo en su necesidad performativa: El movimiento es principalmente, el procedimiento mediante el cual el espacio es historiado. La teatralidad deja de ser solo teatro y deviene cualidad social que abre fisuras en el anonimato del tiempo vacío. De ahí que sea imprescindible hacer del movimiento un desplazamiento en el tiempo, una progresión, un ir definiendo el ser, y así darse a ver a los otros; que no otra cosa es la teatralidad: ver y ser vistos como personas (Azparren, 2001, p.125) Los actores/personajes no quieren ser vistos como representaciones de sí mismos sino como ellos mismos, por ejemplo: en sus oficios; “La primera vez que uno de ellos hacía un diseño escenográfico”, en sus relaciones; uno es amigo

de Cruz-Coke, en sus imposibilidades: imaginaciones, pensamientos, autorreflexividades de su cuerpo, etc. Al mismo tiempo, el espacio que habitan es reconocido por su ‘uso’ (sala GAM), pero también por su proyección ‘ficcional’ (lo imaginado) y también por su ‘desmitificación’ (los muros del Municipal son de plumavit). Lo interesante es cómo -en esos espacios- los actores hacen constituir temporalidades que, en cierto sentido, engloban la expresión total de la obra. Asistimos a la circularidad de un tiempo, que se genera en la materialización discursiva de lo ‘territorios creados’ que dispone la escena: el actor se ve a sí mismo apuntándose luego de la travesía desde la sala al Municipal y desde el Municipal a la sala, a la vez que asistimos a la simultaneidad colectiva (como coexistencia de las temporalidades de sus pares) y al paralelismo individual (como el entrecruce de los discursos de ‘lo dicho’-‘lo pensado’, ‘lo imaginado’-‘lo sentido’). Rasgos que aportan a la idea de la trasposición de la ‘materialidad’ en relación con la ‘esteticidad’ de la performance en escena, desde la ‘medialidad’ del enfoque del espectador y desde la trasgresión del territorio teatral convencional.

“El conjunto de microrelatos dan como resultado una serie de territorios ficcionalizados y verosimilizados”

Ranciere (2010) advierte: “los espectadores ven, sienten y comprenden algo en la medida en que componen su propio poema, tal y como lo hacen a su manera actores o dramaturgos, directores de teatro, bailarines o performistas” (p.19). Es en esta medida, en que como espectadores podemos asociar los ‘rasgos materiales’ que se nos ofrecen – a través del discurso- en función de la ‘esteticidad’ que se desenvuelve en la ‘performance’ ofrecida en escena de Ernesto. Cuando todo termina entendemos/entiendo que el primer apagón de luz a la galería no fue gratuito, pues nos predispuso y delimitó el espacio (el allá y el acá), el segundo apagón que involucró la sala entera, fue porque estábamos entonces internados en un pensamiento anterior que se sucedió en el desarrollo de una acción que ya vimos (no es necesario volver a verla). Finalmente se apaga todo, ofreciéndole al espectador un espacio que queda virgen de 25


toda oficialidad de la palabra esperando ser territorializado por la libertad del cuerpo enmudecido, paradójicamente, en su ensombrecimiento. Ernesto es al mismo tiempo la clara resistencia a la institucionalidad de un territorio (nadie quiere ser Cruz Coke, por ejemplo), Ernesto utiliza al teatro como ejercicio político que profana la imagen institucional, a la vez que reafirma la imposibilidad de no-hablar de ella. Es el revelarse ante la aspiración de hacer del Bicentenario una fiesta (al instalarse como coproducción Festival Internacional de “Teatro Santiago a Mil”), es la forma en que el arte, como comunidad al interior de su territorio, protesta en contra de las institucionalidades restauradoras, afirmando que es imposible restaurar con verdad un territorio que fue escrito por otros. Referencias Azparren, L. (2001). Apostillas a la teatralidad del movimiento. Teatrae 4, 124-125. Barría, M.(2008). Reconocer un blanco en el dolor. Theater der Zeit s.n., 4-9. Borges, A. (2003). Palabra de cuerpo. Teatrae 7, 84. Bourdieu, P. (1995). El punto de vista del autor. Algunas propiedades generales de los campos de producción cultural en Las Reglas del Arte. Génesis y estructura del campo literario. Barcelona: Anagrama. Feral, J. (2004). Teatro, teoría y práctica: más allá de las fronteras. Buenos Aires: Galerna. Ficher- Litche, E., & Roselt, J. (2008). La atracción del instante. Puesta en escena, performance, preformativo y performatividad como conceptos de la ciencia teatral. Apuntes 130, 115-125. Giménez, G. (2000). “Territorio, cultura e identidades.La región sociocultural”.Rosales,2000: 19-52. Infante, M. (2010). ¿Qué puede ser más enrojecedor que sobreactuar la propia vida? Apuntes 131, 35-38. ______________ Ernesto. Texto inédito. Klein, I. (2008) El retrato del yo o la reinvención de sí mismo en La ficción de la memoria. Buenos Aires: Prometeo Libros. Müller, H (1996). El teatro es crisis. Trad, Soledad Lagos-Kassai. Hornigk, Frank I Linzer, Martin I Raddatz, Frank I Storch, Wolfgang I Teschke, Holger (eds.), Kalkfell ¬Für Heiner Müller – Arbeitsbuch: Berlin: Theater der Zeit. Oyarzún, C. & Opazo, C. (2008). Viajando y buscando eternamente. Theater der Zeit s.n., 18-24. Ranciere, P. (2010) El espectador Emancipado en El espectador Emancipado. Buenos Aires: Bordes/Manantial. 26


Lugares de Intimidad Pública:

estudio etnográfico de sex-shops en el sector de Los Leones, Providencia Bernardo Mackenna Sociología 4to año Matías Moscoso Sociología 4to año

Difícilmente exista alguien cuya vida sexual, de hacerse pública, no dejase al mundo entero perplejo y horrorizado. - William Somerset Maugham

esta forma, la norma es percibida por los individuos como una delimitación de los comportamientos posibles, a modo de orientación, o bien como una constricción de la actividad (sexual).

Comercialización de artículos sexuales: intimidad pública

Con esto queremos enfatizar la importancia que tiene la sexualidad para la cultura y la sociedad, pues no es un fenómeno meramente privado en cuanto estructura nuestras relaciones sociales. Además, no podemos limitarnos a entender la conducta sexual desde una mirada biológica en la medida que se encuentra delimitado por nuestra normatividad cultural.

La sexualidad siempre ha estado cargada de significado para el ser humano. Tanto es así, que la única “ley” que se conoce en ciencias sociales es la llamada “prohibición universal del incesto”, es decir, las normas de comportamiento sexual son –en distintos grados y formastransversales a las variadas culturas y sociedades humanas. Lévi-Strauss (1981) entiende esta norma como el fundamento de la distinción entre naturaleza y cultura, lo que nos habla de su particular relevancia para la comprensión del fenómeno humano. A partir de esto, es interesante observar como a través del tiempo y en las distintas culturas, la forma en que las sociedades humanas experimentan la sexualidad se va transfigurando mediante los diversos cambios culturales. No obstante estos cambios, la sexualidad sigue teniendo un fuerte contenido social. En este sentido, podemos decir que existe una norma social asociada al comportamiento sexual, a la manera del “hecho social coercitivo” de Durkheim (1986). Esta restricción por un lado juzga sobre el contenido de la acción –tal como el rechazo a la homosexualidad- y por el otro, al lugar donde se desarrolla la sexualidad –tal como entender la sexualidad como perteneciente al ámbito íntimo de las personas. De

Esta dinámica entre la normatividad social y la acción individual produce una suerte de tensión en los individuos. Para el caso de los sex-shops, esta se manifiesta en el conflicto de significaciones espaciales de la práctica sexual, pues mientras por un lado la actividad sexual se asocia a la privacidad e intimidad del individuo, por el otro, la comercialización de artículos sexuales se da en el espacio público. De este modo, al ir al espacio público a adquirir artículos sexuales para la intimidad, existe un solapamiento de significaciones sociales asociadas a esferas opuestas (pública-privada) El concepto de lugar antropológico: una propuesta metodológica Teniendo este problema en consideración, es importante destacar que estas dinámicas ocurren en un espacio determinado y en la medida en que a estos espacios podemos atribuirles significados y memoria, es posible decir que constituyen un “lugar” (Augé, 1992). Así, cuando decimos “lugar común”, no nos referimos a un 27


punto determinado en el espacio, sino más bien hacemos referencia a un significado compartido. En este sentido decimos que nuestro interés en este artículo es la concentración de sex-shops en cuanto lugar -cargado de significación- y no meramente como el espacio físico donde ocurren ciertas actividades comerciales. Para este propósito, realizamos una aproximación etnográfica a la galería comercial ubicada en el paseo Las Palmas. Mediante este enfoque pretendimos capturar la dinámica que existe en este clúster1 en términos de: relación entre los locales, prácticas de clientes y vendedores, decoración y ubicación de las tiendas, disposición de los productos en las vitrinas, etc… En términos metodológicos, el trabajo de campo

consistió de una serie de visitas de observación a la galería durante un tiempo cercano a los 6 meses. En la ciudad de Santiago de Chile, los sex-shops se ubican generalmente en galerías comerciales conocidas como “caracoles” (Marchant, 2010). Estos surgieron en los setentas, pero tuvieron un “boom” importante en los ochentas. Se caracterizan por una arquitectura de pasillos en espiral (de ahí el nombre) que conectan con variados locales comerciales pequeños, dejando el sector central libre. Según tanto los locatarios como la prensa, estos vivieron una “época de oro” hasta la llegada y masificación de los malls a lo largo de la década de los noventa, por lo que ahora se encontrarían en un período de declive. Muchos de estos edificios han optado por especializarse en un rubro o área especifica para poder hacer frente a este problema como los conocidos como “Dos Caracoles” (ropa y peluquería), “Portal Lyon” (tribus urbanas) y “Tobalaba” (Antigüedades). El sector de Providencia concentra varios de estos edificios, incluyendo los tres ya mencionados. Llegamos al sector de Los Leones porque habíamos escuchado que en ese lugar podríamos encontrar sex-shops; a primera vista nada nos indicaba la existencia estos en el lugar, pero luego de unas vueltas logramos dar con los locales gracias a un letrero de neón que tenía inscrito “SEX-SHOP”, que no es del todo visible. Así encontramos la primera galería-caracol que se encuentra en medio del paseo Las Palmas, en el segundo piso, pero sin conexión con ella, y que se ingresa por una escalera mecánica que conecta este segundo piso con el paseo y otra que lo conecta con la avenida 11 de Septiembre. Al entrar al caracol lo primero que notamos es que circula poca gente por el lugar, reforzando la idea de decadencia de los caracoles como centros comerciales masivos y dando paso a una especialización dentro del mercado. De las tiendas que vemos la mayoría son sex-shops, todo parece indicar que es un “clúster”; no es coincidencia que estén todos juntos. Esto nos llamó la atención y decidimos trabajar con este sector. Enfocarnos en un solo lugar nos permitió estudiar en un lugar, facilitando el acceso a la interpretación y la descripción densa (Geertz, 1992). El problema más delicado con el que nos encontramos es el tema de la privacidad del clien1

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Nota del Editor: ‘clúster’ como concentración


te, el cual es una preocupación de los locatarios y que garantizan proteger. Esto nos imposibilitó realizar entrevistas a los clientes. Para subsanar este problema, nos aproximamos principalmente a los vendedores a través de entrevistas, mientras que nos limitamos a observar las interacciones entre los vendedores y los clientes en los locales. Además para poder profundizar aún más este aspecto realizamos una serie de “experimentos prácticos” en los que entrábamos a los locales, preguntábamos por ciertos productos, o bien solo nos quedábamos mirando y esperábamos que el vendedor nos abordara. De este modo pudimos aproximarnos a la percepción del cliente dentro del local. Principales Hallazgos En base a nuestro trabajo de campo, podemos sintetizar nuestros resultados dentro de tres líneas principales: Disposición espacial particular En el campo nos dimos cuenta que el hecho de que los sex-shops se encuentren todos juntos (“clusterización”) no es casual, sino que responde a varias causas; por un lado ayuda a crear una “atmósfera particular”. Esta se caracteriza por una cierta coherencia global en el espacio. Dado que los artículos suelen ser coloridos, esta variedad cromática se traslada al espacio como un todo. Al mismo tiempo, elementos como la iluminación tenue y las luces de neón ayudan a crear un ambiente de liminalidad en el sentido de Turner (1988): ambigüedad, fase de transición que no posee atributos ni de un estado anterior, ni de uno venidero. En el caso del sex-shop no se trata ni de una situación de intimidad, ni de una total publicidad, es decir, se percibe como una suerte de espacio marginal entre ambos. Otro aspecto relevante es la relativa “invisibilidad” creada por diversos elementos propios de esta atmósfera. Por ejemplo, en nuestras notas de campo registramos: Al pasar por fuera de la entrada, solo se ve el muro interior del caracol, pero desde ningún ángulo es posible ver las tiendas. La entrada por el “puente” [estructura que une al caracol con el edificio de enfrente] solo la encontramos después de un buen rato de caminar por el caracol (…). El único indicio de que hay

sex-shops en ese lugar es un letrero de neón que se aprecia al caminar por el paseo y que dice “Sex-Shop”, no muy expuesto por lo demás. Lo que muestra la cita anterior se replica para el caso de la conexión entre el Mc Donald’s y los locales: desde el segundo piso de la franquicia de comida rápida existe un ventanal que da al sector de los sex-shops, sin embargo, está dispuesto de tal manera que solo es apreciable el muro del caracol y no los sex-shops. En cierto modo existe lo que nosotros llamamos “hermetismo permeable”: por un lado se aíslan de su entorno, en vistas de garantizar la privacidad, mientras por otro invitan a su (selecta) clientela proporcionándole un espacio especial, para así incitar la venta. Es importante destacar que por lo mencionado, dependen para su funcionamiento comercial de la transmisión de información “boca-a-boca”: de hecho, de ese modo llegamos al caracol investigado. Otro ejemplo que grafica esta observación es el caso de las escaleras mecánicas, las cuales parecen estar fuera de funcionamiento dado que no están siempre en movimiento. Sin embargo 29


al transitar por ellas, estas se activan. De este modo, el espacio no invita a los peatones del sector a ingresar y pasear por el sector, y al mismo tiempo fomenta la idea de que quien va, sabe a donde va. Los mismos vendedores reconocen que el que todos los sex-shops estén juntos facilita la desinhibición, pues “se encuentran todos en lo mismo”, lo que nos habla de una suerte de complicidad entre los clientes.

esta realidad: podemos entender que la dualidad entre humor y placer existe como liminalidad, como forma de vinculación entre dos esferas contrapuestas de la vida cotidiana. El que los productos posean un tono humorístico permite, a través de la ambigüedad a la que nos enfrenta, subsanar las tensiones existentes en la comercialización de artículos sexuales (individuo-sociedad, público-privado, etc…).

Entonces, tenemos que estas tiendas se ubican en un caracol y no en un mall, lo que acentúa la especialización propia de los caracoles y además su menor concurrencia, que facilita la creación de una “atmósfera” de liminalidad o “frontera” y privacidad. Esta especialización del espacio también especializa al público asistente, lo que acentúa esta ya mencionada complicidad en la que “todos estamos en lo mismo”.

Rol de los vendedores como informantes clave;

Dualidad Humor / Placer en productos, locales y vendedores Al analizar la oferta de artículos de los locales, uno los puede clasificar en dos grandes grupos, artículos destinados al goce sexual “puros” (como películas, objetos masturbatorios y estimulantes, lencería y disfraces, etc…) y artículos humorísticos “puros” o bromas, destinados, por ejemplo, a despedidas de soltera. Estos últimos suelen ser elementos cotidianos que son transformados en bromas, por lo general con la adición de prótesis genitales. También muchas veces la línea que los divide es difusa, pues un artículo “serio” se puede volver una broma en determinados contextos (adolescentes que se regalan Viagra a modo de burla, por ejemplo), y también los mismos artículos serios muchas veces aluden al humor, tal como en los títulos de las películas pornográficas, por ejemplo “Gaywatch” (en alusión a “Baywatch”). Los juguetes sexuales suelen tener nombres y consignas humorísticas también: una cierta “bomba de vacío” (que supuestamente alarga el pene) se llame “Fireman’s Pump” dado que es “para hombres que realmente quieren la verdadera manguera de bombero”. La dualidad también aparece en los vendedores y la forma en que se relacionan con el cliente (“echan tallas”: una clienta le pregunta a la vendedora cuanto duran las pilas de un vibrador y ella le responde “depende de cuanto lo uses” y le sonríe).

“Esta especialización del espacio también especializa al público asistente”

Si nos fijamos con cuidado, veremos que las mismas categorías usadas para describir la disposición espacial en el “lugar” explican también 30

En la figura del vendedor encontramos varios elementos que permiten una relación fluida de los clientes con los artículos de los sex-shops. En general encontramos personas amables y carismáticas, con una particular empatía para con el cliente. Los vendedores, ante el cliente que entra a la tienda, no son invasivos ni presionan a un consumo rápido, sino que dan espacio para que el cliente observe, pregunte y despliegue su curiosidad por la tienda. Así van desarrollando un vínculo más íntimo que permite una conversación más fluida. Estos rasgos nos llaman la atención, puesto que no es habitual verla en otros rubros del comercio en Chile. Otro rasgo importante es el lenguaje utilizado por ellos, este es claro y preciso, sin ningún tipo de inhibiciones. De este modo asumen un rol de expertos en sexo, complementado además con un rol pedagógico, que se basa en una relación cercana y simétrica (“A mí me gusta más ese”, “Yo uso este”, etc…). Es el vendedor quien sabe sobre los artículos de la tienda, su uso y aplicación, es el encargado de acercarse amablemente al cliente y enseñarle sobre ellos. Como mencionamos anteriormente, en ellos también está presente la dualidad del humor y lo serio-experto en la forma de relacionarse con el cliente, como una estrategia para romper con la inhibición y permitir un espacio más cómodo y relajado, donde la conversación íntima puede surgir. Así, podemos describir a los vendedores como “guías” en los sex-shops, entendiendo a estos espacios como “lugares liminales”, que contienen en sí mismos dos realidades contradictorias. Por esta naturaleza conflictiva de los significados asociados al sex-shop y sus productos es que necesitamos a alguien que nos oriente en este terreno confuso. Conclusión: ambigüedad como superación de la tensión Mediante la presente investigación, hemos in-


tentado dar cuenta de las dinámicas de significado que existen en los sex-shop, en tanto son dinámicas que vuelven difusas las delimitaciones culturales asociadas a la práctica sexual. Lo sex-shop recurren a la ambigüedad como estrategia para superar las tensiones -individuo-sociedad, publico-privado, libertad- constricciónen las cuales están inmersos los individuos respecto a su conducta sexual. En la comercialización de artículos sexuales convive la intimidad con el espacio público, haciendo que esta práctica se cargue con significaciones contradictorias desde un comienzo. Para poder desarrollarse en espacios bien delimitados (sex-shops), estos deben constituirse primero como “lugares” configurando de manera nítida el significado propio que se les atribuye y que los distingue de otros espacios. En esto juega un importante rol la concentración espacial de los sex-shops en clústers. Además, para permitir la acción individual, el significado que los sex-shops se atribuyen no solo debe estar fuertemente marcado, si no que también debe poseer un contenido particular: la ambigüedad. Es a través de la superposición de significaciones aparentemente contradictorias que los individuos logran superar las tensiones que limitan su comportamiento sexual. Referencias Augé, M. (1992). Los “no lugares”: espacios del anonimato: una antropología de la sobremodernidad. Barcelona. Gedisa. Durkheim, E. (1986). Las reglas del método sociológico. México DF. Fondo de Cultura Económica. Geertz, C. (1992). La interpretación de las culturas. Barcelona. Gedisa. Lévi-strauss, C. (1981). Las estructuras elementales del parentesco. Barcelona. Paidós. Marchant, M. (2010). Los caracoles comerciales chilenos regionales, en Revista 180, año 14, número 26, diciembre 2010, pp: 32-39. Turner, V. W. (1988). El proceso ritual: estructura y antiestructura. Madrid. Taurus.

Cartel de neón, solo visible desde el edificio de al frente.

Sex-shop especializado en DVD’s pornográficos.

Vista interior de un sex-shop especializado en disfraces.

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Pensando en la construcción de los mapas: lenguaje y territorios imaginarios Sofía Cifuentes Sociologia 3er año / Estética 1er año

La boca es la medida -Refrán chileno Hay otro mundo, pero está en este. -Paul Eluard. Habitamos un cuerpo -biológico, social y cultural- que, a su vez, habita un territorio. La primera imagen que se nos viene a la mente cuando pensamos en un territorio es la de un espacio físico exterior a nuestra corporalidad: territorio es el lugar donde caminamos, el país cuya nacionalidad reclamamos y el planeta que recorremos. Sin embargo pensar en territorio es pensar en qué es aquello que recorremos, cómo lo recorremos y cómo lo definimos y describimos. ¿Cómo construimos el territorio? ¿Recorremos efectivamente el territorio que creemos recorrer cuando acudimos al mapa? Así, son dos las interrogantes principales que se nos plantean: cómo accedemos al territorio y qué zonas de este quedan afuera de nuestro acceso, debido al modo en que construimos los mapas. Esta distinción entre mapa y territorio ha sido desarrollada, entre otros, por Gregory Bateson (1977) quien plantea que nunca accedemos al territorio sino que solamente a mapas de este, ya que no accedemos a la realidad en sí, sino que solo a fragmentos de ella. Lo que conocemos sería producto de una distinción realizada por un observador, quien incorpora como información dicha distinción en su “mapa” (que sería una especie de codificación de las imágenes mentales que se hacen de la realidad). Esta

distinción se sustenta en la proposición de que la representación de algo no es aquello que representa (por ejemplo, la palabra gato no es un gato). Esta capacidad de distinguir entre uno y otro es la que nos constituye, según Bateson, en una especie con capacidad reflexiva, por ende con consciencia y capacidad lógica, diferenciándonos de las otras especies animales. Esta forma de entender la realidad corresponde al modo que plantea el constructivismo, como un paradigma de conocimiento que difiere de los postulados del paradigma cartesiano cientificista, o positivismo, que postula que el objeto de investigación y el sujeto que investiga están separados. Esta ingenua distinción ha sido fuertemente refutada desde mediados del siglo XX tanto por las ciencias sociales como por las ciencias “duras” como la física, donde la teoría de la mecánica cuántica (con su idea de las conexiones no- locales1 , entre otras) y la teoría de la relatividad demuestran la imposibilidad de un absolutismo, donde “todo intento por observar los niveles íntimos de la materia altera lo que se quiere observar, con lo que se esfuma la supuesta objetividad de la observación científica” (Pigem, 1994, p.99). Lo fundamental de este no-acceso directo a la realidad es que, como debemos recurrir a mapas para acceder a ella, estos mapas que construimos terminan por modelar nuestra conducta (al ser lo que “conocemos” del mundo), definiendo tanto nuestros esquemas mentales como nuestra experiencia en el mundo, pues al ser nuestra representación del mundo “determinarán lo que será nuestra

En la física cuántica se habla de las conexiones no-locales que se refiere a que “lo que le sucede a una partícula puede influir simultáneamente en otras partículas, por muy alejadas que estén y sin que haya nada que las una” (Pigem, 1994, p.100). 1

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experiencia de él, el modo de percibirlo y las opciones que estarán a nuestra disposición al vivir en el mundo.” (Bandler & Grinder, 1980, p. 27). Por lo tanto es fundamental revisar cuales son los componentes que participan en la construcción de los mapas, nuestro único acceso a la realidad “exterior”. Bandler y Grinder (1980) en su libro La estructura de la magia planteen que mapa y territorio nunca coincidirán ya que, entre otros motivos, existen tres universales del modelaje humano -la generalización, la eliminación y la distorsión- que hacen que el modelo que creamos difiera de aquello que modela (Bandler & Grinder, 1980, p 44). Afirman también que ninguna persona tendría un mapa igual a otra, debido a que todas las experiencias humanas difieren entre sí, debido, principalmente, a tres tipos de limitantes: neurológicas, sociales e individuales. Será la limitante social la que más nos interesará, debido a que la limitante neurológica es muy general (pues es común a toda la humanidad que posee sus facultades mentales sanas) y la limitante personal es muy particular (pues depende de la biografía de cada individuo), mientras que las limitantes sociales remiten a un punto intermedio: las comunidades sociolingüísticas. En estas comunidades este tipo de limitante actuaría como unos “anteojos por receta”, pues corresponde a los factores sociogenéticos que la afectan, siendo aquellas “categorías o filtros a los cuales estamos sujetos como miembros de un sistema social” (p. 30). Uno de los componentes fundamentales de esta categoría sería el lenguaje. Esta idea estaba contenida, desde hace muchos años atrás, en la cita inicial: “la boca es la medida”. En este refrán chileno, excelente ejemplo de la sabiduría popular de nuestra cultura tradicional, encontramos la noción de que es el lenguaje lo que define los límites de la realidad. Así “es el consenso tradicional formado a través de la historia, acerca del poder de las palabras, el que le confiere su significado, esto es, su alcance o capacidad para representar los diversos aspectos del mundo objetivo en los términos concebidos desde nuestras categorías mentales” (Soublette, 2009, p.78). Así el lenguaje es la “medida” de la cultura pues “la riqueza de nuestra experiencia está relacionada con el número de distinciones que hacemos en una determinada área de nuestra sensación” (Bandler & Grinder, 1980, p 30). Las palabras que posee un idioma nos permite reflexionar en torno a la cultura a la cual pertenecen, siendo este un problema típico de las 33


traducciones, pues la traducción a cabalidad de un lenguaje a otro es imposible, es siempre inexacta debido a la riqueza y a la especificidad de los conceptos a los cuales refieren, pudiendo existir sólo en algunos idiomas. Un ejemplo clásico de esta problemática es contar la cantidad de palabras que tiene una cultura para referirse, por ejemplo, al color blanco (o sus variaciones) lo que varía ampliamente entre cultura y cultura, como ocurre, por ejemplo, entre los esquimales y los chilenos. Así desde el lenguaje (palabas para designar el color blanco) es que se va construyendo el mapa (la cultura)

que nos permite acceder al territorio (la “realidad”). Por lo tanto la lengua se constituye como un sistema con sentido, ya que sigue una cierta estructura ceñida a ciertas reglas (gramaticales, etc.). El hecho de que existen sistemas representacionales personales y culturales es un hecho muy interesante y, a la vez, útil para muchas disciplinas, como ocurre en psicología, en donde mediante la terapia se busca un cambio en los mapas de las personas para ampliar sus opciones de conducta. Pero, ¿qué sucede con las limitaciones intrínsecas desde la forma de construir los mapas, desde las limitaciones que resultan de las convenciones de una cultura hasta las limitaciones conceptuales y gramaticales de un lenguaje? Hemos visto que la cultura emerge como un marco referencial o un prisma para ver la realidad, definiendo lo que merece ser estudiado y lo que no, determinando qué es lo que se considera como ‘verdadero’ y lo que no, y así sucesivamente. ¿Son, acaso, todos los mapas igualmente válidos y reconocidos? Desde muchos puntos de vista, no. Desde la academia más convencional se restringe significativamente las posibilidades de construir mapas considerados válidos, quedando muchas experiencias marginadas en la aproximación al territorio. Pero si sabemos que es posible ir cambiando de un sistema representacional (mapa) a otro, es posible, entonces, generar nuevos sistemas representacionales a partir de nuevos espacios y experiencias. Ejemplo de estos espacios poco reconocidos, pero que existen igualmente, son aquellas experiencias en donde la conciencia se halla en estados alterados, lo que problematiza la construcción del mapa pues se nos hace más difícil establecer qué es lo que está “afuera” y qué es lo que está “adentro”; pero esta confusión es también los que nos permite acceder a nuevas imágenes del territorio. Ejemplos particulares de estas zonas nebulosas serían los sueños, los estados febriles, las visiones, el consumo de plantas enteógenas (plantas cuya característica es que nos permiten acceder al ‘dios dentro de nosotros’) y otras drogas, etc. Estos espacios son finalmente, zonas poco recorridas y que podríamos denominar como ‘territorios imaginarios’ debido al difícil acceso a ellos desde mapas culturalmente compartidos o considerados válidos en nuestra época actual (no así en otros tiempos en donde se estaba en mayor contacto con estas otras dimensiones de la psique humana, o en el caso de tribus indígenas que validan las expe-

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riencias de sus chamanes o brujos que incluyen sus sueños, visiones, consumo de alucinógenos, etc.). Este camino ha sido recorrido por pocas personas desde las ciencias sociales, siendo rápidamente desprestigiados por ciertos círculos de la Academia y las Universidades. Encontramos en esta línea los trabajos del psiquiatra C.G. Jung en la ámbito de los sueños, las investigaciones de Aldous Huxley y Albert Hoffman, desde la literatura y la química, en los experimentos con ácido lisérgico y mescalina, Carlos Castaneda, desde la antropología, respecto al consumo de plantas enteógenas, Fritjof Capra y David Bohm desde la física, Stanislav Grof y Timonthy Leary desde la psicología, etc. En el caso de las artes y la literatura estos ‘territoritos imaginarios’ han sido constantemente una fuente de inspiración, siendo espacios reivindicados tanto por la generación beat norteamericana como por el movimiento surrealista europeo, entre otros, ampliando por consiguiente el espectro de sus creaciones, y tomando tanto a los sueños como la meditación, la filosofía oriental y el consumo de drogas como fuentes de inspiración para la creación. De algún modo estas ideas fueron anticipados en el siglo XIX por los poetas románticos, donde el poeta inglés William Blake (1983), famoso además por sus visiones y obras visuales, escribió en su obra El matrimonio del cielo y el infierno una de las frases más celebres e inspiradoras: “Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es, infinito”. Esta cita, que puede interpretarse como un llamado a abrirse de un modo amplio a la realidad, inspiró a Aldous Huxley a escribir su célebre ensayo Las puertas de las percepción (1954) que narra sus experiencias con ácido lisérgico y que marca un inicio en los estudios de exploración de la conciencia y potencialidades humanas, labor que se continuó en el Instituto Esalen (1962) en Big Sur, California, que ha sido un centro de investigación clave en estas materias, y que ha contado con la colaboración de connotados investigadores (como Perls,

Watts, Feynman, Campbell, Sontag, Naranjo, Bateson, etc.) Por lo tanto la propuesta que nos plantean estas interrogantes son des-obviar lo que creemos conocer del territorio: no accedemos a él sino mediante mapas, y por lo mismo, es necesario interrogarse e intentar conocer cómo se van construyendo estos mapas, descubriendo y reconociendo sus convenciones y limitaciones. El objetivo de este nuevo conocimiento no sería descartar los mapas ya conocidos, sino más bien, ‘ampliarlos’ gracias al conocimiento que es posible adquirir desde la construcción de nuevos mapas que nos permitan acceder a estos otros espacios “imaginarios” que conforman, de igual manera, al territorio.

“Así, desde el lenguaje ... es que se va construyendo el mapa (la cultura) que nos permite acceder al territorio.”

Cada vez que queremos llegar a algún sitio, necesitamos un mapa con puntos de referencia claros para no perdernos. No encontramos nada sin un mapa –concluye Castaneda-. En vez de ver lo que hay que ver, terminamos viendo el mapa que llevamos dentro…Cortar constantemente los lazos que nos conducen a los puntos de referencia conocidos es la última enseñanza de Don Juan. (Pigem, 1994, p.71). Referencias Bandler, R.; Grinder, J. (1980). La Estructura de la Magia: Volumen I: Lenguaje y terapia. Santiago: Editorial Cuatro Vientos. Bateson, G. (1977) Doble vínculo y esquizofrenia. Buenos Aires: Carlos Lohlé. Blake, W. (1983) El matrimonio del cielo y del infierno; Cantos de inocencia y de experiencia. Madrid: Visor. Pigem, J. (1994) Nueva conciencia. Barcelona: Integral. Soublette, G. (2009). Sabiduría chilena de tradición oral (refranes). Santiago: Ediciones UC.

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La imposibilidad de habitar:

consideraciones en torno a la Centrífuga como negación de una estética territorial Francisco Cabello Letras Hispánicas 3er año

La posibilidad de situarse en un espacio, ya sea este material o conceptual, implica que existe una multitud de maneras de relacionarse con él: pasar, mirar, construir, alojar,cercar, limpiar, alejarse, estudiar, ampliar, gobernar, aislar, etcétera. A mí me interesa la idea de ‘habitar’ los lugares. Esto fundamentalmente por un motivo, y es que si se busca el significado de esta palabra en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (2001), aparece solo una vaga acepción: ‘Vivir, morar’. Si continuamos con la búsqueda, ‘vivir’ se define en su quinta acepción como ‘habitar’ o ‘morar’, y ‘morar’, se define, a su vez, como ‘habitar’ o ‘residir’. Si insistimos en seguir a estos términos, caemos en cuenta de que se produce un movimiento circular entre las definiciones que giran en torno a un eje representado por el diccionario. Lo llamativo es que estas palabras, para poder ser efectivamente definidas, tienden a alejarse del diccionario como centro de rotación; produciendo como efecto una fuerza centrífuga. Procedo a explicar a qué me refiero con la imagen anterior. Etimológicamente, ‘centrífuga’ es aquella fuerza que aleja del centro. En términos de mecánica clásica, la fuerza centrífuga se explica como la rotación de un cuerpo en torno a un eje con un movimiento en el que toman participación dos fuerzas; la fuerza centrípeta, que atrae el objeto hacia el centro, y la fuerza centrífuga, que lo aleja de este. Para exponerlo en términos concretos, el experimento es el siguiente: suponiendo que un sujeto pudiera girar uniformemente sobre un mismo punto, el hombre debiera tomar un extremo de una cuerda, al otro cabo de la cual habría atado algún objeto, por ejemplo una piedra. A continuación 36

el sujeto procede a girar sobre su punto afirmando la cuerda, provocando que la piedra atada a esta dé vueltas alrededor suyo en un movimiento circular uniforme. Acorde con la tercera ley de Newton, cada acción produce otra acción igual y opuesta; así, la fuerza centrífuga es la reacción a la fuerza centrípeta. Por lo tanto, en el caso potencial de que en nuestro experimento la cuerda fuera cortada; en el instante en que esto ocurriera, la piedra saldría disparada por efecto de la fuerza centrífuga. Para intentar definir ‘habitar’, me parece útil retomar la mencionada tercera ley de Newton. Ocurre que si aplicamos este principio según el cual todas las acciones causan efectos iguales y opuestos, podría decirse que ‘habitar’ provoca ‘morar’ y ‘abandonar’. Pero, ¿cuál es la diferencia entre un lugar abandonado y un lugar habitado? En los espacios que ocupamos, existen signos naturales que demuestran la apropiación de un territorio, las huellas de un asentamiento son restos culturales que definen identidades. El lugar abandonado y el lugar habitado deben comprenderse más bien por sus similitudes, como partes de un mismo proceso; son, en términos de Marc Augé (1992), sucesos relacionales e históricos. Los usos prácticos de la fuerza centrífuga se extienden a campos de aplicación diversos. Fundamentalmente es ocupada para separar componentes de mezclas en los que posteriormente se identifican las partes, y bajo este mismo principio también es un recurso cotidiano que se usa en las máquinas lavadoras para acelerar el proceso de secado final después de un lavado. Es de capital importancia considerar cuáles son


las implicancias de estos usos cuando se centrifugan los espacios en que transitamos. Existen lugares que no pueden ser habitados, porque un lugar centrifugado intenta dar apariencia de que viene nuevo, sellado y en él no caben las huellas que diferencian un territorio identitario de un lugar común y neutro. La idea de que el mundo sufre un proceso de centrifugación permanente la obtengo de la poesía de Alfonso Grez. En un comienzo hay tres libros; el joven poeta y cineasta chileno publica en el año 2009 la caja libro-objeto Primer Set / Poemas, en la que se incluyen tres tomos: Ciencia aplicada, Defcon 3 y Spot. A continuación, en 2010, se publica Centrífuga, un texto de extensión mucho más breve que los tomos anteriores y que expulsa, corrige, reúne y pone en diálogo una selección de textos pertenecientes originalmente a los tres primeros poemarios. Lo atractivo de este proceso es que la metáfora se hace material cuando se descubre que el segundo libro es, efectivamente, el resultado de la centrifugación de los que le preceden. La primera vez que vi Centrífuga, me llamó poderosamente la atención el aspecto del libro. La edición es muy cuidada y breve, pero por sobre todo destaca el diseño de su portada; un libro color naranja fluorescente que recuerda la idea de una ‘caja negra’ quizás nunca encontrada después de un accidente aéreo. Y al comenzar a hojear el texto, esta primera impresión se comprueba, ya que entre los poemas existen algunos que reproducen informes –tachados a modo de censura- acerca del atentado del 11 de Septiembre de 2001 al World Trade Center. Entonces, las posibilidades interpretativas de este libro se disparan en múltiples direcciones, como si los objetos centrifugados fueran expulsados de su eje. La idea de Centrífuga como caja negra es una señal para leer el poemario; bajo este prisma, lo que en él se lee es la explicación a un accidente. Pero, ¿qué accidente? Podría afirmarse que la alusión al 11/09/01 no es sino simbólica, una representación del sistema de mercado que pareciera ser vulnerado, pero que en definitiva resulta ser mucho más resistente que los edificios en los que se representa. A lo largo del libro existe una permanente tensión, breves textos titulados ‘pausa comercial’ interrumpen la lectura con descripciones de spots publicitarios. De esta manera, el eje de tensión para la centrífuga que significa este poemario es el sistema de mercado, contexto idóneo en el que 37


el sujeto cuestiona la factibilidad de producir manifestaciones artísticas que afecten a su entorno. La pregunta en la poesía de Grez es acerca de cómo podemos hacernos cargo del espacio cuando este no permite una apropiación cultural. Las pausas comerciales introducidas en el poemario son un elemento paródico que expone ciertas máximas ideológicas. En una de éstas, el padre le regala a su amado hijo su bien más preciado: su biblioteca, y este “(…) toma un libro al azar, / lo abre y los ojos le brillan: en el libro hay / una libreta de ahorro, toma otro y otra,” (Grez, p. 23). En otro spot, la imagen, también consumista, es la siguiente “como un prisma, el mundo pasa / por la tarjeta y se convierte en arcoíris” (p. 35), desde la que se perfila la noción de que la apropiación de un espacio se lleva a cabo no en términos culturales, sino de poder adquisitivo. Una tercera pausa comercial reza “la épica de la camioneta con tamaño de / montaña, la fuerza bruta gloriosa de meter / un país entero en la cajuela (…)” (p. 48), donde la comparación del vehículo con la montaña demuestra nuevamente el deseo de aprehender el mundo en términos de una espacialidad privada, idea que alcanza su paroxismo en la consideración de que el territorio del país puede ser legítimamente saqueado a fuerza de un producto. Si en la poesía de Raúl Zurita se retoma a Juan Luis Martínez para comprender que los espacios del campo se construyen en ‘geometrías no euclidianas’; en el caso de Alfonso Grez la actualización pone en evidencia que desde los aparatos de poder –los medios de comunicación masiva y su publicidad- la apropiación efectiva del territorio es homologable a un bien de consumo y no a un producto cultural ni a un proyecto común. Ya situado en este medio que interviene con insistencia en Centrífuga, analizar la cuestión del sujeto de Grez resulta esencial. En el poema “ya se ha hecho”, enuncia una voz poética que pretende llevar a cabo alguna producción artística, y desarrolla una larga disquisición respecto de qué puede hacer, porque considera que todo ‘ya se ha hecho’. Existen en este poema alusiones interesantes a artistas de distintos medios citando actos de arte que ellos hayan realizado. En este punto, quisiera prestar especial atención a un referente que ya he mencionado que está presente en la poesía de Alfonso Grez. Se trata del poeta Raúl Zurita y el CADA1, gruCADA se refiere al Colectivo de Acciones De Arte, revisar: Neustadt, R. (2001). CADA día: la creación de un arte social. Santiago, Chile: Cuarto Propio. 1

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po del cual él formó parte durante los años ochenta en el contexto de la dictadura militar en Chile. Y ocurre que al enunciar “(…) voy a mear en público masturbarme en / público mientras leo un manifiesto o declamo poesía ya / se ha hecho (…)” (Grez, p. 7) o “voy a trapear / la vía pública” (p. 7), citando actividades que efectuó el CADA, el sujeto rechaza la posibilidad de volver a producir performance política de resistencia. Por otra parte, ya hacia el final del poema, declara “(…) voy a construir un sol artificial, pero juro, / también se ha hecho.” (p. 8), para declarar que tampoco una poética creacionista es sostenible. A continuación queda tratar de solucionar de dónde proviene este escepticismo en las producciones estéticas que enuncia el sujeto metaescritural de Alfonso Grez. Antes he expuesto que la centrífuga como efecto tiene aplicaciones en despejar, separar y limpiar, imagen que hace mucho sentido cuando se evidencia que en Centrífuga el eje de movimiento son las pausas comerciales. Si a lo largo del poemario estas publicidades son la constante que contextualiza el resto de los poemas, se hace patente el esfuerzo por limpiar el espacio. La vida que se rige por un sistema de mercado es aquella en la que toma valor lo que puede ser de propiedad y uso privado. Así se explica la insistencia en la neutralización de los espacios, la apariencia de nuevos que estos deben tener; ya que si dieran la impresión de corresponder a una identidad cultural, no son productos consumibles. El territorio debe ser nuevo y sellado, tal como los cuerpos humanos “cuando nace un niño / dicen empíricos / los cuerpos llegan perfectamente sellados / insulados, herméticos” (Grez, p. 6). Estos cuerpos no ideológicos son el resultado de los espacios centrifugados limpios. Los llamados ‘espacios públicos’ deben mantener una apariencia pulcra que no dé indicios de haber sido habitado ni abandonado. Esta obsesión por la higiene extrema es la técnica de neutralización de los espacios, que se convierten en territorio que no permiten ‘morar’ ni ‘ser abandonados’. Aquí radica el problema de la centrífuga; en la imposibilidad de habitar. Si al sujeto no le es factible apropiarse del territorio en términos culturales, es imposible una estética del territorio, ya que la relación entre este y el humano es estrictamente cívica. La validez de este vínculo se normaliza en un código legal, parámetro único –que despide a toda implicancia cultural- para la legitimidad de la apropiación territorial en un sistema de mercado.

Ahora bien, muchos de los lugares a los que se conoce como ‘espacios públicos’ son en realidad, privados. Comprenderlo de esta manera sirve para aclarar que los sitios en que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo–desde los patios de una facultad universitaria hasta las autopistas que transitamos-, no nos pertenecen a una sociedad como proyecto común, sino a entidades privadas con intereses particulares. Al respecto, creer que el vaciamiento cultural, ideológico de los espacios es un acto de solidaridad pluralista sería pecar de ingenuidad. Todo está como nuevo porque todo territorio es un bien de consumo. La voz enunciadora de escepticismo en “ya se ha hecho” no es, pues, una que no encuentra cómo crear porque le falte una especie de inspiración divina, sino que su angustia se somete al hecho de que toda manifestación cultural requiere de un medio espacial en el que expresarse y al que afectar, lugar que es cada vez más marginal. La problematización del poema de Alfonso Grez se refiere al hecho de que los productos artísticos –valga el nombre de ‘producto’- hoy solo adquieren valor cuando se insertan como un bien de consumo. Pero no solo esto, sino que para poder entrar a este medio requieren de situarse en ciertos territorios completamente sellados que dan prestigio.

“las huellas de un asentamiento son restos culturales que definen identidades”

Acerca del uso de la figura de la ‘fuerza centrífuga’ para la configuración del texto poético, es relevante captar un aspecto que Daniel Rojas Pachas (2010) descubre con agudeza. El crítico apunta que “si revisamos esta mal llamada fuerza a la luz de las leyes de Newton, descubriremos que estamos más bien ante un efecto, pseudo fuerza o fuerza ficticia.”. Esta confusión terminológica se refiere a que cuando se hace girar un objeto sobre un eje, la fuerza que se aplica sobre él desde la cuerda, en nuestro ejemplo, es la centrípeta, orientada hacia centro; el efecto centrífuga, en cambio, es una reacción ejercida por el mismo cuerpo para alejarse de la cuerda. La distinción entre fuerza y efecto se encuentra en que la definida como fuerza es aquella que se aplica desde fuera sobre un cuerpo; en el caso del efecto centrífuga, en cambio, la ‘fuerza ficticia’ la aplica el cuerpo sobre sí mismo. La física moderna define la centrífuga como un efecto, no como una fuerza; y en consideración de es-

“la apropiación efectiva del territorio es homologable a un bien de consumo”

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tos términos, Rojas Pachas propone que “estas nociones de fuga, aglutinación y artificialidad que Grez devela a lo largo del poemario [edifican] a un hombre y una humanidad convertidos en residuos segmentados y empaquetables para su consumo”. Pero Grez es consciente de que este ‘artificio’, tal como lo consideraba Viktor Shklovski (2004), no es una apariencia vacía, sino que se ocupa como una violación de lo prosaico. En todo caso, actualmente esta tarea sería cumplida con fuerza por el sistema de mercado y ya no por la figura del poeta. Resolver el problema del ‘habitar’ es difícil, pero quizás una salida sea responder al llamado de Nicanor Parra “El poeta no cumple su palabra / Si no cambia los nombres de las cosas” (1971, p. 70). Para poder postular una estética territorial, la palabra ‘habitar’ debe tener al menos una nueva acepción. Acercarnos a una apropiación efectiva de nuestro territorio depende del desarrollo de un poder cultural capaz de soportar la limpieza que se produce cuando giramos uniformemente en torno a un mismo eje.

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Referencias Augé, M. (1992). Los “no lugares” espacios del anonimato: una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Gedisa. Grez, A. (2009). Primer Set / Poemas. Santiago:Ventilador. _______ (2010). Centrífuga. Santiago: del Temple. Marion, J. (1996). Dinámica clásica de las partículas y sistemas. Barcelona: Reverté. Parra, N. (1971). Cambios de nombre. En Obra gruesa. Santiago: Universitaria. Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua española (22.ª ed.). Consultado en http://www.drae.rae.es. Rojas Pachas, D. (2010). Escape y aglutinación: Componentes de una dialéctica de violencia y artificialidad en Centrífuga de Alfonso Grez. Recuperado de http://www.letras.s5.com/ ag270810.html. Schklovski, V. (2004). El arte como artificio. En Teoría de la literatura de los formalistas rusos. Buenos Aires: Siglo XXI.


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Hélice UC. Edición 2: Territorio  

Edición n.2 de Hélice. Revista académica interdisciplinaria de artes, humanidades y ciencias sociales. Una iniciativa del Consejero Superior...

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