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HUMÜS p o e s í a

n a r r a t i v a

Moisés Cruz Villalobos

HEBEL


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Moisés Cruz Villalobos HUMÜS POESÍA NARRATIVA HEBEL

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HUMÜS p o e s í a

n a r r a t i v a

Moisés Cruz Villalobos

HEBEL Ediciones Humus | Poesía 4


HUMÜS | POESÍA NARRATIVA © Moisés Cruz Villalobos, 2014. Segunda Edición © HEBEL Ediciones Colección Humus|Poesía Santiago de Chile, 2017. www.issuu.com/hebel.ediciones Qué es HEBEL. Es un sello editorial sin fines de lucro. Término hebreo que denota lo efímero, lo vano, lo pasajero, soplo leve que parte veloz. Así, este sello quiere ser un gesto de frágil permanencia de las palabras, en ediciones siempre preliminares, que se lanzan por el espacio y tiempo para hacer bien o simplemente para inquietar la vida, que siempre está en permanente devenir, en especial la de este "humus que mira el cielo".

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La vida sin musica no tiene sentido. F. Nietzsche

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Pintura “Era habitual verlo ensimismado ante aquella hermosa pintura, la misma que a diario, a la vista de todos, pasaba desapercibida, que se confundía con el todo de la decoración, un simple cuadro que cubría la desnudes de la descascarada pared. Pero para él nunca pasaba desapercibida sino, por el contrario, capturaba toda su atención opacando el resto de la casa y a su gente. Era el retrato de un viejo fumando pipa delante de una antigua ventana que lo protegía débilmente del frío de la lluvia. Permanecía inmóvil durante horas con la mirada perdida y el semblante con restos de melancolía. Pasaron días, incluso meses, y la perturbadora costumbre nos preocupó como familia. Decidimos sacar el cuadro, pero al contemplar todos juntos el extraño retrato por última vez nuestros músculos se paralizaron, mientras se nos nublaban los pensamientos…”. En ese instante el viejo, dejó la pipa en el marco de la ventana y se levanto dirigiéndose a paso lento

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hacia el cuadro hecho por su mujer fallecida hacía ya muchos años. Miró la melancólica familia retratada botó una bocanada de humo y sonrió.

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Hümus El viejo Kalem miraba por la ventana de su vieja casa, miraba aquella lluvia que lo había acompañado durante los largos años, incontables ya, desde que vivía en ese pequeño pueblo perdido al sur del continente. Mientras tanto, con una pipa saboreaba el humo que efímero, pero eterno dialogaba con sus palabras, todas ellas, las que nunca se dijeron, pero, que de por sí ahí estaban. El viejo pensó que como el humo era él y como él era el humo, fugaces pero con infinitos mundos sin descubrir que estarían por siempre en el olvido, donde nadie los podría encontrar. El viejo Kalem moría, pero no le importaba realmente, había vivido ya lo suficiente. Y su pipa por primera vez estaba vacía, muriendo junto a él.

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Olvido Yo lo vi, estoy seguro de haberlo visto, con sus cicatrices de los clavos en las muñecas y la herida en su costado. Fue hace ya años, pero lo recuerdo bien. Vivíamos con mi hermana mayor afuera del cementerio general, era una vida dura, siempre lo fue, pero no me quejo. Pasé hambre muchas veces, más de las que hubiese querido, pero lo valió. Estaba con el Tachuela con la pipa encendida cuando lo vimos llegar cruzando la calle con dificultad, se notaba que le sobraban golpes, venía sangrando del costado izquierdo y con múltiples moretones en el rostro. Se me acerco con su mirada desafiante, le sentí un fuerte tufo a vinagre, se notaba encañado, casi fermentando, no dijo palabra alguna durante todo el rato que estuvo a nuestro lado, pero con un gesto me pidió que le convidara un poco. Creo que algo quería olvidar… Quizás años de historia.

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Tentación Han pasado ya tres siglos, y de nuevo lo llevé conmigo a un monte muy alto, pero esta vez no era el marginal albañil de Nazaret el que iba conmigo, sino nada menos que el Sumo Pontífice Constantino el Grande. También le mostré todos los reinos del mundo y su gloria. Desde ahí se veía su gran imperio y todo el resto de Europa occidental, y le dije: “Todo esto, e incluso más allá del mar, te daré si postrándote me adoras”. Lo sentí besar mis pies... Sonreí. Millán, 313 A.D.

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Promesa En el año 1492 llegó la corona española a imponerse al nuevo mundo trayendo su santa doctrina a los aborígenes, que como salvajes vivían sin fe sin ley y sin rey. La santificación de las nuevas tierras y sus gentes fue sanguinaria y cruda, trayendo consigo alrededor de 11.000.000 muertos y la extinción de gran parte de la tradición cultural de las regiones conquistadas. Habían pasado ya más diez siglos desde la promesa hecha al Gran Constantino, pero acá en los confines de la tierra a un mar de distancia, se cumplía.

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Cazador Un día 15 del último mes del año en Bucarest, la capital del reino de Rumania, nacía Julio Popper, quien en el 85 migraría a Buenos Aires y tras un año de estadía se marcharía hacia las lejanas tierras del sur del continente. Allí se desempeñó como cazador, uno de los buenos. Utilizaba un fusil Winchester modelo 1873, no había animal que escapara a su puntería, ni él tenia piedad con ninguno de ellos. Su especialidad era una especie, ahora ya prácticamente extinta, se autodenominaban Selk’nam.

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Puntería Juanito lo llamaban para diferenciarlo de su padre, pero el diminutivo no influía en absoluto en el respeto que imponía su imagen de gran cazador que era. Su puntería era implacable, donde ponía el ojo ponía la bala, nunca fallaba un tiro, por más veloz y ágil que fuera el elefante al cual le apuntaba, cada vez que apretaba el gatillo se avecinaba una muerte segura. Juanito era cazador. Juanito, también llamado Juan Carlos I, era rey de España.

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Puntos Cardinales Un buen día el Sur se preguntó porqué siempre el Norte decidía por él, se financiaba a costa de él y se deshacía de sus desperdicios en él. Pensó y pensó, sin llegar a una respuesta que lo satisficiera por completo y decidió enfrentar la situación con firmeza, encarando al Tirano. Luego el Norte decidió prohibir hacerse preguntas, mandó a disminuir la ración de conciencia por “razones fuerza mayor” e instalo un nuevo basural donde depositar todas las preguntas anteriormente prohibidas.

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Inseguridad Segura Yo sólo miraba al frente, tenía mi vista clavada en el camino que raudo se iba quedando atrás. Pero él, al contrario, mientras pisaba con cada vez más fuerza el acelerador, me conversaba tranquilamente mirándome de vez en cuando, ¿el tema? No lo recuerdo, yo estaba ensimismado abrazando a la muerte y en cada vuelta de la rueda sentía más firme sus brazos. Iba sin cinturón de seguridad, siempre acostumbro usarlo, pero esa vez no lo hice. En cada curva me sentía más libre, la posibilidad de que todo se acabara en ese instante no me alertó en lo más mínimo, sino que la disfruté, disfruté la impotencia de vivir con la posibilidad latente de morir, sin que nada de lo que pudiera o quisiera hacer fuera relevante. Llegamos, ¿abrir el portón? Sin decir palabra alguna me bajé del auto y lo abrí. Otra vez en la seguridad de la rutina.

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Juego de Niños Corrían los niños hacia todos lados con sus pistolas de juguete en las manos y sus cascos plástico de imitación. Todos corrían felices en su juego, armaban bandos y se escondían detrás de arbustos o basureros del pasaje. Uno de ellos se llamaba Lucas, a él le encantaba el juego, a sus siete años era un soldado de calidad, como todo niño la acción le llamaba la atención. Lucas estaba escondido tras un lomo de arena con un amigo, el cual le comentó que sentía sus zapatos un poco más pesados, a lo que Lucas no prestó atención y se abrochó la chaqueta que se tornaba color verde. Su amigo cargó la pesada arma de juguete y se levantó con intención de avanzar, lo que no fue posible porque una bala de plomo atravesó su casco de imitación y se insertó en su cráneo salpicando a Lucas con un líquido rojo que no supo definir con exactitud lo que era. Lucas también cargó su fusil con frialdad y asomo su arma a ras de piso por la trinchera, comenzó a disparar con mayor precisión que hace algunos minutos, de hecho con una puntería impresionante que ni él comprendía.

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De pronto, se levantó con gran rapidez y se apresuró a correr, que, por cierto, fue a una velocidad nunca alcanzada por él hasta entonces. Mientras corría sacó una granada de su bolsillo y la lanzó hacia una camioneta que se aproximaba disparando con una ametralladora. La granada explotó sacó un neumático de la camioneta, mató al conductor e hirió al copiloto. Lucas sintió como un sudor frío recorría su cuerpo, miró su pecho y vio una mancha roja que crecía y empezaba a gotear. Lucas no comprendía que era la muerte la que lo abrazaba en aquel infierno que hasta entonces para él había sido su amado juego de niños.

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Arpillera Era una noche fría de invierno, una de tantas, en las que las luces de los faroles sólo sirven para que los objetos proyecten su sombra, en las que la neblina cubre el porvenir obligando al caminante a vivir el instante del espacio ignorando el futuro de su andar. Esa noche, dicho caminante, llevaba por nombre Friederich, ¿su apellido? No se sabe, ni es relevante en el relato. Friederich era un simple pianista de taberna que se ganaba la vida al día, al igual como se ganaba el ínstate del espacio a cada paso esa noche. Para él la vida y la música eran una sola cosa, eran las hebras de un mismo tejido, de una misma arpillera. Como es de esperar, por su mente pasaban melodías, en este caso las inconfundibles notas de La Sonata para piano nº 14. Pasaban armónicamente al compás de su vida, por cada variación musical un instante de su simple caminar se conjugaba con un instante de su simple vivir, su vida y su música

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inundaban sus pensamientos uniformemente mientras caminaba. De pronto todo eso se rompió, su existencia se paralizó por un instante, de un golpe en la cabeza su vida y su música se separaron, el tejido se rasgó y se empezó a deshilachar mientras su vida se diluía en el rojo que se esparcía por el frío asfalto. El asaltante huyó sólo con una billetera casi vacía, una cajetilla de cigarros y un reloj antiguo que ya no daba la hora. Friederich agonizaba, la perdida de sangre era excesiva y no se detenía en absoluto la hemorragia cerebral. Luego de varios minutos, como comúnmente pasa cuando alguien pierde más de un litro de sangre, entró en un estado de shock hipovolémico, lo que derivó en la muerte. Pero la música seguía allí, ni con el más seco golpe desaparecería. Todo el incidente había sido un fugaz silencio inscrito en la majestuosa obra. Pero lo sorprendente ocurrió. La música perdió su cronología y comenzó a retroceder incomprensiblemente hasta el momento del incidente y se enlazó de nuevo con la vida de Friederich. El tejido se armó nuevamente, la sangre del piso fue absorbida por su cráneo que se cerraba

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mientras el fierro del asaltante se alejaba junto con él. Friederich estaba en pie y caminaba sin saber dónde, viviendo el instante del espacio y del tiempo que viene y va al compás de la música que pasaba por su mente dándole sentido a su existir.

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Día a Día Caminábamos sin parar, sólo veíamos la espalda del que iba delante. Sabíamos que terminaría mal, pero seguimos cuadras y cuadras con lo ojos clavados en la misma espalda. En el camino un N.N. no lo soportó y se descarriló, pero dos hombres con cuerpos robustos y rostros insípidos lo tomaron por sorpresa, ataron sus manos y le pusieron una bolsa negra en la cabeza. Se lo llevaron sin dejar rastro. Su ejemplo no bastó, la misma escena se repitió un par de veces. De pronto llegamos a nuestro destino. Miré a mi alrededor… Estaba en mi habitual oficina de trabajo.

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Rutina Fernando Fernández tras la agotadora sememaza laboral preparaba una sabrosa cena, mientras su mujer, Carolina Remos, cuidaba a sus dos hijos pequeños y servía la mesa del comedor. Después de comer, Relajados, con los niños ya durmiendo, se iban a la cama, cansados y dormían pensando en el ajetreo del día siguiente. Despertaban muy temprano a preparar la mesa y se sentaban todos juntos a desayunar. Se iban cada uno a su destino. A la hora del descanso alrededor de la una de la tarde, apurados compraban un tente-en-pie en un local de comida rápida antes de volver a sus labores. Entrada ya la noche al llegar a la casa se sentaban ambos en la mesa del comedor y sin decir una palabra y sin el menor interés de escuchar una del otro, se preparaban un café y se fumaban un cigarrillo para calmar el estrés del día. Así transcurría la semana, lenta y monótona, hasta que el domingo en la noche

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Fernando FernĂĄndez para romper la aburrida rutina preparaba una sabrosa cena, mientras su mujer, Carolina Remos, cuidaba a sus dos hijos pequeĂąos y servĂ­a la mesa del comedor.

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Mal Sueño Bajé la escalera, abrí la puerta principal quedando frente a la vereda inmediatamente. El flujo de personas era reducido, especialmente para ser aquella hora. Eran las siete y algo, no recuerdo con exactitud. Como toda tarde de invierno ya estaba bastante oscuro, miré hacia mi alrededor, no lo entendí, no se si fue la impresión del instante o era realmente incomprensible, el punto es que no le encontré sentido alguno. Desperté de una terrible pesadilla en la que me encontraba en medio de un incendio terrible donde todo era devorado por el fuego: las casas, los muebles, los árboles e incluso las personas ardían, su carne era consumida por las llamas brotando de entre el humo desgarradores gritos de dolor. Yo no me quemaba, el fuego no me afectaba en lo más mínimo, pero veía todo desmoronarse a mi alrededor, mi mundo, la gente, los animales, todo moría, incluyéndome, las llamas no consumían mi carne, pero me destruía por completo, yo y el mundo era uno solo. Luego cenizas.

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Me levanté aturdido por el sueño, pero sin ganas de dormir ni un segundo más. Me puse las zapatillas, salí de la pieza, bajé la escalera y abrí la puerta principal.

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Cuarentena Para esa fecha ya lo habían encerrado en cuarentena, lo habían apartado de todo el mundo por temor al contagio, lo tenían en una sala hermética al fondo de un oscuro pasillo del antiguo hospital. Los días pasaban y seguía encerrado, ya no lo aguantaba, su aislamiento perturbaba su estabilidad mental, pero era lo correcto, era necesario que permaneciese allí. Si salía la horrible tragedia sería inminente. Su sanidad era contagiosa y ningún enfermo habría estado a salvo cerca de él.

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Barra Así fue, así nada más. Tal como empezó así terminó. Fue todo fugaz, efímero, no hubo un hito que marcara el inicio ni el final, fue como un soplido sin ningún margen que lo delimitara, o así me pareció. Todo empezó en mi mente, esa es la razón de tan difusa descripción. Yo caminaba hacia la barra para pedir una Pilsen. La sed carcomía mi garganta, como también el horror carcomía mis pensamientos. No podía evitar mirar al espejo que tenía enfrente sin que por mi cabeza pasaran repetidas veces las imágenes de ese terrible accidente. Porque eso es lo que había sido, un accidente. Nada fue premeditado, yo no tuve nada que ver con las acciones realizadas por mi desenfrenado instinto. Mi cuerpo se movía solo, sin siquiera procesar la información en mi corteza cerebral. Todo era automático. Lo vi a través del mismo cristal que a diario, luciendo la misma ropa elegante de siempre, arreglándose la corbata

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con el mismo tic nervioso, con su frente en alto como el gerente general de la transnacional que era, orgulloso de sí mismo, de sus logros y de su emprendimiento. No se por qué habrá sido, pero ese día no lo soporte, su petulante posición me fastidió más de lo común, más de lo tolerable. Y en ese instante comenzó todo: el descontrol se apoderó de mí y como un maniático me abalancé sobre el vidrio. Con mis propios puños lo destruí en mil pedazos y arrastre al hijo de puta hacia afuera. No puedo decir que quise detenerme, pero si hubiese querido tampoco habría podido. La furia fluía a través de mis nudillos y de la sangre que salpicaba, no pude parar hasta darme cuenta que mis manos sobre su cuello lo habían estrangulado. Lo enterré en el patio trasero de mi casa, no tuve opción, estaba asustado. Me entregaron la cerveza y procuré alejarme del la barra y del espejo lo antes posible. No podía arriesgarme a que alguien más lo notara. La ausencia de mi reflejo en el espejo me delataría y no estaba dispuesto a ir al manicomio. Otra vez, no.

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Colores Camino por centro del gran Santiago. Gris monรณtono es lo que me rodea, personas sin rostro a mi alrededor. Yo soy uno mรกs. De un instante a otro un rojo intenso perturba el paisaje repetitivo, un rojo vivo del que emana un negro espeso que se esfuma en el aire. De repente, un verde violento aparece para aplacar el libre abanico de colores que empieza a despertar, los hombres sin rostro se empiezan a difuminar en el gris monรณtono que suele reinar en esta gran ciudad.

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Chacabuco Me abrí paso entre la multitud, observé sus rostros desalmados y sumidos en la decepción, que fingían felicidad frente al espectáculo. Yo no fingía. Sólo era un teatro construido para evadirnos de nuestra realidad miserable y evitar una rebelión. La explotación laboral a la cual nos someten nos desgasta y el salario insignificante que nos entregan no basta para vivir, ya que las pulperías suben sus precios sin parar y nuestra paga es siempre la misma. Salí del teatro y seguí imaginando que era uno más de los salitreros que antaño vivieron, trabajaron y murieron en estas desoladas ruinas.

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Negativa Aquel día no desperté. Como era ya costumbre debí levantarme temprano, vestirme apurado, ir a lavarme la cara, comer algo a la rápida y salir casi corriendo a mi trabajo, pero no lo hice. Debí trotar hasta el paradero, ya que estaba atrasado, pues eran ya las ocho menos diez, o en último caso llamar un taxi, pero tampoco lo hice, yo aún dormía. Dormía profundamente sin señales de lucidez en absoluto. Dormía y aún duermo.

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Homenaje al Arte Señoras y señores presentes, nos encontramos aquí reunidos en este momento tan importante, en el cual se reconocerá a destacados exponentes del arte nacional contemporáneo. Le pediremos con mucho respeto a nuestra difunta señora Violeta Parra, que nos haga el honor de pasar adelante. “Primero que nada, no me diga señora, pues a pesar de los años me queda juventud en el alma, y, segundo, quería dar las gracias por este reconocimiento público tan especial que se me ha dado, aunque un poco tarde eso sí, tomando en cuenta el hecho de que llevo más de cuarenta años finá, pero en fin, gracias a la producción del evento, a los dueños del local, a la gente que siempre son mi inspiración y, por sobre todo, gracias a la vida.” Un aplauso a esta gran cantautora chilena que nos ha enseñado con el ejemplo como es vivir y morir en el arte y la expresión. Ahora recibamos con un cálido aplauso al poeta más conocido de nuestro largo país, Pablo Neruda.

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“Muchas gracias es un gran honor…”. Así fueron pasando todos a delante dando sus repetidos agradecimientos. Pasó Víctor Jara, Florcita Motuda, Roberto Bolaño, Pedro Lemebel, Nicanor Parra, Hernán Rivera Letelier, etc. Entretanto algunos me miraban con extrañeza y confusión. Cuando sólo quedaba yo por pasar, me di cuenta de que no tenían ninguna intención en llamarme, dieron el cierre al evento con los respectivos saludos, nos hicieron pasar al coctel y nada, ni siquiera mencionaron mi nombre. “Hola, mucho gusto, soy Nicanor.” “Hola, el gusto es mío, he leído algo de su poesía, o anti-poesía.” “¿Cómo es que te llamas tú?, no te vi pasar adelante.” “Soy Moisés.” “¿Y qué haces, por qué estás acá?” “Nada especial, yo sólo escribí este cuento.”

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Exilio En esos días la situación ya se estaba saliendo de control, el gobierno había implementado una política demasiado abierta e inclusiva para mi gusto. Las calles se estaban infestando de extranjeros, por donde anduviera siempre escuchaba a gente hablar en un idioma incomprensible para mis oíos y los de cualquier persona de clase. Llegó un momento en que empecé a aislarme dentro de mi apartamento. Sólo salía de la tranquilidad de mi hogar para comprar comida o cuando era estrictamente necesario. En una de mis pocas salidas me encontré con un desagradable extranjero que me dijo algo que no pude entender, pero claramente me insultaba, lo que no toleré en absoluto ¿Qué se creía ese infeliz insultándome en mi propia patria? La pelea fue inminente, tuvo que separarnos los carabineros, y nos llevaron a la comisaría más cercana. El oficial de turno me dijo algo, que no entendí, luego me revisaron de pies a cabeza, revisaron mi billetera, sacaron todo su contenido e hicieron un par de llamadas. Me mantuvieron encerrado un par de horas

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hasta que me comunicaron con un traductor que estaba infringiendo la ley y que se habían contactado con la embajada de mi país y que me deportarían. Ahora voy en el avión con destino al exilio.

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Pensamientos Estaba sentado en el sillón pensando cómo lo hacían las hormigas para alimentarse antes que la raza humana apareciera. Pensé y pensé y llegué a la conclusión de que el azúcar no era un invento del hombre sino de las hormigas. Luego pensé que si el azúcar no era invento del hombre, quizás las hormigas están y siempre han estado un paso a delante de nosotros, por lo tanto, pensé que tal vez, sólo tal vez, yo era una hormiga. Pero recordé que como hormiga que era, no era normal ni sano que estuviera pensando cosas tan complejas. Deje esos temas de lado y seguí comiendo azúcar.

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Confusión Hace tres días era ayer, puede sonar extraño, pero es verdad en ese preciso momento, era ayer, y estoy seguro de eso, me di cuenta antes de ayer cuando pensaba que en dos días más podría recordarlo como una anécdota más del absurdo del que siempre es participe el razonamiento humano. Yo en aquel instante, hace dos días, era un humano, por eso lo pensé. En todo caso aún lo soy, sigo siendo un humano de carne y hueso. Me lo dijo Descartes, si el absurdo se apodera de mi razón, tal como lo hace a menudo con la razón humana, yo debo ser uno más de esos especímenes pensantes de los que hablaba con tanta razón el gran racionalista. Pero en realidad eso es otro tema, porque eso pasó mañana, no ayer. Mañana de hace muchos años. Pero eso no quita que lo sea, por lo tanto no es ayer y no compete a su temática del pasado. Después de tanta confusión temporal me doy cuenta que ahora que ya no lo es,

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sino que es antes repetidas veces, es el instante en que escribo y en el futuro que ya es ahora dejo de hacerlo.

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Envidia Mariela tiene cinco años, vive con ambos padres en una casa simple, ni lujos ni necesidades, vive con lo justo para ser feliz, la cuota exacta. En su corta vida ha aprendido a ver. Ver a los demás, no como todos lo hacen –superficialmente– sino que los ve hacia dentro, con la pureza que a la infancia caracteriza. Ve lo que no se ve, lo más importante diría yo. La semana pasada, Mariela, caminaba con su mamá como a diario, iban al jardín, y al llegar a la esquina de Pedro Aguirre Cerda con Diagonal Bio Bio, vio a otra pequeña, más o menos de su edad o quizás algo menor. Ella también venía con su madre, pero la diferencia es que aquella niña traía consigo un globo, pero no cualquier globo, era uno de esos que Mariela veía sólo en la TV, de esos que en vez de tener un alma de aire común, tienen un espíritu diferente, algo divino, tanto así que dios los llama a menudo a su presencia, cuando por casualidad se les suelta de la mano. Ella no lo sabe, pero ese algo se llama helio.

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Ella sólo sabe ver. “Mamá, que envidiosa esa niña.” Y lo que vio en esa pequeña, no le gusto.

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Preguntas Siempre fui una persona inquieta de mente. Siempre pensaba en diferentes temas, buscando el porqué de cuanto se presentaba ante mi. Me preguntaba por que existía tanta miseria, por qué tanta hambruna, tanta injusticia, por qué el ecosistema se estaba destruyendo cada vez más fruto del supuesto progreso del ser humano, por qué la naturaleza estaba siendo arrasada por la industria, por qué la producción en serie había reemplazado la singularidad de la artesanía, por qué la organización estatal había homogeneizado toda etnia particular y autónoma, cada comunidad, cada poblado. Me preguntaba por qué el europeo había invadido, robado violado y asesinado la tierra y a su gente natural, por qué habían asesinado tantas culturas trayendo la decadencia del mercado. Me preguntaba por qué había tanta gente irrespetuosa que no se respondía ni sus propias preguntas.

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Esquizofrenia Dicen las malas lenguas que estoy loco. El otro día me llevaron obligado al psicólogo, que me hizo muchas preguntas que yo no supe responder y me dio muchas respuestas a preguntas que no supe articular. El diagnostico tubo sus complicaciones, pues yo no presentaba todos los síntomas de una esquizofrenia propiamente tal, pero las alucinaciones eran innegables por lo que me derivaron al psiquiatra sin mas opción. Ahora, mientras me llevan camino a electroshock entiendo por qué siempre me decían que no existía. Soy producto de mi propia imaginación. El 15 de diciembre, Ramón Arana, murió. Por fin sus alucinaciones se habían curado.

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Orden Si hay algo que durante mi larga vida me ha caracterizado, es que soy sumamente ordenado. Muchas veces tuve discusiones con mi mujer por lo mismo, pero con el tiempo he aprendido a aceptarla así tal cual es, no todos somos iguales. Mi vida la he planificado con esmero y dedicación, para aprovecharla al máximo, sin desperdicios, ya sea de tiempo o energía. Hasta el momento me ha funcionado a la perfección. Decidí completar mis años de escuela a su debido tiempo, sin ningún retraso. A los 17 años irme de mi casa para formar mi propia familia con la que sería mi esposa, estudiar en la universidad, graduarme de medicina, también sin reprobar ni un sólo ramo, comprar mi propia casa, ordenando y administrando nuestros ingresos para que no falte nada, pero tampoco sobre, etc. Todo eso lo cumplí al pie de la letra. Pero ahora, en la soledad de mi vejez, a mis 83 años, el plan de vida llegó a su fin, y para evitar que la muerte se retrace, me tomaré la libertad de ahorrarle algo de trabajo.

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Desorden Es normal verla barriendo las hojas de los ĂĄrboles y el polvo de la tierra, hasta que el patio quede impecable, pulcro. Todos los dĂ­as es lo mismo, la misma rutina, ella limpia con esmero y durante su ausencia nocturna, el viento, la lluvia y los pĂĄjaros construyendo sus nidos deshacen su trabajo. Ella no se ha dado cuenta, pero la naturaleza siempre ha preferido el desorden.

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Prefacio

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Génesis Hubo un tiempo, en el que el tiempo aún no era tal. La nada reinaba en su eterna y serena atemporalidad. La nada era todo lo que había, sólo el infinito de la ausencia. Cuando de repente todo, o más bien, nada comenzó a ser, por medio de la simplicidad de la palabra. El primer nacimiento, fulminaba todo atisbo de eternidad, anunciando la inminente muerte venidera. Era el principio, era el principio del fin.

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Persecución Carlitos cada vez que viajaba de noche en la camioneta de su padre se le hacia inevitable comentarle el hecho de que la luna los estaba siguiendo. Carlitos se sentía acosado y le pedía con fervor que pisara el acelerador para que la reina de la noche los perdiera de vista. Carlitos tiene ya 41 años de vida. Ahora es asaltante, ha robado tres bancos y unas cuantas tiendas menores este último año. De niño escapaba de la luna, ahora de la policía. Si hay algo que Carlitos tiene claro es que es un fugitivo.

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Paradoja Vivo en la calle, no siempre fue así, pero los años, el hambre y el frío se han encargado de que olvide por completo las comodidades de mi antigua vida. Mi memoria es frágil igual que mi ánimo, con el pasar del tiempo he recibidos golpes que me han dejado en la miseria emocional y económica, pero hay alguien que siempre estuvo ahí. En mis peores momentos, nunca dude en rezarle al Padre Hurtado, que siempre admiré por su entrega a los más necesitados. Cuando perdí todo, mi casa, mi familia, mi trabajo, lo primero que hice fue rezarle, pidiéndole ayuda, que al menos me diera un lugar para vivir. Ahora vivo en la calle, vivo en La Alameda, afuera del terminal de buses, justo a los pies de un monumento de metal que fue hecho en homenaje a mi santo predilecto.

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Compañera Entré a un bar luego de una larga caminata. La soledad alarga los segundos como si fueran horas y el tiempo, que siempre va de prisa, se en lentece con esmero. De alguna forma tenía que matar la espera. Me senté en la primera mesa al lado de la entrada, mirando hacia la calle. Pedí una cerveza, y me dispuse a leer. Mientras leía me di cuenta que las agujas del reloj habían avanzado sin reparo, llevaba más de una hora allí sin siquiera darme cuenta. Quizá no estaba solo. La Soledad compartía conmigo una cerveza y un libro.

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Milagro Era una madrugada de primavera, una de esas frescas y frías en las que los rayos de luz entran por entre las majestuosas montañas irradiando de color todo a su paso, más aún en época de floración en la que se encontraba descansando en su cuna el pequeño Kronos. El sol en su mayor esplendor, no cuando está en medio del cielo sino cuando tímidamente se asoma regalando esperanza a toda criatura viviente, llenando de vida a las fugaces, pero esenciales flores que se abrieron con vergüenza a su seducción, entregándole al dulce viento el secreto de la vida. Y ahí estaba Kronos dando sus primeros pasos siguiendo a la frágil y libre esencia de la vida, siendo ahí, en cada instante del espacio, cambiando su posible futuro en cada viraje de las muchas corrientes de viento que se conjugaba entre si, hasta posarse en otra simple y humilde flor, completando el proceso, el viaje, dando paso al gran milagro de la autopoiesis de lo vivo, al milagro del soplo de transición, a la resurrección natural, a la fecundación.

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Kronos ya no sólo caminaba sino que dominaba la velocidad a la perfección, aquella remota fecundación de la flor, ya era un fruto en plenitud que caía raudo hacia el suelo dejando atrás su fuente de nutrición y de vida, caía hacia la muerte dejando atrás todo lo conocido. Al pasar de los días la fruta en el suelo desprendió la semilla y acogida por el abrazo de la madre tierra, se entregó al silencio de la más profunda experiencia. La semilla se rompió para dar paso al crecimiento genuino, del cual, Kronos, nuevamente se hacia participe. Comenzó a crecer un pequeño tallo que se abría paso entre la tierra para salir al fin a la superficie, donde creció tan rápidamente que Kronos le seguía con dificultad y respeto, viendo como el pequeño y endeble tallo se convertía en un formidable tronco. El nuevo árbol que nacía no cabía ya en el entendimiento ni en la comprensión del viejo Kronos que tenía una visión lógica y racional de la realidad, propia de su pensamiento occidental, que se desmoronaba por cada centímetro de raíz que se enredaba en los maternales brazos de la tierra.

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El árbol era cada vez más grande y firme, y se nutría del bello sol que siempre con timidez aparecía. Y a su vez nutría su alrededor con aire fresco, limpio y una cada vez mas confortable sombra que no discriminaba ni a quién ni a qué. El viejo Kronos, ya enfermo y abatido se desplomó a los pies del enorme árbol y bajo su calida sombra falleció rodeado de una creciente primavera.

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Árboles Dicen por ahí que los árboles hablan. Te comunican verdades, entre la inmensa espesura de los bosques, donde nada se sabe, pues el norte se pierde junto al viajero que desorientado vaga sin rumbo. Los árboles se compadecen del desdichado y lo orientan en su idioma. Sus grandes tamaños, sus variadas y únicas formas y colores, le avisan que por allí pasó evitando el avanzar en círculos y posibilitando la vuelta por el mismo recorrido. Los árboles hablan el camino.

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Miopía Venancio tenía problemas a la vista desde pequeño, pero nunca le tomo importancia como para ocupar anteojos. Él no sabía leer ni escribir, ni tampoco las circunstancias lo habían requerido. Pero ahora en su vejez se ha dado cuenta que su defecto ha ido empeorando, ya no sólo ve borroso y oscuro sino que con el pasar de los años ha notado que su propia imagen también se ha ido difuminando, ya casi no lo ven, y frecuentemente lo confunden con un objeto más de la decoración de la casa. Venancio ha decidido visitar al oftalmólogo, quizás así lo vean mejor.

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Desdichas Viajé por todas partes, estuve en Roma, en Corinto, en Tesalónica, en Filipo, en Damasco, España y por ahí sigue la lista. Pasé por muchas desdichas, entre ellas: naufragios, arrestos, golpizas, estuve ciego, repetidas veces en la cárcel, bajé en una canasta por una ventana arrancando de la muerte, una vez me apedrearon e incluso flagelaciones he sufrido, pero, por mucho, lo más difícil fue ver mi cuerpo ensangrentado mientras mi cabeza se alejaba rodando por el piso. Pero valió la pena.

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Fiesta Era noche de fiesta en la localidad de Constitución. En la isla Orrego se celebraba el fin del verano con la llamada Noche veneciana. La alegría se compartía en medio del eufórico ambiente. Alrededor de trecientas personas disfrutaban las embarcaciones que a través de distintas puestas en escena narraban la historia de la ciudad, también se disfrutaba la comida y la música, saltando y bailando como si cada canción fuese el último son de la noche. Era tal la felicidad de la gente presente, que ni la misma tierra pudo resistir unirse al bailongo. Fueron dos minutos de vertiginoso baile sin cesar, los dos últimos minutos que dieron por terminada la tan renombrada fiesta bajo el agua.

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Oración Macarena tenía siete años de edad y cada noche antes de acostarse a dormir, se arrodillaba al costado de su cama para orar. Ella daba gracias por el día, por haber tenido qué comer y contar con un lugar dónde dormir tranquila y segura. Luego pedía por los días venideros, para que no le faltara nada a su familia. También pedía por la gente en situación de calle que tan numerosa era y tan poca comida tiene. Pedía que él con su poder infinito los protegiera y guardara. Pero al finalizar cada oración era impensable omitir el “amén”. No fuese a ocurrir que quedara la línea abierta y Dios escuchara todos sus otros pensamientos. No quería verlo enojado.

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Final Bajaba la ladera rápidamente, me abría paso entre las ramas y matorrales que se interponían en mi descenso por entre los roqueríos. Me detuve bruscamente, sin previo aviso, sujetándome de unas raíces para no caer al vacío. Era una quebrada de unos cuatro o cinco metros con un fondo rocoso donde el mar chocaba con fuerza. Yo no sabía qué hacer, la angustia me consumía, me faltaba el aire y mi corazón hacía más ruido que el furioso mar. Al fondo del acantilado había un cuerpo, en la orilla de la quebrada un hombre. No lo podía soportar un segundo más, la trágica imagen había quedado grabada en mi mente para nunca borrarse, y tuve que tomar una decisión, la más importante, la más fatal. Retrocedí unos pasos, respire profundo, y corrí con fuerzas hacia el vacío. Lo último que pasó por mi mente me descompenso, el cuerpo que había visto en los roqueríos era el mío.

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Índice Pintura

| 8

Hümus

| 10

Olvido

| 11

Tentación

| 12

Promesa

| 13

Cazador

| 14

Puntería

| 15

Puntos cardinales

| 16

Inseguridad Segura

| 17

Juego de Niños

| 18

Arpillera

| 20

Día a Día

| 23

Rutina

| 24

Mal sueño

| 25

Cuarentena

| 28

Barra

| 29

Colores

| 31

Chacabuco

| 32

Negativa

| 33

Homenaje al Arte

| 34

Exilio

| 36

Pensamientos

| 38

Confusión

| 39

Envidia

| 41

Preguntas

| 43

61


Esquizofrenia

| 44

Orden

| 45

Desorden

| 46

Prefacio

| 47

Génesis

| 48

Persecución

| 49

Paradoja

| 50

Compañera

| 51

Milagro

| 52

Árboles

| 55

Miopía

| 56

Desdichas

| 57

Fiesta

| 58

Oración

| 59

Final

| 60

62


63


64


65


66


HUMÜS

Moisés Cruz Villalobos (Concepción, Chile, 1996) 67

Humüs. Poesía Narrativa (2017). Moisés Cruz Villalobos  

Segunda edición del primer libro del chileno Moisés Cruz Villalobos, escrito a los 18 años de edad. Corresponde a un conjunto de textos que...

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