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Ghosts (Hayden)

Con la excusa de buscar a Avril pedí a la amable enfermera que había rellenado las fichas de ingreso que me llevase hasta ella. Tal vez fuese bastante desagradecido con aquella extraña chica que tanto me había ayudado esta noche, pero no podía soportar estar bajo el escrutinio de su mirada. Había algo en ella—tal vez en sus penetrantes ojos dorados o en su eterna sonrisa triste—que me hacía sentir culpable. No la conocía lo suficiente—o no la conocía de nada—para que aquel sentimiento fuese tan fuerte y, no pudiese permanecer en la misma habitación que ella más de cinco minutos. Lo peor de todo que debería tenerla miedo por aquel don que parecía tener de ver todo lo que estaba a punto de suceder. Y, para bien o para mal, yo estaba demasiado vinculado con ella. Mucho más de lo que me gustaría. Extrañamente, eso no era lo que más miedo me producía por su parte. Era algo muy natural por su parte y yo lo tuviese asumido. La sensación de conocerla y sentir, que de alguna manera, la hubiese defraudado en el pasado, me hacía encogerse mi pecho y que mi corazón se me atravesase en la garganta. Por suerte, encontré a Avril rápidamente. Estaba tumbada en un sillón de especializado para revisiones ginecológicas, con una bata de hospital y las piernas abiertas, mientras una enfermera realizaba la revisión. Al principio me alarmé y temí que no hubiese llegado a tiempo, pero luego, recordé que la misma Avril me había asegurado que Royce no había llegado a violarla. Las palabras de la enfermera al doctor que estaba con ellas confirmaron que no había habido agresión sexual. Aún así, noté que Avril estaba increíblemente tensa y fija la mirada en el doctor que la hacía las preguntas. No le había visto la cara aún, pero tenía que reconocer que estaba siendo muy profesional y considerado con ella al dejar que la enfermera la reconociese por él. En asuntos tan delicados, siempre venía bien la mano de una mujer. Me reí al recordar lo poco que a Avril le gustaban los hospitales. Verla agarrando los brazos de la silla, tensa y pálida, me producía ternura y gracia. En este momento, parecía que estaba viendo un fantasma. —No hay rastro de fluido seminal ni desgarros vaginales, doctor—informó la enfermera. —Podemos descartar la violación. —Bien—la voz del doctor me sonaba muchísimo—, de todas maneras, esta jovencita debería denunciar la agresión. Me asomé para averiguar de quien se trataba y me sorprendí al ver al doctor Cullen hablando tranquilamente con Avril mientras le examinaba la herida. —Estoy segura que le he visto antes—afirmó Avril categórica. Luego arrugó el ceño: —El caso es que no puedo recordar donde. —Puede estar confundiéndose con alguien. —No—negó ésta rotundamente. —Tiene una cara demasiado particular para no recordarle. Estoy segurísima que nos hemos visto en algún lugar. —He viajado bastante—admitió. —Por la ficha que me han entregado, he visto que usted no es de aquí. —No, nací en Seattle pero, hasta hace poco, he vivido en Forks, un pequeño pueblo del Olympic, ¿le suena familiar?


Hubo un momento de un silencio demasiado denso que podía palparse incluso cortar. Parecía que el doctor tenía que pensarse una sencilla respuesta. — ¿Forks?... ¿Es un pueblecito donde llueve mucho? —Sí. —No he estado allí nunca. —Había cierto énfasis en las palabras que me hacían pensar que no estaba siendo sincero del todo. — Pero sí he trabajado en los hospitales de Seattle. Tal vez si ha pasado por allí, nos habremos visto. — ¡Hum!—Murmuró Avril. —Sí estuve ingresada en Seattle. Fue cuando me rompí la rodilla en una convención de cheerleaders. Tuvieron que llevarme de urgencia a aquel hospital. Es una lastima que si nos hubiésemos visto, no pueda recordarle. Sé que han pasado muchas pacientes por sus manos y no se acuerde de mí, pero estoy segura que yo sí le recordaría. Por alguna razón, el doctor tenía ganas de cambiar de tema, y se volvió a fijar en los cortes de Avril. —No me gusta demasiado las heridas de la cabeza—observó. —Primero se las desinfectaré y coseré. Después tendrá que pasar por la sala de rayos para hacer un par de radiografías. Me temo, señorita Summers, que tendrá que pasar la noche aquí. Oí un suspiro resignado por parte de Avril, y ésta, girando la cabeza, me encontró medio escondido en la puerta. Hizo el amago de sonreírme, pero sus ojos marrones estaban abiertos y en alerta, y en ellos vi un brillo que imploraba mi presencia en aquella sala de torturas. Hice un gesto para preguntarle si quería que entrase con ella. —Por favor—me suplicó en un susurro. —Señorita Summer, dígale a su novio que no sea tímido y que pase a la sala—le dijo el doctor Cullen divertido. —No creo que sea demasiado melindroso con la sangre, sobre todo si quiere ser un buen médico, ¿verdad, señor Newman? Sorprendido, entré en aquella sala y vi al doctor, con su traje verde de cirugía y los guantes, con una sonrisa divertida en los labios, aunque el punto negro de los ojos nunca se acababa de ir. Me pidió cordialmente que agarrase la mano de Avril mientras la ponía la anestesia y empezaba a zurcir la piel de su cabeza. Aprensiva, Avril apretó más fuerte la mano. Tiritó e intentó apartarse, pero el doctor había conseguido — ¿Le estoy haciendo daño?—Preguntó sin dejar de coser. —No. Sólo que tiene las manos muy frías—protestó levemente. —Lo siento—se disculpó sin énfasis. Tal vez, intentaba ser frío y bastante distante con las personas, pero tenía que admitir que admiraba la clase de médico que era el doctor Cullen. Sin ser demasiado delicado, estaba realizando un trabajo perfecto con Avril. Si tenía suerte, no le quedaría cicatriz. Aun concentrándose en su trabajo, estaba dando instrucciones a la enfermera y hablando tranquilamente conmigo. —El mundo es un pañuelo, señor Newman. Pero no sé por qué me extrañaba verle por aquí en un día como hoy. Espero que lo haya disfrutado. Mañana va a tener un día muy largo en hematología. —Déjeme adivinar—bromeé. —Nos va a poner un examen sorpresa. Carraspeó levemente y escondió una sonrisa burlona. —Si se lo dijese ya no sería sorpresa—me devolvió la broma. —Pero espero que se haya estudiado la lección cuatro muy bien. Puede ser muy importante para sacar una buena nota en ese supuesto examen sorpresa. Avril, haciendo esfuerzos para superar su momento de tortura, alzó una ceja para preguntarme si nos conocíamos de algo. —Es el profesor de hematología—enmarqué cada palabra con intención.


Aquella mañana ella y sus amigas estaban muy interesadas en verle y esperaba que se sintiese halagada con el hecho de que aquel hermosísimo médico la estuviese curando. Por lo tanto, me sorprendió que Avril se mostrase de alguna manera, tranquila, ante la presencia del doctor. Recordé que había dicho que podría conocerle, pero, rápidamente, el doctor Cullen le había quitado aquella idea de la cabeza. No creí que Avril, después de la cura, fuese a coger el teléfono y llamar a todas sus amigas para decirle quien la había curado, pero esperaba que, por lo menos, perdiese la compostura y se ruborizase ante él. Lo más sensato era pensar que se encontraba medio atontada por efecto de la anestesia y aprensiva por la aguja en su piel y no pensase en otra cosa. Impasible, el doctor me preguntaba conceptos que podrían caer en un supuesto examen. —Supongo que mañana aparecerá para ponérnoslo. —Arqueé una ceja. —Recuerdo que esta mañana ha dejado a muchas personas defraudadas por no acudir al seminario. Se mordió el labio como tic. —Siento mucho que el decano no informase de mi ausencia, pero había requerimientos de carácter personal que me imposibilitaban ir al trabajo. Prometo dar mi seminario para no defraudar a mi público—comentó irónicamente. Sabía a la perfección lo popular que era entre el alumnado femenino. Sin embargo, no parecía que eso le importase. Terminó de coser las heridas de Avril y, después de limpiarlas, dio instrucciones a la enfermera para llevarla a rayos. —Quiero una AP craneal y dos laterales (1): Izquierda y derecha. La sala número siete. Firmó un parte y se lo entregó a la enfermera que ya estaba preparando a Avril para dirigirse aquella sala. . . . La enfermera de rayos me informó que tardaría una media hora con Avril. Me ordenó que fuese a tomar algo a la cafetería. Estaba preocupada por el tono malváceo que estaba adquiriendo mis ojeras. —Me consta que eres un chico muy joven. Necesitas tomarte las cosas con más calma—me estaba aconsejando de manera maternal, como lo hacía las verdaderas profesionales que veían en cada paciente un hijo. —Tomate un chocolate caliente para descansar un poco. Miré el reloj, y teniendo en cuenta, que en menos de cuatro horas tendría que estar en pie para ir a las clases, me decidí por un café bastante cargado. Me dirigí a la barra, donde una malhumorada y somnolienta camarera, me tomaba la nota y ponía en marcha la maquina de café. Hizo un ruido infernal y el olor que salía de allí se podía considerar de todo menos el apetitoso del café. La enfermera me había llamado la atención por mis ojeras, pero al lado de las del doctor Cullen eran unas simples manchas violáceas. No sabía por qué, pero me gustaba el doctor Cullen. Y no sólo se trataba de su profesionalidad y de lo mucho que me gustaría ser como él cuando estuviese trabajando. Se mantenía distante, a pesar de ser atento con sus pacientes, pero tenía la intuición que él mismo se había construido una muralla sobre sí mismo para evitar el sufrimiento que le había golpeado.


Sin embargo, había algo en su naturaleza que me permitía sentirme confiado y seguro con él. Apenas había cruzado alguna palabra con él fuera de clase y me transmitía más certeza que cualquier persona que hubiese conocido aparte de Jim. Pedí otro café sin fijarme en la cara de pocos amigos que me dedicaba la camarera y, una vez servidos para llevar, los cogí para llevármelos a los despachos médicos. El doctor Cullen se encontraba en su despacho rellenando unos informes, pero, al notar mi presencia, alzó su cabeza y se permitió una sonrisa con cierto punto de curiosidad en sus ojos. Le ofrecí el café ignorando la sonrisa burlona que no sabía interpretar y, al final, acabó accediendo a mi invitación dejando que me sentase a su lado. —Doctor, si pretende estar toda la noche sin dormir, lo mejor será que se tome esto para seguir con su guardia. —Lo olisqué y me eché para atrás. —Aunque podría ser un magnifico laxante patentado en el hospital… ¡Puaj! —Cierto—coincidió. —No tiene el agradable olor que se dan en las cafeterías. Me atreví a darle un sorbo al café. ¡Hum!...No sabía tan mal como se estaba preveía. Tal vez un poco aguado. Me fije en los rasgos del doctor mientras éste daba vueltas al café con la cuchara. Comparado conmigo, sus ojeras eran demasiado oscuras incluso para una persona que estaba acostumbrada a hacer guardias varias noches. —Trabaja en la universidad dando muchísimas clases, tiene tiempo para dar seminarios y, para echarse más peso en sus espaldas, hace noches en el hospital, ¿cuándo duerme? Sonrió sarcásticamente guardándose para sí cierta broma privada. —Si echo cuentas te diría que nunca duermo. —Su sonrisa desapareció al mismo tiempo que el brillo de su mirada. —Dormir, no creo que sea bueno para mí. No puedo permitirme un minuto de descanso o los fantasmas volverán a acecharme y no lo soportaría. Necesito estar todo el tiempo concentrado en miles de cosas para no tener que pensar. Sólo una milésima y los fantasmas aparecerán para susurrarme y todos mis esfuerzos por mantenerme integro desaparecerán. Por primera vez, desde que nos conocíamos, se había demostrado increíblemente vulnerable. Me hubiera gustado saber si se sentía atormentado por haber visto morir a un paciente sin poder hacer nada por salvarle. Sin embargo, quiso cambiar de tema y me preguntó directamente: —Hay una cosa que no entiendo, Hayden. Eres uno de los herederos más ricos de este país y vivirías bien sin trabajar. Incluso, podrías trabajar en las empresas de tu padre. Sin embargo, has elegido estudiar una carrera que en la que no ganarás tanto dinero y estarás trabajando muy duramente. ¿Por qué has elegido medicina? Había sido demasiado directo. No sabía que me había sorprendido más; el que me hubiese llamado por mi nombre, o que me hiciese aquella pregunta a bocajarro. No era nada sencilla, por mucho que la hubiese ensayado para mis adentros, nunca se sabía las verdaderas razones. Aunque, podría tratarse que nadie me había preguntado nada de eso. Todos daban por hecho que me conocían y como hacía las cosas. Y hablar así con el doctor Cullen era despojarme de todo y arrojarme al lago un día de invierno. Intenté concentrarme en que la respuesta fuese lo más sincera posible. —Mis padres me han dado una educación excelente en los internados de Europa y Estados Unidos. El sentimiento que más me une a ellos es el agradecimiento. Cierto, que nunca me ha faltado de nada y sólo tenía que pedir para que se me concediese. Aún así, me prometí a mí mismo ser dueño de cada uno de los actos. Siempre he sentido que tenía que ser médico por vocación. Se me ha


concedido mucho, y por eso tengo el deber de dar lo mismo a los demás. Es una profesión dura, pero sé que seré capaz de hacerla si consigo mi objetivo. Mientras estaba hablando, observé el rostro impasible del doctor. Algo había cambiado. Los gestos de la cara seguían iguales, pero sus ojos se habían aclarado hasta adquirir un precioso brillo dorado. De alguna manera estaba enfocando éstos mirándome hipnóticamente, como si intentase ver más profundamente de mí. Como si me reconociese después de un largo tiempo y fuese completamente irreal. Parpadeó, confuso, un par de veces convenciéndose a sí mismo que algo no podía ser posible. No pude preguntarle que ocurría. Esa pregunta se acababa por resistirse. En su lugar, empecé a echarle el rollo cósmico que Jim me había estado contando aquella tarde. Bueno, Jim siempre asociaba cada acontecimiento, —incluso quedarse sin gasolina en medio de la autopista un lunes por la mañana—, con el karma. — ¿Karma?—Enarcó una ceja incrédulo. Me encogí de hombros. ¿Cómo lo describiría Jim? ¿Por qué Jim tenía que hacer aquella extraña mezclas de religiones y el karma tenía que encajar en todas? Y la pregunta más importante: ¿Cómo podía creerse Jim tanto cuento cósmico? —El karma es una especie de energía que dejan tus acciones realizadas. Si has hecho buenas acciones, se convertirá en energía positiva y si no, en energía negativa. — ¿Para qué sirve lo de la energía negativa y positiva? —Según mi mejor amigo para obtener bonificación extra en una vida futura. A Jim le estarían pitando los oídos en aquel momento, me apostaba mis ahorros. — ¿Vida futura?—Sus hombros se sacudieron levemente por una carcajada algo sarcástica. —Es un buen concepto para quien quiera creer en algo más. — ¿No crees en nada?—No lo creía viendo de él. Tal vez, había preconcebido una falsa idea sobre su manera de ser, pero estaba seguro que había pasado por alguna terrible experiencia que había destruido todos los cimentos de su fe. — ¿Dios? ¿Yahveh? ¿Buda? ¿El arquitecto del Universo? Lo negó todo. —No se trata de creer. En realidad, no quiero creer en nada. Me es mucho más fácil de digerir que todo se acaba en esta existencia, y lo deseo con todas mis fuerzas. El haber otra vida después significaría asumir las consecuencias que realizas mientras estás vivo. Y hay personas que no podrían descansar nunca. Sus pecados son tan graves que no pueden ser tan fácilmente perdonados. No hay Ser Supremo lo suficientemente misericordioso para perdonar ciertos límites. Su voz sonaba neutra y bastante impersonal, incluso cada uno de los músculos de su cara se movían en pos las tranquilas palabras que emitían. Los ojos mostraban algo distinto. Una gama de sentimientos que iban desde la furia hasta la pena más devastadora, pasando por el más atroz de los sufrimientos, lograban el efecto de herir algo muy profundo de mí. Casi podía sentirme identificado con sus palabras. Pero hablaba más por resentimiento que por pensarlo de verdad. No dejaba de mirarme fijamente hasta el punto de sentir toda la fuerza de sus sentimientos sobre mí. Admití que algo me recorría la espalda y me dejaba completamente desconcertado. Después hizo un movimiento con la cabeza, rompiendo todo contacto visual y me habló en voz baja.


—Lo siento—se disculpó: —Creo que he hablado más de la cuenta. Últimamente, no lo hago demasiado. No es que tenga mucha gente con quien hacerlo. —No me importa ni me molesta que hable más de la cuenta—le animé. Se pasó los dedos mesándose el cabello, volviéndome a mirar penetrantemente como si me tratase de un enigma que quería resolver. —Creo que los fantasmas tienen más poder sobre nuestra mente que el queremos otorgarle realmente—me dijo de forma criptica. —Antes, cuando has estado hablando, me has recordado a alguien. Una persona que fue increíblemente especial para mí…—Se encogió de hombros como si aquello fuese una tontería. —Por supuesto, no eres él, te das cierto aire físico, tienes algunos tics nerviosos que solía tener. Incluso cuando te he preguntado por qué querías ser médico, sólo me ha faltado cerrar los ojos y creer que, por un momento, había vuelto. Suspiró pesadamente y continuó: —Se trataba de mi mejor amigo, mi hermano y mi hijo. Cuando le conocí, todo lo que había sido mi existencia dio un giro de ciento ochenta grados. Y ahora que no está, también ha girado, sólo que todo ha sido trastocado de tal forma que no volverá a ser lo mismo. Supongo que en los últimos momentos, cualquier cosa que estuviese relacionada conmigo o su familia dejó de pesar como posibilidad. No hacía falta que me contase nada más. Podía prever aquel final sin conocer los detalles ni el argumento de la película. Era un disparate, profesionalmente hablando, involucrarse personalmente con algún paciente, pero se trataba de un pecado que todos nosotros acabaríamos cometiendo a lo largo de nuestra vida laboral. Dejar un lado nuestra humanidad se hacía realmente difícil. Sólo que, también, las circunstancias se podían volver adversas y pasarme como el doctor Cullen y estar huyendo toda mi vida para que no me alcanzasen los fantasmas del pasado. Me hubiese gustado decirle que no tenía la culpa y no podía controlar lo que se pasaba por la mente de un potencial suicida. Antes de pronunciar una sola palabra, el molesto sonido del buscador interrumpió la conversación. Las facciones del doctor se relajaron al mirarlo y concentrarse en la urgencia que tocaba. Había tocado un tema peliagudo con un completo desconocido y estaba comprendiendo que se le estaba escapando de las manos. Se levantó del asiento mucho más rápido de lo que hubiese parpadeando y se dirigió rápidamente hacia la puerta. —Su novia ya ha salido de la sala de rayos. Se encuentra descansando en la habitación ciento cincuenta, en la primera planta. Me invitó a salir del despacho y dirigirme a la habitación donde se encontraba Avril. El café se encontraba tal como lo había traído. No había bebido nada. Le alcancé cuando se encontraba en el ascensor, me vio y dedicó un gesto para subir con él en el ascensor. Todo en silencio. Por suerte, nadie subía con nosotros cuando, normalmente, se encontraba concurrido de médicos, enfermeras y visitantes susurrando cada uno de sus problemas. Por eso me encontraba bastante incomodo con el silencio que nos habíamos impuesto entre los dos. No quise romperlo, por lo que me limité a apoyar todo el peso de mi cuerpo en una esquina. Justo antes de llegar a la planta, se me ocurrió algo. — ¿Por qué supone que la chica y yo somos novios? He podido ser alguien que la había encontrado y hacerle el favor de acercarle al hospital. Se volvió para examinarme con aquellos penetrantes ojos.


—Reconozco la mirada que le dedicas cada vez que estás con ella—me dijo con seguridad. —La he visto antes y eso me dice que estás completa e irrevocablemente enamorado de ella. Carraspeé para aguantar una carcajada y salí del ascensor caminando deprisa sin detenerme a ver si el doctor me estaba siguiendo. Pronto mi sonrisa desapareció de mis labios al encontrarme sentada en un banco a la misteriosa chica que me había ayudado aquella noche. Ella ya me había visto y me dedicó una sonrisa radiante, lo que me incapacitó la maniobra de escabullirme sin que me viese. De alguna manera, adivinó lo que se me pasaba por la cabeza y puso los ojos en blanco. —Te permito una tregua por lo que queda de noche—me concedió. —De todas maneras, no era contigo con quien tengo que hablar. De momento. — ¿Alice?—A mi espalda la voz del doctor Cullen sonaba apurada. —Se supone que te encontrabas con Jasper. Al contrario que el doctor, la voz de la chica—Alice—sonaba tranquila. —Se encuentra rastreando la zona—explicó como si se tratase de la cosa más normal del mundo. Después, desapareció su tono jovial y se puso seria: —Debemos hablar, Carlisle. Éste se negó haciéndole observar la hora. —Deberías saber que estoy en mi guardia y ahora mismo es la hora punta. Creo que no puedo escaparme un solo instante. —Sí que puedes—le contrarió. —Es bastante urgente, de lo contrario, nunca te hubiese molestado de no tratarse de algo tan importante. Suspiró, rendido, como si no le quedase otra opción que hacer lo que le indicaba la chica. —Espérame en mi despacho en diez minutos—concedió. Y como si acabase de percatarse de mi presencia, observó atentamente a Alice para volver a observarme a mí de manera significativa. Lo cual no acabó de gustarme la intención de su mirada. —Parece que os conocéis—intentó sonar indiferente, pero, por el rabillo del ojo, vi como apretaba el puño. — ¿Ya os habíais visto antes? —Sí—contesté por ella. —Nos hemos encontrado en algunas ocasiones. De hecho, esta noche ella y su novio se encontraban en mi fiesta y le estoy muy agradecido por eso. Ella fue quien me avisó de lo ocurrido con mi amiga y me mostró la forma de encontrarla. Por la manera en que sus ojos se empezaron a oscurecerse, muy al contrario de la pétrea expresión de su rostro, me arrepentí de haber hablado más de la cuenta. —Mostrar—enfatizó esa palabra. Se había dado cuenta que yo estaba enterado del don de la chica y, por la forma de apretar el puño, me dio a entender que no le gustaba en absoluto que estuviese dentro del secreto. Mi nueva amiga sólo suspiró pesadamente dando la sensación de encontrarse muy aburrida. Bufó cuando el doctor la ordenó ir al despacho inmediatamente. —La enfermera le llevará hasta donde se encuentra la señorita Summers—me informó fríamente. —Señor Newman. Se giró, dándome la espalda, y andando muy deprisa. Más de lo que yo podía imaginar para un humano. Ya no quedaban restos de confidencialidad entre nosotros. —Lo siento—me lamenté al mirar a Alice. —No era mi intención meterte en ningún lio. No pareció importarle ya que se volvió a mostrar tan jovial como siempre.


—No te preocupes—me aseguró. —De todas formas, me iba a ganar una bronca en diez minutos. No creo que le haga muy feliz lo que ha pasado esta noche. Borró su sonrisa y añadió con preocupación. —A partir de esta noche, tendré que cuidar de ti por partida doble. Puedes estar en apuros. Moví la cabeza negativamente. —Creo que tú estás metida en un lio muy gordo en este mismo instante. Soltó una carcajada. — ¿Carlisle?—Resopló. —No me preocupo por él. Sólo está algo ofuscado pero abrirá los ojos y entonces lo comprenderá todo. Como tú. Me dedicó un giño y se desplazó por los pasillos con la misma agilidad que una gacela. . . . Cuando llegué a la habitación, Avril se encontraba profundamente dormida a pesar de todas sus maldiciones por tener que hacerlo en el hospital. Seguramente, toda esa dosis de anestésicos y calmantes había podido con ella y se había rendido. Con ella todo era extraño y familiar. Juraría que nunca me había encontrado en la habitación de un hospital, vigilando su sueño, pero mi cerebro sí reflejaba haber estado en la misma situación con el ruido de las maquinas de fondo y en la misma posición de protección. La mente podía jugar muy malas pasadas. Ahora mismo, ella no me necesitaba, por lo que tenía más libertad de moverme. Tenía la garganta reseca y necesitaba un botellín de agua. La voz de Avril, en sueños, me hizo cambiar de planes. Por un momento, había parecido que me estaba llamando, y como si me hubiesen golpeado, me volví para observarla. Inquieta, se revoloteó con las sabanas hasta encontrar una postura adecuada, y en sueños susurró un nombre: —Edward. Me decepcioné cuando no oí mi nombre saliendo de sus labios. Y una punzada de celos me aguijonó el pecho. Pero era yo el que estaba en la habitación y no el tal Edward. Con cuidado, acerqué mi mano hasta la suya, recorriendo los dedos. Me asombré de la sensación de calidez que transmitía su piel. A su lado, yo parecía meter las manos en el hielo. Inconscientemente, apretó sus dedos con los míos. Aquello lo interpretó como una señal, ya que se empezó a abrir pesadamente los ojos, me miró adormilada y se permitió dedicarme una sonrisa. —Jodidas drogas de hospital—protestó aún con la voz pastosa. —Paso de ser un vampiro a una de mierda zombie. Ni siquiera he dormido tanto. Me reí ante sus incoherencias. —Yo diría que te aún estás dormida—me burlé. —No, no, no. Yo no puedo dormir sin mi nana—continuó mascullando tonterías. —Necesito mi nana para dormir. — ¿Tengo que cantarte una nana?


—Es enserio. Alguien me tocaba una nana a piano y todas las noches la escuchaba hasta quedarme dormida. No se trataba ni de June, ni ninguno de mis amigos. Tampoco era Jacob ni los hombres de La Push… —Me temo que no puedo ayudarte con eso—lamenté. —No sé tocar el piano. Sólo emitió un pesado suspiro. —No te preocupes. Supongo que sólo estaba soñando. —Me apretó con más fuerza la mano y me pidió al borde de la duermevela. —Por favor, quédate conmigo y no te vayas. Y volvió a quedarse dormida. Y me hubiera encantado verla dormir y escucharla hablar en sus sueños. Lastima que una visita inoportuna rompió el momento. Se trataba de Richard, a quien no le hizo ninguna ilusión verme al lado de Avril. Nos miramos torvamente antes de dedicarnos unas palabras. —Su amiga Nika me avisó de lo que había pasado y he venido en cuanto he podido—me informó petulante. —Está dormida. —Me puse el dedo en los labios para indicarle silencio. —Dentro de tres horas el médico le dará el alta. —Entonces será mejor que vayas a dormir un poco antes de volver a tus quehaceres, Newman—me ordenó casi de mala gana. —No tengo otra prioridad que quedarme con ella hasta que le den el alta. —Si no fuera por tus amigos y vuestras fiestas de niños ricos, ella no se encontraría aquí—me acusó. —Creo que ya has hecho mucho más de lo que se esperaba de alguien de tu status. Y si ahora no te importa, tengo que estar con mi novia. —Me señaló la puerta, indicándome que me largase. Justo, en aquel instante, una enfermera pasaba a hacer su ronda y previno que podría haber problemas con nosotros. Nos preguntó que era lo que pasaba y Richard, como siempre, habló primero y sin considerar las opiniones ajenas. —Mi novia—señaló a Avril, —ha sufrido un accidente y he venido a estar con ella. La enfermera parpadeó confusa mirándome, esperando que le explicase el error. Seguramente, pensaría erróneamente que estaba con ella. Al no contradecir a Richard, comprendió que tenía razón y nos indicó que uno de los dos tendría que irse de allí. —Lo siento, pero la política del hospital es que sólo una persona se quede con la paciente a pasar la noche. A regañadientes, cedí, dejando que Richard se llevase aquella victoria. —De todas formas, necesito una ducha y un café en condiciones para soportar el día que nos viene encima. Me despedí mentalmente de Avril, con todo el pesar de no cumplir con mi promesa de quedarme, y salí de aquella habitación. Sólo cuando salí del hospital el cansancio hizo mella en mí, me dolía cada fibra de músculo y mis parpados amenazaban con cerrarse. Estaba amaneciendo pero no me ayudaba demasiado a mantenerme despierto. Anunciaba un día nublado, muy típico de día de difuntos. Muy mala señal, ya podía despedirme del sol en Chicago durante los próximos tres meses de invierno. Reconocí el coche aparcado en la puerta del hospital. Intenté ocultar una mueca de disgusto; aún tenía que agradecer no estar obligado a conducir con mi estado. Jim y Nika aún deberían estar en la casa ocupándose de los restos de la fiesta. Una Lydia, ya vestida normal y bastante arreglada para la temprana hora, me esperaba en la puerta del coche mientras se miraba las uñas.


Las comparaciones eran odiosas, y, cuanto más pensaba en Avril y su sencilla belleza, más me pesaban los pies para reunirme con ella. Aún así, no rechacé su beso en los labios cuando ésta hizo se apresuró a darme de manera pasional. Yo, sin embargo, destilaba toda la frialdad que nuestra relación me inspiraba. Y por primera vez, ella fue consciente, — o por lo menos la primera vez que me lo demostraba—, ya que chasqueó molesta la lengua fastidiada. Pero no podía pretender que olvidase su relación con Royce o la gran discusión que habíamos en el transcurso de la fiesta. Enfadada, dio un portazo al montarse en el coche, y la imité sin decir una sola palabra. Y en silencio arrancó el coche y empezó a conducir concentrándose en la carretera. No iba a ser yo quien cortase la tensión. Si todo se iba a reducir a portadas de revistas y espacios rellenados de silencio, me preguntaba por qué no reunía la suficiente valentía para acabar con esta farsa. La propia Lydia fue quien quebró el hilo de mis pensamientos, dirigiéndome la palabra. — ¿Sabes por qué acudí a los brazos de Royce? La miré como si no la conociese. Lydia no era una de las personas que esperase sorprenderme. De hecho, se trataba de la última de mi lista. —No—repuse con pocas ganas de jugar. —Supongo que se tratará de una compatibilidad de PH. El de tu vagina y el semen de Royce. Golpeó nerviosa el volante del coche con los dedos. —No puedo soportar la mirada que dedicas a esa chica de pueblo y la sonrisa con la que te corresponde. Y cuando me miras a mí, no es ni la cuarta parte de radiante que cuando ella se encuentra en la habitación. No es justo, Hayden. . . . (1) AP: Antero- posterior. Las radiografías se marcan según la postura anatómica.


ghosts  

capitulo doce de underneath

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