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Delirium

—…Bella…—Su voz parecía perderse en el aire—…Espero que te queden fuerzas aun—Se burló—…Tenemos que hacer esto de nuevo en el sofá. No podemos dejar a la pobre Alice mal…—Se rió. — ¡Ah!—Mi experiencia física con el cenit del placer, o lo que normalmente se llamaba orgasmo, me azotaba en estos momentos. Un último flash de la cámara saltó. . . . Deslumbrada por el flash, no fui consciente de cómo Edward rodeaba mi cintura y me estrechaba contra su duro cuerpo. Y antes de notar la presión que ejercía sobre mí, me vi propulsada en el aire, cayendo sobre mi espalda en los cojines y debajo de su cuerpo. Aún sin aliento, no pude increpar a Edward, que reía entre dientes. Luego, suavizó sus facciones y alargó su mano para alcanzar mi rostro y dedicarme una tenue caricia con sus sedosos dedos, remarcando las líneas de mi cara. Sus yemas, al contacto con mi piel sudorosa, no me parecían tan frías como en las otras ocasiones, incluso mi cuerpo sólo prolongó su estado de placer, sintiendo como una corriente eléctrica le sacudía de forma completamente deliciosa. Una sacudida atormentó mi pecho, y Edward debió notar un cambio de temperatura de mi sangre, ya que sus labios se curvaron en una sonrisa lasciva llena de miles de intenciones, no demasiado caballerescas. Deslizó una mano por debajo de mi espalda, y lentamente, fue bajando ésta hasta hacerse un hueco entre mis nalgas, y dándole un pequeño azote, mi cuerpo reaccionó, dando un pequeño respingo, acercándome más peligrosamente al suyo. Mis piernas se abrieron para atrapar sus caderas y apreté con fuerza como si éstas se tratasen de una jaula. Me mordí los labios para no emitir un fuerte gemido al apreciar el contraste de texturas y temperaturas entre mi húmeda y ardiente intimidad y su duro y frío miembro, más que disponible para una nueva unión. Divertido y excitado, acercó sus labios a mi oído y me susurró con la voz entrecortada por su estado de posesión por la lujuria: —Creo que la física y la química son sabias. Hace que los elementos opuestos se atraigan y produzcan un estallido al juntarse. Veamos si esto es aplicable con los vampiros y cazavampiros. Y sin darme un momento de tregua, me penetró rápida y crudamente. Mi garganta empezó a rasparme debido al gemido que lancé y mis pulmones empezaban a quemarme por la falta de oxigeno en mi cuerpo. Sin embargo, Edward no parecía muy preocupado por eso, más bien divertido y excitado ante los nuevos retos que nuestra relación estaba adquiriendo. —Mi pequeña cazavampiros—me jadeó al oído burlonamente aun con cierto tono de posesión. Me chupaba el lóbulo de mi oreja y empezaba a recorrer la línea de mi mentón hasta toda la longitud de mi cuello sin que el ritmo de sus embestidas refrenase. Justamente lo contrario.

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A medida que todo se aceleraba, mi consciencia fue enterrada bajo un manto de hedonismo donde mis ojos se nublaban y mi nariz se dilataba con el olor a sexo, sudor y cuero del sofá. Mis piernas se resbalaban de sus caderas por la viscosidad que había adquirido su cuerpo a consecuencia del sudor. Me sentí aún más desnuda cuando Edward quitó sus manos de mi cadera y extendió sus brazos hacia el posabrazos del sofá, a la par que sus embestidas ganaban en velocidad y vigor. Tal vez fuese una alucinación, pero entre gemido y jadeo, me pareció oír como se quebraba la madera de éste. No había un ápice de ternura en aquella unión; sólo un fuego que sólo se apaciguaría dejándonos llevar por los instintos más primarios. Me cansé de ser la parte pasiva en todo aquel proceso, e impulsando con las fuerzas que me quedaban en las piernas, conseguí darnos la vuelta, quedando encima del cuerpo de Edward. Me erguí quedando a horcajadas sobre sus caderas, notando plenamente cada pliego de su miembro enterrado profundamente en mi sexo. Para coger impulso, posé mis manos sobre sus hombros, y a medida que la intensidad de nuestro nexo me producía calambres que recorrían mi vientre, iba ejerciendo más presión en su dura piel con las palmas de mis manos. E impulsando más fuerte, Edward me ayudó, colocando sus manos sobre mis caderas. La nieblilla iba nublando mi vista a medida que los calambres iban recorriendo todo mi cuerpo, aunque tuve la gloriosa visión de Edward con los ojos cerrados, entregado completamente al placer, jadeando mi nombre como si fuese una oración. Volviéndome atrevida, una de mis manos fue escurriéndose por cada línea de su fibroso cuerpo hasta llegar a sus testículos, los cuales, empecé a acariciar, haciéndome a su textura y tersura. Y de forma traviesa, mis dedos adquirieron forma de pinza y los estruje levemente. Lo que no me podía esperar era la reacción de Edward, que rápidamente, volvió a cambiar los papeles, y rodó hasta dejarme debajo de su cuerpo. Lo hizo de manera tan rápida que no me percaté hasta que noté la ausencia de aire en mis pulmones y la sonrisa peligrosa de Edward en su rostro. Acercó sus labios a mi cuello y lo sujetó con sus manos, presionándolo brevemente. Cerca de una vena de éste, sentí algo punzante en mi piel que no llegaba a perforarla del todo. Me estremecí, no sabía si de terror o de placer, y mi interior se fue estrechando hasta llegar al clímax. Al notar el gran suspiro de Edward en mi piel y sentir el cosquilleo que su aliento exhalaba, comprendí que él también había llegado. Después, plegó sus colmillos de nuevo, lamió el hueco de mi cuello y se echó a reír. Recuperando las fuerzas, le di un cachete en el trasero. —Vampiro travieso—fingí reñirle. Apoyando su cabeza en el hueco de mis senos, permaneció tranquilo aunque con la respiración irregular. —Te gusta jugar con fuego, encanto—se burló aunque había un deje en su voz que me indicaba que estaba preocupado. Le acaricié su pelo sudoroso—por mi sudor—enredando un mechón entre mis dedos. —Siempre me has dicho que no hago más que tocarte los huevos—le recordé con voz tenue. —Nunca llegaste a pensar que fuese tan literal, ¿no es así? Por fin levantó la vista para observar mi rostro y sus ojos oscuros reflejaba aquel simulacro de sonrisa triste que me estaba dedicando. Acercó sus labios a los míos de manera delicada y me dio un pequeño pico. —Intenta ser buena y no meterte en líos. Asentí con la cabeza. —Los días que esté fuera de esta casa se me van a hacer eternos—se lamentó. Luego, volvió a sonreír de forma traviesa y me dijo divertido: —Nuestro pequeño delirio ha hecho feliz a Alice. Ahora estará una semana pavoneándose que ella nunca se equivoca. Pasó su mano por el cuero del posabrazos del sofá.

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Delirium