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Cinco

Aún en mi situación el tener un compañero de cuarto era una completa desventaja, tenía que admitir que no hablar con nadie era desesperante. No me consideraba una persona muy habladora, pero el tener dos hermanas viviendo contigo, me había acostumbrado a no tener un solo minuto de silencio. En aquel instante, hubiese dado cualquier cosa por tener a alguien a mi lado. Lo peor de todo era que, gracias a Jasper y Emmett, me había condenado al ostracismo por su dichosa manía de convertirme en gay. No había una cosa más desagradable para un hombre que su compañero de cuarto pudiese tirarle los tejos. Por mucho que se les llenase la boca de hablar sobre tolerancia. ¡Vale! La idea de ser Heath había sido completamente mía y sólo mía, y sin un plan concreto de lo que pretendía. ¿Era recuperar a Jacob y seguir con nuestros planes? ¿De verdad era tan estúpida para pretender que las cosas volviesen como habían sido antes? No había más que ver la cara de Jacob para ver como le había encantado aquella bruja pelirroja con un pedrusco en el dedo… …¡Basta, basta, basta! Me masajeé las sienes intentando que llegase sangre a mi cerebro y comí unas golosinas que Alice me había traído. Por suerte, me había traído conmigo el portátil y, con un poco de suerte, Bree se encontraría al otro lado de la línea. Charlaría con ella hasta que me entrase el sueño. Pero aquel día, Bree había decidido tomarse un descanso y no se encontraba en línea. ¿Por qué había elegido aquel día para hacerme caso y no coger el ordenador? Pero sí había estado navegando hasta hace poco. Me había dejado un correo. Al abrirlo puse los ojos en blanco. Se trataba de un anuncio de ofertas de muñecos hinchables para disfrute personal y sexual. — ¡Bree!—Bufé. Sólo tenía veinticuatro años y sentía como cada uno de esos años me pesaban al cuerpo. Estaba completamente acabada como mujer activa sexualmente. Podría ser una exageración pero los bajos niveles de azúcar en mi sangre y la depresión que arrastraba me llevaban a sentirme una completa ruina. Volví a fijarme en aquel anuncio de sex-shop, analizando cada detalle. ¿Podría ser que Dios hablase por medio de Bree? ¿Me estaba dando la señal que tanto estaba pidiendo? Arrugué la nariz y volví mis ojos hacia el techo. —¡Oh, venga ya! ¿Esto es lo mejor que puedes hacer? Se supone que eres todo poderoso. Luego te extrañará que haya tanto ateo por el mundo. No se trata de decirte como hacer tu trabajo, pero me imaginaba algo más impresionante. Un escalofrío recorrió mi espalda. Nunca había sido supersticiosa pero tenía la sensación que me había pasado de la raya con algo que desconocía por completo. Comí otra golosina previniendo mis bajadas de ánimo junto a las de glucosa. Luego me reí de lo tonta que era. Estaba tan desesperada que me ponía a hablar hasta con el techo. Rezar era como poner los dientes debajo de la almohada para que viniese el hada de los dientes a llevárselos. Una prominente luz rompió la oscuridad del cielo de Seattle, acompañada de un fortísimo ruido, que me hicieron quedarme paralizada de la impresión. Cuando pude recuperar parte del movimiento, me metí rápidamente en la cama, cubriéndome hasta las orejas con la colcha. Después de un par de relámpagos con sus respectivos truenos, logré tranquilizarme en parte. Se trataba de una tormenta bastante fuerte. En Forks también las había. Desde mi más tierna infancia las había tenido miedo, pero, desde que tenía uso de razón, Jacob siempre encontraba la manera de tranquilizarme cuando caía una. Como él ya no iba a estar a mi lado, tendría que enfrentarme completamente sola a ello. Me aovillé abrazando mis piernas e introduciendo mi cara en las rodillas. Estaba temblando de frío y de miedo. ¿Sería otra señal? —Mucho ruido y pocas nueces—mascullé entre dientes. ¡Otra vez hablando con Dios! Intuía una noche muy larga. . . . Con aquel traje de cuero negro, mis botas de caña alta con sus tacones de aguja, mi correa y látigo en mano, me sentía la reina del mundo.


Pero la mayor satisfacción residía en llevar atado a un sumiso Jake—también vestido de cuero—caminando a cuatro patas como un perro y cara de completa adoración por mí. Levantó una de las piernas como si fuese a mear. Mi látigo le fustigó el culo dos veces. — ¡Jake, eres un perro malo!—Le regañé. — ¿Cuántas veces te he dicho que debes mear en el water como las personas? Le volví a dar un latigazo. — ¡Lo siento, ama!—Se lamentó con… ¿dicha? En su tono de voz.—Sólo quería sentir los latigazos con los que me premias. Soy feliz cuando me fustigas, ¡benévola ama! Le di una patada con todas mis fuerzas. — ¡Escúchame, escoria!—Siseé entre dientes. — ¡No hagas nada que me avergüence o te encerraré en tu casa de perro y te haré comer la comida que sólo un perro como tú merece! ¿Lo has comprendido, saco de pulgas? —¡Sí, mi hermosa ama!—Contestó dócilmente. Empecé a darle azotes hasta que la muñeca me empezó a doler… . . . A pesar de tenerlo todo en contra, debí dormir hasta el amanecer. La escasa luz que se filtraba por la persiana no me decía nada. Tuve que mirar la hora por el reloj para darme cuenta que aún faltaba media hora para empezar la jornada. Se suponía que hoy eran las eliminatorias para formar el equipo de kick boxing. Sólo podían quedar quince. Diez como titulares y cinco de suplentes. Si no encontraba la forma de hablar con Jacob antes, me exponía a que me diesen la mayor paliza de mi vida. Competir contra chicos bien entrenados eran palabras mayores. Además, tenía que ponerme aquel horrible corsé que tanto me oprimía y dejaba sin respiración. Me vestiría rápido e iría a hablar con Jasper. Con un poco de suerte, Alice también estaría allí. No es que Jasper lo tuviese más claro que yo, pero por lo menos, escuchar a otra persona me calmaría un poco. Entrecerré los ojos con extrañeza al fijarme en el cuarto de baño. Por los huecos de la puerta cerrada, vi luz. Creí que la había apagado antes de irme a dormir, pero, tal como estaba mi cabeza, me podrían decir que me había bañado desnuda en una fuente y resultaría cierto. Me levanté para ir al armario y coger algo de ropa. Me tropecé con una maleta que había en el medio. Me extrañé ya que no recordaba tener esa clase de maleta. A medida que me iba acercando me daba cuenta de lo despistada que era. También me había dejado el grifo del lavabo abierto. Tenía la ventaja de no pagar la factura. Abrí la puerta de sopetón. Y tras un minuto de sorpresa inicial—siendo franca, tres minutos—la cerré de sopetón, con los ojos abiertos de par en par y la lengua pegada al paladar. Volví a recordar como se respiraba—inspirar y espirar—y me pegué un fuerte pellizco en el brazo. No podía creerme que la abstinencia sexual me estuviese pasando factura. No había pasado tanto desde la última vez. Por lo tanto, era imposible que estuviese teniendo alucinaciones eróticas matutinas. ¡En ese cuarto de baño no podía haber un hombre completamente desnudo! ¡Un hermoso hombre desnudo! Para asegurarme que él no estaba allí y todo era el fruto de mi subconsciente, volví a abrir la puerta del baño para confirmarlo. De nuevo, tras un vistazo exhaustivo, cerré con violencia completamente convencida que me había vuelto loca. Alcé los ojos al techo y murmuré: —¡Vale! He aprendido la lección. Mandas unas señales muy claras. Pero, ¿no se suponía que la biblia decía algo de no tener pensamientos impuros? ¡Además tenías que mandarme una alucinación muy adánica! — ¿Perdón?—Oí desde detrás de la puerta a mi supuesto sueño. Tenía una voz demasiado masculina para que se tratase de un sueño.—Por favor, ¿me dejas salir? Estás atrancando la puerta. —Perdón—gemí. De dos saltos me aparté de allí y me subí a la cama como si me estuviese quemando. Y la supuesta alucinación salió del cuarto de baño con su impresionante cuerpo de metro noventa, apenas, tapado por una toalla. La uve de sus abdominales se marcaba a la perfección y mis ojos traicioneros se perdían más allá de los límites de aquella maldita toalla. “¡Haz el favor de mirar hacia arriba!”, me ordené haciendo un esfuerzo. —Hola—me saludó amablemente una vez que se aseguró que tenía mi completa atención.


Me ruboricé como si me tratase de una colegiala. Aquel chico—supuestamente salido de mi mente—era completamente perfecto. No había visto rostro mejor perfilado y pelo—que se estaba secando con una toalla— más bonito que el de cualquier modelo de anuncio de champú. “¡Haz el favor de mirar hacia abajo!” Tenía que concentrarme para poder articular alguna frase para que no se hiciese a la idea de ser subnormal, pero mi mente estaba bastante desconectada de mi cuerpo. ¡Maldita sea! ¿Por qué tenía que estar tan completamente…bueno? Mi voluntad para mantener mi plan—bastante estúpido desde el mismo momento de su concepción— hacía más aguas que el Titanic. Aun así, no podía mandarlo todo a la mierda por mis sensibles hormonas. Educadamente, al ver que no decía una sola palabra, empezó a hablar para entablar una conversación: —He llegado por los pelos a la competición y casi pierdo el último autobús a Seattle. Y para colmo, estalló una tormenta que me pilló en todo el medio. Me dieron la llave y me informaron que tenía un compañero. Intenté entrar sin hacer ruido y no despertarte para poder secarme. Pero, al parecer, he hecho más ruido del necesario y te he despertado, lo siento. —No importa—musité sin atrever a mirarle. Carraspeó y continuó hablando viendo que era muy parca en palabras: —He cogido estas toallas para secarme. Espero que no las estuvieses usando tú. —¡No!—Elevé mi voz unas octavas.—No te preocupe por las toallas. Mientras continúen bien puestas no habrá ningún problema para controlar nuestras tentaciones más sucias y… —¿Perdón?—Enarcó una ceja, sorprendido. Me di de bofetadas en mi fuero interno. Si no podía controlar mi lengua durante los cinco minutos que estuviese en su presencia, ¿cómo hacerlo durante un campeonato? La carne era demasiado débil. —Una de las cosas que debes aprender de esta convivencia es que no debes hacerme mucho caso a estas horas de la mañana.—A medida que iba hablando, me fui levantado de la cama y dirigiéndome, muy lentamente, hacia la puerta. Tenía la necesidad de salir huyendo de aquel lugar o no respondería de mí.—Sobre todo cuando tengo la sensación de hablar con Dios y que Él me escucha mandándome señales muy sutiles…¡Olvídalo!... Abrí la puerta y salí de allí como si me estuviese quemando con las llamas del infierno—después de echar un ultimo vistazo por arriba y debajo de aquel cuerpazo, tenía que admitirlo—, corriendo por los pasillos buscando la sabiduría para hablar de hombre a hombre con el único experto que tenía a mano. Llegué a la habitación de Jasper, golpeando la puerta como una histérica. Seguramente estaría molestando a todo el mundo, pero aquello era una urgencia. Una adormilada Alice fue quien me abrió la puerta. No la di tiempo a que se desperezase, ya que la estaba empujando hacia dentro de la habitación. Ésta olía intensamente a algo muy aromático y fuerte. De un portazo, cerré la puerta. — ¡Ey!—Protestó. —Buenos días a ti también. — ¡No hay tiempo para que me regañes! Tengo un problema en la habitación… Se desperezó intentando captar mis caóticas palabras. — ¿Un problema? Asentí. — ¿Y es un problema muy…gordo? —Pues como de unos veintitrés centímetros de largo… ¡Jodida obscena malpensada! Bueno, en realidad no había nada que pensar. Lo había comprobado por mi misma en aquel cuarto de baño. Pestañeó un par de veces, confusa. — ¿Estás completamente neurótica por un bicho que te ha entrado en el cuarto?—Inquirió. Después me dio una palmadita. —Bells, se supone que eres un chico. Puedes darle un buen pisotón sin ayuda de Jasper. Negué compulsivamente. —No se trata de esa clase de bicho. El caso que ayer, en un momento de desesperación, me puse a rezar pidiendo a Dios una señal para ver si intentar acercarme a Jacob era lo correcto… Se masajeó las sienes para intentar averiguar aquel desbarajuste. — ¿Estás poniendo a Dios, rezar y Jacob en una misma oración? Creo que te juntas demasiado con Jasper. Sólo que tenéis que empezar a poneros de acuerdo a quien rezáis. Y hablando del susodicho… —Necesito hablar con Jasper—urgí.


Alice tomó aire. —Está en su hora de reflexión—me informó. —Dudo que te haga caso… Ignorándola, entré en el fondo de la habitación, encontrando a un Jasper completamente concentrado, sentado con las piernas cruzadas dentro de un circulo de velas, fundiéndose con una extraña música estilo new age. El olor que desprendían las velas me molestaban. Aunque Alice cortó el radiocassete, Jasper seguía sin inmutarse en contacto con el cosmos. —Siento interrumpir tu hora de charla con Buda, pero creo que Bella le ha surgido algún problemilla. Jasper soltó un largo suspiro antes de contestar completamente lánguido: —Hablad, hablad, hablad…que no os escucharé. Estoy en mi encuentro con Buda. Mientras yo achacaba a algo que había en las velas para semejante trippie, Alice, más acostumbrada a sus extrañezas, decidió ignorar su estado y le expuso el problema: —Jazz, al parecer Bells tiene un problema. Debido a su depresión, le ha entrado su etapa mística tipo Madonna y se ha puesto a hablar con Dios. Y al parecer, Dios le ha mandado una señal de veintitrés centímetros. Tal como lo había descrito sonaba bastante…lascivo. —Bien, bien, bien—oí murmurar a Jasper. —Si has tenido un encuentro con tu dios y éste te ha hablado, lo más coherente es que le hagas caso. Me sobresalté cuando oí que alguien golpeaba la puerta. Y por la voz, no se trataba de su compañero de cuarto. —Jazz, ¿estás ahí? ¿Disponible? ¡Se trataba de mi chico invocación! ¡Era increíblemente real! El pánico me cundió y quise que me tragase la tierra. —Es él—murmuré a una extrañada Alice que me miraba sin comprender. Como insistía cada vez más y Alice no veía ninguna excusa para no abrirle, busqué algún sitio para esconderme. Era tan ridícula como una niña pequeña y así me lo estaba indicando Alice cuando abrí el armario y me metí en él. —Esto, creo que Bella no entiende que lo de salir del armario no es en sentido literal. —La voz de Jasper se oía amortiguada por las puertas del armario y toda la ropa que me rodeaba. Me tuve que aovillar para permanecer en aquel reducido espacio. Jasper había asimilado que no tendría su hora de relajación y le oí dirigirse hacia la puerta. Sofocó un gemido al abrirla y encontrarse con la encarnación de mi perdición. También oí como Alice contenía el aliento. Me hubiera gustado ver su cara mientras se le comía con la mirada. —Jazz, espero que lo que te esnifes sea legal. Recuerda que tienen que hacerte la prueba anti doping—le dijo a modo de saludo. —Edward, pensé que no llegarías… Después se oyeron algunos golpes que me hicieron suponer que se estaban abrazando a modo de saludo. —Fue un partido bastante tranquilo. No hubo lesiones y no tuve que trabajar nada—explicó Edward, tal como se llamaba mi sueño erótico de carne y hueso. —Y me deben unas cuantas semanas de vacaciones. Aquí estoy saliendo del baloncesto para meterme de pleno en el kick boxing. —Me alegro que hayas venido—musitó Jasper como si no lo desease en aquel momento. —Emmett me aseguró que no podía perdérmelo. —Se mantuvo en silencio un momento y luego le replicó: —Aunque tu tono no indica, exactamente, que te alegres de verme. ¿Tienes algo que contarme, Jazz? Afortunadamente, Alice, ante la indecisión de su novio decidió quitar toda sospecha. —Hola, me llamo Alice y, como te habrá dicho Jasper, o eso espero, soy su novia. Esa novia que nunca quiere presentar a sus amigos…Y ahora lo entiendo. De la garganta de Jasper salió algo parecido a un gruñido. Edward, no obstante, parecía muy divertido. —Pues siento informarte que tu novio es muy maleducado y nunca me ha hablado de ti. —Y ahora entiendes el porqué—resopló éste algo enojado. —Alice, ¿me puedes explicar que significa esa mirada sobre Edward? Alice emitió una risa tonta cargada de intenciones. Edward, no queriendo ser la causa de la ruptura de la pareja, cambió de tema muy sutilmente. —Bueno, Alice, ¿vienes aquí para participar en el torneo de kick boxing? — ¿Has visto que tenga pinta de pegarme con chicos grandes y fuertes?—Negó riéndose. —No, prefiero sufrir por mis chicos en las gradas. Además, no hay nada peor que llegar a casa llena de sudor… —No tienes porque pegarte con los chicos. Se supone que puedes sacar las uñas con las chicas del equipo femenino. —Edward, creí que Emmett te había explicado que no hay equipo femenino desde hace dos años—le corrigió Jasper. Edward carraspeó.


—Sí me lo dijo y venía con esa idea. Pero al ver a mi compañera de cuarto allí, pensé que lo habían convocado. Me tapé la boca conteniendo un gemido. No podía haberse dado cuenta en los escasos cinco minutos que habíamos estado en la habitación. Tenía tantas ganas de golpearme la cabeza contra las paredes. ¡El plan se iba a la mierda! ¡El plan se iba a la mierda! ¡El plan se iba a la mierda! — ¿Una chica?—Inquirió Alice precavida. —Sí, una chica—confirmó Edward. —Tal vez estuviese muy oscuro y no vi bien los rasgos. Pero, casi pondría la mano en el fuego que se trataba de una chica, y muy guapa, por cierto. Me hubiese ruborizado ante el piropo si no sintiese mi cuello en la picota. Seguramente, si quisiese conocerme un poco más, se daría cuenta que se trataba de una loca siguiendo un guión loco de un plan muy loco. Alice volvió a reírse, pero esta vez, de manera bastante histérica. Casi podía ver como daba un pellizco a Jasper sin que Edward se diese cuenta para que le siguiese la corriente. —Creo que se refiere a tu primo Heathcliff. — ¡Ah, mi primo Heath!—Cayó en la cuenta Jasper. — ¿Primo?—Preguntó Edward extrañado. —Ed, chico, no quiero pensar como Emmett pero, ¿desde cuando hace que no te acuestas con nadie? — ¿Qué tiene que ver eso? Sé distinguir una chica de un chico. —No, no lo sabes—contradijo Jasper bastante nervioso. —Has pasado por una etapa de mucho estrés y la abstinencia sexual puede hacerte ver cosas que no son reales. Como un espejismo en un desierto… —A lo que se refiere Jasper es a que Heath es un chico muy pequeño y menudo—acortó Alice. — Tiene una constitución tan delicada que puede parecer una chica. Y es increíblemente introvertido… —Allie cielo, lo que estás diciendo del bueno de Heath es un eufemismo—soltó Jasper. Luego se dirigió a Edward: —Heath es gay. Pero muy gay. No quiero hacer estereotipos homófobos sobre el asunto, pero es tan gay que le puedes confundir con una chica. Tenía que hacer acopio de mis fuerzas y recordar que Jasper se estaba jugando el cuello por mí. Pero tenía tantas ganas de salir del armario y pegarle una paliza. Como si hubiese escuchado mi plegaria, Jasper sugirió a Edward bajar para desayunar y, de paso, comprobar si Emmett y su hermana habían regresado. Arrimé la oreja en la puerta para comprobar si se habían ido, pero no me di cuenta que estaba abierta la puerta del armario y acabé cayendo de bruces en el suelo a los pies de Alice. Me ayudó a levantarme con una expresión bastante divertida en su rostro. —Vamos a ver que lo entienda—dijo lentamente. —Hablas con Dios, y éste te escucha mandándote a ese… ¡Puf!...esa bendición para los ojos de cualquier mujer y tú te escondes en un armario para intentar salvar un plan absurdo para recuperar a…Jacob… ¿Qué es lo que pasa contigo? ¿No sabes que cuando Dios te manda una señal hay que hacerle caso? ¡Por favor! ¡Jacob no tiene color al lado de ese chico de anuncio de televisión! Tenía que admitir que mi nuevo compañero había sido el primer hombre que me había hecho abrir la boca de la impresión. Aun así, si empezaba a flaquear por un cuerpo apolíneo y un perfil griego nunca conseguiría hablar con Jacob. Además, me ponía en peligro. Había bastado un momento en el cuarto y me había descubierto. Mis hormonas eran un arma de destrucción masiva para mi autocontrol. Al ver que vacilaba, Alice puso los ojos en blanco. —Esto no se lo he contado nunca a nadie, pero uno de mis sueños eróticos insatisfecho es tener una orgía con Brad Pitt y Jasper. Pero esa maravilla masculina andando por aquí me hace darle una patada en el culo a Pitt. —Suspiró pesadamente y me agarró por el cuello de la camiseta: — ¿No lo entiendes, Bells? Yo ya tengo a Jasper y no tengo ganas de tirar mi relación por la borda. Pero tú tienes la gran oportunidad de meter en tu cama a ese Dios. Debes hacerlo por todas las mujeres que no podemos. — ¡Alice!—Grité indignada. —Aún estoy recuperándome de lo de Jacob. Me parece muy precipitado plantearme tener una relación unos días después de romper otra de muchos años. Se limitó a resoplar, maldiciendo mi necedad. —No entiendo todas esas consideraciones con Jacob cuando él no ha esperado a romper contigo para meterse bajo las faldas de la ricachona. —Aquello había sido un golpe muy bajo. —Pero a rey muerto, rey puesto. Nadie te ha dicho que tengas que esperar a que te ponga un anillo en el dedo. Date una alegría al cuerpo y vive todo lo que te has perdido. Y si es al lado de un…—Silbó al no encontrar la palabra para describirle. —Dejaste de deber explicaciones a Jacob desde hace mucho tiempo y es hora de recuperar tu vida, Bella. En el fondo, sabía que Alice tenía razón. Aunque tenía que exigirle a Jacob una explicación. Lo necesitaba para seguir con mi vida. Ahora que él ya no iba a formar parte en ella, tenía que encontrar un porqué para poder reconciliarme conmigo misma.


Por mi expresión, Alice adivinó lo que estaba pensando y se resignó. —Como yo no voy a ser a la que Dios mande al infierno por no hacerle caso, tendré que ayudarte a mantener ese plan absurdo.—Me puso su pequeña mano en el hombro como señal de apoyo.—Creo que deberías dejar de jugar al ratón y al gato con él y bajar a ese comedor a presentarte. Con la boca seca y un sudor frío cubriéndome la espalda, asentí, preguntándome como podría defenderme ante su mirada inquisitiva sin echarlo todo a perder. —Supongo que estará vestido, ¿verdad?—Solté sin pensarlo. Luego, me maldije por mi lengua malhablada. Alice abrió los ojos hasta casi salirse de sus orbitas y me miró como si nunca me hubiese visto. —Isabella Marie Swan— remarcó cada letra de mi nombre. — ¿Ha pasado algo en aquella habitación que yo deba saber? Hice una mueca de inocencia absoluta. Y para darle mayor énfasis, pestañeé como si nunca hubiese roto un plato. —No. Nada que merezca ser contado. . . . Alice me empujó para que avanzase de la puerta al comedor. Para entonces, se encontraba abarrotado de participantes. Pero la mirada que me dedicaba mi perdición—con el nombre propio de Edward—tenía el mismo efecto que un basilisco, sintiéndome incapaz de dar un paso hacia delante. Edward estaba sentado en una de las mesas del fondo, hablando con Jasper animadamente, pero pareció intuir mi presencia y se volvió hacia donde me encontraba para penetrarme con sus brillantes ojos verdes. Echó una mirada de arriba abajo mientras se mordía los labios y se rascaba la barbilla. Parecía que quería descubrir algo en mí que no encajase con lo que le habían dicho Alice y Jasper. Con la sensación de sentirme descubierta, miré asustada a Jasper. Éste simuló su nerviosismo bajando la mirada al plato de cereales muy concentrado en comérselo. Sin embargo, Edward acabó por claudicar, y después de reírse y mover la cabeza, se levantó para llegar hasta mí. Si no hubiese sido porque Alice me estaba sujetando, hubiese salido huyendo de allí. Edward decidió ir en tono amistoso y me tendió la mano. Tras dudarlo, se la estreché admirándome de lo fuerte y, a la vez, delicada que parecía su mano. Si no le hubiese visto completamente desnudo, diría que estaba completamente sexy con aquel chándal gris y su camiseta de tirantes negra. Los colores oscuros de su ropa remarcaban su palidez y el brillo de su pelo broncíneo. —Creo que deberíamos haber empezado por ahí esta mañana—me comentó alegremente. —Siento lo ocurrido. —He sido yo quien me he comportado como una tont…un tonto—me disculpé a la vez. —Tengo unos prontos matutinos muy extraños. Di un puntapiés a Alice cuando murmuró que no hacía falta que lo jurase. Por lo menos, tenía que agradecer que estuviese conmigo para controlar todas mis tonterías. Edward no dejaba de portarse de manera completamente encantadora. —Pues hagámoslo bien ahora. Sobre todo si vamos a ser compañeros durante un mes y medio—sugirió. —Eso si pasamos las eliminatorias—le recordé. —Edward Cullen—se presentó. —Heath Wilder. —Supongo que esto es un tópico muy común, pero intuyo que puede ser el principio de una larga amistad. O me gustaría creerlo así. —Por mi parte que no quede. Alice tosió para disimular una risa y después de aclararse la voz, dijo: —Me encantaría quedarme, pero me temo que no se permite público en las eliminatorias, así que os deseo suerte. Después os llamaré para ver que tal. —Se puso de puntillas para alcanzar mi cuello con sus brazos y me acercó para poder darme un beso. —Mi chico, haz caso de lo que te diga tu prima Alice que quiere que seas feliz por encima de todo. —No lo olvidaré. Después, se dirigió a Edward. —Te daría un beso pero si lo hago, Jasper no alcanzaría nunca el Nirvana. No es que quiera que lo alcance en los próximos treinta años, pero un asesinato le acumularía muchos puntos negativos para su próxima reencarnación. Con su primo Heath está seguro que no corro peligro. Se fue hasta donde estaba Jasper y después de un par de recomendaciones y un apasionado beso, salió por la puerta dedicándonos un último adiós. Aprovechó que Edward no la estaba mirando para dedicarme un gesto obsceno, que en su idioma significaba:


“¡Fóllatelo, fóllatelo, fóllatelo!”… Cuando Edward se volvió a mirarle, inocentemente, había cambiado el gesto y nos decía adiós con la mano. Una vez se hubo ido, Edward me invitó a sentarme en la mesa a desayunar. —No hay nada mejor que un desayuno equilibrado para afrontar una eliminatoria. —Sí—coincidí. Aun así, fui incapaz de coger algo más que un tenue zumo de naranja y una manzana para desayunar. Jasper y Garrett—sin su mujer Katrina—nos observaban atentamente como si fuésemos un espectáculo. Entre los rostros conocidos, reconocí a varios amigos de Jacob que me dedicaban guiños reprobatorios sin que me reconociesen bajo el disfraz. Si Edward se había dado cuenta, simuló bastante bien. Garrett nos saludó con gesto dolorido. — ¡Estos sofás no están hechos para dormir!—Protestó. —Eso quiere decir que anoche no hubo reconciliación, ¿no?—Dijo Jasper. —Está enfadada de verdad. Garrett resopló para quitarse un mechón de sus ojos. — ¡Katrina! Está bastante cabreada con todo el asunto de la supresión del equipo femenino de kick boxing. Y encima lo paga conmigo. Jasper puso los ojos en blanco haciéndole entender que le comprendía perfectamente. —Las mujeres son una fuente de sufrimiento continua—soltó sin advertir como le miraba torvamente. —Rose también ha manifestado su disconformidad. Sólo que ella ha hecho bastante ruido y eso le ha costado una noche en la cárcel. Edward se rió entre dientes. — ¿Rose en la cárcel? Me temía que algo así sucedería. Miré el reloj y me acordé de la pobre hermana de Jasper que aún seguía entre rejas. Hice un esfuerzo por poner mi voz ronca y le pregunté a Jasper si no tenía que recoger a Rosalie y a su amigo Emmett. —Deberías ir a pagar la fianza. Al ver que torcía la boca, caí en la cuenta que no tenía muchas intenciones de moverse de aquella silla para buscar a su conflictiva hermana y pagar la fianza. —Cierto que Carlisle dijo que fuese hoy a sacarla de la cárcel—admitió. —Lo que Carlisle no ha dicho es a la hora que deba hacerlo. Y creo que lo mejor será ir por la tarde cuando termine la eliminatoria y tengamos unas cuantas horas de paz… ¡Oh, sí, paz!...Sí, por la tarde será un buen momento para eso. Y cuanto más se aleje de la tarde y se acerque a la noche, mucha más paz… —Eso estaría muy bien si sólo se tratase de Rose—intervino Edward algo enfadado—, pero mi primo Emmett está en la cárcel con ella, y si no he entendido mal, las eliminatorias empiezan después del desayuno. Jasper arqueó una ceja. —Te pregunto cuando vas a mover el culo de tu silla y vas a ir a buscar a Emmett para traerle a las eliminatorias—repuso éste con impaciencia. —Bueno…—dijo lánguidamente. —Siempre se ha dicho que por la paz en el entorno hay que sufrir daños colaterales. Recordaremos a Emmett como un héroe. Además, no le importará perderse la eliminatoria por estar una noche con mi hermana. Edward se resignó que su gigantesco primo faltase en aquel campeonato. —Si Emmett se tiene que sacrificar por no aguantar a tu hermana en actitud reivindicativa…—acabó accediendo. Después comentó las disputas de las chicas con la disolución del equipo. —Hasta cierto punto las comprendo—convino Edward. —Eliminar el equipo femenino por capricho de una organizadora es muy injusto. ¿Qué se cree? ¿Qué la van a quitar el novio? Garrett, Jasper y yo no dejamos de notar el tono de sus palabras. Se notaba resentido con la misma persona que me había quitado a Jacob en medio de millones de norteamericanos. Jasper me confirmó mis sospechas. —Edward, estás aquí por nosotros—le tranquilizó. —Ella estará lo suficientemente ocupada como para reparar en ti. —Lo sé—masculló éste troceando el bacón. —Pero basta estar cinco minutos en el mismo espacio para sacar lo peor de mí. Espero que no le de por juntarse con la plebe. Jasper se rió levemente. —Se dedicará a volver loco a tu pobre tío Carlisle y conspirar con el entrenador; el resto, estará en su nube de color rosa con su nuevo prometido. —Arqueó una ceja. — ¿Sabes que se va a casar? Para desgracia mía, Edward asintió. —No suelo ver la televisión muy a menudo, pero ese día la encendí y me la encontré con esa estúpida sonrisa en la cara y exhibiendo nuevo parasito. Pero eso es propio de Vanessa; aún me acuerdo de aquel hippie que después de sacarla doscientos mil dólares la


dejó abandonada en isla Esme. Y ese es el novio más decente que ha tenido. Aunque siento lastima por el pobre chico con quien se va a casar. Fruncí el ceño. Si Jacob le hubiese dejado a él plantado a escasos meses de la boda, no sentiría tanta pena por él. Afortunadamente, Jasper, después de hacerme un gesto de complicidad, contestó: —Tengo la sensación que son tal para cual. Y se metió una cucharada de leche con avena a la boca. ¡Hablando del diablo! Por segunda vez, volví a ver a Jacob y su sonrisa casi tatuada en el rostro. Pero ya no era mi sonrisa, ya que ésta siempre irradiaba alegría, tal como un sol en la tierra. La nueva sonrisa de Jacob era una mueca vacía y bastante cínica. Hacía juego con su nuevo aspecto, que incluía un chándal de diseño que le hacía parecer más un modelo de marcas deportivas que un luchador a punto de entrar en eliminatorias. Me fijé que Edward no le quitaba los ojos de encima, analizando cada gesto de Jake como lo había hecho antes conmigo. Sin embargo, no le dedicó una sonrisa amistosa como en mi caso. Entrecerró los ojos y frunció el ceño, cruzándose de brazos. No entendía demasiado los códigos de gestos de los hombres, pero, en el poco tiempo que llevaba como chico me hicieron ver que eran bastante directos. Edward, con un solo vistazo, había calado lo suficiente a Jake para comprender que no le gustaba y no le admitiría dentro de su grupo de amigos. Toda la pena que hubiese manifestado por él se había desvanecido. Jacob estuvo lanzando bromas y riéndose obscenamente con su pandilla, hasta que, por casualidad fijó su mirada en nuestra mesa y sus ojos oscuros se pararon en mí. Me sentí incapaz de tragar los trozos de manzana que tenía en la boca. Y aquello fue peor cuando se dirigió hacia nuestra mesa. Seguramente me habría reconocido. Jacob era la persona que mejor me conocía y un estúpido disfraz no sería un obstáculo para ello. Él me había estado desnudando desde los dieciséis años. Un poco de ropa de chico y un corte radical de pelo no me harían distinta a sus ojos. Comprendía que había llegado el momento de enfrentarme a él. Ninguna palabra me venía a la mente, y los pocos, —inconexos y caóticos— que me venían se morían en mis labios. ¡Plan de mierda! — ¿Se puede saber qué estás haciendo aquí? Su tono de voz daba a entender que no sería una conversación amistosa.


cinco