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Avarice

—Charlie, me temo que no tengo buenas noticias para ti—empezó Carlisle Cullen a explicar despacio. Se consideraba un gran especialista, metódico, practico y sin pelos en la lengua. Pero también era humano y valoraba la amistad con la que Charlie Swan le había brindado durante más de veinte años. Y aún siendo preparado para dar esa clase de noticias todos días, le pesaba en el corazón tener que hacerlo con alguien a quien estimaba. Charlie enarcó una ceja, impaciente por oír lo que el doctor tenía que decirle. Al ver que éste no decía nada, encontrando las palabras necesarias para paliar el golpe, decidió hacerlo por él. —Eres demasiado considerado para ser médico, Carlisle—le tuteó. —Y como amigo, te lo agradezco, pero no puedes cambiar lo que los análisis indican. En realidad, ya estaba preparado para ello. — ¿Lo estabas?—Inquirió abriendo los ojos. —Síntomas—contestó escueto. —Síntomas—repitió. Luego, le dedicó una larga mirada reprobatoria: — ¿Desde cuando has tenido síntomas, Charlie? —Desde hace tiempo. —Evitó decirle la verdad. Desde hace casi treinta años. —Debiste haber recurrido a mí desde el principio—le regañó amargamente. –Podía haber empezado a tratarte desde el principio y, tal vez, no haberte curado pero podrías haber vivido más años… Charlie le interrumpió poniéndole la mano en el hombro. —Todo tiene un porqué, Carlisle. Y tú habrías hecho todo lo humanamente posible, pero hay limitaciones y no se puede luchar contra lo inevitable. Carlisle se quitó el fonendoscopio y empezó a recoger todo el material médico guardándose para sí todas las preguntas. No sabía por qué, pero presentía que Charlie guardaba un terrible secreto del cual no quería convertirse en su confidente. Suponía que era algo mucho más serio que el trato médico paciente y eso no entraba en el juramento hipocrático. Dio un leve respingo cuando Charlie le preguntó: — ¿Cuánto tiempo, Carlisle? Iba a contestarle que, probablemente, no llegaría a un año cuando Charlie le interrumpió con un gesto. No dejó de parecerle curioso que la vista de su paciente estuviese fija en un calendario. — ¿Qué día es hoy?—Cambió la pregunta como si fuese la tan poco transcendental qué tiempo hacía hoy en New York. — ¿A que viene todo esto, Charlie?—No entendía nada. —Tú sólo contéstame, Carlisle—le pidió. —Treinta de abril. Charlie hizo un cálculo mental. Luego sonrió amargamente. Siete meses para concluir los treinta años. Se aseguraría de atar todo antes de irse. . . . Bella se sentía incapaz de mirar a Royce King, su ayudante, a los ojos. Y aún teniendo éstos fijos sobre la pantalla del ordenador, se sentía incomoda en su presencia. Nunca había sido una persona paranoica, pero tenía un terrible presentimiento sobre él. Detrás de su sonrisa servil, le parecía oír como sus dientes rechinaban cuando apretaba la mandíbula en un gesto de rabia; o como sus aparentes fríos ojos azules la atravesaban más allá de su ropa. Notaba como su mirada estaba fija desde el tobillo hasta la parte de los muslos que no estaban cubiertos por su falda. Incluso tenía los dedos puestos sobre el cuello de su camisa para abrocharse el botón del escote. Sospechaba que, por el rabillo del ojo, intentaría infiltrar sus ojos por el más mínimo hueco que le diese paso a su intimidad. “¡Zorra!”, parecía que le decía con la mirada cada vez que éste le mostraba un documento y le explicaba los procedimientos para contratar nuevo personal. —Gracias, señor King—intentaba ser correcta a pesar de la aversión que le producía tal personaje. —Pero creo que ya sé por donde quiere ir. Déjeme el resto de documentos y ya los iré revisando. Si tengo alguna duda, ya le avisaré. Se incomodó cada vez más al ver que King no tenía ningún interés en moverse de aquella silla. —Será mejor que me quede aquí. Estos formularios no son tan sencillos como los anteriores. —Sabré apañármelas—le aseguró con un deje de impaciencia en la voz.


—Insisto—le contestó en un tono tan autoritario que Bella, con la lengua pegada al paladar, fue incapaz de replicarle. Por suerte, Jacob acudió al despacho y, adivinando los pensamientos de su novia, le mandó a hacer un encargo al asistente. Mike se movió de la silla y dio un fuerte portazo al salir sin disimular su rabia. Bella se sintió aliviada al recibir la visita de Jacob y le atrajo hacia sí y besó mucho más efusivamente que durante el resto del día. Una vez, cesó el beso, Jacob sentía que le faltaba el aliento. — ¡Guau! Yo también te he echado de menos. No hay nada como un montón de papeles para levantar la pasión. Ésta le acarició la mejilla con un dedo. —No sabes como me alegro de verte—repuso directamente. Jacob parpadeó confundido. —Yo siempre me alegro de verte—rebatió. Bella se pasó la punta de la lengua por sus labios, mientras pensaba en las palabras adecuadas para no ofenderle. —Lo siento—se disculpó. —Sabes que me alegras el día cuando apareces por aquí. Además, no sabes como te lo agradezco. King me saca de mis casillas. — ¿Tu asistente?—Bella asintió. — ¿Y que ocurre con él? Cierto que puede resultar algo irritante, y sobre todo con los superiores, pero no deja de ser una faceta típica de todos los ayudantes. Se creen imprescindibles porque nos hacen el trabajo más pesado…Pero aparte de eso, no parece mal chico. Bella movió nerviosa la cabeza. —Se trata de algo más profundo—argumentó. —Es mucho más que desagrado. Con él he desarrollado un sexto sentido y todo en cuanto percibo en Royce es tan…siniestro. Jacob se rió a carcajadas. Bella estaba demasiado estresada con todos los acontecimientos y veía fantasmas donde no los había. —Haz el favor de relajarte. Creo que estás demasiado tensa con todo lo que nos acontece y eso te hace ver la realidad distorsionada. Bella se pellizcó el arco de su nariz y suspiró largamente. No tendría una discusión con Jacob y mucho menos por Royce King, por lo que decidió dejarlo pasar y no volver a mencionar nada sobre aquel tema. —Supongo que estaré siendo demasiado aprensiva—se auto convenció a sí misma. Jacob se colocó detrás y empezó a masajearle los hombros. Después retiró unos pocos mechones que se habían escapado de su recogido y acercó sus labios al esbelto cuello de su novia marcando un camino de besos. Bella cerró los ojos intentando sentir algo parecido a un estremecimiento de placer que la llenase, y más cuando Jacob, su prometido, era el propietario de éstos. Se sintió muy defraudada por ser tan fría como el hielo. Le interrumpió cuando éste le retiraba la camisa, deslizándola sobre los hombros, con la excusa de tener demasiado trabajo. Como compensación le permitió que le hiciese compañía y trabajasen juntos durante toda la mañana. En algún momento, Bella se permitió una pequeña distracción y le comentó a Jacob la posibilidad de ir al teatro la próxima semana. —Alice me dio estas invitaciones para ver el Fausto de Goethe. —Le enseñó los boletos. —Lo representan la compañía en la que Alice estuvo mucho tiempo y le gustaría que les apoyemos yendo a la representación. Al ver como Jacob fruncía los labios y arrugaba su nariz, comprendió que no quería que contasen con él. Este tipo de eventos no iban con él. —Tu querida amiga Alice no hace más que arrastrarte al lado oscuro. Pero a mí ya no me convence para introducirme en el satanismo. Ya tuve bastante con acompañaros a ese concierto del tío raro, medio gótico, drogadicto que se hace llamar satánico… — ¿Te refieres a Vile Valo, el cantante de HIM?—Se mordió el labio intentando no reírse. —Creo que tu concepción de satanismo es bastante…desfasada. —No pienso ir a ningún evento relacionado con tu amiga—insistió. —Esas cosas espiritistas satánica que tanto os gusta no van conmigo. Bella se limitó a encogerse de hombros. No serviría de nada explicarle que el Fausto era una de las obras cumbres de la literatura. Se preguntaba cómo congeniarían compartiendo una vida entera cuando sus gustos eran tan dispares. Siempre la estaba criticando sus gustos en literatura, sus amistades, incluso su forma de vestir. Pero si de algo estaba segura era de no dejarse amedrentarse por él ni por nadie. Si debía casarse por el bien de la empresa, se prometió no estar subyugada a la merced de su marido. Le dejaría las cosas claras desde el principio para que no se llevase a engaños. Por el momento, decidió disfrutar de su noviazgo como una pareja normal y corriente. — ¿Qué me dices de comer juntos?—Le sugirió Jacob. —Lo siento, cariño—se disculpó Bella sin despegar la vista de la pantalla de ordenador—, pero Alice ya me había invitado a comer por la inauguración de su bar. — ¡Oh, vaya!—Mordisqueó el labio inferior. —Aunque no creo que vayas a comer tan bien como donde te pensaba llevar.


Bella apartó su vista del ordenador y le sonrió comprensivamente. —Lo sé. Pero si la compañía es buena, no me importa demasiado la comida. Adoro estar con Alice. —Gracias por lo que me toca—bufó. Jacob no tenía demasiada estima hacia la mejor amiga de su prometida. Sin embargo, no quería hacer nada que molestase a Bella. Y con aquel pequeño sacrificio quería penetrar más allá de la coraza de hielo que la joven le mostraba. No importaba cuan amplia fuese su sonrisa, o el tono aparentemente alegre que sus palabras adquirían al verle o al estar juntos, o, incluso, las caricias que le proporcionaba entre la intimidad de las sabanas; Bella siempre actuaba con él de manera mecánica sin un sólo impulso pasional. Y eso hería su ego masculino. —Aunque no me importaría que me invitases a cenar—propuso Bella para aminorar la tensión que se había creado. No quería enfadar a Jacob por algo tan tonto. —No creo que Alice me lleve a un restaurante de cinco estrellas. Arqueó las cejas para asegurarse de lo que había oído. — ¿Te viene bien a las ocho en tu casa? —Allí estaré—le prometió. . . . — ¡Dios!—Gritó Alice ante el bochorno de su amiga. — ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Sabía que ese sabueso educado en Harvard no te hace feliz en la cama. Mucha carrera y mucho master para no saber complacer a una mujer sexualmente… ¡Seguro que te lamerá el clítoris como si se tratase de un perrito! —Alice—siseó Bella a la par que sus mejillas se tornaban rojas de la vergüenza—, la señora de la esquina no se tiene que enterar de mis intimidades. Su amiga hizo como si no la importase en absoluto y siguió gritando toda clase de obscenidades sobre su vida privada. Bella se debatía entre reírse a carcajadas o dar una colleja en el delicado cuello de su acompañante para que cerrase la boca. Bebió un sorbo de su cerveza haciendo enormes esfuerzos para no atragantarse. Alice. Su querida e irreverente Alice. Su mejor amiga desde el jardín de infancia y la persona a quien confiaría hasta su alma. Se compenetraba mejor con ella que con su hermana de sangre. Era la hija del doctor Cullen, el médico de su familia desde hacía años. Bella siempre había tenido pánico a los médicos, pero aquel guapo doctor, más parecido a Paul Newman, transmitía un halo de cordialidad y ternura que le hacía irresistible. Su hija, físicamente, no se le parecía en nada. Mientras el doctor era alto, rubio y de intensos ojos azules, Alice era morena con el pelo corto, bajita y de unos penetrantes ojos dorados. Bella se preguntaba a quien habría salido; su madre, Esme, era bien distinta a ella. Aun así, Alice había heredado la integridad y el sentido de la justicia de su padre junto el gran corazón de su madre. A todo eso, se añadía que era una persona increíblemente intuitiva hasta el punto de predecir acontecimientos futuros con tanta precisión que admiraba a la objetiva Bella. Cuando ésta se maravillaba de la exactitud de sus pronósticos, Alice sencillamente le explicaba que se trataba de ser receptiva y escuchar a las voces que te rodeaban más allá de la realidad que se apreciaba. Bella se preguntaba si Jacob no tendría razón sobre Alice y su mejor amiga sería una bruja que se había equivocado al nacer en el siglo XXI. Afortunadamente así había sido y ningún tribunal religioso la perseguiría para quemarla. Cuando Alice le preguntó si amaba a Jacob se limitó a beber un buen trago de cerveza. En el fondo, Alice sabía la respuesta. —Tú sabes que sí—le contestó en un susurro. Aquello tuvo la consecuencia que Alice resoplase exageradamente. — ¡Por amor de Dios, Bells! Esa frase tiene tanto contenido de pasión que en lugar de quemarme, me hiela la sangre. ¿Dónde está ese ímpetu que toda enamorada debe tener? —Alice—intentó calmarla—, no tengo el mismo ardor que tú a la hora de canalizar mis sentimientos. Eso no les hace menos intensos. Conozco a Jake desde que éramos unos niños y el tiempo hace que todo se mitigue. No puedo sentirme como una colegiala cada vez que estemos juntos. Alice chasqueó la lengua con impaciencia.


— ¡Pasión, pasión, pasión! ¡Cuanta rezuma en tus palabras!—Ironizó. Después añadió: —Si Jacob no tiene la capacidad de encender tu fuego interior acabarás apagándote. Estás hecha para relucir y sólo el amor verdadero será capaz de encender esa centella que te falta. Bella suspiró pesadamente y acomodó su cabeza sobre sus brazos. No iba a discutir con Alice. Llevaba razón en cada una de sus palabras, pero ella no comprendía que se debía a su padre y su compañía y el amor era un lastre. Nunca había ambicionado nada de su padre y de buen grado dejaría la empresa en manos de su hermana pequeña. Pero era la voluntad de Charlie y se debía a él. Habían tenido una infancia feliz, a pesar del difícil divorcio de sus padres, y todo lo que hubiesen podido necesitar, incluso con lujos excesivos. Y ahora, Bella se había echado aquella carga sobre sus hombros para mantener lo que Charlie había estado construyendo durante toda su vida. Alice desistió de echarle la misma charla sobre tomar su propio camino sin la sombra de Charlie. Bella era independiente y emprendedora, se repetía, y acabaría realizando su propio destino. Sólo esperaba que no fuese demasiado tarde. Abrió su bolso sacando su vieja baraja de tarot y ordenó a Bella que las barajase y luego escogiese tres cartas. —Corta y coge sin verlas—le ordenó. Bella lo hizo así y las colocó encima de la mesa. — ¿Las cartas van a decirme lo que tú no te atreves?—Se burló de ella. Alice ignoró el sentido del comentario. —Es una lastima que las cartas sólo te digan la verdad y no lo que quieres oír…O más bien, lo que Jacob o Charlie quieren que oigas. —Eso no lo dirás por la cantidad de gente que ha sido estafada por estos juegos—replicó mordaz. Alice puso los ojos en blanco. —Tus palabras me duelen, pequeña—se hizo la ofendida mientras colocaba las cartas elegidas en forma de triangulo. —Me conoces lo suficiente para saber que no lo hago por dinero. No se puede traficar con el destino de los demás. Es una responsabilidad muy grande. —Porque eres demasiado buena. —Le dedicó una sonrisa. —Pero estoy segura que si salieses en algún programa de esoterismo, te harías de oro. Alice movió la cabeza para negarlo. — Soy autentica y no necesito que me paguen para aprenderme el guión. Además, gracias al préstamo que nos dejaste a Jazz y a mí y a la publicidad que realizaste para promocionar el Snagov, nuestro pequeño rincón esotérico nos va de maravilla. Una vez creyó que las tres cartas estaban bien colocadas, se dispuso descubrirla. — ¡Voila! Veamos lo has hecho y harás en un futuro—murmuró. Desveló la primera carta y le mostró a Bella una carta con una luna dibujada. —No sé por qué no me extraña que ésta haya salido. Supuestamente, está en la posición anterior, lo que quiere indica un hecho pasado, aunque sus consecuencias aún repercuten al presente. — ¿Es una buena carta?—Inquirió Bella. —No—respondió rotunda. —Es una carta patética… ¡Como no iba a ser así! ¡Está relacionada con Jacob! —Alice—se impacientó. Alice se encogió de hombros dándole a entender que ella no era responsable de lo que decían las cartas. —La luna coge la luz del sol para iluminar la tierra y por eso nos crea una ilusión. No es real. En el plano amoroso nos da a entender que se trata de un amor pasajero, como mínimo, y que no llegará a buen puerto. —Y añadió picándola: —Eso incluye contratos de empresa con himeneo incluido. —Creo que te divierte cuando mi carta y tú coincidís en criticar a Jacob—objetó Bella mordaz. —Y tú, inconscientemente, me das la razón. Esto va mucho más allá de lo que Charlie y Jacob pretenden para ti. Y para animarla, decidió saltarse el procedimiento y descubrir la carta del futuro. Se permitió una sonrisa abierta al ver ante sus ojos a una pareja abrazándose. —Te dije que el futuro sería prometedor—le anunció enseñándole la carta de los enamorados. —Un gran amor, verdadero y perdurable, va a llegar a tu vida. ¡Y no hay rastro de Jacob en él! — ¿Eso es una buena noticia para mí o para ti?—Aunque el fondo esperaba que aquello fuese cierto. — ¡Mujer de poca fe!—Refunfuñó. Se encontraba muy animada, hasta, que al coger la última carta tuvo un presentimiento tan virulento que su vista se nubló hasta no poder visualizar nada y sentir un latigazo en su interior que la paralizó por completo. Poco a poco fue recuperando sus sentidos y se percató que Bella presionaba su muñeca y la observaba preocupada. Un sudor frío le recorría la sien y empezó a sentirse muy cansada. Pero logró recuperarse antes de que Bella sacase su móvil y se dispusiese a llamar al médico.


—No ha sido nada, Bells—le tranquilizó. —Te he explicado miles de veces que a veces las cartas tienen una carga psíquica muy fuerte y la acabo percibiendo. Bella se mordió el labio, aprensiva. —Yo también tengo una palabra para lo que te ha sucedido, Allie. Se llama bajada de azúcar. Ésta se rió tenuemente, asegurándola que se encontraba bien y no era la primera vez que le ocurría. Después, miró seriamente a Bella. —Cariño, ¿has conocido últimamente a alguien?—Le preguntó preocupada. —A miles de personas. Ninguna significativa. —Se encogió de hombros. — ¿A que viene eso? ¿Alguna de ellas va a ser el amor de mi vida? Alice negó. La torre invertida. Bella corría un grave peligro y lo peor de todo, que no se debía a un daño físico o emocional. No veía que se tratase de Jacob. Siempre había visto al prometido de su amiga como alguien ambicioso, que haría lo que fuese por dirigir la empresa de Charlie Swan, y para más inri, enamorado hasta el tuétano de los huesos de Vanessa. El típico hombre que dejaría a un lado sus sentimientos por una alta posición. Aunque, si era sincera, sí veía que éste apreciaba lo suficiente a Bella como para no hacerla ningún daño. Se trataba de algo muy ancestral y realmente prohibitivo. ¿Habría desobedecido Bella sus consejos sobre el mundo espiritual y se habría adentrado en una peligrosa aventura? Lo dudaba. La primera y última vez que habían hecho una Ouija juntas, Bella se aterró lo suficiente para jurar y perjurar que nunca volvería a hacerlo. — ¿Y bien?—Interrumpió Bella el hilo de sus pensamientos. — ¿Qué? — ¿Qué es lo que dice la carta, Alice?—Le preguntó para hacer razonar a su amiga. Alice puso la mano sobre la carta y cerró los ojos canalizando la energía negativa de ésta. —Alice, ¿qué dice la carta?—Repitió Bella. La expresión de Alice se suavizó y le contó: —Un gran amor ha de venir a tu vida, pero para lograrlo deberás pasar por muchos obstáculos. — ¡Hum!—Pareció decepcionada. — ¿Sólo se trata de eso? Creo que es la típica paradoja del amor. Sacrificar algo por un bien mayor. —La carta indica que puede tener un coste muy alto—susurró. Acto seguido, se dispuso a olvidarlo todo y cambió de tema: —Es sólo una advertencia. Ya nos preocuparemos cuando llegue. ¡Vamos a comer! —Eso dilo por ti. Estás pálida y sudorosa—observó Bella analizando el rostro de su acompañante: —Va siendo hora de robar estas rabas de calamar tan correosas y estas patatas llenas de grasa que irán directamente al culo… Mojó una patata en la salsa de tomate y se la metió en la boca a Alice. Ésta masticó con desgana para escupir inmediatamente sin dejar que el sabor rancio hiciese ella en su paladar. Bebió un gran sorbo de su cerveza para no dejar ni un solo rastro. — ¿Cómo se puede acumular tanta cantidad de grasa insaturada en un gramo de patata? Esto es un jodido veneno. —Sólo quería asegurarme que no entrabas en un coma hipoglúcemico—Bella se burló de su amiga. —Necesitarías un kilo de tu maquillaje especial para paliar la palidez de tu rostro en este instante. Después, jugueteó con una raba metiéndola en salsa brava. —Sabiendo que comiendo esto jugamos a la ruleta rusa, me pregunto por qué seguimos viniendo aquí. Repentinamente, se sonrojó. Conocía la respuesta, y la sonrisa llena de intenciones de Alice no hizo más que evocárselo. Se trataba de algo más allá que agudizar su sentido de la libertad. En aquel bar con un ambiente muy dispar al solía discurrir normalmente, bebiendo una cerveza a morro, vestida sencillamente con un jean y una camiseta amplia, y con la compañía de Alice, Bella sentía que podía ser ella misma sin mascaras de buenos modales ante potenciales accionistas y clientes. Y aún había más. Habían descubierto aquel insólito lugar hacía un mes aproximadamente, al prescindir del coche y decidirse volver andando a casa para dar una vuelta cuando le pilló una tormenta y buscó un sitio para guarecerse. Nunca imaginó que lo primero que le atraería de aquel lugar no fuese su destartalado sentido de colocar las mesas, o la pintura desconchada de las paredes o el olor a fritanga. El sonido de un piano fue lo que la cautivó de tal manera que no se permitió moverse de aquel lugar para no perderse una sola nota de aquella caótica pero sincronizada melodía. Y si no se encontraba suficientemente hechizada por la música, la imponente presencia del pianista acabó por confirmarla que había entrado de lleno en el cielo.


Hermoso, saliendo de los limites de lo que aquella palabra implicaba en un hombre, —alto, de piel pálida y extraño pelo broncíneo caóticamente peinado—, había logrado cautivar a Bella de manera tan irreversible que sólo quería ser atrapada por el aura que transmitía. No le había costado demasiado convencer a su amiga para convertir aquel lugar en su centro de reuniones donde tomar café se había convertido en una excusa para poder escuchar unas sesiones de buena música de piano. Bella, impaciente miró el reloj. —Tu amor platónico toca a las cuatro. Aún falta un minuto—le informó Alice burlándose de ella. —No lo estaba mirando por eso—se defendió Bella para acabar sonrojándose. Como si hubiese accedido a los ruegos internos, el saxofonista que amenizaba la velada tocó sus últimas notas, y tras una modesta salva de aplausos, se retiró para dejar paso al pianista que tanto exaltaba el ánimo de Bella. Éste dedicó una sonrisa a modo de saludo al poco público que tenía y se sentó frente al piano de cola. Respiró profundamente y pronto sus dedos chocaron con vehemencia y pasión con cada una de las teclas del piano. Por cada nota musical que arrancaba Bella acompasaba los latidos de su corazón al ritmo que los largos de éste marcaban. Y, como por arte de magia, todo su mundo se redujo a un éter, un espacio vacio, donde nadie le decía quién era y cómo debía comportarse. Y por aquel instante, sólo tenía que estirarse desde las yemas de sus dedos hasta sus pies, y relajarse. No se había dado cuenta que había cerrado los ojos hasta que la música fue atenuándose perdiéndose la ultima nota en el vacio, y la sala se llenó de aplausos. Incapaz de alzar la vista para observar aquel guapísimo chico, se volvió bruscamente hacia Alice. Se tuvo que morder el labio para contener una carcajada. Su amiga tenía los ojos como platos y la misma sonrisa estúpida que una colegiala ante el poster de su estrella favorita. —Jasper. —Bella imaginó que Alice había suspirado el nombre de su novio para acordarse de él. El chico tardó más de un minuto en retirarse de la plataforma debido al ímpetu de su público—quien solicitaba una nueva actuación—; solamente el guitarrista, molesto por el acaparamiento de su compañero con el tiempo de actuación, le indicó con el reloj que era hora de su turno. Bella tuvo un impulso, y, sin pensarlo dos veces, cogió de su bolso la pequeña cámara fotográfica digital y se colocó intentando coger el mejor ángulo para una fotografía. Una vez soltó el flash, miró por la pantalla chasqueando poco satisfecha con el resultado. Aquella imagen en la pantalla de su portátil no hacía justicia a aquel tributo de la belleza. Se la enseñó a Alice riéndose tontamente. —Parecemos unas crías. — ¿Podías hacer un examen psíquico de su aura?—Retó Bella. Alice no vio el negocio demasiado claro. —En digital no queda impregnada la huella psíquica tan marcada como debería en papel—le detalló Alice. —Es lo malo de nuestra magnifica era tecnológica... ¡Pixeles! —Lo sé—coincidió Bella. —Mi parte de fotógrafa profesional echa de menos las antiguas técnicas. Cierto que con el pixelado se capta hasta el más pequeño pelo de tu nariz, pero se pierde la magia. Se puso melancólica al recordar como había tenido que renunciar a su sueño por realizar los de su padre. Alice le acarició el brazo a modo de consuelo. —Cariño, tu padre no es el señor de todos los destinos y no eres una empleada más. Acabarás por hacer lo que quieras con tu vida. Una de tus cualidades es ser increíblemente tenaz… ¡Te lo dicen las estrellas! Aquello hizo que la joven se riese levemente. — ¿Es una de las características de ser virgo?—Bromeó. —Es una de las características de ser Isabella Swan. —Arqueó las cejas. Sin su hermoso pianista actuando, Bella no encontró ninguna razón para alargar la velada. Alice decidió lo mismo con la excusa de tener que hacer varias gestiones en su bar. —Jazz me tiene que ayudar a realizar el ritual—le explicó mientras iban recogiendo sus cosas de la mesa. — ¿Ritual?—Le preguntó extrañada. —Pensé que ya habías hecho uno al inaugurar el negocio. Alice movió un dedo para negarlo. —Es distinto. ¿Sabes que día es hoy?—Bella negó. —Es treinta de abril, noche de Walpurguis (1). Desde esta noche hasta el treinta y uno de octubre, el Diablo alcanza su máximo poder y sube a la tierra para reclamar las almas que en este año deben ir al infierno. En la antigüedad, las brujas elegían aquella noche para fortalecer su alianza con el Maligno y organizar los aquelarres. No hace falta decirte la orgía que se montaba en esas reuniones. Sexo, drogas y alcohol a raudales…


—Creo que la carrera de antropología es más divertida de lo que me has contado. Por lo menos, debiste estar muy entretenida en clase cuando te recreabas con esos relatos—se burló Bella. —Según cuenta la leyenda, —prosiguió Alice—, el Diablo adquiere un poder tan inmenso que es capaz de desplazar el alma de un humano, incluso tratándose de una buena persona, metiéndose en su cuerpo y mandando el alma del suplantado al mundo de los fantasmas. Bella abrió la boca asombrada. Sabía que se trataba de mitos pero Alice tenía una manera especial de contar las historias. Podía hacerla creer que realmente se encontraría con el Diablo y éste poseería su cuerpo aquella noche. Se sintió afortunada de tener a Alice como amiga. Alice, al percibir una sombra de miedo en el semblante de su amiga, se apresuro a tranquilizarla. —No es para siempre, Bella. Sólo coge prestado el cuerpo para hacer su trabajo y, como mucho, el día de Halloween lo devuelve a su dueño. Y éste jamás recordará aquel fatídico encuentro. De todas formas, tienes una gran suerte de contar conmigo como amiga— repitió en alto el pensamiento de Bella. —Haré un hechizo especial para ti y mi familia. Y por tratarse de ti, lo haré completamente gratis. —Pensé que no cobrabas por tu don—comentó con retintín. —Sólo pido la voluntad de cada uno. Además, como no me has cobrado intereses por el préstamo que me has hecho, lo tomaré como un donativo… ¡Y hoy te toca pagar a ti! Acto seguido, dio un beso en la mejilla de Bella y le hizo un gesto para que la llamase por la noche. Se alejó hasta la puerta mientras Bella se dirigía a la barra para pagar la comida. Se mordió el labio acordándose de algo, y se volvió hacia Alice, quien se disponía a salir, y la advirtió inocentemente: —Espero que no hagas nada que relacione a Jacob con el Diablo. Ya le asustas demasiado en un día normal. Se rió tontamente al ver como su amiga refunfuñaba al mencionarle a Jacob. Ella coincidía con su prometido en una cosa; en no estar juntos en la misma habitación. —No quiero irme al infierno por molestar a su Satánica Majestad con semejante tonto. Algo me dice que Jacob huele demasiado azufre y cuerno quemado por sí solo. — ¿No te convenceré que Jake es un buen chico?—Se rindió. Como respuesta, Alice le sacó la lengua y salió por la puerta caminando por la calle con sus pasos de bailarina. Bella le pidió al camarero que le diese la cuenta, y, mientras sacaba el monedero, se le ocurrió encender el móvil. Tenía sesenta y cinco llamadas de Angela Weber y no hizo una cuenta exacta de los mensajes, pero había llenado su bandeja. “¡Que mujer más pesada!”, maldijo hacia sus adentros. —Perdone señorita—interrumpió sus pensamientos el camarero—, pero no tiene que pagar nada. Ya lo han hecho por usted. Bella parpadeó confundida creyendo que no había oído bien. — ¡Hum! Creo que se equivoca—le corrigió. —Mi amiga se ha ido sin pagar. Hoy me toca a mí hacerlo. El camarero le dedicó una sonrisa llena de intenciones. —No se trata de su amiga, señorita. Alguien que está muy interesado en usted ha pagado su almuerzo y el de su amiga. Ha puesto la condición que se siente con él y tome una cerveza. Anonadada y sin creerse lo que estaba oyendo, la joven empezó a mirar insistentemente por todo el bar para ver si había algún conocido y ella no se hubiese fijado hasta entonces. Ninguno de los rostros que se encontraban allí comiendo, riéndose o, sencillamente, matando el tiempo le resultaba familiar. Amablemente el camarero acudió en su ayuda. —La están esperando en la zona de reserva—le indicó y Bella se lo agradeció accediendo al reservado. Se quedó sin respiración al toparse de frente con el guapo pianista que tanto la embelesaba. No obstante, él no se había dado cuenta de su presencia todavía. Se encontraba completamente abstraído en su lectura y sólo cuando descansó sus ojos, miró hacia arriba y se topó con una alucinada joven que se había quedado estática. Nunca había visto unos ojos tan verdes como los de aquel hombre que la estaba mirando tan fijamente. Ella no podía darse cuenta, que bajo aquella mirada tan penetrante y la preciosa sonrisa torcida que parecía tatuada en ese agraciado rostro, se escondía un mar de dudas de un hombre que la había admirado desde hacía tiempo y había tenido que recurrir a la antigua treta de pagar su comida para robarle algunos valiosos minutos. Sólo le hizo falta curvar más la sonrisa para que ella saliese de su estado inmóvil y entendiese que la estaba invitando a sentarse con él. Bella no quería darle la impresión de parecerle una tonta a causa de su timidez patológica y buscó alguna excusa para iniciar una conversación. Por suerte el libro que él estaba leyendo acudió en su ayuda.


—Flores del mal (2). —Él asintió complacido. —Una lectura bastante arriesgada. —Siento un enorme aprecio por Charles Baudelaire—le contestó. Bella sintió un cosquilleo en la boca del estómago al oír el timbre de su voz. Aterciopelada, varonil y musical. —Gracias a él aprendí a apreciar la lengua francesa. Está considerado el mejor traductor de Edgar Allan Poe en esa lengua. Es uno de mis imprescindibles. —Coincido con Poe. Lastima que no pueda hablar de Baudelaire demasiado. Me matriculé en literatura y sólo completé el primer año. Prioridad de los autores de habla inglesa. Me metí porque me sentía fascinada por las escritoras románticas. Bueno, en realidad me apasioné demasiado con Heathcliff y Katherine. Pero, debido a circunstancias de la vida, la historia de Jane y Rochester me atrae más; están menos apocados a la tragedia. — ¡Hum!—Murmuró observando el brillo tan triste de los ojos de su comensal. —No estoy de acuerdo del todo con ese apunte. Nos empeñamos en ver lo negativo que hay en este mundo, supongo por nuestra naturaleza morbosa, y nos cegamos ante lo bueno de éste. En realidad, las cosas buenas abundan sobre las malas, sólo que estas últimas son más notorias. Se te da bien la literatura. No entiendo por qué dejaste la carrera. —Prioridades—masculló de mala gana. —Entiendo. —Posó la barbilla sobre sus manos. Parecía realmente interesado en ella. Bella intentó cambiar de tema para no parecerle aburrida y miserable. —Dime tu opinión—reclamó su atención: —Charles Baudelaire está considerado como un poeta maldito. ¿Es tan prohibitivo como se rumorea o sólo era un pobre incomprendido que nació en una época equivocada? Los labios del joven se curvaron en una traviesa sonrisa a la vez que sus ojos relucían con picardía. Le habían lanzado un reto y estaba dispuesto a superarlo. —Compruébalo por ti misma—la retó. —Voy a ver si no he perdido el acento francés… Pensó en lo que iba a decir, carraspeó aclarándose la voz y comenzó a recitar: —Quand, les deux yeux fermés, en un soir chaud d´automne, Je respire l´odeur de ton sein chaleureux, Je vois se dérouler des rivages heureux qu´éblouissent les feux d´un soleil monote (3)… — ¡Vale, vale, vale!—Le interrumpió Bella más alterada de lo que quisiera admitir. No podía explicar por qué se sentía tan enardecida. ¡Sólo se trataba de un chico guapo recitando poesía en francés! Y aun así, había tenido un mayor impacto que cualquier caricia de carácter íntimo que hubiese recibido en su vida. Aquella voz, sensual y profunda, había roto todas sus barreras hasta llegar y fundirse con su alma, haciéndole el amor con palabras. Nunca, jamás, nadie le había hecho sentir algo parecido. Y él sonreír triunfante. Había logrado impresionar a aquella preciosa chica que le había empezado a obsesionar desde la primera vez que la vio sentada escuchando cada una de las notas que robaba al piano. Todavía contenía el aliento y notaba los latidos furiosos de su corazón cuando él decidió llamar su atención. — ¿Podrías hacerme un favor?—Le pidió acariciando la boquilla de su botella de cerveza con los dedos. Bella dio un respingo haciéndole entender que le escuchaba. —La próxima vez que quieras hacerme una foto, pídeme permiso primero—le pidió seriamente. Ella sintió como la tierra se la tragaba. — ¡Oh!—Consiguió articular al despegar su lengua del paladar. —Lo siento, me he comportado como una estúpida con eso. No fui consciente de lo mucho que pudiese molestarte… —No me has entendido—la interrumpió de nuevo con una sonrisa. —Quiero que me hagas todas las fotos del mundo. Incluso posaré para ti ofreciendo la mejor de mis sonrisas. Sencillamente, me hubiera gustado que tú te hubieras acercado a mí y no haber tenido que recurrir a la estúpida treta de pagarte la comida para tener la excusa de estar contigo. Eso sólo se hace cuando se pretende un ligoteo tonto en un bar de borrachos. Esta vez, le tocó a Bella sonreír de manera petulante. —Si esto no es un ligoteo en un bar de borrachos, ¿qué es lo que realmente quieres de mí? —Todo—respondió rotundo. —Lo quiero todo de ti. Como sé que tú lo quieres de mí. Tus ojos no mienten. . . . (1) La noche de Walpurguis es la noche comprendida entre el día treinta de abril y el uno de mayo en la cual las brujas realizaban el gran aquelarre. (2) Charles Baudelaire. (3) Cuando, los ojos cerrados, en una cálida tarde otoñal, yo aspiro el aroma de tu seno ardiente, veo deslizarse riberas dichosas que deslumbran los rayos de un sol monótono (Perfume exótico; Flores del mal— Charles Baudelaire)



avarice, whisper