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Maletas ligeras Hanzel Lacayo


Maletas ligeras Hanzel Lacayo


CC BY-NC-ND Hanzel Lacayo Ciudad de Managua, Diciembre 2012

Diagramación y portada Alberto Sánchez Argüello Ilustraciones internas: http://www.fromoldbooks.org/

Esta obra está publicada bajo licencia creative commons Para más información: http://creativecommons.org/licenses/


nota del autor Mi primer encuentro con la microliteratura se dio allá por 1996, cuando en la biblioteca del colegio me encontró Ars Combinatoria de Michèle Najlis. Al principio, el libro no creía en mí. Pensaba que, por tener mucho espacio en blanco, no lo cuestionaría nunca. Lo cierto es que yo no estaba preparado para hacer muchas preguntas; al menos, no las precisas. No lo culpo. Mucho hacía ofreciendo respuestas que mis sesos juveniles poco digerirían sino con la lectura de la vida a través del tiempo. Me leía unas dos veces por semana; por varios meses esto, hasta que la frecuencia comenzó a mellar durante mis años de secundaria. Pero el libro regresaba con su forma hasta a mí, interpretándome, reduciéndome; porque es posible que el libro pueda leer mar adentro en los ojos, y llamar. Para una edición de 10 000 ejemplares, no resultaba improbable encontrarse a menudo con alguno de tantos en las librerías de aquellos tiempos. Lo adquirí en numerosas ocasiones, pues los ejemplares saltaban de mano en mano como liebres que se ahogan en el sombrero sin regreso de los amigos. Esta liebre se ha hecho hoy en día tan pequeña que no alcanza ya en un sombrero. Muchos quieren llevarla puesta, pero aducen displicencia, distracciones, compromisos, pensando que no da suficiente abasto para cubrir del sol, la lluvia y las piedras. Pero será que la microliteratura lo hace tan bien que no podemos cegarnos ante la realidad de que libros como ésos van siempre llenos como las bolsas en los ojos al alcance del receso, los almuerzos y los viajes cortos; libros que se leen rápido, y no por ello duran menos. En los 4 años sucedáneos no pasaron muchas cosas. Como un polluelo que rompe huevo y, lo primero que ve no es un ave parecida a él sino al rapaz en cuyo nido el colibrí depositó el huevo por error, éste aprende a correr como él, a comer como él, a ver el mundo como él. Mi inquietud por el microrrelato me encontró nuevamente con su corte de sien sin cristalinos cuatro años después, a inicios de 2000, casi paralelamente a la creación de los poemas de “Discrepancias”, los clásicos vuelos poéticos y la sagacidad de los picos presentes no importaban más que en la medida cómo lo escrito pudiera cavar túneles que a ese pájaro subterráneo calzaran apretados como un corsé (un corsé que va en el cuello). Apenas empezaba a asomar cabeza, y había reunido alrededor de treinta microrrelatos. En aquel entonces los hablaba mucho con Ezequiel D' León Masís, quien a su vez con poco recreaba y exhortaba a tomarme todo este asunto muy en serio. Tal vez mi error fue pensar que alguien serio es siempre alguien mayor que escribe miligramos, alguien a quien confié mis manuscritos en el Ranchón Ecológico, alguien que los dejó olvidados en algún lugar. Y es que cuando se pierde un minicuento en la cabeza, no es tan terrible (el minicuento sigue ahí: retornable, transfigurado). Cabalgará en algún lapsus freudiano o reencarnará en otras literaturas. Pero cuando se pierde un texto terminado, donde no lo sabe nadie y sólo uno lo sabe, es como perder el hígado. El águila volverá una y otra vez por más y, al no encontrar, arrasará con los demás órganos. Es la extinción de la totalidad; el hígado no volverá a crecer.

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La frustración fue tal que inactivó mi interés por la prosa en general, hasta el año 2011, quizá, cuando conocí a Alberto Sánchez Argüello, asiduo microcreador quien despertó al duende por tercera vez y me enseñó muchas cosas sin querer. Me enseñó que no era malo reír y que invertir en menos no era una pérdida. También me enseñó que la generosidad existe. Al ponerle tanto cuidado a esta edición sin pedir nada a cambio, puso las alas que soñé para Maletas Ligeras. Si la generosidad puede prevenirnos de hacer sólo todas las cosas y hacer todas las cosas solo; enseñarnos a confiar mejor en quien no se ha buscado y ha llegado, por ende, sin hallar, ¿cómo agradecer? Tal vez los primeros esfuerzos micronarrativos, al igual que mi poesía, debieron ser así: aislados, sin buscar aprobación ni consejo de nadie. Por esta razón, quiero creer que todos los accidentes son pérdidas justas. Recién platicaba con Javier González Blandino sobre otras pérdidas, las de forma que implica el género; me comentaba que veía el microrrelato como “el disfraz de muchos fanfarrones que encubren su falta de pericia para la maniobra de los procedimientos narrativos, en historias que parecen arrojadas por una galleta de la fortuna.” Creo que tiene mucha razón, y vi en esto la muy difícil brecha del panadero que ha querido moldear y hornear solamente con lodo. Hay alguien más a punto de soplar, que no es el creador. Con Maletas ligeras quise jugar el papel del minicuentista triste, a menudo tragicómico; el pesimista que boga con la cabeza en alto y a veces se atreve a reír. Alguien en cuyos últimos meses, tuvo poco tiempo para leer y escribir narrativa (la mayor parte del libro se escribió bajo el agua); alguien que ha querido, por ahora, divertirse a su manera sola, nostálgica, y ocultar,más que mensajes de suerte en las galletas de la fortuna, unas cuantas partículas de vidrio y limadura de hierro, enrojeciendo los labios con heridas que sanan para mañana,o los remanentes de las amalgamas que se destruyen de repente y pueden abrir orificios en las vísceras,quizás hasta partir con la noción de que ha hecho las cosas con reglas un poco diferentes. Fue hasta que revisé la estilística del humor que pude sonreírle seriamente a la predictibilidad de la forma con la que este género se des-genera, la sonrisa seria de lo que no llega a convertirse en un chiste o una elucubración de juegos de palabras, que no deja de ser válida si se raciona. Tal vez, si el microrrelato pretendiera demonstrar una capacidad, al hacerlo, demostraría inmediatamente su incapacidad de permitir al lector seguir soplando el barro, narrando omniscientemente e, incluso, profanándonos en una experiencia extracorpórea. Esto mucho tiene que ver con la vena de los autores y sus lectores, lo que han edificado con el tiempo; y con cuestiones como si habremos de respetar al texto por su autonomía, su relación con textos equivalentes, su armonía grupal o su autocracia todopoderosa, sea pues: Su capacidad transformadora. Entonces sí, creo yo, es viable navegar por estas aguas responsablemente. Yo tal vez he querido llegar al delta con el barco de papel por un río seco… o llegar cual salmón diferente, a este estanque sólo para morir; pero cada vez me fío más de este destino en el temple de quien agrega al punto final dos puntos adicionales para validar lo suspensivo: Este inventor sólo puede ser un fiel lector, abierto a cerrar el libro abierto, infinitas veces.

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Con este clase de semilla en la mano, al microcuentista no le queda más que aprender a decir adiós a la novela posible por cauterizar una idea que le obsesiona en pequeño, al verso de un poema para que no viva en el poema, armarse de menos cosas en naufragios de recursos limitados (de los que sus aflicciones ya no se dotarán) y aprender a hacer que todo quepa, aprender a viajar ligero. Con esto no quiero renegar de la validez y responsabilidad de la estilística de obras que sí narran con riqueza. (Estoy consciente de las imposibilidades de este des-generado). Y es que no falta quien quiera batallar montado en una pluma. Espero haber creado el pájaro completo. Tal vez éste sea el punto que permita paso a más vectores en una ceremonia más dilatada con otras formas de narrativa, y que la viola no sólo ha hecho lo que una viola. Por otra parte, he querido engarzar mortalmente muchas historias en tándem. Sobre el Estereoscopio de los solitarios, J. R. Wilcock consideraba su libro como “una novela con setenta personajes que nunca llegan a conocerse.” Yo no he contado los míos, pero sí sé que no están solitarios. Creo que algunas de los más cortos no sobrevivirían sin sus posteriores o predecesores, muchas veces hasta sin el propio título. Quiero pensar que las ideas deben comportarse así en este espacio delectable, vitales en su conjunto. Quiero creer que el microrrelato no sólo es de día y que la semántica tiene que buscar la sinfonía total en las cuatro cuerdas de esa viola. Se trata, pues, de la supremacía de la idea. Y a pesar de que sigo sin creer en que alguien puede llegar a tener una voz propia en un espacio limitante para el herraje con la estilística, quiero pensar que esta voz es consistente con las imposibilidades que permite: La de meter semillas en un frasco de salmuera por defender el derecho que tienen de permanecer dormidas para seguir siendo semillas. Veremos, pues, si continúa la siembra. Hanzel Lacayo Managua, 11 de diciembre de 2012

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ALGO SE FUGA


…al principio de este minicuento La piedra continuó rebotando sobre el agua hasta llegar…

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Las manos, el martillo El artesano talló una mano a la piedra, pero luego la piedra tomó el martillo. Se talló, talló y talló hasta tomar la forma de otro martillo. Y ésta fue la historia de un martillo que tenía una mano de piedra con la que no sabía qué hacer.

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El último día de los dinosaurios El asteroide desnudaba la tierra con pinzas, cuidadosamente dos o tres océanos seleccionaba, mientras yo tallaba sobre tu espalda, el último día de los dinosaurios.

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Tallando a la musa A la musa renegada, nada convencida y todavía rezongando, sigues preguntando: —¿Te convertiré en poema o te convertiré en minicuento? Ella no parece responder, tal vez distraída por el encogimiento de su corsé de papel blanco. Va quedando más desnuda —no por ello menos enmudecida— y cuando por fin asoma su pezón accidentado, grita: —¡Conviérteme en epigrama!

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Claudia aún espera el día del epigrama A sabiendas de lo que has deshecho, Claudia, tú mereces todos los minicuentos del mundo, pero todavía no el epigrama.

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Para disgustos, ciertas musas Destripaba a las ninfas cuando jugaban en el lodo y abusaba de las hadas cuando retozaban en el manantial. De vez en cuando se metía con un duende, arrancaba las manitos a los ogros, decapitaba a algún caído —decidido a no ser ángel—. Pero cuando frente a él colocaron a la inexorable musa dariana, rechazó la purgación.

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Renacimiento Naciรณ hace un segundo. Nueve meses atrรกs entrรณ a la matriz. Se desconociรณ. Se partiรณ en dos: Uno se fue por la trompa; el otro, por la uretra.

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Un mundo sin café ¡Se había tomado todo el café! Las sillas, la tierra, la leña, sus heces... quedaron blancas.

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Cascadas, tus lágrimas En vez de resbalar por las mejillas, sus lágrimas tomaron camino dentro de mis pupilas. Allí se evaporaron y precipitaron v a r i a s v e c e s : Cascadas, tus lágrimas. Y ésta fue la historia del origen de mis cataratas.

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El hoyo Alguien lo descubrió y lanzó en él una cáscara de banano. Otros corroboraron que no tenía fondo. Empezó todo el pueblo a despojarse de sus bagatelas. Días más tarde, una sombra oscura nubló el firmamento. Lo primero en caer fue la cáscara de banano.

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Abducci贸n Las 煤nicas huellas que dejaron los novios eran s贸lo rastreables en las escaleras.

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MAL LOGRADO


Maleficio Buscando siempre ejercer el mal, Satanás había creado la fórmula perfecta, y dijo: —¡Hágase la luz! Y nacieron los políticos.

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El marionetista aclara No me solté para demostrarte los hilos, sino para aclararte que si obré mal, fue porque la marioneta siempre estuvo detrás de mí.

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Catapultado Se ponía de pie, se agachaba; se ponía de pie, se agachaba… todo sin cansancio comprensible, hasta que un día Dios perdió una pestaña y el hombre salió disparado por los aires.

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Prudencial Antes de cruzar la calle, el homĂşnculo miraba arriba y abajo para no morir aplastado en el vertiginoso trĂĄfico de ĂĄngeles y demonios.

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La creaci贸n de los dinosaurios Y Dios escondi贸 al dinosaurio en el Ed茅n para poner a prueba la fe de Ad谩n.

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Salvos en el exilio A nada temían tras ser expulsados del Paraíso. Habían robado suficientes semillas del Árbol.

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Devastaci贸n El diablo se rob贸 todas las flores y borr贸 los caminos del jard铆n.

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Pena el amante Estoy aquĂ­, inclinado y confeso ante la cruz, pero no es lo Ăşnico, erguido ni confeso, que se ha hallado ante un mortal inclinado en nombre de la cruz.

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La comuni贸n de la limosna Colocaron la hostia sobre su lengua y no se disolvi贸. Cuando abri贸 la boca para escupir, incluso devolvi贸 una moneda.

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La constricci贸n del universo Luego de la gran tormenta, encontraron a Dios encogido como un planeta sobre la superficie de la moneda.

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La multiplicación de los pescados —¿Dónde están los pescados? Pregunta el pordiosero ilusionado, cuando en una esquina descubre a su mujer chupando el espinazo de Jesús.

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La enfermedad S贸lo el piano te puede tocar ahora.

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bestiรกbolo


Desenervándose En la cima de la montaña, el monstruo aguarda ansioso la llegada del incauto caminante, pero en un descuido, se deja ver. Resignado, su hambre se siente así más milenaria, hasta que un eco, desgarrándose también entre los cactus, llega a él: —¡Ten paciencia! Solamente subiré cuando no duela.

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El brillante — ¡ L e p r o p o n d r é matrimonio!—presumió, mostrando el anular con la brillante sortija. El monstruo, poco sorprendido con la incrustación, preguntó: —Y, ¿de cuántos quilates es? —Bueno, éste es un Einstein. Andará por los ciento sesenta de coeficiente—exclamó con el pesar de quien tantea la sortija bajo el sol, en una búsqueda inútil del brillo que un cerebro disecado jamás soñaría procurar.

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Segundo rechazo Frustrado tras el primer rechazo, le volvi贸 a proponer matrimonio, esta vez ante un vos Savant, el cual tampoco logr贸 brillar y mucho menos descubri贸 la relatividad.

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Visitador social —Vengo a ver a los niños. —Pase adelante. Ya era hora de que viniera. —Veo que ya están listos. ¡Échemelos en el saco!

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Más corazón Al notar el poco afán con el que preparaba la sopa, le sugirió: —Deberías ponerle más corazón a lo que haces. A lo cual la bestia tomó siete niños, abrió sus pechitos y agregó los corazones.

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Salvaje Como entrada ordenó ensalada de plantas de pies recién nacidos; para beber, un baso entero, todavía turgente de sangre; como plato fuerte, sopa de niño en su pinta. Su esposa, sorprendida, lo contemplaba en su dieta no cárnica, mientras se atragantaba con los febles cabellos, las uñitas y los primeros dientes de leche, sin lograr comprender en qué momento se había casado con aquel salvaje.

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La repartición de la novia —La boda está aburrida. Vámonos. Y sin hacerse esta vez visibles —lo cual de todas formas no causó menor conmoción— soplaron las velas, partieron en dos a la novia con sus tentáculos y la arrastraron dentro del portal.

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Gotera La bestia no comprendía que la razón por la cual no podía devorarla era porque la pesadilla tenía un hueco a través del cual la realidad goteaba desde el mundo.

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Recusación Usted verá cómo escapar del castillo. Yo ya le había advertido que soy muy alérgico a los dragones.

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Cambio de parecer Cuando llegó al calabozo encontró tan pérfida a la doncella, que prefirió desposar al dragón.

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Celestino El drag贸n ofrece todos los d铆as un poco de calor al galio para que pueda cometer sus citas con el mercurio.

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un cuarto de naranja


Venus y el mercurio No era la aplanada belleza del rostro del boxeador lo que enloquecĂ­a a Venus, sino los vapores mercuriales que despedĂ­an sus guantes.

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Ces谩rea Cupido proyect贸 la primera flecha de su vida y escap贸 de la matriz.

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La sequía Lo divisó de lejos y, sacudida en su vestido de calor, se acercó hasta él, lo olió y claudicó: —Regresaré un día que esté menos sudado.

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Tú no fuiste hecha para tocar la cerbatana Apenas lo tocaste, floreció el caño de bambú. La cerbatana que disparaste sólo escupió flores.

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Cuenta el pesimista —¿No me quiere o no me quiere? Decide el pesimista sin siquiera haber desprendido un pétalo de margarita.

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Flores perfectas ComprĂŠ las flores perfectas para tus m a n o s . To d a s s u s e s p i n a s atraviesan el papel.

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La media naranja Junté todas las partes inflables como indicaba el manual, pero no logré recrear ningún poro de su piel.

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Reciclaje Luego de desechar la media naranja, un indigente la recogi贸, le quit贸 los gajos y la ocup贸 para cubrir las yagas de sus pies.

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Fenomenal Si bien extraño que, nueve meses después, la muñeca inflable diera leche, menos insólito que diera luz a su bebé asfixiado en una bolsa de aire.

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Aún no sé cómo llegar En tu mapa no dejaste instrucciones sobre cómo, cuándo ni dónde debía abordar el tren descarrilado.

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Rompevidas Podía armar el rompecabezas de un millón de piezas, enmarcaba y sabía que iba en la pared. Tomaba una montaña de aserrín, reconstruía y sabía a qué jardín correspondía el árbol. Lo mismo hacía con las efemérides del fuego y las trenzas de mil ríos intercambiables. Pero cuando te colocaron frente a él, rompiste en mil salmos su corazón libre, que sólo sabía que ya no sabía qué hacer.

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Hipoxifilia Con la centrĂ­fuga de un beso dejaste semejante vacĂ­o que asfixiaste para siempre las larvas de mariposa.

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Nirvana Encegueciste los ojos de la araña, el ojo único del Cíclope, terceros ojos y los ojos miles de una bola de cristal.

58


Mal de Chagas Su amor crecía y, en igual medida, su corazón crecía bajo el plexo de quien ama y, a su vez padece: Mal de Chagas.

59


Bomba de tiempo —¡Qué helada está tu piel!—apuntó su esposa, mientras los impulsos de su cabeza todavía bombeaban la fantasía de la jovencita.

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Mudanza Tan inexpugnable era tu coraz贸n que cuando tuviste de frente a la tortuga de Gal谩pagos, se desnud贸 por primera vez para mudarse dentro de ti.

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De regreso al mar, la sirena Tras un divorcio prematuro, el cirujano exigi贸 a la sirena por favor devolviera las piernas que le hab铆a cosido para llevarla al altar.

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Los guijarros de la esfinge Al notar que el crujido provenía de las maletas, un hombre pregunta a otro en la estación: —¿Son piedras acaso lo que llevas? El héroe responde tapándose las orejas: —Mis maletas van ligeras. Mi corazón hecho guijarros fue el único sonido que le pude arrebatar.

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La entrada está en la herida —Y, ¿es que no sanas todavía? —Esta herida la abrí yo dentro. Sólo desde mis entrañas podrás comprobar la cicatriz. Así, la liebre abrió la boca y la boa entró.

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Las partes interesadas Tanto conviene a Don Juan que la doncella su amor prive, como a ĂŠsta no conviene que ĂŠl confirme que no cree en el amor.

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Fe Todo puede suceder entre los dos si hay Études de Rachmaninoff.

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En vez de dar vuelta a la clepsidra La tom贸 por la cintura y bailaron lentamente. Por fin los granos empezaron a caer a tiempo.

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Muñecas —¡No pongas sesos al baile! Le dijo, mientras doblaba sus muñecas hacia atrás. Así bailaron toda la noche, lo cual es lamentable. Cuando tu hija te tome de las manos, no querrá jugar con dos muñecas rotas.

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EN CUALQUIER MAR


Un hombre atrapa el río, el mar y el laberinto Confinó el río al laberinto circular. Sólo así logró atrapar el mar. Desde entonces, no distingue cuál es cuál. Y así vio que éste era otro laberinto.

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El barco antes de ser tragado Algunos pensaron que se trataba de un voraz remolino; otros, de una yuxtaposici贸n del hemisferio en torno al Tri谩ngulo de las Bermudas. Pero la causante fue la gran Tortuga, que abri贸 su boca en ese instante para bostezar.

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Al abandono, su sombra Mientras yo me ahogaba en el mar, ella estaba distraĂ­da lamiendo las sombras en las conchas. TodavĂ­a sigue buscando alguien a quiĂŠn unirse.

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Destilaci贸n de arrastre Luego de encontranos en aguas peligrosas, fui yo quien arrastr贸 el Equidna al exterior.

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Las olas contestan El náufrago pregunta a las olas mientras señala un barco hundiéndose: —¿Son flores acaso esos espectros que fluorescen en la proa? Arrastrándolo desde el fondo hasta la costa, con nostalgia contestan las olas: —Son ratas evacuando. Una vez más se ha hundido el barco fantasma.

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El sobreviviente Se sintió más intranquilo cuando vio la arena y más angustiado al comprender que ésta era la única isla. Al llegar, más resignado aún que el propio declive del sol, se acostó en decúbito a llorar el atardecer, cuando notó el lánguido, pero seguro ascenso del horizonte, perceptible y valorable nada más desde una isla que está hundiéndose. Se durmió en paz sabiendo que sí iba a sobrevivir.

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La vela La marea devolvi贸 el cuerpo de Juan Salvador Gaviota excepto sus ojos, que a煤n volaban sobre la noche.

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peligro de circulaci贸n


La cosecha Un hombre contempla boquiabierto las piernas de la señorita: —¡No me vea con esos ojos! Pasé todo el invierno arrodillada sobre granos de maíz. A lo cual procedió a cosechar las mazorcas de sus rodillas.

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Sรกbanas blanco fantasma Dejรณ de copular con los fantasmas de familia cuando en sus sรกbanas las manchas empezaron a dejar color.

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El estrangulador Con tal fuerza retorci贸 sus calcetines hasta que ya no gotearon m谩s. Al colgarlos en el tendedero, lament贸 que las blancas plumas siguieran desprendi茅ndose.

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Cuna de lobos Admite la loba más joven después de aparearse con el lobo más viejo: —Reconozco que no está limpio, pero mis lobeznos serán legendarios.

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Un ojo verde no lo es todo Te enamoraste del destello verde que se colaba por la rendija ignorando que se trataba del morboso ojo de la bestia.

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La mujer de hierro S贸lo pudo fecundarla el hombre bala.

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Sala de emergencias Ésta era una mujer, sin piernas y sangrantes. Éste era un hombre, con la otra mitad de la mujer aprehendida a sus extremidades.

84


El perfume Te oli贸 toda la noche; en s贸lo dos horas te dej贸 sin olor. A la ma帽ana siguiente, una por una, las abejas fueron entrando por su nariz.

85


La lengua no duda Frente a mí hay otro cráter turgente, a mi derecha una barbilla y a la izquierda un desierto que culmina en monte. ¡Sé adónde ir!

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Psicópata Éste era un jilguero que cuidaba su valiosa astilla de paja en el nido que forjó a partir de los huevos de sus enemigos.

87


El gallo viejo lamenta ¿Cómo podré detener tus veintiún años de vida para que te quedes conmigo?

88


Una insensata confirmación El cabello de tu cuello bajo es tan idénticamente terso al suyo que termina resultando siniestro. Debo así despertarte en medio de la noche, comprobar que no eres ella, y seguir así cayendo en otro mimetismo de tu sangre.

89


El origen de la medusa La sordera de Medusa increment贸 cuando sus serpientes empezaron a practicar org铆as. Tanta fue la fricci贸n que se volvieron urticantes. La leyenda cuenta que Perseo dispuso su cabeza en el mar.

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Botando el tejado Tal fue la conmoción en el catre, que recibieron la caída de las tejas como pétalos edénicos.

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Faquires Mientras uno clavaba y se acostaba sobre la tabla, su doble en el espejo mudaba de piel constantemente haciendo espacio para mรกs clavos.

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Ménage à trois No importaba que uno fuera un pez y el otro un ave. Desovarían ambos sobre el horizonte. La historia se complicó cuando conocieron a la serpiente.

93


No predestinado Frena el cardumen ante el óvulo absorto. El único colonizador ha decidido retirarse. — To d o g o l p e e s v a n o —advierte— no sigan empujando. No cambiará por nadie su última palabra.

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Dos zorras mañosas Dos zorras mañosas un día se encuentran y, por pretender ser puras, en su ingenuidad se temen, se aburren, se abruman. A los pocos días acaban por dejarse, cuando bien pudieron haber sido felices por la comunión de todas sus mañas.

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Voto de confianza Llama. Todos los días tocaré una pieza de piano para convencerte de que sí estoy en casa.

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Paranollama —¿No te llegó mi llama? ¡Tenías apagada tu célula! —Tengo una llamarada tuya. ¡Con que eras tú quién llameaba!

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¿Con que esto es lo que llaman una estrella negra? Fuertemente, la pareja se abrazó sin dejar espacio para el aire entre los brazos, comportando tal presión isobárica, que el amplexo se comprimió en un punto de masa infinito, temiendo desde la Tierra, al no ver su oscuridad no destellar ultraterrestre, el nacimiento de una cruel —y para Dios, indivisible— estrella negra.

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Toda la noche, acaramelados Al despertar, descubrimos una piel mรกs profunda calada por las hormigas.

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Lo que sucedi贸 a las pinturas rupestres Tal fue su ofuscacion tras el hallazgo, que el sudor y la fricci贸n entre sus cuerpos borraron las pinturas de los m谩rmoles rupestres.

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Girasoles, la masacre Para decapitarlos, se puso a dar vueltas desnudo. Sorprendió aún más lo que hizo para extraer el aceite de los girasoles.

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Sopa de letras Cuando movía la cuchara, las letras construían siempre un poema que al poco tiempo se hundía, fenómeno en menor medida curioso al considerar que todas las letras en la sopa provenían de su boca.

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Los lunares revelan lo que ha sucedido bajo muchas lunas A mitad del eclipse, el amante recusa: —Pensé que sería el primero. —¡Claro que eres el primero! —¡Mientes! ¡Tus lunares ocultos ya hablaron!

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mas o menos libres


Cirugía cárnica Luego de escrudiñar y cotejar en el catálogo de rostros, dejó elegir al doctor. No aplicaría anestesia antes de efectuar el implante. Moldeó las facciones de los pómulos, ovaló la frente. En breve nariz y boca emergieron. Trabajó para el final los ojos, pegándolos cerrados para que al abrirlos, la máscara se contemplara genuina frente al espejo y no evitara emitir su primer gesto de sorpresa humana.

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Poltergeist Se abre un aro en el cielo, entra una mano y me jala de las orejas. MĂĄs de cien niĂąos aplauden conmocionados. ÂĄQuiero regresar al sombrero!

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El mago Tomó un ramo amarillista del periódico, lo agitó fuertemente y lo convirtió en una poesía mensajera.

107


Fe de erratas Tras ser designada para comunicar la tregua y temiendo quedar desempleada con la segura culminaci贸n de la guerra, la paloma se vio obligada a reescribir el mensaje.

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La carta envenenada Al ver que la paloma mensajera no regresaría, decidí asignarle esta misión a un Pitohui.

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Un pie queda en libertad El carcelero coloca por equivocaci贸n la bola de hierro del preso en el orificio del ca帽贸n.

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Los mutilados Ambos se acostaron y, sin cerrar los ojos, se quedaron en silencio. No se tomaron de las manos; tampoco dijeron nada. (No tenían manos y no había nada qué decir). Sólo los pies, no mutilados, amantes de guerra, se tomaron de los pies.

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El exiliado Tumbaron la cama y las mesas. Buscaron en el baño y el clóset; ninguna huella palmaria en el jardín, hasta que apuntaron al unísono cuarenta carabinas a su sien, interrogando: —¿Dónde lo escondiste? —Huyó hace años. —¡Habla o disparamos! Y, asomando la cabeza por la falda tras apartar las piernas con sus garras, suplicó: —¡No la maten! ¡Aquí estoy!

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De armas tomar Pregunta un guerrero al otro en el cuarto de artillería: —¿Qué arma usarás? —Yo sólo sé usar el puñal. Hasta que vi el aire dormido por las pestañas de la niña muerta. Desde hoy las usaré como dardos paralizantes.

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Persistencia En este desierto era tal el caminante, que el hambre y la sed murieron antes de que su cuerpo muriera de sed y de hambre.

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occipitales


Recursos ilimitados Por su fealdad, los param茅dicos consideraron factible salvar y, por ende trasladar al hospital, s贸lo a su fantasma.

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Ruego por la bala Rog贸 a los doctores no extraer la bala de su coraz贸n. Era la 煤nica que hasta entonces hab铆a logrado inquietarlo.

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Pintando las flores No es tan descabellado pintar de rojo los repollos para que parezcan rosas, sino explicarte que us茅 sus espinas para obtener el matiz adecuado que s贸lo puede en mi espalda infundir la autoflagelaci贸n.

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El horror de un pĂŠndulo El buey todos los dĂ­as lloraba al ver el cuero de su vaca amada pendulando en el cobertizo.

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Antes de saltar Una rata hala el rabo a otra rata y le pide: 窶年o saltes. Quテゥdate conmigo. No es tan malo si las dos nos hundimos con el barco.

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Carta a la familia Dónde enterró el cadáver, qué hizo con el dinero, cómo los mató y por qué no permitió que la niña confesara: Todo esto lo quemó ya grande al interceptar la epístola sangrante.

121


Los cĂłmplices dubitan No sabĂ­an si enterrarla en el agua o en la tierra luego de asesinar a la salamandra sin preguntarle su Ăşltima voluntad.

122


Viuda negra Antes de iniciar el baile, la viuda negra pidi贸 a todos sus invitados que fueran desenvainando su cruz.

123


A sangre fr铆a No conforme tras haberle arrancado los ojos, el cuervo prosigui贸 con el coraz贸n.

124


Sombría Salió del mar envuelto en sangre. El pescador, tras no divisar una herida, preguntó: —¿Por qué sangras? —¡No es mi sangre!—apuntó, señalando el sepulcro de su sombra que se había roto contra los corales.

125


M谩s o menos libre El elefante se solt贸 de su clavo, dio unos pasos fuera de la inmensa jaula y qued贸 atrapado en el mundo.

126


La tela de araña se rompe ¿A quién culpar de paquiderma occisión porque invitaren a saltar al vigésimo elefante?

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Estratagema En vez de elegir el pochote, he decidido tallar nuestras siglas en el cactus para que las huellas de mi amor sobrevivan tu sequĂ­a.

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Honrando cien samurรกis Una estocada no bastaba. El cactus tuvo que enterrarse todas las espinas para desaguar.

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Al final del camino, el salm贸n Los huevos que puse no romper谩n. He llegado a este estanque s贸lo para morir.

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Ictiocidio Y el pez respiró las burbujas que venía ahorrando hace días.

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TeorĂ­a de la relatividad Viejas noticias llegan a tiempo para cambiar el pasado pendiente hasta ahora.

132


Segundos antes de la vida Cumpliendo las palabras del augurio, la muerte acudiĂł puntual a la escena portando el ramo con malvas del cementerio, pero al mirar dentro de la baĂąera, donde habĂ­an acordado enlazarse, la novia ya habĂ­a decidido casarse.

133


Gran salto Cuando pas贸 el furg贸n, en muerte se uni贸 con el polic铆a acostado.

134


El homicida se regocija con el olor de una flor No es la regla que la sangre en el lecho de un homicida simule una flor, a pesar de que esta vez sĂ­ fuera la regla.

135


Aguas infectadas con tiburones Antes de saltar por la borda, consider贸 m谩s efectivo dejar caer una gota de sangre en el agua, antes que atar una roca a sus tobillos.

136


El bombillo Atormentado por dar muerte a las polillas, el bombillo decidi贸 cortarse el filamento.

137


El rescate Justo cuando el hombre estaba a punto de ahogarse, la madre interrumpió tomándolo de la camisa con sus dientes: —Discúlpenme. ¡Lo andaba buscando hace días! A lo cual procedió a echarlo en su bolsa y se alejó saltando.

138


caleidosc贸pico


Banal Luego de saltar arduamente de libro en libro, la zorra por fin alcanz贸 las uvas en esta f谩bula y comprob贸 que s铆 estaban verdes.

140


El regreso del unicornio azul El unicornio azul regresó tres días después. Corneó a tu puerta día y noche, y no abriste al descubrir por el visor un disimulo de lomo celeste. Había resbalado en una tina de cloro: Nada que otra pasadita de pintura no pudiera remediar.

141


Lo que hubiera pasado con el unicornio De no haber resbalado en la tina de cloro, el unicornio no hubiera regresado.

142


La telaraña en el laberinto Porque a Ariadna sobraba hilo y el Minotauro aprendió a tejer, Teseo no se internó más profundo en el laberinto, temiendo la aparición de una gigante e inderrotable araña.

143


Rapunzel, revisada El último caballero de quien se supo, utilizó la cabellera de Rapunzel para ahorcarse, y así pasó a formar parte del áurico y sedoso receptáculo de esqueletos.

144


Blanca Nieves, resoluta Si bien harto curioso que los detectives no tuvieran nada que urdir en la escena del crimen —pues ella había devorado hasta el corazón de la manzana—, no menos oportuno confirmasen que el veneno se hallaba concentrado únicamente en las semillas.

145


De músicos a malabaristas Sobre el gallo se montó la rata; sobre ésta una serpiente. Coronaba la pulga y con la orquesta completa, en vez de tocar música en las calles de Bremen, se pusieron a bailar sobre la cuerda floja al ritmo de la percusión del público circense.

146


Tirando la toalla Ambos contendientes se rehusaron a competir para demostrar quién podía hilvanar el más suntuoso vestido cuando te mostraste desnuda ante la araña y el gusano de seda.

147


Morir dos veces Se rehusó a construir la crisálida, pues para montar vuelo tendría que haber muerto.

148


La no metamorfosis Todas las orugas la veneraban. Veían en ella un símbolo de emancipación. En el fondo, ella temía descubrieran que sólo se trataba de una vil lombriz.

149


Más ordinario Pensó que había nacido en un cuarto de espejos. Con el tiempo descubrió que solamente era una larva más en la prisión de abarrotados hexágonos.

150


Derrocación Tres de cuatro columnas hermanas se derrumbaron con la noticia de que la cariátide mayor se había mudado al parque.

151


Serial Cuando comprendió por qué la sierva lo condujo a ese rincón del bosque donde sólo yacían osamentas, era demasiado tarde.

152


Argumento del ratón ante la entrada de su madriguera Jadeante, suplica la serpiente: —¡Escóndeme en tu madriguera que me vienen persiguiendo! Tras lo cual el ratón apunta: —Pero tú también me has venido persiguiendo…

153


Una anciana muere veintisiete veces ¿Cómo le explicaré que dejé abierta la llave de gas y todos sus gatos estaban adentro?

154


Luego de poner el cascabel al gato La principal causa del aumento en el índice de mortalidad de los ratones se atribuyó a infartos cuando éstos daban cuenta de la proximidad del cascabel.

155


El cascabel en navidad también es fatal El índice de mortalidad de ratones siguió aumentando cuando confundieron el sonido del cascabel con el del trineo volador de los renos navideños.

156


Resolución al misterio del gato de Shrödinger Cuando levantaron la caja, el gato se había convertido en una serpiente de cascabel.

157


sue単omiedos


Delikatessen Ésta era una oveja disfrazada de lobo. Ésta era una oveja con extraños hábitos alimenticios.

159


Sedante Luego de ser acorralada, la oveja ultim贸 saltar de un lado a otro sobre la cerca hasta que uno a uno los lobos se quedaron dormidos.

160


Muerte súbita Luego de buscar refugio, la oveja empezó a contar lobos para quedarse dormida. Éstos, de sagaz olfato y presta ligereza, no saltando cercas sino subrepticios por la sierra, hace diez minutos habían despertado.

161


Sueño sin filtro Luego de entrar a mis sueños sin permiso, publicó todas las fotografías.

162


Tres cocodrilos El primero se quitó la carne, la colgó bajo el sol, espero que se deshidratara, se la puso de nuevo y pudo caber en el traje. El segundo se quitó la carne, la colgó bajo el sol, espero que se deshidratara, se la puso de nuevo y anduvo con dos pieles. El tercero se quitó la carne, la colgó bajo el sol, espero que se deshidratara, se la puso de nuevo y pudo entrar por la rendija.

163


Tinnitus Cuando hace demasiado calor, a veces se asoma por una de mis orejas, ve que el caos va muy mal y de inmediato se interna para seguir tocando el tambor.

164


Perder lo más importante Ascendió por mi garganta aprovechando que con la boca abierta había caído dormido, y escapó.

165


Ornato Ostentando su libertad, la perla se desprendi贸 de la ostra. Lo que nunca imagin贸 fue que siempre llega un cangrejo que sin permiso la toma para adornar su caparaz贸n.

166


Big Bang Ningún poema dijo a ningún otro: —¿Por qué de pronto estamos resonando? —Alguien, desde otra estrella, ha de estar a punto de inventarnos.

167


Ofiuco, precavido Para no espantar a la estrella fugaz si acaso llega, he decidido liberar a la serpiente.

168


Nube negra —¿Por qué portas un sombrero mojado? —No es un sombrero. Estoy feliz, y mi nube negra se cansó de llover sobre mí.

169


Todo en orden La reina se petrific贸 y el rey infart贸 segundos antes de irse. Los peones evolucionaron hasta alfiles. Las torres cayeron como fichas de domin贸 y el ajedrez por fin se jug贸 con damas y caballos de verdad.

170


Sobre los deportes que exigen pelotas —No me gustan los deportes que involucran perseguir una pelota estúpida. —¿Acaso no estamos jugando ahora sobre la faz de una pelota estúpida?

171


Tercer ojo Éste era un cíclope con un segundo ojo. Éste era un cíclope de superior intuición.

172


La destrucci贸n del templo Te tomaste las pastillas y me vi desaparecer ante ti.

173


Irreplicable Los comejenes arrasaron con el laboratorio de biotecnologĂ­a. No pudimos clonarte a tiempo.

174


Compaùía en el desierto Justo cuando estaban a punto de desaparecer, partieron en dos mås peyote y siguieron conversando.

175


Dos gigantes discuten en su sueño Señalando su bebida, un gigante dice al otro: —¡Mira cómo se ahoga la mosca! A lo que el otro corrige: —No es una mosca, sino el dios que está soñándote.

176


El cielo es el lĂ­mite La mano del NiĂąo agravaba la tormenta de nieve haciendo que sus cuerpos colisionaran contra el cielo de una bola de cristal.

177


Crecida La ardilla, que siguió la tradición de los castores, cayó en una profunda depresión cuando el río destruyó su gran pared de nueces.

178


Prácticas de microbiología La bacteria creía habitar el ojal de una aguja hasta que el laborista acercó el asa al corazón azul de la llama de Bunsen.

179


Ladrona de flores El cami贸n se deten铆a siempre en la misma esquina en una entrega de aparentes flores blancas. Tu nariz previno el robo cuando a tres metros de distancia oliste las gallinas.

180


Punto de congelación Los colores del cuadro cambiaban todo el día, hasta que colocaron frente a éste un espejo congelando para siempre la imagen del colibrí.

181


Movedizas Al meter el dedo en la arena del frasco sentiste un mordisco. El tacto con tu piel las convino movedizas.

182


Abandonada Luego de quedar ciega, la paloma empezó a anidar en la estatua del cancerbero sin comprender por qué su amado jamás regresaría.

183


Advertencia en la salida de la tienda de alfombras voladoras Por favor, camine sin los pies sobre la tierra.

184


indice ALGO SE FUGA 9 10 11 12 13 14

…al principio de este minicuento Las manos, el martillo El último día de los dinosaurios Tallando a la musa Claudia aún espera el día del epigrama Para disgustos, ciertas musas

15 Renacimiento 16 Un mundo sin café 17 Cascadas, tus lágrimas 18 El hoyo 19 Abducción

MAL LOGRADO 21 22 23 24

Maleficio El marionetista aclara Catapultado Prudencial La creación de 25 dinosaurios 26 Salvos en el exilio

27 28 29 30 los

Devastación Pena el amante La comunión de la limosna La constricción del universo

31 La multiplicación de los pescados 32 La enfermedad

BESTIÁBOLO 34 35 36 37 38 39

Desenervándose El brillante Segundo rechazo Visitador social Más corazón Salvaje

40 41 42 43 44

La repartición de la novia Gotera Recusación Cambio de parecer Celestino


UN CUARTO DE NARANJA 46 Venus y el mercurio 47 Cesárea 48 La sequía Tú no fuiste hecha para tocar 49 la cerbatana 50 Cuenta el pesimista 51 Flores perfectas 52 La media naranja 53 Reciclaje 54 Fenomenal 55 Aún no sé como llegar 56 Rompevidas 57 Hipoxifilia

58 Nirvana 59 Mal de Chagas 60 Bomba de tiempo 61 Mudanza 62 63 64 65 66 67 68

De regreso al mar, la sirena Los guijarros de la esfinge La entrada está en la herida Las partes interesadas Fe En vez de dar vuelta a la clepsidra Muñecas

EN CUALQUIER MAR Un hombre atrapa el río, el 74 Las olas contestan mar y el laberinto 71 El barco antes de ser tragado 75 El sobreviviente 72 Al abandono, su sombra 76 La vela 73 Destilación de arrastre 70


PELIGRO DE CIRCULACIÓN 78 79 80 81 82 83 84

La cosecha Sábanas blanco fantasma El estrangulador Cuna de lobos Un ojo verde no lo es todo La mujer de hierro Sala de emergencias

91 92 93 94 95 96 97

85 El perfume

98

86 La lengua no duda

99

87 Psicópata

100

88 El gallo viejo lamenta 89 Una insensata confirmación

101 102

90 El origen de la medusa

103

Botando el tejado Faquires Ménage à trois No predestinado Dos zorras mañosas Voto de confianza Paranollama ¿Con que esto es lo que llaman una estrella negra? Toda la noche, acaramelados Lo que sucedió a las pinturas rupestres Girasoles, la masacre Sopa de letras Los lunares revelan lo que ha sucedido bajo muchas lunas

MÁS O MENOS LIBRES 105 106 107 108 109

Cirugía cárnica Poltergeist El mago Fe de erratas La carta envenenada

110 111 112 113 114

Un pie queda en libertad Los mutilados El exiliado De armas tomar Persistencia


OCCIPITALES 116 117 118 119 120 121 122

Recursos ilimitados Ruego por la bala Pintando las flores El horror de un péndulo Antes de saltar Carta a la familia Los cómplices dubitan

123 Viuda negra 124 125 126 127

128 129 130 131 132 133 134 135

A sangre fría 136 Sombría 137 Más o menos libre 138 La tela de araña se rompe

Estratagema Honrando cien samuráis Al final del camino, el salmón Ictiocidio Teoría de la relatividad Segundos antes de la vida Gran salto El homicida se regocija con el olor de una flor Aguas infectadas con tiburones El bombillo El rescate

CALEIDOSCÓPICO 140 Banal El regreso del unicornio 141 azul Lo que hubiera pasado con 142 el unicornio 143 La telaraña en el laberinto 144 Rapunzel, revisada 145 Blanca Nieves, resoluta 146 De músicos a malabaristas 147 Tirando la toalla 148 Morir dos veces

149 La no metamorfosis 150 Más ordinario 151 Derrocación 152 Serial Argumento del ratón ante la 153 entrada de su madriguera Una anciana muere veintisiete 154 veces Luego de poner el cascabel al 155 gato El cascabel en navidad también 156 es fatal Resolución al misterio del gato 157 de Shrödinger


SUEÑOMIEDOS 159 160 161 162

Delikatessen Sedante Muerte súbita Sueño sin filtro

172 173 174 175

163 Tres cocodrilos

176

164 165 166 167 168 169 170

177 178 179 180 181 182 183

Tinnitus Perder lo más importante Ornato Big Bang Ofiuco, precavido Nube negra Todo en orden Sobre los deportes que 171 exigen pelotas

184

Tercer ojo La destrucción del templo Irreplicable Compañía en el desierto Dos gigantes discuten en su sueño El cielo es el límite Crecida Prácticas de microbiología Ladrona de flores Punto de congelación Movedizas Abandonada Advertencia en la salida de la tienda de alfombras voladoras


Hanzel Lacayo (Managua, 1984): Poeta, narrador y fotógrafo. Ha publicado los poemarios "Discrepancias" (2000), "A Contenciones, conspiraciones..." (2006), "Días de ira" (2008) y "Hasta el fin" (2011). Integró la revista "Tribal Literario". Galardones: primer lugar "Primer Premio de Poesía en Homenaje a Rubén Darío" por "Número Imaginario"; primer lugar "Primer Concurso de Cuento: UCA Literaria" por "Tres Señales". En julio de 2008 fue nombrado "Escritor del Año" por la "Asociación de Artistas de Nicaragua: Rafael Gastón Pérez". Participó en el "Primer Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico, 2008" y "Quinto Encuentro Internacional de Poetas El Turno del Ofendido, El Salvador, 2008". Su poesía aparece publicada en importantes antologías, revistas, suplementos y compilaciones poéticas dentro y fuera del país. www.hanzellacayo.com


PARAFERNALIA

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Hanzel Lacayo - Maletas Ligeras (2012)  

"Maletas ligeras" es mi primer libro de microrrelatos. En éste quise jugar el papel del minicuentista triste, a menudo tragicómico; el pesim...

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