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TIEMPO DE PLAGAS

ALBERTO FLORES GALINDO

TIEMPO DE PLAGAS

ALBERTO FLORES GALINDO

Lima, Perú 1988

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TIEMPO DE PLAGAS

ALBERTO FLORES GALINDO

INDICE

Tito Flores, periodista, Antonio Cisneros

INTRODUCCION

I EXILIADOS Y MILITANTES • • • • • • •

Francisco García Calderón: un profesor de idealismo Socialismo y problema nacional en el Perú Un viejo debate: el poder Eudocio Ravines o el militante La terca apuesta por el sí El camino de Damasco Nueva izquierda: sin faros ni mapas

II CONTRA LA CORRIENTE • • • • • • •

Región y regionalismo en el Perú Las sociedades andinas: pasado y futuro Uchuraccay: el psicoanálisis como metáfora Pensando el horror Antes y después del Papa Los caballos de los conquistadores, otra vez El socialismo a la vuelta de la esquina

III FIN • • •

Vivir en el Perú El exterminio y el recuerdo: la masacre de los penales La utopía andina: esperanza y proyecto

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TITO FLORES, PERIODISTA

ALBERTO FLORES GALINDO es uno de los historiadores más notables en un país donde, cosa es sabida, existe ya una estirpe de notables. Preocupado por el estudio (y no el copyright) del pensamiento casi siempre novedoso de José Carlos Mariátegui. Entusiasta (al igual que Manuel Burga) por los enrevesados avatares de la llamada utopía andina. Su obra es un ejemplo de ojo zahorí y lucidez. Polémico a menudo y a veces arbitrario. Heredero de una letrada tradición en nuestra historia. (Los textos de Porras Barrenechea, Pablo Macera o Riva Agüero muestran, a todas luces, un trato saludable y familiar con la literatura.) Flores Galindo, a diferencia de los más en las ciencias sociales, es hombre de escritura. Bagaje que no es sólo de gusto y claridad sino, y sobre todo, de tonos que matizan y libran al lector de la retórica, la jerga de la tribu, el gran lugar común. Nuestro autor, claro está, dista mucho de ser un ilustre desconocido. Alumnos, lectores y curiosos tienen, a su manera, alguna parcela de su imagen. Investigador, profesor, promotor. Utópico, agudo, monacal. Yo poseo también mi versión propia. Amigo de una década, cómplice de ciencia y chifladura. Y aunque poco honramos (y no por mi deseo) el alma de los vinos y cervezas, hemos sin embargo compartido jornadas delirantes y apacibles en los predios del periodismo cultural. Imprescindible en las añoradas (por mí al menos) El Caballo Rojo y 30 Días. Ayuda fiel, aunque distante, en los semanarios El Búho y Sí. Amén de colaborador en revistas de peso pesado y artífice de Márgenes, publicación de SUR. Flores Galindo es, a pesar de su aureola académica, un periodista cabal. En la buenas y en las malas, siempre llano (casi siempre) a escribir en medidas y plazos urgentes, despiadados y en lengua castellana. De eso se trata el periodismo. Además de ver y conocer es cosa, en su momento, de dar fe. Testimonio oportuno que incomoda al sofista puntilloso y acomoda al lector. Verdad que lo veloz y lo inmediato suelen tener su costo. Con certeza, no dan alas para el ingreso a la inmortalidad. En general, los periodistas, cual anónimos infantes en

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batalla, se hallan resignados a que el escrito, atinado y febril en su momento, sólo sirva para envolver pescado al otro día. Salvo excepciones. Y eso me conmueve en la labor de Flores Galindo. Cada artículo de este volumen que, alguna vez, cumplió su cometido periódico y puntual, al paso de los tiempos conserva su vigencia. Espada entre la pena y la esperanza. La viva reflexión sobre el Perú, sus fieras circunstancias (que por desgracia son sus permanencias) otorga corazón a los ensayos de este Tiempo de plagas.

Antonio Cisneros

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INTRODUCCIÓN VEINTE AÑOS ATRÁS pensábamos que el Perú era un país pacífico. Sebastián Salazar Bondy había trazado la imagen de Lima como una ciudad sumergida en el marasmo de la abulia y, antes, julio Ramón Ribeyro condensaba al mundo andino en la mirada cargada de odio impotente de un abigeo preso: «Era un ojo irritado y terrible que me llenó de estupor, porque me pareció que por él miraba, no una persona, sino una multitud de gente desesperada». Pero esa multitud rompería el encierro. Los años sesenta se vieron remecidos tanto por las ocupaciones de terrenos baldíos, en las afueras de las ciudades a donde llegaban migrantes o miserables expulsados de los tugurios, como por los reclamos de tierras, marchas e invasiones de haciendas en los Andes. Todavía sorprende que ninguno de estos dos movimientos derivara en una violencia generalizada. Los campesinos en su lucha por la tierra buscaron situarse conscientemente en los cauces legales y, cuando estos fueron rotos, evitaron los enfrentamientos con la policía, y ésta, por su parte, tampoco estuvo siempre dispuesta a abrir fuego. El libro de Hugo Neira Cusco: tierra o muerte (1965), terminaba con la imagen de indios y policías colocados frente a frente, pero el estallido no se produjo. Así como no se incendiaron casas-haciendas, no se destruyeron máquinas, ni se colgaron gamonales, fueron excepciones masacres como la de Rancas. La realidad parecía confirmar ese estereotipo del peruano como ser pacífico, soportando estoicamente las agresiones. América Latina de los años sesenta, en cambio, era un continente convulsionado por el impacto de la revolución cubana. Un año antes de la entrada de los castristas a La Habana, una insurrección popular había terminado con la dictadura de Pérez Jiménez en Venezuela. Y desde 1946 la lucha armada era una realidad en Colombia, donde la violencia política costaba miles de muertos cada año. Después del 1° de enero de 1959 vendrían los sabotajes y los intentos de invasión a Cuba por los norteamericanos, la II Declaración de La Habana (1962), el socialismo como una realidad casi «a la vuelta de la esquina» y los esfuerzos por expandir la revolución a otros países. Aparecen guerrillas en Guatemala, Nicaragua, Venezuela. En el área del Caribe, si bien Cuba logra sostenerse a pesar de la «crisis de octubre», los otros movimientos fracasan. Sólo a fines de los sesenta se iniciaría una segunda oleada revolucionaria que tendrá en esa ocasión como escenario a los países del sur del continente: Bolivia, Uruguay, Argentina, Chile. En todos ellos, por medios legales, recurriendo a la guerrilla rural o a la guerrilla urbana, se intentará emprender el «asalto al poder», pero nuevamente sin éxito y además con un alto costo social. Las dictaduras militares se imponen con un saldo de muertos, desaparecidos, campos de concentración y torturas. El Perú se mantuvo al margen de estas dos coyunturas. Aquí las guerrillas aparecieron cuando terminaban en el norte y todavía no habían empezado en el sur del continente. Primero fue la efímera experiencia del ELN con Javier Heraud, el año 1962.

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Después el intento de formar varios frentes guerrilleros principalmente por acción del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, dirigido por De la Puente y Lobatón. En este último caso las acciones empezaron en junio de 1965. Unos meses después, aunque recurriendo al empleo del napalm y al terror indiscriminado contra las poblaciones nativas de la selva central, los militares habían aniquilado a las guerrillas, victoria indiscutible que sólo les costó 48 bajas. En esos años la izquierda peruana era una minoría. En las elecciones nacionales de 1962, sumando todas las fuerzas de izquierda y utilizando esta palabra en su sentido más amplio, éstas habían obtenido apenas el 3.5% de la votación. Todo esto ha cambiado de manera radical. Ahora, más de veinte años después, vivimos una crisis cuyo signo más visible es precisamente la violencia política. Desde el año 1980 esta violencia, como antes en otros países latinoamericanos, ha significado presos, desaparecidos o muertos. Año a año las cifras se han ido incrementando en lo que parece una especie de espiral que envuelve a todos. Hasta el momento, 12,000 muertos, 2,500 desaparecidos y 35,000 refugiados. El año pasado el total de presos políticos era de 500. Ese año los movimientos alzados en armas habían realizado más de 1,400 acciones. Pero la violencia no es sólo números. Tiene una dimensión cualitativa que no es únicamente la de cada muerte en particular, sino también la de los heridos, la de quienes se han visto obligados a emigrar y trasladarse desde las zonas convulsionadas a Ica o Lima, y la de todos aquellos que la han visto cara a cara, en algún pariente o algún amigo victimado. Tiene nombres propios. Como el de Edwin, un niño de Huanta, de 12 años de edad, cuyo padre fue raptado por los marinos: o el de otro niño, quechua-hablante, de 9 años, testigo de cómo los senderistas victimaron a su abuela: «Ellos mataron a mi abuelita mientras mis padres estaban en la chacra. Ellos la mataron diciendo 'eres soplona'. Yo he visto, yo he mirado; la mataron a mi abuelita». La violencia política estuvo antecedida por un incremento en la violencia criminal: robos, raptos, crímenes. En este caso, al igual que en el de la subversión, el Estado sólo ha sabido responder con la violencia desde arriba. La población carcelaria del país llega a 20,000 presos, la mitad de ellos en Lima. Las cárceles sobrepasan su capacidad inicial y es así como Lurigancho edificado para 2,400 internos, o Chorrillos para 250 presas, llegan a tener en 1984 más de 5,500 y más de 700 presos cada una. Todos ellos viviendo en deplorables condiciones de higiene, mal alimentados, sometidos siempre a prácticas vejatorias. La tortura es ejecutada habitualmente en los interrogatorios. En estas condiciones tenían que ser frecuentes los motines en las cárceles. Frente a todos ellos la solución fue reprimir. Aunque la pena de muerte no tiene curso legal en el país, de facto se la ha aplicado primero contra criminales y asaltantes y, después, contra presuntos senderistas. Aparece una cultura de la violencia. Algunos la asumen abiertamente, como el general Cisneros, que reclama insistentemente la pena de muerte para los «guerrilleros» y quienes los apoyan, con lo que la cifra puede ser bastante elevada. Nada de eso se les oculta al general. Lo admite con absoluta transparencia: «Para que las fuerzas policiales puedan tener éxito tendrían que comenzar a matar senderistas y no senderistas, porque esa es la única forma como podrían asegurarse el éxito. Matan a sesenta personas y a lo mejor ahí hay tres senderistas...». Ha sido dicho, no en una conversación privada o con el tono de una confidencia, sino en voz alta y en una revista de circulación nacional: en letras de

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imprenta. Un manifiesto en favor de la muerte. Pero el general no tiene la patente exclusiva de ese manifiesto. La localidad de Accomarca en Ayacucho: 14 de agosto de 1985: ese día llega una patrulla militar a la caza de senderistas. Su paso por el pueblo dejará como saldo 69 muertos. Adultos en su mayoría, pero también niños y ancianos. Cuerpos abaleados, quemados o destrozados por esquirlas. Quien comanda la patrulla es un teniente que en todo momento asumirá la responsabilidad y justificará los hechos. «Los comienzan a adoctrinar desde los dos años, tres años, cuatro años, así sucesivamente, llevando cosas, cargando, los llevan por distintos sitios. Al comienzo acá ha habido gente que ha declarado anteriormente, muchachitos, todas las cosas que les hacen hacer». Entonces los niños no sólo serán testigos: llevados por unos y perseguidos por otros, se convierten forzosamente en protagonistas de la violencia. Pero lo que interesa subrayar ahora es cómo en el caso de la violencia, no se trata sólo de una práctica sino además de un determinado discurso, que justifica y que, a la vez, propone todo un proyecto autoritario. Este discurso se encuentra con productos de consumo popular portadores de un contenido violento. Los periódicos y sus informaciones, la televisión y sus imágenes: la muerte aparece todos los días y deja de causar asombro. Y junto a todo esto una cartelera cinematográfica en la que se exalta la violencia, se justifica la tortura, se asume que el supuesto triunfo del bien pasa por dejar a un lado las leyes y aniquilar a quienes se considera enemigos de la sociedad. Los paramilitares, en el estilo de «Rambo» y compañía, son propuestos como héroes. En la vertiente opuesta no es difícil encontrar respuestas autoritarias. No se trata sólo de las prácticas terroristas de quienes pretenden imponer sus proyectos políticos, expropiando impositivamente una supuesta voluntad colectiva; se trata más bien de valores que integran las mentalidades colectivas de este país. Un escolar, del último año de secundaria, entrevistado por Gonzalo Portocarrero y Patricia Oliart en Puno, discrepa con los senderistas pero cree en la necesidad de una revolución social en el Perú. ¿Cómo sería ésta? Entonces se explaya a hablar de una sociedad en la que no existirían ricos, todos compartirían la pobreza, pudiendo comer por igual y teniendo la misma ropa, usando colectivamente los bienes. «Una completa revolución se hace -dice este escolar- por ejemplo, tantos desocupados que hay, delincuentes, ladrones que no han tenido instrucción... como no han tenido instrucción, esos no pueden desarrollar ya se sabe, un trabajo de tecnología, pero sí pueden estar capaces, ya que dicen que están desocupados ir allá a la selva, explotarla de canto, cultivar, día y noche hasta morir. Siempre había la posibilidad de darle disculpas a alguno porque no ha tenido esa posibilidad de estudiar, también saber comprender eso. Pero siempre que haya la rigidez, ¡que no haya ladrones! Por ejemplo, en el departamento de Puno diríamos que va a haber una revolución: que vengan los guardias, toditos a controlar casa por casa, no debe quedar ni uno. No tiene que andar nadie en la calle sin su licencia de estar aptos para seguir estudiando y todos los que están aptos para irse allá». La descripción espontánea de los campos de concentración. El trabajo masivo y por medios coercitivos de los habitantes tiene un cierto sabor a «despotismo oriental», a esas opresivas sociedades de la antigüedad organizadas alrededor de sólidas formaciones estatales. Pero en las confusiones y contradicciones de ese discurso se puede leer también todas las dificultades inherentes a afrontar el problema de la justicia en una sociedad pobre.

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Este escolar ha optado por una vía en desmedro de la libertad (individual o colectiva). Su propuesta es evidentemente autoritaria. ¿Cuántos pensarán como él? Violencia y autoritarismo son síntomas, muchas veces mórbidos, como diría Antonio Gramsci, de la crisis presente. Toda crisis es una suerte de encrucijada, donde se abren muchas posibilidades, surgen personajes y tradiciones que dábamos por enterrados, se puede avanzar o retroceder y pocas veces resulta claro cuál es la dirección a la que parece propender la sociedad: lo nuevo y lo viejo aparecen contrapuestos. Son los rasgos de una crisis estructural, en la que se termina poniendo en cuestión el derrotero mismo de una colectividad. Aparecen los problemas de identidad. ¿Qué y quiénes somos? Desentenderse de todo, hacer las maletas y dejar el país es una tentación que ronda a quienes pueden hacerlo. «Hoy día pensar en los setenta es casi como pensar en otro país -decía, no hace mucho, Luis Pásara-, cuando nos dimos el lujo de imaginar y discutir qué país se podía crear en el Perú. Entonces se podía bailar. Se podía ir viernes y sábado a Los Mundialistas para el lunes continuar emborrachándonos en la discusión de proyectos que luego se revelaron irrealizables». Hoy la discusión es en tono a estrategias «individuales». Para otros, no se trata de discutir sino de cortar todo vínculo con la realidad inmediata y encontrar una salida en la drogadicción: un consumo popular también y que, en contra de la versión oficial, no se trata de un problema de delincuencia, sino de otra manera de vivir estos años difíciles. Vienen a la memoria los alcohólicos de La Parada o los niños que inhalan terocal en El Agustino. Junto a ellos, hay quienes no se resignan y siguen buscando colectivamente la salvación. Inventan nuevos cultos, imaginan peregrinaciones a lugares lejanos, quieren vivir como en otros tiempos: son los llamados «israelitas del Nuevo Pacto» y con ellos ese mundo heterogéneo y bullente de las sectas religiosas. Todos estos síntomas indican la envergadura de la crisis. Se trata, evidentemente, de una crisis económica: la más grave y prolongada de toda la historia republicana. La crisis ha acentuado los rasgos de un país miserable donde 50% de su población vive en situación de pobreza absoluta y 35% en pobreza extrema, mal alimentados, peor vestidos, en viviendas precarias y amenazados por toda suerte de enfermedades. Aproximadamente el 60% de niños entre 1 y 5 años están desnutridos. Sus padres son empleados o subempleados, componen más del 50% de la población económicamente activa que se gana la vida en uno y mil oficios, a veces bordeando la mendicidad o la criminalidad. Las cifras se pueden «corporizar» en individuos: cada vez más «locos» deambulando por las calles. La crisis tiene también una dimensión política: la falta de proyectos y alternativas para hacer frente a esta situación. Un desfase entre el discurso y la realidad. La escena política se separa cada vez más de la sociedad civil: ese abismo del que hablaba Basadre, entre el país legal y el país real. Aunque no se tenga en cuenta al momento_ de los recuentos finales, podemos recordar a esos sectores de la población que en los procesos electorales han optado por el ausentismo (llegando en aquella ocasión, en 1983, a más del 30%) y los que prefieren no votar por nadie o anular su papeleta: número constante de electores que se mantiene desde 1962 hasta 1982, alrededor del 10%. Si se suman ausentes y quienes votan en blanco o viciado, pueden ser mayoría en algunos distritos e incluso provincias del sur andino.

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En el Perú existe la sensación de desgobierno no sólo porque los policías se pueden declarar en huelga o porque un día se decreta una medida para casi inmediatamente ser revertida, sino porque en la vida de todos los días, en la calle, la gente parece no aceptar ni compartir las normas: desde las reglas de tránsito hasta los dispositivos fiscales. La sociedad parece disgregarse. Entonces se inventan palabras como el término «achorado» o se desempolvan de los manuales de sociología otros términos como anomia. Ocurre que el viejo sistema oligárquico que se estructuró en el país desde la llamada era del guano y que se reprodujo después a lo largo de este siglo, fue remecido completamente por las reformas emprendidas por Velasco a partir de 1968. Perdió terreno la oligarquía, desaparecieron los gamonales. Después vino la crisis y, como consecuencia de la desocupación, se debilitó el movimiento obrero. Aparecieron nuevos sectores populares. Estos cambios no fueron acompañados por una transformación del aparato político. La escena oficial todavía mantiene a personajes obsoletos y no ha dado cabida a los nuevos. Un politicólogo diría que se trata de una crisis de representación. La explicación última de esta crisis de representación se encuentra en la paradoja de vivir en una «república sin ciudadanos». La constitución y las leyes señalan que todos los peruanos somos iguales ante la ley. Cada cierto tiempo se nos convoca para ejecutar el ritual de la votación: formar una cola y depositar una cédula en un ánfora. Pero todos saben que tanto en las decisiones importantes como en la vida cotidiana, no todas las opiniones tienen el mismo valor: depende de quién la diga, cuál sea su aspecto físico, cómo se apellide, quiénes sean sus parientes y, desde luego, en qué nivel económico se ubique. Esto lo sabe cualquiera que ha hecho un trámite oficial, postulado a algún puesto o adquirido algo. Ocurre que la antigua estructura estamental y de castas heredada de la colonia, no desaparece con el nacimiento de la república, sino que se reproduce superponiéndose a la nueva configuración de clases sociales: el campesino es un indio así como el oligarca es un blanco. Pero las reformas militares, si bien no cambiaron esta situación, terminaron cuestionándola más allá de cuál hubiera sido la voluntad de sus gestores, cuando ampliaron las posibilidades para la movilización social. A veces resulta contraproducente alentar posibilidades que no pueden realizarse. Entonces aparecen abiertamente sentimientos soterrados como el resentimiento, la cólera y hasta el odio. Estas serán las vivencias de esos jóvenes provincianos que logran acceso a la escuela, estudian difícilmente en el convencimiento de que la educación es la vía para ser admitidos por el país oficial -tener empleo, ser tratados con respeto, mirados de igual a igual-, llegan así a las puertas de las universidades y, en plena juventud, descubren que nada de eso es posible en un país de desempleados y donde además existen otras reglas, no escritas ni admitidas, pero efectivas: descubren el autoritarismo y el racismo. Se trata de aspectos de nuestro país, que constatamos todos los días en las calles. Lima es una ciudad que carece de un verdadero centro: un símbolo que cohesione a todos, un lugar común de encuentro. La gente camina por las calles «abriéndose paso» y nadie se ocupa en mantener limpia una ciudad que no les pertenece. Los provincianos -cerca del 70% de los limeños irrumpen en los jardines, las tiendas, las plazas... Las familias de clase media o de clase alta se trasladan cada vez más hacia el sur y los arenales, hasta que terminan casi frente a frente con las barriadas formadas por los migrantes más recientes. Entonces los ricos optan por cercar sus casas, amurallar sus barrios, protegerse tras rejas y

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alarmas, sofisticados sistemas de seguridad electrónicos; se rodean de perros y guardianes, compran armas. Según el testimonio de un joven poblador de barriada, enrolado como vendedor de una firma, cuando él recorre las calles de los barrios residenciales tiene la sensación de ser visto con desconfianza y, cuando osa tocar la puerta de una casa, es invariablemente un ladrón potencial. El Perú -aunque oficialmente sea negado- es un país racista. Cuestionar esta actitud conduce a poner en discusión el sustento de quiénes mandan aquí, las razones de una estructura jerárquica, el poder mismo. Es así como frente al discurso de la democracia liberal aparece, con los rasgos casi inevitables de la espontaneidad y la confusión, la propuesta de otra democracia, sustentada en las mayorías, en sus organizaciones y en sus posibilidades de asumir directamente el destino colectivo de un país. La pobreza ha obligado a organizarse a los más distintos sectores populares. Primero fueron los sindicatos: cerca de 2,900 al terminar 1982. Asambleas, pliegos de reclamos, huelgas y marchas no sólo politizaron a los trabajadores, sino que además éstos aprendieron a discutir y a decidir colectivamente. En las fábricas se rompió con la relación paternalista que los empresarios querían imponer, y se los obligó ya sea al diálogo o a la confrontación, pero con un grupo y ya no con individuos. Existían también las comunidades laborales -más de 3,000- y las cooperativas -más de 2,000-. Obviamente estas organizaciones no fueron modelo de democracia pero resulta sintomático que en ellas, cada vez con más frecuencia, se cuestionaran los afanes hegemonistas de los partidos políticos y las manipulaciones ejercidas por minorías, y se buscara establecer reglas que garantizaran el voto o la posibilidad de opinar. Después, con la crisis, aparecieron otras organizaciones como los clubes de madres, de mujeres -para distribuirse alimentos donados o alrededor del programa municipal del vaso de leche-, agrupaciones culturales o deportivas de jóvenes. Y así, desde abajo, aparece una nueva sociedad civil, que no es sólo una masa indiferenciada y 'disgregada, como eran antes las clases populares, sino que sectores cada vez mayores tienden a organizarse. La organización llegará hasta casos insólitos como los de enfermos y tenemos, por ejemplo, que en Villa El Salvador un buen día aparece un organismo que agrupa a todos los tuberculosos del distrito. La gente organizada sabe que debe defenderse del Estado y también sabe reconocerse en metas y objetivos por los que luchar. Se abre un espacio que puede ir más allá de lo inmediato y encontrarse con las utopías. No todo es desesperanza. Lo saben bien aquellos que en medio de un arenal y en la pobreza, imaginan calles, viviendas de otro estilo, plazas, lugares de reunión. Comienza a surgir la idea borrosa de una ciudad distinta. Entonces no todos quieren abrirse paso; algunos piensan, por el contrario, que es mejor marchar juntos. Todo se mueve: la economía, la política, las clases sociales. Existe otro nivel de la crisis, que ha terminado poniendo en cuestionamiento los patrones mismos de desarrollo de esta sociedad, sus modelos culturales, las tendencias de su historia anterior. Antes de estos tiempos de crisis, la sociedad peruana parecía estar marchando hacia una irreversible modernización: los campesinos migraban a las ciudades, éstas crecían desmesuradamente, la capital pasaba de 600,000 habitantes en 1940 a más de 5 millones treinta años después, y ahora menos de 50% de la población nacional vive en el campo, la escolaridad se incrementaba y con ella se difundía el español, mientras que el número de quechuahablantes disminuía. El fin de la cultura andina. Hasta se llegó a especular sobre si este desenlace fatal no habría podido condicionar el suicidio de Arguedas (1969). Los sociólogos pusieron en circulación el término «descampesinización». Años después,

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cuando la crisis obligara a mirar hacia el interior del país, algunas de estas convicciones dejarían de ser tan rotundas. Se comenzaría a redescubrir la importancia de la comunidad campesina y se constataría cómo -durante esos mismos años- se había incrementado significativamente el número de comunidades reconocidas hasta llegar a cerca de 5,000: la institución más importante de la sociedad civil que, además, de los espacios rurales se prolongaba a las ciudades a través de las asociaciones de migrantes. Se descubre, de esta manera, un rostro de la ciudad en el que existen también rasgos campesinos y hasta indígenas. Mientras la población nacional se había multiplicado -una tasa anual de 3.2%-, la frontera agrícola lejos de aumentar, había retrocedido, con lo que las importaciones de alimentos debieran incrementarse. La superficie del Perú es de 128 millones de hectáreas, de las cuales 26 millones están cubiertas por unidades agropecuarias y sólo una parte de ellas es cultivada: apenas 2.9% de la superficie nacional, en contraste por ejemplo con España, donde se cultiva 40% de su superficie. A pesar de las obras -o de los proyectosde irrigación en la costa, durante estos últimos decenios, había proseguido el avance del desierto y la salinización de las tierras, junto con la desaparición de bosques y el incremento de la sequedad, procesos que afectaron de manera muy visible a las lomas. En la sierra la erosión no fue contenida. «El Perú posee -según la ONERN- una de las formaciones erosionales más espectaculares del mundo». Las terrazas siguieron deteriorándose y hoy se utilizan menos de 25% de los andenes heredados del antiguo Perú. Cuando en el siglo XVI llegaron los europeos a estos territorios se asombraron frente a los canales de riego, los sistemas de andenes, la producción de excedentes agrícolas, el almacenamiento de reservas en tambos. Ellos venían de una civilización asolada por crisis periódicas, bruscos descensos en la producción, escasez y hambruna. En los inicios del siglo XVII, como describe Harry Kamen, en Europa «la gran masa de la población vivía peligrosamente próxima a un nivel de consumo de alimentos que amenazaba su existencia misma». El cuadro dramático de una sociedad de «antiguo régimen» que ya no se encuentra en España o Francia, parece ahora encontrarse en estos suburbios de Occidente como el Perú. Todo esto pone en cuestionamiento al capitalismo pero además a estos patrones occidentales que han regido, por ejemplo, a nuestra agricultura y que llevaran a privilegiar a los cultivos de exportación -como el azúcar y el algodón- sobre la producción para el mercado interno; los cultivos europeos -como el trigo- sobre los cultivos andinos; la agricultura de la gran propiedad sobre las parcelas campesinas. En algunos casos el enfrentamiento ha sido abierto: lo ocurrido con la coca es suficientemente ilustrativo. Un tradicional cultivo de los andes y de las economías campesinas que repetidas veces se ha pretendido erradicar, sin considerar su función tanto económica como cultural. La crisis torna visible este antiguo conflicto, planteado desde el siglo XVI, entre la cultura occidental y las culturas tradicionales del país. El afán expansivo y hegemónico de Occidente conduce al proyecto de imponer una sola cultura, arrasando con los vencidos. La resistencia campesina y de las diversas minorías étnicas -nativas de la selva, migrantes africanos o chinos- ha impedido que este proceso culmine. Sin embargo, en las últimas décadas la expansión del mundo occidental con los instrumentos del capitalismo moderno mercado interno, medios de comunicación-, junto con el deterioro de la vida en el campo y los procesos de urbanización, habían colocado a la cultura andina en situación de repliegue

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y «a la defensiva» (Pablo Macera), con riesgo de reducir sus expresiones a folklore o simple reserva cultural. La crisis cortó este proceso y abrió una interrogante acerca de la vigencia o no de lo andino y del sustento que un proyecto alternativo de desarrollo podía encontrar en la antigua tradición histórica de este país. ¿Vuelta al pasado? Hay que evitar falsos romanticismos. De hecho, la cultura andina ha conseguido con relativo éxito incorporar valores, conceptos, palabras, técnicas, animales y cultivos europeos, integrándolos en otro entramado social. Lo que se ha hecho a la escala de pueblos o comunidades, ¿se puede hacer a la escala mayor de un país? Es un interrogante como muchos otros que abre esta crisis. Entonces, crisis no es necesariamente sinónimo de derrumbe, fin y callejón sin salida. El concepto es tan ambiguo como la realidad misma que pretende explicar. Encierra en última instancia una dimensión contradictoria. Gramsci decía que «la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo se está muriendo y de que lo nuevo no puede nacer». Pero, ¿qué es lo viejo y qué es lo nuevo? Envueltos por la historia, arrastrados a veces por los acontecimientos, en tiempos confusos, se pierde la visibilidad y es difícil distinguir entre las cosas y encontrar un derrotero. En el Perú todavía existen quienes piensan que se puede agarrar la luna con la mano o tomar el cielo por asalto o arrebatar el fuego de los dioses. Todavía hay quienes creen que las cosas pueden cambiar y que la revolución es posible. Hay un espacio para la esperanza, como no ocurre en Europa -donde cada vez hay más viejos y menos niños- y en muchos otros países de América Latina, donde la izquierda sufrió una verdadera derrota histórica, como en Argentina. Aquí persiste todavía la izquierda de los años sesenta. Desde 1978 hasta la fecha, la izquierda -y en el interior de ella justamente los sectores más radicales-, ha bordeado un 30% de la votación nacional, llegando a conquistar muchos municipios en todo el país, e incluso la alcaldía de la capital. Junto a esta izquierda legal existe otra vertiente de tipo insurreccional que asumió desde 1980 la vía armada. A los senderistas se han sumado otros movimientos. Todo coexiste con el partido populista de mayor envergadura en el continente: el aprismo, remozado alrededor de un líder carismático, aunque sacudido frecuentemente por espasmos mesiánicos. ¿Cómo han podido mantenerse tantos proyectos contrapuestos? Nelson Manrique se ha formulado la pregunta. Una posible respuesta podría encontrarse en la desarticulación del país, en que cada proyecto expresa a distintos sectores sociales pero lo que parece cierto es que ninguno de ellos, por sí mismo, puede imponerse a los demás y cambiar las cosas, aun cuando todos ellos se vean mutuamente como antagónicos y concuerden con Maquiavello en que a los enemigos hace falta eliminarlos. El país corre el riesgo de caer en un conflicto abierto y generalizado. Todos contra todos. Enfrentamientos entre senderistas y militantes de Izquierda Unida, en el interior de estos últimos o entre ellos y los apristas, o entre gente del MRTA y los senderistas. De hecho han ocurrido -con el costo de algunas vidas-; y aunque el término resulte un tanto forzado, algunos comienzan a hablar de «libanización». El país desestructurándose. La anomia imponiendo sus reglas. Entonces hay quienes comienzan a pensar en la posibilidad de confluir todas estas opciones entendiendo la acción política como diálogo y búsqueda de entendimiento. Se presentan como los formuladores de un nuevo proyecto. Pero en realidad estas ideas, de Sinesio López y otros, son tan viejas como la convivencia de los apristas con la oligarquía en los años sesenta: en ambos casos la política se plantea sólo desde la escena oficial y en función de ella. Pero, ¿escena oficial y sociedad se corresponden? Si la respuesta fuera afirmativa, el problema podría

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resolverse con acuerdo nacional y éste sería factible. Ocurre que la cuestión se complejiza cuando se repara en la escasa representación de la actual «clase política» -para emplear una expresión huachafa pero al uso-. Hay todo un movimiento social gestado durante estos años, que en parte emergió en la llamada Asamblea Nacional Popular, pero que no tiene expresión política: no está representado ni por los movimientos guerrilleros, ni por la izquierda legal. Encierra una posibilidad diferente: la de seguir luchando por la revolución desde las masas. Otros países, en los que han ocurrido revoluciones, no tenían clases populares tan organizadas como las que existen en el Perú. De allí que un término acuñado en estos años -junto con otros ya mencionados como utopía- sea el de «protagonismo popular», cuya patente pertenece a Rolando Ames, y si ha tenido éxito es porque responde a una realidad: la de los cabildos abiertos en los distritos populares, las marchas de familias enteras desde los suburbios hasta las sedes simbólicas del poder -Plaza de Armas o Palacio de Gobierno- pero también la realidad de las fiestas de las asociaciones de migrantes y de esos provincianos que los fines de semana se apropian de la ciudad y sus espacios públicos. La apuesta por el movimiento social es la apuesta por el socialismo y por una democracia real. Dejando de lado los costos sociales que acarrean siempre las aventuras armadas o la fácil irresponsabilidad de quienes se ilusionan con la legalidad burguesa -soy consciente de que estas palabras ya no se quieren usar-, lo cierto es que las revoluciones triunfantes o que han estado cerca del poder, han sido aquellas que lograron integrarse con las multitudes y éstas, aunque carezcan de armas, si se lo proponen, pueden sacudir todo el edificio social y derrumbar cualquier Estado, como lo hicieron en Irán enfrentadas contra uno de los ejércitos más poderosos de esa zona del planeta o ahora lo intentan los palestinos contra el aparato militar sionista. Sólo cuando las masas asumieron la insurrección cayó Somoza en Nicaragua. Todavía circula la versión romántica de la revolución cubana, de la que en parte fue responsable el propio Guevara o los lectores de su Pasajes de la guerra revolucionaria, pero si se vuelve a abrir este libro se verá que cuando desembarcan los expedicionarios del Granma y están a punto de ser exterminados, hay campesinos que los protegen: ellos fueron quienes decidieron el triunfo. Siempre es así. Entonces esta izquierda estilo años sesenta no requiere sólo mantener fidelidad a sus inspiraciones iniciales, sino además renovar sustancialmente su discurso, proponer nuevas ideas, construir otro lenguaje. «Una lección muy clara -dicen los nicaragüenses Núñez y Burbach en un excelente texto sobre democracia y revolución-, es que cada generación tiene que volver a pensar y considerar las estrategias políticas de que dispone. Podemos aprender del pasado pero no ser prisioneros de él». Empezar de nuevo pero sin olvidar la historia. Volver a pensar el socialismo desde la democracia y a ésta desde la sociedad. Entender al socialismo como el autogobierno de los productores y al marxismo no sólo como la crítica de la sociedad burguesa, sino además como la alternativa de un orden radicalmente distinto destinada a terminar con la desigualdad y con la expropiación del poder político. Toda revolución es uno de esos momentos en los que el ritmo de la historia se acelera, lo que parecía remoto se toma asible y todas las posibilidades parecen realizables. La revolución significa derrumbar el orden estatal, terminar con la imposición de una clase, con los miedos que ésta ha sabido propalar. Estos hechos ocurren cuando las

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revoluciones parten de las bases mismas de una sociedad y son protagonizadas por sus clases fundamentales, es decir revoluciones sociales, como las que sucedieron en Francia en 1789 o 1848, en Rusia en 1905 y 1917, en España en 1936. Han podido triunfar o ser derrotadas pero, sin la acción de las masas como las que se desbordaron por París o asaltaron el Palacio de Invierno, sería imposible entenderlas. Así la entendió George Orwell, cuando estuvo viviendo en Barcelona, en los inicios de la Guerra de España: «Lo que atrae a la mayor parte de los hombres al socialismo y les mueve a arriesgar su vida por él, la 'mística' del socialismo, es la idea de igualdad; para la inmensa mayoría de la gente, el socialismo significa una sociedad sin clases o no significa nada. Porque las milicias españolas, mientras duraron fueron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases. En aquella comunidad en la que ningún interés guiaba a nadie, en la que había escasez de todo, pero ningún privilegio ni ninguna adulación, quizá se tenía un pálido atisbo de lo que serían las fases iniciales del socialismo». Tengo la impresión de que cuando menos para un sector de los pobres del Perú algunos de los votantes de Izquierda Unida, los que se abstienen o los que prefieren la «crítica de las armas»-, el problema del socialismo no es sólo la redistribución de la riqueza o la posibilidad de tener empleo y comer mejor, sino además la única vía para terminar con marginaciones, exclusiones y menos precios de todos los días, recobrar la dignidad, ser tratados como personas, mirar y ser mirados de igual a igual. Democratizar significa terminar con el racismo: cambiar el Estado y la vida cotidiana, construir un país muy diferente al actual pero recogiendo todas aquellas experiencias que anuncian el futuro. El escolar puneño que citábamos antes expresaba justamente muchos de estos reclamos. Haría falta argumentarle que para conseguirlos no se requiere precisamente de un campo de concentración: en la tradición socialista, desde sus inicios, existió la búsqueda de otra democracia, sin la cual la igualdad sería imposible. Esta apuesta por el movimiento social y la democracia desde abajo, no puede dejar de confrontarse con el desafío que implica el senderismo. Se trata de algo más que un movimiento político. Mejor dicho, de un movimiento que ha terminado abriendo una suerte de caja de Pandora de la que han salido la cólera, el odio y el resentimiento, que antes no veíamos o estaban demasiado ocultos. Toda la violencia acumulada a través de los años. Pero el odio puede ser útil cuando se trata de destruir, aunque no necesariamente al momento de edificar otra sociedad. El autoritarismo senderista -expresado en las ejecuciones que llevan a cabo, en el uso indiscriminado de la violencia, en el ensañamiento contra algunas víctimas- recoge, como es evidente, elementos que están presentes en nuestra historia. Cada noticia que leemos acerca de estos hechos, nos recuerda que el Perú es un producto directo de la violencia y que quienes mandan o se benefician del poder aquí, son descendientes de Pizarro y herederos de la conquista. Un país colonial. El autoritarismo senderista quiere ser una respuesta -la más radical posible- al racismo. ¿Pero su práctica conduce realmente a terminar con la explotación y las marginaciones? Que no es un fenómeno importado nos lo puede mostrar ese mismo escolar puneño, quien a pesar de discrepar conscientemente con Sendero Luminoso, asume en definitiva una ideología similar. Nos preguntábamos cuántos pensarán como él. Democracia y autoritarismo es un problema exclusivo de opciones. En todo caso estas opciones se dan en una sociedad, que como cualquier otra abre y cierra posibilidades. ¿Existen tradiciones democráticas en el país? Esta pregunta no nos remite

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precisamente a la cola de votantes, ni al torpe rostro de un comentarista de televisión elogiando el civismo del pueblo peruano. Nos puede remitir, en cambio, a la vida en el interior de un sindicato, un club de madres o un municipio. También nos podría llevar más lejos y averiguar cómo se toman las decisiones en una comunidad campesina, quiénes mandan y quiénes obedecen, por qué. Entonces tal vez descubriríamos que la democracia como lo ha sugerido Alberto Adrianzén- no sólo tiene fuentes liberales; puede incluir entre sus antecedentes a ciertas formas de organización social, a concepciones y valores de la cultura popular. Para el socialismo peruano la comunidad campesina, aparte de su importancia económica y social, puede tener una significación política. El problema fue planteado por Mariátegui hace casi sesenta años. Lamentablemente una antropología escasamente preocupada por el futuro, no ha servido para avanzar en esta discusión, que sigue planteada casi en los mismos términos. Es uno de los muchos desafíos intelectuales que existen hoy en el Perú. A LO LARGO de estas páginas hemos querido recordar las circunstancias en que fueron escritos los artículos y ensayos que componen este libro. Deberíamos decir mejor la manera como reconstruimos los acontecimientos y pretendemos situarnos en estos años tan difíciles como confusos, a través de los cuales hemos querido remontar el pesimismo, buscar salida y descubrir la esperanza. No he suprimido o corregido nada de lo escrito, a riesgo de traslucir contradicciones e incluso de mantener ideas de las que ya no estoy tan convencido y hasta he podido desechar. Se trata de diecisiete textos que fueron elaborados entre 1980 y 1988, por lo general ante requerimientos hechos por amigos y para empresas que, como El Caballo Rojo, tuvieron una cierta dimensión colectiva. Una apuesta en favor de vivir aquí en el Perú, sin el tono distante o displicente que aflora cuando nos referimos a «este país». La edición de estos textos obedece, finalmente, al entusiasmo de Luis Valera. Fueron seleccionados y ordenados en SUR Casa de Estudios del Socialismo, con la colaboración siempre presta de Goni Evans y Maruja Martínez. En SUR persistimos en querer navegar contra la corriente dominante en ciertos medios intelectuales y seguir apostando por las salidas y las alternativas colectivas, hacer algo de lo que reclamaba Edward Thompson: queremos ser uno de esos «lugares donde nadie trabaje para que le concedan títulos o cátedras, sino para la transformación de la sociedad; donde la crítica y la autocrítica sean duras, pero donde haya también ayuda mutua e intercambio de conocimientos teóricos y prácticos: lugares que prefiguren, en cierto modo, la sociedad del futuro».

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EXILIADOS Y MILITANTES

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FRANCISCO GARCÍA CALDERÓN: UN PROFESOR DE IDEALISMO

MÁS DE SETENTA años después de su primera edición en francés, El Perú contemporáneo, uno de los textos fundamentales de Francisco García Calderón, ha sido traducido al español1. Hasta ahora era un libro prácticamente inaccesible, descontando las páginas que fueron incorporadas a una antología que editó Mejía Baca y prologó Jorge Basadre en 1954. El desconcierto ante esta evidente postergación es mayor si consideramos que no se trata de un libro erudito, escrito para minorías habituadas al tedio, sin ser tampoco una obra de difusión fácil destinada a eventuales viajeros franceses; por el contrario, es el primer intento moderno de ofrecer una visión que se pretendía global síntesis e interpretación a la vez- del Perú, recurriendo al sustento del análisis sociológico para proponer diversas alternativas a los problemas nacionales. García Calderón reclamaba la existencia de una clase dirigente que reclutara a sus miembros atendiendo no sólo a la riqueza o el abolengo, sino también a la inteligencia. Una oligarquía abierta e ilustrada que entendiera la necesidad de reformar el país, para modernizarlo y ubicarlo ilusamente en la senda del progreso. El destino del Perú no era quedar al remolque de los norteamericanos; deberíamos reconocer nuestra calidad de país latino y aproximarnos cada vez más a Francia e Italia. Era preciso fomentar una política migratoria atrayendo a europeos para que poblaran un país que, teniendo por entonces alrededor de cuatro millones de habitantes, necesitaba nuevos brazos para su agricultura. Pero, paralelamente, había que expandir la frontera agrícola impulsando las irrigaciones. Estas tareas podrían ser emprendidas por un Estado eficiente en el que esa oligarquía abierta supiera

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incorporar a las clases subalternas. El indio tenía que ser transformado, de siervo o campesino sumiso, resignado y hierático, en obrero moderno o, era una alternativa, en propietario procurando respetar sus costumbres. Le Pérou contemporain (1907) fue un verdadero «plan nacional», donde el interés por encontrar alternativas mostraba a un espíritu quizá demasiado interesado, siendo uno de los principales representantes del idealismo novecentista, por la práctica y la actividad política. Además de escribir sobre el Perú, quería cambiarlo. Es así como el futuro de su país le interesaba más que el pasado o el presente, y deseaba contribuir a su edificación. Pensaba que para intervenir en esa tarea, su inteligencia era una garantía suficiente. Precisamente un año antes de la publicación de su libro, aconsejaba a José de la Riva Agüero en términos que reflejaban en realidad una inquietud personal: «En vista de todo esto y de tu prestigio, veo que, antes que todo, debe preocuparte lo que podríamos llamar una preparación política, que pocos o ninguno han tenido en el Perú, y que te es indispensable» 2 . Tiempo después, en 1949, recordando quizá las ilusiones que compartieron cuando alboreaba el siglo, evocó a Riva Agüero como el intelectual llamado a ser el verdadero presidente conservador del Perú, pero provisto de «ideas amplias y generosas», equidistante del despotismo y la demagogia, enfrentado siempre con la mezquindad oligárquica3. Razonando de esta manera, no era factible prever la prolongada estadía de Francisco García Calderón en Europa: había partido a los 23 años y no regresaría en definitiva sino hasta 1947: cuarenta y un años apenas interrumpidos en 1909 por un fugaz retorno a Lima para casarse. En definitiva, toda su trayectoria como intelectual fue edificada en París, donde publicaría Les conditions sociologiques de L'Amerique Latine y un libro de inusitado éxito, Las democracias latinas de América, editado en francés, inglés y alemán, prologado por Raymond Poincaré. En el recuento no puede omitirse a La creación de un continente. Entre 1912 y 1914, en su condición de discípulo excepcional de Rodó, dirigiría La Revista de América. Verdadero líder de los latinoamericanos residentes en París, entre los que se encontraba Rubén Darío. En 1933, Francisco y su hermano Ventura serían postulados al Premio Nobel por un grupo diverso de intelectuales europeos como Jean Giraudox y Jules Romains. En apariencia era el éxito. Pero años atrás, en 1912, en una carta dirigida también a Riva Agüero, admitía un cierto desaliento interior que lo iba minando de manera irreversible: «Fatigado estoy y un poco triste. Como tú, al llegar a los 29 años, me asusto, comprendo que la vida se me va, y que no haré ninguna de las grandes cosas en que soñaba. Me he vuelto escéptico en muchas cosas y en mí mismo. Hasta los 25 años creía más en mí que ahora. ¡Cómo envidio a nuestras mediocridades satisfechas de sí mismas! » 4 En ningún momento García Calderón quiso cortar su comunicación con el Perú. Pero el paso del tiempo, la distancia y la renuncia de sus corresponsales obraron para que, poco a poco, fuera adoleciendo de una falta de información mínima. Así, en 1926, Luis Alberto Sánchez tendría que reprocharle el desconocimiento de la nueva generación de intelectuales peruanos. Por entonces, con su renuencia al servicio diplomático -como protesta frente al gobierno de Leguía-, había cortado otro vínculo con un país que día a día se desdibujaba en su mente. El mapa del Perú en 1907, que se puede apreciar en la primera edición de Le Pérou contemporain, no era ya el mapa

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que se trazó como resultado de los tratados fronterizos firmados durante el oncenio. Pero no sólo había cambiado el contorno del país. Lima, por ejemplo, era irreconocible en relación a la ciudad que García Calderón abandonó en 1906: amplias avenidas, nuevas edificaciones, plazas y construcciones públicas, migraciones rurales, una población en constante crecimiento. Cuando apenas se iniciaba el siglo, era comprensible que un intelectual sanmarquino prescindiese en sus análisis del pasado indígena, pero décadas después, con las excavaciones de Tello y los estudios de Valcárcel, esa omisión era aberrante. El Perú cambió a un ritmo que no alcanzó a avizorar. Incluso un intelectual como el mismo García Calderón, para quien la salvación del país debía buscarse en las profundidades de una biblioteca, se volvió un personaje anacrónico, ante la irrupción de un pensamiento que reivindicaba los fueros de la práctica y la intuición y se burlaba por contrapartida de los eruditos. Es así como el escritor que parecía tener un derrotero claro, se fue perdiendo a medida que los temas peruanos y latinoamericanos acabaron desplazados en sus escritos por notas al margen de la cultura europea, simples apostillas a los acontecimientos mundiales: esos temas no lo comprometían y, frente a ellos, se reducía al mínimo su capacidad de influir sobre el curso de los hechos. El cambio temático terminó conduciéndolo a una escritura cada vez más reticente y, finalmente, casi al silencio. Salvo Testimonios y comentarios, no publicó nada significativo después de 1933. No resulta difícil diagnosticar que la prolongada separación de su país fue perjudicial para Francisco García Calderón. Aunque no existían ni Abelardo Oquendo ni Hueso Húmero, una pregunta inevitable entre sus contemporáneos fue el por qué de este distanciamiento. Se ensayaron diversas respuestas. La primera, como es fácil suponer, aludió a la esterilidad del medio intelectual peruano: «...carecía de ambiente entre nosotros. Sus críticas, sus estudios literarios eran apenas analizados y juzgados por dos docenas de personas conscientes»5. Este aserto de un periodista de Monos y Monadas puede ser refrendado si se recuerda que la tesis doctoral de Riva Agüero, ese libro que fundó los estudios históricos modernos en el país, apenas circuló en escasos ejemplares, fáciles de obsequiar pero difíciles de vender. No existía un público. Pero esta constatación tendría que modificarse veinte años después, cuando con la expansión de la educación pública, la docencia universitaria y el periodismo, apareció una efectiva demanda de ediciones nacionales. Entonces circuló, a media voz y bajo la modalidad del rumor, otra versión del alejamiento de Francisco García Calderón: sus insuperables dolencias psíquicas, que en 1905 lo llevaron a intentar suicidarse y que años después, conforme confiesa en una carta, trataría de remediar en un sanatorio suizo; esfuerzos inútiles, como se vería a la postre, cuando poco tiempo después de su regreso definitivo a Lima debe internarse en el sanatorio Larco Herrera. Pero al lado de las versiones de los coetáneos, conviene escuchar qué nos dice el protagonista. La tentación de volver lo asalta con frecuencia, aunque sin el patetismo de César Vallejo -siempre con un pasaje de vuelta en el bolsillo-, ni de Alfonso Silva -casi suspendido a medio camino entre Europa y el Perú-. No descarta la posibilidad, pero sólo plantea una condición: encontrar el medio para garantizarse una verdadera independencia económica porque «en Lima no me quedaría sino meterme

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en política, lo que jamás haría sin esa independencia»6. En realidad busca, sin éxito, una protección frente a un medio que siente hostil. Detrás de estas reflexiones subyace un problema mayor: el desfase entre su pensamiento y la realidad. El programa de Le Pérou contemporain reclamaba, como ya indicamos, una oligarquía ilustrada, cuando en su país apenas existía una clase dominante, que usufructuaba el poder obsesionada por mantener la rigidez del edificio social, contaminada de un racismo para el cual las ideas reformistas eran aberrantes. Pero las disparidades entre el autor y su país serían mayores cuando algunas de esas reformas propuestas fueron recogidas por un régimen que siendo hostil a la oligarquía, contó con la animadversión de García Calderón: el oncenio de Leguía. No entendió los cambios que se sucedieron. Por eso cuando en 1933 unos pocos piensan que podría ser presidente del país, parece que se tratara de una burla. Aparentemente su formación intelectual había preparado a Francisco García Calderón para el exilio: nació, a causa del cautiverio de su padre, en Chile; sus tres primeros años transcurren en Buenos Aires y París, y luego en su país aprende tempranamente el francés, para a continuación estudiar en un colegio tan europeo como era entonces La Recoleta, disponiendo de la ilustrada y vasta biblioteca paterna. Pero no obstante ejercitar una prosa en francés que le permitió ser candidato al Premio Nobel, García Calderón nunca terminó sintiéndose como Pablo de Olavide, un europeo. Se reconocía diferente. A la postre, su exilio, no fue resultado de una elección, sino que aparece como un destino impuesto por su clase, su país, sus circunstancias y asumido en medio de un profundo desgarramiento interior. Su vida termina cuando, en el Larco Herrera, el exilio geográfico es prolongado por el exilio interior: unió su destino al de Martín Adán, otra desasida inteligencia civilista. La locura es la pérdida de la amistad. Las pocas personas que acompañarían a su féretro un mes de julio de 1953 fueron testigos de la desavenencia final entre un intelectual y una clase que se resistió a adoptarlo. Sólo ahora, en una edición quizá demasiado ahorrativa, con la avaricia del capital financiero, el Banco Internacional quiere, en alguna medida, subsanar el error. Recordando a Riva Agüero, cuatro años antes de morir, García Calderón había anticipado el reproche citando a González Prada: «Los bienes y las glorias de la vida o nunca llegan o nos llegan tarde».

Notas: 1

Francisco García Calderón, El Perú contemporáneo, Lima, Interbanc, 1981. Primera edición en español prologada por Luis Alberto Sánchez. Debe recalcarse el esfuerzo tenaz de Sánchez para que este libro, imprescindible en toda biblioteca peruana, fuese traducido. 2

Carta a José de la Riva Agüero, París, 8 de octubre de 1906. Archivo Histórico Riva Agüero (en adelante, A.H.R.A.).

3

Francisco García Calderón, José de la Riva Agüero: recuerdos, Lima, Imprenta Santa María, 1949, pp. 20-21.

4

Carta a Riva Agüero, París, 25 de marzo de 1912, A.H.R.A.

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5

Monos y monadas N º 54, Lima, 1 de enero de 1987.

6

Carta a Riva Agüero, París, 13 de junio de 1911, A.H.R.A.

SOCIALISMO Y PROBLEMA NACIONAL EN EL PERÚ

EXISTE UNA IMAGEN mitificada de José Carlos Mariátegui que lo presenta como el marxista ortodoxo por excelencia, el guía de la revolución socialista, el sendero luminoso, el Amauta... Una imagen desmesurada y aplastante en alguna medida revelada por los adjetivos anteriores, que convierte al marxismo peruano en una glosa o simples notas a pie de página del pensamiento de Mariátegui. La veneración bíblica sustituye a la discusión. De esta manera, y a pesar suyo, Mariátegui acaba convertido en un obstáculo para el desarrollo del marxismo en el Perú. Se hace necesaria la tarea poco grata de desmitificar a Mariátegui. El camino consiste en volverlo a ubicar en la historia, restituirlo a lo que realmente fue, a un hombre de su tiempo, para pensarlo, según una hermosa reflexión de Sartre, como «todo un hombre hecho de todos los hombres y que vale lo que todos y cualquiera de ellos». En otras palabras, se trata de invertir algunas perspectivas al uso que estudian a Mariátegui como si hubiera existido solo, desligándolo de su contexto o enfrentándolo con otros solitarios. En los reiterados análisis de la polémica entre Haya y Mariátegui, ésta semeja una partida de ajedrez donde importan el movimiento de las piezas, los pensamientos y deseos de ambos jugadores y en cambio se puede prescindir completamente del contexto, del lugar y el tiempo en que se desarrolla la partida y, por cierto, de los espectadores. A la postre, por ese camino, se termina no entendiéndose nada y las preguntas fundamentales acaban siendo omitidas, empezando por la primera: ¿cómo se explica a Mariátegui? ¿Por qué surge? No hay que pensar a José Carlos Mariátegui como un hecho natural, como ocurriría en una respuesta mecánica contra su mitificación. Recordemos que no fue cualquier marxista o el simple ejecutor de una estrategia. Últimamente se ha venido subrayando gracias a las investigaciones de Melis, Paris y especial- mente Aricó, la profunda originalidad de su pensamiento creador y heterodoxo. En alguna ocasión escuchamos decir a José Delich que los peruanos, para liberamos del lastre dogmático del estalinismo, no necesitábamos recurrir a Gramsci porque teníamos a Mariátegui. Entonces, cuando nos preguntamos por Mariátegui, no nos estamos preguntando por cualquier escritor, sino por un in- novador que sabe introducir una manera de pensar a Marx hasta entonces no ensayada en la historia del socialismo.

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Explicar a Mariátegui es una tarea tan vasta como compleja. Exigiría seguir los derroteros de su biografía, sin la fácil distinción entre la «edad de piedra» y la «edad madura», reuniendo todos los datos posibles, leyendo cuanto escribió, incluso poemas y cartas. Esta vida tendría que ser ubicada en la sociedad peruana de ese entonces, en medio de la lucha de clases en la que persisten formas campesinas y tradicionales de protesta social, al lado de un naciente movimiento obrero. Pero para hombres de la época de Mariátegui, el país se confunde con el continente a causa de esas grandes convulsiones que fueron la reforma universitaria (Argentina), la revolución agraria (México) y la lucha antiimperialista (Centroamérica). Finalmente, hay que recordar que Mariátegui -con alguna exageración- sostuvo que fue en Europa donde hizo su mejor aprendizaje, lo cual exige ubicarlo también en relación al impacto de la Revolución Rusa, los movimientos de masas de Alemania e Italia y el surgimiento de nuevas corrientes en el pensamiento marxista, especialmente Gramsci. Es una empresa de largo aliento, donde el biógrafo deberá recurrir al marxismo y al psicoanálisis -confluencia que no desagradaba a Mariátegui-; al análisis de contenido y a las estadísticas; conocer por igual la historia del socialismo y la historia nacional, para tratar de mostrar la relación entre un hombre y su época, entre una vida y una sociedad. Pero aunque sea difícil, la tarea es necesaria para recuperar así una imagen material de Mariátegui, que sustituya al ícono. En este artículo, de una manera muy breve, queremos tan sólo sugerir la idea para la tarea de pensar históricamente el pensamiento de Mariátegui: cuando Mariátegui interroga al marxismo lo hará preocupado por el problema nacional, recogiendo de manera consciente una problemática que le permitirá entroncar al marxismo con la tradición cultural peruana y, a la vez, pensar al marxismo no desde una preocupación individual, sino asumiendo una preocupación colectiva. Lo esencial de la obra de Mariátegui se resume en el esfuerzo por unir marxismo y nación; a su vez, como veremos en las páginas que siguen, el problema nacional fue el punto nodal, el centro de los debates y las polémicas en la vida intelectual peruana durante la década de 1920. El estudio del Perú y la incisión en los males nacionales no eran propósitos novedosos en la época de Mariátegui. Dejando a un lado antecedentes coloniales, estaba presente en el recuerdo de todos la prédica vitriólica de Manuel González Prada (1848- 1918), quien en su crítica a las clases dirigentes del país expresó todo el malestar que dejó la guerra del Pacífico en los intelectuales peruanos. En respuesta a González Prada algunos jóvenes de principios de siglo, miembros de la que después se llamaría «generación del 900», ensayaron estudiar aspectos de la vida peruana en libros como Le Pérou contemporain (1907), de Francisco García Calderón. Pero, prueba de que se trataba de una preocupación propia de una élite, un libro tan importante como el anterior, fue publicado en París, escrito en francés -lengua que el autor dominaba como cualquier oligarca culto- y nunca traducido al español. En la década de 1929 la preocupación por el problema nacional adquiere una dimensión generacional para agrupar en torno a ella a un conjunto numeroso de intelectuales procedentes de las capas medias provincianas, con sentimiento antioligárquico, que en la historia literaria, la economía, la geografía, la pintura o la política tratan de responder a una pregunta aparentemente demasiado simple: ¿qué es el Perú? El Perú se convierte en un tema reiterado: se trata de estudiar al conjunto del país, a todos sus aspectos y a todos sus hombres para lo cual el género adecuado es

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el ensayo que, liberado de obstáculos eruditos, permite una aproximación mejor a la totalidad. Pero el Perú no es sólo un tema; mejor dicho, es un problema, parafraseando el título de un libro célebre, Perú, problema y posibilidad (1931) de Jorge Basadre. Es un problema porque casi todos, a diferencia de la generación anterior, admiten que el país no es una nación, pero pocos están de acuerdo sobre los caminos para construir esa nación. Por lo mismo que no existe, el Perú es también una esperanza, un deseo o una aspiración, una tarea que debe asumirse colectivamente y que adquiría perentoria actualidad frente a la «decadencia de Occidente», mostrada en esa incomprensible matanza que fue la Gran Guerra. Entre los escritores peruanos tiene gran acogida la lectura de Oswald Spengler, Henri Barbusse y Marcel Proust, testimonios, cada uno a su manera, del ocaso europeo. Otros pueblos resurgirán en el panorama de las civilizaciones. Es por todo esto que en la construcción de la nación se hacía preciso sustituir los modelos provenientes de Europa por fuentes nacionales, idea que se resumía en la frase de Gastón Roger, «peruanicemos el Perú», después utilizada por Mariátegui. Era una redundancia necesaria en medio de una sociedad que hasta entonces se había esforzado por vivir una artificial imitación, condenándose a ser sólo «eco de ecos» de París, Londres o Nueva York. Para Mariátegui, el Perú era una posibilidad de nación. Quería decir que si bien su proceso de conformación había sido interrumpido y distorsionado por el colonialismo, existían las bases sobre las cuales terminaría levantándose. Las fuentes donde había que sustentar al nuevo Perú eran en lo fundamental tres: (a) la tradición cultural mantenida y desarrollada por los intelectuales de avanzada, especialmente por la vital corriente indigenista, donde por medio de la reivindicación de lo indio, los escritores buscaban articularse a las amplias masas campesinas; (b) los movimientos populares, al interior de los cuales Mariátegui llamó la atención sobre la necesidad de hacer la crónica de las luchas obreras y estudiar las rebeliones campesinas del presente -el caso de Rumi Maqui, en Azángaro, 1915- y del pasado -Túpac Amaru, en Cusco, 1780-; (c) la experiencia histórica del pasado autónomo, anterior a la conquista, en el que se había desarrollado un «comunismo agrario» todavía subsistente en las comunidades campesinas. Este «comunismo agrario» mostraba que el socialismo en el Perú tenía antecedentes y podía encontrar en el campo andino ciertas formas, elementos y relaciones sociales en las que apoyarse. En la medida en la cual el socialismo recogiera la tradición colectivista del incario, cumpliría con retomar la tradición nacional, dejaría de ser extraño al país y sería el instrumento imprescindible para la construcción de la nación peruana. La imagen del «comunismo incaico», fundamental en la concepción de Mariátegui, era verosímil en su época. Se podía encontrar sustento para ella en los estudios del antropólogo alemán Cunow. La difundida lectura del Inca Garcilaso, aparte de fomentar una cierta añoranza por la sociedad perdida de los Incas, mostraba una imagen benévola del imperio, opuesta a cualquier formulación esclavista o «feudal», de manera que para un marxista sólo quedaba pensar en una prolongación tardía y peculiar –en comparación con Europa- del comunismo. Pero esta última observación mostraba por añadidura que la historia del Perú era diferente a la del mundo occidental: no habían seguido los mismos caminos.

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Pero si Mariátegui en los 7 Ensayos empieza refiriéndose a la «evaluación económica» y siente la necesidad de partir de los Incas, en una época en la que escasos estudios antropológicos y un retraso de la arqueología hubieran justificado, en una visión global del Perú, comenzar de fechas más recientes, es porque ese largo retroceso temporal se justificaba en la perspectiva de una revolución social que no sólo respondería a los problemas inmediatos del país, sino que estaba llamada a transformar al conjunto de la sociedad peruana de ayer y de hoy, para así poder solucionar el problema nacional. Responder al problema nacional exigía rescatar la «verdadera» tradición, insertarse en la historia de un país; pero la nación además de estos elementos requería del aporte creador que sólo un entusiasmo colectivo, la acción de las masas, podía aportar. Recordemos que José Carlos Mariátegui se aproximó al marxismo seducido por la acción obrera: en 1919, desde las páginas de La Razón, supo manifestar su simpatía por los obreros limeños que querían conquistar las ocho horas. Desde entonces nunca perdió un entusiasmo esperanzador en los movimientos sociales que lo aproximaría a autores que como Sorel valoraban la acción, o lo llevarían a simpatizar con revolucionarios como Lenin. El problema nacional, visto en esta perspectiva, era importante en la medida en que fuera un problema colectivo. La preocupación por la nación, en la década de 1920, trascendió a las casas de intelectuales, los cafés o las redacciones de revistas, para propalarse entre las capas medias y los sectores populares urbanos del país. Esto era un criterio de verdad, una justificación necesaria para el tema, entre los contemporáneos de Mariátegui para quienes la validez de una idea se medía por su arraigo popular. En efecto, el problema nacional aparece en las obras de teatro de la época: en Lima se habían reiterado con gran éxito y apoyo del público las representaciones de El cóndor pasa, obra inspirada por la devastadora presencia de la empresa americana Cerro de Pasco en la sierra central. Las primeras filmaciones del cine peruano aparecen inspiradas por temas del país. Las novelas populares de los años veinte tienen como argumento la caída del Imperio Incaico, las desventuras de Atahualpa, la conquista del Perú. Los motivos indigenistas -ambientes rurales y campesinos-, aparte de la pintura, figuran también en las artes tipográficas, por lo cual Amauta, la revista fundada por Mariátegui, acierta al escoger ese nombre y, gracias a un Sabogal inspirado en el Cusco, el logotipo correspondiente. La música rescata la escala pentafónica y los instrumentos andinos. El espíritu nacional llega a la propia vida cotidiana. En las ciudades de la costa, una dieta organizada antes a la imitación de la francesa o la italiana, admite platos nacionales como el cebiche, la papa a la huancaína, etc. El ají, el camote, los choclos, se vuelven indispensables en la cocina de las clases medias. La marinera, para referirnos a los bailes, es ejecutada en los salones, y el criollismo, recogiendo el bagaje cultural costeño, consigue cierto esplendor. Para entender todos estos acontecimientos es preciso si- quiera mencionar los grandes cambios que experimenta el país: inicio de las migraciones -Lima pasa de 200,000 habitantes en 1920 a 300,000 diez años después-; expansión de la red vial -ferrocarriles, carreteras, camiones, automóviles-; incremento de los flujos mercantiles y monetarios. En otras palabras: comienza a conformarse el mercado interior. Este es el sustento

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material que permite, como no había ocurrido exactamente antes, pensar al Perú como una totalidad, incluyendo costa, sierra y selva y a todos sus hombres. La transmisión de ideas y noticias se acelera. Unas cartas de la década del 20, intercambiadas entre Lima y Azángaro, permiten constatar que mientras un corresponsal informa sobre las huelgas de Lima y la presencia de ideas anarquistas, el otro le responde al poco tiempo reseñándole las revueltas campesinas que convulsionan a su provincia. Para comprender la importancia de estos hechos debemos indicar que en el siglo XIX a Lima apenas llegaban resonancias lejanas y apagadas de las rebeliones sociales andinas. Emilio Romero ha recordado el asombro que causó en los años veinte ver por primera vez indígenas, con sus vestimentas tradicionales, por las calles de la capital, o hablar sobre «cosas de serranos» en los colegios. De otro lado, cuando en los caseríos de la sierra se izaba la bandera nacional, este hecho no tenía el menor significado para los campesinos. Todavía no era una nación el Perú, pero los cambios que marcan el inicio del siglo XX permitían, como nunca antes, esbozar su posibilidad en el horizonte. El proceso de desarrollo del mercado interior fue acompañado por esa avalancha que fue la expansión imperialista. El imperialismo obliga a plantearse el problema nacional porque significa la dominación de una potencia extranjera y también porque su presencia se dará en los más variados lugares del país, como el desierto norteño -International Petroleum-, las punas de la sierra central (Cerro de Pasco), la selva amazónica (compañías caucheras) y en las fábricas textiles (Grace). Fue un fenómeno que tuvo dimensión nacional. Así como surgen exaltadores de lo nacional, todavía persisten otros -como las «huachafitas» de las que se burlará Mariátegui-, para los cuales lo extranjero es sinónimo de prestigio y calidad. Las empresas americanas no ocultan, en esos años, su procedencia. En Talara y Cerro se izaba la bandera estadounidense; los dueños de Casa Grande, una plantación azucarera de la costa norte, levantaban el pabellón alemán. El prolongado régimen de Augusto B. Leguía (1919-1930), en estas circunstancias, ensayó el proyecto de desarrollar el capitalismo buscando una articulación entre el Estado y las empresas imperialistas. El oncenio, en la concepción de muchos intelectuales, terminará representando un esfuerzo por «desnacionalizar» aún más el país, y el nacionalismo, por lógica contrapartida, será una manera de manifestar la oposición a un gobierno dictatorial. Decíamos que el Perú era un problema: una pregunta en tomo a la cual se agolpaban angustias e incertidumbres. La explicación de esta dimensión peculiar del problema se encuentra, además de las circunstancias reseñadas, en dos acontecimientos decisivos: los movimientos campesinos y la guerra del Pacífico. Después de la llamada sublevación de Rumi Maqui, en la que se combinó la lucha contra los gamonales con el anhelo de recuperar el Tahuantinsuyo, entre 1919 y 1923, los Andes del Sur del Perú se vieron sacudidos por una sucesión de rebeliones campesinas que se producen en los departamentos de Arequipa, Tacna, Puno, Apurímac y Cusco. Este último parece ser el más afectado. Los levantamientos no sólo repiten la clásica contra- dicción hacienda-comunidad, sino que, de manera hasta entonces inédita en la historia andina, corren también en el interior de las

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haciendas: los colonos ocupan sus parcelas y en muchos lugares, como en los alrededores de Sicuani, los terratenientes se refugian en las ciudades y abandonan temporalmente sus propiedades. Mariátegui conoció indirectamente todos estos acontecimientos, en las versiones de los delegados del sur que vinieron a Lima para el Congreso de la Raza Indígena (1923) y gracias a su amistad con Ezequiel Urbiola, líder campesino puneño. Estos congresos, junto con proyectos provenientes del movimiento indigenista, representan en la década del veinte intentos por articular el movimiento campesino con otras fuerzas sociales. En función del problema nacional, la sublevación campesina al reivindicar el pasado indígena cuestionaba por la vía de la praxis la imagen oficial del Perú y de su historia, aparte de plantear de una manera vívida la pregunta sobre quiénes conformaban realmente el Perú: esa minoría blanca de la costa, occidental y urbana, o esas masas andinas, iletradas, que mantenían con terquedad una lengua, costumbres y cultura a pesar de la Colonia y la República. La guerra del Pacífico, antes que el imperialismo, fue un acontecimiento que afectó al conjunto del país: primero fueron los apartados escenarios del sur (Tarapacá y Arica); luego el conflicto llegó hasta la pertinaz resistencia, se irradió a la costa norte, las serranías de Cajamarca y los Andes centrales; repercusiones menores se hicieron sentir a través de la ocupación, movilizaciones de tropas y recursos en Arequipa, Cusco y Puno. La pérdida territorial, el colapso económico, el comportamiento diverso seguido por las clases en el conflicto, dejaron un recuerdo muy vivo todavía cuarenta años después, en el Perú de Mariátegui. Pero lo que ayudaba a mantener ese recuerdo es que, por el problema no definido de Tacna y Arica, en cierta manera la guerra se prolonga hasta 1929. El tema de las llamadas «provincias cautivas» inspira canciones, artículos, conferencias y libros. Para los habitantes de esos territorios un problema muy específico era definirse peruanos -o chilenos-. Quienes seguían de cerca estos acontecimientos, no pudieron dejar de preguntarse qué era ser peruano, por qué serían diferentes a los chilenos. El recuerdo de la guerra del Pacífico y la presencia del imperialismo confirieron esa dimensión colectiva del problema nacional peruano, que implicará también a la naciente clase obrera. De muchos modos, el proletariado era hijo directo del imperialismo. Las empresas norteamericanas o inglesas reunían la más alta concentración de trabajadores. Los sectores más importantes de la naciente clase estaban ubicados en la agricultura de la caña -30,000 braceros concentrados básicamente en los departamentos de Lambayeque y La Libertad- y los mineros -27,000 operarios de los cuales 10,000 trabajaban para una sola empresa, la Cerro de Pasco Corp.-. Era comprensible que en la conciencia de los trabajadores, sus primeras reivindicaciones -jornadas de trabajo, salarios- se confundieran con el rechazo a empresas extranjeras. La conciencia nacional, de esta manera, terminaba precediendo a la propia conciencia de clase. Mariátegui no perdió de vista la potencialidad revolucionaria de la conciencia nacional en un país como el Perú -atrasado y dependiente- y más aún, cuando ella se arraigaba en el movimiento obrero. Fue por eso que «apostó» -si se nos permite la expresión- al liderazgo que alcanzarían los mineros en el movimiento popular: aparecían cotidianamente enfrentados a la mayor empresa imperialista y sus lazos todavía fuertes con el campesinado, los ubicaban en condiciones ideales para liderar un partido que, como

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el socialista quería tener una composición obrera y campesina. Además en contra de la Cerro de Pasco, en la década de 1920 se gesta un movimiento antiimperialista de gran envergadura; ocurre que los humos de la recién establecida fundación de La Oroya (1922) afectan a la agricultura y ganadería de la región, motivando la lógica oposición de los comuneros y pequeños propietarios, que consiguen la solidaridad de los pobladores de Huancayo y Jauja, al lado del apoyo de agrónomos e ingenieros; presentan memoriales, protestan y se organizan... El sentimiento nacional, como siempre, aparece por negación ante algo que se califica de extranjero, y logra cohesionar a diversas clases sociales. La lucha contra los humos de La Oroya podía ser la antesala de futuras movilizaciones del mismo estilo. Mariátegui aprendió el nacionalismo de sus contemporáneos peruanos. Para ello como señala José Aricó-, le sirvieron de muy poco la experiencia europea o el marxismo, pero ese nacionalismo fue el elemento decisivo para hacer de Mariátegui un escritor profundamente peruano, partícipe de las inquietudes de otros intelectuales de su país, comprometido con su tiempo y a la vez un creador en el terreno del marxismo. La originalidad de Mariátegui y su aporte para la historia del socialismo radica en su compenetración con el Perú y su vida cultural. Pertenece a la historia del socialismo mundial porque primero fue -aunque parezca contradictorio- acendradamente peruano: el nacionalismo terminó envolviendo a la biografía de Mariátegui.

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UN VIEJO DEBATE: EL PODER (LA POLÉMICA HAYA-MARIÁTEGUI)

LA POLÉMICA entre Haya y Mariátegui: un tema reiterado estos últimos años, casi un lugar común en las ciencias sociales. Al igual que décadas atrás, parece concitar todavía los mayores antagonismos y las interpretaciones más contrapuestas. En efecto, porque mientras para algunos -como César Germaná, Aníbal Quijano o Julio Cotler- fue el enfrentamiento entre dos visiones antagónicas del presente y el futuro del Perú, para otros como Luis Alberto Sánchez o Hugo García Salvatecci- se trata apenas de un episodio fugaz, entretejido por intrigas menospreciables. Un tema como este, cargado de «historia presente», bordea siempre el anacronismo. La tentación de remitir al pasado los combates de hoy es casi inevitable. Sin embargo, no parece ser el camino más adecuado para entender y liberarse del peso de la historia anterior: para exorcizar a los fantasmas. Se requiere, entonces, un cierto «efecto de distanciamiento». El ejercicio de la crítica histórica, para este propósito, es una precaución necesaria. Pretender dilucidar el pensamiento de Haya de la Torre en 1928 a partir de un libro que como El antiimperialismo y el Apra fue publicado ocho años después, es demasiado riesgoso. Atribuir un rol decisivo a las ideas que habría traído al Perú Eudocio Ravines, cuando la discusión comenzó casi un año antes de su regreso al país, resulta evidentemente falaz. Cuestión imprescindible es, entonces, saber fechar y luego delimitar con claridad los textos producidos en el debate. Aquí comienzan las complicaciones. Haya promete aclarar su posición en un libro que sólo publicará en 1936 y el que anunciara Mariátegui termina perdiéndose irremediablemente. La polémica no tuvo en ese entonces el vasto interés que ahora puede despertar. No fue un hecho público. No aparece registrada en los periódicos o las revistas -excepción de órganos militantes como Amauta- de esos años. Ocurre que se trata de un debate tras las líneas de la oposición al régimen de Leguía, entre políticos obligados a una cierta clandestinidad o condenados al exilio, enfrentados con la sociedad oligárquica desde las movilizaciones populares de 1919. Además, el aprismo era apenas un movimiento germinal y los socialistas no pasaban de un proyecto partidario. Debate entre núcleos minoritarios y dispersos, cuyo desarrollo no se vincula tanto con la imprenta como con la máquina de escribir. Las cartas terminarán siendo el instrumento más directo para que los argumentos vayan de Lima, donde están Mariátegui, Pesce y Portocarrero, a Buenos Aires, donde se encuentran Seoane, Merel, Comejo y Herrera, o a La Paz, a manos de Mendoza, Nerval, Zerpa. Todavía más lejos, hasta México, donde residen Pavletich, Portal, Terreros, Hurwitz, Cox, Serafín del Mar. El escenario se dilata hasta Europa. En París se encuentra una de las colonias de exiliados más numerosas: Ravines, Enríquez, Bazán, Paiva, Vallejo, Tello, Heysen. El otro punto de referencia imprescindible es Berlín, donde reside temporalmente Haya, luego de su estadía en Londres y su paso por Washington. Sin omitir en esta relación a esos grupos que todavía conspiran en las ciudades provincianas del Perú, como Cusco, Arequipa, Jauja, Trujillo o Chiclayo. Tanto Haya como Mariátegui eran cuidadosos corresponsales. El primero, desde que partió a Panamá desterrado por Leguía en 1923, debió escribir un promedio de más de diez cartas diarias, sin contar el envío de postales y fotografías; se las ingeniaba también para

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depositar en el correo varias copias de ciertas misivas o para sugerir que fueran reproducidas por sus corresponsales. En cuanto a Mariátegui, sabemos que reservaba las primeras horas del día para, con la ayuda de su esposa Anna Chiappe, o de su secretario Antonio Navarro Madrid, mantener en orden sus cartas. De esta manera, ambos estaban preparados para una polémica que sería fundamentalmente epistolar. En efecto, era necesario explicar las razones de la disidencia, desarrollar los argumentos, exigir una definición a esa heterogénea «diáspora» peruana2. A veces la correspondencia es una simple comunicación de acuerdos, pero en la mayoría de los casos, lo público se confunde con lo privado y la carta lleva también los sentimientos y las pasiones de quien escribe. Polémica encendida por ambos lados. Los dos contendores tributarios de un romanticismo que persiste en Latinoamérica, no soslayan sus estados de ánimo: la desilusión, el entusiasmo, el menosprecio, la ira, recorren esas cartas escritas por hombres que admitían poner todo el entusiasmo posible en sus ideas. Pero cuando el lector se enfrenta con las cartas3 puede experimentar un cierto desengaño. En el inicio no encontramos las claras divergencias ideológicas que supuestamente explicarían la polémica. Por el contrario, constatamos dos coincidencias entre Haya y Mariátegui: el entusiasmo por la causa indígena que llevará a la cita elogiosa de los 7 ensayos, en Por la liberación de América Latina y la adscripción al marxismo4. No hay duda sobre Mariátegui, autodenominado repetidas veces «marxista convicto y confeso». En cuanto a Haya, parece que, de manera similar a otras biografías, se inició en la política entusiasmado con la Revolución de Octubre. Un tío suyo dirá en 1921 que «es su gran aspiración ser el Lenin peruano»5. Pocos años después, en su correspondencia con Esteban Pavletich, reivindicará el aporte del leninismo, aunque a veces, por razones tácticas, considera conveniente no mencionar este nombre. «La cuestión es dar a nuestro movimiento un carácter realmente comunista, marxista, leninista, SIN DECIRLO, SIN LLAMARNOS COMUNISTAS O LENINISTAS sino procediendo como tales»6. En otra carta acuñará una definición del marxismo que, con algunas atingencias secundarias hubiera podido ser firmada también por Mariátegui: «La eternidad del marxismo está en eso. En que no es una teoría cerrada con capiteles y cornisas, con visillos bordados y ventanitas primorosas. El marxismo es como un camino abierto»7. Sin embargo, las coincidencias pueden ser sólo aparentes si tenemos en cuenta que apenas cinco meses después de enviada la carta anterior, en julio de 1929, Mariátegui confesaría a Moisés Arroyo Posadas, su corresponsal de Jauja: «si de algo he pecado, ha sido de espíritu tolerante y conciliador. Abrí a Haya, atenido a sus protestas revolucionarias marxistas -he averiguado después que en materia de marxismo no ha aprendido nada-, un crédito de confianza quizá excesivo»8. ¿Por qué este hombre que pretende innovar el marxismo, que lo concibe como un derrotero abierto, resulta a la postre un falso marxista? ¿Qué le quita la calidad de marxista? ¿Cómo entender ese juicio categórico: «no ha aprendido nada»? Si se trata de proseguir con los reproches, las criticas personales que Haya dirige contra Mariátegui son evidentemente más ásperas. No se detendrá sino hasta el ensañamiento. Demasiadas líneas acaban dedicadas a una supuesta descripción de su contrincante. Pareciera que las ideas son menos importantes que la imagen de Mariátegui y que fuera imprescindible demolerla, liberalmente, hasta no dejar nada en pie. Haya lo retrata ante todo como un intelectual, un literario, un ser imaginativo, tentado por los

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senderos de la fantasía, demasiado influido por Europa. Todo esto se resume en una palabra despectiva: el «mariateguismo», una corriente, una actitud -más que una ideologíacon la que no se debe tener la menor contemplación, por más que sea un «cristal que se rompe al primer choque»9 y su autor apenas alcance a ser «un revolucionario de papel satinado». Estas imágenes terminan resultando demasiado delicadas para expresar la cólera de Haya. En otra carta, dirá a Eudocio Ravines que «todo esto de los mariateguismos y los revolucionarios de revista intelectual, almibarismos, italianismos e indecencias son puras necedades. Un sable les va a cortar el pescuezo pronto, porque creo que ya se viene un sable en el Perú, según me dicen»10 Las amenazas son más directas: «No me iré sin blandir lo que queda del cuerpo de Mariátegui en alto por el muñón. Le dejaré caer en su propia porquería y ahí será rey. Claro, rey de la ínclita majestad de los reyes católicos. Vive le roi! »11. Concluirá diciendo: «necesitamos profilaxia»12. Quedaba amputada la discusión. En busca de explicaciones a la desavenencia, Haya recurrirá nuevamente a la invalidez de Mariátegui para hablar de su resentimiento unas veces, otra del «engreimiento de inválido»; supuestamente la infección de una pierna le habría afectado el cerebro. Repetidas veces Mariátegui aparece como el hombre inmovilizado en la silla de ruedas. En otro momento pregunta a Ravines si ha visto en alguna ciudad un monumento a un «cojo»13, para señalar, en una ironía demasiado burda, que algún militar, ayudado por el imperialismo, podría levantar a Mariátegui «un monumento... con pata»14 Todas estas citas permitirían realizar un discurso fácil sobre la personalidad de Haya de la Torre: su megalomanía, su ambición, ese orgullo desmedido... Por allí derivó después la réplica de Eudocio Ravines, escribiendo a Mariátegui en junio de 1929. Pero no interesa, cincuenta años más tarde, repetir una polémica. Quizá sea conveniente demostrar, una vez más, esa norma de Spinoza: «No reír, no llorar, comprender». Más que juzgar, antes que repetir un proceso, lo que interesa es entenderlo. Volvamos a las cartas de Haya. ¿Por qué esta obsesión con la invalidez de Mariátegui? ¿Por qué se reitera hasta el cansancio, para que no se olvide, que Mariátegui es un inválido? Era un hecho tan evidente que la insistencia parece sin otro fundamento que una ira incontenible. Sin negar la fuerza de esta pasión, Haya trata de contraponer al sujeto sentado en su silla de ruedas, al personaje de escritorio, al intelectual, con el verdadero político, que es un hombre de acción por antonomasia. ¿Todo el debate se reduce a una cuestión física? ¿Se trata únicamente de saber quién se puede mover y quién está impedido de hacerlo? La respuesta es algo más compleja. Para Haya, política es sinónimo de acción: «... ante todo y sobre todo, la acción y la lucha efectiva deben ser las tareas de un revolucionario»15. La revolución nada tiene que hacer con discusiones prolongadas. De ahí que en el debate quien tenga más interés en los argumentos sea Mariátegui, mientras que Haya dirá que estos pasan a un lugar secundario. La actuación conduce a la necesidad de organizar. Haya imagina al Apra como una especie de «ejército rojo»16. La metáfora se reitera en varias cartas. Como ejército, el partido deberá ser disciplinado y jerarquizado. La tarea no es organizar a las más amplias masas; por el contrario, hay que privilegiar a las minorías selectas. Partido de cuadros. «No hay que desanimarse: cinco rusos han removido al mundo. Nosotros somos veinte que podemos remover la América Latina»17. Aunque quien escribió esas frases estuviera pensando en Lenin, acuden a la memoria las campañas de Bolívar, el arrojo de Salaverry, las montoneras de Piérola... En pocas palabras: el caudillismo. Aquí comenzamos a descubrir que ese leninismo de Haya más que una teoría sobre el imperialismo, la dictadura del proletariado, el rol de los campesinos,

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es en realidad la figura de un hombre excepcional sin el que Rusia habría fracasado: «Los pueblos siguen siempre a hombres representativos »18 es la sentencia categórica. Retomando los argumentos militares: sin dirección no hay ejército posible, es lo que parece argumentar Haya. Llegamos aquí al punto nodal. Nuevamente recurriendo a Lenin -en una de las pocas citas textuales de su correspondencia conocida-, Haya insiste en que «la cuestión esencial de la revolución es la cuestión del poder»19. Mariátegui también hubiera podido citar la frase, pero la discrepancia se reanuda al momento de preguntarse cómo se conquista el poder. Para Haya, el camino es claro: la organización, la disciplina que impone el partido y, por encima de éste, la actuación de un líder, un conductor que reúne en su persona dos rasgos indispensables: de un lado, el conocimiento de la «ciencia revolucionaria» y, de otro, mesianismo y prestigio. Entre las palabras usadas con mayor frecuencia en las cartas de Haya figuran «poder», «acción» y «hacer». Bolchevismo aparece como sinónimo de una moral donde el fin justifica cualquier medio. La simulación y el engaño no son armas vedadas. Así, por ejemplo, cuando Esteban Pavletich parte a Nicaragua para sumarse a las tropas de Sandino, Haya convierte a un individuo en una combativa legión de apristas, para lo cual hace publicar en el Excelsior de México un cable fraguado que provenía supuestamente de París20. En cuanto a Vasconcelos y Palacios, con la finalidad de desplazarlos en la dirección del movimiento antiimperialista latinoamericano, aconseja confinarlos a la calidad de precursores: «no debemos atacarles (día llegará) sino aprovecharles ...»21. En otra ocasión, habiendo sido invitado a dar conferencias en los Estados Unidos, acaricia la idea de una breve estadía mexicana, para lo que escribe imperativamente a Pavletich: «Hay que formar un comité que trabaje por mi viaje, tratando de hacer opinión [...] luego que ese comité envíe una carta de invitación y que envíe una copia a los diarios de allá...»22. En el interior de esta praxis, resultaba lógico poder concebir en México un movimiento revolucionario que proponía, supuestamente desde Abancay, en el corazón de los Andes peruanos, la candidatura de Haya de la Torre a la presidencia: la búsqueda obsesiva e inmediata del poder permitía recurrir a cualquier atajo. Las objeciones que haría Mariátegui a la ausencia de verdad y al empleo del bluff serían desechadas fácilmente como escrúpulos de un intelectual. Todos los caminos eran válidos para la toma del poder, todos llevaban a Roma o al palacio de gobierno. Prioritariamente, se trata de organizar al partido con un núcleo férreo de cuadros dirigentes. Pero se trata, también de conspirar dentro del ejército, con soldados u oficiales, a la espera de un «golpe». En 1928, la polémica con Mariátegui empieza cuando la candidatura de Haya aparece acompañada por un igualmente imaginativo ejército liberador. Haya no acepta las supuestas reglas burguesas del «juego democrático». Criticará la ingenuidad de los socialistas europeos. En este punto coincide con Mariátegui para quien revolución y elecciones no eran fenómenos confluyentes. El poder debía ser tomado, asaltado, arrebatado a la clase que lo usufructuaba. Pero renegar del parlamentarismo no equivalía a abolir cualquier visión ética de la lucha por el poder: aquí se reanudaba la discrepancia entre Mariátegui y Haya. Las ocho cartas de Víctor Raúl Haya de la Torre que publicamos en el anexo a este artículo, confirman, por lo que venimos diciendo, el sustrato jacobino -exaltación de la minoría revolucionaria- de su pensamiento: esta interpretación ha sido suficientemente argumentada por José Aricó y hasta aquí sólo hemos acotado algunas precisiones23. No

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compartimos, en cambio, la versión de Aricó sobre las supuestas fuentes de este jacobinismo porque, a nuestro entender, no deben ser buscadas tanto en Lenin o en la III Internacional cuanto en la propia sociedad peruana. Dos vertientes se vislumbran: la tradición caudillista subsiste en el aprismo, a pesar de la prédica de González Prada y por encima de la influencia anarquista; se resumen en la figura romántica de Nicolás de Piérola, en la montonera de 1895, que desde parajes tan distintos como Piura o Huánuco llega a Lima, derrota al ejército y pone fin al militarismo que siguió a la Guerra del Pacífico. Años después, en 1945, los apristas dirán que intentan repetir el 95 pero sin balas. El autoritarismo es, en realidad, esa combinación peculiar entre violencia y consenso que enmarca el funcionamiento del Estado, la vida cotidiana y las relaciones sociales: la propalación por todo el edificio social de la servidumbre andina, donde se confunden el látigo con el paternalismo24. Entonces, las ideas de Haya no obedecen exclusivamente a motivaciones personales. Si nos hubiéramos limitado a reflexionar sobre la megalomanía, la ambición, el orgullo que destilan sus cartas, no hubiéramos ido más allá. Pero ocurre que, en esas páginas, Haya incorporaba a su discurso ciertos elementos vertebrales del país. Pretendía estar enfrentado frontalmente contra la sociedad oligárquica, sin saber que la estaba reproduciendo. Esa visión autoritaria de la revolución no es un invento suyo, ni consecuencia de su experiencia europea o de algún texto leninista. Por el contrario, en el Perú existía una antigua tradición que podía remontarse a las jerarquías coloniales o a la antigüedad del Estado en el espacio andino... El paternalismo no es -en esas primeras décadas del siglo XX- sólo una elaboración ideológica que la clase dominante dirige a las clases populares. Ha terminado siendo absorbido por estas. Vienen a la memoria algunos ejemplos. Un obrero de Cayaltí que se interesa tempranamente por la revolución rusa y en 1906 compone un drama donde imagina un final feliz: el zar descendiendo desde su trono para abrazar a los revolucionarios25. Los trabajadores de una fábrica textil limeña que se conmueven ante Guillermo Billinghurst porque este hombre blanco y supuestamente aristocrático, desciende para aproximarse a los de abajo26. Para muchos de ellos, Haya, con su abolengo atribuido, sus rasgos occidentales, su culta manera de hablar, será la realización de esta esperanza. Imagen resignada del mundo, donde la salvación no podía salir de las propias filas de los desvalidos, sino que había que esperar su llegada, que descendiera para redimirlos. Ahora podemos entender el menosprecio de Mariátegui hacia el marxismo de Haya: estas concepciones eran todo, menos marxismo. La mentira y el autoritarismo no garantizaban la transformación sustancial de una sociedad. Frente a la imagen jacobina de la revolución, Mariátegui contrapone la concepción del mito: frente a la ciencia y la organización, la fe y la voluntad colectiva. Paradójicamente, derivará, a veces, en un cierto menos precio por los intelectuales porque «los profesionales de la Inteligencia no encontrarán el camino de la fe; lo encontrarán las multitudes»27. El mito era sinónimo de alternativa colectiva al orden establecido, sinónimo a su vez de bolchevismo. Haya y Mariátegui, de esta manera, representaban dos maneras de entender la revolución: ese era el problema esencial. Encerrando la discusión en revolución socialista o revolución burguesa, no entendemos lo que fue el meollo mismo de la polémica, según la versión de sus protagonistas. Ciertas apreciaciones que podían parecer marginales, se convierten por el contrario en decisivas: criticar el engaño, no transigir con la demagogia, no admitir que se invente un movimiento desde México, son posiciones que derivan de una concepción, según la cual, revolución y

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verdad, política y moral, son indesligables. La desconfianza a cualquier élite es frecuente en Mariátegui. En plena discusión con Haya, escribe sobre Charles Chaplin para recordarnos que, en todo caso, «élite quiere decir electa»28, supeditada siempre a las mayorías. En otra ocasión nos hemos referido al sustrato espontaneísta del pensamiento de Mariátegui. A veces con incertidumbre, otras con dudas, pero en lo fundamental su concepción de la revolución se adscribía a una vertiente alejada del jacobinismo, donde estaban el Lenin que escribió las Tesis de abril, Rosa Luxemburgo, Labriola, y particularmente Sorel. El marxismo, entendido como el mito de nuestro tiempo, equivalía a una apuesta por la revolución como acto colectivo, como creación de las masas, como traducción de sus impulsos y sus pasiones. Los trabajadores eran los verdaderos protagonistas y no requerían -por el contrario, rechazaban- cualquier golpe de mano jacobino como el que imagina -ni siquiera intenta verdaderamente- Haya lanzando su candidatura en 1928. Mariátegui asumía plenamente la tesis de Labriola sobre el comunismo: «El comunismo crítico no fabrica las revoluciones, no prepara las insurrecciones, no arma las sublevaciones. Es ciertamente todo uno con el movimiento proletario...»29. La organización no antecedía, sino que acompañaba en el largo camino de ir larvando un consenso insurreccional. Encontrar aquí las formas de lucha, los atajos y los senderos, no era tan fácil como en la vertiente jacobina. Un desafío para la imaginación y la inventiva, de ahí que Mariátegui insistiera en el socialismo como creación heroica. Un ejemplo mexicano -una revolución hecha desde arriba por la pequeña burguesíaconvenció a Mariátegui de la validez de sus planteamientos, pero el caso soviético lo sometió a fuertes dudas. A veces transige anexando la idea revolucionaria con el orden y la disciplina. Ocurre que los problemas sobre los que debatió con Haya estaban en juego también en Rusia. Mariátegui, a partir de los boletines de la Internacional y las publicaciones de la Oposición de Izquierda, sigue con detenimiento el conflicto entre Trotski y Stalin. Constata la existencia de una «burocracia soviética» -concepto herético en 1930pero la disyuntiva es saber si es una secreción del leninismo, una consecuencia inevitable del camino seguido por los bolcheviques o, por el contrario, un fenómeno histórico, derivado de las peculiares condiciones por las que pasó la Unión Soviética asediada por las potencias occidentales. ¿Era posible un socialismo sin burocracia?. La cuestión había angustiado años antes a John Reed y Emma Goldmann. Otro autor, hacia el que Mariátegui profesaba especial admiración, vuelve a plantear la pregunta en 1929: el rumano Panait Istrati, un narrador excepcional, cuyo sentido de la aventura sedujo siempre a Mariátegui, que escribe una feroz requisitoria al régimen soviético bajo el título Vers l'autre flamme30. Libro desengañado. Obra de un exiliado total, que percibiendo en la Unión Soviética una reproducción de la injusticia, niega sin embargo cualquier reconciliación con la sociedad burguesa. Enemistado con sus contemporáneos, insiste sin embargo en combatir por la justicia, entendiendo que es la lucha por un sentimiento y no por una teoría. Mariátegui había dedicado entre 1925 y 1928 tres artículos a comentar la vida y la obra de Panait Istrati. No se excusó de escribir la reseña del libro citado y aunque enumera una serie de reparos a una crítica que le parece superficial -encerrada en los aspectos más prosaicos de la construcción socialista-, no reniega de su entusiasmo anterior por Istrati y de ninguna manera se suma al coro de agravios que comenzaba a orquestar la Internacional. Ocurre que Mariátegui esperaba que la campaña del Estado soviético contra la burocracia culminase con éxito31.

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La Unión Soviética mostraba que este debate sobre el papel de las masas en la revolución era un problema complejo, que estaba en el centro mismo de cualquier proyecto revolucionario. El antijacobinismo de Mariátegui tiene un respaldo -que él piensa sólido- en Georges Sorel -a quien, abusivamente, identifica con el pensamiento de Lenin-, en la historia europea reciente -soviets rusos y consejos italianos-, pero un sustento similar no parece encontrarse en la tradición política peruana. El Partido Socialista que proyecta como lo hemos argumentado en otra ocasión- debía inscribirse en el interior de la verdadera tradición nacional. ¿Qué elementos de democracia se encontraban en esa historia anterior? Los trazos del autoritarismo resultan -como ya vimos- demasiado visibles. El antijacobinismo tendría que buscar sus puntos de referencia quizá en las organizaciones anarquistas, en el funcionamiento de las comunidades campesinas, en la resistencia de los pueblos del Interior al Estado y el centralismo... Mientras que para algunos el Estado formaba a la Nación, para otros la sociedad civil había mantenido su independencia, alentada por las sublevaciones populares. La importancia de esta indagación por los momentos de autonomía -como diría Gramsci- en la historia de las clases subalternas, radica en saber si el proyecto de Mariátegui tenía una consistencia histórica similar al proyecto de Haya. ¿Qué articulaciones mantuvo con lo que Basadre llamará el Perú profundo, el país informal? De la respuesta a esta cuestión depende, entre otras cosas, saber si la acusación de irrealismo que le enrostraba Haya era fundado. No interesa aquí reseñar el desenlace de la polémica: renuncia de Haya al aprismo, disidencia de Ravines; tampoco determinar cuántos se fueron y cuántos se quedaron con Mariátegui32. Hace falta dejarla como verdaderamente quedó en la historia: como una discusión inacabada. No añadirle ninguna línea más. No inventar un epílogo. Si ha concitado alrededor de ella tantos comentaristas e intérpretes, es porque el problema planteado -los caminos del poder- es un viejo y nuevo problema tanto en la historia del socialismo -y de todos los movimientos contestatarios o de cualquier intento por sublevarse contra la injusticia-, como en la historia peruana. ¿Socialismo y clases populares pueden, realmente, identificarse? ¿Cómo unir la tradición socialista con la vertiente libertaria? En Sorel veía Mariátegui la articulación entre Marx y Proudhon. ¿Imaginaba? El camino de Haya era claro: la revolución desde arriba. En cambio, el camino opuesto sólo persiste como un desafío. Es aquí donde el pasado nos remite al futuro.

ANEXO LAS OCHO cartas de Víctor Raúl Haya de la Torre que publicamos nos fueron proporcionadas por el Dr. Javier Mariátegui. Siete estuvieron remitidas a Eudocio Ravines, entre octubre de 1926 y los primeros meses de 1929; otra a los compañeros de la célula aprista de París. Hemos tenido la precaución de cotejar la rúbrica de Haya. Aunque todas las cartas están mecanografiadas, también hemos reparado en las correcciones y los añadidos «de puño y letra». Finalmente, ecos del contenido se pueden percibir en la correspondencia entre Haya y Esteban Pavletich o en la célebre carta dirigida en setiembre de 1928 al «compañero Mendoza». En el Archivo Mariátegui, estas cartas forman una unidad junto con tres que Haya mandó a la célula peruana del Apra en París, otra dirigida a Bustamante, la copia de un

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mensaje a la prensa mexicana, una fotografía firmada del mismo Haya de la Torre, convaleciente en un sanatorio suizo, y la copia de una carta enviada por Eudocio Ravines a Mariátegui. Toda esta correspondencia había sido conservada cuidadosamente por el recipiendario, es decir, Eudocio Ravines. Daría la impresión que éste tuvo el propósito de escribir algo en tomo a la polémica entre Haya y Mariátegui, pero el curso del debate marxista después de 1930 -campaña contra el «Amauta» al interior del partido- frustró o restó sentido a ese proyecto. Los años de la crisis fueron, aparte de la riesgosa clandestinidad, poco propicios para cualquier proyecto intelectual. Lo cierto es que, refugiado Ravines en la casa de la viuda de Mariátegui, dejó allí esta colección de cartas que nunca más reclamaría. Se hubieran perdido irremediablemente, a no ser por el empeño que para conservar todo lo relacionado con José Carlos Mariátegui, no escatimaron nunca Anna Chiappe y sus hijos.

Londres, 17 de octubre de 1926 Querido compañero Ravines: Esta mañana he recibido su carta del 19 de setiembre. Ahora está aclarado su concepto. Terreros me había copiado párrafos de una carta suya en que habla V. del programa analítico. La orientación que V. pide es necesaria. Pero algo de ella ha ido ya en mis continuas cartas anteriores. Naturalmente, rechazo como reaccionaria y hasta como traidora la idea de que nuestro movimiento será «para otra generación». Eso es estúpido y cobarde. De ninguna manera. Por eso mi preocupación constante de formar cuadros de acción lo más pronto posible. Lo esencial en este momento es formar cuadros proletarios, constituir el ejército rojo en una palabra. Organizar las multitudes y agitar intensa y extensamente a las masas, procurar la agitación revolucionaria mayor posible.- En cuanto a nosotros, claro que debemos orientamos no lentamente, sino lo más rápido que se pueda. Nuestro punto de vista en cuanto al problema global del Perú no puede ser otro que éste, en mi concepto: El Perú es un país agrícola. Lo esencial de nuestra economía, la vida misma del país está en la agricultura. Es a la agricultura, al problema de la tierra que está ligado el movimiento nacionalista indígena. La lucha entre el gamonal y el indio no es sino la lucha por la tierra. Pero la tierra en el Perú no produce lo que debiera producir porque no se cultiva intensivamente sino extensivamente. La gran producción desinteresa a su poseedor del afán de intensificar la producción. Un hombre que tiene cincuenta mil hectáreas no explota la tierra científicamente. Si ese mismo hombre tuviera mil, procuraría sacar por trabajo científico intensivo lo que le dan cincuenta mil por extensión. Pero con este sistema de gran propiedad la economía nacional, la economía colectiva que está afirmada en nuestra agricultura, que es el alimento y el trabajo de las inmensas mayorías de nuestro pueblo, sufre desmedro. A la nación, o mejor a la colectividad, le interesa un índice el

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mayor posible de producción porque eso es su riqueza. Hay que buscar el mejor medio de procurar la explotación más intensa posible de la tierra. ¿COMO? Nuestro primer obstáculo está en la gran propiedad. La gran propiedad en el Perú es el feudalismo en lucha tradicional contra el comunismo o socialismo de la tierra. Durante cuatro siglos la comunidad ha estado sometida por el feudo. Es la lucha de dos sistemas económicos de explotación de la tierra. Nosotros tenemos que ir hacia la socialización de la tierra, hacia el triunfo del movimiento indígena cuyo nacionalismo es, naturalmente un fenómeno de razones económicas. La vieja comuna modernizada, el ensamble del sistema agrícola incaico con los métodos modernos de explotación será nuestro fin primordial. En la costa, o en lugares donde la gran propiedad ha podido desarrollarse por el trabajo industrializado -la caña por ejemplo- se puede ensayar dos clases de sistemas: la administración directa por el Estado, o la formación de comunidades de trabajo agrícolaindustrial. La pequeña propiedad -de esto ya creo haberle hablado- tiene el inconveniente de no permitir al propietario un trabajo intensivo y moderno. Muchas veces una máquina de trabajo le costaría el 50% del valor de su terreno. Sin embargo la pequeña «posesión» o propiedad vitalicia podría ser el paso al sistema cooperativo en donde haya arraigado el sistema de la propiedad dividida. Pero la cooperativa agrícola será una forma de trabajo muy aparente para la costa. Evidentemente que este programa de orientación significa la revolución nacionalista indígena y nuestro apoyo más decidido a ella. Pero esa revolución debe producirse lo más militarmente dispuesta que sea posible, lo más disciplinada y bajo el control y la autoridad de nuestro núcleo. En cuanto al problema industrial -ya lo he dicho algunas veces-, como no somos un país industrial y nuestro proletariado es reducido en número, el principio general es la nacionalización o socialización de las industrias, que se hará total o parcial según convenga mejor a los intereses de la colectividad. Naturalmente, el control obrero y campesino en la vida política del país mantendrá a la clase explotadora en el camino de su destrucción como poder político primero y como entidad económica más tarde. Como usted ve, esto está dentro de los puntos de nuestro programa general, o internacional. Cuando se habla de la socialización de las industrias, es entendido que esta socialización no será absoluta cuando no sea posible por razones más fuertes, pero socialización absoluta en principio. Tierras e industrias pertenecerán a la Nación es decir a la masa productora que tendrá el poder político. Y ésta, por intermedio de nuestro partido podrá hacer las concesiones que fueran indispensables. No creo que sea posible enfocar de otro modo el problema indígena. Hay dos interpretaciones: la una burguesa y feudal, reaccionaria y traidora, intelectualista y falsa y la otra la revolucionaria, que es la nuestra. Ante todo la solución del problema económico, después la educación y todos los privilegios que hoy se niega a los oprimidos. Me parece que para nosotros el camino está claro y que la orientación está más que nunca afirmada. Naturalmente que ha pasado ya «el instante bello del romanticismo etc.», de que V. habla ¡pero hace ya mucho tiempo que ha pasado! Desde el momento en que

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tenemos un programa y planteado un partido y esbozado un plan de táctica, hablar de eso es anacrónico. Lo que yo creo fundamental en estos momentos es organizar el trabajo de agitación. Muchas veces he recomendado el trabajo de ustedes en célula y la división y la distribución de la labor. No proceder nunca individualmente sin previo acuerdo, sin obedecer a un plan. Esto mismo aconsejo a Heysen. Ser revolucionario es ser disciplinado. Ustedes ahí deben dividir su trabajo como si estuvieran en el Perú: interior y exterior. El primero significa todo lo que haya que hacer en el Perú; propaganda en las masas, propaganda de prensa, comunicaciones con amigos o grupos, etc. El segundo la campaña de propaganda en la Argentina y América Latina. Ustedes deben escribir siempre para el Perú y para la Argentina, Uruguay, etc. Nuestra influencia revolucionaria en América debe dejarse sentir como la de los revolucionarios rusos en Europa antes de la revolución. Debemos tratar de hacer llegar a toda América la vibración de nuestro programa y agitar mucho, muchísimo. No hay que des- animarse: cinco rusos han removido el mundo. Nosotros somos veinte que podemos remover la América Latina. Debemos ser y aparecer como los campeones de la agitación antiimperialista, de la unidad latinoamericana de la defensa indígena, de la acción social de las universidades, etc. Esta es nuestra labor tenaz en el extranjero. Así hacemos respetable nuestra revolución para más tarde. Yo no escribo para los periódicos y revistas de fuera del Perú sino por hacer prestigiosa nuestra causa. Eso es lo que deberían entender los compañeros de Panamá tan dejados, tan débiles en su acción, tan llenos de esa abominable pereza tropical y freudiana. Ojalá reaccionen. Ellos podrían controlar todo el Norte de nuestra América Latina. En un año de este trabajo armonizado y tenaz sobre la opinión obrera y sobre la masa lectora la U.P.G.P. y la revolución del Perú habrían conquistado un prestigio internacional muy vasto y cuando nuestro movimiento estallara tendríamos la simpatía de la opinión pública del Continente que es algo que debe preocuparnos mucho para el caso de una agresión yanqui. No importa repetir. Al contrario, hay que repetirse mucho pero extender mucho también la labor de propaganda. Pero hay que escribir. Uno de ustedes debe escribir artículos incesantes sobre el problema indígena peruano, revelar abusos y conmover la opinión pública con una propaganda indigenista vívida que conmueva y justifique la revolución. Naturalmente nunca debe faltar la línea y la interlínea para la U.P., para nuestro movimiento etc. Otro debe ocuparse de asuntos estudiantiles, persecuciones, acción de la U.P. en este orden y recuerdo constante del heroísmo de la juventud peruana, cuestión con Chile etc. Otro debe ocuparse del imperialismo, presentar siempre a Leguía como agente del imperialismo pero presentar siempre a Le guía como miembro de una fracción civilista etc. Otro u el mismo debe seguir siempre diciendo que la U.P. fue la primera tribuna antiimperialista de América Latina definida en un sentido económico y que la UNIDAD de América es nuestro lema etc. Aunque toda esta campaña repercutirá como que ya de lo que se hace, repercute en el Perú, hay que organizar también la propaganda dentro del mismo Perú. Esta debe ser de dos clases. Para la masa burguesa grande y pequeña: artículos de vulgarización científica que se enviarán en muchas copias a los diarios provincianos. Artículos sistemados y combinados. Siempre en ellos se firmará como profesor de la U.P. Temas para esto hay infinitos (antialcoholismo, vulgarización científica, etc.). Propaganda de otro orden: redactar hojas, manifiestos de agitación, escribir cartas suscritas y anónimas, todo con este fin: revelar la situación actual del país, el estado de abandono de su pueblo, la ignorancia etc. Decir que sólo la U.P. ha protestado y protesta, que por eso sus líderes están en el

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destierro y que es deber de la masa reclamar por el regreso de sus líderes y prepararse a unirse al movimiento de la juventud de vanguardia, que sólo ella regenerará al país, etc. Esto debe ser combinado con lo que en Lima debe hacerse: cuadros revolucionarios. Hay que organizar, hay que organizar para la batalla. A Cox le escribo sobre esto, hay que organizarlo todo: estudiantes, sportsmans, obreros jóvenes, empleados, etc. Hay que comenzar por células de cinco o tres pero tender a formar verdaderos sectores de lucha. No muchedumbre, no montonera, sino cuadro, compañía, Ejército. Eso es lo que hace ganar las revoluciones. En resumen, creo que tenemos ya una orientación clara. Rápidamente ha de ir aclarándose y precisando más aún hasta donde es posible precisarla, porque no es justo ni humano ni revolucionario buscar el detalle. Sobre esto ya he hablado. A Heysen le escribí una carta. Si no la conoce V. pídasela. Nunca escribo cartas reservadas y si las tiene alguno hace mal. La carta a Seoane, podría completarle mi pensamiento. Nuestro partido es un partido de base económica. Vamos a una revolución económica, cuya base es la tierra y la sierra. El triunfo de nuestra revolución sería el principio de una revolución en América, sobre todo en los países de razas indígenas. Pero, por eso nos interesa el poder: inmediatamente que la revolución peruana tuviera el poder se convertiría en un foco de agitación revolucionaria para América. La Unidad, la Federación, derribando a las clases dominantes -mi latinoamericanismo ha sido revolucionario desde que lo profeso- será nuestra bandera. Además será nuestra defensa porque aislando la revolución en el Perú seríamos tarde o temprano aplastados. Por eso nos interesa el ambiente en todos los países de América Latina. Si la revolución mexicana distante e incompleta ha despertado tantas simpatías en el Continente, la nuestra, con una organización de propaganda activa será mucho más popular. De ahí que desde ahora debemos trabajar nacional e internacionalmente. Rechace V. amigo Ravines como reaccionaria toda idea reformista, evolucionista o perezosa acerca de nuestra revolución. Será por nosotros. Esto debemos entenderlo bien y debemos infundirlo en la conciencia de nuestro pueblo. Justamente ése es uno de nuestros puntos de afirmación: la revolución la haremos nosotros y sólo nosotros. Tal nuestro lema optimista para las masas y nuestra consigna. Un día llegará en que tendremos que lanzarnos. De otro modo seríamos traidores. No es pues muy largo el plazo y por eso debemos apresurarnos a comprender y a realizar aquella máxima de Lenin: «La cuestión esencial de la revolución es la cuestión del poder». Seguiremos en comunicación. De nuevo le pido cartas colectivas al tratarse de estos puntos. La célula debe reunirse y debe plantear sus puntos de vista en comunicaciones concretas. Pero no debe retardar su trabajo de organización y agitación. Al mismo tiempo que la célula me diga: hemos hecho esto y esto y estamos trabajando así, etc., puede decir: tenemos dudas sobre este punto, tenemos esta objeción etc. Pero no detenerse. Comenzar, comenzar activa e inmediatamente, pero comenzar como célula. No como individuos. Yo quiero mucho a ustedes como amigos pero más me interesan como revolucionarios y como revolucionarios no tenemos nombres: números. Nuestros nombres son fichas de juego, al servicio de una causa común, que debe trabajarse en común.

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Le envío un abrazo muy fraternal y muy caluroso. He recibido su retrato y ahora como que le voy reconociendo. ¡Sinceramente! Me parece que ya le recuerdo mejor. Una vez más le digo que me contentan mucho sus observaciones y que tengo fe muy viva en su capacidad revolucionaria y en su disciplina. Suyo Víctor Raúl

INDOAMÉRICA Editada por la Sección Mexicana del Frente Unico de trabajadores Manuales e Intelectuales de América Latina, A.P.R.A. Apartado 1254, México, D.F.

Abril 4. (1928) Querido Eudocio: Acabo de recibir una extensa carta tuya de siete páginas fecha 10, depositada el 18 de marzo. No sabes cuánto te agradezco las noticias tan minuciosas. A la fecha deben haber recibido una extensa carta mía explicatoria del plan de acción en el Perú. Los chismes de Bazán sobre lo de la candidatura carecen de importancia por ser inactuales. Castillo nos escribe dándonos otra opinión. La Prensa se burló la primera vez pero no la segunda en que se ocupó editorialmente de la cuestión. La candidatura, como lo digo en mi carta anterior, forma parte de un plan revolucionario. Espero haberme explicado suficientemente. Es ridículo, y es necesario matar en su raíz, que toleremos gestos anárquicos allá. ¡No hay estado mayor en París ahora, porque el estado mayor está aquí y estará en México por mucho tiempo! No podemos estar sujetos a críticas gratuitas. Es propio que en nuestro movimiento o hay fe o no la hay y quien no la tenga que se marche. Tú debes contribuir a afirmar este sentido o conciencia militar alfil. Hay que acallar comentarios. No debemos tolerar grupos u oposiciones. Hay que extirparlos de raíz tomando todas las medidas que ya la sagacidad o la severidad aconsejen para mantener nuestra unidad. La cuestión candidatura es indispensable, según lo explicamos ya. Es ridículo y hay que acabar de una vez por todas con la creencia de que yo o nosotros hacemos cosas por individualismo o personalismo o no sé qué porquerías. Ya pasó el tiempo y yo pude hacerlas en otro campo. No necesito que se me aconseje espíritu colectivo ni disciplina porque soy el primero en guardarla. Cada vez que hago algo es porque conviene a la causa. Nunca se hace nada sin consultarse con los compañeros y sin verse la realidad. Y la realidad no está en París ESTÁ AHORA aquí. Es preciso pues disciplina, calma, menos histerismo y más espíritu militar.

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Esto en cuanto a críticas que según me dices se han suscitado allá. Sigo creyendo que ha sido un error y una estupidez de Mariátegui el enviar en estos momentos y en las condiciones en que lo hizo a nuestros compañeros a Moscú. Creo que deben detener a julio hasta que yo vaya. Esto es indispensable. Recibimos ayer un cable consultando la partida de Bustamante. En principio soy abiertamente opuesto a estos viajes por razones sentimentales muy respetables pero muy anti revolucionarias y anti militares. Si mi padre o mi madre moribundos me llamaran yo no iría. Por principio. Hasta hoy ninguno de nosotros ha vuelto. La excusa del regreso de Miroquezada fue que su papacito estaba enfermo. Respeto los sentimientos pero pido que se respete la disciplina. Los enviados al Perú en estos momentos no deben ir de París sino de México. Bustamante no haría gran cosa. Espero que cuando se entere de mi carta estará mejor informado. De todos modos, si los compañeros aquí autorizan no será con mi voto. Tengo las mismas razones que tuve para que Cornejo urgido por su madre enferma, volviera al Perú. Trataré de escribir a los compañeros tal como me indicas. Ahora estoy terminando un folleto o pequeño libro titulado «El Imperialismo y el Apra», con parte polémica para los comunistas y parte expositiva. Queda demostrado por angas y por mangas que el Apra es un partido. Rebate sin mencionar las capciosidades de Mariátegui. Aquí ha aparecido un folleto de Mella furibundo contra el Apra y contra mí. Está vomitando bilis. No ha causado buena impresión y se trata de recoger la edición. A nosotros nos conviene que circule. Varias gentes espontáneamente han respondido. La cosa es grotesca. Espero que se comuniquen con Cuba. Atuei ha dado un número estupendo. las perspectivas del Apra aumentan día a día aquí. Ya tenemos local, imprenta y otros elementos ofrecidos. La impresión de mi folleto será la primera forma concreta de apoyo que el Apra reciba. Es preciso que digas a los muchachos que lo que dije de Borah no es tal cual fue publicado. Diles que un hombre cuyas palabras son transmitidas por telégrafo como fueron esas mías por su agencia, no va a estar persiguiendo a los corresponsales ni desmintiendo cuando ni se sabe dónde dan las noticias. El hecho de que se hagan eco de lo que dice El Libertador es sencillamente oír la voz del enemigo. ¡Es como estar de acuerdo con lo que dice La Prensa respecto de mí! ¿Qué han de decir los enemigos? Dialéctica, dialéctica, por todos los Diablos del infierno, ¿hasta cuándo vamos a ser un kindergarten revolucionario? Es lamentable que tengamos que estar sufriendo críticas y murmuraciones de nuestras propias filas. Mientras no se nos dé poderes amplios no será posible nada. Yo siento un desaliento extraordinario cada vez que me impongo de estas cosas. Y el cuento no es que yo no me imponga, porque tú haces bien en comunicarlo, sino en ir educando revolucionariamente a nuestros compañeros. Es preciso dar a conocer a nuestros compañeros que El Libertador y los comunistas atacan porque se ven perdidos. El Apra avanza cada día con más fuerza. ¿Cómo escuchar

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y ni siquiera leer libelos contra nosotros? ¡Léeles lo que dice el último número de Atuei sobre El Libertador y sobre Mella! Aprendan a ver enemigos en los enemigos y no en los compañeros. Pongan cauterio a esas murmuraciones necias y femeniles. Y sé bien en que ahora como al fundar el Apra, como al fundar la U.P. ha de llegar un momento en que esté solo o casi solo. Esa es mi tragedia. ¡Cuánto papel y tinta gastado para llegar a entender al Apra! Así ha de ser. Hemos de perder tiempo en explicaciones, todo por falta de fe revolucionaria, de preparación, de organización en nuestras filas. Lo que hay que buscar ahora es disciplina, disciplina militar. Se acercan horas de fila. Si no organizamos nuestras fuerzas así, las anegaremos en sangre más tarde y llevaremos todo al diablo. Esas palabras sobre el control de los jefes ¿pueden pronunciarse en un ejército? No. ¿Y no somos o no debemos ser nosotros un ejército? He ahí nuestro argumento. O hay fe en los jefes o hay anarquía. O somos un partido de lucha y por ende de guerra y por ende militar o somos una tertulia de comadres o un hato de rameras en noche de orgía sabatina. ¿Cuándo entenderemos que el Apra es un partido con disciplina militar? ¿Lo entenderemos sólo el día en que ya en la lucha se tenga que castigar con sangre insurrecciones o rumores en nombre de la disciplina que en la guerra hay que mantenerla férreamente? ¿Se nos llevará a eso? La cuestión es seria. Hay que preparar nuestro ejército. Hay que darle mortal de tal y moral revolucionaria. Es preciso que organicen ustedes un curso de disciplina y moral aprista. Que preparen a los elementos para ser buenos soldados. Si no lo son, no serán jamás buenos jefes. Traten esto. ¿Qué hay del mensaje de Ugarte al Apra pedido a ti varias veces, desde diciembre? Manda también ejemplares del mensaje de Rolland si es que quedan. Sandino está de acuerdo con el envío de la comisión del Apra. Se lo dijo al periodista Carleton Beals que me trajo el recado. El fracaso de los liguistas en esto ha sido formidable. Un fuerte abrazo a todos. Ya escribiré singularmente. Estoy ocupadísimo tu hermano. Fdo. Víctor Raúl Nada me alegra más que las noticias de tu salud. Ya sabes mi teoría: la voluntad vence a todas las enfermedades. Yo estoy muy bien. Todas las mañanas me levanto a las 6 y salgo a correr por el bosque de Chapultepec con varios amigos. Me siento muy bien. No habría podido sobrevivir a una gira tan agotante de atenciones y emociones sin este régimen. Avena, huevos, leche y fruta mi único alimento amén de un poco de vegetales y uno que otro tamal... Esta es mi dirección Haya de la Torre do J. C. Guerrero Madgeburgerstr. 25 Berlín W. 35

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Mi querido Eudocio: Al fin he recibido la carta que tan ansiosamente esperaba de alguno de ustedes. Les he escrito por intermedio de Vallejo, a cargo del Boureau des Grands Journeaux luego, por intermedio de un muchacho Carrera, ecuatoriano, de la Agela de Berlín, que va a París sin rumbo cierto. También le di la dirección de Vallejo. Recojan esas cartas y busquen al muchacho. Cuando yo viajaba de Costa Rica a México, vía Panamá fui detenido en la Zona y expulsado en el mismo barco en que viajaba, uno de carga, alemán, y despachado a Bremen. Aquí, por fortuna he encontrado a Guerrero que es un gran tipo, completamente identificado con nosotros y él me sirvió para impedir que por falta de pasaporte fuera yo devuelto a América y por ende desembarcado en La Guayra, Venezuela. Tan pronto como el Prof. Goldschmidt me comunicó la noticia del asesinato de Mella le rogué enviara en mi nombre un telegrama de protesta. Así lo ha hecho. Goldschmidt ha sido esta vez, como siempre, tan bueno. No creo que pueda ir muy pronto a París. Aquí creo que conseguiré normalizar mi economía totalmente en desastre. Estoy ya enseñando castellano y haciendo ciertas traducciones. Mis expectativas son no de muy pronta realización pero seguras. Toda esta gira me ha costado tremendos sacrificios de todo orden. Fui expulsado de Guatemala y El Salvador y se organizaron contra mí verdaderas campañas pagadas por la United Fruit y secundadas por los gobiernos y la prensa a ellos vendida. Libré solo tremendas batallas, pero todo esto a pesar de haberme agotado un poco ha dado tal fuerza al Apra que no hay hoy en Centroamérica nada que la iguale. El trabajo ha sido terrible pero necesario para los de fuera y para los de dentro del Apra. Nuestros compañeros quieren exigir siempre los extremos de sus líderes y especialmente de mí. Yo sé que sólo cuando me vean muerto, perforado con veinte balas dum-dum despertarán la confianza el entusiasmo y el fervor que tanta falta nos hace. Esto es, desgraciadamente, ley fatal en nosotros. Al leader hay que sacrificarlo como a los gansos de Navidad. Después se le hace elogios fúnebres y se vive un poco a su costa lamentándose no haber hecho más. Historia criolla trágica pero evidente. Todas las divisiones entre nosotros no son sino eso. Eso: inferioridad y primitivismo, crueldad y algo como sadismo político de campesinos suspicaces. Pero esto no lo enmendaremos, sino a fuerza fuerza y a fuerza de sacrificios. Aquí di una conferencia en la Agela. La oposición de un tipo llamado Shawde nada pudo. Me refutó y lo deshice. Los muchachos están todos a mi lado y van a censurar a Shawde. Hay varios peruanos, todos unidos como por un aro de hierro. No sé nada de México desde hace dos meses. Esperándome ellos no me escribieron más. La situación en cuanto al Perú cambia. Muchos militares están con nosotros. Los Santibáñez en Centroamérica y aquí otros. Hay interés en la joven oficialidad por nuestro

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movimiento. No lo han visto objetivo ni posible mientras no les entró la cosa por los canales de la famosa candidatura que tantos de nosotros con visión de topos no hicieron sino criticar. Pues hoy, las cosas están en un pie tan interesante que cada vez estoy más contento de nuestro plan, aunque el señor Mariátegui revolucionario de papel satinado siga diciendo que «así no se hace en Europa» o porquerías por el estilo. Pero hemos pasado el tiempo, perdiéndolo, en discusiones y dudas y lo que pudo hacerse antes va a hacerse cuando grandes energías nuestras se perdieron en disputas y desconfianzas. Como siempre venceremos con medio ejército muerto en la lucha intestina. Traten de ver qué se hace en la Agela para iniciar una campaña aquí. Esta misma noche te enviaré la protesta aprista por lo de Mella. Ya les había enviado a México una declaración para Indoamérica. No va en este sobre porque no tengo aquí, de donde escribo, lejos de mi casa, el papel sellado del Apra. Guarden religiosamente el dinero que colecten. Ahora no es urgente aunque sea necesario, pero más tarde puede ser imprescindible. Goldschmidt estuvo en el Perú. Desde el lanchero del Callao que lo desembarcó hasta los catedráticos de la Universidad de Arequipa incluso Valcárcel en el Cusco le hablaron de mí en términos políticos como «candidato»... Esto da la medida de lo que pueden las palabras hechas en Política. Goldschmidt está convencido de la eficacia de nuestra táctica. Pero... no podemos hacer nada en nombre de la táctica sin que se nos acuse en nombre de la ambición y otras cochinadas. O sin que el señor Mariátegui no vea su «realidad nacional» a través de los consejos de su amigo Alfredo Piedra y otros leguiístas que dicen le sugieren las más oportunas ideas de izquierda. De ahí que Amauta figure hoy en todos los consulados y legaciones como revista de salón para probar «que en el Perú hay libertad de imprenta, puesto que se publica una revista bolchevique con perfecta anuencia del gobierno el que parece también está suscrito abundantemente». -Datos recientes- Viva el Soviet peruano. Un abrazo y hasta pronto. No des gran curso a esta carta que está un poco sintética. No sea que aparezcan nuevos chismes. Lo veo por todas partes. Estoy con más olfato que un conejo viendo orejas de galgo por todas partes. Y tengo razón, estoy más escaldado que un jinete primerizo en mula brava. Esta noche te escribiré enviándote otras cosas. Supongo que vean Repertorio. Todos los últimos números tienen algo mío. A Deambrosis le envié recortes para que te los pasara. Búsquenlo. Él escribió una gran defensa mía en Repertorio cuando me expulsaron. A todos un abrazo Fdo. Víctor Raúl

Berlín, febrero 18 de 1929 Queridos compañeros de la Célula de París:

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Después de recibir las últimas impresiones de los dirigentes apristas de América y de Europa, de enterarme de las divergencias que la inacción ha producido y que a su vez han causado una mayor inactividad; de darme cuenta exacta de la fuerza de la propaganda política y personal de mis adversarios que han minado con admirable certeza nuestras filas y nuestra solidaridad, he decidido renunciar irrevocablemente la secretaría general del Apra y el puesto que me correspondía en el Comité Directivo, pasando inmediatamente a filas sin el menor deseo de entorpecer labor alguna y antes bien francamente dispuesto a trabajar desde abajo con mayor eficacia, puesto que de- mostraré que es necesario saber obedecer y que sólo los partidos criollos anárquicos y decadentes no son cuerpos organizados, de verdadera lucha en los cuales la acción conjunta, la disciplina y la jerarquía son absolutamente indispensables. Esta resolución mía es el resultado de una fría apreciación de los hechos. No hay en ella nada más que lo que expresa. Mi profunda decisión de no convertirme en un elemento perturbador o en un pretexto de inacción y de derrotismo. Yo como fundador del Apra, fundada y organizada como Partido reconocida así por todos y fortalecida como tal por la contribución de tantos compañeros decididos y revolucionarios, tengo que sacrificar cuanto sea necesario, si fuera necesario sacrificar algo. Mi presente actitud estaba perfectamente prevista por mí. Ya la había anunciado a muchos compañeros y me parece una consecuencia dentro de la lógica histórica que preside movimientos como el nuestro. Mis críticas al compañero Mariátegui que encabeza la «inteligencia aprista, los literatos y poetas súbitamente convertidos en teorizantes y adoctrinadores políticos y económicos, serán ampliamente expresadas en mi libro. Deseo que libertemos al Apra o a su ideología confusionismo y oportunismo. Los poetas imaginan, nosotros no podemos imaginar siendo revolucionarios, caminamos sobre la realidad. Los literatos acomodan fácilmente una teoría fantástica dentro de las cajitas de cristal de sus frases poliédricas; para nosotros, luchadores, soldados y gentes de acción, todo eso es cristal y el cristal se rompe al primer choque. No es que yo crea que los poetas estén mal dentro de nosotros. Platón es más radical en La República cuando dice: «Digamos pues de todos los poetas empezando por Homero que ya traten en sus versos de la virtud ya de cualquier otra materia no son sino imitadores fantasmas que jamás llegan a la realidad... » y más adelante:... «El poeta, sin poseer otro talento que el de imitar sabe también con una capa de palabras y de expresiones figuradas dar a rada arte los colores que le convienen, que ya hable de zapatería, ya trate de la guerra o cualquier otro tema, sus discursos sostenidos por la medida, por el número y por la armonía persuaden a los que le escuchan y juzgan, solamente por los versos, que está perfectamente instruido de las cosas que habla, ¡tan poderoso es el prestigio de la poesía!». Ahora bien, de Platón hay que recordar que los revolucionarios modernos recuerdan en sus apreciaciones sobre los fáciles juicios los intelectuales, poetas, no sólo porque hagan versos sino porque son «imitadores de fantasmas». En esta apreciación Platón no ha envejecido. Empero, no se me crea enemigo de los poetas y de los intelectuales. Les creo necesarios en nuestro movimiento. En América Latina ellos son necesarios. Son la «intelligentzia» y tienen que servir a nuestra causa. En esto soy absolutamente antiplatónico. Yo

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personalmente admiro y gusto de los poetas y de los imaginativos. Creo sí peligroso hacer de la política y especialmente de la revolución, en cualquier género de literatura, leyenda o romance, teatro o anécdota. Todo eso es fantasmagoría. Sin embargo, nuestro Partido es un frente de trabajadores manuales e intelectuales y debe serlo. Lo importante es que en esta forzosa unión hagamos obra de educación política. Y diciendo educación digo disciplina. Y diciendo disciplina digo disciplina integral, de mente, sobre todo tratándose de intelectuales. Esta disciplina de mente es camino de ciencia y ciencia, ciencia verdadera necesita nuestro movimiento porque es moderno, porque es político y porque es revolucionario. Me extiendo en este punto porque lo creo preciso. Sin embargo, sigo creyendo que todas nuestras divergencias interiores son síntomas de vida. El Apra ha seguido creciendo y entrego su mando en momentos en que es la corriente política más vigorosa en América Latina. Mientras algunas de sus viejas ramas se han secado en disputas otras han retoñado y florecido. El organismo, sin duda alguna, está más vivo y fuerte que nunca. Son muy importantes las discusiones de los líderes pero no tengamos tanto interés en ellas como en los movimientos de las masas. He visto de cerca las masas centroamericanas, por ejemplo, gravitar hacia el Apra con vigor. Cuando he asistido a mítines apristas de cinco y seis mil almas, he olvidado un poco las discusiones cómodas de ciertos compañeros empeñados en discutir como los perros de la fábula mientras el peligro estaba cercano. El instinto vital de las masas ve el peligro y no le interesa el casuismo de los «istas» de aquí y de allá. Ese es el mejor síntoma de carácter social y antiindividualista de nuestro movimiento, cada vez más arraigado en las masas que verdaderamente sienten el peligro imperialista. Pero es imposible desarraigar totalmente el individualismo característicamente agrario que es peculiar de nuestros movimientos. Se manifiesta en los líderes y especialmente en los más intelectualizados ellos y en los más alejados de la acción. Y no debemos olvidar que no sólo de trabajadores manuales y de hombres de acción está formado nuestro Partido. Él incluye también a intelectuales y ya sabemos y debemos estar listos a saber cómo funciona el motor de explosión, -muchas veces de mera explosión sin magneto ni frenos- de sus mentes ricas en toxinas incendiarias que pueden dar luz que alumbre o fuego que destruya. Así son las explosiones. Mientras se realiza en nosotros el proceso de estratificación, de coordinación de disciplina, de formación de una conciencia política revolucionaria, mientras los elementos primitivos y caóticos de esta nebulosa se enfrían y ordenan, tenemos que actuar frente a la realidad aunque el trabajo sea penoso, inquietante y muchas veces infecundo. Consecuencia del individualismo agudo de los sectores intelectualistas de nuestro Partido ha sido el personalismo. Nunca me engañé acerca de esto y varias veces, de palabra y por escrito, he anunciado a muchos de nuestros compañeros que una etapa de nuestro movimiento sería la de un personalismo irritante y faccioso. En esa hora quería yo inmolarme y así lo he hecho. Yo tenía que ser la téte du turc. Lo he sido consciente y sonriente. Algunos de mis compañeros de México saben que yo, hace justamente un año, les anticipé sin alarde profético, como resultante lógica de estas crisis de gestación mi alejamiento del puesto directivo de líder e inspirador. No se produjo antes porque el Apra no

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era tan fuerte como lo es hoy, ni era llegada la hora de iniciar dentro de ella una segunda etapa. Todo este tiempo ha sido necesario para probar la solidez mental de algunos, el oportunismo de otros, la vaguedad de muchos y la afirmación de tantos que estaban indecisos. Además, era necesario dar al Apra mayor fuerza, mucha fuerza de masa y que el líder gastara los últimos adarmes de prestigio en la concurrencia despiadada de los personalismos que tan violenta y fugazmente cotizan nuestros ambientes. Ahora todo está hecho. Mi palabra para todos es la palabra cordial y fraternal de invitación al trabajo en común. Ante todo la acción. El Apra no podrá definirse totalmente y ponerse una etiqueta ideológica y trazar un panorama concreto y delineado del futuro como la Ciudad de Dios de S. Agustín. Eso es tan absurdo y tan poético como todo lo que se pide a la imaginación. Por eso la reclaman tanto los intelectuales para los que no hay sino una disyuntiva: o imitar o glosar o fantasear y novelizar. La política revolucionaria es la aplicación de los grandes fundamentos científicos de la ciencia revolucionaria a determinada realidad, en mi concepto. Esta aplicación supone a su vez la creación de otra ciencia de aplicación. Nosotros todos sabemos los grandes fundamentos de la ciencia revolucionaria pero ignoramos el campo de aplicación de esa ciencia. Esa es la realidad que tenemos ante nosotros, el vasto campo inconocido sobre el que debemos actuar científicamente: investigando y experimentando, para establecer los postulados y principios que normen nuestra actividad futura. Por eso, el proceso del Apra es totalmente nuevo. Por eso todos los movimientos políticos anteriores que pretendieron trasplantar fácilmente la experiencia verificada en otros campos al nuestro, han fracasado y fracasarán. Porque al realizar el trasplante las condiciones objetivas del nuevo ambiente matan automáticamente el organismo que se pretende hacer revivir bajo una ley de intensidad diversa a la que dio origen al sistema que se importa. Es claro que para el turista y para el poeta la visión superficial y panorámica del mundo no les permite percibir esas profundas variaciones de intensidad que lo ritman en su tremenda variedad. El turista y el poeta pueden imaginar el Canal de Panamá cubierto de nieve, o a los habitantes del polo con sombreros de Panamá. Para ellos sería una cosa divertida, que se puede escribir en una novela. Los poetas antiimperialistas dicen en sus versos que «las escuadras latinoamericanas bombardearán Nueva York, etc.» y aunque esto no sea imposible en el transcurso de las edades, para el realista, le interesa medir más que la calidad de la imaginación, el complicado proceso histórico que mediará entre nuestra época actual y el momento de aquel bombardeo. Por eso no es posible satisfacer a los que ansiosamente piden que el Apra sea ya una definición, una realización, una cosa hecha, acabada, burilada y perfecta, con tradición y con victorias. Ese afán actualista, ese violento anhelo de ver todo hecho cumplido y terminado, es forma subconsciente de individualismo. El hombre quisiera ver en su mísero tiempo de vida todo lo que el futuro reserva en el misterio de sus sorpresas. Cuando no ve las obras terminadas o no puede verlas, se revuelve indignado y vocifera y afirma que los que construyen así, adaptándose al ritmo de la realidad, están equivocados y son malos constructores. Pero los movimientos sociales no son hechos para la satisfacción de los individuos sino para el proceso de la lucha de clases, que existe desde hace miles de años y en el cual han caído miles de millones de hombres.

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La eternidad del marxismo está en eso. En que no es una teoría cerrada, con capiteles y cornisas, con visillos bordados y ventanitas primorosas. El marxismo es como un camino abierto. Marx no vio la edad imperialista del capitalismo y quien la analizó y la percibió, apreciando sus leyes y descubriendo su proceso complicado y vasto, fue marxista. Tampoco ahí se cerró el marxismo. Queda abierto. La lucha entre el capital y el trabajo asume nuevas fases, adopta nuevas formas. El imperialismo llena un proceso histórico nuevo y largo. El imperialismo en Alemania no es el imperialismo en América Latina. Ni el de ésta el de Asia. Hay una ley común pero varían las intensidades de esa ley. Esas variantes encierran subvariantes y forman grandes complejos. Descubrirlas, formular sus leyes, acometer la resolución del nuevo problema es doble trabajo científico: político y económico. En la variante latinoamericana, el Apra ha querido abrir ese camino. Por eso el Apra es marxista, porque es realista, porque admite la negación de la negación y sabe que todos esos conceptos no son palabras huecas. Malgre tout, la formación de la mente aprista supone un proceso y un proceso profundo. Estamos en él. Las resistencias interiores, los intentos incumplidos, las deducciones precipitadas, los confusionismos son síntomas de ese proceso. En el fondo, la mente aprista se forma y se perfila. Nos ayuda a ello -negación de la negación- el propio imperialismo cuando descubre en el Apra su mayor enemigo. Sin embargo, la lucha por encontrar nuestra propia realidad entraña una serie de otras manifestaciones de la realidad misma con que actuamos para hallar la mayor. Una de estas formas de realidad es el personalismo. Muchos compañeros han incurrido en faltas necesarias. Han confundido el Apra con mi nombre. Proyectando su propio individualismo y su propio personalismo en nuestro Partido han luchado contra mi persona ignorando que luchaban contra su propia sombra. Yo estoy ahora, después de esta gimnasia a la que he asistido con interés en el caso de descubrir el claro y hacerles ver que era su propia sombra. Me aparto y dejo el puesto porque es necesario que así sea. En otra carta especial a la célula de México -va también otra para la célula argentina- expreso este pensamiento. Lo expreso no sólo teniendo en cuenta a los engañados contra mí sino a los engañados en favor mío. Muchos compañeros han creído y creen que el Apra no puede vivir sin jefes, sin líderes, sin comando, pero niego que no pueda vivir sin mí. Por eso también me aparto, para aleccionar a unos y otros en esta realidad. Es preciso que la vean claro. Como analizo a los demás, me analizo a mí mismo. Por eso me separo. Lo creo indispensable. Hace dos años que dije y escribí que mi nombre era una ficha dentro del gran tablero aprista. Hemos jugado la ficha lo bastante y ahora «la soplamos como se dice en juego de damas. Yo soy el primero que doy la voz: «pongamos de lado a Haya de la Torre, vamos a comenzar la segunda etapa sin él, o teniéndole a él en las filas. Entonces veremos que el Apra no es un hayismo, que no debe ser y veremos que Haya de la Torre sabe obedecer, como el que más, y sabe ser soldado. Si acaso le creemos totalmente inválido, pues al hospital y al retiro total». La obra no debe morir por eso. La obra no es mía ni de nadie. Es de nuestros pueblos. Es la obra revolucionaria de América y no debe ni puede estar vinculada a un solo nombre.

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Mi proposición final es la de encargar la jefatura del Partido a un hombre con fuerza continental y, que no tenga necesariamente la nacionalidad peruana. Asistido por un comité, Alfredo Palacios me parece muy bien. La célula de México ha resuelto que el Comité Directivo del Apra esté en Buenos Aires. Yo propondría a Palacios como líder y Secretario general bajo la autoridad de un Comité. Algunos compañeros que han tenido largas y gratas vacaciones europeas deberían trasladarse inmediatamente a un campo de mayor actividad práctica y menos disputas teológicas. En nuestro cielo los dioses no son eternos. Espero que se junten todos y discutan no la renuncia sino la última proposición. Espero que reflexionen fríamente, -pongamos un poco las cabezas enardecidas aún de trópico en estas gratas nevadas de invierno fuerte- y traten de unificarse. Lo que haya de diferencias se resolverá después. Por ahora interesa unirnos estrechamente en lo que tengamos de común que es mucho. Yo seguiré trabajando. Dos libros saldrán aquí antes del verano según espero. Mi aprismo no puede morir. Yo moriré por el aprismo. Así lo juro y así lo juré desde hace cinco años. Vamos adelante compañeros y levantemos un poco nuestras conciencias hacia el plano superior de nuestra verdadera responsabilidad histórica. Un abrazo a todos y Viva el Apra. Fdo. Haya de la Torre.

Berlín 19 feb. Mi querido Eudocio: Al fin recibí tu carta. Tanto tiempo de no verte me había hecho pensar mal de ti. Le había escrito a Heysen quejándome. Claro. Ustedes suelen cambiar de un día a otro. Tú no eres el aprista de hace año y medio. Eres otro, totalmente otro. De todos modos, hermano mío, te quiero como siempre, te admiro como siempre y todo lo que pudiera hacer de mi parte lo haría por ayudarte a tornar el real camino. Te escribo bajo un estado de ánimo verdaderamente feliz. Pero feliz en un estado moral si quieres aceptar el vocablo. Te escribo después de haber redactado mi formal renuncia a la secretaría del Apra, y al movimiento todo en lo que tiene de directivo. Quiero eliminar mi persona. Quiero estar en el plano en las filas, en la masa. Ahora ustedes mandan, ustedes gobiernan, ustedes dirigen. Asuman totalmente la responsabilidad de líderes. No he leído aún los documentos. Me interesa primordialmente tu carta. Ella es fraternal y fuerte. Yo no tengo odios para nadie, ni resquemores, ni envidias. Mi papel se cumple y se cumple a través de nuestra reducida historia revolucionaria. No ambiciono nada ni quiero nada. Si hoy mismo pudiera eliminarme totalmente lo haría. Esta

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renunciación mía a la dirección del Apra que Heysen te hará conocer, te dirá mucho. Te dirá todo, si aún me comprendes y me quieres tanto como yo te quiero y te comprendo a ti. Esta máquina de escribir es horrible. Alemana, hija de una técnica distinta a la nuestra. Por eso no podemos adaptarla al coman- do del cerebro nuestro, determinado por una intensidad distinta. Perdona pues las faltas. Ni escribir se puede con aparatos técnicos que no corresponden a nuestra capacidad de acción... Y sigo: creo que hay divergencias dentro del Apra y deben existir. Son síntomas de vida. Además, la participación de los intelectuales y anarquistas, -tú eres de los poetas de la dulce y tentadora Acracia- es necesaria. La controversia es útil. Es lucha y es vida. Milita est vitam hominis super terra, dijo el viejo Job, y Heráclito, precursor de Hegel y abuelo dialéctico de Marx no se apartan de este principio. Pues bien, la lucha es síntoma de vida. Lo trágico es la lucha que anuncia muerte. La agonía, el estertor, la tremenda etapa final de lo que concluye. Por fortuna nosotros estamos lejos de todo esto. Estamos naciendo. El embrión tiene disputas intrauterinas. Cuando fracasa es aborto, cuando vence es nacimiento. Me gustan las disputas. Me alegra que yo haya sido envuelto y arrollado y triturado por ellas. Pero vamos de frente. Te pido desde el fondo de mi autoridad actual seguir por el camino de la eficiencia y del realismo. Yo renuncio. ¿Crees tú que podía pedirse a Palacios la aceptación de la jefatura aprista y dejar para el primer congreso nuestras divergencias actuales? ¿Crees tú imposible que nos unamos en todo lo que tenemos de común y abandonemos por un momento las discusiones excesivas? Lo espero de ti. Haya de la Torre se va. Toma el camino del cuadro, del pelotón, de la fila. No conspirará, no hará nada sin la orden de los nuevos jefes. Se aleja. Se marcha a trabajar como mero peón. Pero que esto sirva. Ve bien. Pon los ojos de tu conciencia frente a la realidad. Que se salve el Apra. Si quieren que el Partido Peruano muera como aprista que muera. Yo tengo que transigir. Mariátegui no transigirá nunca porque es inválido, porque es cojo y porque es fantaseador. Yo transijo. Que muera el P.N.P. pero que viva el Apra. Dejemos una a otra cosa libres. Que la experiencia nos ofrezca resultados. Estoy contento de mi decisión. Goldschdmit la apoya fuertemente. Ojalá ustedes realicen todos un acto supremo de generosidad y me entiendan. No tengo ambiciones PERSONALES. Compréndanlo. El día que haya un líder, un jefe, un conductor, me iré del todo del fantasma de mi nombre. Es necesario. Ustedes por lo pronto deben asumir la responsabilidad AFIRMATIVA Y CONSTRUCTIVAMENTE. Ya te escribiré más ampliamente. El Apra no niega la adhesión de otros partidos pero el error tuyo está en suponer que el Apra no pueda transformarse y DEPURARSE en un partido de clase cumplida su primera etapa.

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Entiendan esto. En la cerrazón de ustedes sobre este punto está lo bizantino, lo poético, lo intelectual, lo cojo... Si la divergencia estriba en la separación o no del Partido Nacionalista peruano, dividimos las actividades. Este último está progresando por sí solo. Va adelante. Puede convertirse en acción armada de un día a otro. Pero salvemos el Apra y salvemos la acción. Ve a los compañeros. Heysen te mostrará el mensaje que no envié a ti porque no respondías. Me equivoqué. Creí que entrabas de lleno al anarquismo. Creí que regresabas. Me alegra ver que estás libre de mucho de él aunque te queden los contagios de la infección que sufre Mariátegui en las piernas, contagiadas al cerebro y trasmitida por infección postal a Europa. Necesitamos profilaxia. Ya están ustedes en funciones. Trabajen. Únanse. Vean todo claro. No se perturben. Escríbeme inmediatamente. Perdóname porque pensé mal de ti; te creí en rebeldía corrosiva por mi carta fría y cortante pero pura y limpia como estos hielos polares de Berlín. Un abrazo grande y adelante. Fuerza en la conciencia y ahora, a asumir las responsabilidades. No discutan la renuncia. Apruébenla y marchen. Te abraza tu hermano siempre el mismo en la causa y en la vida. Fdo. Víctor Raúl En esta carta no hay acritud ¿No es cierto? Fdo. V.

Berlín marzo 22, 1929 Querido Eudocio: Una carta corta. Hace diez días que estoy en cama. Al retirarse el invierno me tumbó una bronquitis con principios de neumona que me ha puesto los pulmones como cuatro años atrás. Están radiografiándolos. Dice el médico que es el de Goldschmidt que los trópicos me clavaron una puñalada por la espalda. Lo malo que estas puñaladas se llaman cavernas. Estoy muy pobre y toda mi correspondencia anterior está aquí retardada por falta de estampillas. La historia de siempre. «El imperialismo inglés» no paga ni para estampillas... Recibí abundante correspondencia del Perú vía México, vía Nueva York y vía Buenos Aires. La campaña contra mí es inmensa. Mariátegui la empuja. Todos los datos anuncian que hay consigna terminante de Moscú de acabar conmigo.

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Pero yo les evitaré el trance. Me separo. Tan pronto como me levante redactaré un manifiesto a los obreros, estudiantes, etc. del Perú anunciando mi retiro total, definitivo de toda lid política en el país. Haré un examen detenido de la situación, precisaré mis puntos de vista, pasaré por rayos X a los poetitas y daré el toque de retirada. Desde aquí, desde el Instituto, haciendo otra labor no menos importante, seguiré la lucha. Hasta la muerte que no parece tan lejana. Estoy contento. La negativa de ustedes a aceptar mi renuncia tiene sólo un valor moral, pasajero. Yo me voy de veras y para siempre. El antiimperialismo me tendrá siempre en filas pero desde más lejos, desde la artillería pesada. Desde la ciencia, no desde las guerrillas hoy inundados de porquería. Te adjunto una carta para el poetiza Bazán quien no conozco. La carta es como para él. Se trata de un chisme de ese «líder máximo». ¡Estupendo! ¡Cuánto para reír antes de morirse! Sé que el fascismo militar como el de Chile se prepara en el Perú, Mariátegui, como los comunistas italianos del 21 le abre las puertas. El Mussolini con charreteras del Perú ayudado por el imperialismo- le levantará a Mariátegui un monumento... con pata. Espero que podré hacer público mi manifiesto el 23 de mayo próximo. Me ofrecen remitir datos concretos de que Amauta reapareció bayo el compromiso de boycotearme. No me iré sin blandir lo que queda del cuerpo de Mariátegui en alto por el muñón. Le dejaré caer en su propia porquería y ahí será rey. Claro, rey de la ínclita Majestad de los reyes criollos. ¡Vive le roi! En México hay otro poetita en contra mía: Pavletich. Su odio es paranoico, específico. Viene porque me opuse terminantemente a que le quitara la mujer a Serafín del Mar, Magda. Ella está en buenos términos conmigo pero él me odia. Del Mar quiere matar a Pavletich y los comp. lo han enviado a Yucatán. Creo que Magda irá a La Habana para encontrarse con él. Todo esto debe ser confidencial por ahora aunque apeste. Magda me avisa de algo formidable. La policía mexicana acusa del asesinato de Mella al Partido Comunista. Resulta que Mella se había separado del P. dos semanas antes de su muerte. Fue castigado y amenazado. Dice Magda que todo esto es otra inmundicia. No me sorprende. Mella, yo se lo dije, tenía que ser aprista. El rió de esto pero se quedó un poco pensativo cuando se lo pronostiqué. Dicen que esta habría sido su decisión. Todo va a descubrirse. Ustedes adelante. Limpien todo lo que puedan. Escribe al Perú y hazles ver que están jugando con fuego. Yo nada puedo. Estoy liquidado. Ahora a trabajar en el destierro vitalicio. Espero levantarme pronto y seguir adelante. No me iré de la vida sin dejar algo que me justifique una vez más. Un abrazo. Esta carta es casi reservada. Busca a Heysen. Dile que no le envié la carta que está escrita por pobreza y por enfermedad. No tuve varios días ni para un frasco de Sirop Fammel. Aquí cuesta 35 francos y en París 10. Si alguien se viniera cómprense

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unas botellas y envíenmelas. Es lo único que me desinfecta los pulmones y me alivia. Pero aquí es caro. Hermano, estoy alegre como nunca. Ya vino el sol. Un amigo me trajo un fonógrafo con discos incaicos. Esto me ha curado más que todos. Mis amigos son ingleses y alemanes. Sólo uno o dos latinos. Ya estoy hecho completamente a una total sensación de extranjero. Un abrazo fuerte y hasta pronto. VR.

Berlín, 30 de marzo 1929 Querido Eudocio: Acabo de recibir tu carta. No conocía las diferencias entre ustedes aunque las sospechaba por la falta de acción que dejaban notar. Ya veo que han caído en el criollismo de discutir y no hacer. Créeme que disculpo y hasta justifico tu posición al lado de Mariátegui. Los dos están lejos de la realidad peruana y americana. El uno en una silla de ruedas y tú en otra, en Europa, que es una silla de ruedas de las más peligrosas porque lo arroja a uno por los planos inclinados de la falsa visión de nuestros medios. Pero mientras los decanos del Apra discuten, aparecen nuevas fuerzas de ella. El Partido Unionista Centroamericano acaba de avisar que se adherirá al Apra. En Centroamérica tenemos una juventud fuerte y quizá si haya unos diez mil apristas militantes entre hombres y mujeres contando las organizaciones adheridas. Como Centroamérica interesa por ahora, ya que el Apra lucha contra el imperialismo, la cosa va bien. Ustedes mientras tanto pueden seguir discutiendo. Eso no es cuestión de psicoanálisis. Es cuestión de psicología o de determinismo económico. Nosotros somos campesinos, hijos de ambientes agrarios y el individualismo, la suspicacia, etc. aunque se vistan de rojo son y serán nuestro handicap. Casi estoy en el camino de no desear discutir más y de desear que cada uno tome la actitud arrogante y salga por su lado repitiendo las divisiones de los partidos comunistas en camarillas, divisiones que está afianzando la fuerza burguesa por todas partes como ocurre aquí, en donde los mismos revolucionarios como Goldschmidt confiesan que el capitalismo ha tomado una fuerza enorme. Pero no se puede discutir sobre imperialismo en América Latina sin [*] imposible. Por eso quise que fueras a México y aún lo deseo. Los años les librarían de las enfermedades de infancia. Yo no, ni mis discusiones. Me agoto inútilmente y prefiero seguir haciendo fuerzas para volver a América y seguir la cruzada que tanto éxito ha tenido. Estoy fatigado y deseo recuperar algo de mis fuerzas. Contraje unos parásitos intestinales en los trópicos y después de largos años sufrí calenturas altísimas con gripe. Estoy sin embargo muy bien aquí y como gozo con la nieve me siento mejorar. Dedico todo mi tiempo a trabajar para ganar algo. Ya estoy con Goldschmidt en el Instituto Económico Latinoamericano y a cargo de su archivo. Ciertamente, no creo que iré a París antes de algunos meses. El tiempo libre

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lo empleo en sostener correspondencia con Centroamérica donde estamos librando una campaña intensísima contra la United. La posición de Mariátegui es lógica. Limeñísima. Eso no es sino limeñismo revolucionario, colonialismo, extranjerismo y engreimientos de inválido. Ha hecho mucho daño, y hará más. Yo no he pensado nunca en entrar con él en polémica alguna. Amauta y Labor justifican la libertad de prensa que da el Padrecito Leguía. Son unos héroes. Sufren como mártires. Dios los bendiga y se los lleve al cielo. En el Perú hay una corrupción fantástica. No hay con quién contar. Mi intervención en todo eso es nominal. Pienso yo que hay que luchar en todas partes contra el imperialismo y dejar un poco al Perú que se pudra más a ver qué pasa. Todo eso de los mariateguismos y los revolucionarismos de revista intelectual, malabarismos, italianismos, e indecencias son puras necedades. Un sable les va a cortar el pescuezo pronto, porque creo que ya se viene un sable en el Perú, según me lo dicen. Lo de la candidatura fue una táctica irrealista también porque fue juego de alta política y de alta estrategia. Entre nosotros no se puede ensayar sino mítines al aire libre con un tirano en Palacio para gritarle: ¡Carajo! Y entonces el público aplaude y dice: que éste sí que es revolucionario... Divertido. Yo creí tener poder para convencer siquiera a un grupo que dejara todos los prejuicios campesinos y se resolviera a la acción pero lo fundamental en todos es la pereza. La pereza campesina que nos tira al sol y nos hace sentimos enfermos y tristes e in- comprendidos y rabiamos contra el suelo que nos sostiene porque no se menea para darnos gusto... Pues, hermano mío, yo estoy cansado de porquerías. Quiero ayudar mientras pueda a la acción, y a los de acción. De insultos, de calumnias, de comadrerías, de falsos teóricos, -ese pobre Mella fue uno de los más típicos- ya estoy fatigado. Les he descubierto a todos sus macanas y aunque yo tenga las mías, me siento mejor, honradamente mejor con todos mis grandes defectos. En ustedes, lo de discutir y adoptar posiciones marxistas y leninistas sin haber visto un poco de nuestra realidad y después de tres años de vivir en París y tomar cafecito, yo les doy la razón. Completa. Eso es muy agradable. Muchas veces, perseguido, calenturiento, solo, amenazado y en peligro durante mi viaje pensaba yo en las discusiones parisienses tan bonitas, tan calientitas. Pero ya me estoy volviendo viejo y ya sé mover la mano de arriba abajo sin menear la muñeca. Ya veremos. Ahora trabajo. Y trabajo. Quiero trabajo. Cuando más les pido a los discutidores que se echen las polémicas a los bolsillos y comiencen a hacer algo en acción, en acción. Mucho hay por hacer. Discutir da luz dicen los burgueses. Y esa luz de bujía eléctrica la estamos buscando en pleno día cuando la realidad latinoamericana está iluminada por un sol tropical y quemante que hace ver y sentir las cosas muy bien y tuesta el cerebro del que se detiene a discutir. Todas esas cosas de Alianza y Partido respecto del Apra son barbarismos de Mariátegui. Es un novelista. De la Reforma Universitaria hizo una novela y de la cuestión indígena otra. Así estamos nosotros entregados a los novelistas y ellos pontifican. Nada tiene en verdad, porque Vargas Vila dicen muchos criollos entre ellos ese pestilente cubano que andaba por ahí, es la suprema autoridad antiimperialista.

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No enseñes tampoco esta carta. Quédate con ella. Son las nueve y media, nieva y he trabajado con Goldschmidt todo el día. Estoy a punto de irme a la cama. La única que no discute si el Apra es Partido o Alianza, la única que dice que la cama no es para discutir sino para dormir o procrear -no masturbarse-, así como la vida del despierto es para hacer, hacer y hacer. Un fuerte abrazo. Ya sabes que mi fraternidad está viva para ti y para todos. Les quiero mucho, mucho, mucho. Eso me salva de todo lo demás. Y creo que al cabo, como no hemos de hacer nada por estar discutiendo que sin son galgos que si son sabuesos, lo mejor es que nos querramos siempre. La discusión no crea nada. Hacer es lo único que podría interesar. Si no se hace nada sino discutir pues sigámonos queriendo y viva la gallina con su mera pepa. tu hermano V.R.

Mi querido Eudocio Quiero darte algunas noticias: la votación contra Shawyde se produjo en la Agela de aquí así: Por la censura 9, contra cinco, en blanco seis. No hubo mayoría pero la cosa está clara. El individuo se va y la Agela queda unificada con buena gente toda ella simpatizante nuestra. Ahora bien. Creo que puede desarrollarse un movimiento envolvente sobre la Agela desde allá. Los de aquí, en donde los peruanos tienen una fuerte influencia, no quieren someterse a la de París. Todo esto facilita nuestra acción. Propongo lo siguiente: que estudiantes latinoamericanos de allá, miembros o no de la Agela firmen un mensaje de simpatía y fraternidad a los de la Agela de aquí. Más aún, me pueden encargar de trasmitir ese saludo o pueden referirse a mi conferencia como a un testimonio de unidad y solidaridad. Esto no sería un mensaje del Apra todavía sino de un grupo de estudiantes. Ojalá pudieran conseguir firmas de algunos no apristas. No usen vocabulario tremebundo de revolucionarismo adjetival y mariateguista, porque estos muchachos son pacíficos, más bien sentimentales y tal cual es nuestra sicología campesina latinoamericana. Usen palabras comunes, realistas, fraternales. Se trata de un medio táctico. No sé si me dejo entender. Se trata de que nosotros debemos realizar un último intento de captación de la muchachada aquí y en París. Esto lo comenzaremos aquí y lo culminaremos allá. Tengo un plan. Táctica, realismo y sagacidad son necesarias. Shawyde ha ofrecido presentar a la Agela de aquí pruebas de mi odio a la Agela de París y un testimonio de ésta contra mí. El documento que pido será la defensa inmediata. Espero que la inactividad de los apristas parisinos -que los apristas latinoamericanos van calificando ya de «clásica»-, rompa su pereza de luna de mieles bizantinismos teoríticos y

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mariateguismos sin piernas -no es alusión- para recuperar la actividad admirable, viril y firmísima de otros tiempos. Perdóname esta literatura filosa como tu nariz y mis dientes, pero... me tengo en el bolsillo tal regañada de los mil diablos, guardadita como regalito de viaje para mis amiguitos de París que a veces se salen del papel las patitas del cocodrilo que les he traído de América. Encargos de importancia inmediata: Estoy ahora liándome con la policía sobre la cuestión pasaportes. El círculo de la prensa me defiende pero necesito INMEDIATAMENTE que me envíes uno o dos números de Renovación de Buenos Aires que digan en la parte superior: Representante general en Europa Haya de la Torre. Si conservas algunas de las revistas Anglo South America Guide con artículos míos. Algún Norte de Trujillo etc. Todo esto debo presentarlo aquí pronto. Igualmente si tienen algún número de Crítica de Buenos Aires. La dirección de la Agela es esta: Asociación de Estudiantes Latinoamericanos Lateinamerikanischer Studenten. Humboldt Haus (Humboldt Stiftung) Fasanestr 23 - Chbg. Berlín W. 15. Allemagne El nombre del presidente Silvio Cuevas (paraguayo) El aprista Mansen está aquí. Otras noticias: Trabajo en una academia española y soy ya secretario en español de Goldschmidt. Todo esto significará algunos marcos. Comencé ya a escribir una serie de artículos sobre Centroamérica para Crítica. El jefe de la revolución guatemalteca Fernando Morales es mi gran amigo, simpatizante del Apra. Los apristas de Quezaltenango han ayudado al movimiento. La Agencia en París de Repertorio Americano es en 10 rue Gay Lussac, León Sánchez Cuesta. V. Y nada más por hoy 14, 15 y 16 grados bajo cero. Nieve y más nieve que es lo que yo amo más en mi vida. Invierno, frío, me siento más sano que un potro inglés de tres años. Si tienen un folleto enviable de José Ingenieros y Haya de la Torre envíenmelo**. Les envío de las hojitas con Viva Sandino que el Apra hizo imprimir en Costa Rica y arrojó al paso de Hoover. Un fuerte abrazo. Fdo. V.R. Si lo creen táctico hagan llegar la invitación de mi conferencia a la Agela de París o algunos de los a(n)gelitos. Vallejo me escribió.

Nota.- La puntuación de las cartas ha sido respetada estrictamente; la ortografía ha sido enmendada, así como los errores mecanográficos visibles.

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[*] La página esta deteriorada: ilegible. [**] Al margen “urgente”

NOTAS: 1

El antiimperialismo y el Apra fue concebido durante la polémica con Mella y Mariátegui y las ideas fundamentales se adelantaron en el célebre artículo «¿Qué es el Apra?», publicado en The Labour Monthly, y en colaboraciones periodísticas posteriores que todavía hace falta recopilar. Según Luis Alberto Sánchez, el libro había sido dictado a Cox (ver Haya de la Torre o el político, Lima, 1979, p. 153). La edición de las llamadas «obras completas» de Haya de la Torre carece de anotaciones críticas y prescinde de la correspondencia y gran parte de la producción para periódicos o revistas. El libro que anunció Mariátegui era Ideología y política: avisos en Amauta, menciones en su correspondencia, despejan cualquier duda verosímil sobre su existencia.

2

No volveremos a reseñar aquí las discrepancias entre la propuesta socialista de Mariátegui y el Estado antiimperialista de Haya. Me remito simplemente a los textos conocidos de José Aricó, Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, México, Pasado y Presente, 1978; Manuel Burga y Alberto Flores Galindo, Apogeo y crisis de la República Aristocrática, Lima, Rikchay-Perú, 1979; Julio Cotler, Clases, Estado y Nación en el Perú, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1978; César Germaná, La polémica Haya de la Torre-Mariátegui: reforma o revolución, Lima, 1978.

3

En el anexo publicamos una selección de ocho cartas de Haya de la Torre que nos parecen especialmente significativas para entender la polémica.

4

Aunque rectifico un juicio anterior, conviene reparar en que los campesinos no desempeñaron, en la concepción de Haya, un papel tan decisivo como en el pensamiento de Mariátegui. Ver carta de Haya de la Torre a Eudocio Ravines, Londres, 17 de octubre de 1926 (ver anexo). Sobre el tema, debo reconocer la validez de los argumentos vertidos por Carlos Franco.

5

Carta de Agustín de la Torre González, fechada en Lima el 16 de abril de 1921, proporcionada amablemente por Federico de Cárdenas.

6

Archivo Pavletich. Carta de Haya de la Torre a Pavletich, Londres, 15 de abril de 1926. Una copia de la correspondencia entre Haya y Pavletich nos fue proporcionada por Carlos Franco (doce cartas). Subrayados de Haya.

7

Haya de la Torre a la célula de París, Berlín, 18 de febrero de 1929 (ver anexo).

8

Archivo Arroyo Posadas. Carta de Mariátegui fechada en Lima el 30 de julio de 1929. Este archivo ha sido entregado por el Dr. Moisés Arroyo Posadas a la Universidad Católica.

9

Haya de la Torre a la célula de París, Berlín, 18 de febrero de 1929 (ver anexo).

10

Haya de la Torre a Eudocio Ravines, Berlín, 30 de marzo de 1929 (ver anexo).

11

Haya de la Torre a Eudocio Ravines, Berlín, 22 de marzo de 1929 (ver anexo).

12

Haya de la Torre a Eudocio Ravines, Berlín, 19 de febrero de 1929 (ver anexo).

13

Eudocio Ravines, La gran estafa (La penetración del Kremlin en Iberoamérica), México, Libros y Revistas S.A., 1952, p. 100.

14

Haya de la Torre a Eudocio Ravines, Berlín, 22 de marzo de 1929 (ver anexo). Esa incontenible furia de Haya, paradójicamente, es un reconocimiento implícito de Mariátegui como político. De lo contrario, si sólo se

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tratase de un intelectual fantaseador, ¿por qué asignarle esa importancia? ¿Por qué atacarlo de esa manera? En realidad, se trataba del enfrentamiento entre dos estilos contra puestos de entender la lucha política. 15

«El proceso a Haya de la Torre», en Víctor Raúl Haya de la Torre, Obras completas, Lima, Mejía Baca, 1977, t. V, p. 253.

16

Archivo Pavletich, Carta de Haya de la Torre a Esteban Pavletich, 15 de abril, 6 de junio y 10 de julio de 1926.

17

Carta de Haya de la Torre a Eudocio Ravines, Londres, 17 de octubre de 1926 (ver anexo).

18

Archivo Pavletich, Carta de Haya de la Torre a Esteban Pavletich, Londres, 26 de abril de 1926.

19

La revolución desde arriba: «Desde luego, el partido debía tomar el poder 'en alguna parte de América', para servir de palanca y de motor, ya que la frase es de Lenin, 'la cuestión esencial de la revolución es la cuestión de poder'». Luis Alberto Sánchez, Haya de la Torre o el político, Lima, 1979, p. 129.

20

Archivo Mariátegui, Haya de la Torre a Bustamante, 16 de marzo de 1928.

21 Archivo Pavletich, Haya de la Torre a Pavletich, Londres, 27 de abril de 1926. 22

Archivo Pavletich, Carta de Haya de la Torre a Pavletich, Washington, setiembre de 1929.

23 José Aricó, «Mariátegui y la formación del Partido Socialista», en Socialismo y Participación Nº 11, Lima, setiembre de 1980, pp. 139 y ss. 24

Este tema ha sido planteado por Luis Tejada en una investigación que viene desarrollando en el postgrado de Ciencias Sociales de la Universidad Católica (1982).

25

Archivo del Fuero Agrario, Correspondencia de Cayaltí, 3 de noviembre de 1906.

26

Archivo Sabroso, Universidad Católica, correspondencia (mss).

27

José Carlos Mariátegui, El alma matinal, Lima, Amauta, 1970, p. 122.

28

Ibid., p. 256.

29

Gregorio de Paola, «Georges Sorel, de la metafísica al mito», en Historia del marxismo, Barcelona, Bruguera. 1980, p. 256.

30

Panait Istrati, Vers l'autre flamme, París, 10.18, 1980.

31

José Carlos Mariátegui, El artista y la época, Lima, Amauta, 1964, pp. 150 y ss.

32 Cfr. carta de Haya de la Torre a Eudocio Ravines (ver anexo, carta 8). Aunque es necesario reparar que la concepción del partido de Ravines se aproximaba más a la de Haya; sobre este tema volveremos en otra ocasión.

EUDOCIO RAVINES O EL MILITANTE

EN LA JERGA comunista existe una palabra para denominar al militante, a esa combinación ideal entre eficiencia y disciplina: se dice que es un cuadro. Quizá la denominación se explica

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por la simetría en la figura, la nitidez de la forma, la implicación de parte en un rompecabezas o la estrechez de perspectivas. Con todas estas connotaciones, positivas o negativas, Ravines fue un cuadro de la Internacional y el comunismo peruano, aunque esto no sea fácil de aceptar por quienes condenan toda su biografía desde un hecho: la salida del partido y su posterior anticomunismo. Un traidor siempre ha debido serlo, de la misma manera como el héroe tiene que ser intachable. Este dualismo perfecto parecería realizarse en las vidas paralelas de Ravines y Mariátegui. Por eso, el primero no podía ser el fundador del P.C. -nadie admite que un padre repudie a su hijo, y el segundo tuvo que viajar a Europa deportado por Leguía. Pero la historia no fue así; la vida está plagada de claroscuros y contradicciones. Los personajes no ejecutan un papel convenido de antemano; ignoran siempre el desenlace: cualquiera puede ser un traidor o un héroe. En esto, a pesar de su obstinación como cuadro, Ravines no fue una excepción. Al momento de su muerte, acompañaban a Mariátegui, además de su esposa, el escultor Ocaña -una amistad que se remontaba al tiempo pasado en Italia- la pareja formada por Adler y su novia y en quinto lugar Eudocio Ravines 1, quien apenas un mes antes había sido elegido para dirigir al naciente Partido Socialista. Mariátegui supo reconocer a una inteligencia fuera de lo común, combinada con un sólido conocimiento del marxismo. Las pruebas se podían encontrar en las páginas de Amauta, revisando los artículos que Ravines escribió sobre México -mayo, 1929- o sobre el capital financiero, en los números 16, 19, 21 y 22. El camino hacia Marx, en Ravines, fue el camino de Moscú. La ruta se la indicó esa especie de profeta que en su biografía fue Henri Barbusse: novelista francés, autor de El fuego -un relato sobre la Gran Guerra-, compañero de ruta de la Internacional en la revista Clarté y después fervoroso seguidor de Stalin. A Barbusse no le costó mucho esfuerzo convencer a Ravines para que tomaran el tren en la Gard du Nord. Al igual que en la vida de Mariátegui, la revolución rusa había encontrado en él a un entusiasta partidario, sin que mediara ningún conocimiento del marxismo. «Yo no podía dejar de estar al lado de ellos», recordará en La gran estafa. De esta manera se hizo comunista, pero el bautismo y la confirmación recién se producirían en Moscú: la tierra prometida. Ocurre que el comunismo, tal como lo entendía, no era una meta utópica, ni un ente ubicado en el horizonte extremo de una sociedad, sino un espacio que, aunque inmenso, tenía límites precisos: la Rusia soviética. La realización del mito de Prometeo: los hombres cogiendo la luna con la mano; la confluencia entre la historia y lo imposible. No podemos dudar de su veracidad cuando años después recuerde ese encuentro con un siglo: «Cuando se anunció la llegada a Stolpee, última estación de la frontera polaca, y cuando los policías con aquellas gigantescas viseras del kepí sobre los ojos, devolvían los pasaportes y las hojitas en ruso, añadidas a él, la vida entera pareció hallarse, en aquel instante, en vilo; estaba como suspendida y en éxtasis ante el anhelo plenamente logrado» 2 . Amante de los paralelos históricos, Ravines se siente como un cruzado «poniendo los pies en la Tierra Santa» rescatando el Santo Sepulcro. Una emoción similar experimentaron otros que, viniendo de Europa, creían amoldarse al curso de la historia viajando hacia el oriente: Vallejo, Gide, el mismo Barbusse... Pero el dramatismo que todavía se trasuntaba en 1952, cuando Ravines publicó sus memorias, obedece a que el camino de Moscú se confunde con el camino de la salvación. El comunismo, para Ravines, fue una fe, a la que desde un principio parece aferrarse con angustia

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porque de esa creencia depende su existencia. ¿En qué medida el adulto se había librado del lastre religioso de su infancia? Ravines, adscrito a un marxismo, resueltamente materialista, no habría dudado en la respuesta: sin embargo, el sermón de la montaña, las parábolas del catecismo o las vidas de santos todavía se escuchan, por más que el eco sea apagado y distante, cuando parte a Moscú. Ocurre que de una infancia en Cajamarca, de una precoz lectura de la biblia y de la religiosidad materna, provienen las preguntas centrales de su vida: «¿Dónde está el Señor...? ¿Qué se han hecho sus profetas?»3. Tras años de desorientación, en medio de una sociedad «amodorrada y arcaica», peregrinando inútilmente por Lima, Buenos Aires y París, pareció al fin encontrar la tierra de los profetas. Todavía más: ese tren que lo transporta a Moscú le abre la posibilidad de ser uno de ellos. La iluminación -una diferencia notable con Mariátegui- ha venido desde arriba: rápidamente se integra a la plana mayor de la Internacional; llega a general sin casi pasar por los escalones intermedios. Este hecho será decisivo en un temperamento propenso a la egolatría: ¿qué político no lo es? Parte de una gran obra, nunca se sentirá un albañil, menos el ladrillo de una edificación, sino nada menos que el arquitecto de la catedral. De Moscú vendrá al Perú en febrero de 1930, para a los pocos días como recordamos líneas atrás, convertirse en secretario general del Partido Comunista del Perú; años después, deportado a Chile, será uno de los organizadores del periodismo comunista en ese país y de allí pasará a España para actuar como uno de los dirigentes de la Internacional durante la guerra civil (1936-1939). Nunca estuvo en la base; siempre en los aparatos burocráticos. Profesión: secretario general. El viaje a Moscú, entonces, fue decisivo para el ingreso de Ravines a las filas del comunismo: allí se formaría como profesional de la revolución. Coincide con el período de radicalización y dogmatismo a la vez, que se inaugura luego del VI Congreso de la Internacional -julio-septiembre de 1928-. Se olvida y se proscribe la heterodoxia con la que se había iniciado la década del 20, ante las posibilidades de un enfrentamiento social cada vez más duro o de un eventual asalto al poder. Estos procesos, a su vez, marchan paralelos con el ascenso del camarada Stalin. El comunismo, para Ravines, no era una necesidad nacional -menos podría haber imaginado que tuviera raíces en nuestra tradición histórica-, sino un sistema mundial; una sólida y eficiente construcción racional, en la que resultaban imprescindibles las jerarquías. Hombre de acción, antes que por una vaga estrategia, será seducido por el repertorio de tácticas para la toma del poder. En junio de 1929, en el contexto de la polémica peruana sobre el partido político y la revolución, Ravines le dirige una extensa carta a Mariátegui. En ella aparece con bastante nitidez esa imagen jerárquica y autoritaria de la revolución: de un lado «los hombres preparados y los orientadores», del otro las masas. a ubicación de estos componentes es vertical 4. Paradójicamente, esta manera de entender la política estaba más próxima a las concepciones que enarbola Haya durante la polémica con Mariátegui. En efecto, para Haya el problema central de la revolución era conformar un núcleo dirigente que guiara a las masas amparado en el carácter científico de su teoría. De manera coincidente, Ravines propondrá como primera tarea de los socialistas peruanos la «preparación de cuadros».

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Aquí nace un reproche a Mariátegui: no haber asumido su papel como líder, no haberse propuesto orientar, ni haber señalado caminos. En otras palabras, no haber sido el Barbusse el Perú. «No se imagina Ud., mi caro amigo, cuánto he sufrido para poder orientarme. Yo no podía tener una fe profunda sino a través de un conocimiento profundo. Sentía a cada instante que la fe sentimental, la fe juvenil, fe de «nueva generación» se me iba sin remedio, se me escapaba por todos los poros. Su intervención en este momento de ansiedad hubiera sido de enorme valor para mí y, estoy seguro, para otros. No sé por qué causa Ud. limitaba demasiado su acción y parecía como querer inhibirse frente a una influencia más o menos profunda sobre los agitados»5. En negativo, esa carta nos proporciona otro retrato de Mariátegui, alejado de las seducciones de la élite, abdicando de un supuesto rol de orientador y educador. La diferencia entre quien regresa de Europa para incorporarse a la Universidad Popular González Prada, dar conferencias a obreros sobre la crisis mundial, participar en la experiencia de Claridad y quien vendrá casi directamente a dirigir un partido después de siete años de ausencia. Teniendo la posibilidad de fundarlo en 1919, Mariátegui posterga la fecha hasta 1928, cuando convoca a la organización de un partido socialista forzado por la polémica con Haya. En la concepción de Mariátegui, el partido constituía un punto de llegada cuyas estaciones previas eran el sindicalismo y la conciencia de los trabajadores. En cambio, para Ravines, el mundo se dividía entre «el partido y lo demás» 6. Fuera del partido no había salvación. El comunismo le proporciona un sentido de identidad que el proyecto aprista, aún cuando sea jerarquizado, no le aseguraba. Ravines siempre estuvo obsesionado por la eficacia. En La gran estafa, cuando recuerda a Mariátegui, su anticomunismo militante de 1952 deja lugar a la espontaneidad de la memoria, para esbozar la imagen de ese inválido siempre optimista y tenaz, heterodoxo en el espectro comunista (lecturas de Sorel, supuesto -no es cierto- amigo de Croce y par de Gobetti), pero poco eficaz por su escaso autoritarismo: «La herencia de Haya de la Torre pesó mucho más que la enseñanza persuasiva, deliberadamente exenta de toda intención autoritaria, que impartía Mariátegui»7. Es preciso reconocer, a pesar de cualquier opinión en contra, que en esto tuvo razón. La muerte de Mariátegui es una explicación insuficiente para entender su carencia de herederos. Incluso quien lo sucedió en la dirección del partido mostró también una concepción distante del mito como creación colectiva y de las multitudes como protagonistas de la historia. Tras Mariátegui y Ravines podemos percibir una sociedad en la que ese «factor religioso» tratado en los 7 Ensayos es demasiado gravitante. Puede incluso conducir a tensiones y conflictos tan ásperos como los de mayo de 1923. Pero mientras en Mariátegui la dimensión religiosa del marxismo está en su praxis, para Ravines, antes que del apego a la religiosidad, se trata de opción por una iglesia: una institución definida, con sus jerarquías internas, sus mandamientos y sus ritos precisos. Se convierte en un seguidor siempre fiel de la ortodoxia hasta que en los años 30, los virajes de la Internacional terminan por arrojarlo de un extremo a otro. El partido había absorbido por completo su vida. Funcionario internacional, pierde cualquier sentido local o de patria. Incluso su vida familiar, establecida en Chile en el idilio con Delia de la Fuente, se

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realiza en el seno del partido y cualquier pasión es postergada ante la idea obsesiva de la revolución y la militancia, que ambos comparten. Una iglesia demasiado exigente. En 1930, aplica estrictamente la táctica de «clase contra clase», enfrentando por igual a la Unión Revolucionaria, los civilistas y los apristas, para años después, propugnar sin éxito una especie de Frente Popular con el Apra. Vida de Ravines e historia de la Internacional recorren los mismos caminos. Sin el menor fundamento, el historiador húngaro Adan Anderle ha querido sugerir la imagen de un Ravines trotskista, para así atribuir al bando opuesto los errores del pasado: «tiene posiciones ultraizquierdistas, que en muchos aspectos pueden calificarse de trotskistas y que eran compatibles con pasos sin principios»8, pero precisamente durante estos años Trotski criticó el enfrentamiento entre comunistas y socialdemócratas, y de sus seguidores fueron tan principistas como los militantes más fieles de la Internacional. El camino iniciado en 1929, con el viaje a Moscú, termina trece años después. Este episodio congrega varias versiones. Veamos primero la oficial: Ravines se habría corrompido, tendría posiciones derechistas y además pro-nazis, que, de acuerdo a un documento fechado el 20 de mayo de 1942, se explicarían de una manera muy clara: «Es el típico caso del aventurero, procedente de otra clase, que viene no a ponerse honestamente al servicio del proletariado, dispuesto a asimilar su ideología, sino en un momento de desesperación y con la perspectiva oportunista y falsa de usufructuar muy pronto los «beneficios» del poder traídos por la Revolución Obrera y Campesina que creía ver muy próxima» 9. El proceso se inició en Chile y culminó con la expulsión sancionada en el Perú. Se habla de un grueso expediente que entregaron los camaradas chilenos. Lo cierto es que en ese país también se expulsa a Marcos Chamudes, secretario general del P.C. ¿Coincidencia? Luis Alberto Sánchez en su libro que reúne sus recuerdos de Chile, donde estuvo deportado varios años, sugiere que Ravines habría sido acusado de «no sé qué desviaciones doctrinarias» y que su vida habría corrido peligro en Moscú. Una versión similar aparece en La gran estafa, pero allí se busca poner el acento en las purgas stalinianas -de las que Ravines pudo incluso ser protagonista en España- y en el pacto nazi-soviético, el mismo que desalentó a Paul Nizan y tantos otros comunistas. Pudieron procesarlo mejor aquellos que fuera del comunismo encontraron un sustento intelectual equivalente. En el Perú, por ejemplo, los surrealistas Moro y Westphalen, que sin embargo terminaron por identificar con excesivo apasionamiento a Stalin con Hitler: «esta saña castradora en que fascio y el martillo llegan a fraternizar»". Ravines, al parecer, habría llegado a la misma conclusión y esto equivalía a renegar de su iglesia. Las versiones, en definitiva confluyen. Renuncia o expulsión, lo cierto es que Ravines acaba arrojado del paraíso o descubriendo tarde que tomó el tren equivocado. Pero, en esto, también su vida se asemeja a la de tantos otros. Sus rasgos biográficos coinciden con los de esos comunistas procesados durante el stalinismo: el origen de clase -a pesar de todo era un intelectual-, la impureza de su trayectoria -cierta proximidad juvenil al aprismo-, las vinculaciones -su prolongada permanencia en el extranjero-, el criterio étnico -algo judío se podía oler en su apellido- y los lazos familiares: su mujer procedía de la aristocracia chilena 11 . Por otro lado, después de la guerra, fueron pocos los dirigentes comunistas importantes que pasaron por España y pudieron sortear alguna confesión pública, la cárcel o la horca. De manera que esos temores de Ravines tenían un sustento verosímil.

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Pero no es lo mismo bajarse de un tren que dejar de ser comunista, es decir, si se entiende que el comunismo era la fe, la salvación, la identidad: todo. Además, no es fácil borrar esa especie de sello indeleble que imprime una intensa vida partidaria. Entonces volverá a vivir la misma desorientación de sus años juveniles. Junto con Ravines han sido expulsados del partido Bazán, Navarro, Portocarrero, Larrea. Comienzan a reunirse pero sin la conciencia de ex combatientes y buscan un reingreso a la lucha política. Entonces Ravines reproduce ciertas constantes de su práctica anterior. Como buen leninista, lo primero que hace es sacar un periódico, Vanguardia. Al principio parece orientarse hacia una posición intermedia, cercana de esos socialdemócratas a los que tanto había combatido. Pero con el aprismo ni siquiera intenta una aproximación. Mantiene la misma beligerancia de siempre. Mientras tanto, va macerando todo el resentimiento acumulado, hasta que, separado de sus viejos compañeros cuando los comunistas comienzan a romper con Stalin, él se vuelve un stalinista al revés, es decir, un feroz anticomunista. Combatir, perseguir al comunismo, arrancarlo de raíz, destruirlo, sin ningún sentido de la fatiga, ni de la monotonía, abdicando de cualquiera que lo apoyase en sus campañas -empezando por ese «enemigo de clase» que había sido Pedro Beltrán-. Antes de morir atropellado en México -estaba deportado por Velasco-, se imagina que como en los años 30 a 40, los comunistas son los autores del supuesto atentado. Su vida se había detenido en 1942. Treinta años después «sigue viendo el mundo en blanco y negro, sólo que ahora los colores se distribuyen de modo distinto. Como comunista, no ve diferencia entre los fascistas y los socialdemócratas. Como anticomunista, no ve diferencia entre el nazismo y el comunismo. En otro tiempo aceptó la infalibilidad del partido; ahora se cree infalible a sí mismo. Después de haber sido arrebatado por la «mayor ilusión», está ahora obsesionado por la desilusión de nuestro tiempo» 12 . No fue muy original. Siguió la misma ruta de Koestler, Silone, Fisher... Es difícil encontrar otra biografía que, como la de Ravines, combine a un hombre tan inteligente y a la vez tan poco excepcional. Como muchos anticomunistas y excompañeros de ruta, se sintió en el deber de explicar su supuesto error o de confesarse públicamente. Así nació La gran estafa. Sartre tenía la certidumbre que un anticomunista era un perro: juicio lapidario. Pero también podría considerarse que el anticomunismo produce una especie de hombre demasiado triste, empeñado en un combate imposible contra los fantasmas de su juventud, pero la lucha con la tierra prometida no consigue sustituir a los profetas y entonces sólo se pasa de una frustración a otra.

ANEXO

CARTA DE EUDOCIO RAVINES A JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

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Mi querido José Carlos: He recibido sus cartas, los documentos que me incluye, así como la que me escribe -muy lacónica- nuestro M. de la T. Constato que estamos unánimes en mantener idénticos puntos de vista, en lo que se refiere a las líneas fundamentales; la carta de nuestro amigo el gringo gordo que me llega también, nos confirma en este pensamiento y me hace ver con más claridad la orientación que Uds. dan al movimiento, que es absolutamente la mía y la de los compañeros que me acompañan aquí. No hay que pensar, por ahora, sino en la gran responsabilidad y en la severa etapa de trabajo que tenemos delante. Frente a una serie de datos que poseo sobre nuestras cuestiones en América, no puedo sino expresarle mi más hondo optimismo. Su permanencia en el país es indispensable, hoy más que nunca. Necesitamos orientadores, hombres que a su capacidad de conocimiento de los problemas y la teoría, unan una constancia infatigable. Lo más difícil era iniciar la nueva etapa: en el Perú está iniciada: el manifiesto del 1 ° de mayo lo estimo como primer síntoma, como el primer documento de su iniciación. Sus términos generales plantean la cuestión inmediata en un terreno pragmático. La algazara grandilocuente, inflada, de los manifiestos de otra hora, se acalla. Hay en ese documento eso que nos falta tanto, un sentido exacto de la medida de los hechos y los hombres; hay más parquedad, más seriedad y una fuerza maciza en la autocrítica, sin descender, al hacerla, al plano -tan caro para nosotros latinoamericanos- del ataque, la pelea y la discordia. Esto es un gran paso, el primero de un movimiento que se incorpora seria y conscientemente en la historia política del Perú. La tarea que Ud. tiene delante, es enorme; la que corresponde a todos y cada uno de los camaradas no es menor. Va a ser necesario un esfuerzo grandioso: Uds. tienen el deber de desplegarlo. Mi opinión es que la tarea inmediata es la de la preparación de los cuadros. Preparación ideológica, teórica y práctica de los hombres que van a dirigir más tarde los sindicatos por su nuevo camino, de los que van a dirigir la C.G.T. Y de los que van a tener a su cargo la preparación y la formación de los núcleos de la acción política. Muchas de las deficiencias, vacilaciones, bellaquerías de nuestra clase, son, en mi opinión, el resultado de la ignorancia de nuestros compañeros, de la falta de comprensión de la masa de sus verdaderas tareas, de las finalidades de nuestra lucha, de los acontecimientos que se desarrollan a través del mundo, en el terreno de clase. Entramos en un período científico de organización: este período no puede basarse sino sobre la educación de las masas y, por el momento, de los hombres que van a ser los preparadores y los orientadores de la masa. Ud. comprende que no es posible dejar a los camaradas abandonados a sus propias fuerzas. Aquí quiero, hablándole francamente, hacerle un ligero reproche, que se refiere al pasado: Ud. después de su arribo al Perú, tuvo la oportunidad de convertirse en orientador y director de una serie de muchachos desorientados, con una magnífica voluntad, pero con una más magnífica ignorancia de las cosas sociales: entre estos estaba yo. No se imagina Ud., mi caro amigo, cuánto he sufrido para poder orientarme. Yo no podía tener una fe profunda sino a través de un conocimiento profundo. Sentía a cada instante que la fe sentimental, la fe juvenil, fe de «nueva generación» se me iba sin remedio, se me escapaba por todos los poros. Su intervención en este momento de ansiedad hubiera sido de un valor

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enorme para mí y, estoy seguro, para otros. No sé por qué causas Ud. limitaba demasiado su acción y parecía como querer inhibirse frente a una influencia más o menos profunda sobre los agitados. Le expreso esta cosa, que es un recuerdo banal, para que Ud. tome verdaderamente en serio su papel de orientador y educador. Fundamentalmente Ud. no superestima la importancia de las pequeñas burguesías urbanas, en lo cual estamos concordes, pero su propaganda toca, sin que Ud. lo quiera deliberadamente, estoy seguro, con mayor intensidad las capas pequeño burguesas que las masas proletarias. Me parece que los esfuerzos de todos deben ir fundamentalmente a realizar la educación del proletariado, dentro del terreno de clase, sin despreocuparse por esto de la tarea en la que Ud. está empeñado y cuyo realismo de concepción está confirmado por los hechos. Mi más grande aspiración es salir y reunirme con Uds. para ayudarlos en el trabajo y en la acción: pero, mi caro amigo, tengo que romper una muralla. Yo creo, con Ud., que mi ingreso al país es cosa factible dentro de las actuales circunstancias y confío en un éxito de las gestiones que se hicieran. Pero, viene el otro problema, que es el que me tiene inmóvil. Un desplazamiento en tercera clase, con mi mujer, me costaría más de cincuenta libras y, como Ud. comprenderá, no tengo ni una. Mi pobreza llega a límites que sólo yo conozco; me muevo dentro de condiciones sumamente estrechas, tanto que el par de zapatos que llevo no se ha desprendido de mis pies durante veintiún meses. Por otro lado, aquí en París, no tengo ya nada que hacer: he adquirido lo que necesitaba adquirir; si algún país me convendría, caso de tener dinero y ante la imposibilidad de entrar al Perú, sería EE.UU. por la inmensa documentación que ofrece para estudiar la realidad latinoamericana y la realidad mundial. Por otro lado, yo hago gestiones a fin de ir a la URSS, pero hasta hoy no he obtenido resultados. He pensado en la probabilidad de un empréstito personal, el que pagaría por mensualidades una vez llegado allá. Pero es demasiado problemático: no creo que haya un filántropo capaz de arriesgarse en esta cuestión de reparaciones, sin Plan Young y sin garantías hipotecarias. Más aún, en un momento en que mi posición ideológica me ha enajenado la voluntad de casi todos los amigos, que hasta aquél entonces se sintieron solidarios conmigo y que hubieran podido prestarme ayuda en este momento para realizar mi empresa.- En lo que a mi familia se refiere, no puedo contar sino con mi madre y hermanas y Ud. sabe que ellas sobrellevan una vida de duras privaciones. Nada es posible esperar por ese lado. Tal vez a Uds. les sería posible ayudarme en el sentido siguiente: una demanda de los obreros, o de Uds. -en fin esto es cuestión que les correspondería enfocar-, a la Troisiéme, o a la IC en el sentido de que se me facilite el desplazamiento. Al mismo tiempo, tan luego como esto se hubiere obtenido, las gestiones necesarias ante el gobierno para que se consintiera el ingreso. Yo, por mi lado, haría gestiones parecidas. Le ruego me escriba sobre este particular, tan claramente como fuere. Yo estoy absolutamente decidido a abandonar París y a ir al Perú, dentro del menor plazo que fuere posible. Para remediar un tanto mi crisis personal, he hablado con Vallejo y Bazán sobre la posibilidad de enviar crónicas sobre política mundial, a Variedades o Mundial; ambos se muestran pesimistas y lo creen inútil. ¿Ud. no me podría aconsejar nada sobre el particular? ¿Cree que sería posible la aceptación de una colaboración más o menos permanente? Claro que ningún artículo significaría, de ninguna manera, la menor

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abdicación, la menor concesión de mi pensamiento de militante que combatirá sin cesar las posiciones y las tácticas de la Segunda. Le solicito esto último en el caso de que lo primero no fuera posible de parte de Uds. Acabo de recibir una carta de uno de nuestros amigos que se halla en Montevideo. Le escribo ampliamente. Asimismo, escribo a Blanca Luz. Sé que C. A. Miró Q. llegará en breve a París. Manuel Seoane da la noticia, anunciando que tiene muchas cualidades «pero que es mariateguista...». Por lo que se refiere a nuestros amigos apristas, todo vínculo está roto. Sus apreciaciones sobre H. que leo por primera vez en la copia que me adjunta Ud. son justas y quizás hasta benévolas. Conmigo, la táctica seguida, ha sido inversa: es él quien no ha contestado a mis cartas, la última de las cuales tiene fecha 22 de marzo ppdo. En breve escribiremos una carta colectiva a todos los desterrados, historiando el desacuerdo, exhibiendo documentos y demostrando su verdadera raíz, de una manera objetiva. Pensamos hacer esto, porque la campaña epistolar que viene haciendo el jefe del APRA según las pruebas que tengo- es de mentira, de falsificación de los hechos y de un ataque primitivo, infantil y absurdo. Nos parece que es necesario presentar a los otros desterrados la faz que no conocen, para que así puedan juzgar libremente y tomar la posición que les sea más conveniente. Le enviaré algunos ejemplares de dicha carta. Es probable que H. se encuentre ahora empeñado en ajetreos acerca de los laboristas: tal ha sido su plan desde hace mucho y es indudable que, dadas sus relaciones con algunos círculos y con algunas gentes, no es difícil que pueda obtener el contacto que busca. En cuanto a los resultados de su labor en este sentido, no puedo augurar ni asegurar nada concreto. Este simple hecho le dirá a Ud. cuál es el camino por el que este señor se precipita, después de haber tocado todas las puertas (...)*. La popularidad de Sandino no deja de entusiasmarlo, aunque él la busca menos efímera y con derivación hacia aquella de la que disfruta y usufructúa Irigoyen. Por lo que a mi concepto sobre él, yo pienso que es un «soñador megalómano», inteligente, audaz, «vivo», conocedor de todas las triquiñuelas grandes y pequeñas del reclamo, profundamente ignorante de todo lo que sea marxismo, ciencia social, etc. Su cultura, en esto es simple cultura de revista, de periódico. No hay nada serio, ni profundo. Sin embargo, no hay que subestimarlo por dos razones: la primera por la influencia -cuya magnitud desconozco- que ejerce entre los medios obreros y pequeño-burgueses revolucionarios del Perú y, segundo, por sus cualidades latinoamericanas de demagogo, más peligroso que Alessandri y que Irigoyen. Tarde o temprano tendremos que librarle combate.- De lo que debe Ud. estar plenamente seguro -para su labor entre los sectores aún hayistas del Perú- es que no está, ni estará jamás con nosotros: estará en contra tanto como sus ambiciones y nuestra debilidad lo permitan. Hay que considerarlo como enemigo. Los camaradas aquí se han entusiasmado con sus noticias, y con las que nos han llegado por diversos conductos. Las crónicas de Montevideo y Buenos Aires contribuyen a acrecentar el fervor.

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La noticia de la constitución de la C.G.T. nos ha dado un ánimo inmerso. Hasta pronto; espero sus noticias. Por este correo van cartas para Julio, Jacinto y R.M.L.; ruégueles que me acusen recibo. Un fraternal abrazo de su amigo y camarada. Eudocio Ravines 24 de junio de 1929

* Ilegible en mi copia.

Fuente: Archivo José Carlos Mariátegui. Copia proporcionada por el Dr. Javier Mariátegui.

NOTAS: 1

«La muerte de Mariátegui», entrevista a Artemio Ocaña en Correo, 15 de abril de 1979, p. 9.

2

Eudocio Ravines, La gran estafa (La penetración del Kremlin en Iberoamérica), México, Libros y Revistas S.A., 1952, p. 134. 3

Ibid., p. 51.

4

Archivo José Carlos Mariátegui. Carta de Eudocio Ravines a José Caros Mariátegui, 24 de junio de 1929.

5

Loc. cit.

6

Ver otros testimonios como La Confesión de London o los recuerdos de Jorge Semprún sobre su paso por el P.C. español. 7

Eudocio Ravines, op. cit., p. 82.

8 Adan Anderle, «Comunistas y apristas en los años treinta en el Perú», en Estudios Andinos, T. LXIII, Szeged, 1978, pp. 43.103. Al margen de esta discrepancia, el estudio de Anderle es de consulta imprescindible para la historia del comunismo peruano. 9

Archivo Arroyo Posadas, Universidad Católica, Lima. El texto titulado «Expulsión de Eudocio Ravines» ha sido reproducido en Documentos para la historia del Partido Comunista Peruano, Lima, 1980, p. 19. 10

César Moro, «A propósito de la pintura en el Perú», en El uso de la palabra Nº 1, Lima, 1939, p. 7.

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11

Annie Kriegel, Los grandes procesos en los sistemas comunistas, Madrid, Alianza Editorial, 1973, p. 34, Kriegel como historiadora, aparte de este libro, se ha ocupado de los años iniciales del P.C. francés.

12

Isaac Deutscher, Herejes y renegados, Barcelona, Ariel, 1970, pp. 22-23.

LA TERCA APUESTA POR EL SÍ

EL RASCO más relevante en la obra de Jorge Basadre -como elogio o reproche- ha sido siempre su empeño por afirmar, responder positivamente, señalar soluciones y encontrar salidas. Así el Perú como nación no sólo sería, en sus primeros escritos, un problema a encarar sino también una posibilidad que podía entreverse rastreando su pasado. Este razonamiento diferenció a Basadre de muchos intelectuales de su generación pero sobre todo de los contemporáneos de González Prada, para quienes el nombre Perú era sinónimo de una frustración colectiva. En cierta manera la Historia de la República podría leerse como una vasta réplica de la crítica ácida esgrimida por don Manuel: ese intelectual cuya vida fue escindida por la guerra del Pacífico, que en artículos, conferencias y ensayos, con frases cuidadosamente elaboradas proporcionó a los jóvenes peruanos de la década de 1920 -uno de los cuales era Basadre- la imagen de una historia republicana que se iniciaba con el festín «plutocrático» del guano para desembocar luego en la catástrofe de la guerra, atribuida en definitiva a una clase que trató de erigirse a costa de las grandes mayorías campesinas. González Prada intuye, como lo había hecho antes Juan Bustamante, que el verdadero país está distanciado de la capital y que hace falta

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encontrarlo en las montañas andinas, pero su crítica no consigue vincularse con ningún movimiento social -el fracaso de la Unión Nacional-; por lo que al final de su vida quedará como el profeta solitario, sin seguidores, inmerso en una sociedad que parecía renuente al cambio, frente a la cual sólo queda la asunción de un anarquismo demasiado personal, fruto casi exclusivamente de lecturas europeas (Kropotkin, por ejemplo). Esa sensación de frustración que González Prada trasmite a Félix del Valle cuando éste lo entrevista en 1916 -«Me he convencido de que toda lucha por ideas es estéril en nuestro medio»- se encuentra reiterada hasta el cansancio en otros autores, como el poeta Martínez Luján o el joven ensayista Víctor Andrés Belaúnde, quien empleando una metáfora poco original, compara a los intelectuales de su generación con especies de Sancho Panzas incapaces de enfrentar a los molinos de viento del país; de manera similar Francisco García Calderón le confesaría a José de la Riva Agüero su pesimismo ante un lugar como el Perú donde toda empresa parece de antemano condenada al fracaso. Tras de estas reflexiones se puede entrever la derrota de 1879, la ocupación de Lima, el tratado de 1883; pero un «desgarramiento» interior similar -para emplear un término de Mariáteguise encuentra también en autores anteriores y posteriores: es la imagen, por ejemplo, del país «jodido» que Zavalita, el personaje de Conversación en la Catedral, encuentra en el tono gris de Lima y que repite como una letanía angustiosa. Basadre se sublevó contra todo esto. No lo entenderíamos sin considerar que su infancia transcurrió en Tacna, bajo los años de la ocupación chilena: en 1903, en esa provincia fronteriza, el Perú era en primer lugar una elección; había nacido en un territorio distante e incierto, donde se debía, optar entre ser peruano o chileno. Desde allí -una ciudad mesocrática, sin los abismales conflictos andinos o las querellas partidarias de la capital-, el país acabó confundiéndose con la utopía de una promesa que aunque no había sido refrendada en la experiencia cotidiana, estaba pendiente y podía ejecutarse algún día. El problema nacional deriva de un problema de fronteras en función del cual se relegan los conflictos de clase o cultura. Así lo entendieron en esos momentos Basadre, Porras, Jiménez Borja, empeñados en eruditas investigaciones sobre los límites del Perú, en colaborar con la Cancillería en la cuestión con Chile a pesar de las discrepancias que mantenían con Leguía, o en escribir testimonios tan conmovedores como Infancia en Tacna. Esta imagen del problema nacional es fundamental para entender el derrotero político de Basadre. El socialismo por el que optó en su juventud nunca fue demasiado radical; en las páginas de Amauta rechazaba el imperialismo pero admitía la necesidad de ciertas inversiones americanas'; quería compatibilizar algunos elementos de la economía de mercado con el modelo de la sociedad planificada. Aunque, como todos, él también sintió esa gran emoción colectiva que fue la revolución de octubre, temía que el comunismo implicase la imposición de orientaciones externas sobre la política peruana'. Cuando publica Perú: problema y posibilidad podría haber sido definido como una especie de social demócrata, un simpatizante de ese calmado socialismo centro europeo de principios de siglo. En el Perú, salvo el intento de Ulloa y del Barzo en 1919, no existió, a diferencia de Chile o Argentina, un socialismo de la II Internacional. Este vacío podía alentar el proyecto de Basadre, en torno al cual en cierta manera se constituyó en 1930 Acción Republicana,

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organización política que editó un periódico, El Perú. Pero ese partido de centro, moderado, apenas regionalista, terminó siendo inviable en un país extrapolado bajo los efectos de la crisis económica; aunque en realidad las tensiones venían desde antes, cuando en 1928 se enfrentaron al marxismo de Mariátegui y el aprismo de Haya. Jorge Basadre le habría reprochado a Mariátegui su falta de interés por el problema de las «provincias cautivas», pero tampoco toleraba ese «americanismo» de Haya que llevó a la confraternización entre estudiantes peruanos y chilenos, o ese afán por pensar en términos de continente y no de nación. Pero del aprismo se distanció además por no aceptar el caudillismo de su jefe. Las discrepancias con José Carlos Mariátegui no lo alejaron de la tertulia de Washington-izquierda ni de la colaboración con Amauta. Desde luego no podía estar entre los organizadores del Partido Socialista en 1928, pero sí persistió entre los amigos y colaboradores de Mariátegui, al lado de José María Eguren o Estuardo Núñez. Frente a los 7 Ensayos buscó diferenciar su posición elaborando un texto donde incidía en aspectos que consideraba descuidados -la historia política-, reprochaba supuestos excesos -el indigenismo frente al mestizaje- y sobre todo se empeñaba en vislumbrar el futuro, señalar el posible camino de solución del «problema nacional». Perú: problema y posibilidad fue un voto a favor, como también lo fue el libro de Mariátegui, ambos conscientemente diferenciados de González Prada; pero en los 7 ensayos se trataba en cierta manera de una elaboración colectiva confeccionada día a día, en las páginas de revistas o periódicos, en polémicas con otros escritores como García Calderón o Villarán, mientras que en el caso de Basadre se trató de la elaboración de un intelectual formado más en las bibliotecas y archivos que en la vida cotidiana, que se enfrentaba a la oligarquía pero no conseguía insertarse en el movimiento social. Un hombre que ante esos dos grandes remolinos que seducían a los intelectuales y las masas -el aprismo o el comunismo- quiso enarbolar un tercer camino que adolecía de un cierto anacronismo. Años después, refiriéndose a los dirigentes de Acción Republicana, Basadre diría que «con toda su sinceridad, su limpieza y su buena fe, resultaron ser políticos sólo en sus horas extras, pues sus bufetes, sus oficinas o la vida familiar ocupaban la mayor parte de su tiempo y cometieron, sobre todo, el pecado capital de no acercar- se al pueblo». Muerto José Carlos Mariátegui en abril de 1930, la revista Amauta sufrió un cambio sustancial en su orientación, que según Martínez de la Torre era el ingreso a una tercera etapa: la primera fue al inicio, la segunda vino después de la polémica con Haya y ésta significaba el abandono de las divagaciones intelectuales por una definición «clasista». Los supuestos sucesores de Mariátegui no heredaron con entusiasmo una publicación donde se había dado cabida a poetas surrealistas y reproducido artículos de Sorel o Freud; pero el antiintelectualismo, el menosprecio a esos pequeñoburgueses entre los cuales terminaba incluido Basadre, acabó liquidando a la revista que bajo la nueva conducción sólo alcanzó a imprimir tres números más. Después de la experiencia efímera de Acción Republicana, Basadre tendría que escoger entre permanecer en el Perú, donde su vocación afirmativa sentía la desazón de no encontrar un derrotero preciso en ese «país desorientado» o salir al extranjero, para perfeccionar sus conocimientos como bibliotecario y después como historiador. Escogió lo segundo. El intelectual terminó por derrotar al posible político. Quizás en esos días que pasó Basadre en Estados Unidos, Alemania o España, recordó las reflexiones de Mariano Iberico sobre la soledad: «El hombre moderno es pues un solitario en el tiempo. Y en su

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soledad estriban su grandeza y su deficiencia. Su grandeza porque una gran soledad es el precio de una libertad orgullosa y completa. Su deficiencia, porque la soledad destruye el sentido y la dirección y tiende a mantener el espíritu en una indiferente inmovilidad»'. Basadre, a diferencia de Francisco García Calderón, con- siguió vencer a la «inmovilidad», al tedio vital, al estancamiento. Casi alejado de partidos o de grupos, escribió sobre literatura incaica, el derecho, la sociedad colonial, y sobre todo extendió y prolongó, en sucesivas ediciones desde 1939, ese mapa imposible del Perú que es su Historia de la República. Su vocación afirmativa, alejada de las clases populares, en el contexto de un país donde Riva Agüero y Belaúnde ocupaban el lugar que antes tuvo Mariátegui, es decir, donde la derecha había recobrado los predios intelectuales, derivó en una imagen del país donde la afirmación soslayó los conflictos sociales o étnicos y donde el socialismo fue en cierta manera contrapuesto a la «promesa de la vida peruana». Dicho en otras palabras, el futuro enfrentado al pasado, la política divergiendo de la historia. Aquí la terca apuesta por el sí de Basadre se alejó de Mariátegui y, paradójicamente, terminó aproximándose a la soledad final de González Prada.

NOTAS: 1

Jorge Basadre, «Mientras ellos se extienden», en Amauta, N» 9, mayo de 1927, p. 13.

2

Jorge Basadre, Equivocaciones. Ensayos sobre literatura peruana, Lima, Casa Editorial La Opinión Nacional, 1928, p. 56.

3 Mariano Iberico, El nuevo absoluto, Lima, 1926, p. 218. Quizá no sea prescindible recordar que este libro fue editado por Mariátegui en el sello editorial Minerva.

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EL C A M I N O D E D A M A S C O «Nuestro problema es sobrevivir y resistir y en esto debemos dar todos los empujes necesarios aquí y afuera. Haya (1937).

HAYA DE LA TORRE y Luis Alberto Sánchez. El político y el intelectual. El fundador del aprismo frente al escritor más prolífico de este país. Estos dos personajes -que se confunden en parte con la historia peruana en el siglo XX-, han evitado ilustrar esa fácil contraposición entre la política y el pensamiento. La eclosión de masas que fue el aprismo en 1930, hace olvidar que junto a la mística se elaboró una ideología coherente pensada a escala continental. Inicialmente, en esa tarea también se empeñó Sánchez con algunas divagaciones sobre la dialéctica o la religión, pero su mayor aporte al aprismo sería constituirse en el cronista del movimiento y el biógrafo de su fundador. El aporte no siempre fue bien recibido, empezando por el propio Haya, quien no se reconoció en las páginas de Sánchez. Ocurre que la militancia en una empresa común fue acompañada por una amistad difícil, no exenta de conflictos y diferencias, que se mantuvo a pesar de los años de destierro y persecución gracias a un constante intercambio epistolar. Esas cartas, intercambiadas principalmente entre 1933 y 1957, acaban de ser publicadas por la Editorial Mosca Azul1. Pero el lector que emprenda la lectura de estos dos volúmenes que suman unas 800 páginas, puede experimentar, llegando a la segunda o tercera

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centena, desilusión y desánimo ante un epistolario sumergido en la rutina política. No se encuentra el diálogo clásico entre el intelectual y el político. Es decir, no se discuten, ni se plantean problemas relevantes alrededor del programa, de la organización partidaria, de la doctrina aprista... Todas las páginas aparecen dominadas por el activismo inmediato, que puede alimentar algunos chismes o proveer de anécdotas, pero que en apariencia no van más allá. En apariencia, porque algunos pasajes permiten acercarse, como lo señala el propio Sánchez, a la personalidad de Haya: las órdenes que manda a los apristas exiliados, la obsesión por la actividad y el tono siempre imperativo; las constantes críticas y reproches a los exiliados de Chile, esa Capuaexilia contrapuesta con la dureza de la clandestinidad en el Perú; la insistencia, casi majadera, en la corrección de sus libros, la precisión de las citas, la enumeración previa de trabajos anteriores: «También les re- comiendo que cuando se haga la lista de mis libros se anote al pie de cada uno de los agotados la palabra (agotado) y en el caso de aquellos de varias ediciones poner también la., 2a., 3a., etc.» (t. I, p. 69). Todo esto contrasta todavía más con la escasa discusión sobre el contenido de esas obras. Para explicar esta omisión se ha recurrido, en algunos comentarios, a evocar las difíciles condiciones en las que esas cartas fueron redactadas. Refugios improvisados, donde era preciso vigilar de noche y dormir de día, procurando evitar el ruido de una máquina de escribir, y al final siempre quedaba la incertidumbre de no saber si la carta, sorteando la vigilancia policíaca, llegaría a su destino. Con esto puede quedar explicada esta redacción casi telegráfica en la correspondencia de Haya hasta 1940, ese estilo completamente desgarbado y donde el pensamiento iba más rápido que la escritura, pero no necesariamente se explica la omisión del debate doctrinario que cualquiera esperaría en las cartas entre el fundador del partido y su principal intelectual. No lo explica, porque, no obstante las dificultades de la clandestinidad y el exilio, ambos personajes continuaron produciendo. Haya, después de la edición definitiva del Antiimperialismo y el APRA, se embarcará en otros proyectos -no todos acabados- como el balance de treinta años de aprismo, el análisis del pensamiento de Toynbee y Einstein, la comparación entre Palma y Gonzáles Prada... Sánchez no cesó de escribir en ningún momento: reseñas de libros, crónicas periodísticas, traducciones, crítica literaria, historia de América, biografías, ensayos políticos: una especie de pavor a la página en blanco. Esta tónica general de la correspondencia varía sustancialmente alrededor del año 1943, cuando el país se aproxima a un nuevo proceso electoral y en el horizonte se entrevé la posibilidad de conciliar el orden democrático con un plan de reformas sustanciales. Pero esas cartas transcurren también entre las convenciones apristas de 1942 y 1944, en las que el viraje ideológico del partido conduce a acuñar la fórmula del «Interamericanismo democrático y sin imperio». Son los años de la guerra, de la alianza entre la Unión Soviética y las democracias occidentales, del derrumbe del fascismo y la consiguiente crítica al autoritarismo. En este contexto se produce una diferencia entre Sánchez y Haya. Hasta entonces, el lector disponía casi sólo de cartas de Haya, con sus pedidos, reproches y órdenes, dejando a la imaginación las correspondientes respuestas, pero para 1943 estamos realmente ante un diálogo, con la diferencia que no gira sobre el cumplimiento de un envío

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de libros, los derechos de autor o los artículos propagandísticos que no se hicieron, sino sobre cuestiones sustancialmente diferentes. Tres son las que más nos llaman la atención: Sánchez invita a que Haya reflexione sobre qué tanto ha cambiado el país, su clase dominante y su juventud, entre 1931 y el nuevo proceso electoral que se avecinaba; el programa del aprismo parece haber variado en una excesiva aproximación a los Estados Unidos, que lo aleja de una reivindicación democrática como sería -siguiendo a Sánchez- el reconocimiento a la URSS y que incluso enemista al partido con intelectuales progresistas al estilo de Waldo Frank; este tema remite a los mecanismos para las decisiones en el partido que gravitan alrededor de Haya: llegamos así a la verticalidad y el autoritarismo. Contagiado del momento, Sánchez cree que el partido debería escoger entre democracia y dictadura. Desde estos cuestionamientos surge una imagen inusual de Sánchez emplazado ese año de 1943 en la vertiente izquierda del aprismo. Desde allí hubiera podido profundizar su disidencia, pero se detuvo, no fue más allá, lo que en una discusión política significa que retrocedió. La correspondencia -salvo las opiniones sobre Palma o Toynbee-, volverá a su curso anterior. La respuesta de Haya fue contundente. Buscó, para emplear un término en boga hace algunos años, aplanar a su interlocutor. Se remontó a los orígenes y recordó una definición elemental del aprismo: el partido, más que doctrina u organización, era una fe, una creencia, una mística, en la que confluían los vivos y los muertos, el presente y el pasado. El aprismo era una especie de camino de Damasco en el que se encontraba una luz incomprensible pero capaz de tumbar a cualquiera de su cabalgadura y de arrasar con cualquier duda o cuestionamiento. Parafraseando a San Pablo, sin haberlo premeditado, Haya sentenciaba: «Rota la fe nada queda» (t. 1, p. 433). No estamos aquí ante el mito elaborado por una multitud en el que soñaba Mariátegui. La fe aprista no es consecuencia de la historia o de las masas; viene de arriba hacia abajo y se identifica con la vida misma del fundador del partido. Haya es el APRA. Atacarlo es combatir a todos los militantes. Una fe -planteada de esa manera- no admite discusión. Se la acepta, con todos sus dogmas, sus prácticas esotéricas, sus ritos, o simplemente se la deja, y entonces el antiguo creyente se convierte en hereje, renegado o traidor. Una especie de Judas, para recordar el apelativo con el que Haya se refiere a veces a Eudocio Ravines. En esta fe, aparte de las circunstancias que se resumen en la clandestinidad, o el destierro, el factor que estrecha el horizonte y no deja lugar a la discusión doctrinaria. Cuando la discusión aparece, es sólo porque Sánchez anuncia previamente su retiro del aprismo para el momento que éste llegue al poder, pero como respuesta sólo le aguarda el anatema. La fe robusteció las filas apristas, permitiendo que las deserciones fueran escasas no obstante los grandes virajes que vendrían años después. Pero la fe, en los intelectuales apristas, condujo a una separación entre actuar y pensar. Cada año que transcurre, los libros de Sánchez se van desligando de la política. Haya, que criticó su Dialéctica y determinismo, se entusiasmó en cambio con La Perricholi, plagada de concesiones al tradicionalismo. Éste, por su parte, se distanció del Perú, como se lo reprocharía Sánchez,

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para incursionar en la filosofía de la historia comentando a Toynbee o para escribir sobre las democracias escandinavas... Junto con la fe hay otra constante en esta correspondencia: el anticomunismo. En febrero de 1953, Haya califica a los comunistas como «nuestros peores enemigos» (t. 11, p. 53) y meses después se entusiasma porque en sus memorias Ravines señala «mi anticomunismo» (t. II p. 69). Confesión de parte... Podría ser comprensible luego de las ásperas discusiones y los enfrentamientos físicos entre apristas y comunistas de esos años, pero ese sentimiento es prematuro y no admite matices o excepciones: «Y estoy seguro -escribe en 1938- que un linchamiento de comunistoides si quedan, será asunto descartado en cualquier estallido popular» ( t. 1, p. 318 ). No parece incomodarle esa posibilidad; por el contrario. El anticomunismo militante lo lleva incluso a difamar, no se puede emplear otro término, a José María Arguedas, Xavier Abril, Waldo Frank... Es curioso que este anticomunismo adquiera ciertos ribetes antisemitas. Para insultar a Frank lo llama judío. Ravines es, como ya mencionamos, judas, y la ortografía de su apellido siempre aparece adulterada para asemejarlo al nombre de «rabino». No obstante que Sánchez se había iniciado en la política disintiendo fuertemente con los comunistas antes de ingresar al APRA 2, hasta 1943 no compartió ese obsesivo anticomunismo de Haya. Como muchos otros apristas, había secundado a la República española. Allí Haya debió ceder: admitió que quienes tuvieran esa postura viajaran a España, pero evitando declaraciones verbales que pudieran hacer juego a la III Internacional. En contrapartida, la actitud del comunismo, después del sectarismo que delineó su actuación hasta 1935, varió, ensayando una confluencia con el APRA, en la que se empeñaron desde Chile tanto Eudocio Ravines como Marcos Chamudes. El P.C. del P. redactó un manifiesto, envió una carta semipública, recurrió a proponer entrevistas entre los dirigentes, todo esto sin alcanzar el menor resultado positivo 3 . De esta manera, esta correspondencia nos recuerda que el «Frente Popular» ha tenido en el Perú, a diferencia de Chile, antecedentes poco promisorios. Muchos otros aspectos podrían ser comentados. Quizá uno de los temas más apasionantes que omitimos es el temor de Haya a la corrupción del medio, a la abdicación de los ideales, seducidos por ese Perú oligárquico que los apristas pretendían derrumbar... Pero como en las tragedias clásicas, no obstante que se lo quiso señalar para evitarlo, ese fue el desenlace. «Diles a todos los muchachos escribía en 1935- que piensen en esto, que piensen en la tremenda faena, que no se olviden que estamos operando en un terreno corrompido, tropical, sifilítico y maldito del civilismo» (t. I, p. 39). A la postre, el terreno pudo más que los hombres. La fe, en esta empresa terrenal, fue ineficaz. El camino de Damasco no condujo a la salvación.

NOTAS:

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1

Víctor Raúl Haya de la Torre/Luis Alberto Sánchez, Correspondencia, Lima, Mosca Azul, 1982, dos tomos.

2

Archivo Histórico Riva Agüero, carta de Luis Alberto Sánchez a Riva Agüero, Lima, 27 de noviembre de 1930.

3

Luis Alberto Sánchez, Visto y vivido en Chile, Lima, Editoriales Unidas, 1977, p. 37.

LA NUEVA IZQUIERDA: SIN FAROS NI MAPAS

HASTA EL AÑO 1946, izquierda y Partido Comunista eran sinónimos. El monopolio se resquebrajó con la aparición del trotskismo1 y terminó liquidado veinte años después, cuando el Perú se convierte en campo de ensayo de las más diversas teorías revolucionarias: persistía una corriente ortodoxa, erosionada por el impacto de la revolución cubana, aunque, a diferencia de otros países, aquí el maoísmo había alcanzado una dimensión inusual en Latinoamérica, con la sola excepción de Colombia. De este horizonte, heterogéneo y múltiple, estaba completamente excluida la opción socialdemócrata; en cierta manera, el camino de cualquier izquierdista en el Perú de los años 60, comenzaba por una ruptura con el aprismo, por una militancia negativa, por un «anti», sin considerar que todos ellos, fervorosos lectores de Lenin, admitían la bancarrota total del reformismo. La sociedad peruana, con una oligarquía que había conseguido encantar al APRA, parecía bloquear cualquier posibilidad intermedia: los fracasos de la Democracia Cristiana y del Social Progresismo servían de ilustración a esta tesis extrema. La izquierda peruana, a pesar del provincialismo de los intelectuales que la integraban -pocos habían salido fuera del país, la mayoría únicamente tenían acceso a textos en español-, se ubicó en un terreno cosmopolita. Así como en la historia demográfica el Perú ha sido una especie de «lugar de encuentro» de diversas corrientes migratorias (europeas, africanas y asiáticas), parecía igualmente factible confluir distintas experiencias revolucionarias. 1965 puede consignarse como la fecha de nacimiento de la «nueva izquierda». El Partido Comunista comenzaba a fragmentarse desde el año anterior como eco de la

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polémica chino-soviética, mientras se desencadenaban las guerrillas. En la práctica queda planteada con nitidez una vía alternativa a la «convivencia» aprista y al reformismo rutinario del comunismo oficial, intento de retomar la insurrección popular derrotada en 1932. Pero aunque el curso de las guerrillas será más bien efímero, ese mismo año, consideran prematuro el uso de las armas, deciden fundar un nuevo partido político: Vanguardia Revolucionaria. Con sus logros y fracasos, el derrotero de esta organización -excluyendo por el momento referencias a otras como el MRS o el MIR- permite dibujar un cierto perfil de la nueva izquierda. EN LA HISTORIA de las religiones, es usual el empleo del término «sincretismo» para denominar aquellos intentos por amalgamar diversas corrientes religiosas, uniendo a veces dogma y herejía. Este fue dentro del marxismo peruano el caso de Vanguardia2. Dejando a un lado el hegemonismo y un cierto afán mesiánico evocado por el nombre, entre el rojo y el negro sus publicaciones preferían el color verde, aunque sin la intensidad del «verde olivo» castrista. Con esa tonalidad se editaron sus primeros estatutos y un original programa que pretendía fusionar el «desarrollo desigual y combinado» de Trotsky, con la relevancia al campesinado de Mao y las tesis revolucionarias del «foquismo» cubano. Los auto- res de esta peculiar criatura quizá pensaban que el problema de la revolución era recoger los mejores aportes que fluían de un marxismo imaginado como una corriente unívoca y universal. En la aparición de Vanguardia, al parecer, los acontecimientos mundiales -XX Congreso del P.C. de la URSS, Revolución China, triunfo de Fidel- fueron más gravitantes para personajes que provenían de las capas medias urbanas y de los ambientes universitarios, que los movimientos campesinos o la descomposición de la feudalidad andina. En 1965 Hugo Blanco estaba siendo procesado en Tacna y el movimiento comunal del Centro parecía apenas un efímero fenómeno regional. Quienes ingresaban a VR, más que por la historia de los movimientos campesinos recientes, se preocupaban por la larga marcha maoísta o las hazañas de los doce sobrevivientes del Granma. Desde 1967 la imagen del Che Guevara presidirá todos los actos públicos y hasta en el campus de la Universidad Católica destacaba, sobre un panel verde, su inconfundible perfil. Pero el sincretismo no podía tener larga vida. A medida que se profundizó en el conocimiento del marxismo, fueron saltando de manera evidente las contradicciones y comenzaron a repetirse, en el marco de las células clandestinas, las polémicas que en el pasado y en otras latitudes habían escindido al movimiento comunista: revolución nacional o socialista, centralismo partidario o espontaneísmo, foquismo, insurrección o guerra popular. VR terminaría dividiéndose por lo menos en tres grandes corrientes y en más de doce organizaciones. Era una izquierda que a las influencias anteriores había sumado la lectura de Louis Althusser y sus seguidores, entre los que figuraban Nicos Poulanzas y especialmente una divulgadora, la socióloga Martha Harnecker. Esta última, autora de un libro decisivo que fue al althusserianismo lo que el credo a los evangelios: Conceptos elementales del materialismo histórico. Más de treinta ediciones hasta 1976, sólo en la editorial Siglo XXI, sin olvidar otras ediciones clandestinas como la que hizo una imprenta de La Victoria, «Amier Hnos. de París». Fue el Konstantinov o el Politzer de esta generación, con la diferencia que parecía un instrumento de uso más accesible: el marxismo era una teoría; dominar la teoría equivalía a conocer los conceptos, de esta manera la solución de un problema comenzaba invariablemente por un marco teórico. La elaboración del «marco» era la fase previa de cualquier investigación e incluso de cualquier

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reflexión que aspiraba a un mínimo de seriedad. Todos parecían imitar, sin habérselo propuesto, a un personaje de Ciro Alegría que entre las páginas de El Mundo es Ancho y Ajeno aparece memorizando un diccionario. La realidad que estaba más allá de las palabras -y que paradójicamente las producía- era menospreciada con el calificativo despectivo «empiria». Así, el diseño de La estrategia y la táctica, publicado por VR en setiembre de 1968, podía prescindir de indispensables referencias a la «realidad peruana». Sería necesario matizar estas afirmaciones señalan- do que desde los mimeógrafos de VR se inició la difusión de la «teoría de la dependencia» y fueron discutidos autores, poco convencionales, como Gunder Frank y Theotonio dos Santos3. Si se pretendiera hacer una antología del pensamiento de la nueva izquierda, la primera dificultad a superar sería la ubicación de los textos: efímeras ediciones mimeografiadas, de corto tiraje, que además se encontrarían subrayadas, tachadas y deterioradas como efecto de arduas discusiones. En la mayoría de los casos, defraudan, no tanto por el feble conocimiento de la teoría, sino por el idealismo en «estado práctico» robando un término de Althusser- que inunda las páginas: discusiones sobre ideas, sobre textos y hasta frases. Paradójicamente, una izquierda que abundaba en intelectuales carecía de una producción teórica propia. Dejando a un lado argumentos, basta un simple recuento. Sólo dos revistas, en la vieja y en la nueva izquierda, consiguieron cierta persistencia: Crítica Marxista-Leninista y Sociedad y Política. Podrían añadirse los cuatro efímeros números de Debate Socialista. Entre los múltiples artículos y ensayos publicados en ellas y en otras ediciones similares, pocos podrían reeditarse. La excepción ha sido la recopilación de los trabajos de Ricardo Letts realizada por Mosca Azul. Podrían añadirse algunos otros textos de Murrugarra o Dammert, y casi no habría más autores que mencionar. En definitiva, no existe libro orgánico alguno que pueda ser exhibido como el producto teórico y militante, a la vez, de la «nueva izquierda». Caso aparte, desgajado tempranamente del árbol vanguardista, es el de Aníbal Quijano4. Lectores afanosos del Qué hacer?, no repararon que el verdadero problema era escribir un libro equivalente pero desde el Perú. La reflexión de la nueva izquierda lindaba con el dogmatismo. Aquí conviene recordar que sus avances y retrocesos se daban al compás de las reformas de los militares. Carentes de una visión del país, la única manera de sortear las seducciones del reformismo y de mantener un perfil propio, era encontrar un refugio en el dogmatismo: la definición a priori. Pero a la par de los largos debates sobre el «carácter» del gobierno militar reformismo, fascismo, bonapartismo-, se comenzaron a larvar, aunque a veces al margen de los partidos, verdaderas investigaciones sobre la burguesía peruana que superarían al antiguo debate acerca de la oligarquía -Bourricaud-Bravo Bresani-. Además, el enfrentamiento con el militarismo fue acompañado por el desplazamiento del APRA en los sindicatos, las organizaciones campesinas y el movimiento estudiantil. DURANTE la década del 60 cualquiera hubiera admitido, sin mayor discusión, el aserto de G. Lukács según el cual hasta la peor forma de socialismo era preferible a la mejor forma de capitalismo. Debemos considerar, sin embargo, que la discusión sobre el fenómeno estalinista era muy débil y nadie podía imaginar conexión alguna entre la práctica de Stalin y el pensamiento de Lenin. Pero veinte años después el panorama se ha complicado, no sólo porque se ha incrementado el conocimiento acerca del pasado comunista, sino además porque se han ido apagando algunos de los faros que supuestamente guiaban la

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revolución mundial: a la crítica de la experiencia soviética, siguió el desengaño con la revolución china; la política internacional -sustentada en la lógica de los Estados y las potencias- terminaba con las ilusiones. El futuro -invirtiendo la frase con la cual concluían todos los discursos- dejaba de ser nuestro. En América Latina, las buenas relaciones de China con Pinochet y, al otro lado de la cordillera, la tolerancia de la URSS con la Argentina de los generales y des- aparecidos, fueron argumentos suficientes. Por otro lado, después de una experiencia como la de Camboya, en la que una cierta manera de entender el socialismo fue llevada hasta sus últimas consecuencias con el resultado de un genocidio colectivo, la frase de Lukács o terminaba desmentida por la historia o debía ponerse entre interrogantes. Pero con el eclipse de los faros se produjo también el extravío de derroteros antes precisos. El camino de la revolución perdió la claridad del pasado cuando se sabía que vendría luego de un «mínimo de partido» o «del campo a la ciudad». Ocurre que la crisis del movimiento comunista internacional fue acompañada por profundos cambios en la sociedad peruana y la emergencia de un nuevo movimiento de masas tanto urbano como rural. En 1968 se reorganiza la CGTP, con presencia de Vanguardia Revolucionaria en gremios como construcción civil y pescadores; en 1974 se reorganiza, luego de un prolongado y silencioso trabajo campesino, la CCP. Estos hechos institucionales fueron acompañados con formas de lucha inéditas o la reaparición de viejos procedimientos: marchas de mineros, ocupaciones de fábricas, tomas de tierras, hasta los grandes paros nacionales. A veces como dirigentes, otras como activistas o simplemente repartiendo volantes, allí estuvieron presentes los personajes de la nueva izquierda. La calle empezaba a desplazar a los cafés o los claustros universitarios. Entonces, como siempre suele ocurrir, la lucha de clases hizo trizas a los esquemas. La realidad comenzó a plantear incómodas preguntas, por ejemplo, sobre el papel de los sindicatos, sobre el rol de los trabajadores en el partido, sobre el surgimiento mismo de la teoría. Diversos intelectuales desgajados de VR o partidos similares inician sendas monografías sobre la realidad nacional. No es por azar que uno de los temas que concitó el interés creciente de los investigadores fuera el problema agrario: desde allí provenían interrogantes originados en conflictos como las «tomas de tierras»; en el agro, a su vez, se habían producido las transformaciones de mayor envergadura en la sociedad peruana contemporánea. La discusión alrededor del futuro del país rural -¿desaparecerán los campesinos?-, generada por Rodrigo Montoya, es uno de los debates más fructíferos tanto para las ciencias sociales como para enrumbar una estrategia revolucionaria. El optimismo de los años 60, cuando la revolución parecía a la vuelta de la esquina, termina erosionándose. Es entonces que una inusual y elevada votación coloca a la izquierda frente a mayores interrogantes y exigencias del movimiento de masas, para constatar que la etapa anterior no había proporcionado los instrumentos adecuados para enfrentar a esa realidad. El año 80, la débil unidad de la izquierda articulada en el ARI termina rompiéndose por discrepancias que partían de Moscú, Pekín o París. En este panorama, la «nueva izquierda» adquiere identidad por negación: los que no tienen embajada; pero aquellas organizaciones que como el MIR o VR, carentes de un respaldo externo, tampoco disponían de un andamiaje teórico que les permitiera trazar sus propios mapas y poder mantenerse a flote en medio de embates que provenían no sólo de la derecha, sino además de la propia izquierda. Terminaron a la deriva. Hasta ahora no

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alcanzan puerto. Pero la debilidad presente nace de donde podría estar precisamente el sustento y la renovación del futuro: haber preferido guiarse por las exigencias del movimiento social echando por la borda los esquemas. La reciente «sublevación de las bases» quiebra la imagen acerada y disciplinada que en el pasado definía al militante revolucionario; desde 1968, como resultado del II Congreso de VR, se prescribía en los Estatutos que a esa calidad sólo eran «acreedores» quienes practicaran «de manera correcta y permanente la línea política de la organización». Pero más de diez años después, el pensamiento crítico se levanta contra esa distinción de sabor oligárquico entre dirigentes y bases. Queda planteado un desafío: la capacidad de trazar caminos, de construir utopías, de reconciliar a la imaginación con el análisis. Que esto es posible nos lo sugiere esa destreza de la «nueva izquierda» para evitar -hasta ahora- ir al remolque de las corrientes reformistas, sin haberse precipitado en la acción guerrillera inmediata como en Argentina y Uruguay. Para decirlo con mayor claridad: en esa amplia onda revolucionaria que tuvo como epicentro a la revolución cubana, donde las derrotas terminaron sucediéndose unas a otras, el Perú persiste como una excepción. El inicio como conclusión: el año 1965, coincidiendo con su fundación, Vanguardia Revolucionaria inició el reencuentro del marxismo peruano con Mariátegui. Quizá en ese momento el viraje no fue debidamente apreciado. Parece que no se desarrollaron todas las implicancias; el hecho es que uno de esos folletos mimeografiados -que mencionamos al comenzar el artículo- tenía como título «Mariátegui: marxista creador» y reproducía el programa provisional del Partido Socialista -redactado por Ravines y asumido para la discusión por el grupo de Lima-, junto con el texto que Mariátegui envió a la Conferencia Comunista de Buenos Aires, «Punto de vista antiimperialista». Este último era apenas conocido por quienes conservaban la primera edición de los Apuntes para interpretación marxista..., publicados tiempo atrás por Martínez de la Torre. No figuraban todavía en las «Obras completas». Prácticamente desconocido para quienes recién llegaban a la política. Esta postergación se explicaba -de acuerdo con el editor- por las discrepancias que Mariátegui había tenido con la Internacional Comunista, su afán de preservar una autonomía para así garantizar efectivamente un marxismo creador. Ese anónimo redactor concluía: «Si esto es cierto, la vanguardia revolucionaria de un pueblo tiene que conocer profundamente a su suelo y a su pueblo; para esta tarea pueden servir los manuales como también no lo pueden. El estudio creador es el árbitro en este caso. Así lo pensó y ejecutó Mariátegui»5. Esta impronta telúrica -donde entre líneas se advierte también la influencia de José María Arguedas- llevaría a algunos vanguardistas, como Murrugarra o Diez Canseco, hasta los socavones mineros. Pero, con el tiempo y las polémicas, los manuales consiguieron imponerse y esta conclusión, durante años obsesiona- dos con la fidelidad al maoísmo o al trotskismo, fue olvidada por su propio autor.

NOTAS: 1

En Agosto de 1946 se funda el Partido Obrero Revolucionario, POR, primera organización trotskista.

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Durante 1965 se publicaron hasta cinco números de la revista Vanguardia Revolucionaria (a mimeógrafo). El último (sexto) se publicó a imprenta en 1969. 3

La «teoría de la dependencia» al sostener el carácter capitalista de Latinoamérica fundamentaba la lucha por el socialismo, pero también soslayaba las especificidades nacionales. El Perú era un satélite más de la metrópoli dominante, EE.UU.

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La edición de los estudios de Aníbal Quijano ha sido insuficiente- mente discutida; ellos roturaron nuevos territorios para el marxismo, como la dependencia, la marginalidad o los movimientos campesinos. 5

Vanguardia Revolucionaria, «Mariátegui: marxista creador», Lima, 1965, p. 7.

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TIEMPO DE PLAGASALBERTO FLORES GALINDO Lima, Perú 1988

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