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Eduardo Galeano

Patas Arriba

fabricados por Dow Chemical, Chevron, Monsanto y otras empresas. Esas fumigaciones, que arrasan la tierra y la salud humana, han demostrado ser más bien inútiles para erradicar las plantaciones, que simplemente se mudan a otro lugar. Los campesinos que cultivan la coca o las amapolas, objetivos movedizos de las campañas militares, son, en realidad, el último orejón del tarro en el próspero negocio de la droga. Las materias primas pesan poco o nada en el precio final. Entre los campos donde se cosecha la coca y las calles de Nueva York, donde la cocaína se vende, el precio se multiplica entre cien y quinientas veces, según los bruscos vaivenes de la cotización del polvo blanco en el mercado clandestino. No hay mejor aliado que el narcotráfico para las instituciones bancarias, las fábricas de armas y los jefes militares: la droga brinda fortunas a los bancos y pretextos a la máquina de la guerra. Una industria ilegal de la muerte sirve, así, a la industria legal de la muerte: se militarizan, a la vez, el vocabulario y la realidad. Según uno de los voceros de la dictadura militar que asoló Brasil desde 1964, las drogas y el amor libre eran tácticas de guerra revolucionaria contra la civilización cristiana. En 1985, el delegado norteamericano ante la conferencia sobre estupefacientes y psicotrópicos, dijo en Santiago de Chile que la lucha contra la droga había llegado a ser una guerra mundial. En 1990, el jefe de policía de Los Ángeles, Daryl Gates, opinó que había que cocinar a tiros a los consumidores de drogas, porque estamos en guerra. Poco antes, el presidente George Bush había exhortado a ganar la guerra contra las drogas, y había explicado que ésa era una guerra internacional, porque eran de origen foráneo las drogas que constituían la amenaza más grave contra la nación. La guerra contra las drogas sigue siendo el tema infaltable en todos los discursos presidenciales, desde cualquier presidente de club de barrio que habla en la inauguración de una piscina, hasta el presidente de los Estados Unidos, que no pierde ocasión de confirmar su derecho a otorgar o negar certificados de buena conducta a los demás países. Un problema de salud pública se ha ido convirtiendo, así, en un problema de seguridad pública, que no reconoce fronteras. El Pentágono tiene el deber de intervenir en los campos de batalla donde se está librando la guerra contra la narcosubversión y el narcoterrorismo, dos palabras nuevas que juntan en la misma bolsa a la rebelión y a la delincuencia. La Estrategia Nacional contra la Droga no está dirigida por un médico, sino por un militar. Frank Hall, que fue jefe de narcóticos de la policía de Nueva York, declaró alguna vez: «Si la cocaína importada desapareciera, sería reemplazada en dos meses por drogas sintéticas». Parece cosa de sentido común; pero ocurre que el combate contra las fuentes latinoamericanas del Mal, proporciona la mejor coartada para mantener el más estricto control militar, y en gran medida político, de toda la región. El pentágono tiene la intención de instalar en Panamá un Centro Multilateral Antidrogas, para coordinar la lucha contra el narcotráfico de los ejércitos de las Américas. Panamá ha sido una gran base militar norteamericana durante todo el siglo veinte. El tratado que impuso esa humillación llega hasta el último día del siglo, y la lucha contra las drogas bien podría exigir la prórroga del alquiler del país por otra eternidad. Hace ya algún tiempo que la droga viene justificando la intervención militar norteamericana en los países del sur del río Bravo. Precisamente, Panamá fue la víctima de la primera invasión que mintió esa coartada. En 1989, veintiséis mil soldados irrumpieron en Panamá y, a sangre y fuego, impusieron a un presidente, el impresentable Guillermo Endara, que multiplicó el narcotráfico con el pretexto de combatirlo. Y es en nombre de la guerra contra la droga, que el Pentágono se está metiendo en Colombia, Perú y Bolivia, como Perico por su casa. Esta sagrada causa, vade retro Satanás, también sirve para brindar

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EDUARDO GALEANO. PATAS ARRIBAS. LA ESCUELA DEL MUNDO AL REVÉS.  

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