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Eduardo Galeano

Patas Arriba

En el mundo entero, son cada vez menos los perros que pueden darse el lujo de ser nada más que mascotas, y son cada vez más los que están obligados a ganarse el hueso asustando a los intrusos. Se venden como agua las alarmas para autos y las pequeñas alarmas personales, que chillan como locas en la cartera de la dama y en el bolsillo del caballero. También las picanas eléctricas portátiles, o shockers, que desmayan al sospechoso, y los aerosoles que lo paralizan a distancia. La empresa Security Passions, cuyo nombre bautiza bien las pasiones del fin de siglo, ha lanzado recientemente al mercado una elegante chaqueta que atrae las miradas y rechaza las balas. «Protéjase usted y proteja a su familia», aconseja en Internet la publicidad de estas corazas de cuero, de aspecto deportivo. (En Colombia, las siempre prósperas fábricas de chalecos antibalas venden cada vez más las tallas infantiles).

Dejad que los niños vengan a mí La venta de armas de fuego está prohibida a los menores de edad en los Estados Unidos, pero la publicidad apunta a esa clientela. Un aviso de la National Riffle Association dice que el futuro de los deportes de tiro está «en manos de nuestros nietos», y un folleto de la National Shooting Sports Foundation explica que cualquier niño de diez años debería disponer de un arma de fuego cuando se queda solo en casa o cuando marcha solo a hacer alguna compra. El catálogo de la fábrica de armas New England Firearms dice que los niños son «el futuro de estos deportes que todos amamos». Según los datos del Violence Policy Center, las balas matan cada día, por crimen, suicidio o accidente, a catorce niños y adolescentes menores de diecinueve años, en los Estados Unidos. La nación vive de respingo en respingo, y de sofocón en sofocón, por las balaceras infantiles. Cada dos por tres aparece algún niño, casi siempre blanco, pecoso, que acribilla a sus compañeritos de clase, o a sus maestros.

En muchos lugares se instalan circuitos cerrados de televisión y alarmas por monitores, que controlan en pantalla a las personas y a las empresas. La vigilancia electrónica se ejerce, a veces, por cuenta de esas personas y de esas empresas, y a veces por cuenta del estado. En Argentina, los diez mil funcionarios de los organismos estatales de inteligencia gastan dos millones de dólares por día espiando a la gente: pinchan teléfonos, filman y graban. No hay país que no use la seguridad pública como explicación o pretexto. Las cámaras ocultas y los micrófonos ocultos se meten en los bancos, los supermercados, las oficinas y los estadios deportivos; y a veces también atraviesan las fronteras de la vida privada y siguen los pasos de cualquier ciudadano hasta su dormitorio. ¿No habrá un ojo escondido en la botonera del televisor? ¿Oídos que escuchan desde el cenicero? Billy Graham, el millonario telepredicador de la pobreza de Jesús, reconoció que él se cuida mucho cuando habla por teléfono, y hasta cuando habla con su mujer en la cama. «Nuestro negocio no promueve al Hermano Grande», se defiende el vocero de la Security Industry Association

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EDUARDO GALEANO. PATAS ARRIBAS. LA ESCUELA DEL MUNDO AL REVÉS.  

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