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Eduardo Galeano

Patas Arriba

La industria del miedo l miedo es la materia prima de las prósperas industrias de la seguridad privada y del control social. Una demanda firme sostiene el negocio. La demanda crece tanto o más que los delitos que la generan, y los expertos aseguran que así seguirá siendo. Florece el mercado de las policías privadas y las cárceles privadas, mientras todos, quien más, quien menos, nos vamos volviendo vigilantes del prójimo y prisioneros del miedo.

E

El tiempo y los carceleros cautivos «Nuestra mejor publicidad son los noticieros de la televisión», dice, y bien sabe lo que dice, uno de los especialistas en la venta de seguridad. En Guatemala, hay ciento ochenta empresas del ramo, y hay seicientas en México; en Perú, mil quinientas. Hay tres mil en Colombia. En Canadá y en los Estados Unidos, la seguridad privada gasta el doble que la seguridad pública; al filo del siglo, habrá dos millones de policías privados en los Estados Unidos. En Argentina, el negocio de la seguridad mueve mil millones de dólares por año. En Uruguay, aumenta cada día la cantidad de casas que pasan a tener cuatro cerraduras en lugar de tres, lo que hace que algunas puertas parezcan guerreros de las Cruzadas. Una canción de Chico Buarque comienza con los aullidos de la sirena policial: ¡Llame al ladrón! ¡Llame al ladrón!, suplica el cantor brasileño. En América latina, la industria del control del delito no sólo se alimenta del incesante torrente de noticias de asaltos, secuestros, crímenes y violaciones: también se nutre del desprestigio de la policía pública, que con entusiasmo delinque y que practica una sospechosa ineficacia. Y están enrejadas, o alambradas, las casas de todos los que tienen algo que perder, por poquito que ese algo sea; y hasta los ateos nos encomendamos a Dios antes que encomendarnos a la policía. También en los países donde la policía pública es más eficaz, la alarma ante la amenaza del crimen se traduce en la privatización del pánico. En los Estados Unidos, no sólo se multiplica la policía privada, sino también las armas de fuego que están a la orden en la mesita de luz y en la guantera del automóvil. La National Riffle Association, presidida por el actor Charlton Heston, tiene casi tres millones de miembros, y justifica la portación de armas por las Sagradas Escrituras. Motivos no le faltan para hinchar el pecho de orgullo: hay docientos treinta millones de armas de fuego en manos de los ciudadanos. Eso da un promedio de una arma por alma, exceptuando a los bebés y a los alumnos del jardín de infantes. En realidad, el arsenal está concentrado en un tercio de la población: para ese tercio, el arma es como la mujer amada, que no se puede dormir sin ella, y como la tarjeta de crédito, que sin ella no se puede salir.

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EDUARDO GALEANO. PATAS ARRIBAS. LA ESCUELA DEL MUNDO AL REVÉS.  

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