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Eduardo Galeano

Patas Arriba

Estos son tiempos de trágica, y quizá también saludable, crisis de certezas. Crisis de los que creyeron en estados que decían ser de todos pero eran de pocos, y terminaron siendo de nadie; crisis de los que creyeron en las fórmulas mágicas de la lucha armada; crisis de los que creyeron en la vía electoral, desde partidos que pasaron de la palabra ardiente a los discursos bajos de sal: partidos que empezaron prometiendo combatir el sistema y terminaron administrándolo. Son muchos los que piden disculpas por haber creído que se podía conquistar el cielo; son muchos los que fervorosamente se dedican a la borratina de sus propias huellas y se bajan de la esperanza, como si la esperanza fuera un caballo cansado. Fin de siglo, fin del milenio: ¿fin del mundo? ¿Cuántos aires no envenenados nos quedan todavía? ¿Cuántas tierras no arrasadas, cuántas aguas no muertas? ¿Cuántas almas no enfermas? En su versión hebrea, la palabra enfermo significa sin proyecto, y ésta es la más grave enfermedad entre las muchas pestes de estos tiempos. Pero alguien, quién sabe quién, escribió al pasar, en un muro de la ciudad de Bogotá: Dejemos el pesimismo para tiempos mejores. En lengua castellana decimos, cuando se nos ocurre decir que tenemos esperanzas: abrigamos esperanzas. Linda expresión, lindo desafío: abrigarla, para que ella no se nos muera de frío en estas implacables intemperies de los tiempos que corren. Según una encuesta reciente, realizada en diecisiete países latinoamericanos, tres de cada cuatro personas dicen que su situación está estancada o que está empeorando. ¿Habrá que aceptar la desgracia como se acepta el invierno o la muerte? Ya va siendo hora de que los latinoamericanos empecemos a preguntarnos si vamos a resignarnos a padecer la vida y a ser nada más que la criatura del norte. ¿No más que un espejo que multiplica las deformaciones de la imagen original? ¿El sálvese quien pueda empeorado hasta el muérase quien no pueda? ¿Multitudes de perdedores en una carrera que expulsa de la pista a la mayoría de la gente? ¿El crimen convertido en matanza, la histeria urbana elevada a la locura total? ¿No tenemos otra cosa que decir y vivir? Ya casi no se escucha, afortunadamente, aquello de que la historia es infalible. A esta altura, bien sabemos que la historia se equivoca, se distrae, se duerme, se pierde. Nosotros la hacemos, y ella se nos parece. Pero ella es también, como nosotros, imprevisible. Con la historia humana ocurre lo mismo que ocurre con el fútbol: lo mejor que tiene es la capacidad de sorpresa. Contra todo pronóstico, contra toda evidencia, el chiquito pega a Los sin tierra veces tremendo baile al grandote invencible. Sebastiáo Salgado los fotografió, Chico Buarque los cantó, José Saramago los escribió: cinco millones de familias de campesinos sin tierra deambulan, vagando entre el sueño y la desesperación, por las desiertas inmensidades de Brasil. Muchos de ellos se han organizado en el Movimiento de los Sin Tierra. Desde los Latinoamericanos campamentos, improvisados a las orillas de las carreteras, se desprenden ríos de gente que a través de la avanzan, sobre loslalatifundios Rompen el candado, abren Dicen quenoche hemos faltadoena silencio, nuestra cita con Historia, yvacíos. hay que reconocer que nosotros la tranquera, entran. A veces los reciben, a balazos, los pistoleros o los soldados, que son los llegamos tarde a todas las citas. únicos que trabajan en esas tierras no trabajadas. Tampoco hemos podido tomar el poder, y la verdad es que a veces nos perdemos por el El Movimiento de los Sin de Tierra es culpable: no sólo respeta el de propiedad camino o nos equivocamos dirección, y después nosnoechamos underecho largo discurso sobre de el los zánganos, sino que además, para colmo, tampoco respeta el deber nacional: los sin tierra tema. cultivan alimentos en las tierras que conquistan, aunque el Banco Mundial manda que los países delLos sur no produzcan su propia comida sean sumisos del vagabundos, mercado internacional. latinoamericanos tenemos una yjodida fama de mendigos charlatanes, buscabroncas, calentones y fiesteros, y por algo será. Nos han enseñado que, por ley del mercado, lo que no tiene precio no tiene valor, y sabemos que nuestra cotización no es muy alta. Sin embargo, nuestro fino olfato para los negocios nos hace pagar por todo lo que vendemos y nos permite comprar todos los espejos que nos traicionan la cara. Página 188 de 209 Llevamos quinientos años aprendiendo a odiarnos entre nosotros y a trabajar con alma y vida por nuestra propia perdición, y en eso estamos; pero todavía no hemos podido corregir nuestra

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EDUARDO GALEANO. PATAS ARRIBAS. LA ESCUELA DEL MUNDO AL REVÉS.  

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