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Eduardo Galeano

Patas Arriba

consolidar la democracia, debemos modernizar la economía, no hay más remedio que adaptarse a la realidad. La realidad dice, sin embargo, que la paz sin justicia, esa paz que hoy por hoy estamos disfrutando en América latina, es un campo de cultivo de la violencia. En Colombia, el país que más violencia sufre, el ochenta y cinco por ciento de los muertos es víctima de la llamada violencia común, y sólo el quince por ciento muere por la llamada violencia política. ¿No será que la violencia común expresa, de alguna manera, la impotencia política de las sociedades que no han podido fundar una paz digna de su nombre? La historia es contundente: el veto norteamericano ha prohibido, o ha acorralado hasta la asfixia, muchas de las experiencias políticas que han intentado arrancar las raíces de la violencia. La justicia y la solidaridad han sido condenadas como agresiones foráneas contra los fundamentos de la civilización occidental y, sin pelos en la lengua, se ha dejado bien clarito que la democracia tiene fronteras, y cuidado con pisar la raya. Ésta es una historia muy larga, pero no viene mal recordar, al menos, los ejemplos recientes de Chile, Nicaragua y Cuba. A principios de los años setenta, cuando Chile intentó tomarse la democracia en serio, Henry Kissinger puso, desde la Casa Blanca, los puntos sobre las íes, y anunció el castigo de esta imperdonable osadía: -Yo no veo por qué –advirtió- tendríamos que quedarnos cruzados de brazos ante un país que se vuelve comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo. El proceso que desembocó en el cuartelazo del general Pinochet ha dejado en el aire algunas preguntas, que ya casi nadie se formula, a propósito de las relaciones entre los países de las Américas y la desigualdad de sus derechos: ¿Hubiera sido normal que el presidente Allende dijera que el presidente Nixon no era aceptable para Chile, como con toda normalidad el presidente Nixon dijo que el presidente Allende no era aceptable para los Estados Unidos? ¿Hubiera sido normal que Chile hubiera organizado un bloqueo internacional de créditos y de inversiones contra los Estados Unidos? ¿Hubiera sido normal que Chile hubiera comprado políticos, periodistas y militares norteamericanos, y los hubiera empujado a ahogar en sangre la democracia? ¿Y si Allende hubiera articulado un golpe de estado para impedir la asunción de Nixon, y otro golpe de estado para derribarlo? Las grandes potencias que gobiernan al mundo ejercen la delincuencia internacional con impunidad y sin remordimientos. Sus crímenes no conducen a la silla eléctrica, sino a los tronos del poder; y la delincuencia del poder es la mamá de todas las delincuencias. Con diez años de guerra fue castigada Nicaragua, cuando cometió la insolencia de ser Nicaragua. Un ejército reclutado, entrenado, armado y orientado por los Estados Unidos atormentó al país, durante los años ochenta, mientras una campaña de envenenamiento de la opinión pública mundial confundía al proyecto sandinista con una conspiración tramada en los sótanos del Kremlin. Pero no se atacó a Nicaragua porque fuera el satélite de una gran potencia, sino para que volviera a serlo; no se atacó a Nicaragua porque no fuera democrática, sino para que no lo fuera. En plena guerra, la revolución sandinista había alfabetizado a medio millón de personas, había abatido la mortalidad infantil en un tercio y había desatado la energía solidaria y la vocación de justicia de muchísima gente. Ése fue su desafío, y ésa fue su maldición. Al fin, los sandinistas perdieron las elecciones, por el cansancio de la guerra extenuante y devastadora. Y después, como suele ocurrir, algunos

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EDUARDO GALEANO. PATAS ARRIBAS. LA ESCUELA DEL MUNDO AL REVÉS.  

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