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Eduardo Galeano

Patas Arriba

norteamericanas, en 1980, y también los responsables del crimen de los seis sacerdotes jesuitas acribillados en 1989. El Pentágono había negado siempre sus derechos de autor en los manuales que, por fin, reconoció suyos. La confesión era un notición, pero pocos fueron los que se enteraron y muchos menos los que se indignaron: la primera potencia del mundo, el país modelo, la democracia más envidiada y más imitada, reconocía que sus viveros militares habían estado criando especialistas en la violación de los derechos humanos. En 1996, el Pentágono prometió corregir el error, con la misma seriedad con que lo había practicado. A principios del 98, veintidós culpables fueron condenados a seis meses de cárcel y al pago de multas: eran veintidós ciudadanos norteamericanos que habían cometido la atrocidad de meterse en Fort Benning para realizar una procesión funeraria en memoria de las víctimas de la Escuela de las Américas. El crimen y los ecos En 1995, dos países latinoamericanos, Guatemala y Chile, atrajeron la atención de los diarios de los Estados Unidos, cosa que no era para nada habitual. La prensa reveló que un coronel guatemalteco, acusado de dos crímenes, cobraba sueldo de la CIA desde hacía muchos años. Ese coronel estaba acusado del asesinato de un ciudadano de los Estados Unidos y del marido de una ciudadana de los Estados Unidos. La prensa prestó poca o ninguna importancia a los miles y miles de otros crímenes cometidos, desde 1954, por las numerosas dictaduras militares que los Estados Unidos habían ido poniendo y sacando en Guatemala, a partir del día en que la CIA volteó al gobierno democrático de Jacobo Arbenz, con el visto bueno del presidente Eisenhower. El largo ciclo del horror había tenido su auge en las matanzas de los años ochenta: por entonces, los oficiales recompensaban a los soldados que traían un par de orejas, colgándoles del cuello una cadenita con una hoja dorada de roble. Pero las víctimas de este proceso de más de cuarenta años -la mayor cantidad de muertos de la segunda mitad del siglo veinte en todo el mapa de las Américas- eran guatemaltecos, y además, para colmo del desprecio, eran, en su mayoría, indígenas. Mientras revelaban lo del coronel en Guatemala, los diarios norteamericanos informaron que dos altos oficiales de la dictadura de Pinochet habían sido condenados a prisión en Chile. El asesinato de Osvaldo Letelier constituía una de las excepciones a la norma latinoamericana de la impunidad, pero este detalle no llamó la atención de los periodistas: la dictadura había asesinado a Letelier, y a su secretaria norteamericana, en la ciudad de Washington. ¿Qué hubiera ocurrido si hubieran caído en Santiago de Chile, o en cualquier otra ciudad latinoamericana? ¿Qué ocurrió con el general chileno Carlos Prats, impunemente asesinado junto con su esposa, también chilena, en Buenos Aires, en un atentado idéntico al que mató a Letelier? Hasta mediados del 98, más de veinte años después, no había novedades.

Fuentes consultadas Bañales, Jorge A., «La lenta confirmación». En Brecha, Montevideo, 27 de setiembre de 1996.

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EDUARDO GALEANO. PATAS ARRIBAS. LA ESCUELA DEL MUNDO AL REVÉS.  

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