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Eduardo Galeano

Patas Arriba

Concluida su dictadura, Pinochet siguió siendo jefe del ejército. Y en 1998, a la hora de jubilarse, se incorporó al paisaje civil del país: pasó a ser senador de la república, por mandato propio, hasta el fin de sus días. En las calles estalló la protesta, pero el general ocupó tan campante su banca en el senado, sordo a nada que no fuera el himno militar que cantaba sus hazañas. Razones no le faltaban para la sordera: al fin y al cabo, el 11 de septiembre, día del golpe de estado que en 1973 había acabado con la democracia, se celebró durante un cuarto de siglo, hasta 1998, como fiesta nacional, y todavía da nombre a una de las principales avenidas del centro de Santiago de Chile. El crimen y el castigo A mediados de 1978, mientras la selección argentina ganaba el campeonato mundial de fútbol, la dictadura militar arrojaba sus prisioneros, vivos, al fondo del océano. Los aviones despegaban desde Aeroparque, bien cerca del estadio donde ocurrió la consagración deportiva. No es mucha la gente que nace con esa incómoda glándula llamada conciencia, que impide dormir a pata suelta y sin otra molestia que los mosquitos del verano; pero a veces se da. Cuando el capitán Alfonso Scilingo reveló a sus superiores que no podía dormir sin lexotanil o borrachera, ellos le sugirieron un tratamiento psiquiátrico. A principios de 1995, el capitán Scilingo decidió hacer una confesión pública: dijo que él había echado al mar a treinta personas. Y denunció que a lo largo de dos años habían sido entre mil quinientos y dos mil los prisioneros políticos que la Marina argentina había enviado a las bocas de los tiburones. Después de su confesión, Scilingo fue preso. No por haber asesinado a treinta personas, sino por haber firmado un cheque sin fondos. El crimen y el silencio El 20 de setiembre de 1996, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos hizo también una confesión pública. Ninguno de los medios masivos de comunicación otorgó al asunto mayor importancia, y la noticia tuvo poca o ninguna difusión internacional. Las máximas autoridades militares de los Estados Unidos reconocieron ese día que habían cometido «un error»: habían instruido a los militares latinoamericanos en las técnicas de la amenaza, la extorsión, la tortura, el secuestro y el asesinato, mediante manuales que se habían utilizado en la Escuela de las Américas de Fort Benning, en Georgia, y en el Comando Sur de Panamá, entre 1982 y 1991. El error había durado una década, pero no se decía cuántos oficiales latinoamericanos habían recibido la equivocada enseñanza, ni cuáles habían sido las consecuencias. En realidad, ya se había denunciado ante, mil veces, y se siguió denunciando después, que el Pentágono fabrica dictadores, torturadores y criminales en las clases que dicta desde hace medio siglo, y que ya han tenido por alumnos a unos sesenta mil militares latinoamericanos. Muchos de los alumnos, que se convirtieron en dictadores o en exterminadores públicos, han dejado un imborrable rastro de sangre al sur del río Bravo. Por citar el caso de un solo país, El Salvador, y por no dar más que unos pocos ejemplos de una lista interminable, eran graduados de la Escuela de las Américas casi todos los oficiales responsables del asesinato de monseñor Romero y de las cuatro monjas

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EDUARDO GALEANO. PATAS ARRIBAS. LA ESCUELA DEL MUNDO AL REVÉS.  

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