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Eduardo Galeano

Patas Arriba

creciente exigía más y más mano de obra, y poco importaba que los brazos fueran extranjeros, mientras trabajaran mucho y cobraran poco. En los años del estancamiento, o del crecimiento enfermo y amenazado por la crisis, los huéspedes inevitables se han vuelto intrusos indeseables: huelen mal, hacen ruido y quitan empleos. Esos trabajadores, chivos emisarios de la desocupación y de todas las desgracias, están también condenados al miedo. Varias espadas penden sobre sus cabezas: la siempre inminente expulsión del país adonde han llegado, huyendo de la vida penosa, y la siempre posible explosión del racismo, sus advertencias sangrientas, sus castigos: turcos incendiados, árabes acuchillados, negros baleados, mexicanos apaleados. Los inmigrantes pobres realizan las tareas más pesadas y peor pagadas, en los campos y en las calles. Después de las horas de trabajo, vienen las horas de peligro. Ninguna tinta mágica los baña para hacerlos invisibles. Paradójicamente, muchos trabajadores del sur del mundo emigran al norte, o intentan contra viento y marea esa aventura prohibida, mientras muchas fábricas del norte emigran al sur. El dinero y la gente se cruzan en el camino. El dinero de los países ricos viaja hacia los países pobres atraído por los jornales de un dólar y las jornadas sin horarios, y los trabajadores de los países pobres viajan, o quisieran viajar, hacia los países ricos, atraídos por las imágenes de felicidad que la publicidad ofrece o la esperanza inventa. El dinero viaja sin aduanas ni problemas; lo reciben besos y flores y sones de trompetas. Los trabajadores que emigran, en cambio, emprenden una odisea que a veces termina en las profundidades del mar Mediterráneo o del mar Caribe, o en los pedregales del río Bravo. En otras épocas, mientras Roma se apoderaba de todo el Mediterráneo y mucho más, los ejércitos regresaban arrastrando caravanas de prisioneros de guerra. Esos prisioneros se convertían en esclavos, y la cacería de esclavos empobrecía a los trabajadores libres. Cuantos más esclavos había en Roma, más caían los salarios y más difícil resultaba encontrar empleo. Dos mil años después, el empresario argentino Enrique Pescarmona hizo una verdadera alabanza de la globalización: -Los asiáticos trabajan veinte horas al día -declaró- por ochenta dólares al mes. Si quiero competir, tengo que recurrir a ellos. Es el mundo globalizado. Las chicas filipinas, en nuestras oficinas en Hong Kong, están siempre dispuestas. No hay sábados ni domingos. Si se tienen que quedar varios días de corrido sin dormir, lo hacen, y no cobran horas extras ni piden nunca nada. Unos meses antes de esta elegía, se había incendiado una fábrica de muñecas en Bangkok. Las obreras, que ganaban menos de un dólar por día, y comían y dormían en la fábrica, murieron quemadas vivas. La fábrica estaba cerrada por fuera, como los barracones en la época de la esclavitud. Son numerosas las industrias que emigran a los países pobres, en busca de brazos, que los hay baratísimos y en abundancia. Los gobiernos de esos países pobres dan la bienvenida a las nuevas fuentes de trabajo, que en bandeja de plata traen los mesías del progreso. Pero en muchos de esos países pobres, el nuevo proletariado fabril labora en condiciones que evocan el nombre que el trabajo tenía en tiempos del Renacimiento: tripalium, que era también el nombre de un instrumento de tortura. El precio de una camiseta con la imagen de la princesa Pocahontas, vendida por la casa Disney, equivale al salario de una semana del obrero que ha cosido esa camiseta en Haití, a un ritmo de 375 camisetas por hora. Haití fue el primer país en el mundo que abolió la esclavitud; y dos siglos después de aquella hazaña, que muchos muertos costó, el país padece la esclavitud

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EDUARDO GALEANO. PATAS ARRIBAS. LA ESCUELA DEL MUNDO AL REVÉS.  

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