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COLUMNA

RECORDANDO A...

Vacaciones sin lectores

Tan humano lo sentí, que me enajené, no escuché ni la lluvia ni el llamado a comer, y cada emoción que él sentía la sentía yo junto con él. Sí, eso sucede cuando se escribe bien… Pero es que ocurrió algo inédito en mi experiencia de niña come-libros: por primera vez en mi vida lancé una carcajada al leer. Y página a página mi risa comenzó a inundar el diario de vida de ese niño flaco y orejudo que me contaba cosas tan entretenidas. No es que fuera algo fantástico lo que me decía, él no era un héroe ni un súper dotado… me gustaba justamente por lo contrario: las cosas que le sucedían podían haberle pasado a esos miles de niños que seguramente devoraban sus aventuras en distintos lugares de Chile… ¡Me gustaba porque era absolutamente libre al narrar! ¡Y sobre todo porque no pretendía enseñarme nada!

Maili Ow González

Profesora de Literatura Infantil Facultad de Educación UC

Según el último estudio de Fundación La Fuente sobre Hábitos de lectura, tenencia y compra de libros (julio de 2010), las vacaciones constituyen un momento habitual de lectura para los chilenos, con un porcentaje promedio de 7,8% en todo tipo de lectores y un 14,1% entre los ocasionales. Este estudio, sin embargo, se realiza durante el año laboral y con sujetos mayores de 18 años. ¿Cuál es la situación de los lectores en formación –infantiles y juveniles– durante las vacaciones? De qué manera nuestro sistema literario (editoriales, librerías, editores y mediadores) se hace cargo del período estival? Si muchos lectores en formación se desplazan a la playa, el campo, la montaña u otros sitios de descanso, ¿van los libros con ellos? Y si no los llevan, ¿qué posibilidades tienen de acceder a literatura? Vamos por parte.

Yo, que estaba acostumbrada a que me corrigieran permanentemente mi forma de hablar, me encontraba con la genial soltura de un niño que no me miraba de hito en hito, sino de hipo en hipo, con alguien que no aparecía hipsofactus, sino hipsoflatus y no me dejaba perpleja, sino putrefacta. Y yo, en mi dentror, me quedaba paralela y pensarosa porque a lo peor algotras personas podrían decir que esos libros no me convenían para mi lenguaje… y eso me daba tilimbre. Y ahora vuelvo al presente, a mi edad, para aplaudir a esa escritora que una mañana comenzó a escribir en un cuaderno y logró el milagro: quitar a la literatura infantil el pañal y el chupete y ponerle pantalones largos. Lo logró con un lenguaje que no sólo revelaba su humor, sino a través de su ingenio, también dejaba ver su capacidad creadora y dotes de maga para recrear, traducir y entender la mezcla de viveza e ingenuidad, rebeldía y ternura que tienen los niños. Porque leerla fue –y es– presenciar el espectáculo del lenguaje más risueño de las letras chilenas. Y demostrar que ser niño no es ser tan sólo un futuro hombre sino, por el contrario, preguntarnos con algo de tristeza si no somos otra cosa que un antiguo niño. Papelucho Papelucho en la clínica Mi hermana Ji Papelucho y el marciano ¿Soy dix-leso? Autor: Marcela Paz Ilustraciones de Rommy Rivera Sello Sudamericana (RHM), 2009

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Pensemos en los lectores infantiles y juveniles. Salvo casos muy excepcionales en los que es posible verlos leyendo en vacaciones, lo común es que la literatura no esté dentro de sus alternativas de recreación. Esto, querámoslo o no, es fruto del modo en que los hemos aproximado a los libros, ya que la mayor parte de las veces los títulos no son seleccionados por ellos y tampoco están vinculados a la diversión. Podríamos hablar de una consecuencia no esperada de la escolarización de la lectura: nuestros niños y jóvenes, lamentablemente, no han sido formados como sujetos con iniciativa y opinión literarias. No nos extrañe entonces que tengamos vacaciones sin lectores. El panorama es todavía menos auspicioso si nos detenemos en las librerías de provincia, ¿existen en las zonas de vacaciones? Con más precisión aún, ¿acaso las hay en todas las ciu-

dades? Lo más común es que para acceder a un libro tengamos que recurrir a las ferias, y no necesariamente a las del libro que se realizan en los principales balnearios del país. Muchas veces al visitar uno de estos eventos anuales nos encontramos con una oferta limitadísima en el segmento infantil-juvenil y con una escasa o casi nula representatividad de editoriales que publican libros para estos lectores. ¿Por qué las editoriales y librerías limitan sus ofertas para niños y jóvenes? ¿Por qué es más fácil encontrar best sellers, sagas y clásicos en los puestos de libros usados o en los que venden textos piratas? Sabido es que desde hace ya bastante tiempo los niños se han transformado en sujetos comerciales y que el mercado apela a ellos como consumidores directos e indirectos, entonces ¿por qué no hay oferta literaria que los seduzca? Nuevamente, pareciera que la lectura para estas edades estuviera confinada a las paredes escolares y como éstas están de vacaciones, editoriales y librerías apuntan a otros lectores. Por último, mirémonos como mediadores. Si somos lectores, seguramente en nuestras maletas hemos puesto un libro o hemos intentado comprar uno en las ya mencionadas ferias. Pero, ¿qué hemos hecho por los niños y jóvenes a los que introducimos en la literatura? Si somos profesores, ¿hemos recomendado lecturas variadas, entretenidas, desafiantes y curiosas o hemos preferido que los lectores “descansen en vacaciones”? Aunque como padres y adultos no tenemos una responsabilidad profesional, ésta es clave e incluso fundamental. Otra pregunta inquietante: ¿estamos dispuestos a invertir en libros de calidad en vacaciones para nuestros niños y jóvenes o el presupuesto para libros comienza en marzo? En suma, las vacaciones sin lectores infantiles y juveniles es una muestra más de la precariedad de nuestro sistema literario y de lo lejos que estamos de formar lectores que elijan leer sin que se espere nada a cambio.

mow@uc.cl

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Había Una Vez n°6  

Sexto numero de la revista de la fundación Había Una Vez

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