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? s o m e e l ¿Qué

rieto P a c i n ó r e V Mazapán Grupo

Como una de las integrantes de Mazapán y compositora de algunos clásicos del grupo como “El globito” y “El caracol Agustín”, Verónica Prieto lleva décadas ligada al mundo de la creación infantil. En forma paralela a la música, ha publicado además tres libros para niños en los que ha dejado plasmada su pasión por las letras, la misma que hoy trata de inculcar a sus nietos más pequeños. “Este verano invité a mis siete nietos a veranear a la playa. Cuando abrimos las maletas me llevé una gran sorpresa: en la de Lucas (10 años) los libros salían entre medio de calcetines, pantalones y calzoncillos. Y fui leyendo títulos como El señor de los anillos, Asterix y Obelix, algunos de la saga Leyenda de los Otori y El Hobbit. Luego ayudé a Miguel (8 años) a ordenar y me encontré con unos títulos de Megan McDonald, como Stink, el increíble niño menguante. Después fui donde mis otros nietos (7, 5 y 2 años), pero cuando abrí sus mochilas sólo vi poleras, pantalones y un mono de peluche. Les cuento un secreto: mis nietos cargados de libros (los mayores) no tienen televisor en la casa, una opción de sus padres en que ellos se han involucrado sin problema.

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Después de esta sorpresa encargué rápidamente que me trajeran de mi pequeña biblioteca infantil Las vacaciones del pequeño Nicolás, de Goscinny y Sempé; algunos títulos de la colección Torre de papel, como Julito Cabello y los zombis enamorados; varios de Oliver Jeffers; otros de Mauricio Paredes, Olivia y La sopa quema, libro encantador para los más chiquititos. Así, todas las noches, antes de dormir, les leía un cuento escogido por ellos. Una tarde, Emilia, Pedro y Tomás llegaron con el pijama puesto y me dijeron: -Ya abuela, es la hora del cuento. Miré el reloj y eran apenas las seis y media de la tarde. Con sus ojos bien abiertos Emilia traía entre sus brazos, como si fuera un tesoro, Olivia salva el circo.

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COLUMNA

Las escalas de la mirada Claudio Iglesias Gac

Arquitecto Coordinador de Infraestructura Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas, DIBAM

Nuestra mirada de la realidad nos acompaña día a día y creemos que siempre ha sido de la misma manera. No recordamos, por ejemplo, que al nacer veíamos en forma borrosa y desde esa nebulosa comenzábamos a desarrollar nuestros ojos, aprendiendo primero a ver la luz, para luego reconocer objetos en movimiento que como puertas nos conectan a estímulos del mundo exterior, creando historias e imágenes en nuestra imaginación. Desde la mirada. Es así como la mirada pequeña de un niño tiene una síntesis que generalmente nos deja mudos, con un mundo

análogas o digitales, sirven como intermediaras entre la historia y el niño en la experiencia física de descubrir el mundo, práctica necesaria para el desarrollo del lenguaje hacia los signos y la palabra hablada y escrita. Desde la biblioteca. ¿Pero dónde podemos ubicar esos objetos que contienen historias, esos libros-peluche, de goma o mecánicos? ¿Dónde estacionamos la caja-nave espacial? La biblioteca pública y la sala infantil pueden sostener todos esos pequeños grandes mundos. Es el lugar donde el tamaño de las cosas es hecho para niños, con sillas y mesas a su escala como punto de partida para la imaginación. Es el lugar donde el niño puede escuchar, mirar, jugar, expresar, arrastrarse, reír, morder y convertir cajas en naves espaciales. Es donde los niños hacen su propia re-lectura de la silenciosa biblioteca, transformándola. Con eso logramos crear un lugar que contiene

La biblioteca pública y la sala infantil pueden sostener todos esos pequeños grandes mundos. (…) Es el lugar donde el niño puede escuchar, mirar, jugar, expresar, arrastrarse, reír, morder y convertir cajas en naves espaciales. inmenso para vivir y escuchar. De un momento a otro una caja de cartón se convierte en una veloz nave espacial. Es la imaginación del niño la que cambia el significado del mundo real. Si al nacer con suerte podíamos reconocer la luz, ya un poco más grandes logramos cambiar la condición de los objetos que nos enseñó la realidad. El niño nos enseña a re-leer el mundo desde su imaginación como lo hace con la caja de cartón. Desde los libros. Cada edad construye una escala de mirada a partir de esas re-lecturas de la realidad. El libro, con sus distintos formatos, es el objeto que permite contenerlas y expulsarlas a partir de cada etapa de desarrollo y nivel de interés. En la niñez el libro tradicional se transforma en el objeto-libro, como libros-peluche con superficies suaves, libros para masticar con hojas de goma, libros mecánicos con figuras en movimiento. Esas superficies, que pueden ser

un lazo invisible que los niños y sus miradas guardarán por siempre al momento de volver a sus casas construidas con reglas y tamaños de “gente grande”, para que con el tiempo esas historias puedan perdurar una vez que sean parte del mundo adulto, sin dejar de mirar. Y el mundo adulto se encuentra con el pequeño en una sala infantil de la biblioteca pública. Ocurre una instancia que no sucede en otros lugares: la madre y el padre, al contarle un cuento, se sientan en una pequeña silla a la misma altura que el hijo, en una posición incómoda, algo ridícula para un adulto, pero es una imagen bella; un momento de igualdad de escala para comunicarse con el lenguaje de su niño. Una acción física que representa una dislocación de la clásica estructura social de autoridad de los padres. Pareciera que es sólo leer un libro. Pero es más que eso. Es reconocer otras escalas para que la mirada siga creciendo.

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Había Una Vez n°6  

Sexto numero de la revista de la fundación Había Una Vez

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