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é u q r o P ¿ soy lector?

Seguramente cuando me asomó mi primer diente, o cuando me largué a caminar sola, la familia debió celebrar tales acontecimientos como extraordinarios. Pero nadie se asombró ni hizo comentario alguno cuando esa misma niñita, con apenas tres años, se apoderó de un antiguo ejemplar y se puso a leer la historia de los persas. Misterio jamás resuelto. No recuerdo cómo aprendí a leer ni quién me enseñó. Como no podía seguir aferrada a ese libro, mi tío Marcos me alejó de él regalándome varios números de El Peneca, que conservaba desde niño. Sin duda esa revista –más que ninguna otra– me reveló la magia de la palabra escrita, incentivó mi imaginación y me inculcó valores. Y las ilustraciones de Coré acentuaron la belleza y la comprensión del relato recién leído.

Enriqueta Flores Escritora

LINK Había una Vez 8 | ¿Por qué soy lector?

El Peneca introdujo a todos los niños de entonces en un mundo diferente y nos hizo soñar más allá de sus páginas. Sentada en la posición del loto, sobre una alfombra o un cojín, con la muñeca de cartón piedra a un lado y, al otro, mi gato Fuche durmiendo, pasaba horas leyendo los libros que acompañaron mi vida de niña sola. Me conmovió Corazón, de Amicis. Reí con las historias del semanario Marujita de 1935, con elfos, colegiales, gigantes y geniecillos, o con las aventuras de Chascón contra Tarzán aparecidas en 1936.

enriqueta.flores@gmail.com

No olvido mi asombro cuando al abrir el cuento de los tres chanchitos y el lobo feroz, saltaron de sus páginas los personajes, con su entorno real, tocando los cerditos la flauta, el violín y el piano, mientras el lobo soplaba y soplaba en vano tratando de derrumbar su casa de ladrillos. Y en cada hoja, el relato escrito, breve y preciso. Tampoco podré olvidar el terror que me invadió cuando empecé a leer Alicia en el país de las maravillas: me parecieron absurdas las situaciones descritas y enajenantes sus ilustraciones. Fue la única vez en que abandoné una lectura y escondí un libro. Lo que jamás volvió a suceder con los que escribieran Marta Brunet, Damita Duende, Selma Lagerlof, Oscar Wilde y tantos otros. Y cuando tenía nueve años, mis padres me regalaron los veinte tomos, empastados de rojo, de la Biblioteca Patria y uno solitario de los Episodios Nacionales de Liborio Brieba que me transportaron en forma amena y gráfica por los caminos de nuestra historia. Y junto a los más amados recuerdos de mi infancia, está la cajita de latón vacía que un día albergó los cien cuentos de Calleja. Allí está, deslucida por el tiempo. Como yo.

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Había Una Vez n°6  

Sexto numero de la revista de la fundación Había Una Vez

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