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Te guste o no, las estadísticas de Miguel Cabrera hacen que los medios siempre lo persigan.

Tratar con cuidado | Miguel Cabrera hablamos un poco extraoficialmente. Pero Cabrera está cómodo con nuestro primer tema, junto a su agente de más de seis años, Diego Bentz. “Me encantan las películas –dice–. Todo comenzó cuando conocí a mi novia en Venezuela”. Esa muchacha, ahora su esposa, Rosangel, tenía 13 años en ese entonces. Los adolescentes tenían la mayoría de sus citas en el cine, y seis años después de que se conocieron, Cabrera, para ese entonces un Marlin, regresó a Venezuela a reclamar a la única mujer que ha amado. “Como éramos tan jóvenes –dice Cabrera–, a su familia no le gustó. Pero nosotros dijimos: ‘Esto es lo que queremos’”. Miguel y Rosangel se casaron por la iglesia. Cabrera es un niño grande. Y a los chicos les gusta compartir entre ellos. “Están felices –dice–, te hacen feliz”. Y, quizá lo más

importante para Cabrera, sus intenciones se entienden con facilidad. “Ellos siempre dicen la verdad; no es así con los adultos. Cuando creces –dice–, la gente no habla con la verdad; uno lo ve. Cuando confías en la gente, los ayudas”. Entonces continúa: “Ellos hacen algo malo”. Cabrera no estaba agitado cuando lo dijo, y en este momento parecía hablar de una letanía de traiciones, el tipo que tienen cuando eres joven, famoso y precavido. La confianza es un tema al que Cabrera regresa con frecuencia. La confianza, insiste, es el porqué su círculo íntimo se limita a amistades de antaño de Maracay. Le pregunté a Cabrera si había sido traicionado por alguien en particular. Bentz dio una mano: “Cuando Miguel se subió al avión para ir a los Estados Unidos, era un muchacho que iba a conocer un nuevo

idioma, una nueva cultura, una nueva presión. Entonces gana la Serie Mundial. Ahora todo el mundo quiere algo, aquí y en Venezuela. Miguel es leal. Espera lo mismo de los demás”. Cabrera no elabora, excepto para decir que, para él, “el béisbol fue fácil. El afuera es la parte difícil”. Pero cuando Cabrera estaba más cómodo en Miami, al igual que los oídos indulgentes de sus compañeros de equipo, él era rechazado por los Marlins. En diciembre de 2007, luego de su quinta temporada con el club, él comenta en tono bajo: “Estaba manejando y el gerente general y el manager me llaman y me dicen que fui cambiado a los Tigres. Pregunté ¿por qué? ‘Yo no me quiero ir. Me quiero quedar. Me siento cómodo’. Ellos dijeron que así funcionaban las cosas”. A Cabrera le terminaría encantando Detroit; no el frío, pero sí los “humildes valores” de la organización y de los locales. Yo repetidamente le ofrezco a Cabrera un tiempo pedido de cortesía. En cada ocasión me responde con un “Estoy bien”. Falta una hora antes de que pidamos el almuerzo, y cuando le llegó la comida –un mero con una papa asada–, la ignoró, y no por un problema de peso. Cabrera se ríe ante nuestra obsesión con el peso. “¡Cuando me dicen gordo por estar en las 255 libras, y peso más que eso, y cuando dicen que rebajé 25 libras!” (“Pequeño Gordito”, como

Cabrera y su compañero de equipo Prince Fielder (izq.) El jugador de los Tigres de Detroit con su hija Isabella (arriba).

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ESPN Deportes / Septiembre 2013

Fotos: (de IZQ. a der.) JIM MONE/AP IMAGES y JOHN MUNSON/THE STAR-LEDGER/USA TODAY SPORTS

A los 16 años, Cabrera firmó con los Marlins por

1.8 millones de dólares.

le dice Leyland, pesa 268 libras ahora, y el capitán está bien con ello). Cabrera está envuelto ahora, nos estamos riendo tanto como hablamos. Pero hemos estado hablando por dos horas y tengo un último tema por discutir, su altamente publicitada cicatriz, el abuso de alcohol. En 2009, en medio de la carrera de los playoffs, estuvo detenido por un altercado con Rosangel, y cuando la policía le hizo una prueba, su nivel de alcohol en la sangre era de 0.26. La policía no lo pudo identificar como el agresor y ningún cargo fue levantado–. La mañana en que fue liberado. Cabrera comenzó una consejería, pero recayó en febrero de 2011. Según un reporte publicado por la oficina del procurador del estado de Florida, el problema comenzó en un restaurante en Fort Pierce, Florida, cuando Cabrera amenazó al personal: “¡Los mataré a todos y volaré este lugar en pedazos!”. Luego se resistió a agentes de policía con violencia. Se declaró nolo contendere contra el cargo de conducir alcoholizado, y el cargo por resistencia fue retirado. Fue sentenciado a probatoria y a pagar 1,436.23 dólares.

Le pregunto a Cabrera si puede manejar el estar cerca de alcohol. “Puedo estar cerca –me contesta–. Déjame decirte lo siguiente: cuando uno está allá en casa, en Venezuela, todo el mundo está bebiendo”. A los venezolanos les gusta hacer parrilladas, y por lo regular, Cabrera es el anfitrión de las parrilladas para sus amigos venezolanos. “¿Y qué con el alcohol?” “Soy capaz de mantenerme fuerte y decir no. No tengo problema con eso”. Y “¿qué llevó a ese incidente de 2009?” Mi pregunta agita a Cabrera. Bentz y él hablan en español. “Salí de fiesta, tuve un mal día en mi casa. ¿Tú nunca te emborrachas?” –suelta Cabrera–. “Todo el tiempo” –le ofrezco como respuesta–. Cabrera no se ríe. “¿Qué llevó a ese incidente de 2011? ¿Otro día malo?” Luego de una segunda conversación aparte con su agente, Cabrera dice: “Fue una llamada de alerta”. Bentz había escuchado suficiente: “¿Qué es lo que estás intentando unir aquí?” “Estoy tratando de entender qué fue lo que llevó al incidente”. “El motor explotó –dice Bentz–. Él estaba manejando y se averió el auto”. “Estoy hablando del cargo por conducir bajo los influjos del alcohol” “Ése

es el incidente” –interrumpe Bentz. Mirando a Cabrera, le pregunto: “¿Es éste un problema que resolviste?” Bentz me pide que apague mi grabadora para tener una conversación extraoficial. Cuando la vuelvo a encender, Cabrera simplemente dice: “Yo no bebo”. La entrevista había finalizado, habían llamado al camarero. Leí las indirectas y le agradecí a Cabrera por su tiempo. “Gracias”, murmuró. Reté a un hombre que detesta ser abochornado y posee un disgusto patológico hacia gente desconocida. Cabrera aceptó que entrara en su burbuja y ahora teme que malinterprete sus palabras, muy pocas de las cuales fueron acerca de su pasado con la bebida, y lo convierta en una historia sobre su pasado con la bebida. “Por esto no acepto entrevistas –había dicho en nuestra conversación mientras almorzábamos–. Siempre preguntan lo mismo, es lo único que quieren saber”. Tal vez está en lo correcto al dudar en lo que le vale el dejarnos entrar. Tal vez le va mejor siendo el toletero que es, con la esperanza de que sus habilidades en el campo harán que el resto de lo que ha pasado termine abajo en la lista de resultados de Internet.

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ESPN Deportes La Revista - Septiembre 2013  

La edición de septiembre 2013 de ESPN Deportes La Revista. Esta edición tiene en portada al crack brasileño Neymar. Además del reportaje de...