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“A medio camino”

un relato de

Gustavo Gall


Capítulo Diecinueve “Para siempre es mucho tiempo”

Me acerqué al policía que continuaba sentado sobre el asfalto con la cabeza metida entre sus rodillas, y me senté en cuclillas a unos dos metros delante suyo. Por un momento sentí compasión de él, parecía un hombre abatido, y no dejaba de lamentarse por haber hecho mal su trabajo. De a ratos levantaba la vista hacia mí y me enfocaba con esos ojos de perturbado. Esos ojos... de un instante a otro se teñían de blanco y se hinchaban salidos de sus órbitas, y en las intermitencias de sus ataques de furia se flagelaba pegándose capotes sobre la frente. Primero fueron cachetazos con la palma de la mano, y luego fuertes golpes de puño en la cabeza. -¡He fallado!- gritaba-. Soy un perdedor. Me dirigí hasta la guitarra destrozada. Las pegatinas adhesivas de calaveras que la chica de los collares había puesto tanto en la funda como en la mochila se habían despegado con el calor en algún momento de la tarde, y no me había dado cuenta. Eso lo explicaba todo. El policía ya no volvió a amenazarme con su arma. Él mismo había comprobado que aquello era absolutamente inútil, por tanto probó con otro recurso y se puso la punta de la pistola en la sien, apremiando con volarse la cabeza. Sinceramente no me importaba si lo hacía.

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-Si das un paso más voy a volarme los sesos. ¡Lo hago! ¡Me disparo, eh!- decía. Yo me apoyé a un lado del patrullero dejando caer el peso de mi cuerpo abatido. La sed y el cansancio me estaban matando. Quería que todo acabara de una maldita vez, que concluyera en algo, que se desenmarañara la trama y se resolviera el absurdo dilema. Porque eso es lo que era... un dilema en toda regla. Nos quedamos así, mirándonos un largo rato, pensando en cómo hacer para que el otro cediera. En ese rato su cuerpo parecía entrar en una acelerada degradación. Por momentos parecía que sufría transitorias metamorfosis, quiero decir, no puedo asegurarlo, pero eran como pantallazos en los que se rizaba y menguaba expeditamente y luego volvía a amortizar su aspecto germinal. Y entonces, cuando volvía a ser el oficial de policía que me recogió a medio camino, se trastornaba y se hostigaba, autoinculpándose de haber fracasado en su misión. -Dame eso que me tienes que dar y te doy las llaves del patrullero- propuso como último recurso. Era evidente que el tipo no tenía idea de qué era lo que debía conseguir de mí, y, al cortarle el cable del aparato de radio, el hombre había perdido toda conexión con quien le había encomendado la misión. -Está bien- dije, y saqué de mi bolsillo el recorte con la nota del cosmonauta ruso-. Aquí tienes lo que te mandaron a buscar- y coloqué el recorte sobre el capó del auto con una piedra por encima. El policía bajó el arma y se me quedó mirando con ojos de decepción. 158


-¿Qué es eso? -Ya te lo enseñé antes y no le prestaste atención... Es un artículo que habla sobre un cosmonauta que fue abandonado en el espacio. -¿Abandonado? ¿Quién lo abandonó? -Quienes lo enviaron. Él tenía una misión en el espacio y cuando la nave colapsó él quedó flotando en el espacio. Los otros dos tripulantes que le acompañaban ya habían muerto antes y él se quedó solo, abandonado, sin poder recibir ayuda. Permaneció abstraído durante un largo rato. Mientras pensaba estaba tranquilo y si estaba tranquilo no sufría esas espantosas metempsicosis repentinas. -¿Seguro que es eso?- preguntó finalmente-. ¿Cómo puedo saber que no me estás engañando? Encogí los hombros mostrando las palmas de las manos hacia arriba... -No tienes más remedio que confiar en mi palabrarespondí. -¿Acaso crees que soy estúpido? ¿Qué importancia puede tener un recorte de un periódico? Se supone que debía sacarte algo muy importante- dijo, volviendo a encañonarse en la sien con su arma . -Es importante. Más de lo que te imaginas- le respondí-. Ese pedazo de papel plastificado es mi amuleto, y fue el de mi padre también cuando estuvo en la cárcel. -¿Tu padre estuvo en la cárcel? ¿Porqué? ¿Por lo del astronauta? 159


-¡No, no! Mi padre estuvo acusado de asesinato. Sospechado de matar a mi madre- le expliqué. Me sentía exhausto, ya no podía seguir perdiendo el tiempo hablando con él. Pero el tipo no acababa de convencerse. -Dices cosas muy raras, forastero. Creo que intentas engañarme. Me hablas de un astronauta flotando en el espacio y tu padre que fue a la cárcel porque mató a tu madre y bla, bla, bla... creo que te estás inventando todas esas historias- dijo. -Te aseguro que no. Tú no puedes entenderlo, pero quien te haya enviado aquí sabe muy bien de qué estoy hablandoaseguré-. Tú llévale esto y te darán una medalla por haber cumplido con tu trabajo. Se quedó pensando. Hacía gestos negativos batiendo la cabeza como un loco y luego se daba un culatazo en la frente con su pistola. -¡Yo no soy tonto! ¡No lo soy!- gritaba- Estoy confuso, pero no soy tonto. Permanecí en silencio. Sabía que cualquier cosa que dijera de más podía estropearlo todo. El tipo estaba sumido en un ataque de pesimismo. Sentía que yo lo estaba engañando, y ciertamente lo estaba haciendo, porque lo que esos espectros querían de mí era mi libreta de notas. -Dame las llaves y cerramos el trato- insistí con cuidado. El policía seguía pegándose en la cabeza... -¡Algo no está bien! ¡Algo no está bien!- repetía. Se incorporó hasta quedar en cuatro patas en el suelo y guardó la pistola en su cartuchera. Se levantó lentamente...

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-Tienes suerte, forastero, de que no me volara la cabeza. Eso te hubiese complicado. De aquí no se marcha nadie con una deuda pendiente, y se te hubiese acusado de inducirme al suicidio. Eso es un crimen... apologizar el suicidio, y su condena, tanto como la del suicida, es fatal e inapelable. Se estiró echando los hombros hacia atrás y sacudiendo el cuello hacia los lados hasta hacerse sonar los huesos. Luego caminó hasta la banquina. Se agachó y recogió algo del suelo. Luego caminó hasta donde yo estaba y sopló directamente sobre su mano, echando una nube de polvillo de tierra sobre mi cara. Esto me obligó, instintivamente, a cerrar los ojos y sacudir la cabeza, con lo cual el sombrero fue a parar al suelo, a un metro, más o menos, de distancia de mí. El sombrero quedó fuera de mi alcance, y con él, mi única salvación en aquel ámbito de espantajos ignominiosos. Me incliné para frotarme los ojos y él, con gran destreza, aprovechó para calzarme las esposas en las muñecas, dejándome las manos inutilizadas. Con un mismo movimiento me empujó frente al vehículo dejándome ahora definitivamente fuera del alcance del sombrero de cowboy. -¡Listo! ¡Al fin me sale algo bien!- festejó-. Llevo un buen rato pensando como hacer para quitarte eso de la cabeza. -Me engañaste, oficial- le dije. No podía abrir los ojos. Me dolían por el polvillo. Me los froté con las manos esposadas hasta que conseguí limpiarlos un poco. Ví que el tipo estaba leyendo el artículo que le había dejado sobre el capó. -Así que esto es lo que tenía que sacarte... ¡Vaya mierda! Tanto lío por un papel viejo- dijo. Sonrió, guardó el artículo en su bolsillo y sacó las llaves del auto. Subió al patrullero y

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lo puso en marcha, y lo movió varias veces, hacia atrás y hacia delante. Luego abrió la puerta y me dijo: -Ahora sucederá lo siguiente... Yo llevaré este papel y lo presentaré a mi jefe. Tú te quedarás aquí solito. Si mi jefe me da una reprimenda y me dice que me engañaste, entonces volveré aquí y te daré una paliza tremenda y te romperé las piernas. Pero si no me engañaste, entonces te dejaré en paz. -¿Me dejarás en paz? ¿Vas a abandonarme aquí en medio de la nada con las manos esposadas?- pregunté con la voz hendida. La sola idea de volver a padecer una insolación como la que había pasado el día anterior me desesperaba. Casi prefería que me liquidara allí mismo. -Bueno, forastero, así son las cosas... Es preferible que puedas arreglártelas así, esposado, que con las piernas rotasrespondió, y se le puso una sonrisa perversa. -¡No hagas eso!- imploré. -Forastero... si no hubieses roto el cable de mi radio entonces esto se hubiese resuelto de otro modo. Fuiste muy valiente en dejarme incomunicado. Esto te lo buscaste tú mismo. Me desmoralicé. Corrí hacia delante con intenciones de recuperar el sombrero pero la rueda delantera derecha del patrullero estaba aplastándolo ahora y no pude quitarlo. Por eso había movido el vehículo varias veces. El policía salió del auto y se me acercó... -Sabía que harías eso... Lo sabía...- dijo, y me dio un puñetazo en plena cara desbaratándome hacia atrás. Caí al suelo de espaldas. Si algo me faltaba en el estado en que me encontraba era un golpe que me noqueara de tal modo. Lo vi todo blanco, velado. No tenía fuerzas para incorporarme. El 162


policía me levantó a los tirones y me zarandeó obligándome a mantenerme en pie. -¡Eres un charlatán!- me dijo con una voz carrasposa y los dientes apretados. -En cuanto muevas el coche voy a recuperar mi sombrero, y entonces ya no podrás hacerme nada- farfullé. El tipo se quedó pensativo. -Si te pego un tiro no- respondió. Se sentía como el jugador que había hecho su gran jugada estratégica. Sonreí. -Si me pegas un tiro no podrás hacerme decirte donde está eso que tu jefe quiere de mí cuando te haga volver, después de descubrir que te dejaste engañar por un desconocido- fundamenté astutamente. El tipo se pudo serio, más serio que nunca, y volvió a trasformarse discontinuamente. -¡Maldito desgraciado hijo de puta!- gritó y me golpeó en el estómago. Caí al suelo desarmado como una marioneta a la que le cortan los hilos, y desde abajo lo ví caminando histérico de un lado a otro, magullándose la cabeza nuevamente. -¡Perro! ¡Maldito perro! Entonces no era esto lo que me mandaron a buscar...- y sacó el artículo del cosmonauta de su bolsillo arrojándolo al aire, después de intentar romperlo al medio. Por suerte estaba plastificado y no pudo despedazarlo, solo consiguió arrugarlo un poco. Y mientras se paseaba histéricamente de un lado a otro, renegando y maldiciendo a viva voz, yo agarré el artículo y lo escondí todo abollado entre mis manos. 163


-¿Qué voy a hacer contigo, forastero? Juro que si pudiera te rompería en trozos y los esparciría por la ruta- decía y se sentó en el asiento del conductor del patrullero a pensar. Por momentos se daba golpes en la frente contra el volante. No sé como me mantenía en pie. Sentía que mi cuerpo estaba hecho añicos y que caería desplomado de un momento a otro. El dolor que sentía en mi garganta reseca ya se había extendido hasta mi abdomen y tenía la sensación de que me estaba resquebrajando. En ese momento pasó volando un Mirlo, dio unos rodeos y se posó sobre la sirena del techo del patrullero. El policía, histérico, saltó del vehículo y lo espantó a manotazos gritando: -¡Fuera de aquí, pájaro de mierda! El Mirlo batió las alas elevándose sobre nuestras cabezas y enseguida volvió a posarse sobre la sirena. Rechinó dos veces. El policía lo encañonó con la pistola y el pájaro emprendió vuelo y se marchó alejándose definitivamente hasta desaparecer en la distancia del desierto. -Haremos una cosa...- dijo el policía luego de pensárselo demasiado-. Te llevaré conmigo. Vamos a ir al lugar donde te recogí y vas a entregarme lo que he venido a buscar. Tal vez era lo más sensato. Me moví lentamente hasta el lado del acompañante del auto, pero el tipo me detuvo... -¡No, no, no! Tú irás a pie- dijo, y buscó del maletero una enorme soga. Amarró un extremo al hierro de remolque de la parte trasera del vehículo y el otro extremo al centro de las esposas que me inutilizaban las manos. -¿Vas a arrastrarme? 164


Sonrió. Tenía una sonrisa horrible. -Los forasteros me dan asco. Odio a los tipos como tú que quieren pasarse de listos y están por aquí de paso. Y encima se burlan de nosotros con sus engaños y sus sombreros... Solo los que tenemos que aguantar esta mierda sabemos lo que es estar aquí para siempre... y “para siempre” es mucho tiempo...- dijo-. No voy a hacértela tan fácil. Mientras regresaba al auto para ponerlo en marcha le pregunté, ya al borde de la desesperación: -¿Qué culpa tengo yo de todo esto? ¿Porqué me castigas? Volteó y me miró con los ojos inyectados en odio... -¿Culpa? ¡Toda la maldita culpa, hijo de puta! Y no me sigas calentando la cabeza porque te lo haré más difícil aúnamenazó. Yo apenas podía mantenerme sobre mis piernas. Sabía que en cuanto se pusiera en marcha el vehículo caería y me remolcaría arrastrándome por el asfalto. -Déjame decirte algo...- le grité-. Eres un policía resentido y sí, es cierto que eres un perdedor. No conseguirás nada con llevarme hasta allí de vuelta. -Al menos me divertiré viendo como se te pela el cuero en el camino...- dijo. Puso el motor el auto en marcha y avanzó para dar la vuelta. Al pasar a mi lado me regaló otra de sus asquerosas sonrisas. Lo escupí en la cara con el resto de saliva que me quedaba en la boca. Eso lo enfureció... Detuvo el coche y lo rodeó para buscar una masa que llevaba en el maletero. Era una masa con el mango muy largo. Sin pronunciar palabra arrojó el primer golpe fallido que provocó un gran chispazo sobre el asfalto. El segundo 165


golpe dio directamente en mi pantorrilla partiéndome la pierna. El dolor fue tan intenso que me desmoroné al suelo. Creo que mi cerebro colapsó en ese instante y solo veía pantallazos blancos intermitentes, como fogonazos. -Sigue con esa actitud y te romperé la otra piernaamenazó. Volvió al auto, lo puso en marcha nuevamente y pegó la vuelta sobre la ruta. Al volver a pasar a mi lado dijo: -Ahora empieza lo mejor... Rápidamente desplegué el bollo de papel plastificado que conservaba entre mis manos, el artículo del cosmonauta, y haciendo un esfuerzo titánico lo leí en voz alta... Ya dije antes que conocía el texto de memoria. El auto se puso en marcha y mi cuerpo voló sobre el duro asfalto jalándome como si remolcara un muñeco de trapo. Pronuncié las palabras a los gritos mientras literalmente me pelaba, como él había anticipado, en la aspereza del alquitrán. Y entonces pasó lo que pasó... Hubo un bestial estampido en el cielo, delante, por encima de nosotros. El auto se detuvo en seco. Yo no lo percibí manifiestamente hasta un momento después, cuando el policía ya había abierto la puerta y se paraba al costado de su vehículo. -¿Qué mierda es eso?- gritó. Sacó su pistola y lanzó dos disparos sobre ese blanco resplandor cegador. Algo se acercaba a nosotros cayendo desde lo alto, y la robusta estampida nívea se convirtió en una aglomerada calina

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centellante. Y aquí sucedió lo más increíble de toda esta historia... Cuando llego a esta parte de mi relato y observo las caras de los que oyeron con escepticismo todo lo transcurrido hasta el momento, comprendo que la mayoría de las personas no estén preparadas para interpretar eso de: “el Gran Doblez”, eso que sucede cuando la realidad se pliega como un papel y se escinde en otra realidad posible y paralela. Lo contaré sin rodeos... Frente a nosotros, en medio del estallido inmaculado, apareció el cosmonauta, colgado de un cable que era el que lo sujetaba a su nave. Todo fue muy confuso... Ni siquiera tocó el suelo. Pasó sobre el patrullero como fluctuado por esa sempiterna extensión que se perdía en lo infinito del cielo, y, de pasada, me levantó en brazos y me arrastró con él. Pero la soga seguía atada al gancho de remolque del patrullero, y con el envión casi se me extirpan los brazos de cuajo. -¡Aaaahhhhggg!- grité, al borde de desgañitarme de dolor. De no haber sido por esa maldita soga tal vez hubiese sido un despegue perfecto y una salida triunfal. El cosmonauta tuvo que volver y sin dejar de flotar en el aire, deshizo el complejo nudo que había entre las esposas que me ligaban las manos. En ese momento el policía le disparó y el tiro rozó el cristal de su casco provocando un pequeño añico esférico. Prosiguió hasta liberarme y me llevó con él hacia lo alto.

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-¡Hijo de puta! ¡Vuelve aquí!- gritaba el policía que iba quedando allá abajo, junto a su auto, en esa ruta. Cerré los ojos. Nunca había sentido algo tan vertiginoso. El estómago se me subió hasta la garganta, y de repente, al volver a abrir los ojos, comprendí que estábamos a una altura inabordable, mirando todo aquel desierto desde el cielo. Y allí me di cuenta de que aquella Ruta 45 se extendía a lo largo de toda la tierra, abarcando desde el horizonte al confín. Nunca hubiese podido salir de allí por mis propios medios. No había nada más allá de donde estaba. El planeta era todo un colosal desierto con una ruta en medio que lo franqueaba. Me aferré a su traje congelado, conservando entre mis dedos el recorte, mi amuleto de invocación con el que congregué su ayuda. Lo miré, pero no pude ver su rostro, solo veía mi propio reflejo en el cristal de su casco, y la mella redonda que le había dejado el disparo. Y continuamos elevándonos hasta lo inconcebible, hasta allí donde el cielo se oscurecía y mis pulmones se comprimían amenazando con estallar. Trasponiendo el cielo azul todo se volvía estrellado. Y rompí a reír y a llorar, y a reír y a llorar como un lunático porque ese momento era único y genuino, tan absolutamente imposible que sobrepasaba mi poder de imaginación. Sentí que me invadía la dicha por dentro. Si eso era la muerte pues era algo precioso y decidí disfrutarlo en su plenitud. Pero entonces, el “Ángel Cosmonauta” me hizo unas señas con los dedos. No las supe interpretar, hasta que finalmente arrancó mis manos de su traje, que se sujetaban reciamente como garras, y me empujó al vacío. Salí 168


despedido como un objeto eyectado con violencia hasta quedar abruptamente alejado de él. El Ángel Cosmonauta continuó su periplo ahuyentándose, sujeto a su cable, y yo volé precipitado por los aires, sintiendo que el vértigo se henchía y me desintegraba en millones de partículas que se disgregaban en una espiral hacia la vertiginosa caída al abismo. Luego ingresé en una especie de alud tubular. Y todos mis trozos volvieron a unirse unos pocos metros antes del aterrizaje en el que recobré por completo la conciencia, y supe que me rompería todos los huesos al impactar contra el suelo. -¡Lo tengo!- gritó una voz taciturna, y una luz perturbadora de varios focos me impactó de frente hasta hacerme doler los ojos. El aterrizaje fue de lo más traumático. Poco a poco mis partes dispersas por los aires volvieron a fusionarse.

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© Los Tres Lobitos S.L., 2013 1ª edición Cod. Licencia Internacional: 1312199631132 Impreso en Argentina / Printed in Argentina Digitalizado por L.T.L / Reg. Int. de la Prop. Intelectual. A.R.Ress. LosTres Lobitos & Gustavo Gall copyright. 2013

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Gustavo gall a medio camino capitulo 19  

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