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igual manera, corremos el riesgo de la simplificación excesiva si nos decidimos a hacer de lo racional, de lo que tenemos una idea, modelo que ha de ser encarnado para producir efectos en la historia. Los utopistas del siglo XIX anhelaron sociedades que les parecían racionales, razonables. Todo en ellas estaba decidido: desde la forma de vestir hasta la organización de las comidas, pasando por la dimensión de las casas, el reparto de las tareas, la estructura de la cuidad, el estatuto de los niños, de las mujeres, de los hombres, de las personas mayores, de los muertos, nada se dejaba al azar, todo estaba rigurosamente planificado según principios racionales. La razón, al haber ocupado todo el espacio, no dejaba lugar alguno para la fantasía, la imaginación, la invención, la creación —la vida. Todas las experiencias que buscaban la realización de esas microsociedades utópicas se han transformado en fracasos... Allí donde lo razonable, lo racional y la razón triunfan por completo, surge con frecuencia el malestar, incluso lo peor. Dejemos a la razón el poder exclusivo de disipar las ilusiones, de destruir las creencias, de ser un instrumento crítico, de desmontar las ficciones falsas y que cuestan sangre humana. Desde el momento en que ella contribuye a crear nuevas ilusiones, a dar a luz quimeras racionales, anuncia siempre lo peor, mientras que, al contraro, debería ayudarnos a temer lúcidamente, y después a conjurar.

Proyecto de arquitectura de una ciudad ideal (después de 1470), escuela de Piero dclla Francesca (hacia 1416-1494).

http://www.scribd.com/Insurgencia

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Antimanual de filosofia  

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