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sexo se convierte en zona erógena (susceptible de erotización, de placer específico). Y rueda la bola. Después de haber salvado todos estos pasos, el niño accede a una sexualidad de tipo clásico, incluso si es independiente de la genitalidad que los padres solo consienten para su hijo más tarde (cuando no la rechazan pura y simplemente teniendo como pretexto un yerno o una nuera menos perfectos que el ideal esperado. Ese comportamiento enmascara, evidentemente, la incapacidad de los padres para aceptar la autonomía sexual de su progenie). De manera que, poco a poco, en esta evolución a través de los estadios, algunos padres pueden provocar traumas ligados a los órganos del estadio en cuestión y crear destinos particulares: bebedores, fumadores, habladores, cantantes, oradores, estomatólogos (médicos especialistas en la boca), cantatrices, abogados, y otras disciplinas o actividades ligadas a esa parte del cuerpo; coleccionistas, banqueros, avaros, militares apasionados por el orden, proctólogos (médicos especialistas en las extremidades del tubo digestivo), sodomitas que solo gustan de la zona anal, etc. A cada estadio corresponde una gama de comportamientos asociados, que resultan, no de la elección de la conciencia (no elegimos llegar a ser esto más bien que aquello, somos escogidos por el inconsciente que nos determina), sino de la potencia del inconsciente.

El divino diván del adivino ¿Dónde está este inconsciente que da muerte a la conciencia? ¿Estamos seguros de que existe?, demandan los detractores del psicoanálisis. Entonces, ¿no se le ha localizado en ninguna parte del cuerpo? Freud afirma: el inconsciente es psíquico, luego no físico, no está localizado en ningún sitio, cierto, pero está por todas partes en el cuerpo y el sistema nervioso. Si el inconsciente no se ve más que el viento, al menos constatamos sus existencias respectivas a través de sus efectos: el viento por las hojas que se arremolinan y los árboles que cimbrean, el inconsciente por el sueño, los actos fallidos, los lapsus, el olvido de nombres propios y todo aquello que es signo de una psicopatología de la vida cotidiana (los pequeños accidentes e incidentes que salpican la vida corriente). Los sueños, por ejemplo, permiten realizar, mientras dormimos, lo que no ha sido posible concretar en el estado de vigilia a causa de las conveniencias sociales, las prohibiciones, las leyes, los tabúes, la religión: es la auténtica vía que conduce al inconsciente. Lo que parece insensato, confuso, ridículo está

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Antimanual de filosofia  

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