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y va, flores en un jarrón, paisajes, movimientos de personas, no hay rostros ni identidades, figuras ni palabras, sin la conciencia que hace advenir todo ello al ser. El fin de la conciencia es el fin del mundo, que es mi representación. Ahora bien, mi representación es posible únicamente por la conciencia que formula lo real. Solo veo lo que ella me muestra, sin ella no soy nada. El desmayo, la pérdida de conciencia, es la experimentación por parte de unindividuo de la desaparición momentánea del mundo —de uno mismo en el mundo y del mundo realizado por cada uno. El trabajo de la conciencia supone una dialéctica (un movimiento) del ser y de la nada: allí donde ella dirige su luz, un objeto surge al ser. En cambio, todo lo que no es ese objeto, se encuentra sumido en la nada: cuando miro una cara, no veo más que la cara, mi conciencia me la presenta en la mente para construir su imagen. Y todo lo que no entra en la elaboración de esta realidad retrocede, desaparece en un no-ser. El entorno es nadificado (remitido a la nada) y el ser, realizado. La conciencia es siempre conciencia de algo, no puede permanecer sin objeto —salvo en el desmayo, el sueño o la muerte.

Autorretrato en el espejo Por otra parte, la conciencia es igualmente la facultad de representarse a sí mismo, de hacerse una imagen de sí. Si ella permite ser al mundo, también permite a cada uno ser para sí: soy lo que mi conciencia me permite saber de mí. En la reflexión (etimológicamente, la vuelta sobre sí, la flexión realizada sobre uno mismo como objeto) accedo a la verdad de mi subjetividad: reflexionando, llego a saber un poco más sobre mí, a conocerme con un poco más de precisión y exactitud que antes. No hay construcción del yo sin el trabajo de una conciencia clara: el autista profundo (una persona que vive sin relación con el mundo, separado de los otros y de lo real) no puede constituirse una imagen de él, no puede saber quién es. Él es para él mismo como un individuo es para sí en el sueño o en la muerte: plenamente ignorante, completamente desconocido. La conciencia reflexiva es una facultad cuyo ejercicio permite el progreso en el conocimiento de uno mismo y la edificación de la persona, en el propósito de llegar a ser un individuo que quiere, y no una cosa que sufre. De ahí el interés del examen de conciencia. Las escuelas de filosofía antigua (estoicismo, epicureismo más concretamente) son las que exhortan al «candidato a la sabiduría» (o «filósofo»: literalmente, el que ama la sabiduría y desea adquirirla, lo cual lo distingue del sabio, que ya la ha alcanzado; uno

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Antimanual de filosofia  

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