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TEXTOS

Marcel Conche (francés, nacido en 1922) Profesor de universidad, lector y comentador de filósofos de la Antigüedad (los presocráticos Anaximandro y Heráclito, el escéptico Pirrón, el epicúreo Lucrecio), y también de Montaigne, propone una moral personal clásica y humanista apoyada en la tradición.

Justificación del derecho de castigar Tenemos derecho a castigar solamente al que es capaz de comprender que es castigado. Si se trata de un criminal inveterado, incapaz de razón, encerrado en su pensamiento autista, ¿por qué castigarlo? ¿Con qué derecho, puesto que no podemos, por principio, responder a la pregunta «para qué»? El criminal aún consciente, no absolutamente empedernido, capaz de reconocer que el mal que se le inflige es merecido, debe, admitámoslo, ser castigado; pero no tenemos el derecho de castigar al criminal empedernido, es decir, inconsciente. Si es peligroso, solo conviene aislarlo. La conciencia popular no considera al pequeño y al mediano delincuentes como «locos». Son punibles. Pero le parece que el gran criminal, inconsciente e irrecuperable, está fuera de los límites de lo humano. «Es un loco» se dice. No se ve, en ese caso, con qué derecho castigar a los grandes criminales irrecuperables; pero hay que aislarlos cuidadosamente, como se hace con los locos peligrosos. No deben estar aislados en las prisiones, lo que equivaldría a asimilarlos a seres sensatos, punibles, sino más bien en centros de cuidado del tipo de los asilos psiquiátricos. La fuerza del universal desprecio, del «gran desprecio afectuoso»1 del que habla Nietzsche, es quizá el último remedio capaz de suscitar en ellos el despertar de la razón. El fundamento de la moral (1993), PUF, París, 1999 (traducción para este libro de Irache Ganuza Fernández)

1

En la Genealogía de la moral (Editorial Edaf), Nietzsche distingue el desprecio del noble de la venganza y el odio del esclavo. La moral del noble, ejemplificada en la aristocracia griega, pone en todas las palabras con las que distingue al pueblo bajo, algo benévolo, un tono de consideración e indulgencia, que hace que su desprecio sea afectuoso, mientras que el esclavo, que cuenta con la moral del resentimiento, solo se afirma a sí mismo a través de la negación del otro, de una venganza.

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Antimanual de filosofia  

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