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Un reglamento interior reparte equitativamente los derechos y deberes de los que toman parte: los alumnos y el centro. Si la distribución es justa, y consentís estampando vuestra firma, entonces estáis comprometidos. No estáis obligados a firmar, pero cuando lo hayáis hecho, estaréis obligados a mantenerlo. La ley que se elabora de manera concertada crea libertad. De la libertad disoluta en el punto de arranque a la libertad resuelta en el punto de llegada, un camino conduce desde la ley de la jungla a la civilización, desde la naturaleza violenta y salvaje a la cultura que proporciona seguridad y tranquilidad. ¿Y entre las dos? El contrato, las palabras intercambiadas, el deseo de vivir juntos pacíficamente, la equidad de un trato provechoso para ambas partes. ¿Y si el trato no es equitativo?, ¿si el reglamento interior no procede de una discusión desarrollada entre las partes interesadas?, ¿si se presenta únicamente como una lista de obligaciones sin contrapartidas defendibles?, ¿si estáis sometidos a él a la entrada como a un documento que hay que firmar bajo pena de no obtener vuestra inscripción en el centro? Tenéis la posibilidad democrática, en el seno mismo del instituto, de trabajar en la reforma del contrato, en su reescrítura, su elaboración según el principio de la renuncia equitativa y la adquisición igualmente equitativa. Porque esa posibilidad expresa una doble voluntad, la ley puede modificarse, enmendarse (mejorarse, corregirse), abolirse. La reforma procede normalmente de un doble deseo: si uno de los dos ya no está satisfecho del contrato propuesto, es libre de proponer una negociación para crear las condiciones de ejercicio de otra libertad, ampliada, verdadera y no reducida a nada o casi nada. Allí donde la libertad no está creada por la ley sino reducida por ella, es evidente que podéis reclamar, en nombre mismo del principio de las reglas del juego, la mejora del documento que la hace más adecuada a los deseos, las aspiraciones o las posibilidades de los alumnos y del centro. La ley y el derecho se justifican cuando permiten reducir los riesgos de la vida en comunidad. Si deben valer para asentar el poder de la autoridad habitual sobre los individuos que se convierten así en sujetos sumisos, entonces la ley es el instrumento de dominación del poder, el derecho sirve a la autoridad con mando en plaza y los individuos sufren la injusticia del sistema que los amordaza. La libertad solo se construye por la ley y según el derecho si hay un movimiento perpetuo entre los demandantes y los que ofrecen, entre los que detentan el poder en el centro y los alumnos que desean su inscripción en el instituto. Sí falta, pero solo sí falta, la desobediencia de la ley que no hemos elegido y que nos parece injusta, se convierte en un deber —pero un deber que remite a la exigencia ética, no a la con-

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Antimanual de filosofia  

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