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Francisco Umbral dice que es importante que a un escritor no se le note el esfuerzo, que su elocuencia parezca brotar como la cosa más natural del mundo. De nuevo se me ocurre la comparación con el bailarín. Resultaría patético verlo sufrir, jadear, sudar, mientras hace una pirueta. Todo esto lo ha soportado durante el entrenamiento, pero cuando está en la pista o en el escenario ha llegado el momento de la agilidad, de la ligereza conquistada. El esfuerzo sufrido no puede estar presente. Lo mismo le ocurre al pensador. Pensar es bailar con las ideas la música estricta y rigurosa del argumento, dejarse embargar por las delicias del comprender, y, si se está pensando al leer un libro, seguir el ritmo del autor, es decir, conjuntarse bien con la pareja. En este caso, pensar es un baile agarrado. No creo que haga falta decir que considero la filosofía como un quehacer estimulante y alegre. Quien sufra pensando debe dedicarse a otra cosa. Sigo en esto las ideas de Nietzsche, que hace muchos años criticó a los cenizos del pensamiento, que son muchos. «Para la mayoría -escribió- el intelecto es una máquina lenta, oscura y chirriante, que resulta fastidioso poner en movimiento. Dicen "tomar la cosa en serio" cuando trabajan con esta máquina y quieren pensar bien. ¡Qué incómodo tiene que ser para ellos pensar bien! Al parecer, la amable bestia que es el hombre pierde a cada paso su buen humor cuando piensa bien, se hace "serio". Cree a pies juntillas que "donde hay risa no brota el pensamiento". ¡Ánimo! Mostremos que eso es un prejuicio». Michel Onfray ha intentado seguir esta consigna, y ha acertado en el estilo, que es expresivo, desenfadado y riguroso. No me extraña que comience con una referencia al entusiasta Nietzsche: «La tarea de la filosofía es hacer daño a la necedad». Como he explicado en La inteligencia fracasada, la estupidez es una enfermedad mortal, contra la que deberíamos vacunarnos, porque en el plano personal produce desdicha y en el plano social injusticia, que es otro tipo de desdicha. Este libro trata los temas fundamentales de un curso de filosofía: la naturaleza, el arte, la técnica, la libertad, el derecho, la historia. Pero lo hace respondiendo a una serie de preguntas formuladas en un lenguaje muy cercano a los intereses de sus alumnos. Esta es una pedagogía imprescindible. Los profesores de filosofía sabemos que no sirve para nada dar respuestas a preguntas que no se han formulado. Jean Wahl, un prestigioso filósofo francés, contaba que un día había estado especialmente brillante en su curso de la Sorbona refutando las aporías de Zenón de Elea, ya saben, aquellas que pretendían demostrar que el veloz Aquiles nunca alcanzaría a la lenta tortuga. Terminada la exposición, Wahl preguntó a un alumno si la había entendido, y el alumno replicó: «He entendido perfectamente la refutación, lo que no he entendido es el problema».

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Antimanual de filosofia  

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