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¿Dejaríais a vuestro hijos acceder a las páginas pornográficas de Internet?

¿Sí o no? ¿Lo toleraríais? ¿O haréis como si no os dieseis cuenta cuando toqueteen el ratón? Porque el problema se planteará —este u otros que harán que os enfrentarán con la libertad de vuestros hijos y os obligarán a poner límites a su ejercicio—. Por su bien, diréis; por el vuestro, más bien... Porque os encontraréis en la piel del censor de vuestros antiguos deseos, desaprobados ayer por vuestros padres. Lo que cada uno se autoriza, no lo tolera forzosamente de los suyos o de los otros en general. ¿Quién no ha visto nunca a escondidas una película pornográfica en televisión o en Internet? ¿Quién se comporta hoy peor? ¿Quién no aumentaba su placer con la transgresión del orden o de la opinión parental? ¿Y quién cerrará los ojos, convertido en adulto, una vez en la piel, no del que demanda libertad, sino de quien la puede dar? De adolescentes os enfadáis al constatar el apocamiento de vuestros padres que, la mayoría de las veces, conceden raramente, difícilmente o con parsimonia, todas esas libertades que reivindicáis: acostarse tarde, salir por la noche, fumar tabaco u otra cosa, beber más de la cuenta, colgarse al teléfono cuando no se paga la factura, contar con un poco de dinero, viajar el fin de semana, tener relaciones sexuales, tomar la pildora, disponer de un móvil, utilizar el coche del padre, etc. Las libertades son más fáciles de reivindicar que de conceder. La ley no es una excepción: cuando seáis adultos

http://www.scribd.com/Insurgencia

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Antimanual de filosofia  

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