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ROSA DE FUEGO JOAN AGUT Traducción, gratia et amore, por Guillermo de Castro.

DEDICATORIA Desde mediados del siglo XIX hasta el primer tercio de la centuria siguiente, Barcelona fue conocida como la Rosa de Foc. Esta denominación ponía de relieve la violencia de las confrontaciones sociales de la época, de cuando los anarcosindicalistas se enfrentaban a muerte con la policía, los sicarios de la patronal y los mismos patronos. Barcelona fue una ciudad donde se mataba por la calle y sobre la cual, Valle-Inclán, en Luces de Bohemia, hacía decir a un personaje: “¡Barcelona es cara a mi corazón! Yo le debo los únicos goces en la lobreguez de mi ceguera. Todos los días un patrono muerto, algunas veces, dos… Eso consuela.” Dedico esta novela a mis contemporáneos, especialmente a los herederos de la tradición ácrata tan enraizada en nuestro país, la cual, a pesar de todos los excesos, fue una antorcha permanente encendida en pro de la libertad y la justicia social. 1 La casa de las encinas se inauguró el primer día del siglo. El abuelo Jacob quiso hacer una gran fiesta para despedir al siglo XIX y reunió a la flor y nata de Barcelona. El mismo obispo Morgades bendijo la casa en presencia del alcalde, el gobernador civil y las fuerzas vivas de la ciudad, representadas por la plana mayor de la Cámara de Comercio y del Fomento del Trabajo Nacional, instituciones que, al lado de la Liga de Defensa Industrial y Comercial, se habían distinguido el año anterior en el movimiento del Cierre de Cajas. Hacía muy poco que España había perdido las colonias y aquí se había producido una reacción contra el mal gobierno, encabezada por los sectores catalanistas que se reunían en torno al diario La Voz de Cataluña. Tu abuelo, aunque no intervenía en política directamente, ya en aquella época movía muchos hilos desde la sombras. La tía Aurora hace una pausa. Estamos sentados en el jardín de delante de casa, bajo las encinas, al atardecer, con la tenue claridad que languidece lentamente, mientras la fragancia de los rosales impregna el aire. Hace poco tiempo que la fabriquita de los Massó ha cerrado y las huestes de chicas – con sus delantales grises y las cofias blancas – han pasado, como cada día, por el otro lado de la reja. Desde que estoy en casa no me he perdido el espectáculo de la chicas risueñas, un poco escandalosas, que cada tarde, unos cuantos minutos después de las siete, desfilan calle abajo, seguidas por un grupo de hombres mayores, con blusa y gorra, y un caminar pausado, reflexivo, como si todavía les pesase la jornada de diez horas que han pasado en Carquiñolis y Galletas Massó, en turnos de mañana y tarde. •

¡Si hubieses visto el gozo que hacía tu madre! Justo había cumplido los diez y ocho años y solo hacía unos meses que se había prometido con Jonatan, tu padre. Entonces vivíamos en la calle del Pino, las tres hermanas con la madre, y subimos a San Gervasio, con el faetón de la familia tirado por la jaca Rosita, que el padre había comprado al volver de Cuba. La madre, que aún llevaba luto por su padre, llevaba un vestido largo negro con un cuello de puntillas y el collarcito de perlas como única joya, el cual le daba tres vueltas sobre el pecho. La capa ribeteada de astracán y un sombrero redondo le daban un aire de una gran señora. La Leonor y la Regina también llevaban vestidos largos y alguna joya, pocas, porque no era bien visto que las chicas solteras luciesen demasiados brillantes. Para mi, que tenía catorce años, era la primera fiesta a la cual asistía e iba vestida como una colegiala, con calcetines blancos y zapato plano y un abrigo de lana, tirado y sin cintura, que de lejos me hacía parecer un chico. “Tu madre estaba resplandeciente y se convirtió en el centro de todas las miradas, Regina, que bailaba el vals como un ángel, mantuvo en alto el penacho de los Izalburu, las cubanas, como nos llamaban en Barcelona, aunque fuésemos hijas de vascos por parte de padre y de madre. “La bendición de la casa se hizo a las ocho de la tarde, antes de que se sirviese la cena y cuando aún no había empezado el baile. El arquitecto, el señor Joan Rubió, discípulo y colaborador de Gaudí, mostró la casa a los invitados – una treintena de personas – al lado del abuelo Jacob, que encabezaba la comitiva familiar flanqueado por tu padre, Jonatan, y el tío Daniel. La abuela Esther, la madre del abuelo, no se movió en toda la velada de su sitial, al lado de la tarima de los músicos, un grupo de seis maestros del Conservatorio del Liceo, sin hablar con nadie, sonriente de tanto en cuando a los hombres y mujeres que le rendían homenaje. Ni al mismo obispo se dignó hablar, y no hace falta decir con el alcalde o el gobernador civil, a quienes ignoró de una manera descarada. La abuela Esther, que hacía más de


diez años que vivía en Barcelona, hacía ver que no entendía nada de castellano y de catalán, y a su hijo le hablaba en alemán e incluso en jiddisch, idioma de su infancia y juventud, que había aprendido en el barrio de la judería de Varsovia y en las afueras de Hamburgo, como hija de un rabino y esposa, rebbetsin, de otro. “A mi, en aquella época, la abuela Esther me daba miedo. Y no solamente porque era judía, porque en la escuela, en las Damas Negras, los judíos, juntamente con los masones, eran vistos como hijos y servidores del diablo. Me atemorizaba por su postura hierática, sus maneras bruscas, su empecinamiento en no abrir la boca, y su mirada penetrante y fría, que parecía que te atravesase. Han pasado más de veinte años desde aquel día que la conocí. Jonatan nos la presentó como la familia de su prometida – y aún hoy hay momentos en que me da repelús. Roque se sienta con nosotros pero no dice nada. Pone su risita burleta como cada vez que escucha a tía Aurora, la cual, según parece, se ha propuesto explicarme la historia de la familia, porque, porque, según dice, “la gente sin raíces no es nada”. Como si obedeciese a un ritual preestablecido, cada tarde, alrededor de las seis, me trae la merienda – un panecillo de Viena con jamón en dulce y un gran vaso de leche – al jardín, donde paso las horas al lado de Roque sin hacer nada, observando las cuatro casas de la calle, la poca gente que pasa, el movimiento mortecino del convento de las mercedarias y la escuela adjunta de niñas, que animan el barrio a horas fijas como lo hacen las chicas más mayores de casa Massó. Justo hace un par se semanas que vuelvo a estar en casa. El doctor Canovell, después de haber pasado dos años en su clínica de Sn Cugat, me ha hecho volver con la familia aunque, según dijo, continúo teniendo “un problema de nervios”. Todos dicen que estoy enfermo, que soy demasiado sensible, que padezco neurastenia, aunque como dice Roque, todos son cojonadas – cuando se pone a hablar es muy mal hablado – pasa que soy diferente: esto es lo que pasa. La única persona que me trata con normalidad en al tía Aurora, aunque tiene la manía de que estoy demasiado delgado y que necesito alimentarme, aunque no he tenido nunca demasiada gana. Si miro de acabarle todo lo que me ponen en el plato, lo hago sobretodo por ella, para complacerla y para que esté contenta. La cosa que más me cuesta es beberme el vaso de leche de la tarde, pero pone tanto interés que acabo haciendo un esfuerzo titánico – este nombre me asusta – y no dejo ni una gota, aunque muchos días deseo que el cabrero se pierda o pase de largo. Pero el hombre se presenta cada día a media mañana con su jarra de zinc y las siete cabras que le siguen y ordeña a la Dolceta, una cabra de color tostado que tiene una oreja partida, delante de la puerta de casa. La casa de las encinas es de las más grandes de todo el barrio. Es un edificio de dos pisos coronado por unas buhardillas y medio subterráneo donde están las habitaciones del servicio, la cocina, la cava y la caldera de la calefacción. Tiene una forma cuadrada con un hexágono a la izquierda en forma de tribuna vidriada, donde en la planta baja, está el salón principal con el piano de cola, una parte de la biblioteca, el gramófono, el tresillo LuisXVI, y un conjunto de mesitas, sillas y vitrinas con puertas, tabaqueras, cajas de música y un montón de bibelots que la madre reunió a lo largo de sus diez años de casada. Contigua a la tribuna salón está la biblioteca y la sala de fumadores, con media docena de grandes butacones de cuero y una gran mesa alargada sobre la cual reposa la colección de relojes del abuelo, a los cuales la tía Aurora cada noche se cuida de darles cuerda. A continuación está el comedor grande con el comedor pequeño a un lado, que da a la escalera que sube a la cocina y que va hasta el primer piso de las buhardillas. Al lado de la escalera que baja al subterráneo hay una doble sala de baño muy parecida a la del Hotel Continental, donde hace unos cuantos años fui a cenar con el abuelo antes del atentado. A la casa se entra por una escalinata de piedra de nueve escalones que proviene directamente del jardín y que da al gran vestíbulo de donde parte la escalera de mármol en forma de L que conduce al piso superior. Es aquí donde el abuelo tiene su estudio y donde están las habitaciones de la familia. Guillermo, el secretario, chófer, criado y hombre de confianza del abuelo, es la única persona extraña que duerme arriba, en el vestidor de la cámara del abuelo readaptado como dormitorio, pero Guillermo es más que un simple sirviente, entre otras cosas porque lleva pistola. En el piso de arriba hay, además del estudio, siete habitaciones grandes con vestidor y sala de baño, tres de las cuales están desocupadas, aunque hay una a disposición del tío Daniel, que vive en Barcelona. Las otras dos están clausuradas desde hace diez años, desde que los padres y las gemelas murieron. La abuela Esther no sale nunca de su estancia. Durante el día la cuida una de las hermanas mercedarias del convento próximo a cada, que la lava, la cambia de ropa, la saca de la cama a peso de brazos, la deposita en su vieja poltrona y le lee novelas históricas en francés. Las dos comen juntas y a veces se oyen las risas de sor María, especialmente las tardes que hace buen tiempo y que tienen los ventanales abiertos. El abuelo Jacob se pasa todo el día en su estudio, donde también hace las comidas diarias en compañía de Guillermo. El abuelo va en silla de ruedas desde 1919, cuando, ahora hará tres años, los del Sindicato Único le metieron cinco tiros y una de las balas le dejó paralítico de las piernas. Aún yendo en silla de ruedas, el abuelo trabaja todo el día y recibe un montón de visitas, la mayoría misteriosas, personas que se presentan en nombre de algún otro y generalmente tienen cara de gente de mal vivir. A media mañana recibe la correspondencia y los periódicos del día, el Diario de Barcelona, El Correo Catalán, El Día Gráfico, La Veu de Catalunya, La Publicitat, El Sol, de Madrid, y los diarios franceses Action Française y l’Humanité. Tampoco es raro que a cualquier hora del día, a veces de noche, reciba enigmáticos telegramas y que envíe otros a través de Guillermo, que baja a la Plaza Molina, donde está la estafeta de correos y telégrafos del barrio.


San Gervasio de Cassoles, que había sido un municipio independiente hasta finales de 1897, es un barrio tranquilo, menestral, de casas bajas, algunas con rejas y jardines, y masias dispersas donde todavía cultivan patatas y verduras en huertos bien cuidados. También hay algunas fábricas, de azulejos, de vidrio, can Massó y otras que dan trabajo a los hombres y mujeres de las cercanías, familias que ocupan las casas de pisos, que últimamente han crecido como setas. El barrio está unido a Barcelona por el tren de Sarriá y por los tranvías eléctricos que suben y bajan por la calle Muntaner, donde se concentran la mayoría de comercios de la zona. La casa de las encinas tomó el nombre del bosquecillo de encinas que estaba al final de los huertos del convento de las mercedarias, ante de que la apertura de la calle de Folgueroles no dividiese la finca en dos y las hermanas decidiesen vender el terreno para construir la escuela de chicas. Del bosquecillo de encinas – el abuelo era partidario de talarlas – quedaron una docena, la mayoría centenaria, que el arquitecto Rubió de empeñó en conservar. Son unos árboles fuertes, de hoja perenne, oscuros, no muy altos, donde es fácil subirse. Las encinas, ocupan la zona izquierda del jardín, en el lado de la tribuna, mi lugar preferido, donde paso horas y horas sentado en uno de los dos balancines de boga, con un libro de poemas en las manos, que leo lentamente, palabra a palabra, verso a verso, como si libase el néctar de una flor extraña. La tía Aurora recoge el vaso de leche vacía -¡que no haría yo por esa mujer! – y entra en casa. La oigo que habla con la Gertrudis, la criada mayor, que ya servía en casa de los Menajam cuando vivían en la casona de la calle Ancha. Doy un vistazo al reloj y me doy cuenta que aún falta una hora larga para cenar. Salgo de casa. Bajo por la calle Buscarons hasta la placita de las acacias donde está la taberna de Pons. Me siento en una de las dos mesas que flanquean la puerta del establecimiento. Me acompaña Roque. Pido una limonada. Observo que la gente me mira. Tal vez lo haga el que no llevo nada en la cabeza y llevo pantalones de golf y un jersey blanco de cuello abierto, como si acabase de salir del club de tenis. Todos los chicos de mi edad, estudiantes y trabajadores, llevan la cabeza cubierta, con sombreros los unos y con gorras los otros, y pantalones largos. La clientela de la taberna son gente mayor, trabajadores que hacen tiempo como yo para irse a cenar. Los oigo como hablan. El grupo más próximo a la puerta se sientan alrededor de un hombre que lee en voz alta un artículo de la Solidaridad Obrera, el diario de la CNT que apareció el mes pasado. Es un artículo de Salvador Seguí, el Noi del Sucre, el sindicalista que se hizo famoso durante la huelga de La Canadenca, un mes antes del atentado del abuelo. Con Roque miramos como pasa el carrilet de Sarriá, con su máquina de vapor y los tres vagones que arrastra. Los diarios hablan del proyecto de soterrar las vías del tren y hacer una gran calle encima, de la plaza de Cataluña a la Avenida del Tibidabo. A Barcelona bajo poco y cuando lo hago siempre es con la tía Aurora. Ella lo aprovecha para empolainarse y para visitar a las viejas amistades de cuando los Izalburu vivían en la calle del Pino. Invariablemente, pero, vaya donde vaya, siempre hacemos dos paradas obligatorias, la primera en la granja de la calle Xuclá, y la segunda, en la sala de exposiciones de las Galerías Dalmau de la calle Puertaferrisa. A veces, según que visitas debe hacer, la espero dando vueltas por las Ramblas, de la de los Estudios a la de Santa Mónica, con una parada inevitable en la Librería Española, de la Rambla de Capuchinos, donde compro La Campana de Gracia y algún libro de poesía. Nos encontramos en el Llano de las Comedias, en aquella hora tranquila, sin la presencia de las prostitutas que, según tengo entendido, la invaden tan pronto como oscurece. Barcelona es una ciudad apasionante, muy viva, de grandes contrastes, desde el majestuoso Paseo de Gracia hasta las calles más infectas del barrio chino, donde están los antros de pecado y donde aún no me he aventurado nunca. Donde si que he estado es en el Paralelo – Guillermo me llevó la noche que cumplí dieciséis años – con todos sus teatros de variedades y los cafés concierto, donde dicen que las mujeres cantan y bailan desnudas. Fue la primera vez que estrenaba un traje completo, pantalones, americana y chaleco, camisa con cuello duro y un sombrero que me dejó el secretario del abuelo, que me iba ancho. Acabamos el paseo en el Café Español, donde el tomó dos copas de absenta y yo una jarra de cerveza espumeante a pesar de que los médicos me han prohibido que pruebe nada de alcohol. Guillermo quiso que siguiésemos hasta el fondo del local, con las espaldas contra la pared,”por si acaso”, me dijo. Durante todo el rato que estuvimos Guillermo no dejó de estar alerta ni un solo instante y mantuvo la mano derecha dentro del bolsillo de la americana, donde yo sabía que guardaba la pistola. Al salir, mientras íbamos a buscar el Studebaker del abuelo, comentó que aquel nido de anarquistas olía a cordita. A las ocho y media en punto la tía y yo cenábamos en el comedor pequeño. Nos sirve la cena la Lina, que además de hacer de criada ayuda a Adela, la cocinera. Lina tiene veinticuatro años y hace tres que sirve en casa. Ha venido recomendada por las mercedarias, después de pasar unos cuantos años en el convento como novicia. A pesar de que hace ver que es una rata de iglesia, me consta que es una fresca, una de estas chicas que pierden el oremus cuando huelen unos pantalones. Pero su problema es que no es nada guapa: tiene los dientes de caballo y la nuez del cuello como la de un hombre. Además, es baja y estivada, aunque tiene un par de tetas espectaculares que, por poco que te fijes, te las enseña a la primera ocasión. Baldiri, el hermano de Adela, aun siendo un solterón que bordea la sesentona, la mete mano en el fondo del jardín, detrás del garaje, cuando viene tres veces a la semana hacer de jardinero. Baldiri es la única persona al servicio de la casa de las encinas que no va a misa y, además, presume de ello. Dicen que es espiritista y amigo de los anarquistas,


aunque la tía Aurora piensa que es un cabeza loca que ni en el sindicato lo querrían. Vive solo en un chamizo de un descampado al lado de las vías del tren de Sarriá, donde tiene un huerto. Sino fuese por Adela, que le lava la ropa y le provee de comida – la tía Aurora hace ver que no se entera – el hombre viviría como un vagabundo. A mí, Baldiri me cae simpático. Cuando viene por casa y deambula por el jardín con la podadora haciendo ver que trabaja siempre me saluda de la misma manera. “¡Ey, chico!” y se me acerca para pedirme un cigarrillo, a pesar de que sabe que n fumo. La escena, que se repite cada vez que nos vemos, va así: • ¡Ey, chico! • Buenos días Baldiri. • ¿No debes tener un cigarrillo? • Sabes que no fumo. • Bien podrías empezar un día u otro. • Cuando lo haga, os lo diré. • ¡Así me gusta! ¿Y no podrías sacarle un habano del abuelo? • Los cigarros del abuelo son propiedad privada. • ¿Pero todavía no sabes que la propiedad es un robo? La Lina, mientras sirve la mesa, me mira de un modo descarado, con una sonrisa burlona, porque sabe que he visto sus tejemanejes con Baldiri y probablemente se cree que la deseo. Pero en realidad me da miedo y procuro no encontrármela a solas, cosa que no es nada fácil, porque sospecho que espía mis movimientos cuando estoy en casa. Más de unas cuantas veces me ha frotado sus pechos por el brazo o por la espalda en el piso de arriba, en el salón o en la biblioteca. Allá donde me deja tranquilo es en el jardín, porque cuando no estoy encaramado a la encina grande, me siento en el columpio del lado de la tribuna donde están la mesa y las sillas de hierro colado que cada primavera Baldiri pinta de verde. A quien no se atreve a acostarse es a Guillermo, a quien mira con un gran respeto, incluso cuando se acerca parece asustada, bien bien no se porqué. Los domingos, Lina se junta con un par de chicas de can Massó y a media tarde se van a un baile de gente de baja condición, que le llaman El Globo y que está en la calle de la Olla, en Gracia. Acostumbra a volver tarde, cuando ya hemos cenado, cosa que hace que la tía la riña, pero con poca convicción por que Aurora, que ha malgastado su juventud haciéndome de madre, comprende que la chica quiera divertirse. El domingo es un día especial. Por la mañana, la tía Aurora y yo, acompañados por Guillermo, vamos a misa de doce a la Iglesia de la Madre de Dios de la Bonanova. Las chicas de servicio, Gertrudis, Adela y Lina, ya lo han hecho a primera hora. Guillermo, ese día, se viste de veintiún botón, con cuello duro y corbata y un sombrero de media copa en invierno o de paja en verano. Aún yendo tan bien vestido en el bolsillo del faldón de la americana no falta la pistola. Dentro del templo, Guillermo está muy lejos de adoptar una actitud devota, se santigua por rutina y se arrodilla de mala gana. Esto me hace pensar que viene para protegernos de un posible atentado de los anarquistas, a pesar de que se, que los sindicalistas no han disparado nunca contra una mujer ni contra ningún chico, aunque seamos una de las familias más ricas de Barcelona. Esto de ser rico, en mi caso comporta una ironía considerable porque siempre voy más pelado que una rata. Sobre los papeles, he heredado una fortuna importante de la que no podré disponer hasta que llegue a la mayoría de edad, a los veintitrés años. Mientras tanto es el abuelo quien la administra como mi tutor y de acuerdo con el consejo de familia, según me explicó el tío Daniel, que es abogado. Acabada la misa, nos entretenemos un rato a las puertas de la iglesia, donde la tía Aurora saluda a las familias conocidas a quien yo también hago una breve reverencia. Hay algunos nombres que me suenan: Los marqueses Dosrius, la baronesa Puigtallat, el barón de Sitjar, y otros como Don Manuel del Portal, don Sebastián Marquet y doña Mercedes, viuda de Muntadas, un industrial del hierro, amigo del abuelo, que los sindicalistas mataron el año pasado saliendo del Ecuestre. Después bajamos por la calle Muntaner hasta la pastelería Dorca donde la tía compra dos brazos de gitano: uno de nata y el otro de chocolate. A las dos en punto, Gertrudis y Lina sirven el arroz. En la mesa del comedor grande nos reunimos seis personas, el abuelo Jacob, la tía Aurora, el tío Daniel, Guillermo, sor María y yo. Es una escena que se repite cada domingo. Sor María, a pesar de que sus redondeces revelan que es una mujer de vida, siempre hace los mismos aspavientos respecto a la abundancia de la ración que le sirve Gertrudis, a pesar de que es de las que repiten plato, sobretodo si ha quedado arroz pegadito en el culo de la cazuela. Guillermo también es buen comedor y no se hace de rogar ni está para tonterías. El resto comemos poco. Aurora aprovecha el acontecimiento para explicar las chafarderías que a lo largo de la semana ha ido oyendo de aquí y de allá. El tío Daniel, a instancias del abuelo, explica alguna cosa de la vida de la ciudad; pero nada que no salga en los diarios, y que el conoce muy bien como diputado provincial de la Mancomunidad, prohombre de la Liga Regionalista y socio del Círculo del Liceo, vocal de la Junta del Ateneo Barcelonés y miembro de un montón más de entidades barcelonesas. Pero la conversación no deriva mucho sobre las cuestiones políticas y nunca, pero nunca, se aborda la cuestión social, que es tabú en esta mesa.


Por lo que parece, el tío Daniel y el abuelo Jacob no se entienden demasiado bien. He deducido que les separa precisamente la cuestión social, el enfrentamiento entre los pistoleros de uno y otro signo que se entremetan por las calles. Según la composición de lugar que me he hecho, por un lado está la Patronal que da soporte abiertamente a la acción represiva del gobernador civil Martínez Anido, y al jefe superior de policía Miguel Arlegui, que procuran exterminar a los dirigentes de la CNT, ayudados por la ley de fugas y los pistoleros de la Unión de los Sindicatos Libres. Y por la otra, están los cabezas calientes anarquistas y la gente del morro fuerte de la CNT que se defienden como gatos panza arriba o atacan como tigres, no lo se muy bien, pero que, en todo caso, matan tanto como los otros. Entre los dos bandos mantienen una lucha a muerte que ha llenado de sangre los adoquines de la ciudad. Después de comer, los hombres pasan al salón de fumar – yo solo los acompaño – donde toman café y encienden los habanos del abuelo. A media tarde Guillermo sube al abuelo en brazos a su estudio y después se marcha a rodar. El tío Daniel, que últimamente viene a la casa de las encinas con su Hispano Suiza, después de pasar a saludar a la tía Esther, se va en el coche hasta el domingo siguiente. Las noches son muy largas de pasar. Duermo mal y aunque me tomo las pastillas que el doctor Canovell me recetó tengo la impresión que no me hacen ningún efecto. Me atontan un poco pero no consiguen que coja el sueño. Me estoy en la cama entre una niebla espesa, ni dormido ni despierto, y siempre sueño o veo la misma escena. La cosa más curiosa es que no hay imágenes claras, que todo son sombras. Y el movimiento. Un vaivén extraño como si alguien me acunase, como si suspendido en el aire una fuerza superior a mí, alguna cosa amenazadora, me hiciese ir arriba y abajo, a derecha y a izquierda. Estoy paralizado por el pánico. Sudo como si en pleno verano hubiese hecho un gran esfuerzo bajo el sol. Pero es un sudor frío. Alguna cosa me retiene, como si me hubiesen atado de espaldas a un almohadón blando. Pero no es propiamente un almohadón, sino un par de tetas donde tengo encajada la cabeza, donde deseo hundirme. Y el ruido. Un fragor como el que hace una olla cuando hierve, roto por lamentos y exclamaciones de dolor, que vienen de todas partes, como si las almas del purgatorio girasen a mí alrededor y sus lamentos me acompañasen. Entonces los veo, a mi padre, a mi madre, a las gemelas. Sus rostros de cera me miran en silencio. Son caras que no expresan nada pero yo se que me acusan. Emerjo de la escena con un gran grito que por suerte no ye nadie en la casa. Estoy levantado. Me he lavado la cara y me siento cerca del ventanal de cara a la noche. El cielo está cuajado de estrellas y oigo un perro que ladra. Si tuviese que escribir un poema, ahora sería el momento. Pero no lo hago y prefiero sentarme a oscuras. De repente me doy cuenta que no tengo ningún recuerdo de cuando mis padres y mis hermanas vivían. Es extraño porque entonces ya tenía seis años. 2 Nos sentábamos en el jardín a la sombra de las encinas. Estamos en la hora lenta de después de la siesta cuando el sol se inclina hacia Collserola y la luz pierde su violencia. Aurora me dibuja. Hace croquis y esquemas de mi cara con un trazo rápido sobre el cuaderno que reposa sobre sus rodillas. Aurora habla. Me explica la historia de su familia, de su padre y de su madre, de sus hermanas y de ella. Ignacio Izalburu llegó a Barcelona en otoño del 1895. Tenía cincuenta años, estaba casado con Ángela Basauri, era padre de tres hijas, Leonor, Regina y Aurora. Y padecía una enfermedad tropical que los médicos de la Habana habían diagnosticado como “fiebres” sin más precisiones. Era un hombre rico que se había limitado a administrar la fortuna que su padre Pedro y su tío Luis habían hecho a mitad de siglo con el comercio de esclavos. Después de haber pasado una juventud dorada, durante la cual no había levantado una paja del suelo, a los veinticinco años hizo un viaje a Bilbao donde se prometió con Ángela, una prima lejana con quien seis meses después, se casó. Unos cuantos años antes, los hermanos Izalburu, Don Pedro y Don Luis, se habían separado, el uno había invertido en el negocio inmobiliario y el otro en la industria del ron. Su padre murió en el año 1876, el último año de la guerra, cuando la familia Izalburu se disponía a repatriarse. Pero no fue hasta diecisiete años más tarde, después de una venta precipitada de todos sus bienes, que Ignacio, con la mujer y las hijas, embarcaron para Barcelona cuando el general Maceo y Gómez instigados por el Partido Revolucionario Cubano, de José Martí, reemprendieron las hostilidades contra España. En Barcelona, la familia Izalburu se instaló en un gran caserón de la calle del Pino, propiedad del Marqués de Maldá, que vivía en la misma calle, y con quien don Ignacio había establecido relaciones de negocios. Las niñas Izalburu, de quince, trece y nueve años, no habían ido nunca a la escuela y su educación había estado en manos de institutrices que las habían enseñado a leer y a escribir, sumar y restar, bordar, teclear el piano y poca cosa más. Este régimen educativo más o menos, continuó igual en la ciudad condal porque a las nenas Izalburu, las cubanas, ricas como eran, solo necesitaban esperar, crecer y encontrar el partido adecuado que las elevase a la condición superior de señoras casadas. El abuelo Ignacio murió a primeros de año de 1898, unos meses antes de que España perdiese la guerra de Cuba y su tío Luis desapareciese del mapa, como si se lo hubiese tragado la manigua. Los escasos tres años barceloneses de Don Ignacio le permitieron relacionarse con la elite económica de la ciudad, especialmente con la pequeña nobleza


barcelonina, que el, plebeyo e hijo de negrero, buscaba con ansiedad: desde el barón de Falset hasta el marqués de Descatllar, desde el conde de Sallent hasta en marqués de Moragues. Relaciones que la viuda Izalburu procuró mantener. La abuela Ángela era una mujer ingenua, con una cultura limitadísima – no había leído nunca un libro – alimentada por las chafarderías de los salones de las amigas y la lectura de los pies de las estampas de la Ilustración Española, el único papel impreso que entraba en su domicilio. Pertenecía a un par de congregaciones religiosas de caridad, reunidas en el entorno de la parroquia de Santa María del Pino. Pero su fe era muy débil, de puertas afuera, aunque creía en la intervención milagrosa de santos y santas de la misma manera que en Cuba había creído en los rituales vudú. Había quedado viuda a la difícil edad de cuarenta y dos años y la mujer, que nunca había hecho nada de provecho, empezó a interesarse por el mundo de los negocios. Don Ignacio, que al fin y al cabo era una persona prudente, siguiendo el ejemplo de su padre en la Habana, había invertido la mayor parte de sus caudales en casas de pisos y solares del Ensanche, una zona de la ciudad de rápido crecimiento. Las casas proporcionaban a la familia una renta regular y segura y los terrenos por construir constituían una reserva que, sin ningún coste de mantenimiento, subía de valor de un día para otro. Pero doña Ángela no estaba del todo satisfecha. En los salones y saloncitos que frecuentaba había oído más de una vez comentarios elogiosos sobre tal o tal otro miembro de la burguesía que en poco tiempo había doblado su fortuna invirtiendo en bolsa. “La cuestión, Ángela – le había comentado la marquesa de Moragas – es encontrar un buen administrador.” Las hijas iban creciendo. Leonor había cumplido los dieciocho años unos meses después de la muerte de su padre. Regina había hecho dieciséis y Aurora trece. Doña Ángela, como un general que planea una estrategia, estudiaba la manera de casarlas. La renta de los pisos no le permitía hacer grandes dispendios. Sino hubiese estado de luto, le habría sido difícil afrontar el costo de una sonada puesta de largo de Leonor tal como la categoría de la familia se merecía. La abuela Ángela conoció al señor Miralles en el Banco Vitalicio. Era uno de los abogados jóvenes de la casa que, de una manera particular y al margen del banco, aconsejaba a algunos clientes en sus inversiones en bolsa. Era un hombre alto, bien plantado, que bordeaba la treintena. Pertenecía a una de las mejores familias de la ciudad, con un grupo de hermanos y hermanas, todos casados y perfectamente situados. Jorge Miralles era el benjamín de la familia, la niña de los ojos de su madre, y se explicaban un montón de historias galantes protagonizadas por el. A la señora Ángela el joven abogado le agrado desde un primer momento. El aspecto y el trato, de una pulcritud y de una cortesía ejemplares, encaprichó enseguida a su pequeño corazón de mujer madura se desbocó un poco cuando Jorge Miralles le clavó su mirada verde en las pupilas. La exquisitez del comportamiento del abogado, su voz aterciopelada y la belleza de su rostro constituyeron una red irresistible a la cual matrona Ángela se lanzó de cabeza. Indefectiblemente, el señor Jorge Miralles sería el administrador de los caudales de la familia Izalburu y quien sabe si, con el tiempo, alguna cosa más. Porque la señora Ángela tenía tres hijas casaderas y ella misma, aunque no lo hubiese confesado nunca, necesitaba un poco de afecto. La mujer, cuando salía del banco, con los pies que no le tocaban al suelo, no pudo evitar imaginarse al atractivo abogado cerca de ella, como yerno o como aquel hijo que no había tenido nunca y que siempre había añorado. Pero sus pensamientos no fueron más allá aunque las fuerzas oscuras del instinto le arañaban insistentemente la piel del alma. La única persona de la familia Izalburu que no se dejó impresionar por el imprescindible Jorge Miralles fue Aurora, tal vez porque justo entraba en la adolescencia y porque se sentía incómoda en su papel de damisela. Sus hermanas, instigadas por la madre, cayeron de cuatro patas entre los hilos de seducción del abogado que, como un encantador de serpientes, desplegaba su atractivo personal en el salón principal de la casa de la calle del Pino. Dieciocho meses después, la pareja solemnizó su enlace matrimonial en la basílica de Santa María del Pino, parroquia de los Izalburu. Las familias concluyeron la fiesta con una gran comida de nueve platos con la participación de un centenar de comensales en el salón principal del Hotel Ritz. Aquella misma noche los novios iniciaron el viaje de casados en París, y al volver se instalaron en la casa de las encinas. Regina tenía 20 años y Jonatan veintiséis. Después de la boda de Regina, las hermanas Izalburu tomaron caminos divergentes. Leonor, la hermana mayor se fue decayendo poco a poco y aquella chica alegre y risueña, absolutamente superficial, se convirtió en la sombra de su madre, la cual, después del desengaño de Jorge Miralles, se recluyó prácticamente en casa. La señora Ángela, ahora sola, continuó vendiendo los últimos solares que le quedaban y haciendo estrafalarias inversiones en Bolsa que lentamente precipitaban a la familia en las puertas de la pobreza. El problema de la señora Ángela era que no se enteraba de nada y que su orgullo le impedía pedir consejo a su consuegro, el señor Jacob Menajan, que según toda la información disponible era un prohombre de las finanzas, banquero de banqueros. Entonces Leonor, a remolque de su madre, con veintitrés años parecía que tuviese diez más. Las mujeres casi no salían de la casa de la calle del Pino sino era para hacer novenarios con los objetivos más diversos o acudir al salón de la marquesa de Moragues, donde se hicieron adictas al, chocolate deshecho con melindros, con el resultado añadido de sumar kilos a unos cuerpos ya bastante corpulentos.


Aurora Izalburu tenía dieciséis años cuando su hermana Regina se casó. La atmósfera enrarecida de su casa le pesaba como una losa y, por su cuenta, sin el consejo de ningún experto, empezó a leer todo lo que le caía entre las manos o lo que ella misma compraba en las paradas de libros viejos de las Atarazanas. Pero el verdadero cambio no se produjo hasta que la chica se matriculó en un curso de dibujo, de tarde, que se impartía a pocos metros de su casa, en el Círculo Artístico de San Lucas. De repente y sin proponérselo expresamente, a los veinte años, Aurora Izalburu se había convertido en una chica moderna. Se subscribió al semanario Oro y Grana, propulsor de una llamada Liga Patriótica de Damas, donde conoció al alma de la revista, la señora Dolores Monserdá, autora de las novelas La familia Asparó, La fabricanta y La Quiteria, y que se esforzaba por la dignificación moral e intelectual de la mujer. Muchas lecturas posteriores de Aurora le fueron sugeridas por la señora Monserdá. Con las jóvenes amigas del Círculo Artístico de San Lucas, acudía regularmente al Club de Tenis Barcelona y con una de ellas, hija del pintor Farrán, se hizo miembro de la Sociedad Artística y Literaria de Cataluña, que tenía la sede en la Sala Parés, de la calle Petritxol. La madre, la señora Ángela, murió a primeros de agosto de 1909 de un coma diabético, justo cuando Barcelona recuperaba la normalidad después de la Semana Trágica. Aurora tenía veintitrés años y Leonor acababa de cumplir veintinueve. La muerte de la madre propició que los cuñados Menajan interviniesen en la familia Izalburu. Después de ocuparse del entierro y de las exequias de la madre de las chicas, intentaron poner orden en las finanzas de la familia, especialmente Daniel, que en aquella época todavía no se había separado de su padre. A instancias del suegro de Regina, Jacob Menajan, las hermanas Izalburu pusieron en venta la casa de la calle del Pino y apalabraron el alquiler de un piso en el Portal del Ángel. Pero la mudanza no se llegó a hacer nunca porque Leonor, a pesar de su incipiente obesidad y lacara de tener salud para dar y vender, murió en tres semanas de una tisis galopante. Aurora no le quedó otro remedio que acogerse a la hospitalidad de la familia Menajan, aunque ella hubiese preferido mil veces continuar viviendo sola en el mismo centro de la ciudad, en lugar de tener que emigrar a San Gervasio, a la casa de las encinas. Fue como invitada, con libertad para entrar y salir cuando quisiese, sin obligaciones de ningún tipo. La liquidación de la herencia había dejado a las hermanas Izalburu el importe de la venta del caserón de la calle del Pino, incluyendo el mobiliario, un paquete de acciones diversas de valor incierto y dos casas de diez pisos cada una, con los bajos correspondientes, en la calle Valencia tocando a la calle del Conde de Urgell. No era una fortuna, pero todo junto, bien administrado representaba una cantidad respetable de dinero para cada una de las hermanas Izalburu, que habría permitido a Aurora vivir de manera independiente. Pero cuando Aurora llegó a la casa de las encinas tuvo la sorpresa de encontrarse a una Regina desconocida; una mujer que la necesitaba. La feliz Regina, envidiada por medio Barcelona, casada con Jonatan Menajan, madre de dos gemelas de siete años y de un niño de cuatro, sufría el calvario de haberse casado con un frescales, un hombre disipado, egoísta y lunático, que le daba mala vida. Aquella situación hizo que Aurora postergase sus proyectos de instalarse en Barcelona – había visto un piso magnífico en la Plaza Real – e intentar abrirse paso en el difícil mundo de la pintura. El mismo hecho de la provisionalidad del nuevo domicilio le impidió dedicarse a pintar a fondo aunque en la casa disponía de espacio suficiente y que si lo hubiese pedido no se lo habría negado nadie, y menos que nadie el mismo patriarca de la casa, Jacob Menajan, que simpatizaba con la chica. Pero Aurora tenía otros planes que permanecer en una casa casi aislada, protegida por los Menajan, lejos del pequeño grupo de amigas que compartían sus ilusiones. “Somos hijas del siglo XX, decían las chicas, de una generación que ha tirado el polisón a la basura y ha llevado las mangas de jamón al trapero”. Y aquella liberación en el campo de la indumentaria, que en 1910 ponía de manifiesto que las chicas tenían piernas, iba acompañado del hecho de que algunas se cortaban el pelo à la garçon, masticaban chewing gum, bebían Pernod o bailaban el charlestón. Así, viviendo rutinariamente, siendo confidente y consuelo de su hermana, Aurora pasaba los días en la casa de las encinas, bien en el jardín o en el salón de la planta baja, pintando alguna acuarela, dibujando a las gemelas, a su sobrino o al surtidor de delante de la escalinata con su Diana cazadora encima de una pirámide irregular de tres caras desde donde la diosa tensaba el arco y la flecha que parecía apuntar a la luna. De vez en cuando hacía alguna escapada al centro de la ciudad donde se reencontraba con sus amigas que últimamente solían reunirse en las Galerías Dalmau, de la calle de la Puertaferrisa, sala de exposiciones donde se juntaban la juventud más inquieta de Barcelona. Con un grupo de estudiantes y periodistas jóvenes, acendrados catalanistas y socios del Ateneo Barcelonés, Aurora y sus compañeras acudían a la trastienda del anticuario Soler, de la calle de la Paja, donde oyeron hablar por primera vez de Nietzsche, Freud, Darwin, Rimbaud, Flaubert o Eugenio d’Ors, que en aquellos días encabezaba un movimiento de renovación intelectual y cívico de Cataluña desde las páginas de La Veu de Catalunya, donde firmaba con el seudónimo de “Xenius”. Fue a propósito de este escritor – le pasó un recorte del Glosario – que conoció a Jaime Marcet, un joven estudiante de Derecho que con el seudónimo “Jaume Arquer” firmaba inflamados artículos contra la monarquía en el diario El Poble Català. Jaime Marcet pertenecía a la clase media – sus padres tenían una camisería – escribía poesía y era un entusiasta socialista, admirador de Rosa Luxemburgo y defensor a ultranza de la revolución social. Pero el extremismo del chico era más verbal que real porque personalmente era dulce y sensible, incapaz de matar una mosca. Quizá porque era algo más joven que


Aurora, esta no se lo tomó nunca en serio del todo y, menos todavía, cuando al anochecer la acompañaba a San Gervasio, la dejaba delante de la verja de la casa de las encinas y le declaraba su amor. Aurora tenía veinticinco años y tenía los pies en el suelo. El ejemplo del desgraciado matrimonio de su hermana Regina la había prevenido contra los hombres y, muy especialmente, contra los delirios románticos de las chicas y la irresistible tendencia a soñar con falsos paraísos gobernados por Eros. Pero su corazón no era insensible a los requerimientos amorosos de Jaime Marcet, con quien probablemente se habría decidido tener una aventura si el chico en lugar de idealizarla la hubiese abordado con menos lirismo. Pero la época no daba más de sí. Los jóvenes como Jaime y su grupo preferían visitar Ca l’Angeleta, el célebre prostíbulo de la calle de las Arrepentidas, donde desfogaban sus instintos con el amor venal y mercenario, y trataban a las chicas normales como si fuesen diosas que había que respetar. Si Jaime se hubiese acercado simplemente como un hombre se acerca a una mujer, Aurora le habría dado alguna cosa más que su angelical sonrisa, pero el chico prefería recitarle poemas, los propios y los ajenos, en lugar de meterle la lengua en el paladar o meterle mano a su cuerpo de mujer madura. Aurora, por más esfuerzos de imaginación que hiciese, no se veía casada con Jaime, a pesar de que el joven le gustaba aunque encontraba que le faltaba solidez. Lo aceptaba como amigo y, si el hubiese sido más osado, quizá como amante, pero nunca como padre de sus hijos. Por otra parte, Aurora ponía en tela de juicio que el destino inexorable de las mujeres fuese el matrimonio, una institución sacralizada, pero que empezaba a hacer aguas a ojos vistos. El progreso económico del nuevo siglo, con la irrupción de la técnica y la ciencia, y la difusión de la cultura, propiciaba un cambio de costumbres que afectaba a toda la sociedad, empezando por las clases bajas, llenas de ideas anarquistas, de ateismo militante y de anticlericalismo, donde los conceptos de justicia social y libertad iban de boca en boca, y acabando por las clases altas, abocadas al hedonismo. En las mismas mujeres surgía un movimiento tímido pero persistente que propugnaba una cierta liberación personal, que en la superficie se manifestaba en un cambio de hábitos de comportamiento y de indumentaria, y que en un aspecto más profundo las empujaba hacia la universidad, el arte y la cultura, sectores tradicionalmente reservados a los hombres, con alguna rara excepción. Aurora soñaba con ser independiente. Las clases de dibujo, que habían empezado como un simple entretenimiento y una excusa para escapar de la órbita ramplona de su madre, habían desembocado en un interés real por la pintura, un mundo en plena transformación que dejaba atrás nombres como Fortuny, Rusinyol o Casas y que daba paso a los Mir, Nonell y Picasso. Disponía de los recursos necesarios y no tenía ataduras familiares que impidiesen su libertad de movimientos. A pesar de darse cuenta de que su hermana la necesitaba, tenía el íntimo convencimiento que no se iba a convertir en la dama de compañía de Regina, ni acabar siendo la “tieta” de la familia Menajan-Izalburu, la solterona de la casa de las encinas. Hacia dieciocho meses que vivía en San Gervasio de Cassoles y había previsto dejar la casa de los Menajan a principios de 1912, pasadas las fiestas. Pero no cumplió sus propósitos porque precisamente el día de Reyes Jonatan anunció que con motivo del décimo aniversario de su matrimonio, obsequiaba a su mujer y a sus hijos con un viaje en el trasatlántico más lujoso del mundo, el Titanic, que hincaría su travesía inaugural desde Southampton, Inglaterra, a Nueva York el 10 de abril de aquel mismo año y Regina la rogó que retrasase su partida hasta esa fecha. La noche del 31 de marzo, Aurora se retiró a su habitación más tarde que de costumbre. Por la tarde había ayudado a Regina a hacer las maletas, un conjunto de dos maletas de piel de cerdo y un baúl de dos compartimientos más alto que las gemelas. La familia había previsto irse por la mañana del día siguiente hacia París y, después de una pausa, llegar a Londres un par de días antes de embarcar. Jonatan que había llegado a casa después que Jacob, Aurora y Regina hubiesen cenado, quiso destapar una botella de champán como despedida. Por lo que vio Aurora no era la primera copa que Jonatan tomaba esa noche. Bajo la mirada indulgente de su padre, el joven Menajan estuvo haciendo bromas todo el rato y explicando anécdotas picantes – historias de adulterio – protagonizadas por nombres relevantes de la sociedad barcelonesa. Aurora se había lavado el pelo y con una toalla retorcida en la cabeza, desnuda bajo el albornoz, ponía orden en la mesa que usaba como escritorio. Alguien llamó suavemente a la puerta. Pensó que era su hermana y abrió el batiente sin ningún tipo de cautela. Pero no era Regina, sino Jonatan que había entrado en la habitación. Iba descamisado, despeinado, con síntomas evidentes de haber continuado bebiendo. Su aliento era olor al whisky, Una tufarada que la medio mareó, porque su cuñado la abrazaba y le mordía la boca. Forcejearon; como dos luchadores silenciosos, combatían en una batalla desigual. Aurora no gritó; el pensar que a unos metros de ella estaba la mujer y los hijos de su atacante le impidió hacerlo. Estaba medio desnuda en los brazos de el y la extraña idea que los otros pensasen que le había provocado la paralizaba de miedo, un terror que se añadía a la inquietante sorpresa de ser objeto de la concupiscencia incontrolada de un hombre que la empujaba hasta la cama. Por la mañana Aurora no se levantó. Cuando su agresor la abandonó la noche anterior como un asesino que deja atrás el cuerpo de la víctima. Aurora habría querido morirse. Sacando fuerzas de flaqueza, fue a meterse bajo la ducha con el intento ilusorio de limpiar su cuerpo profanado. Se estuvo mucho rato. El agua tibia que la azotaba con fuerza,


aunque no consiguió eliminar de su piel las marcas de la ignominia acabó calmándola, y atenuó los latidos de su corazón desbocado. Hasta altas horas de la madrugada, cuando empezaba a amanecer, Aurora no se adormeció sin que el sueño acabase de imponerse. A primera hora de la mañana oyó el ruido de la casa que se despertaba y la voz estridente de Adela, el refunfuñar de Gertrudis, el acareo de las gemelas, la voz autoritaria de su atacante, las órdenes de su hermana. Sabía que le encontrarían a faltar pero no tuvo el valor de levantarse. Regina se presentó en su habitación. “Estoy enferma”, dijo a su hermana y dejó que Regina le pusiese la mano en su frente sudorosa. Poco después, Ariadna, Judit y Edmundo reclamaban a su madre porque el taxi estaba en la puerta. Temía que en un exceso de cinismo su cuñado también viniese a despedirse. Pero Jonatan no volvió a atravesar la puerta que por la noche había violado. Esa fue la última vez que vio a su hermana y a las gemelas. A su cuñado le soñó durante años. Cuando justo se habían disipado los traqueteos del motor del taxi, Gertrudis se sentó a su lado. Aurora, ante la solicitud maternal de la criada, le abrió su corazón. Las mujeres lloraron abrazadas y Gertrudis solo dijo dos palabras: “Este canalla…” La noche del 31 de marzo de 1912, Aurora pasó alguna cosa, un hecho que impidió a Aurora continuar con su relato. Cerró el cuaderno de dibujo y con la excusa que tenía que dar un vistazo a la cocina desapareció dentro de la casa. De la crónica que la tía Aurora acababa de hacer de su familia, lo que más me llamó la atención fue descubrir que mi madre no había sido feliz en su matrimonio. Todo lo que recordaba de ella, así como de mi padre y de las gemelas, eran noticias y recortes de información que había ido recogiendo los últimos años. De los años que conviví con ellos no recordaba nada, como tampoco no tenía conciencia de lo que pasó con el Titanic. Han pasado unos cuantos días y he ido reconstruyendo, como aquel que encaja un rompecabezas, lo que podía haber sido el matrimonio de mis padres. He ido reuniendo fragmentos de comentarios, cosas dichas por la abuela Esther, el abuelo Jacob, el tío Daniel y la misma tía Aurora, frases y alusiones pilladas en diversos momentos. Pero las revelaciones más significativas las he obtenido de la servidumbre de la casa, de Baldiri, Adela y, sobretodo, de Gertrudis, la criada vieja, que según me ha confesado había querido mucho a mi madre. Por lo que parece mi padre una vez casado continuó haciendo vida de soltero. El embarazo de mi madre, del cual nacerían mis hermanas gemelas, fue una excusa perfecta para dejar a la mujer en casa y reemprender las viejas amistades de cuando era libre. En la actitud de mi padre el abuelo Jacob tenía su parte de responsabilidad. El viejo patriarca, tan austero en todas sus cosas, trataba a su hijo pequeño con una indulgencia excesiva como si el futuro padre de familia, Jonatan Menajan, continuase siendo el joven de veinte años que había hecho tronar al cielo. Daba toda la impresión que el sobrio, serio y espartano Jacob Menajan, de quien no se le conocía ninguna veleidad inmoderada desde que había enviudado veinte años atrás, toleraba a su pimpollo más joven, comportamientos y actitudes que el no se habría permitido nunca y que, generalmente, no consentía en los demás. Estaba claro que Jonatan no le había discutido nunca nada y, desde que estaba casado, cumplía a la perfección el papel que le correspondía en el tablero de los negocios financieros de su padre, contra los cuales se había vuelto Daniel por escrúpulos de conciencia. 3 Hay una fotografía de mi madre que miro a menudo. Está sentada en un sofá con las gemelas a lado y lado, cuando tenían dos años y yo todavía n había nacido. Mi madre, aunque sonreía tenía los ojos tristes, muy diferentes del retrato que le hicieron cuando se prometió con mi padre, en el cual hay una dedicatoria con una letra inclinada de colegiala. Entre una y otra foto hay poco mas o menos tres años de diferencia, pero bien miradas parecen dos mujeres distintas. En el retrato de mi madre tiene dieciocho años, mira directamente a la cámara y muestra una mirada irónica, un poco burlesca, como si se riese de ella misma por posar ante el fotógrafo. En la fotografía con las niñas también mira al objetivo pero aquí la expresión de los ojos es otra: serios, concentrados en ellos mismos, quizá ausentes. Una tercera fotografía concluye la serie. En esta está la familia completa: el padre, la madre, las gemelas y yo todos risueños al pie del surtidor con la portalada de la casa de las encinas al fondo. Aun siendo la placa más reciente de las tres fotos, es la única que se ha vuelto de color sepia, probablemente porque la hizo un fotógrafo ambulante pocos días antes que emprendiesen a Nueva York, donde nunca llegaron. Sino fuese por estas fotos, a mi madre y a las gemelas no las habría reconocido. Lo digo porque me vienen a ver, hace años que me vienen a ver. La primera vez tenía once o doce años. Era cuando venía por casa la señorita Cristina, la amiga de la tía Aurora, que me enseñaba a hablar y a no confundir las palabras. Recuerdo que estaba arriba de la encina grande, a la entrada del anochecer, después de una larga y penosa sesión con la logopeda. Las gemelas aparecieron al lado de la fuente de Diana como surgidas de la nada. Llevaban un vestido azul celeste de media manga, unos zapatos negros de charol,


calcetines blancos por debajo de la rodilla y un lazo rosa que les recogía los tirabuzones. Vestidas iguales eran idénticas. Jugaban a salpicarse con el agua del surtidor sin decirse nada, ni gritar, ni reírse. De tanto en tanto daban un vistazo a la copa del árbol, como invitándome a participar en su juego silencioso. Me había acercado y me miraban serias, como si tuviesen miedo de que les hiciese daño. Se habían apartado del agua. “Soy Judit”, me dijo una; “yo soy Adriana”, dijo la otra. Les iba a decir mi nombre pero la lengua se me había paralizado y boqueaba como un pez sin poder decir nada. “Eres malo”, dijo una de ellas, no recuerdo cual de las dos, y echaron a correr hacia el fondo del jardín, detrás de la casa, donde está la pérgola que no hemos vuelto a usar desde que la madre no está. Después las he vuelto a ver a menudo, aunque no las he hablado nunca porque cuando me acerco huyen corriendo y no se paran por más que las llame. Yo me he hecho mayor y ellas continúan sin crecer, paradas a los nueve años, la edad que tenían cuando se murieron. Pero yo se que no están muertas, que por una razón desconocida has parado su crecimiento y que aparecen de súbito por casa observando los pequeños cambios que se han producido desde que ellas no están. La madre las vio unos cuantos meses después, a principios de invierno. Estaba de pie delante de la chimenea del salón, el primer día que Gertrudis la había encendido. Llevaba un vestido largo de noche sin mangas, que mostraba sus brazos desnudos, torneados, de piel muy blanca. La falda de satén malva se le pegaba a los costados y acababa en una cola larga de puntillas que arrastraba por el suelo. Se había sacado los guantes largos y los sostenía con la mano izquierda. Ella si que me habló. Pero no dijo gran cosa. Se limitó a pasarme la mano por mis cabellos mientras repetía “mi pequeño”, una y otra vez. Yo lloraba: unas lágrimas grandes como avellanas me resbalaban mejillas abajo mientras volvía a oír la voz del padre o del abuelo que decían que los hombres no tienen que llorar nunca. Cogí la mano de mi madre y su contacto cálido me hizo sentir muy pequeño, como si de repente me hubiese hundido en el obscuro silencio de mi infancia. “Quiere a Aurora”, me dijo mi madre y mi corazón dio un salto porque su rostro tomaba las facciones de su hermana, como si se las hubiese robado. Fue precisamente Aurora quien me encontró horas después sentado en el suelo delante del fuego, sumido en una crisis total de afasia. Mi madre y mis hermanas gemelas están vivas, al menos para mí, aunque el doctor Canovell afirme que no, que son productos de mi imaginación. Pero yo se distinguir perfectamente las cosas reales de las imaginadas. A menudo me imagino que soy un soldado napoleónico que vuelve de la batalla de Borodino y derrotado entre la nieve, en medio de un ejército disperso, asediado por las tropas del mariscal Kutuzov y los guerrilleros rusos, o bien que soy un pirata a las órdenes del corsario Francis Drake y que lucho con la espada en la mano contra la tripulación de barcos de la Corona de España. En los dos casos, y en otros parecidos, se que todo es fantasía, como lo que pasa en una obra de teatro, una película o una novela, por más emoción que ponga. Por más que me figure que participo en una batalla, en tierra o en el mar, por más que me represente que vivo un idilio de amor, nunca me olvido que, todo junto, es irreal, ficción. Mis ojos no ven nada, mis oídos no oyen y mis manos no tocan cuerpos sólidos. En cambio, mis hermanas y mi madre las veo, las oigo, huelo su aroma y en el caso de mi madre, me toca y la palpo de la misma manera que me abrazo a la corteza rugosa del tronco de las encinas. Hay una diferencia y la se distinguir, digan lo que digan. Roque está de acuerdo conmigo. Opina que los médicos no ven más allá de sus narices y que los facultativos de la familia, incluyendo a Aurora, conspiran contra mi por tal de recluirme en un manicomio y quedarse la herencia. Roque quizá exagera, pero es el único amigo de verdad que tengo y me consta que o me ha engañado nuncaLe conocí en las clínica del doctor Canovell, de san Cugat, cuando iba a ver a un hermano suyo, un pobre hombre de 40 años que hacía 12 que no salía de la zona de clausura, donde le tenían atado a la cama y se lo hacia todo encima. Fue el, Roque, que me mostrole camino para salir del sanatorio. “Diles lo que quieren oír, y sobretodo, no hables demasiado” El me mostró los árboles y las flores. “Fíjate, respira su calma” Y con una paciencia infinita me fue señalando los plátanos, las moreras, los cipreses, el algarrobo, la casaurina, los dos castaños de Indias, las mimosas, el almez y los cedros del Líbano; y las anémonas, los gladiolos, los nardos, las rosas, los claveles, las margaritas, los geranios, los ranúnculos, en diversos estados de floración y con sus misteriosas maneras de reproducirse. El hecho que pidiese que me dejasen regar el jardín, o parte de el porque era muy grande, hizo que el doctor Canovell y, sobretodo su ayudante, el doctor Casas, me mirasen de otra manera y redujesen la mitad los baños de agua caliente y las sesiones de hipnosis se limitasen a una por semana. “Cómete todo lo que te pongan en el plato, aunque después lo vomites” me aconsejó Roque, e hice el esfuerzo de comer la escudilla y carne de olla de cada mediodía, con el inevitable plato de ensalada y la manzana, y la verdura de las noches con el trozo de pescado frito, con flan y galletas y el vaso de leche. No había sido nunca una persona de vida, pero el hecho de tener gana o no tenerla, no constituía un síntoma importante en el proceso de curación. Que se


me despertase la gana – o que lo hiciese ver – fue como poner aceite en una lámpara. Los médicos y las enfermeras lo consideraron como una señal inequívoca de recuperación. La tía Aurora venía a visitarme cada semana después de la hora obligatoria de la siesta, aparecía con un libro bajo el brazo, y una cesta de fruta del tiempo. Nunca había comido tantas naranjas hasta aquel invierno. A mediados de abril le pedí a tía Aurora de volver a casa. Me había engordado un poco y las regadas de media tarde en el jardín habían curtido mi piel. El doctor Canovell y mi tía Aurora hicieron un pacto: volvería a casa por tres meses, a prueba, siempre que cada miércoles por la mañana subiese a San Cugat para someterme a una sesión de hipnosis, terapia que el doctor Canovell había practicado en Parí y de la cual era un ferviente partidario. Salía a las nueve y a las nueve y media cogía el carrilet de Sarriá en el apeadero de la plaza Molina. Media hora más tarde estaba en la clínica, en el antedespacho del director, el cual, antes de hipnotizarme, me recibía como si fuese un amigo que hubiese ido de visita. Me preguntaba “como te encuentras” y tenía que repetirle lo que había estado pensando en el tren con tal de evitar quedarme sin decir nada como un mochuelo, incapaz de formular una frase. Me salía bastante bien. Me dio la impresión que siempre le dije lo que esperaba escuchar. De las sesiones de hipnosis no se nada, no recuerdo nada. Me hacía sentar en una butaca de cuero de espaldas a la ventana y hacía oscilar un péndulo de plata delante de mis ojos. La esfera brillante del final de la cadenita refulgía como la lágrima de una lámpara y al cabo de unos momentos, muy pocos, me dormía dulcemente. Si el reloj de la estantería de encima de la chimenea del despacho no hubiese indicado que había pasado más de media hora, habría dicho que solo habría estado dormido unos minutos. Pero aquellos dos cuartos largos indicaban que mi persona se había librado íntegramente en las manos del brujo doctor Canovell y vaya a saber que le acababa de decir. Entraba y salía de la hipnosis con una gran facilidad, pero no podía evitar someterme con el presentimiento que me arrebataba alguna cosa muy propia, íntima, con el agravante de no saber cual. Pero me dejaba hacer porque veía que el siquiatra parecía complacido con las notas que había tomado mientras yo estaba dormido. Como que tampoco me comentaba nada, acabé olvidando mis recelos. La única cosa que me dijo la última vez que le fui a ver fue: “Un día me tendrás que explicar que pasó la noche del 14 de abril de 1912” Baldiri se ha presentado con un ayudante. Hacía semanas que tía Aurora le había pedido que hiciese una hondonada en la parte de atrás del jardín para hacer abono y hasta hoy el hombre no se dignaba ponerse en marcha y aún con la colaboración de un subalterno. El acólito, que se llamaba Pedro – es un chico de unos veinte años, delgado y no muy alto. Me da la impresión que lleva la ropa que le ha dejado Baldiri: unos pantalones anchos, una camisa vieja sin cuello, alpargatas de cintas y una gorra con la visera medio descosida. Por la manera que coge la azada salta a la vista que el chico no ha trabajado nunca la tierra. Al cabo de media hora de haberse puesto, ya descansaban bajo las moreras. Adela les ha sacado un par de bocadillos y media botella de vino y se han puesto a almorzar tranquilamente como si el agujero pudiese esperar días y días. Observo que el chico no para de mirar la casa. Lo que me parece es que lo hace disimuladamente, como si quisiese que nadie se diese cuenta de su interés, ni el mismo Baldiri, que parece muy satisfecho de hacerle de capataz. El chico se ha dado cuenta que le miro desde arriba de la encina y se ha acercado. -¿Tu eres Edmundo, verdad? Le digo que si y salto del árbol. -Tu abuelo está en el piso de arriba, ¿verdad? Le digo que si con la cabeza. -¿No baja nunca? -Solo los domingos. -¿Su secretario no está, verdad? -Ha ido a llevar el correo. Volverá dentro de un rato. La tía Aurora ha aparecido bajo el marco de la puerta. Cosa que siempre hace cuando me oye hablar. (El doctor Canovell le dijo que yo hablaba con personas imaginarias). El joven se ha sacado la gorra y se ha presentado: -Me llamo Pedro Tarrida. Soy el ayudante del señor Baldiri. La tía Aurora le ha sonreído y le ha dicho con un punto de ironía que esperaba que la fosa para el abono no se alargara como la obra de la Seo. El chico le ha devuelto la sonrisa – tiene unos dientes blanquísimos – y ha afirmado que en un par de días liquidarían el trabajo. Me he fijado que el chico no tiene manos de obrero. Su misma manera de hablar, el hecho de que se había referido a Baldiri tratándolo de señor, hace pensar que el joven es estudiante o que ha servido en alguna casa de señores. El resto de la mañana se lo ha pasado cavando, con largos paréntesis de descanso. Cuando Guillermo ha vuelto de traer el correo, el ayudante de Baldiri se ha difuminado como si hubiese ido hasta el fin del muro a hacer un río. Las noticias de Barcelona son que ayer por la noche mataron a dos hombres en la calle Princesa. No se sabe si eran de la CNT o de los Sindicatos Libres. Por la tarde me he encontrado a Pedro Tarrida en la taberna de Pons. Estaba sentado en una de las mesas de fuera del bar, a la sombra de las acacias. Cuando Roque le ha visto ha dicho “Mira, el payo te espera”, y se ha ido hacia la vía


del tren. A Roque no le gusta que hable con gente que no sea el. Con la gente de la casa parece que lo tolera pero le molesta que lo haga con desconocidos. Pedro me ha invitado a tomarme un vermut con aceitunas pero le he dicho que no bebía alcohol y Pons me ha servido una naranjada con gas que estaba caliente. Para justificarse me ha comentado que los trabajadores de la fábrica de hielo de la calle Ciudad de Balaguer estaban de huelga porque eran de los pocos que todavía no hacían la jornada de ocho horas. Esta observación ha dado pie a Pedro para hablar de las condiciones de trabajo de la clase obrera. Me ha explicado que la burguesía con su tozudez de no querer prescindir de sus privilegios de clase se estaba cavando su propia sepultura. Ha añadido que me decía eso porque veía que yo era un intelectual – había señalado el libro que yo tenía entre las manos – y que por mi juventud todavía no estaba podrido por los prejuicios. -Soy un Menajan – le he recordado. -Ya lo se – ha replicado – pero un Menajan que lee poesía no puede ser un hijo de puta. Ha soltado una risotada a la que me he añadido. Pedro iba vestido de distinta manera de por la mañana. Llevaba americana y camisa limpia con cuello pero sin corbata ni pañuelo, aunque llevaba zapatos y una gorra de tejido que parecía nueva. Le he preguntado si era estudiante y me ha dicho que no, que su oficio era el de camarero. Me ha explicado que hasta hacía una semana trabajaba en el Lyon d’Or y que lo había dejado por diferencias con el encargado. Ahora esperaba incorporarse al Café Colón y entretanto, para hacer algún dinerillo, había aceptado ayudar al señor Baldiri, amigo de su madre del Centro Espiritista “Luz” de la calle de Salmerón, en Gracia. No se como me encontré que Pedro hablaba de anarquismo. Yo tenía una idea borrosa, muy negativa, recogidas de aquí y de allá, de las noticias de los diarios que llegaban a casa, de algún sermón del Rector de la Madre de Dios de la Bonanova y de los comentarios oídos en la casa de las encinas. De acuerdo con esta imagen, una anarquista era un individuo resentido, sin principios morales, que ponía bombas y disparaba contra personas honradas con el propósito de destruir la sociedad al grito de Ni Dios, ni Patria ni patrón. Pedro, por eso, también decía otras cosas: Un Anarquista es un rebelde que se revuelve contra las condiciones injustas de la sociedad. Los hombres y las mujeres nacen para ser libres, para ser iguales ante la naturaleza. Son las leyes de los hombres que hacen que uno nazca marqués o paria, rico o pobre. Hay diferencias naturales, no lo niego. Unos nacen altos y otros bajos, unos tienen temperamentos activos y otros pasivos, unos son más inteligentes que otros. Pero estas diferencias no importarían sino hubiese las otras, las que impone una sociedad injusta. “La mayoría de los anarquistas son obreros, aunque en sus filas haya intelectuales de procedencia burguesa. Son obreros, pero que no han renunciado a instruirse, a formarse, a conocer el mundo en que vivimos. Y su verdadera lucha es la de la expansión de sus ideas por tal de construir una sociedad nueva, un mundo libre de todos los prejuicios que hacen los hombres desiguales artificialmente. Anarquismo quiere decir libertad. Libertad para todos los hombres, para toda la humanidad. Esto, teniendo en cuenta que los poderosos se aferran a sus privilegios, solamente se puede conseguir con una gran revolución que restituya el orden natural, sin Estado, sin matrimonio, sin religión, sin dinero, que no son otra cosa que ficciones sociales. -Los anarquistas – objeté – ponen bombas que matan inocentes. -Es cierto, y yo estoy en contra. Aunque muchas de las bombas no las ponen los anarquistas, sino que salen de las manos de agentes provocadores que pretenden sembrar el odio contra los anarquistas. Cada vez que tengas noticia de un atentado, si te preguntas a quien beneficia tal vez te des cuenta de que las cosas no son tan claras, porque hay muchos pistoleros al servicio de la reacción, gente que quiere que venga una dictadura militar o la misma policía, que está a las órdenes de un asesino que se llama Arlegui. “Los años de oscurantismo han pasado. El siglo XX ha nacido a la luz del progreso de las ideas, de la ciencia. Que el mundo se hizo en seis días y que Eva fue formada de una costilla de Adán es una cantinela a la vera del fuego, como la ciencia ha demostrado. ¿Quién puede creer hoy que el Papa de Roma es infalible? ¿Tu crees que tus pecados pueden ser perdonados por un hombre como tu con la única diferencia que se pasó siete años en un seminario? ¿Hay nada más libre que el amor? ¿Tú crees que el matrimonio priva que el amor se marche de la misma manera que ha venido? Las paredes de la ficción social se tambalean y serán las trompetas de los heraldos de la nueva sociedad que acabarán de hundirlas. Cuando le he explicado a Roque la conversación que había tenido con Pedro Tarrida, me ha dicho: “Ten cuidado co ese que estoy seguro que lleva una piedra en la faja”. La piedra de Roque nos ha hecho reír a los dos. A pesar de advertencia de mi amigo, no acabo de ver que Pedro constituya ningún peligro, a pesar de que sus ideas anarquistas son un poco inquietantes. Si al tía Aurora o el abuelo Jacob supiesen todo lo que me ha dicho, no le permitirían estar ni un segundo más dentro del perímetro de la casa. No puedo negar que me es simpático.Tiene y que tiene una especie de atractivo personal que acaba atrayéndote. Tal vez lo haga el que siempre sonríe y que me trata como si me conociese de toda la vida. Que me haya expuesto todo lo que piensa lo considero una prueba de confianza que se la tengo que agradecer. A parte de la tía, la mayoría de la gente – el abuelo, el doctor Canovell, Guillermo – me tratan como si fuese incapaz de entender según que cosas. No se dan cuenta de que aunque solo tengo dieciséis años he leído y he pensado mucho más que una persona normal que


tenga treinta. Con esto no quiero decir que no me considere normal, aunque tengo que aceptar que soy un poco especial, que mi vida no es como la de los demás. La que está encantada con la presencia de Pedro es Lina, que no deja de acercarse con cualquier excusa. Me hace gracia como da vueltas alrededor de los dos hombres, haciendo posturitas para llamar la atención. Les ríe cualquier comentario, no se si picante, porque no me llegan las voces, pero por las risas que hace jurarían que le dicen procacidades. Roque también la observa, a Lina, y rezonga en voz baja que es una calientabraguetas, más putas que las gallinas. A la hora de la siesta, cuando tenía que estar en mi habitación descansando, he bajado a espiarlos. Baldiri y Pedro han comido en la cocina y tal como sospechaba, cuando la casa estaba más silenciosa, Lina y Pedro han salido la pérgola. Les he observado desde detrás de Studebaker del abuelo, agachado en el suelo. En cuanto se han sentado en el poyo, la pareja ha empezado a magrearse y a darse besos en la boca. Pedro le ha desabotonado la blusa y se ha amorrado a las tetas; le ha puesto la mano bajo las faldas. Desde mi mirador he visto como jadeaban, especialmente Lina, que hacia un ruido como si se fuese a morir. El se ha desatado los pantalones y Lina le sacudía el miembro. Pero han desaparecido de repente detrás de los helechos que hay entre la pérgola y el muro. Fuera de mi vista he imaginado lo que hacían y me he masturbado. No he vuelto a ver a Pedro hasta el anochecer, y creo que por última vez. Mientras estaba con la tía Aurora en los columpios de madera de debajo de las encinas, Guillermo se ha dirigido a la tía. Un poco excitado y sin muchos miramientos, le ha preguntado que quien era aquel tipo que estaba con Baldiri. La explicación de Aurora no le ha satisfecho demasiado, yo diría que más bien le ha alarmado. Guillermo y Pedro han hablado a solas, sentados en el poyo de la pérgola, exactamente en el mismo lugar que unas horas antes el chico y Lina se morreaban. Ni la tía Aurora ni yo oíamos que decían los hombres. Lo que si hemos visto es que Guillermo, con la pistola en la mano, ha hecho vaciar los bolsillos del chico. De todo lo que Pedro llevaba, Guillermo solo le ha devuelto el pañuelo, hecho un ovillo, y unas piezas de calderilla, el resto de cosas – unos papeles – se los ha metido en el bolsillo interior de la americana. Después le ha acompañado hasta la puerta del jardín. Ni el uno ni el otro nos han dicho nada cuando han pasado por delante nuestro. Antes de subir al piso de arriba, Guillermo se ha encarado con Baldiri. Le ha dicho, gritando: -¡Tu, hijo de puta, vigila a quien traes a casa! Baldiri por toda respuesta, ha dejado caer la azada, se ha encogido de hombros y se ha ido sin saludar. Después de cenar el abuelo me ha hecho llamar. Antes de decirme nada me ha alargado un papel de una libreta con los pliegues de haber sido doblado en cuatro, donde había mal dibujada con lápiz la fachada de la casa, con las tribunas hexagonales y con una flecha que apuntaba al piso de arriba donde el abuelo tenía su estudio. -¿Sabes que significa eso? Me he quedado en silencio porque he entendido inmediatamente que aquella flecha suponía una amenaza contra el abuelo. -La gente – ha dicho – se mata por las calles, y es una guerra que hace más de diez años que dura. De hecho, empezó con una tentativa de revolución, muy mal hecha, por cierto, en 1909. Después de aquel fracaso, las cosas fueron más serias. El mundo también ha cambiado. La guerra europea, que la ganó el bando equivocado, ha comportado grandes convulsiones revolucionarias, la primera de ellas ha sido la revolución rusa, que ha llevado al poder a los bolcheviques, los comunistas, y que constituyen una amenaza para el mundo civilizado. En nuestras latitudes el socialismo no ha tenido gran fortuna pero, en cambio, el anarquismo se ha extendido como una mancha de aceite. Bajo la capa de las organizaciones obreras, los sindicatos, los anarquistas pretenden sembrar el terror y mientras se preparan para saltar a la yugular de la sociedad atentan contra las fuerzas del orden del país, contra la policía, los militares, los miembros del gobierno, la jerarquía eclesiástica y la burguesía. Si en 1909 me hubiesen hecho caso, ahora no cantaría ni gallo ni gallina. Consiguieron reducirme a vivir postrado en una silla de ruedas pero parece que no tienen suficiente, como la flecha del amigo Baldiri indica. “Como es lógico, aquellos que ven sus vidas y sus haciendas amenazadas procuran defenderse con todos los medios a su alcance, lícitos o ilícitos, porque estamos en una guerra abierta. Tal vez un día el gobierno se dará cuenta que para erradicar el cáncer de la revolución no se puede ir con medias tintas y que, tarde o temprano, se tendrá que imponer un régimen de mano dura, seguramente una dictadura militar, que restablezca la paz y el orden. “Eres muy joven todavía para comprender la importancia de según que cosas y no creo que estés en condiciones de tomar partido o de haber nada más que lo que haces y recuperar la salud y prepararte para ser un hombre. Pero lo que no tienes que olvidar nunca, es que eres el heredero del patrimonio de los Menajan y que tienes la obligación moral de preservarlo para las generaciones futuras. “Por lo que respecta a Baldiri, que ha hecho de caballo de Troya sabiéndolo o no, no volverá a poner los pies en esta casa y procuraremos que se vaya a vivir bien lejos de aquí. He echado a Adela, su hermana; las monjas nos recomendarán una nueva cocinera de toda confianza. “Y todavía otra cosa, la última. A finales de julio harás diecisiete años y he pensado que no puede ser nada bueno que vagabundees por la casa a tu edad, sin hacer nada. He convenido con Daniel que a primeros de septiembre vayas a su despacho a ayudarle. Te enseñará a trabajar, a llevarle el archivo y cosas así, tratarás con gente y te pagará un


sueldo modesto que espero que te lo ganes. Entretanto veremos como acaba la cuestión de este Pedro Tarrida, que la policía investigará. De momento te recomiendo que no tengas tratos. Procura estar con los ojos bien abiertos y si notas que ronda la casa gente desconocida, díselo a Guillermo. El sabrá lo que tiene que hacer. Haga lo que haga, tu no intervengas. En según que cosas siempre es mejor mantenerse al margen. Al bajar del estudio del abuelo, la tía Aurora me había advertido que no saliese al jardín porque Guillermo había traído dos perros doberman que de noche vigilaría la casa. 4 Esta mañana el abuelo Jacob me ha llamado a su estudio. Me ha hecho sentar delante de su amplia mesa de despacho construida expresamente para que se pueda ubicar con la silla de ruedas y me ha alargado La Veu de Catalunya. El abuelo me ha señalado el titular a tres columnas de la primera página que encabezaba la noticia del asesinato de Don Ignacio Martí, pariente de los navieros Verga. El diario explicaba que el cadáver del directivo de la compañía de navegación Mediterránea había sido encontrado en un margen de la carretera de la Arrabassada con dos tiros en la nuca. La policía daba por hecho que el naviero había sido víctima de los anarquistas. Después de una breve semblanza biográfica, la información indicaba que el difunto dejaba viuda y dos hijos. La noticia ha dado pie al abuelo para volver a insistir sobre el peligro que representan para la sociedad los revolucionarios ácratas del Sindicato Único. El abuelo me ha explicado que conocía a la víctima, a la boda del cual asistió ahora hace unos diez años cuando Ignacio Martí, hijo del propietario de Industrias Martí, contrajo matrimonio con Serena Verga. Los Verga, don Enrico y don Vincenzo, eran unos navieros que se habían hecho de oro durante la guerra europea. El hecho de que la muerte haya golpeado a alguien de sus conocidos puso al abuelo fuera de sí. Ha necesitado un buen rato para que volviese a su serenidad habitual. Los atentados de los anarquistas le hacen perder los nervios, está claro que estuvieron a punto de matarlo. Por lo que se de su historia no se lo puedo recriminar. El abuelo Jacob nació en Hamburgo, Alemania. Su padre, Israel Menéjem, era rabino y maestro del Jéder, la escuela de chicos de una comunidad hebrea de las afueras de la ciudad. Su madre, Esther Kletzkin, procedía de Varsovia, ciudad que abandonó pata irse a casar con Israel, un rabino a quien no conocía y que vivía en una ciudad de la cual no había oído hablar nunca. Los Menéjem y los Kletzkin eran parientes lejanos, formaban dos castas de rabinos que habían sido guía y consuelo de las comunidades respectivas. Esther viajó en tren cuarenta y ocho horas seguidas para encontrarse al final del trayecto con un hombre de treinta y seis años, gordezuelo, taciturno, con una larga barba sobre el pecho y en plena crisis de fe. Israel Menéjem estaba lleno de dudas, no solo religiosas, sino también sobre su propia identidad. Pero esto Esther no lo supo hasta más adelante, una vez casada y madre de Jacob. A pesar de que la familia Menéjem seguía al pie de la letra las tradiciones de su pueblo, el hombre que constituía la luz y que debía dar ejemplo a su comunidad vivía las tribulaciones de aquel que pierde la fe a marchas forzadas. Al día siguiente de finalizar el Pèsaj, las pascua judía que conmemora el éxodo de Egipto, que se inicia con el Sèder, cena ceremonial durante el cual se lee el Haggdà, la narración de la liberación del pueblo de Israel de Egipto, Israel Menéjem hizo un viaje relámpago a Ámsterdam, de donde volvió al cabo de tres días con un contrato de representación de un grupo de orfebres holandeses con el encargo de establecerse en Estrasburgo, la puerta de entrada a Francia. En Estrasburgo, Israel Menèjem, haciendo unos de su nacionalidad alemana se empadronó como un gentil más con el nombre de Stefan Menajan. Aunque pensase que su marido estaba poseído por un dibbuk, la abuela Esther, criada en la obediencia, con tan solo diecinueve años, no pudo hacer nada contra la voluntad de su marido. Procuró que la familia, por lo menos en el interior del pisito cerca de Ill, no perdiese las raíces de su pueblo, pero la chica, la joven madre de Jacob, muy pronto se dejó seducir por la prosperidad del marido, que se convirtió en un experto en el tráfico de oro y diamantes. Jacob, a los seis años, ingresó en una escuela católica y el niño, aunque nunca dudó que era judío, se educó como un alsaciano más. A medida que fueron pasando los años el joven Jacob aprendió el arte de disimular, de tener más de una cara, porque la madre procuraba conservar la tradición en el reducto de la familia, y los negocios del padre comportaban un mundo de relaciones alejadas de las costumbres hebreas. Según la ley, Jacob era alemán y se manutuvo, sobretodo porque el pueblo de Israel en Alsacia era visto no con reticencia, sino con hostilidad. Como alemanes y ciudadanos de Estrasburgo padre e hijo, amparados bajo la firma Jewels Menajan, ampliaron el negocio de la familia hacia el sector de las finanzas, con una red de relaciones que se extendía por las ciudades de Estrasburgo, Ámsterdam, Hamburgo, Berlín, París y Barcelona. En el año 1870, dos meses antes de que el general prusiano Werder se apoderase de la ciudad, Israel Menéjem murió de un ataque al corazón y fue inhumado en el cementerio de la ciudad con el nombre de Stefan Menajan, después de unas exequias a las cuales asistió la flor y nata de la población. Pero los tiempos de guerra no eran muy propicios a los negocios y unos cuantos meses después, aunque los germánicos cortasen el bacalao en Estrasburgo, Jacob Menajan y su madre emigraron hacia el sur, a la ciudad de Barcelona, donde el corresponsal de Menajan, el financiero Evaristo Arnús, había cuidado de dejar bien custodiados los caudales de la familia alsaciana. Cuando Jacob llegó a Barcelona tenía veinticuatro años y era considerablemente rico. Madre e hijo se instalaron en el Hotel Continental, desde donde Esther se dedicó a buscar un piso confortable y Jacob establecía los primeros contactos con banqueros y orfebres para


continuar sus negocios. Unas cuantas semanas después, a primeros del año 1971, los Menajan alquilaron un piso principal en la calle de la Canuda, donde Jacob estableció su despacho, y Esther, con cincuenta y tres años se quedó como una viuda extranjera que casi no salía de su casa. España acababa de estrenar un nuevo rey constitucional, Amadeo I, de la casa de Saboya, hijo de Víctor Manuel II de Italia, con lo que se ponía fin a la etapa de provisionalidad republicana iniciada con la Revolución de 1868. Barcelona era una ciudad próspera que se expandía rápidamente hacia la falda de Collserola y hacia los ríos Llobregat y Besós, una plataforma inmejorable para los asuntos del ambicioso Jacob. Una ciudad que comenzaba un periodo de pujanza económica, que años después se conocería como la etapa de la Fiebre del Oro, solo amenazada por los incipientes movimientos organizativos de la clase trabajadora y por el tradicional centralismo de Madrid, que le costaba entender las inquietudes de la burguesía del país. Jacob Menajan, con la ayuda de su secretario y hombre de confianza, Ramón Albalat, puso las bases de su negocio, el comercio de oro y piedras preciosas, bienes tangibles que tenían una gran demanda entre los patronos de las industrias textiles y metalúrgicas y los exportadores de vinos, hierro, plomo y cobre. Fue el mismo señor Albalat, profesor mercantil y poeta a horas perdidas, quien le enseño las primeras nociones de catalán y castellano a su joven patrón y quien le introdujo en los laberintos de la ciudad nocturna. Pero Jacob Menajan, aún disponiendo de una importante fortuna a los veinticinco años, no era partidario de dejarse ver en lugares de mala fama y prefería frecuentar los teatros del Liceo y el Principal, hacerse socio del Círculo del Liceo y hacer méritos para ser elegido miembro de la Academia de las Buenas Letras, lugares donde podía continuar sus contratos mercantiles aunque fuese con una copa de champán en la mano. En el baile de Carnaval de 1873, Jacob Menajan conoció a la señorita Pilar Coll, segunda hija de los fabricantes de terciopelo Coll-Barnadas. El encuentro tuvo lugar en el marco del Teatro del Liceo, a altas horas de la noche, después de la serie de rigodones y polcas, y cuando damiselas y jóvenes, damas y caballeros, habían dejado de lado las máscaras. La chica tenía veintitrés años, era la única soltera de las tres hermanas Coll, poseía una notable cultura. Hablaron en francés todo el rato y antes de que la familia Coll abandonase la fiesta cerca de las cuatro de la madrugada, Jacob había obtenido una cita para el día siguiente a las seis de la tarde. No habían pasado aún dos meses cuando Jacob arrastró a su madre a la casa de los Coll – un palacete cerca de la Ronda de San Pedro - donde habían sido convidados tomar el te. A partir de aquella visita, a la cual también asistió Evaristo Arnús, avalador de los Menajan antes la buena sociedad barcelonesa, Jacob se convirtió en el pretendiente oficial de la chica, situación que se prolongó hasta el intercambio de los anillos de prometidos, ceremonia particular que se celebró en el domicilio de los Coll el día de San Juan, fiesta onomástica del patriarca de la familia, durante una cena de siete platos. El matrimonio Menajan-Coll se mudó al caserón de calle Ancha, un edificio renacentista que había sido propiedad del Barón de Tresserra y que la viuda había vendido a Jacob antes de retirarse a un monasterio de monjas benedictinas. El casalicio, hechas las obras de restauración necesarias, acogió a los jóvenes esposos y a la madre del marido, la señora Esther, llamada “la alemana”. La casa, de dos plantas con caballerizas y almacén en la planta baja, era de las lujosas de la ciudad, apta para celebrar recepciones, fiestas y conciertos para más de sesenta personas. El matrimonio Menajan disponía de un tílburi y una carroza y dos caballos que habían pertenecido al Barón de Tresserra, pero que los Menajan no utilizaban casi nunca. Jacob Menajan mantuvo el despacho profesional en el amplísimo principal de la calle Canuda, a pesar que nunca figuró en la puerta una placa en la puerta del piso ni distintivo de ningún tipo ya que la naturaleza de los negocios que se hacían en esas dependencias exigía la máxima discreción. Para cualquier observador no vinculado directamente a las transacciones comerciales y financiera de Jacob Menajan, el joven alemán, que había sido introducido en los mejores salones de la ciudad, era visto más como un estudioso rico que no como hombre de negocios. El hecho de ser extranjero acompañaba su reserva natural y aparecía a los ojos de la sociedad barcelonesa como el yerno de los CollBarnadas, sin una personalidad propia definida, tal vez un avezado cazador de dotes. La misma personalidad de Pilar Coll, una mujer exuberante con una gran capacidad de gentes, contribuía a desdibujar la figura del marido, una persona discreta y probablemente tímida que tendía a situarse en un segundo plano. El matrimonio Menajan-Coll tuvieron dos hijos, Daniel y Jonatan, nacidos con dos años de diferencia, que en lugar de ser circuncidados como pretendía la abuela paterna, fueron bautizados en la Basílica de la Madre de Dios de la Merced, cerca del domicilio de la familia. La cuestión de la ascendencia hebraica de los Menajan preocupaba muy poco a Pilar, porque Jacob había hecho tabla rasa con sus orígenes raciales y su comportamiento era equiparable a cualquier ciudadano europeo, español o alemán, aunque su madre, una mujer extraña y solitaria, se empeñase en seguir la tradición judía de su infancia y primera juventud. Suegra y nuera convivían bajo el mismo techo, pero tan separadas la una de la otra como si viviesen en las antípodas. La abuela Esther, como había hecho en el piso de la calle Canuda, no salía de casa y se pasaba las horas en su salón privado leyendo novelas románticas francesas, apareciendo en la mesa a las horas de comer y de cenar, y recibiendo la visita de sus nietos cada media mañana antes de que la nueva niñera, Gertrudis, los llevase a pasear. Las mujeres se hablaban lo imprescindible, como dos casi desconocidas, pero sin acritud ni hostilidad. Si alguna vez surgía alguna diferencia entre ellas – sobre las comidas, los niños, los asuntos de la casa, las criadas – Jacob era el encargado de hacer de árbitro, de dictar sentencia, con el bien entendido que sus decisiones eran inapelables.


Los negocios de Jacob Menajan progresaban viento en popa. Barcelona vivía una etapa de expansión y los servicios de Jacob estaban detrás de muchas iniciativas industriales y comerciales que necesitaban fuentes de financiación que no siempre la banca facilitaba. Si alguien hubiese preguntado a Jacob cual era su negocio, y en el caso improbable que hubiese contestado, habría dicho que era el de “avalista”, una figura poco conocida en el derecho mercantil pero muy solicitada por banqueros y casas de cambio y bolsa. Continuaba con los negocios del oro y de las piedras preciosas, pero este tema de sus asuntos cada día se volvía proporcionalmente menos importante respecto al otro. El empujón definitivo a sus negocios, lo que hizo que Jacob Menajan se convirtiese en uno de los hombres más ricos de Barcelona, vino con la ocasión de la Exposición Universal de Barcelona del 1888. Aquel acontecimiento suponía un gran salto cualitativo para la ciudad con la urbanización del Parque de la Ciudadela, la erección del Arco del Triunfo, que hacía de pórtico de la Exposición, la construcción del restaurante El Castillo de los Tres Dragones, de Domenech y Muntaner, la finalización del edificio del Palacio de Justicia, la edificación del Hotel Internacional, el levantamiento del monumento a Colón, el Portal de la Paz, y también otras obras que contribuían a la mejoría y a la modernización de Barcelona. Todas aquellas obras comportaban un gasto superior a las disponibilidades financieras del municipio, cosa que hizo imprescindible la financiación de la Banca y los avales de Jacob Menajan de los cuales no se resarció con creces hasta un par de años después con el pago en solares públicos, que en poco tiempo doblaron su valor. La entrada del siglo XX la familia Menajan lo celebró con la inauguración de la casa de las encinas, una mansión soberbia en el barrio de San Gervasio de Cassoles. Diez años antes, Pilar Coll había muerto de un cáncer, una enfermedad maldita que todos designaban con el nombre de “un mal feo”. En el momento del deceso de Pilar Coll tenía cuarenta años, una belleza impresionante que se fue mustiando en pocos meses; dejaba un desconsolado marido de cuarenta y cuatro años y dos chicos de dieciséis y catorce años. Jacob, a pesar de las oportunidades que le servían en bandeja, no se volvió a casar y si hasta que se quedó viudo había sido una persona discreta y reservada, a partir de la muerte de su mujer se volvió todavía más retraído y esquivo, concentrándose en sus negocios y en la educación de sus hijos adolescentes. Restringió su vida social al mínimo indispensable y al cabo de un tiempo de no asistir a los salones donde había estado con su mujer, las señoras le borraron de su lista de invitados. Tenía fama de misántropo y la sociedad barcelonesa lo dejó de lado. A pesar de todos los rumores que corrieron, no se le conocían relaciones con otras mujeres, lícitas y abiertas, o ilícitas y escondidas. Aunque alguno afirmaba con la boca pequeña que su viejo secretario Albalat le hacía de alcahuete y que algunas noches llevaba a alguna cocotte de categoría al despacho de la calle Canuda, nadie pudo probar nada de eso y todo quedaba en habladurías. El hecho era que nadie sabía nada de nada de su vida privada, lo que venía a añadirse a su fama de persona escurridiza y enigmática. La primera década del siglo, dos acontecimientos marcaron el destino de Jacob Menajan. El primero fue el movimiento Solidaridad Catalana, y el segundo, la Semana Trágica. El 23 de noviembre de 1905, el semanario satírico ¡Cu-Cut!, que Jacob había ojeado alguna vez en la barbería, publicó una caricatura en la cual dos militares delante de un montón de gente sentada en un restaurante, establecían el diálogo siguiente: -¿Qué celebran? -El banquete de la victoria. -Ah, serán paisanos. Esta broma, que indirectamente aludía a la desastrosa campaña militar española en Marruecos, irritó a los oficiales del ejército de la guarnición de Barcelona, los cuales, la noche del día 25, asaltaron la redacción y la imprenta del ¡CuCut! Y la redacción del diario La Veu de Catalunya y los quemaron. La Veu de Catalunya pertenecía a la Liga Regionalista, el partido catalanista que celebraba la victoria de las elecciones municipales que habían tenido lugar unos días antes. Paradójicamente, la protesta ciudadana contra la agresión de los militares ocasionó que el gobierno de Madrid promulgase la ley de jurisdicciones, que favorecía a los amotinados. Para tratar de oponerse a aquella ley se formó la Solidaridad Catalana. El primer acto público de aquella agrupación, que aparecía como un amplio frente catalán, fue la fiesta de homenaje a los diputados que habían votado en contra de la ley de jurisdicciones. La Solidaridad Catalana reunía en su seno partidos de diversa procedencia ideológica: Carlinos, La Liga Regionalista, El Centro Nacional Republicano, la Unión Catalanista y diversas facciones del republicanismo catalán, encabezados por una ejecutiva en la que había el joven Francisco Cambó, un político financiero que en años venideros haría negocios conjuntos con el veterano Jacob Menajan. La efervescencia política del momento no podía pasar inadvertida a un hombre como Jacob, que regía un negocio tan sensible y delicado como el de las finanzas. Hasta aquel momento Jacob había contemplado con cierta indiferencia la irrupción del catalanismo en la vida pública, un movimiento que había nacido al abrigo de cuatro poetas al final del siglo anterior, pero que cada día, al lado del republicanismo, tomaba más importancia. Jacob, que se había educado en un país fronterizo, Alsacia, con un dialecto propio que no se molestó nunca en aprenderlo, miara a los catalanistas con un punto de condescendencia y con no menos perplejidad. Muchos de sus clientes lo eran, catalanistas, y le sorprendía que aquellos hombres de negocios, fabricantes y comerciantes, con tanto sentido común y realismo en todo lo que hacía referencia a las cuestiones económicas, en el momento de hablar de la patria o de la lengua les saliesen chispas de los ojos y se


volviesen exaltados e ilusos como criaturas. La única figura que le merecía alguna consideración en las filas del catalanismo político era Enrique Prat de la Riba, hombre discretísimo, de una sólida formación intelectual no ajena a la influencia germánica, y verdadero artífice de la Solidaridad Catalana. Tal vez aquella simpatía estaba influida también por el hecho que el líder catalanista se parecía físicamente a el, la misma estatura, la misma frente amplia, idéntico mostacho e iguales gafas de pinza, que probablemente habrían comprado en el mismo establecimiento de la calle Fernando. A pesar de que se llevaban veinticuatro años de diferencia – Prat de la Riba en 1907 tenía treinta y siete años – esta no se notaba porque según el decir de la gente, los dos, a los treinta años ya eran viejos. Los esquemas mentales de Jacob Menajan tuvieron que variar cuando se percató que el catalanismo político no era flor de un día – la Solidaridad Catalana arrasó en toda Cataluña en las elecciones del mes de abril de 1907, y esto dejó a Lerroux sin su acta de diputado – y, hombre práctico como era, instó a que sus dos hijos se afiliasen a la Liga Regionalista y el tuvo la precaución de suscribirse a La Veu de Catalunya, diario del partido emergente. Jacob, catalanista no lo era ni lo fue nunca. Su toma de posición obedecía a estrictas razones estratégicas inspiradas en la continuidad de sus negocios. De origen judío, nacido en Hamburgo y criado en Alsacia, con intereses transfronterizos, Jacob Menajan no se identificaba con ninguna nacionalidad, aunque por razones prácticas se nacionalizó español en 1891, después de veinte años de residir en el país. Tal vez fuese por eso que le sorprendió que su hijo mayor, Daniel, que había hecho la carrera de Derecho en la Universidad de Barcelona, declarase que de la Liga Regionalista no se podía hacer porque ya era miembro desde que se había fundado en 1901, como exafiliado del Centro Escolar Catalanista, amigo del compañero de carrera Francisco Cambó y socio del Centro Nacional Catalán desde 1859. Para Jacob Menajan la Semana Trágica constituyó un ensayo general revolucionario que por mal organizado que estuviese, representaba una amenaza muy seria para la estabilidad política y social del país. Aunque no acababa de entender la política colonialista de la corona española en el Norte de África, comprendía que el ejército español no podía quedarse de brazos cruzados ante la tragedia del Barranco del Lobo, donde murieron más de ciento cincuenta militares y mas de seiscientos fueron heridos. Que el gobierno de Madrid pretendiese reforzar sus tropas del Rif era lógico, aunque quizás no lo era tanto que quisiese enviar cuarenta mil reservistas catalanes, la mayoría casados y con hijos, en unos momentos en que la ciudad de Barcelona era un avispero de revolucionarios. Aquellos días de julio de 1909 Jacob los pasó encerrado en su casa de las encinas, con su madre, sus dos hijos, su nuera los nietos y el servicio de la casa. En Barcelona, la huelga general degeneró en un amotinamiento en el cual la plebe, lo peor de cada casa, se dedicó a perseguir curas y a quemar iglesias y conventos. La familia Menajan vivió unos días de angustia mientras contemplaban desde el jardín como se elevaban columnas de humo por toda la ciudad. Al final, el ejército impuso el orden con dureza, con las consecuencias obvias de un montón de muertos, la clausura de de centros y periódicos revolucionarios y el encarcelamiento del pedagogo anarquista Francisco Ferrer y Guardia. Que el poeta Juan Maragall, desde las páginas de La Veu de Catalunya, propugnase una actitud conciliadora con los revoltosos, no privó que Ferrer y Guardia fuese fusilado en el castillo de Montjuic como escarmiento y aviso para navegantes. Jacob Menajan entendió que los lamentables hechos de la Semana Trágica marcaban un antes y un después. La fiera revolucionaria, por más que vencida, había enseñado los dientes. La burguesía, catalanista o no, tenía que hacer frente común con tal de segar a ras de tierra el fermento de la revuelta social. Aquel convencimiento determinó las actitudes futuras de Jacob, y le comprometieron decididamente en la lucha contrarrevolucionaria. Y lo hizo a su manera – desde las sombras, secretamente – y con sus armas – el dinero. La primera guerra mundial supuso para Jacob Menajan un cambio de rumbo, un paréntesis. Cuanto estalló la contienda tenía sesenta y ocho años y sus circunstancias familiares habían variado. Hacía dos años que su hijo Jonatan, su nuera Regina y las dos nietas gemelas habían muerto en la tragedia del Titanic. Su madre, con ochenta y seis años, continuaba aferrada a la vida a pesar de que sus facultades mentales sufriesen lapsus cada vez más graves. La abuela Esther, empequeñecida como un pajarillo, con la piel y huesos, estaba recluida en su habitación y en su saloncito donde una monja la cuidaba y le hacía compañía todo el día. El manejo de la casa lo gobernaba Aurora Izalburu, la hermana de su nuera difunta, que se había hecho cargo de su único nieto vivo, Edmundo, de ocho años. El servicio, más o menos, era el de siempre. Daniel se había instalado en un ático del mismo edificio del despacho de abogado que había abierto en el Paseo de Gracia. Además de ejercer su profesión – empezaba a tener un nombre como abogado mercantilista – se dedicaba a la política, siempre a remolque de su compañero de estudios Francisco Cambó. Los Menajan, padre e hijo, cada día estaban más distanciados ideológicamente. Cada día, Jacob bajaba al despacho de la calle Canuda con el Studebaker, que conducía su chófer, Guillermo Matas. El señor Ramón Albalat hacía seis anos que había muerto y le sustituía la señora Remedios Capella, viuda de Fernando Roig, una señora que había trabajado en el Banco Hispano-Colonial y que era una excelente contable, fea como un pecado y fiel al señor Menajan hasta la muerte. Hacía unos cuantos años, inmediatamente después de la Semana Trágica, que Jacob había abandonado los negocios de mayorista y traficante de orfebrería y su actividad como financiero la había canalizado a través de la banca. Era el segundo accionista de la Banca Arnús, establecimiento que había fundado el nieto de su amigo, Evaristo Arnús, Gonzalo Arnús, en 1910. La guerra de los imperios centrales, Alemania y Austria, contra Francia e Inglaterra, comportó un considerable impulso económico en la neutral España. Cataluña, la región más industrializada de la península, volvió a vivir una


etapa de fiebre del oro en la cual los duros de plata resonaban sobre las mesas de mármol de los cafés de la Rambla; las noches de Barcelona adquirían un resplandor fulgurante y los salones de los hoteles se llenaban de personajes turbios, intermediarios de contendientes europeos y espía de todas las castas. Jacob Menajan, aunque guardase muy dentro sus simpatías políticas, no pudo evitar la visita de un personaje que se había hecho famoso en la ciudad: el súbdito alemán Rudolf Stallman, un hombre bien plantado de unos cincuenta años, que se hacía llamar Barón de Köning. El barón era un agente secreto muy bien relacionado con la policía de Barcelona, amigo personal del comisario jefe, Manuel Bravo Portillo. De aquella conferencia salió el compromiso de que Jacob Menajan facilitaría al barón de Köning una determinada cantidad de dinero, trimestral, que su chófer, Guillermo Matas, le llevaría en persona a la Criolla, un café concierto de baja estofa de la calle de Perecamps, donde el barón y su grupo habían plantado su campamento. Así mismo, Jacob se comprometió a informar al barón de aquellas exportaciones que conociese a través de la Banca Arnús, que saliesen del puerto de Barcelona con destino a las potencias aliadas. Aquella colaboración, que duró hasta la firma del armisticio que puso fin a la guerra en noviembre de 1918., creó unos lazos con el falso barón alemán que se prolongaron unos cuantos años más, comprometidos los dos en una guerra mucho más cercana contra los pistoleros sindicalistas de la CNT. 5 Guillermo se enteró que conversé con Pedro en la taberna de la placita de las acacias. No se como lo hizo para enterarse; supongo que se lo habría explicado alguno de sus espías, que nos debía ver. Ha querido hablar conmigo, los dos solos. Nos hemos sentado en el salón de fumadores de al lado del comedor grande de la casa. Era la hora del mediodía y cuando se lo he recordado no me ha hecho ningún caso, y me ha oído como el que oye llover. Antes de interrogarme, me ha explicado lo mismo que me había dicho el abuelo hacía unos cuantos días: la lucha a muerte que hay en las calles entre los anarquistas y la gente de orden. Pero Guillermo no es hombre de muchas palabras. Más que hablar, el quería que hablase yo, que le explicase con todo detalle de que hablamos Pedro y yo. Le he hecho una relación de lo que Pedro me explicó sobre el anarquismo. Me ha dado la impresión de que Guillermo se ha quedado un poco decepcionado, que esperaba alguna otra cosa. “Esta música me la se de memoria”, ha dicho, “la se mejor que el Ven y ven, de la Chelito”. Después me ha explicado que Pedro no se llama Pedro Tarrida, sino Pablo Juncosa y que es hermano de Víctor Juncosa, un pistolero muy peligroso del grupo del Ascaso, Durruti y García Oliver. “Una banda de hijos de puta, que se llevan el aceite”, añadió. Me ha recomendado que si Pedro Tarrida o Pablo Juncosa se ponía en contacto conmigo que no le rechazase, que le escuche, pero que, sobretodo, no le deje entrar en casa bajo ningún concepto, y que sin falta se lo diga a el, especialmente si Pedro me propone una cita. Me ha dado la impresión que Guillermo está dolido con el mismo por no haber retenido al chico, como si le hubiese faltado perspicacia. Parecía molesto y no m extrañaría que el abuelo le hubiese abroncado. Lo que no le he dicho a Guillermo es lo que Pedro y Lina hicieron en el fondo del jardín. No se porque me lo he callado. Quizás es que Guillermo no me es nada simpático porque me trata sin ninguna consideración, como si en lugar de ser el nieto del amo fuese un criado más de la casa. Lo que tampoco le perdono es que no tenga miramientos con la tía Aurora. Roque me ha comentado que Pedro Tarrida usará a la Lina para introducirse en la casa de las encinas y que solo o acompañado de su hermano atentará contra el abuelo. Antes tendrá que liquidar a Guillermo y a los dos dobermans. Roque opina que todo esto junto puede ser más emocionante que una película de Douglas Fairbanks o de Tom Mix. A mi no me sabría nada mal que alguien le agujerease la piel a Guillermo. Por lo que hace a los perros, yo mismo les daría la bola. Me parece que han salido directamente del infierno. A la hora de merendar la tía Aurora me ha hablado de Guillermo. Guillermo Matas nació en Manresa en el seno de una familia católica y obrera. Su padre era Cardador del ramo textil y su madre se ocupaba de la portería de la fábrica, Tejidos Baygual, empresa donde, además del marido trabajaban sus dos hijas mayores, María y Ana, de dieciocho y dieciséis años. Guillermo era el más pequeño de los cuatro hermanos. La familia Matas, a pesar de los cuatro sueldos y el alojamiento gratuito, las pasaban magras. A los seis años Guillermo ingresó interno en la escuela de la Compañía de Jesús, en calidad de becado o de niño pobre. Con una cultura rudimentaria, más piadosa que efectiva, el pequeño de los Matas, a los catorce años, fue a hacer de aprendiz en un almacén de ferretería. Estuvo hasta los dieciocho años, y entonces decidió probar suerte en Barcelona siguiendo los pasos de su hermano Anselmo, que dos años antes había emigrado a la capital. Las cartas de recomendación de los jesuitas de Manresa consiguieron que Guillermo entrase de ayudante de cajista en El Correo Catalán, diario de inspiración nacionalista, partidario de la trilogía “Dios, Patria y Rey” y que llevaba como subtítulo Diario Popular Defensor de los Intereses Morales y Materiales del País. Allí conoció a un grupo de fanáticos carlistas propensos a enfrentarse a los anarquistas y a los republicanos de Lerroux con las pistolas en la mano. En más de una ocasión Guillermo había participado en la razzias nocturnas que el grupo hacía contra los subversivos.


En 1910, Guillermo entra al servicio de Jacob Menajan, como chófer y guardaespaldas. Tenía treinta y tres años y había estado casado con una modista que había conocido en un obrador de la calle de Baños Nuevos, muy cerca de la sede del periódico. A pesar de su pasado, Guillermo era un católico muy superficial, y carlista no lo había sido nunca. Tampoco era un hombre ambicioso. Desde el punto de vista moral, practicaba la manga ancha. Le gustaba vivir bien, sin dolores de cabeza económicos ni preocupaciones de otro tipo. De hecho, el lema “Dios, Patria y Rey” no le daba ni frío ni calor, contrariamente a algunos requetés del entorno del Correo, que se jugaban la vida. Era, eso sí, un hombre de acción y fiel al que le pagaba. Entre sus amigos y conocidos pasaba por ser un tipo duro, del morro duro, decían, a quien no le temblaba la mano si tenía que disparar un revolver. A primeros del año 1909 un incidente le marcó para toda la vida. Su mujer Luisa procedía de Collblanc, hija única de una familia inmigrada de Murcia que había venido a Barcelona con ocasión de las obras de la Exposición Universal. Su padre era de ideas libertarias; su madre, una buena mujer que no abría la boca para no ofender. Guillermo y Luisa no tenían hijos y ella había continuado trabajando en Collblanc porque Guillermo no toleraba que los compañeros del diario viesen que su mujer, después de casada, continuase haciendo de modista. Según Guillermo, Luisa había oído demasiadas historias de su padre, el viejo ácrata, e interpretaba que la independencia de carácter de ella obedecía a la influencia anarquista paterna. Este punto era un motivo de confrontación constante entre los esposos. Alguna vez, con la excusa de que su madre estaba enferma, Luisa se quedaba a dormir en casa de sus padres. En una de estas ocasiones, Guillermo se dejó arrastrar por compañeros de trabajo y pistoleros de noche, que se autodenominaban Los Magníficos, a los music-halls del Paralelo, donde hicieron el tronera. Guillermo acabó la fiesta entre los brazos de una barragana que le llevó a un pisito de pueblo Seco. Hacia las seis de la mañana cuando Guillermo de disponía a irse, la puta, tal vez descontenta por la paga que había recibido, le dijo: -No tengas prisa, que tu mujer aún debe estar en la cama con el amante. Aquella frase, que se añadía a una noche empapada de bebidas fuertes, traqueteó a Guillermo, el cual, sin pensarlo seriamente, alguna vez le había pasado por la cabeza que Luisa le pusiera cuernos durante sus ausencias nocturnas. Un taxi le dejó en la entrada del Torrente Gornal, donde vivían sus suegros. Mientras se dirigía al número 22 de aquella calle sin empedrar, los vio salir de casa. Iban cogidos del brazo y se reían. Fueron aquellas risas la cosa que le enfureció. Luisa sacudía la cabeza y el hombre llevaba un cigarrillo en la boca. No les dijo ni media palabra. Les disparó seis tiros a dos metros de distancia. Mientras el hombre caía al suelo le pareció que intentaba sacarse un arma del bolsillo. La policía no le detuvo. El comisario que le interrogó, un tal Muñoz, ironizó sobre el hecho que hubiesen asesinado a la mujer de un conocido elemento tradicionalista acompañada y un anarquista armado que no había tenido la oportunidad de sacar su pistola. La policía echo tierra encima. El comisario Muñoz, dándole en la espalda, le dijo con una semisonrisa en el momento de despedirlo: -Alguien nos ha hecho el trabajo sucio. A ti te han lavado el honor de marido engañado y a nosotros nos han sacado un pistolero de delante. Antes de separarse definitivamente, el comisario añadió: -En el caso que lo hubieses hecho tu demostraría que los tienes muy bien puestos. Se acercan tiempos en que hombres como tu nos pueden ser muy útiles. Estaremos en contacto. A las seis de la tarde acaban las niñas de la escuela de las mercedarias. No todas son niñas porque hay un grupo de chicas entre catorce y dieciséis años que pasan por delante de casa y, entre risas, me saludan con la mano. Son cinco chicas que van cogidas del brazo haciendo escala, de la más alta a la más baja. La mayor de todas es rubia y se le perfilan los pechos bajo la blusa. La tía Aurora la conoce y es la hija de los tintoreros de la calle de San Gervasio. A Roque no le gusta que mire a las chicas. Dice que todas son unas sosas, que se ríen por nada y que si me acerco me tomarán el pelo. A Lina no la puede ver. Afirma que es una calienta pollas. Roque querría que no tuviese otro amigo que no fuese el. A veces se pone tiránico e insoportable. La hija de los tintoreros se llama Mónica. La he escrito una poesía y querría hacérsela llegar. El problema es que no se como hacerlo. Desde el ventanal de mi habitación espío a las chicas cuando van a la escuela. Van por separado, tanto por la mañana como por la tarde. Hace días que llevo la poesía en el bolsillo de los pantalones y me quema como si llevase una brasa encendida. Me he aventurado a esperar a Mónica al lado de la puerta de rejas del jardín, pero no he tenido suerte: iba acompañada de otra chica y cuando me debatía entre el deseo de salir y alargarle el sobre con el poema y, el miedo a hacer el ridículo, la tía Aurora me ha llamado para que fuese a desayunar. Por la tarde he tenido más suerte. Mónica iba sola y en una carrera he depositado el poema en sus manos. No nos hemos dicho nada. Le he mirado los ojos – son verdes y transparentes – y he arrancado a correr. Ahora espero con ansia su reacción. Estoy en la cama con la certidumbre de que no cerraré los ojos. Mi madre ha venido a verme. Roque me pone mala cara. Aunque no le he dicho nada de la poesía que le di a Mónica – han pasado tres largos días – el lo sabe; como por otra parte, conoce todos mis pensamientos más recónditos. Me sabe mal que esté enfadado conmigo pero no se como hacerle cambiar de opinión. A veces es más tozudo que una mula. Desde que le encontré en


el sanatorio no ha dejado de acompañarme. Pero es obstinado y quiere que se haga solo lo que el dice. Si fuese por Roque, hace tiempo que me habría escapado de casa y ahora viviría en una pensión del Raval de Barcelona, donde, según el, está la verdadera vida. Siempre me dice que vivo envuelto entre algodones. Noto que Lina está muy extraña. Desde el caso de Pedro y desde que Baldiri ha desparecido de la casa y del barrio, no sale al jardín. Ha dejado de provocarme: en el comedor no me enseña el escote ni me arrumba por los pasillos. Está muy seria, como si alguien la hubiese indispuesto con la familia Menajan. Pienso que debe verse con Pedro y que este le debe haber hablado del abuelo. La cocinera nueva se llama Miguela aunque ella quiere que la llamemos Quela, que es como la han llamado toda la vida. Tiene unos cincuenta años y es viuda, con una hija emancipada que va a su bola sin estar casada ni nada. Gertrudis hace correr la voz que hace de mujer de la vida en la calle de las Tapias. No se de donde lo debe de haber sacado Gertrudis, sino es de las monjas, que visita cada jueves por la tarde. Roque me dice que si la Quela sabe lo que la criada va diciendo de su hija la sacará los ojos. Antes de venir a casa, la mujer ha hecho de cocinera en una pensión de la calle de San Pablo – un rincón de artistas y estudiantes – donde ha aprendido los cuplés de moda, que se pasa todo el día cantando: desde El relicario hasta Els Tres Tombs, de la Violetera a los Tranvías de Foronda, las Caramelles, el Remena nena, los Elastics Blaus. Guillermo, contrariamente a lo que hace con el resto de la gente de la casa, le da conversación cuando se la encuentra por la mañana, cuando la Quela sale a comprar. Desde el incidente con Pedro Tarrida, raramente Guillermo abandona la casa de las encinas. Antes solía salir al anochecer y no volvía hasta bien entrada la noche. Ahora casi nunca sale de casa. Se pasa horas removiendo el motor del Studebaker del abuelo y se ha entretenido haciendo una jaula donde poder tener a los perros sueltos. Sino tiene otro trabajo se sienta en la pérgola sin parar de fumar. El ha sido el primero en hablarme de mi padre. -Jonatan era un tipo que los tenía de dos yemas, que no se arrugaba por nada. En plena Semana Trágica aún habiéndose declarado la huelga general, tu padre acudía a la fábrica de terciopelo Coll-Barnadas de Pueblo Nuevo, de la cual era gerente, y pistola en mano, reunió al personal. Les dijo que los que quisiesen hacer huelga eran muy libres de hacerla, pero que si traspasaban la puerta no hacía falta que volviesen porque estaban despedidos. Eran cerca de las siete de la mañana y todavía no habían empezado a trabajar. Ordenó al encargado y a los capataces que pusiesen en marcha el motor de vapor y se quedó solo en el patio de camiones rodeado por un centenar de hombres y mujeres, plantándoles cara. Aunque tenía la pistola en la mano, lo habrían podido matar. Tenía treinta y tres años y el primer sol de la mañana, después de cinco cuartos de espera, le iluminó los cabellos que había heredado de su madre. Poco a poco, ahora uno , después el otro, todos se pusieron a trabajar. A media mañana, cuando había empezado la quema de conventos, tu abuelo le hizo enviar un pelotón de la Guardia Civil que mantuvieron a los piquetes de huelguistas lejos de la fábrica. Aunque al día siguiente no se presentase a trabajar, la primera batalla la había ganado el, con dos cojones como una casa. Mi padre no ha venido nunca a verme. Aunque la tía Aurora un día dijese que cuando era pequeño el seguía por casa como un cachorro, no lo recuerdo nada. Su presencia se me ha borrado totalmente, como la de mi madre y las gemelas. A estas las veo a menudo. Suelen presentarse por separado a la hora del cambio de luz, cuando la tarde se retira y las sombras empiezan a alargarse. Pero su actitud es muy diferente. Mientras mi madre me mira con ojos compasivos, las gemelas me observan de reojo y si me acerco, huyen. Todo esto me hace pensar que les doy miedo. Los sentimientos que me invaden cuando estoy delante de mi madre o de mis hermanas también son muy diferentes. Con mi madre siento una gran ternura, como una añoranza muy honda que me llena los ojos de lágrimas. Con las gemelas, en cambio, experimento un sentimiento de rechazo, de hostilidad, como si percibiese el eco de unos celos antiguos. No lo puedo evitar pero cuando las veo tengo el convencimiento de que me van a robar a mi madre. Contra lo que podría pensar Guillermo, la evocación que ha hecho de mi padre, plantado delante de los trabajadores con la pistola en la mano, no me ha gustado ni gota, más bien me ha llenado de inquietud. Desde que Gertrudis me dijo lo que mi padre le había hecho a tía Aurora, tengo la convicción que mi padre no era una buena persona. Un día pregunté a mi madre donde estaba mi padre y ella hizo un gesto impreciso con la mano como si indicase que estaba lejos. No insistí porque me di cuenta que al hablarle del padre los ojos sacaban chispas. Roque me dice que me olvide de mi padre que no hurgue en el pasado, que no es obligatorio tener recuerdos de antes de los seis años. Por lo que respecta a las visitas de mi madre y a las gemelas, no dice nada, por más que me consta que el también las ve. Ariadna y Judit tienen una actitud muy diferente de la de mi madre y no se me acercan y cuando les digo alguna cosa arrancan a correr como si les diese miedo. En cambio, mi madre se me acerca y me toca, me acaricia la mejilla y los cabellos y me aprieta contra su pecho. Cuando lo hace, siento una tristeza cósmica. Estoy rodeado de voces. Van y vienen como las hojas de los árboles que arrastra el viento. Es un rugido un zumbido indistinguible, como si mucha gente hablase a la vez. No le he dicho nunca al doctor Canovell aunque el me ha preguntado muchas veces, si oigo voces, pero el médico se refiere a voces claras, perfectamente perceptibles, como si me hablasen al oído. De las voces que oigo he acabado eligiendo dos grupos, uno de voces alegres y distendidas, y otro de voces tristes y crispadas. He hecho otra constatación; oigo las voces a primera hora de la mañana, cuando la casa está en silencio, y cuando me voy a la cama, poco antes de dormirme. Pero en ningún caso Me siento inquieto ni nervioso. El rumor de las voces me acompaña y presto atención para aclarar el sentido, el ruido se va de la misma manera que ha venido.


Mónica me ha dejado una nota en la reja del jardín, entre el pámpano de hierro y la columnita de la derecha de la puerta. La ha puesto a primera hora de la mañana cuando justamente había salido para verla pasar. El escrito dice: “Muchas gracias por la poesía. Me ha gustado mucho. No sabía que fueses poeta. En la escuela nos han hecho leer a Joan Maragall, que es un gran escritor. Una amiga me ha dejado La palabra en el viento, de José Carner, ¿Le conoces? Le encuentro muy moderno y sensible. Me gustaría leer otra poesía tuya. Por cierto, ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Mónica Blanquer.” La nota de la Mónica me ha hecho muy feliz y al mismo tiempo me ha dejado preocupado porque dice que soy poeta, cuando versos he hecho muy pocos. Ahora tendré que fijarme mucho: no puedo hacerle llegar cualquier cosa. Nada de lo que tengo escrito me satisface lo suficiente. Me he pasado todo el día intentando escribir una poesía digna de Mónica. Su referencia a José Carner me ha hecho releer Auques i Ventalls, que no me gustó mucho. Después de muchas pruebas, a latas horas de la noche, he dejado listo un poema de veintitrés versos que me gusta bastante. Mañana por la mañana se lo daré a Mónica con una nota donde le diré que mi nombre es Edmundo Menajan Izalburu. Esta semana ha habido cinco muertos en Barcelona. El miércoles por la mañana, poco antes del mediodía, han matado al señor Miguel Faulí, el patrono de Metalurgia Hispania, cuando salía del Fomento del Trabajo Nacional, del cual era el vicepresidente. Los pistoleros le dispararon desde un coche en marcha, a imitación, según los periódicos, de los gángsters de Chicago. El muerto era amigo del abuelo y persona muy conocida en la ciudad. Además del Fomento, presidía media docena de asociaciones barcelonesas, desde la Asociación de Ingenieros Industriales de Cataluña a la Asociación Wagneriana. La Vanguardia ha publicado nueve esquelas y La Veu de Catalunya, ha hecho una editorial de página entera. La misa del funeral ha sido convocada para el sábado a mediodía. Unos cuantos días después aplicaron la ley de fugas a dos miembros de la CNT. La policía los había ido a buscar a la cárcel Modelo para llevarlos una comparecencia al juzgado y los mataron en un descampado cerca de los huertos que hay alrededor de la estación de Sants. Solamente la Solidaridad Obrera – de los periódicos que llegan a casa – dedica tres páginas a los asesinatos. El mismo viernes por la noche fueron abatidos a tiros dos pistoleros de la Unión de Sindicatos Libres, en la calle Guínjol, cuando salían del café concierto La Buena Sombra. Los dos muertos eran viejos conocidos de la policía, con claras conexiones con el general Arlegui, jefe superior de la Comisaría Central de Barcelona. El abuelo, con quien he ido a los funerales del vicepresidente del Fomento, ha comentado que aquella escalada de muertos era una locura. En la catedral el abuelo ha saludado al nuevo capital general de Cataluña, el general Miguel Primo de Rivera. Al volver hacia casa el abuelo le ha dicho a Guillermo que la semana siguiente tenían que organizar un encuentro en la casa de las encinas con el capital general de la región, recién acabado de nombrar, y algunas fuerzas vivas. Hace dos días que llueve a cántaros. La calle que han abierto al lado de casa se ha convertido en un torrente y el agua arrastra ramas y tierra de los cultivos deshechos debajo del Paseo de la Bonanova. Sants, Hostafranchs, la Barceloneta y Pueblo nuevo están inundados. Los perros no paran de aullar. La tía Aurora ha comentado que hacía años que no había visto llover tanto en un mes de mayo, aunque el dicho diga que cada día ha de caer un chaparrón. La lluvia me desasosiega y me perturba. El rumor del agua me transporta muy lejos. Tengo pesadillas y me da la impresión de que alguna cosa tenebrosa me absorberá y se me llevará al fondo de la tierra. Los he visto por la rendija que parte la habitación en dos, más allá del ventanal, entre el ramaje de las encinas azotadas por la lluvia. Forman un ruedo de caras lívidas, de rostros espectrales que gimen, lloriquean y rezan. Tengo mucha sed pero noto que el agua que me salpica la cara es salada. Un hombre grita, sostiene sobre su cabeza una luz de petróleo que tiene un color incierto, agonizante. Hace mucho frío. Tengo la sensación que todos estamos muertos y que el hombre es Caronte, que lleva su cargamento de criaturas y mujeres a la otra orilla del Hades. El viento nos azota por todos lados. En un extremo del ruedo irregular, en la punta opuesta al hombre del farol, se enciende y se apaga una llama. El personaje que intenta encender un cigarrillo parece mi padre pero se que no lo es. Vamos a la deriva empujados por la lluvia, por los remolinos de agua que agitan la embarcación de aquí para allá, como una hoja sacudida por el viento. De repente, se hace un gran silencio. Veo entre las sombras como un gran palacio que se levanta, alto como un rascacielos, y que enseguida se hunde y desparece bajo las aguas. Es un castillo de hierro que brama como un dinosaurio herido de muerte. Mi padre, mi madre y las gemelas están dentro de sus entrañas. 6

Algunas noches, después de cenar, la abuela Esther me pide que le haga compañía. Me la encuentro en la cama con la espalda reclinada sobre don cojines, los cuatro pelos que le quedan peinados hacia atrás, pegados al cráneo, con su rostro de pergamino arrugado de donde sobresalen los ojitos vivos de mustela. Sor María la ha dejado limpia y pulida, con la camisa de dormir de puntillas, y el vaso de agua sobre la mesilla de noche al alcance de la mano, delgada y


nudosa como un sarmiento. La habitación tiene un leve aroma de hierbas, de menta y de maría luisa, la última ingestión de las mujeres, que endulzan con un chorrito de anís del Mono. La abuela me pide que le explique que ha pasado con Baldiri y su joven ayudante. La pregunta me sorprende porque me la hace en catalán y porque demuestra que la mujer está más viva y atenta de lo que hacen suponer sus noventa y cuatro años. Le he hecho un resumen de la situación pero sin ninguna referencia a las supuestas malas intenciones de Pedro Tarrida. Pero ha sido una prevención inútil, porque la abuela conoce a la perfección las amenazas que asedian al abuelo Jacob. Después, como si desanudase una antigua historia, me ha hablado de su hijo, de su marido, de su padre y del mío. Según la abuela Esther la estirpe de los Menéjem está maldita desde que su marido Israel traicionó la alianza de su pueblo con Jhavé y cambió de país y de nombre. Ella, que había sido criada en la obediencia a los padres y en el cumplimiento escrupuloso de las leyes y las costumbres judías, no se había dado cuenta que la carcoma de la duda había ido royendo los puntales de la fe de su marido que, al borde de los cuarenta años y con un hijo de dos años, se dejó seducir por el becerro de oro. Aquel ídolo que Aarón fundió con los pendientes de las mujeres de los levitas y la adoración del cual hizo que Moisés tirase las tablas de la Alianza que llevaba en la mano y las rompiese al pie de la montaña del Sinaí. Pero contrariamente a Aarón, que se arrepintió, Israel persistió en el pecado. Años más tarde, su hijo Jacob, educado en la ciencia y las costumbres de los gentiles, no solamente perseveró en el error de su progenitor, sino que profundizó y ensanchó el abismo que le separaba de su pueblo. Así, uno y otro, convertidos en Gois condenados a la Gehenna, los dos hombres a quien Esther había querido mas que a su vida, escupieron contra la propia sangre. El hecho que se hiciesen ricos no evitó la maldición que les perseguía. Su marido, el hombre que pronunció centenares de veces las palabras santas que proclaman la unidad de Dios y su pueblo: “Escucha, Israel: el Señor es Nuestro Dios, El Señor es Único. Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Graba en tu corazón las palabras de los mandamientos que hoy te doy. Incúlcaselo a tus hijos; habla en casa y mientras haces camino, cuando de vayas a la cama y cuando te levantes. Átatelas a la mano como un distintivo, llévalas como una marca entre los ojos. Escríbelo en los montantes de de la puerta de tu casa y de los portales de la ciudad”, traicionó la palabra de Dios y renegó de su estirpe. Aunque Israel Menéjem, bajo el disfraz de Stefan Menajan, se volviese un ciudadano respetable entre la mejor sociedad de Estrasburgo, no tuvo nunca un día ni una noche de reposo. El sentimiento de culpa, la conciencia de haber pecado le persiguió de una manera implacable. Loco de dolor, perseguido por la ira de Dios, el pobre réprobo acumuló riqueza y poder en su delirio por acallar la voz de su conciencia. El hombre que a los veinte años añoraba la santidad, el rabino que había recitado el Kaddish a sus padres muertos y que antaño había profesado la Shemâ miles de veces, se consumió como un árbol reseco sin savia delante de la mirada entristecida de su mujer, la todavía fértil Esther, que en el fondo de su corazón le había negado más descendencia. Hasta que la muerte se lo llevó sin darle una última oportunidad de arrepentimiento. Sepultado en tierra extraña, con un nombre que no era el suyo, Israel Menéjem llora eternamente lágrimas de arena con las manos vacías - ¿Dónde está tu poder y tu riqueza? – y el corazón reseco. Por lo que respecta al abuelo Jacob, la abuela Esther explica que ha contemplado el imparable proceso de aislamiento de este hombre, ebrio del poder del dinero. Le intentó criar como una buena madre judía educa a sus hijos, con el temor de Dios y el respeto a la Tradición. Pero el pequeño Jacob muy pronto se dio cuenta de la disyuntiva que le rodeaba: La contradicción entre las costumbres ancestrales que la madre procuraba por conservar y lo que aprendía en la escuela, y lo que veía en la calle de la mano de su padre. Nunca tuvo ninguna duda que era judío, pero muy pronto aprendió que aquella era una condición que convenía disimular, que constituía un peso muerto, una molestia, que era necesario dejar atrás. Su padre, Stefan, a quien en casa su madre llamaba Israel, le mostraba el camino a seguir. Cuando los vientos de la historia – la guerra no era un buen clima para los negocios – le empujaron hacia el sur, la abuela Esther le siguió, ahora totalmente derrotada por la muerte del marido y la perspectiva de una tierra extraña, de gente ruidosa y de sangre caliente. Instalados en Barcelona, Jacob redobló sus esfuerzos por volverse un ciudadano respetable, un hombre de negocios entre una gente de la cual se decía que de las piedras hacían panes. Se casó, tuvo dos hijos y enviudó. Tal vez la gente de aquí no le consideró nunca como alguno de los suyos aunque llegó a ser un hombre poderoso e influyente. La defensa de los propios intereses, como aquel que paga un tributo, obligó a Jacob Menajan a intervenir en los conflictos de su nuevo país. La abuela Esther, a pesar de su reclusión voluntaria, afirma que ha sido testimonio mudo de las ignominias perpretadas por su hijo, directa o indirectamente, a ojos vistos o encubiertas. No es extraño – dice la abuela – que hayan querido asesinarlo y que se vea obligado a vivir recluido tras los muros de la casa de las encinas, postrado en una silla de ruedas y con un hombre siempre armado a su lado. En cuanto a sus hijos, el abuelo Jacob cometió el pecado de preferir a Caín en lugar de a Abel por el solo hecho de que Jonatan tenía la petulancia y la desvergüenza que el no había tenido nunca. Su hijo pequeño, el que tenía que ser mi padre, sedujo al viejo Jacob. El ímpetu del joven Menajan, farolero e ingenuo al mismo tiempo, atolondrado e impulsivo, poseía la agresividad de una fiera en celo y sino hizo más daño es gracias a la muerte que le dio el beso definitivo cuando tenía solo treinta y seis años. El tío Daniel, hecho de otra pasta, se ha ido distanciando de su padre y su silencio constituye una acusación permanente contra el hombre que a los setenta y seis años persiste encastillado en una lucha que no es la suya, perseguido por la maldición que persigue a la familia Menéjem y que no acabará hasta


que el ángel negro le venga a buscar donde se esconde como un perro rabioso. Y yo – acaba la abuela Esther – espero conservar unas migajas de vida para contemplarlo. Desde primeros de julio estoy en Caldetas con la tía Aurora. Vivimos en una torre cerca del mar propiedad de un matrimonio amigo de la tía, Joan y Eulalia. El es arquitecto y ella escultora. Tienen dos hijos, Jordi y Arnau, de diez y doce años, y un gato de Algora capado, de pelos largos y blancos, gordo como un cerdo y con seis dedos en cada una de sus patas delanteras. Aurora y Eulalia son amigas de cuando estudiaban en el Círculo Artístico de San Lucas. Eulalia ha convencido a la tía para que participe con ella en una exposición en Can Dalmau, de la calle de la Puertaferrisa, centro del arte moderno de Barcelona, donde la amiga expondrá las extrañas figuras de hierro forjado que hace, y Aurora, las pinturas cubistas que pinta últimamente. Joan y Eulalia – me ha pedido que les tutee – forman una extraña pareja que aunque viven juntos hacen vidas independientes. De los chicos no se ocupa nadie, se levantan cuando quieren y todo el día están en la playa. Joan, que se levanta muy pronto, cada día nada una hora antes de desayunar y desaparece dentro de su estudio hasta la noche, que es cuando salimos todos juntos dando un paseo hasta el pueblo, donde hacemos el vermut sentados en la terraza del bar al lado del Ayuntamiento. Eulalia pasa las horas bajo el jardín cubierto, donde tiene el horno de ladrillos con chimenea y mancha, el yunque, los martillos y las otras herramientas de herrero. Se recoge los cabellos con un pañuelo anudado en la nuca, viste un mono de mecánico de manga larga y lleva un delantal de cuero que le llega hasta los pies. A veces me paso largos ratos contemplando como trabaja, como dobla el hierro al rojo vivo a golpes de martillo y como lo sumerge en el cubo de agua que humea y deja una nube de niebla acuosa en el aire. Aurora, después de desayunar, también se retira a la buhardilla de la torre donde ha instalado su taller de pintura. La principal singularidad de la vida en Caldetas es que n comemos. A partir del mediodía, entre la una y las tres, tomamos un bocado por separado en la cocina de la casa, donde está la nevera con yogures, fruta, embutidos y quesos. Los chicos comen lo que quieren sin que nadie se ocupe de ellos ni les digan nada. Cenamos en la terraza del primer piso, que da a la sala de estar y al comedor, y que se sustenta sobre las arcadas del porche de la entrada. La cena la preparan Eulalia y Aurora, y a veces el mismo Joan si compra gambas o cigalas en la lonja de pescadores durante el paseo de la tarde. Las sobremesas de la cena se alargan horas y horas, bajo las estrellas y con la marinada que sopla desde el mar. Eulalia es la que más habla del grupo. Sus temas preferidos son la revolución soviética y el vanguardismo artístico, los dos movimientos – según ella – que han de cambiar el mundo moderno y que configurarán el siglo XX. Joan, que no comulga con las ideas socialistas de su mujer, a menudo ironiza sobre los reformadores sociales que pertenecen a la burguesía – como Eulalia – de quien dice que corren el peligro de ser cornudos y tener que pagar la bebida. Cusa a los comunistas de Rusia de haber hecho la revolución sobre un millón de cadáveres, y no solo de rusos blancos partidarios del zar, sino sobre los de los bolcheviques y otras corrientes de izquierdas que si no han muerto, han ido a pudrirse a las cárceles del Kremlin. Encuentra bien – insiste Joan – que la masa obrera, los proletarios con prole o sin ella, los réprobos de la tierra de la Internacional, quieran hacer la revolución porque quien no tiene nada, ni ha tenido nunca nada, nada puede perder. Situación, por otra parte, muy diferente de la de los cuatro burgueses que non sufrido nunca hambre que hacen carantoñas a los subversivos y mariposean alrededor de las ideas revolucionarias. Que todos ellos sean unos tragavirotes que mean fuera del tintero no excluyen que se comporten como perfectos idiotas, por más buenas intenciones humanitarias que tengan y aunque estén llenos de buena fe. Pero las discusiones no se envenenan nunca. Da toda la impresión de que Joan y Eulalia se conocen lo suficiente para tolerar las mutuas discrepancias, probablemente antiguas y a menudo matizadas con sentido del humor, una cualidad que Aurora no posee y que a veces la desconcierta. La libertad con que hablan, la despreocupación con que se abordan las cuestiones que en casa son tabú, contrasta enormemente con las conversaciones de sobremesa de los domingos en la casa de las encinas, donde ninguno de estos temas – el catalanismo, la monarquía española, el republicanismo, la crispación social, el pistolerismo – no se abordan aunque todas estas cuestiones controvertidas floten en el ambiente y hagan que la atmósfera se haga irrespirable. Allá donde parece que hay unanimidad, donde el matrimonio amigo y Aurora coinciden, es en el terreno del arte moderno, sobre el cual, con leves matices, los tres están de acuerdo. Joan es un decido partidario de la arquitectura racionalista – menciona a Gropius, Le Corbusier, Wright, Aalto y otros – y se manifiesta como un feroz detractor de los estragos del modernismo, que han hecho de Barcelona una ciudad de monas de Pascua, de exageraciones florales y monumentos de barro. Los conceptos futurismo, cubismo, expresionismo, surrealismo y constructivismo van y vienen por encima de la mesa, se acercan y se alejan a medida que son evocados al lado de nombres – Picasso, Braque, Arp, Léger, Gris, Picabia, Torres-García, Barradas, Miró – algunos conocidos y otros que oigo por primera vez. Todos ellos pintores jóvenes que forman parte de la vanguardia artística de los nuevos tiempos. Eulalia hace grandes elogios de Pablo Gargallo, un escultor que lo mismo trabaja la piedra que el hierro. La fotografía ampliada de la escultura en hierro de Gargallo, Jove del cabell arrissat preside el comedor de la torre al lado de la puerta enmarcada de la revista 391, de Francis Picabia. En el comedor, que también es sala de estar, hay una pared llena de libros y una mesa, formada por una tabla de planchar sobre dos caballetes, donde se apilan revistas diversas de arte y literatura. Ojeo Un enemigo del pueblo, que edita el poeta Salvat-Papaseit; Trozos, dirigida por José María Junoy; El Instante, Arco Voltaico, donde está el manifiesto Arte-Evolución de Torres-García, y Proa. Me sorprende un poco la abundancia de literatura que generan


los partidarios del arte moderno y tengo la intuición que si quiero escribir poesía no he de perder de vista al joven poeta proletario de la Barceloneta, Joan Salvat-Papaseit, que escribe poemas de amor y de añoranza y que hace caligramas. En la estantería de libros encuentro todo un mundo donde sumergirme, con obras de Guerau de Liost, Josep Carner, López-Picó. Josep Mª de Sagarra, Salvat-Papaseit, Carles Riba, Mariano Manent y Tomás Garcés, entre otros. Pienso que he leído muy poco, aunque según Roque, no hago otra cosa. El día de la Madre de Dios de agosto, Joan y Eulalia celebran una fiesta. Aurora, Eulalia y Laura, la chica que va dos veces a la semana a limpiar la casa, se pasan toda la mañana y parte de la tarde adornando el jardín con banderitas de papel y bombillas de colores, preparando bocadillos y haciendo las ensaladas más diversas. A mí, que quería ayudar, me han enviado a la playa con Jorge y Arnau a pesar que todos saben que no se nadar y que el mar me da miedo, un miedo insoportable. Cerca de las ocho han empezado a llegar los invitados. Son veraneantes de Caldetas, de Llavaneras, de Arenys y alguno quizás de más lejos y todo, porque vienen en sus automóviles. Observo que la mayoría de hombres van vestidos de blanco, con americanas cruzadas y sombreros de paja. Sus acompañantes llevan vestidos vaporosos, abundantes escotes y zapatos de charol de tacón alto; van muy pintadas, algunas con los párpados llenos de azules y los labios de escarlata. Entre todas las mujeres destaca una negra mestiza de color café con leche y con los cabellos cortados a la parisiense y teñidos de rubio, lleva las uñas de los pies y de las manos pintadas de morado y luce unos pendientes en forma de colgante que casi les llegan a los hombros. El acompañante de la mulata es un cliente rico de Joan, empresario de una cadena de teatros – Español, Apolo y Condal – del Paralelo de Barcelona. También hay un grupo de chicos y chicas jóvenes de mas o menos mi edad, encabezados por un chico tostado por el sol que va vestido de pescador, con camiseta de media manga y unos pantalones anchos que le llegan a un palmo por encima de los tobillos. El chico, que debe tener unos veinte años, no lleva nada en la cabeza y va calzado con unas alpargatas de cintas negras como las que llevan los payeses. Cerca de las nueve mientras el sol se pone detrás del Montnegre, el hecho de destapar las botellas de vino ha dado el tiro de salida a la cena. Eulalia había hecho bajar la gramola eléctrica y nos ha encargado a sus hijos y a mí, que pongamos los discos en un orden preestablecido que viene determinado por tres montones de placas. Para la primera tanda hay una colección de fragmentos de ópera y música de concierto; para la segunda, una serie de músicas exóticas de todo el mundo, y para la tercera, un serie de interpretaciones de orquestas modernas grabadas en París, Berlín y Nueva York, y una docena larga de discos de tangos interpretadas por Carlos Gardel. La treintena de invitados han comido con gana y sin muchos miramientos, sentados y de pie, escampados por las cuatro esquinas del jardín. La música competía con el ruido de las conversaciones, sin imponerse claramente pero tampoco sin dejarse ahogar. El grupo de los más jóvenes, capitaneados por el chico vestido de pescador, han hecho rancho aparte, bajo la cubierta de la fragua y el yunque, sentados en el suelo, sin importarles nada el hollín que ennegrecía los pantalones y los vestidos de las chicas. A la hora de los postres, cuando las botellas de vino vacías se amontonaban al lado de la escalinata de la torre, han empezado a circular las bebidas fuertes, whisky y ron de las Antillas, de Jamaica, Cuba y Puerto Rico. La temperatura de la fiesta ha aumentado de grados y, siguiendo las indicaciones de Eulalia, ha sido el momento de poner los discos de música bailable, cosa que he tenido que hacerlo solo, porque los hijos de la familia habían desaparecido del mapa. La gente baila el foxtrot, el charlestón, el Black-botton. Todo el mundo fuma; hay alguna pipa encendida y el empresario teatral, acompañado por la mulata, han repartido cigarros habanos a diestra y siniestra, aunque la mayoría quema tabaco rubio americano y unos cuantos, sobre todo mujeres fuman cigarrillos turcos aplanados. A pesar de que no paran de ofrecerme, no he bebido ni fumado nada. Tampoco he comido mucho. La tía Aurora se ha pasado una buena parte de la noche conversando con dos hombres que, por la pinta que hacían, me han parecido artistas. La he visto reír a carcajadas como nunca la había visto antes, con los cabellos despeinados por la brisa y con una copa de champán en la mano. He tenido un ramalazo de envidia porque me he dado cuenta que Aurora es todavía una mujer joven – tiene treinta y seis años – que probablemente un día podré perderla. No se el porque el hecho de que se recluya en la buhardilla de la casa pintando sin parar lo he experimentado como una amenaza, como el principio de un camino que la alejará de la casa de las encinas, y, en definitiva, de mí. La negra y su acompañante son unos grandes bailarines de tango. Hacen una exhibición ante la mirada de los otros invitados que les rodean en un círculo. La pareja se enlaza de una manera lasciva y provocadora, que suscita la admiración de los hombres y la envidia de las mujeres. La cadencia del compás de dos por cuatro, alimentada por la voz de Gardel, se mezcla con los vapores del alcohol que flotan en el aire y las historias que desgrana la música evoca noches turbias, rincones sombríos donde de esconde el amor y la muerte. Buenos Aires se convierte en una ciudad mítica como Elsinor o Samarkanda, un lugar donde van a refugiarse los corazones partidos que huyen de la pena y del olvido. Muchas parejas se han ido. Joan y Eulalia están sentados en el banco de madera de debajo de los pinos, la cabeza de ella reposa sobre el pecho de su marido, el la acaricia los cabellos lentamente, como si pretendiese sosegarla. Es la primera vez que los veo cogidos en una actitud de ternura. Su gesto me lleva a un recuerdo lejano, una imagen difusa que no acaba de concretarse pero que está llena de tristeza, una aflicción que resuena como un eco, que viene de las profundidades y que nos envuelve, a mi madre y a mí, un día que los dos llorábamos por una causa desconocida.


Los jóvenes hace rato que están en la playa, bañándose en las calmadas aguas que platea la luz de la luna. Acabada la exhibición de tangos, una mano anónima apaga las luces de la casa y la mulata incita a todos a ir hacia el mar. Un grupo la sigue, cuatro mujeres y yo mismo, que me he quedado con la gente que queda en la casa, sentado alrededor de los anfitriones, bajo la claridad agonizante de la luna casi llena. Las mujeres, a imitación de la negra, se desnudan. Dejan caer sus vestidos a los pies con movimientos diestros y precisos, esquemáticos. Las veo correr hacia donde rompen las olas mansas, que arrastran la fatiga de la noche. Solamente la cubana se ha sacado todo, las otras conservan las bragas. El chapoteo del agua atrae al grupo de jóvenes que, entre gritos y risas, van a encontrar a las recién llegadas. Pasan un rato de algazara, con empujones, gritos, cogidas bajo el agua, como si se dejasen llevar en una danza salvaje. Las miro a unos cuantos metros de la orilla del mar, sentado en la arena. Hay algo en mí que las envidia, siento la nostalgia de una libertad que no he tenido nunca. Una de las mujeres se me acerca en una carrerilla y me coge del brazo. Resisto sus intenciones de llevarme al agua. Forcejeamos en silencio. Sus pechos desnudos se agitan, se mueven como dos campanas mudas. Le veo la mancha oscura del pubis bajo las bragas mojadas. De un empujón la hago caer sobre mí y el peso de su cuerpo me paraliza. Se que es casada y que tiene la edad de Aurora. La sangre se me remueve y empiezo a excitarme. Ella lo nota y se restriega contra mí. Estoy rígido, inmovilizado por el miedo. Huelo su olor a almendras tostadas. Su boca me muerde el cuello, la mejilla, hasta que encuentra mis labios. Me mete la lengua hasta el paladar. La cabeza me da vueltas. Nos besamos en silencio. No la toco; mis manos están muertas. Ella me pone su mano bajo los pantalones. Cuando siento su contacto, me corro. Tengo la vaga impresión que he gritado, he chillado como un animal herido de muerte. Mientras la mujer corre hacia el agua, me vuelvo a la torre, empapado de agua, de sudor, de lágrimas y de semen. He recibido dos cartas de Mónica. Antes de venir a Caldetas solamente habíamos hablado una vez. Yo le había escrito cuatro poemas más que dejaba en la reja de casa, en el lugar donde ella dejó su primera nota. Nos encontramos en el paseo de la Bonanova y fuimos hasta el monasterio de Pedralbes, un largo recorrido trenzado de palabras. Hablamos de lecturas, de poesía, de las respectivas familias y de los estudios de ella, que quiere ser médico. Me sorprendió que tuviese tan claro sus planes de futuro cuando yo se apenas lo que haré mañana. No le expliqué nada de mi enfermedad, a parte de decirle que he estado enfermo de los nervios. Le impresionó que hubiese perdido a mis padres cuando tenía seis años. Por suerte no insistió en querer saber las circunstancias de su muerte. A las gemelas no las mencioné, como sino hubiesen existido nunca. Sus cartas son largas, llenas de detalles, como una especie de crónica de su vida, de sus lecturas, de los deseos y las ilusiones que la hacen meditar. Las mías son mucho más cortas, precisas, en las cuales raramente hablo de mí. Y no es que no me lo proponga. Pero cuando intento explicar lo que siento me bloqueo, soy incapaz de escribir una sola palabra. Me pasa lo mismo que acaecía hace unos cuantos años cuando intentaba hablar y me era imposible decir ni una sola palabra. Roque me dice que no pierda el tiempo con Mónica, que la chica no será nunca para mí. Pero a Roque hace días que lo le escucho porque se va enfadó conmigo por la escena de la playa con la señora Ribes. (He sabido el nombre y la he saludado en el pueblo, cuando Aurora y yo nos la encontramos sentada en el café de la plaza con el marido y una niña de pocos años. La mujer me miró como si fuese transparente, a pesar de que los colores me subieron a la cara). Según Roque, me comporté como un pardillo que no ha salido del nido. Con su manera brutal de expresarse, me dijo que a aquella puta me la habría tenido que follar. Pero el sabe tan bien como yo que cuando ella me metía la lengua en la boca yo pensaba en la tía Aurora y era a ella a quien yo besaba. Si hubiese hecho lo que Roque me decía, habría sido como hacer el amor con mi propia madre. De todo lo que pasó en la playa la noche de la Madre de Dios de agosto he hecho una poesía larga que he titulado El mar tenebroso, Porque al pánico al agua se añadió el miedo a la sangre y porque todo junto consistió en un viaje a las tinieblas, como si me hubiese adentrado en el infierno que guardo en mi corazón. Por las noches sueño que los dobermans de Guillermo me persiguen y que corro por las calles de Barcelona entre pistolas que me apuntan mientras la cara de calavera de la abuela se ríe con grandes estallidos que resuenan como truenos en la noche, y al fondo de una calle, bajo una luz de gas, está Mónica, que me ha de salvar. Si tuviese que interpretar este sueño, que se repite con diversas variantes, pero siempre con los mismos elementos, diría que los perros, las pistolas y la abuela son las diversas caras de la muerte que me asedia y que Mónica representa la pureza que un día perdí y que corro a recuperar. Tal vez Mónica es el rostro benigno de la memoria perdida, la llave de la puerta que se cierra sobre mi pasado, la antorcha que ilumina la negra noche poblada de fantasmas, entre los cuales el espectro de mi padre reina en la ignominia y la oscuridad. 7 Desde el primer día de setiembre trabajo en el despacho del tío Daniel, en Paseo de Gracia. Me levanto a las siete y media, tomo el desayuno con Aurora y bajo a Barcelona en un tren de Sarríá. Me incorporo hacia las nueve al trabajo. Acabo a la una y Aurora me espera con el plato en la mesa. Por la tarde me quedo en casa. En el despacho, además del tío Daniel, trabajan el señor Enrique Santvicens, abogado, Ramón Dalmau, un pasante y Cristina Solá, mecanógrafa. El señor Santvicens es un poco mayor que el tío, aunque parece mucho más viejo porque


tiene los cabellos blancos como la nieve, está cargado de espaldas y arrastra una leve cojera. Se ayuda con un bastón de caña de nudos con el mango de plata y en forma de cabeza de lebrel. Ramón Dalmau es un hombre joven de unos veinte años, que hace tercero de Derecho. Cristina se acerca a la cuarentena, es alta y delgada y habla con un deje de Lérida. De hecho, trabajo a sus órdenes. La especialidad del tío es el Derecho Mercantil, la creación de sociedades anónimas, la declaración de suspensiones de pagos, las reclamaciones de deudas y otros asuntos relacionados con el mundo de los negocios. Pleitos, tienen pocos. Mi trabajo consiste en tener los archivos al día, el de la correspondencia y el de asuntos generales. A menudo hago de lanzadora entre el despacho del tío y la notaría del señor Epifanio Escriu, del mismo Paseo de Gracia. Es raro el día que no hago un par de viajes. El tío vive en el ático de la misma casa donde tiene el despacho. Tal vez por eso es el primero en llegar al trabajo, siempre antes de las nueve, la hora oficial de arrancar, en plena competición con el señor Santvicens y la Cristina, que suelen presentarse en el despacho entre las nueve y cuarto y las nueve y media. En cambio, Ramón siempre llega tarde, con el sueño pegado en las orejas. Su excusa es que estudia hasta altas horas de la noche, aunque el señor Santvicens ironice sobre las tertulias del continental que acaban tardísimo. A menudo le pincha refiriéndose a la dorada soltería del chico, que se le acabará cuando encuentre su media naranja, la Mariona de turno que le hará pasar por el aro. El señor Santvicens, al mencionar a la Mariona, alude a su propia mujer, que se llama así, y que, según el, lo tiene bien atado. Por las mañanas se reciben pocas visitas. Si he de guiarme por las citas que da Cristina, los clientes se acumulan por la tarde, entre otras cosas porque el tío Daniel martes y jueves por la mañana está en la Mancomunidad, aunque no haya pleno, como responsable de la Comisión Jurídica. He sabido a través de Ramón, que me trata como un igual, que las relaciones entre Puig y Cadafalch, presidente de la Mancomunidad de Cataluña, y el tío no son demasiado buenas desde la dimisión de Eugenio d’Ors y el asunto de las pinturas de Torres García del Salón de San Jorge, encargadas por Prat de la Riba, y que Puig y Cadafalch hizo tapar. En según que cosas, el tío Daniel es muy estricto. Desde que trabajo en su despacho me he dado cuenta de que no se nada del tío Daniel. Aunque me trata con cordialidad, de hecho hablamos muy poco, fuera de los asuntos imprescindibles del trabajo, en general pocas, porque es Cristina quien me dice lo que tengo que hacer. De asuntos personales, no me ha dicho nunca nada. Todo lo que se me ha llegado por personas interpuestas: la tía Aurora, Guillermo, Ramón y Cristina. La abuela Esther se refirió en relación a las discrepancias con el abuelo Jacob. Daniel Menajan nació en 1874 en el palacete del Barón de Tresserra, en la calle Ancha, el edificio renacentista que su padre había comprado a la baronesa viuda al casarse. Su madre, Pilar Coll, se ocupó poco porque al cabo de diez meses de haberlo tenido quedó embarazada de Jonatan, un embarazo difícil que la hizo ir en danza. Con diecinueve meses de diferencia, los hermanos Menajan crecieron en manos de niñeras y fueron educados por preceptores y señoritas bajo la supervisión de su madre, una Coll-Bernadas, una mujer exuberante que había sido educada, como el resto de mujeres de su tiempo, para complacer al marido, dirigir la casa y brillar en los salones de la ciudad. Cuando se murió Pilar, Daniel tenía dieciséis años y hacía dos que iba al Liceo Atlántida, de la calle Aviñó, donde preparaba el examen de Estado, que le abriría las puertas de la Universidad. El paso del colegio a la Universidad representó para Daniel un verdadero choque porque nunca se había enfrentado con el empujón del grupo de chicos, entre diecisiete y veintitrés años, procedentes de todo tipo de ambientes, que llenaban el patio de la Facultad de Derecho. Pero pronto, Daniel se orientó. Al final del siglo antes que la familia se instalase en la casa de las encinas, el joven estudiante de dieciocho años entró en contacto con dos estudiantes mayores, Pedro Muntanyola y Francisco Cambó, que le inscribieron en el Centro Escolar Regionalista, de Prat de la Riba. Desde una y otra plataforma Daniel vivió la eclosión del catalanismo político, desde la aprobación de las Bases de Manresa hasta el movimiento de la Solidaridad Catalana, en una Barcelona en plena efervescencia cultural y económica, traqueteada por el republicanismo radical de Lerroux y la violenta irrupción del anarquismo. Contempló también como su padre, Jacob Menajan tomaba posiciones en la conflictiva sociedad catalana al lado del poder económico y contra la amenaza revolucionaria, que le daba un miedo cerval, y ante la cual propugnaba la lucha a muerte. Su hermano Jonatan, hecho de otra pasta, había ido resbalando por la pendiente del epicureísmo, la buena vida y la irresponsabilidad, como correspondía a una clase jóvenes hijos de familias ricas. Mientras el hermano mayor acababa la carrera con notas brillantes, Jonatan pertenecía al grupo de estudiantes que ni pisaba las aulas y que se pasaba el día en el café Gravina, entre billares, mesas de juego y jarras de cerveza espumosa. Al licenciarse, el joven abogado Daniel Menajan encontró trabajo en el Departamento de Estudios Jurídicos de la Diputación Provincial de Barcelona, donde dio sus primeros pasos de la profesión y donde estableció los contactos necesarios para establecerse más tarde como profesional independiente. El abuelo Jacob habría preferido tener a su hijo a su lado como persona de confianza y ejecutor de sus negocios, pero se tuvo que conformar ante la resolución de Daniel, que pretendía forjarse un futuro lejos de la órbita de su padre. Esta decepción que Jacob Menajan consideró como una deslealtad, contribuyó al distanciamiento de los dos hombres e hizo que Jacob pusiese los ojos en su hijo pequeño, el cual, a pesar de la disipación juvenil, era infinitamente más dúctil y, al final, mas dependiente de su padre. Posteriormente, los entresijos de la política y las discrepancias en relación con la cuestión social, aumentaron el muro que separaba a Jacob de Daniel, aunque no rompieron nunca del todo, en un caso por respeto filial y en el otro porque


el astuto Jacob consideró que no era una mala cosa tener a un hijo situado en una trinchera que no era la suya. La ambigüedad de aquella situación constituyó un elemento positivo para el despacho profesional de Daniel, ya que muchos clientes se acercaban más por el nombre y la leyenda de su padre que por el prestigio del joven abogado. Daniel, que conocía y consentía esta situación de partida, hizo los esfuerzos necesarios para liberarse y accedió a presentarse como candidato a diputado provincial en las elecciones de 1910 como una táctica para desprenderse de la tutela paterna. Así mismo, con tal de fortalecer su papel social al margen de la las influencias que emanaban de la casa de las encinas, el diputado Menajan se hizo socio del Circulo del Liceo, miembro de la Junta del Ateneo Barcelonés y miembro del Patronato de Turismo y Atracción de Forasteros de Barcelona. Pero en la vida de Daniel Menajan había un misterio. Nadie sabía nada de su vida íntima, de sus amores o de sus costumbres sexuales. Que viviese como un solitario, lejos del confort de la casa familiar, suscitaba especulaciones diversas, desde que era homosexual hasta el hecho que de noche recibía en su ático del Paseo de Gracia mujerzuelas de baja estofa. En una Barcelona de vida nocturna intensa, abocada a loa cafés y restaurantes de moda, la ausencia de Daniel era notada como una anomalía. A pesar de ser socio del Círculo del Liceo y propietario de dos butacas de platea, raramente se le veía en el emporio de la ópera, donde en contadas ocasiones, acudía solo o acompañado por su cuñada, circunstancia que había dado pie al rumor que se hacía con Aurora Izalburu, una mujer, por otra parte, difícil de encasillar. Al el Ateneo iba a menudo después de comer y aunque se sentaba en la peña del doctor Borralleras, muy pocas veces decía nada. Conocía a los contertulios y apreciaba el ingenio de algunos de los más conspicuos, como Francisco Pujols, Enrique Jardí, José María de Sagarra, Alejandro Planas o Pedro Rahola. Per le complacía más escuchar que hablar, o criticar, que era lo que hacían aquellos personajes, sobre todo a espaldas de los amigos circunstancialmente ausentes. Su misma apariencia física contribuía a la aureola de misterio que le rodeaba, porque la gente asociaba la figura de un diputado provincial y abogado de prestigio a una imagen potente, corpulenta, con un vozarrón estentóreo y cabellera leonina cuando, en cambio, el aspecto de Daniel era de lo más anodino: más bien bajo, estrecho de pecho, voz aflautada y una alopecia galopante que despoblaba su cráneo de los cuatro pelos rubios que le quedaban. Compensaba su insignificancia física con un trato exquisito, de maneras corteses, juicios ponderados y una dureza de carácter que a menudo sorprendía. El misterio del tío Daniel había que extraerlo de los primeros tiempos de su trabajo en la Diputación, cuando, al cabo de un año de estar, el presidente Prat de la Riba le envió seis meses a Berlín para ampliar estudios de Derecho Constitucional gracias al hecho que Daniel Menajan era el único funcionario de su departamento que sabía alemán. Matriculado en la Humboldt-Univesitat, el curso que impartía el profesor Hendrik Kroge, Daniel se dispuso a sacar el máximo partido de su estancia en Berlín. Se había instalado en un pequeño hotel de Charlottenburg, cerca del viejo palacio real. Pero lo que no esperaba es que en el aula encontraría a una chica, Lotte Herzfeld, que le marcaría para toda la vida. Tenía veintinueve años. Su hermano Jonatan se había casado el año anterior y el estaba dispuesto, acabada su estancia en Alemania, a no volver a la casa de las encinas donde se había instalado el joven matrimonio. La relación con Lotte, que inicialmente consistía en largos paseos dominicales por el parque de Tiergarten, pronto se intensificó y la pareja de amigos se convirtieron en amantes. Los mismos estudios de Daniel se resintieron, pero era joven, le hervía la sangre y estaba maravillado y cautivo de una chica de veinticinco años, que le llevaba a su propia habitación ante la mirada indiferente y amable de los padres de ella, los señores Herzfeld, propietarios de una panadería en la avenida Unter den Linden. Los misterios del amor están escritos con letra poco clara. Daniel Menajan había caído en la red de la pasión amorosa, de una manera absoluta, acaparadora, con la fuerza de un tornado, mientras Lotte, en cambio, no perdía de vista que la relación con Daniel llevaba el sello indeleble de la caducidad. Eran dos vidas, dos historias, que coincidían en un punto del universo pero diferentes entre sí y que habían evolucionado diferentemente. El espejismo duró unos cuantos meses. Cuando Daniel se planteaba la posibilidad de prolongar su estancia en Berlín, en plena euforia amorosa, el rostro de Lotte se empezó a oscurecer. Las idas al piso de la avenida Unter den Linden se fueron espaciando con una excusa u otra. Ella prefería quedarse en la Glocke Weimkeller, de Alexanderplatz, la taberna donde compartían mesa con otros estudiantes y artistas jóvenes que, aunque no fuesen hostiles a Daniel, le miraban con cierta displicencia. Poco a poco, la llama del amor, era atizada por el desconcierto y los celos, hizo más severas sus exigencias, sin darse cuenta de que cuanto más se tiraba de la cuerda más peligro tenía de romperse. El punto culminante de la tensión llegó una noche de primavera. Estaban en la taberna desde hacía horas. El grupo de hombres y mujeres se había ido renovando a lo largo de la noche y el vino y la cerveza había corrido a chorros. Lotte había bebido tanto o más que los demás. Quedaban cinco personas en la mesa habitual, bajo la bóveda de piedra del fondo de la taberna. Tres hombres y dos mujeres, Karl Y Alfred, dos estudiantes de Bellas Artes, Hedda y Lotte y Daniel. Los cuatro alemanes se sentaban en el mismo banco enfrente del catalán. De repente, empezaron a besarse ante la atónita mirada de Daniel, que no acababa de creer lo que veían sus ojos. Hedda y Alfred, Lotte y Karl le ignoraban, como si no existiese, como si Daniel fuese un objeto más de los que decoraban las paredes del establecimiento. Por un momento se sintió el hombre más desvalido de la tierra, la humillación de ver a su amada en brazos de otro hombre, le vejó y le enfureció. Medio mareado por el dolor, gritó “¡Puta, puta!” hasta que se hizo un gran silencio. La chica, desenganchada de Karl, le miraba desafiante con una mirada irónica acentuada por una media sonrisa de desprecio. Por encima de la mesa la abofeteó. Karl le dio un empujón. Los hombres se enfrentaron. Daniel


le dio un puñetazo en el pecho que solo le hizo tambalearse un poco al alemán, que era mucho más corpulento que el. Pero Daniel estaba ciego de rabia y cogía a Karl por el cuello de la camisa. Entonces apareció el estilete, un arma resplandeciente de hoja muy fina. Vio venir el cuchillo contra la cara y Daniel levantó el brazo de manera instintiva. La cuchillada le partió la manga de la americana y le mordió el brazo. La visión de la sangre chorreando por el dorso de la mano le causó la última y más mortificante humillación: se desmayó. Perdió el sentido como una damisela, las potencias le abandonaron. A la mañana siguiente, sin decir nada a nadie, dejó el hotel de Charlottenburg y volvió a Barcelona. La historia de sus amores con Lotte Herzfeld no solo le dejó una marca en el brazo para toda la vida – desde entonces no se remangó nunca más la manga del brazo derecho – sino que la herida le llegó mucho más adentro, hasta los repliegues profundos del alma. Desde entonces, las mujeres, sencillamente, le daban miedo. El tío Daniel me ha invitado a comer en el Lyon d’Or, de la Rambla de los Estudios. Ha sido un encuentro muy agradable, el más largo de todos los que había mantenido anteriormente con el tío. Se ha interesado por mí, por mis proyectos de futuro, por mi enfermedad. Sobre el no ha dicho nada, a pesar de que le noto preocupado por la situación política desde la caída del gobierno Maura-Cambó del mes de marzo. Solamente ha hecho un comentario de manera tangencial: “La monarquía española – ha dicho – es un barco sin timonel, que va a la deriva.” Le ha sorprendido que le dijese que me gustaría ser poeta. Ha querido saber cuales eran mis lecturas y cuando le he hecho la relación de los poetas modernos que he leído, me ha mirado con un punto de admiración, como si pensase que a mi edad – el día 11 de octubre haré diecisiete años – mis intereses literarios deberían volar más bajos. Ha comentado que probablemente he heredado la sensibilidad de los Izalburu. No he sabido distinguir si se refería a Aurora, que en noviembre inaugurará la exposición en la Galería Dalmau, o a mi madre, con quien parece mantuvo una buena amistad. Hace días que mi madre no viene a verme. En cambio veo muchas veces a las gemelas que corretean por el jardín de casa, cada día un poco más descuidado desde que Baldiri no se ocupa. Las niñas continúan sin decirme nada, a pesar de que me miran como si les diese miedo. No me puedo quitar de la cabeza que las odiaba cuando estaban vivas. He visto otro personaje, un desconocido de cabellos grises, vestido con smoking, pantalones ribeteados de seda y chaleco, con corbata blanca de lazo. Me lo he encontrado en la biblioteca examinando la colección de relojes del abuelo, con un cigarrillo en los labios que dejaba un aroma penetrante de tabaco americano de Virginia. El hombre me ha sonreído como si me conociese y le placiese reencontrarme. Le iba a preguntar quien era cuando Gertrudis me ha llamado para decirme que la tía Aurora me esperaba en el jardín con la merienda. De la gente que veo no digo nada a nadie aparte de Roque, porque el doctor Canovell considera que son visiones debidas al estado de mis nervios. Por cierto, que el médico, desde que he vuelto de Caldetas y trabajo con el tío, ha espaciado sus sesiones de hipnotismo, ahora son cada quince días, y me ha recetado unas pastillas que vienen de Londres. Las píldoras las tomo antes de cenar y desde que lo hago duermo profundamente y sin sueños. Después de comer – el tío había advertido a Aurora por teléfono – le he acompañado hasta la puerta del despacho y me he ido a rondar. El Paseo de Gracia adquiere una vida diferente según las horas del día. Por la mañana, se pasean las amas de cría con sus delantales blancos almidonados y los baberos de puntillas, empujando los cochecitos de las criaturas por el lado donde da el sol. Hay también a aquellas horas los hombres de negocios que entran y salen de las sucursales bancarias y que se saludan, sin pararse, los unos a los otros tocándose el ala del sombrero Es la hora también de las criadas y de los mozos de los comercios. Las primeras suben y se escampan por las calles adyacentes con sus cestos de haber hecho la compra; los segundos van y vienen de sus encargos. Unos diligentes y con prisas, otros perezosos y vagos, parándose en los escaparates tal vez soñando con cosas que no tendrán nunca. Los coches suben y bajan por el centro del paseo, ruidosos, asustando a veces a los caballos de los carros procedentes de Gracia. De tanto en tanto, se ve un tílburi tirado por caballos almohazados y relucientes. Alrededor de las doce empiezan a aparecer estudiantes con sobreros de alas blandas, chaquetas de cuatro botones y zapatos acharolados, con sus risotadas estentóreas y las miradas ávidas a la caza de los ojos de las dependientas que, desafiantes, les aguantan la mirada. Los chicos van de dos en dos o formando grupos más numerosos. Ellas también se agrupan como si las compañías les hiciesen, a los unos y a las otras, mas osados. Cerca de la una y hasta la hora de comer comparecen los profesionales jóvenes que van a hacer goma, y algunas chicas y señoras de mediana edad: las unas con la esperanza de intercambiar una sonrisa con algún dandy conocido y las otras para encontrar al marido y rescatarlo de los amigos que se lo quieren llevar a hacer el vermut. A la hora de comer, el paseo se calma. Las tiendas están cerradas, los despachos han cerrado y los bancos han bajado las puertas. Algún tardón pasa corriendo; es la hora de los recogedores de colillas, hombres mayores con gorras esparramadas y algún crío de cabellos enmarañados y rodillas llenas de roña. Llevan una caña con un clavo en la punta que utilizan como si fuese una lanza para pescar los restos de los cigarrillos y cigarros que han quedado por el suelo. Van depositando las colillas en una bolsa que llevan colgada como un zurrón y después desaparecen, van a encuevarse en otros barrios donde la miseria que arrastran es menos ofensiva. Estos viejos y aquellos críos son los heraldos de la pobreza, los mensajeros de un mundo que el Paseo de Gracia parece ignorar, pero que existe aunque mucha gente mire hacia otro lado. Me paro en la baranda de piedra de la calle Aragón y observo el paso del tren, cuando arranca de apeadero del Paseo de Gracia, que llena de humo las fachadas de los edificios, algunos nuevos de trinca, que se han edificado a lo largo de la calle con la esperanza que un día no lejano cubrirán las vías. Doy la vuelta y bajo por la Rambla de Cataluña. Paso


por delante del café del Oro del Rin, inaugurado hace poco, donde una orquestina toca valses de Viena y tonadas de zarzuelas. El local está lleno de hombres que toman café y beben licores diversos y que se arremolinan entorno a las mesas y conversan sin hacer caso de la música de los cuatro viejos que tocan sobre el entarimado del fondo. Al lado de los músicos, se juntan un grupo de mundanas, unas mujeres mayores que hacen de la vida o que, según me dice Roque, disponen de pupilas menores de edad a disposición de los señores para acabar de pasar la tarde. Me siento en un banco de la plaza de Cataluña. Si fuese jueves, a esta hora estaría llena de soldados y criadas, ya que la plaza se ha convertido en el lugar de encuentro de los jóvenes militares que han tenido que abandonar sus pueblos y de las chicas que la miseria ha hecho emigrar a Barcelona. Hay doncellas con criaturas, niños y niñas que persiguen los grupos de palomas que se agrupan en la plaza. En el lado del mar se ha situado un hombre con tricornio y casaca, como un personaje de la corte del rey Sol, que lleva una ruleta portátil con caramelos y bolsitas de dulces a un céntimo la tirada. Cerca de el hay un gitano que hace sonar un organillos de manivela, sobre el cual deambula una mona vestida de sevillana que levanta los brazos como si tocase las castañuelas y que mueve la falda con volantes. Enfilo la Rambla de los Estudios. Me acerco al quiosco de Canaletas que muestra el surtidor de zumo de naranja y la bola de sidral. Los camareros son dos jóvenes que llevan un casquete blanco, como un gorro de soldado sin borla, y que exhiben dos grandes mostachos endurecidos con fijador con las puntas hacia arriba. Entro en el American Bar y contemplo las vitrinas expendedoras automáticas de bocadillos. En el mostrador del fondo, no hay nadie salvo los taburetes altos que se alinean solitarios. En la Rambla de San José están las paradas de flores y el café Excelsior que contrariamente al American Bar, está lleno de gente, la mayoría extranjeros y algunas chicas elegantes. A medida que bajo hacia el mar, la gente se intensifica. La aglomeración me marea un poco, me inquieta, parece como si me faltase el aire para respirar. Giro por la calle de la Boquería y subo hasta la plaza del Ayuntamiento y del Palacio de la Diputación del General. Me llego hasta el barrio gótico, al Palacio Real y al Tinell. Entro en la Catedral. Lloro. No se porqué pero lloro. Me he sentado en el extremo de un banco y querría rezar pero las lágrimas no me lo dejan hacer. Noto como un puño que me oprime el diafragma, una bola densa que muy lentamente se deshace en llanto. Curiosamente, no me siento triste por nada que pueda atribuir a mi vida de ahora. Son lágrimas retrospectivas las que derramo, como si alguien me pidiese cuentas por una deuda antigua. A mi lado, Roque me mira con una sonrisa burlesca. No dice nada pero con su mirada ya paga. Vedo que me acusa de ser demasiado sensible, de comportarme como una mujer. Pienso en mi madre, en Aurora, en la abuela Esther, las mujeres de mi vida. Y con una gran vergüenza recuerdo a la señora Ribes, la mujer a la que besé en la playa de Caldetas, y que me excitó como me había excitado la visión de Pedro Tarrida y la Lina cuando les espié de tras de los matorrales de la pérgola. Evoco el rostro angelical de Mónica que no consigue librarme del pozo de sensualidad donde acabo de caer. Añoro a la amiga que no he visto desde antes de irme al Maresme y que no volveré a ver hasta la Madre de Dios de la Merced, cuando vuelva del villorrio de los Pirineos donde viven sus abuelos. Roque me empuja fuera del templo. Son casi las siete de la tarde. Decididos, ahora sin lágrimas, vamos a la descubierta del barrio chino. En la calle Nueva de la Rambla me paro delante de un escaparate que ofrece Gomas y Lavajes y un tratamiento para la blenorragia. En las tabernas hay mujeres que conversan y se ríen con los hombres. En la calle de San Ramón, un antro, de donde sale la canción Fru-Fru ya sabes que te quiero, me llama la atención. El local tiene un rótulo, innecesariamente encendido porque aún hay luz, que dice Los Claveles. Los cristales de la puerta están pintados de un color azul desvaído, desgastado, con algunas rendijas. Intento mirar dentro pero cuando lo voy a hacer aparece bajo el marco de la puerta, que mantiene semiabierta. Es un individuo grande que tiene los labios pintados, las mejillas enharinadas y los ojos llenos de rimel. Me mira con una sonrisa de payaso triste y me invita con un gesto a pasar dentro del local. La visión del invertido me horripila y huyo trotando mientras oigo detrás de mí las risotadas del hombre, que se mezclan con las de Roque. Barcelona es una ciudad que tiene muchas puertas abiertas que van directamente al infierno. 8

El martes 5 de noviembre, Eulalia Fort y Aurora Izalburu inauguraban la exposición conjunta de escultura y pintura en la Galería Dalmau. Después de unas palabras de presentación del señor José Dalmau, el crítico Joan Sacs hizo la glosa de las dos artistas y de las obras expuestas. La sala estaba llena de gente: artistas, escritores, periodistas y amigos y familiares de las expositoras. De casa solamente habíamos ido el tío Daniel y yo, y la gente del despacho del tío acompañados por el notario y Epifanio Espriu, que lucía su barba impresionante. Por el lado de Eulalia, destacaban su marido, Joan, vestido de veintiún botones, y sus hijos, Jorge y Arnau, que alguien les había vestido como dos pequeños lords, con americanitas ceñidas, pantalones cortos, calcetines hasta media pierna y zapatos negros de charol; los dos iban con la raya partida del pelo y con el cabello pegado al cráneo con fijador, que les deba un aire de pequeños cantores de tango. También vi algunas parejas que habían asistido a la fiesta de Caldetas. Con tranquilidad observe que la señora de Ribes no estaba. Al final de la exposición cerca de las diez de la noche, Eulalia, Joan, Aurora, Daniel el señor Dalmau, Joan Sacs y yo – a los hijos de Eulalia su madre de ella se los había llevado sin que dejasen de protestar – nos fuimos a cenar a un


reservado del Hotel Continental. Fue una cena muy animada en la cual Eulalia, y el señor Joan Sacs, el verdadero nombre del cual es Feliu Elías, llevó el peso de la conversación, ceñida en torno del arte y los artistas del momento, especialmente de la obra de Picasso y de Joan Miró, que se abre paso brillantemente entre los dadaístas y los surrealistas de la capital del Sena, Arp, Ernst, Chirico, Marinetti, Picabia, entre otros. Imperceptiblemente, la conversación fue derivando hacia las anécdotas de la vida barcelonesa, algunas muy divertidas, referentes a los resbalones lingüísticos del regidor lerrouxista, alcalde accidental y propietario del periódico El Día Gráfico, señor Pich y Pon, que en lugar de decir apocalípticas decía “sicalípticas” en relación a unas imágenes subidas de tono, palabra que ha quedado como sinónimo de pornográficas. La reiteración sobre la materia, digamos grande, hizo que Aurora manifestase que había ropa tendida, refiriéndose a mí, cosa que provocó una risa generalizada; yo me habría querido evaporar. La tía Aurora es la única que me trata como si fuese un crío que todavía no había emprendido su primer vuelo. Quizás sus miramientos tienen relación con mi enfermedad o con el hecho que desde los seis años, en que me ha hecho de madre y se resiste a considerarme un joven en puertas de ser adulto. Esta actitud referida a las cuestiones morales contrasta considerablemente con las conversaciones de tipo intelectual que a veces teníamos a la hora de merendar, bajo las encinas, pero son temas abstractos, de carácter general, suscitados por las lecturas. Con todo, me da la impresión que le moleste el innegable hecho que me hago mayor y que ella misma reconoció el mes pasado cuando cumplí diecisiete años y estrené mi primer traje con pantalones largos, chaqueta y chaleco. Desde aquel día voy al despacho del tío con el traje de tres piezas, cuello planchado y puños de celuloide, cubierto con un borsalino. Desde el paseo del otro día, alguna tarde me quedo en Barcelona. Aunque a Aurora le digo que como con el tío Daniel, de hecho como con Ramón, que va a comer a una fonda de “seises” de la calle Consejo de Ciento. Ramón es un chico que siempre va corto de dinero – le he hecho un par de préstamos – y que no se cuando estudia, porque de estudios, no me habla nunca. Sus temas redundantes son las mujeres y la política. De las primeras me explica la intemerata, presumiendo de tener un gran éxito entre las coristas del teatro Español y el teatro Gayarre, del Paralelo. Sus padres son menestrales de Palafrugell, que le pagan la pensión. He deducido que lo que cobra del despacho del tío se lo gasta en billares del café Gravina, con las coristas del Paralelo y en la Criolla, el café concierto de la calle Perecamps. De este local, reducto de la Barcelona canalla, me cuenta maravillas. Me explica que cuatro músicos dislocados ocupan un palco al fondo del local, un antiguo almacén de grano aprovechado, con viejas columnas de hierro que simulan palmeras. Las mesas se escampan alrededor de la pista de baile con sillas desparejadas y un mostrador a la derecha de la entrada donde los mozos del café toman los pedidos. Los momentos culminantes del local son las vigilias de fiesta, a partir de medianoche, cuando se junta la gente más diversa. En una convivencia perfectamente democrática, se juntan gorras y sombreros, camisetas de marineros y americanas burguesas, blusas proletarias y algunos smokings que una hora antes estaban en el Liceo. Hay muchas mujeres, las mayorías habituales de la casa, prostitutas con los morros pintados y las uñas afiladas. Algunas burguesitas, acompañadas de los maridos o de amigos, hacen la competencia a las mujeres de la casa y salen a bailar con los mozarrones y la gente del hampa, excitadas por el contacto de las pistolas que los chulos llevan en el bolsillo interior de la americana. Le pregunto si ha estado alguna vez en Los Claveles, de la calle de San Ramón. Me sonría y me echa una mirada de sorpresa, como si le hubiese preguntado si había estado nunca en el infierno. “Una vez – acabó diciéndome – pero aquel antro es un submundo de viejos pederastas, la escoria de la ciudad, una alcantarilla de travestidos que supuran cubos de sífilis.” Después de una pausa que Ramón aprovecha para pedir una copa de coñac, el chico me dice que el verdadero vicio está escondido tras las fachadas de las casas respetables, de San Gervasio, El Putxet, la Bonanova. No se da cuenta de que yo vivo en uno de estos barrios y si lo advierte, lo pasa por alto. Afirma que detrás de la respetabilidad de cierta burguesía de la que se hizo rica durante la Guerra Mundial, se oculta el desenfreno y el libertinaje, las orgías más escabrosas, la explotación de menores de ambos sexos, las timbas descomunales y alguno que otro crimen. Sus palabras me hacen pensar en Pedro Tarrida y en el odio visceral que suscitan los ricos. Querría que se explayase más sobre esta cuestión pero Ramón hace un giro de ciento ochenta grados e inicia el tema del catalanismo. Acusa a la Liga – e implícitamente a su patrón, el tío Daniel – de debilidad democrática, de personificar un catalanismo desfallecido, sin temple ni verdadera fortaleza, con la mirada más pendiente de Madrid – una monarquía podrida que se hunde – que en el propio país. El futuro catalanismo, según Ramón, se encuentra en las clases populares, hoy republicanas y sindicalistas, que el catalanismo hay que ganarlo. Y esto no lo harán ni los Ventosa, ni los Cambó, sino hombres como el coronel Maciá, catalanista de piedra picada, que no mira al Noi del Sucre o a Pestaña como a enemigos de clase como hacen los otros. “A la hora de la verdad – dice – entre la caja y la patria, los burgueses de la Liga optarán por la caja, no tengas la menor duda.” Bajo por la Rambla. El barrio bajo me atrae como si fuese un poderoso imán. Paseo por sus calles, más bien tranquilas a media tarde. Meto la nariz en los cafés y tabernas, donde no me atrevo a entrar. Algunas mujeres me hacen gestos desde la puerta de los locales para que me acerque pero procuro pasar por el centro de la calle por miedo a que no me cojan del brazo y no me suelten, como he visto que hacen con algunos hombres. Me fascinan las tiendas de gomas higiénicas, con las bombillas azules y rolas que iluminan los escaparates con objetos ce caucho, de cristal, paquetes de algodón y promesas de tratamiento para las catástrofes del sexo. Paso por la calle de las Arrepentidas, donde Roque me recuerda que está Ca l’Angeleta, el prostíbulo que frecuenta Guillermo durante sus escapadas


nocturnas. El mundo del vicio me seduce y me espanta, me atrae y me repele al mismo tiempo. Roque me dice que no sea tan iluso y que me arriesgue. Me asegura que llevo suficiente dinero en el bolsillo, que si entro decidido nadie me preguntará si tengo los dieciocho años reglamentarios, que aunque no sepa muy bien lo que hay que hacer, las mujeres me lo enseñaran, porque por alguna cosa son las profesionales del amor. Acaricio estos pensamientos pero cuando estoy a punto de decidirme alguna cosa me bloquea. Las imágenes de los estragos de la sífilis que contemplé en una enciclopedia médica de casa se interponen como una barrera y me quedo plantado, en medio de la calle, como un pasmarote. También acude el rostro de Mónica, que me mira con ojos pesarosos. La certeza de entristecerla actúa como un antídoto que me aleja de la tentación y huyo del barrio a pesar de la sonrisa sardónica de Roque. He ido a la calle Puertaferrisa, donde me esperaba Aurora. La he encontrado sentada al lado de la mesita donde están los catálogos de la exposición. Fuma com una boquilla de plata que le ha regalado Eulalia. Es la primera vez que veo fumar a Aurora y he notado un calambre extraño, porque desde que se ha estrenado como artista la noto muy cambiada. El cigarrillo humeante me ha confirmado que no es la mujer que he querido hasta ahora. Me ha explicado que está muy contenta con la exposición. Todos los diarios han hablado y Xenius ha hecho una glosa en La Veu de Catalunya Porque por alguna cos son las profesionales del amor ya donde destaca el hecho que las nuevas artistas fuesen dos mujeres. El mismo señor Dalmau considera un éxito que se hayan vendido cinco pinturas de las dieciocho expuestas y tres esculturas de la docena que llenan la sala. Y esto en los primeros siete días de exposición. Por las noches duermo mal, las píldoras del doctor Canovell me dejan abatido y sino cojo pronto el sueño, después me cuesta dormirme. La acción de la droga me provoca un estado de modorra general pero no priva, sino me duermo, que oiga los ruidos más diversos. A veces son las mismas voces conocidas, alegres o crispadas, que no acabo de identificar; otras veces son pasos en el techo, como si alguien se pasease por la buhardilla donde Aurora tiene su estudio; a veces rascan la puerta como si hubiese un animal mudo que quisiese entrar. Miedo, no tengo. Desde que tengo memoria siempre he visto y he sentido las cosas que la otra gente ni veía ni sentía. He acabado conviviendo con estas muestras del mundo especial que me rodea y del cual un día oí a Baldiri que era lleno de espíritus. Lo más curioso es que tengo la certeza que percibo este universo extraño y misterioso con una única parte del cerebro mientras otra parte me permite estar en dos lugares al mismo tiempo. Por ejemplo. Puedo mantener una conversación normal con Aurora mientras estamos sentados en los columpios del jardín y al mismo tiempo puedo acercarme a la madre que se ha acercado al borde del surtidor. O puedo estar comiendo con la familia el domingo y simultáneamente levantarme de la mesa e ir a la puerta del saloncito de fumadores donde oigo a un viejo que tose. Me he levantado y contemplo el jardín desde la ventana. Hay luna llena, un disco plateado que sonríe a la tierra y que baña los campos de flores, la copa de los árboles, los guijarros de los caminitos y la figura de Diana del surtidor con una claridad de color ceniza. Me siento en la mesa y abro el cajón donde, debajo de los álbumes de sellos, guardo el cuaderno en el que escribo la crónica de mi vida. No es el primer cuaderno que empiezo, pero es el que ha durado más, el que escribo desde que abandoné la clínica del doctor Canovell, a mediados del mes de marzo Roque opina que si anoto todo lo que me pasa, si reflejo la historia de mi familia, acabaré descubriendo los secretos que esconde la casa de las encinas y, tal vez, todo aquello que mi pasado guarda tan celosamente. Algunas noches de insomnio voy a la habitación de la abuela Esther, que tampoco duerme. Me siento al lado de la cama e intento leerle El Conde de Montecristo a partir del punto, señalado con una estampa del Sagrado Corazón, donde lo ha dejado la hermana María. Pero la abuela me dice que lo deje porque mi francés es incomprensible. Me propone que le lea mis poemas. Le recito los dos últimos que he escrito y La Mar tenebrosa, la poesía larga que hice en Caldetas. Al acabar la lectura, la abuela no me hace ningún comentario, ni yo lo espero. Me provoca ansiedad que haya podido notar el trastorno que me provocó el ataque de la señora Ribes. Pero ella no dice nada. Los dos estamos en silencio. Percibo que la habitación está llena de presencias, de seres que acompañan a la abuela Esther en su larga velada de la muerte. Son sombras casi imperceptibles que se aferran a las zonas oscuras de la estancia. Me da la impresión que mi presencia despierta el interés de estas entidades pacíficas, que hacen un leve rumor como del roce de la seda. Toda persona – dice la abuela – tiene los propios muertos que la protegen. Los suyos, me explica, son viejos y antiguos como su pueblo. Dice que pertenecen a la secta de los Hassidim, discípulos de Israel Baal Shem Tov, el maestro espiritual de su padre, el rabino Isaac Bashevis Kletzkin. Bailan, dice la abuela. Me informa que los hassidin bailaban durante horas seguidas, enlazados entre sí, formando una cadena compacta de hombres, que era una manera de rezar. Siguiendo las notas de un violín o de un acordeón, el grupo oscilaba de un lado al otro tanto si el espacio de que disponían era amplio o escaso. Sin sacarse los sombreros, con sus rizos y sus barbas, danzaban incansablemente horas y horas hasta que el grupo entraba en un éxtasis colectivo. Recuerda a su padre encabezando la hilera de hombres cogidos por los hombros, inclinándose, dando saltos, siguiendo el ritmo con los ojos cerrados. Por un instante me parece apreciar una sombra alargada que gira lentamente entre los pies de la cama y el ventanal por donde se cuela la incierta claridad de la noche. Apuntalada en el marco de la ventana, veo el perfil de mi madre. Le digo a la abuela que mi madre nos mira y la mujer mueve la cabeza confirmando que ella también la ve. El silencio se ha hecho espeso, sólido como una roca. Es un silencio extraño que excluye el rumor habitual de la noche, siempre llena de voces misteriosas. En la habitación hay una gran quietud, como si el tiempo se hubiese


parado, como si la abuela y yo hubiésemos reculado muy atrás, antes de ser quien somos, presencias en un mundo en suspenso, sin rostros ni edad, almas expectantes entre el cielo y la tierra. Por un instante me he sentido desintegrado, dividido, troceado entre muchos yo, y he percibido el aroma de la madre, una fragancia de espliego con un punto de limón, un olor que devuelve a sus brazos cuando soy un bebé y mi cabeza reposa sobre su pecho. La escena se apaga, la visión se diluye. Es la primera vez, me digo, que recuerdo a mi madre viva, de antes de la tragedia, cosa que me exalta y hace que me vuelva compacto y real, con las lágrimas en los ojos y un cansancio que me arrellana en la silla. Cuando intento hablar, me doy cuenta que la abuela nombra a mi madre por su nombre, Regina. Evoca la chica que conoció el día de la inauguración de la casa de las encinas, cuando el abuelo Jacob consolidaba su poder y se rodeaba del obispo, el alcalde y el capitán general. La fiesta fue aprovechada para presentar en sociedad a la prometida de Jonatan, la hija mediana de los Izalburu, las cubanas. La madre de las chicas era una mujer ridícula, gorda y vulgar, que el abuelo conocía por sus estrafalarias intervenciones en bolsa. La hermana mayor, Leonor, tenía un aire de pánfila que contrastaba con la viveza de las otras dos hermanas, Regina y Aurora, aunque esta última solo era una niña de catorce o quince años. Solo verla sentí pena por ella. Me di cuenta de que era una paloma inocente que había ido a caer en la madriguera de un zorro carnívoro, Jonatan, que a los veinticuatro años ya había mostrado su verdadero rostro, como un digno heredero de la maldición de los Menéjem. Regina era muy joven. Jonatan era un hombre bien plantado, con la desenvoltura propia de un hijo de casa rica, de palabra fácil, simpático como lo suelen ser todos los crápulas, que engatusó a la cándida chica que no había salido nunca del lado de las faldas de su madre y que solo hacía dieciocho meses que había perdido a su padre. La madre, la señora Ángeles, tuvo mucho que ver en el noviazgo de la hija, deslumbrada por la leyenda de Jacob Menajan y su fortuna. Sería incierto afirmar que Regina no se casase enamorada. El noviazgo con Jonatan, como todos los de la época, no le había permitido conocer demasiado en verdadero carácter de su futuro marido, el cual, de acuerdo con las costumbres del momento, tenía dos caras: la del prometido formal, que la visitaba en la calle del Pino y que salía a veces con ella, acompañados de Aurora, y la de hombre de mundo, estudiante encallado en una carrera que no terminaría nunca, amigo de las francachelas, de la juerga, habitual de la sala de juego del Ecuestre, noctámbulo empedernido y cliente de la Sevillana, el prostíbulo de la Rambla de Santa Mónica. Tal vez Regina no tenía noticia de la doble vida de su prometido, ilusionaba como estaba con su inminente matrimonio y la posibilidad de crear su propia familia. La que si estaba al corriente de la vida nocturna de Jonatan era la señora Ángeles, informada punto por punto por su consejero financiero, Jorge Miralles, el sinvergüenza que la arruinó. Pero es probable que la madre de Regina pensase que los hombres se tienen que desfogar antes del matrimonio y que después de casados vuelven al rebaño como acaban haciendo las ovejas descarriadas. La pareja se casó en la iglesia de Santa María del Pino, la parroquia de la familia de la novia. Hicieron una fiestaza a la que la abuela Esther no se dejó arrastrar. La comida de boda, pagada por el abuelo Jacob, se celebró en el restaurante del Hotel Ritz, con más de un centenar de comensales, servidos por cincuenta camareros, y amenizado por la orquesta del teatro Principal. Aquella misma noche los novios partieron para París, en un compartimento privado de la compañía Wagons-Lits-Cook. Los días de vino y rosas pronto se terminaron. La primera decepción de Regina fue la decisión de Jonatan de no tener casa propia, de irse a vivir a la casa de las encinas con el abuelo Jacob y la vieja Esther. El marido colaboraba en los negocios de su padre y hacía de gerente de la empresa textil Coll-Barnadas, herencia de la familia de su madre. El matrimonio no modificó mucho las costumbres de Jonatan. Con la excusa del trabajo, raras veces comía en casa. Por las noches llegaba tarde, con emanaciones de Picón en el aliento, y a menudo salía después de cenar con tal de acudir a reuniones importantes que se abstenía de justificar. Su padre, el viejo Jacob, toleraba y encubría la irregular conducta de su hijo. Daba toda la impresión que el sobrio Jacob Menajan veía reflejadas en Jonatan una manera de hacer que el no había osado practicar nunca, empeñado como estaba en hacerse un nombre entre la sociedad barcelonesa y ganarse una situación de poder. La defección del heredero, del hijo mayor, propiciaba la complicidad y la tolerancia de Jacob. El primer embarazo de Regina en lugar de retener al marido en casa acentuó aún más el alejamiento. El mismo nacimiento de las gemelas agudizó la vida disipada del padre de las criaturas, profundamente decepcionado porque la mujer no había parido un varón. Cuando tres años después nací yo, el recién nacido se encontró con una madre que se había refugiado en el amor de sus hijas, en una actitud de defensa y de supervivencia antes un marido que la menospreciaba. Regina, en la casa de las encinas, fue siempre una forastera bajo la férula del viejo Jacob y la presencia silenciosa y enigmática de la abuela Esther. Los puentes de comunicación entre el uno y la otra eran muy difíciles de mantener porque su suegro era un hombre arisco y cerrado y porque la vieja Esther se había recluido ella misma, hostil a todos. Esta situación se prolongó en el tiempo. Jonatan prestaba una atención a su hijo Edmundo que nunca la había tenido con las niñas, talmente como si el hijo fuese del padre y las hijas de la madre. El pequeño Edmundo sufría las consecuencias de aquella extraña división de afectos. Aunque su padre jugase con el en el jardín o se lo llevase a pasear por los huertos y los cultivos de San Gervasio, aquella camaradería masculina, ajena totalmente a la voluntad del niño, le privaba de la compañía de la madre, la persona que el habría escogido si hubiese tenido la oportunidad. Las niñas, por otra parte, no contribuían en nada en mitigar la soledad de Edmundo ya que pasados los dos o tres


primeros años de infancia, cuando las mellizas le consideraban como un juguete, siempre le vieron como un intruso que se interponía entre ellas y el amor de su madre. El panorama de la de la infancia de Edmundo se modificó ligeramente cuando Aurora, después de la muerte de la señora Ángeles se fue a vivir a la casa de las encinas. La chica tenía veintitrés años y supuso para la casa una bocanada de aire fresco. El hecho que se pasase una buena parte de la mañana con sus cuadernos de dibujo en el jardín y que muchas tardes bajase a Barcelona, introdujo perceptibles cambios en la atmósfera de la familia Menajan. Aunque Jonatan hubiese dado órdenes a las mujeres de la casa – su mujer, la cuñada y las criadas – de que dejasen en paz a su hijo, Aurora no le hizo ningún caso, tal vez compadecida por aquel niño solitario y triste, que quería desesperadamente a su madre y odiaba a sus hermanas gemelas. Más o menos – concluía la abuela Esther – esta era la situación cuando Jonatan decidió celebrar su décimo aniversario de matrimonio con un gran viaje a los Estados Unidos de América. Pero antes habían pasado muchas otras cosas, algunas muy penosas que más vale olvidar. Mónica se prepara para ir a la Universidad. Estamos a finales del primer trimestre del curso y está contenta porque ha sacado unas notas excelentes. Nos vemos un rato las noches que no me quedo en Barcelona. La espero a la salida de la escuela, un poco apartado de la puerta principal con tal de evitar las risitas y las habladurías de sus amigas, las cuales, por otra parte, me miran con mucho respeto desde que llevo sombrero y el terno con pantalones largos. A veces damos un rodeo en lugar de ir directamente a su casa. Nuestras conversaciones son más variadas que al principio, cuando nos conocimos hace ocho meses, ya que entonces giraban siempre entorno a la poesía. Mi experiencia barcelonesa, la relación con los artistas amigos de Aurora, el trabajo en casa del tío Daniel y las cuestiones políticas que me explica Ramón, aportan una gama más amplia de temas que palian las diferencias de formación que nos separa. A veces la sorprenden algunas reflexiones que hago sobre la cuestión social y política del país, porque ella piensa, habida cuenta a la clase social a la que pertenezco, que yo tendría que estar al lado de la gente de orden, próximo a aquellos que revientan huelgas o que matan sindicalistas. Sus padres, menestrales hijos de menestrales, forman parte de la inmensa mayoría de gente que tiene tendencia a quedarse en casa y que cierra ventanas y porticotes cuando el pueblo se revuelve o simplemente protesta. Son la gente de no te líes, y de no meterse en libros de caballerías. En cierto sentido prefiero los que, como el abuelo Jacob o Guillermo, se han manchado de sangre hasta los codos para defender sus intereses materiales o sus ideas. El hecho de que Mónica se asuste ante alguna de estas opiniones hace que yo las agudice simplemente para impresionarla. Sin darme cuenta que improviso o que hablo por boca de Ramón o de Pedro Tarrida. Provocarla, alarmarla me hace sentirme fuerte y seguro, mucho más sólido de lo que soy en realidad. Incluso me llena de una cierta osadía, me da una audacia nueva y extraña. Ha sido este atrevimiento el que me ha permitido besarla. Estábamos arriba de todo de su calle y se había puesto a llover. Para que no nos cogiera la lluvia nos habíamos refugiado bajo la marquesina de la entrada de un edificio nuevo. La violencia del agua nos salpicaba las piernas y para evitarla nos acercamos a la puerta, en una zona de sombra. Ni ella ni yo nos decíamos nada. Estábamos como subyugados por la cortina de agua que nos separaba del mundo. Entonces la besé, un beso largo en la boca, un instante eterno durante el cual perdí la noción del tiempo y que hizo que todo yo reculase muy dentro de mi mismo. Ella, unos momentos después que yo volviese del pozo donde había caído, me dijo “me tengo que ir” y, sin esperar mi respuesta, arrancó a correr hacia abajo hasta la puerta de la tintorería de sus padres. 9

Mónica me ha escrito una carta. La había ido a esperar a la salida de la escuela pero no ha querido que la acompañase a su casa. Se ha excusado diciéndome que tenía prisa y me ha alargado un sobre azul antes de irse sola, seria, a paso ligero. “Querido Edmundo, “He estado pensando en nuestra relación y he llegado a la conclusión que tenemos que pararla, Se, por aquello que pasó el otro día, que sientes alguna cosa por mí que va más allá de lo que yo siento por ti. No se trata de que me seas indiferente, pero mis sentimientos tienen un nombre: amistad, y por más que me interrogo no descubro ningún indicio que me incline a ir más allá. “Somos muy jóvenes. Todavía no tengo dieciocho años y ya sabes – te lo he dicho muchas veces – que quiero estudiar, no se si medicina o magisterio, porque no me conformo con ser solo una mujer de su casa como mi madre o mis tías, que no son nada por ellas mismas, y que viven a la sombra de sus respectivos maridos. “Te confieso que me gustas como persona, que aprecio tu inteligencia y tus sentimientos de persona sensible que ha tenido que sufrir mucho en silencio. Por eso creo que si continuásemos viéndonos como hasta ahora acabaríamos haciéndonos daño el uno al otro, o haciéndotelo yo a ti, en el caso de no poder corresponder a tus sentimientos.


“Confía en que me comprendas. Tal vez dentro de un año el panorama de nuestras vidas estará más claro. Hoy por hoy, no creo conveniente que continuemos viéndonos. Espero que te hagas cargo. “Tu amiga. “Mónica Blanquer.” He leído la carta una y otra vez. Roque me mira con una sonrisa mordaz en los labios y me dice que ha pasado lo que tenía que pasar, que me había hecho demasiadas ilusiones, que soy demasiado joven para liarme en los complejos entramados del amor. No se lo discuto porque en el fondo se que tiene razón, aunque eso no excluye que sienta una pena infinita, que el dolor me haga andar automáticamente en dirección contraria a casa como si me quisiese perder entre las torrecitas y los huertos de bajo Pedralbes. Hace frío. Camino con las manos en los bolsillos, el cuello de la americana levantado y el ala del sombrero inclinada hacia delante. El viento se arremolina a mi alrededor y me abofetea la cara. El cielo está denso, pesado, de color de tierra de barro. Temo que llueva y al mismo tiempo lo deseo. El agua, que siempre he visto como una amenaza, tal vez disolvería mi aflicción o quien sabe si se me llevaría abajo y abajo hasta el mar tenebroso. El doctor Canovell practicaba conmigo el juego de las palabras. La regla era que yo tenía que contestar, sin pensar, a las palabras que el me decía. Había cuatro palabras que siempre salían entre muchas otras: padre, madre, gemelas y mar. Mis respuestas, curiosamente siempre eran las mismas: padre-miedo; madre-amor; gemelas-espejo; mar-muerte. Alguna vez me pedía que prosiguiésemos el juego, y me hacia confeccionar una frase con las ocho palabras. No se porque pero siempre había una palabra que quedaba fuera de la frase, y que yo no sabía como encajar. Era la palabra espejo. Pocos días antes de salir de la clínica de San Cugat construí la frase: “Veo a mi madre y a las gemelas a través del espejo, siento amor y miedo al mismo tiempo, porque mi padre me tirará al mar donde me espera la muerte” Muy interesante, me dijo el doctor Canovell, y sin hacer más comentario sacó el péndulo para iniciar la sesión de hipnotismo. He llegado tarde a casa, cuando Guillermo había soltado a los perros. Los dobermans me conocen, pero eso no hace que les tenga miedo. Como no tengo llave he tenido que llamar y Aurora ha venido a abrirme la verja mientras Guillermo retenía a los perros cerca de la casa. Mientras atravesaba el jardín precedido por la tía, la lluvia se ha desencadenado y hemos tenido que hacer los últimos metros corriendo. He cenado en el comedor pequeño. Aurora se sentaba en la butaca al lado de la ventana. Tenía un libro en las manos pero no leía. Miraba el chaparrón que salpicaba los cristales. Le he preguntado que pasó exactamente con el Titanic. Ella me ha mirado seria, y ha acabado diciendo: -Eso, Edmundo, un día nos lo tendrás que explicar tu. Hemos celebrado la Navidad. Contrariamente a los años anteriores, ayer por la noche no fuimos a la Misa del Gallo ni hoy hemos ido a la iglesia. La tía Aurora, desde que ha sido reconocida como pintora, no es la misma de siempre. Fuma todo el día y se despreocupa de la casa con gran satisfacción de Gertrudis, que ha cogido las riendas del servicio como si fuese la dueña. Ahora que manda sin la interferencia de Aurora, hace ir a Lina tiesa como un huso, si conviene se enfrenta a Guillermo y mantiene a Quela, la nueva cocinera, a raya. Incluso la he visto gritar al nuevo jardinero, Emilio, un viejo que nos recomendaron las monjas, muy devoto, que arrastra los pies y le cuesta Dios y ayuda levantar una paja del suelo. Pero como que Emilio superó el examen que le hizo Guillermo, nadie a cuestionado su presencia en la casa de las encinas, aunque el hombre chochea y viva con la espalda tiesa. La abuela Esther nos ha hecho el honor de compartir la mesa con el resto de la familia: el abuelo Jacob, el tío Daniel, la tía Aurora, Guillermo y yo. La hermana María, después de ayudar a vestir a la abuela, se ha ido al convento de las mercedarias. Para comer hemos tomado escudilla de galets, cocido y pollo rustido con piñones y ciruelas. Para postres había barquillos y turrones. La abuela, antes de comer, ha querido hacer una especie de declaración de principios, que ha hecho enfurruñar al abuelo Jacob, ha divertido a la tía Aurora y ha provocado que tanto Daniel como Guillermo pusieran cara de circunstancias. La mujer ha empezado diciendo que aquel era probablemente su última comida de Navidad con la familia, que no nos creyésemos que pretendía celebrar el nacimiento de Jesús, el falso Mesías, por culpa del cual su pueblo había tenido que sufrir tanto o mas que bajo la égida de los faraones. Después ha dicho unas palabras en jiddisch dirigidas directamente al abuelo Jacob, que las ha escuchado con la cabeza baja, sin reaccionar, con las cejas arrugadas y con el cuchillo empuñado como si sostuviese una espada. La llegada del caldo de galets ha marcado una pausa. Sobre la mesa durante un rato solo se ha oído las discretos soplar de las cucharas humeantes y los sorbidos de Guillermo, que no tiene manías. El tío Daniel ha explicado al abuelo algunas interioridades de la crisis del gobierno de Maura de Madrid y el relativo pesimismo de la gente de la Liga, situada entre la espada y la pared de la subversión social y la reacción centralista. Ha mencionado la destitución del gobernador civil Martínez Anido, y del jefe de la policía, el general Arlegui, del pasado octubre, pero no se ha extendido sobre la cuestión porque la noticia en el momento de producirse indignó al abuelo. El abuelo, como siempre, no ha hecho ningún comentario. A pesar de que estamos en familia, me doy cuenta de que se guarda lo que piensa, quizá porque no confía en ninguno de nosotros, con la excepción de Guillermo, que le es fiel como un lebrel.


La abuela Esther casi no ha probado la comida. Con los ojos muy abiertos, estaba atenta a los movimientos de la mesa, a la entrada y salida de las criadas, a los inicios de conversación que morían rápidamente. A pesar de llevar enharinada la cara con polvos de color de rosa, le veía bajo el cosmético el rostro de calavera sobre su cuello de gallina vieja en el cual llevaba una triple hilera de perlas grandes como garbanzos que su marido, Israel Menéjem le regaló en Estrasburgo cuando se cambió el nombre por el de Stefan Menajan. En la mano izquierda lucía su anillo de casada, una modesta joya de plata con un aguamarina que había perdido la transparencia. La noticia del día la ha dado Aurora, que ha anunciado que ka apalabrado un estudio en la calle del Call, de Barcelona. Se trasladará pasadas las fiestas. Medio en broma, ha dicho a la abuela Esther que le devolvería el gobierno de la casa y esta ha replicado, contundente y con su voz de caña tronchada, que la casa de las encinas no había sido nunca su casa. La salida de la abuela ha creado un momento de desconcierto que la misma Aurora de ha apresurado a aclarar al afirmar que mi estado de salud la liberaba de hacer de madre sustituta. Me he vuelto el centro de atención de la mesa y el tío Daniel ha hablado de mi, de mi trabajo. El abuelo Jacob me escrutaba con sus ojitos de gavilán, con una sonrisa en los labios. La nota estridente ha surgido de Guillermo que ha dicho que soy todo un hombre y que… no ha acabado la frase, pero he tenido la sensación que me iba a pasar una pistola por encima de la mesa. El tío Daniel ha propuesto que trabaje a jornada completa y ha añadido que podría ir un par o tres tardes a la semana a alguna academia especializada donde preparan a jóvenes para hacer tareas administrativas. Aurora, que siempre se ha ocupado de mí ha mostrado su conformidad. Todos los presentes, incluyendo a la abuela Esther, se han quedado mirando al abuelo Jacob el cual, al final, es mi tutor legal. El abuelo, acostumbrado a decidir, con la seguridad de quien ha mandado toda la vida, ha dicho que si yo quería no tenía necesidad de trabajar para ganarme la vida, pero ha añadido que el trabajo dignifica y que en este sentido el era partidario que tuviese una ocupación estable, y que aprendiese a ser responsable. Con una sonrisa burlesca, ha remarcado que estaba en buenas manos, que su hijo Daniel, aunque es más tozudo que una mula –la sombra de mi padre ha pasado por encima de la mesa – era un hombre de valor que solo – ha remarcado este aspecto – se había hecho un nombre respetado en la ciudad lejos y al margen de la casa de las encinas. Después de comer, antes de que Gertrudis y Lina sirviesen el café, el abuelo Jacob ha hecho subir al comedor a la Quela y al Emilio. Las tres sirvientas y el jardinero se han quedado plantados al lado de la mesa, con una copa de champán en la mano que la tía Aurora les había servido. Después, a continuación de un momento de indecisión, como si el abuelo cediese la palabra a la abuela Esther, que ha rechazado con un minúsculo gesto de la mano, todos juntos hemos brindado y nos hemos deseado felices fiestas. La tía Aurora ha repartido a las criadas, a la cocinera y al jardinero un sobre a cada uno de ellos. Mi sorpresa ha sido que no solo he bebido champán sino que también había un sobre para mí. Cuando los hombres se retiraban a la sala de fumadores, la abuela Esther ha querido que Aurora y yo la acompañásemos al jardín, donde hacía más de veinte años que no había puesto los pies. Muy lentamente, sosteniéndola por los brazos, hemos ido hasta la pérgola y nos hemos sentado en el banco de madera. La Parra de la pérgola tenía los pámpanos del color de la yema de huevo y los plátanos del camino habían perdido las hojas. La tarde todavía era joven y el pálido sol de diciembre acariciaba la atmósfera donde todo parecía parado, inmóvil, como si la placidez del momento nos quisiese transmitir un mensaje secreto, como si todos los muertos, el padre, la madre y las gemelas, hubiesen acudido a la cita. -Las sociedades no son nunca perfectas. La igualdad, la libertad y la fraternidad son conceptos abstractos que suenan muy bien, que como mucho se pueden considerar dignas aspiraciones humanas, como la justicia social. Según como te lo mires, es lógico que personas de buena fe se dejen seducir por estos principios y los eleven a verdades absolutas. El problema surge cuando estas personas bien intencionadas, idealistas, pretenden edificar sobre estos conceptos abstractos nuevos sistemas sociales y políticos. Descartando todo lo que puede haber de resentimiento, malevolencia y deseo de venganza en los movimientos subversivos, toda revolución se propone el bien de la sociedad construir una Arcadia plácida y serena, sin desigualdades ni contradicciones. Pero las revoluciones causan tantas o más injusticias que las que combaten. La Revolución Francesa, que se alzó contra la monarquía de los Capetos y contra la hegemonía de la nobleza corrupta, desembocó en un ignominioso banco de sangre que dio la entrada en escena al dictador Napoleón que, después, se autocoronó emperador. La Revolución de los bolcheviques rusos ha ocasionado el exterminio de centenares de miles de personas para acabar siendo un férrea dictadura, dicha del proletariado, pero en realidad administrada por unos cuantos centenares de funcionarios. Si nunca nuestras revoluciones llegasen a implantar el comunismo libertario que predican, lo harían a costa de la vida de mucha gente que ha hecho este país. El tío Daniel se pasa la mano por la cabeza, entre los cuatro pelos descabalados que no disimulan la calva. Estamos en su despacho, a lado y lado de su gran mesa que contrariamente a la del señor Santvicens, está limpia de papeles. Solamente nos separa la escribanía de plata que le regaló un cliente agradecido con el tintero vacío y una colección de lápices de colores diversos. Ramón y el señor Enrique hace un rato que se han ido y estoy en el despacho del tío porque espero una escritura que la Cristina está mecanografiando y que tengo que llevar a casa del notario Espriu. La conversación la ha iniciado el tío porque ha visto que leía un opúsculo anarquista que me había encontrado en un montón de revistas viejas que hay en el archivo.


-Los que consideran que la burguesía en un enemigo a abatir, no se dan cuenta que detrás de la noción de burgués o burguesía hay personas concretas, hombres de carne y hueso que han creado riqueza, puestos de trabajo. Los Girona, Batlló, Muntadas, Foronda, Rius y tantos otros no son monstruos ni emanaciones malignas del capitalismo, sino hombres de empresa, personas que no han hecho nada más que trabajar. Han prosperado, se han hecho ricos, es cierto, pero con ellos la sociedad en general ha mejorado. La mayoría ha invertido parte de sus recursos en hacer progresar el país, han contribuido al desenvolvimiento de las artes y de las letras. Sin ellos no existiría el Orfeó Català, El Teatro del Liceo, las academias, las cajas de pensiones, y cincuenta instituciones más donde se cobijan la civilización y la cultura. No digo que no haya en el mecenazgo de estas familias una buena parte de vanidad y de vanagloria ingenua, pero sin ellas, personas como Gaudí, Domenech y Montaner, Luis Millet, Ángel Guimerá, etc. No habrían podido hacer su obra. Un toque suave en la puerta ha interrumpido el discurso del tío. La seria Cristina se ha quedado de pie al lado de la mesa mientras el tío, con las gafas de pinza en la nariz, leía el documento de compra-venta que la secretaria acababa de mecanografiar. He salido de la notaría más de las ocho. Pensaba en las palabras del tío e intentaba hacer encajar la figura del abuelo en el marco que había esbozado mi pariente. Por lo que yo sabía, el abuelo era un financiero, excomerciante de piedras preciosas, que no había levantado nunca una fábrica y que trabajaba con dinero. Tampoco no me constaba que hubiese contribuido a fomentar ninguna causa noble, ni del arte ni de la cultura. Sabía, porque era un secreto del dominio público, que ayudaba a la Unión de Sindicatos Libres, una banda de sindicalistas espurios que se había convertido en una cueva de pistoleros. Tal vez el sistema, la sociedad que personificaban los próceres que había mencionado el tío, necesitaba hombres como el abuelo o como Guillermo o como los amigos de Guillermo, que defendían el capitalismo con dinero y con las armas en la mano. Mientras bajaba hacia la estación del ferrocarril de Sarriá he visto a Pedro Tarrida. Estaba sentado en un banco de la parada del tranvía pero girando la cara a la puerta de la notaría. Cuando nuestras miradas se han cruzado, se ha levantado y ha venido a encontrarme. - Te esperaba – me ha dicho. Y hemos ido hacia abajo sin decirnos nada más. He tenido la sospecha que no me quería acompañar a casa. Pero el temor se ha disipado cuando, estando en la estación de la Plaza de Cataluña, me ha dicho que quería hablar conmigo con calma. Hemos quedado citados para mañana miércoles a las seis de la tarde en la puerta de la Academia Universal, de la calle Pelayo, donde hace cuatro semanas estudio los rudimentos de contabilidad, mecanografía y correspondencia comercial. Hay una novedad importante en mi vida. He probado las mieles del sexo, como dice Roque riéndose de mí. A pesar de que Roque me empujaba hacia Ca la Ángeleta, opté por un prostíbulo más discreto, menos concurrido, de la calle Roca que, aunque no tenga ningún rotulo que lo indique, le llaman El Barco. Roque me acompañaba y me daba ánimos. Fuimos un jueves alrededor de las siete de la tarde. Hacía frío. Por la mañana había caído un poco de agua nieve y llevaba abrigo y un paraguas que me embarazaban un poco. En la sala del burdel había una docena de mujeres y tres o cuatro hombres que se sentaban en torno a una estufa de carbón plantada en medio de la estancia. Cuando traspasamos la cortina que separaba la puerta de la entrada al salón, todos se volvieron para mirarnos y dos mujeres nos vinieron a recibir, sonrientes, como si fuésemos dos amigos que llegan tarde a la tertulia. Nos quedamos de pie cerca del balcón, al lado de un sofá con el respaldo y los brazos deshilachados que en otro tiempo había sido azul. No tuvimos que decir nada porque todo lo decían las mujeres. Roque hizo un gesto con la mano señalándome, signo que las mujeres interpretaron inmediatamente como que era yo quien había ido como cliente. Me encontré en medio de las dos putas que me estiraban por los brazos, a derecha y a izquierda, sin mucha fuerza, pero disputándose mi atención. La de un lado era una mujer rubia, con unos grandes pechos que mostraba a través de su bata abierta. La del otro lado era una chica más joven, delgada, morena, que llevaba un pañuelo rojo envolviéndola el cuello, como si le doliese la garganta. Me decidí por esta segunda quizá porque tiraba menos fuerte y porque tenía los ojos tristes. En la habitación que di cuenta que la chica de los ojos tristes era una falsa delgada, que tenía el cuerpo bien proporcionado, redondeado. Me dijo que se llamaba Bety, probablemente un nombre simulado y, para corresponderle le dije que me llamaba Roger, como si el hecho de usar un nombre diferente al mío fuese una manera de mantener una parte de mi yo al margen de la escena que íbamos a interpretar. Ni entusiasmado ni decepcionado, esta podría ser la conclusión de mi primera experiencia sexual. Hay, claro está, otras impresiones y emociones que se encabalgan en una especie de enredo difícil de deshacer. Por un lado, la vergüenza, la confusión, y el rubor de verme desnudo reflejado en el espejo del armario del lado de la cama; por otro lado, una especie de pena, una tristeza extraña por aquel chico que veía – que no era bien bien yo mismo – en brazos de la chica; todavía, los sentimientos de extrañeza, de estar y no estar al mismo tiempo encima de aquella cama de hierro que chirriaba, sobre una colcha gris no demasiado limpia. Solo en el momento culminante de correrme me sentí integrado, todo uno, como si el actor y el espectador que habían entrado separados en aquella habitación mal iluminada convergiesen en otro, en un yo diferente del que había sido hasta aquel instante de plenitud animal. Pero hay otra cosa. Un misterio. En el momento en que nos separábamos, mientras emergía de los brazos de aquella chica de ojos tristes y me volvía para sentarme en el borde de la cama, vi en el espejo otra escena muy lejana pero nítida y transparente: sobre otra


cama estaba mi madre y el hombre que se apartaba de encima de ella era el personaje de cabellos grises que había visto en casa; el hombre llevaba puesta la chaqueta del smoking, que destacaba de sus piernas desnudas y el culo redondo y blanco como la luna; mi madre, medio tapada por el cuerpo del hombre, mostraba los pechos con los pezones rosados y los cabellos extendidos sobre la almohada y la mirada perdida. Había sido una visión fugaz, pero muy clara que, de súbito, me hizo recular diez años atrás, al transatlántico, a la misma tarde en que el Titanic se hundió. Por primera vez en mi vida recordaba alguna cosa de mi infancia, de aquella zona absolutamente oscura y vedada donde el doctor Canovell pretendía entrar mediante la hipnosis. Sentí – no tenía ninguna duda – lo mismo que entones había sentido, una gran turbación que me hizo palidecer y que la puta de los ojos tristes se tomó como una ofensa, como si después de haber hecho el amor con ella sintiese asco y ganas de vomitar. Con el impacto de aquella imagen clavada en la retina, subí Rambla arriba preocupado por el recuerdo que auguraba la rendija por donde tendrían que salir otras. De repente tuve una sospecha, una especie de angustia extraña, porque había algo que no ligaba en la escena del espejo que acababa de rememorar. Nos sentamos en el interior del café Petit Pelayo. Pedro Tarrida – no le se concebir como Pablo Juncosa – Había pedido un café con leche bien caliente y se lo tomaba sorbiendo la taza que sostenía con las dos manos. Iba con unos pantalones y una americana desparejados, una camisa que reclamaba una lavada y una larga bufanda enrollada con dos vueltas alrededor del cuelo. - Te quería explicar una historia – me dijo – en que una persona muy próxima a tu familia tuvo un papel importante. “Supongo que sabes que desde hace un par de años, desde que el hijo de puta del general Martínez Anido ha sido gobernador civil de Barcelona, los sindicalistas has tenido que sufrir una verdadera campaña de exterminio. A lo largo de estos dos años han muerto cerca de trescientos trabajadores, han herido a más de un centenar, han metido en la cárcel a miles y muchos sindicalistas han tenido que huir al exilio por tal de salvar su vida. Los hombres de la CNT se han defendido de la mejor manera que han podido porque, como que en general no van a misa, no son partidarios de poner la otra mejilla. Y esta carnicería no la han provocado los trabajadores, sino la Unión Patronal con la colaboración de la policía y el gobierno, que han aplicado a derecha y a izquierdas la ley de fugas, y los pistoleros del Sindicato Libre. “Cuando a primeros de julio el gobierno de Sánchez Guerra suprimió el estado de excepción y se restablecieron las garantías constitucionales, la CNT y los Sindicatos Únicos quisieron reemprender la actividad sindical, aunque en Barcelona Martínez Anido decía que se pasaba por los cojones las garantías constitucionales. Tal vez por eso los sindicalistas, después de dos años de clandestinidad, al querer salir a la luz convocaron una Conferencia regional en Blanes, provincia de Girona, donde reclamaron la legalización de los sindicatos obreros y la reapertura de los locales clausurados. A continuación del acto de Blanes, en el mes de agosto los sindicatos de Manresa organizaron una conferencia pública en la que intervino Ángel Pestaña, a pesar de que Martínez Anido había prohibido esta tipo de reuniones en su provincia, cosa que el general se lo tomó como una provocación. “Pestaña no pudo llegar a hablar en público porque unas horas antes un grupo de pistoleros del Libre le hirieron gravemente. Como no lo habían matado, un par de días después se supo que los sicarios de la patronal, ayudados por la policía, pretendían asaltar el hospital de Manresa y rematar al dirigente sindicalista en su cama. La filtración llegó a Madrid y el gobierno ordenó directamente a la Guardia Civil de Manresa que protegiese a Ángel pestaña, cosa que los civiles hicieron desplegando todas sus fuerzas de la ciudad en torno del hospital, que quedó como una ciudad asediada. “Con sus planes frustrados, los pistoleros y los policías, después de hacerse ver por Manresa sin ningún miramiento, se fueron a Barcelona con el rabo entre las piernas. “Hay algunos nombres que quizá no te dirán nada, pero que son muy conocidos porque forman lo mejor del Sindicato Libre: Laguia Guiteras, Joan de la Manta, el tío de San Andrés del Palomar, Viñals y Andreu del Huerto. Y ahora viene lo que quería decirte, una de las personas que también se dejaron ver por Manresa fue Guillermo Matas, el secretario de tu abuelo, a pesar de que el hombre de Jacob Menajan no se hiciese el pincho por la ciudad como habían hecho los pistoleros del libre y prácticamente no se movieron del Hostal de la Perdiz. Pedro al acabar su parlamento se me quedó mirando como si esperase mi reacción. Le iba a decir “¿Y tu como sabes todo esto’”, cuando añadió: -Mira, Edmundo, solo te quería advertir del tipo de gente que rodea a tu abuelo. Y como si cambiase de conversación, mirándome con sus ojazos negros, declaró: - En la casa de las encinas se esconden muchos secretos, muchas ignominias. Y no creas que me lo invento. Por cierto, hay una persona que querría hablar contigo. Una mujer que me ha hecho de madre y que quiere explicarte una historia de tu padre y de mí. 10


La mujer que Pedro me presentó debía de tener unos cincuenta años, se llamaba Coloma Tarrida y estaba casada con Sergio Juncosa. El matrimonio vivía en la calle de San Roque, en Hostafranchs, en unos bajos oscuros que daban a un patio posterior, pequeño como un puño, con una higuera centenaria y una jaula vacía donde en otros tiempos habían criado aves o conejos. Sergio y Coloma trabajaban en la España Industrial, ella como tejedora y el como mozo de almacén. El hombre no estaba en casa – eran cerca de las ocho – porque desde hacía unas cuantas semanas hacía horas extraordinarias. La mujer nos recibió en el comedor – la pieza que daba al patio – y nos hizo un café aguado para Pedro y para mí. Aunque yo habitualmente no tomaba, no quise ser descortés y me bebí el café de la mujer, cargado de azúcar moreno. Coloma Tarrida hablaba a saltos, llevada por la emoción, y porque probablemente la intimidaba mi aspecto de señorito de casa buena. Daba toda la impresión que en aquellos bajos no había entrado nadie con sombrero, abrigo de piel de camello y zapatos de charol. Recuerdo que parecía cautivada por la cadenita de plata del reloj de bolsillo que desde un ojal del chaleco se perdía dentro de uno de los bolsillos de la pieza. Pero una vez que la mujer cogió carrerilla, la narración se hizo más pausada, más inteligible. La historia que Coloma me explicó era, más o menos, esta: En 1901 Clara Tarrida, hermana de Coloma, entró como criada en la casa de las encinas. La cuica tenía dieciséis años. Una serie de circunstancias familiares – la muerte por disentería del padre en la prisión de Valencia, la tuberculosis galopante de la madre – habían hecho que la chica estuviese bajo la protección de las hermanas mercedarias, que unos cuantos años habían vendido los terrenos contiguos al convento de San Gervasio de Cassoles al señor Jacob Menajan, y que desde que la casa se inauguró la habían provisto del personal de servicio. Cuando ella se incorporó a la casa, el señor Jacob vivía con su madre y los dos hijos, Daniel y Jonatan, de veintisiete y veinticinco años de edad respectivamente. Había también otras dos mujeres de servicio, una criada mayor, que ejercía de mayordoma, y la cocinera. Clara era una chica inocente que no había visto el mundo ni por un agujero, separada de la familia, la hermana y la madre, que en aquella época vivían en Montcada y Reixach, en casa de unos primos payeses del padre. Los señoritos de la casa de las encinas eran muy diferentes; el hermano mayor, Daniel, trabajaba en la Diputación de Barcelona y el pequeño, Jonatan, estudiaba en la Universidad. Todo lo que uno tenía de serio y arisco el otro lo tenía de plaga y simpático. Parecían la noche y el día. Aquella nena, porque Clara era solo una niña, estaba enamoriscada con Jonatan, que no paraba de hacerle bromas, de dirigirle palabras amables, a menudo insinuantes. Ella se limitaba a sonreírle. En una casa donde la vieja Esther a penas salía de su habitación, donde Jacob Menajan transitaba, huraño y enfrascado en sus negocios, y donde Daniel no la miraba ni le dirigía nunca la palabra, era comprensible que la ingenua Clara se dejase enredar por el afable y atractivo benjamín de la familia. Así, cuando el chico empezó a visitarla por la noche en su habitación del semisótano ella no opuso demasiada resistencia, aunque sabía que Jonatan estaba a punto de casarse con Regina Izalburu, una chica rubia que procedía de Cuba. Jonatan, durante sus incursiones nocturnas, la besaba, la tocaba, pero en cierta manera la respetaba, porque no la había penetrado nunca; se conformaba con escurrirse entre sus muslos o de hacerse masturbar los días que había bebido mucho. Esta situación cambió cuando Jonatan se casó. Pocos días después de regresar de su viaje de bodas, que la pareja había estado en París, Jonatan, una noche que iba cargado de absenta, la desfloró. Clara, con diecisiete años recién cumplidos, aceptó aquel hecho como algo inevitable, que tarde o temprano tenía que pasar, y que había deseado y temido en el fondo de su corazón. Los poderosos imperativos del instinto se habían abierto para colarse dentro de la piel de la chica como un ladrón en la oscuridad y, aferrada al mundo de sensaciones, no había ofrecido ninguna resistencia a su seductor. Solo cuatro lágrimas sellaron aquella noche en la cual Clara se convirtió en mujer completa. Las visitas nocturnas del amante furtivo se prolongaron durante cuatro o cinco meses hasta que el organismo de la chica empezó a dar señales que estaba embarazada. Entretanto, de tanto ir a la fuente, el cántaro se había roto. Primero la mayordoma y después la cocinera, ataron cabos y una tarde de verano acorralaron a Clara hasta que esta confesó su mal paso. Aunque las mujeres se pusieron de la parte de la ingenua embarazada, que no osaba explicar a su seductor el aprieto en que se encontraba, muy pronto la gente que solía visitar el semisótano de la casa de las encinas – vendedores, proveedores diversos, etc. – tuvo conocimiento de la situación de la chica y la noticia – con el nombre y apellidos del culpable – se escampó como una mancha de aceite. No se sabe si los miembros de la familia Menajan y la mujer del ladrón de corazones nocturno llegaron a saber algo, aunque es casi seguro que la vieja Esther, la enigmática mujer que permanecía enclaustrada en un rincón de la casa, estaba al corriente, porque una tarde llamó a Clara a su habitación y la sometió a una especie de interrogatorio detallado sobre si tenía familia, donde vivían y otras cuestiones que hacían pensar que la vieja Esther compadecía a la chica y que estaba preocupada por su futuro. Un par de días después de esta conversación, a continuación de una extraña cena donde ninguno de los comensales – Jacob, Daniel, Jonatan y Regina – levantó la vista del plato, Jonatan se presentó en la habitación de la chica con doscientas pesetas – en aquel tiempo un trabajador cobraba seis pesetas a la semana – y un pequeño broche de plata en forma de escarabajo egipcio el cual, según el, le traería suerte.


A la mañana siguiente al nacer el día, Clara Tarrida, en el quinto mes de gestación, abandonaba la casa de las encinas para ir a coger el tren que la llevaría a Montcada y Reixach, donde vivía su hermana Coloma – la madre de las niñas que habían muerto unos cuantos meses atrás – haciendo de burra de carga en una miserable casa de payés llena de criaturas, cuatro perros, una burra, y media docena de bancales arrendados en régimen de aparceros. En una masia donde vivían siete personas, Clara pasó a ocupar la cama donde había muerto su madre y compartió el pan de los pobres, que se ganaba trabajando duramente de sol a sol. De las doscientas pesetas no lo habló con nadie. Las llevaba cosidas en el dobladillo de los bajos de la falda que se puso la madrugada que se marchó de la casa de las encinas, junto con el broche de plata, y que se quedó plegado en el fondo de la caja donde guardaba la poca ropa que tenía. Clara rompió aguas una tarde de finales de noviembre mientras intentaba arrancar una cepa de brezo con la ayuda de Miqueló, el segundo de los chicos de la casa, un chicharrón de doce años, demasiado joven para ir a trabajar a la fábrica. Corriendo, su hermana Coloma y la tía Mercé atendieron a la partera mientras Miqueló corría hacia el pueblo en busca de la comadrona, una mujer seca y alta como un huso que se presentó cinco cuartos de hora después que el parto se hubiese iniciado. Alrededor de las dos de la madrugada, siete horas después de romper aguas, la exhausta Clara parió un niño que ensordeció la casa con su llanto estridente y que fue el consuelo y la alegría de las mujeres, el tío José y los tres chicos que habían velado a la partera; el cuarto chico, el mayor, se había quedado dormido con el peso en la espalda de una jornada de diez horas en la fábrica de cemento de las afueras de la población. Dos días después del parto, Clara Tarrida murió de fiebres puerperales sin haber tenido la oportunidad de darle el pecho al hijo, a quien los de la casa pusieron Pedro de nombre y a quien nunca tuvieron tiempo de llevarlo a bautizar. Coloma Tarrida acabó su relato con lágrimas en los ojos. La narración había durado una hora larga, llena de pausas, con muchos zig-zags, y saltos adelante y atrás. Pedro que tenía que saber la historia punto por punto, en ningún momento interrumpió a la mujer. En el comedor, mal iluminado con una bombilla que colgaba sobre la mesa debajo de una pantalla de cartón, se había hecho un silencio expectante que contrastaba con las voces que de súbito había empezado a oír dentro de mi cabeza. Pedro rompió la quietud del momento al poner el broche del pecho sobre la mesa, como testimonio y prueba de convicción del drama que Coloma acababa de explicar. La visión de la pequeña joya animó a la mujer a completar la historia de las doscientas pesetas, la mitad de las cuales, dijo, le sirvieron para pagar a un ama de cría para el niño y para hacerse el propio ajuar. La otra mitad del dinero se los dio al tío, que lo usó para reparar el tejado de la masía y para comprar un par de zapatos a cada uno de los chicos. Unos cuantos años después de la muerte de Clara, Coloma se casó con un viudo que tenía una criatura de seis años y que había conocido en el centro espiritual Luz, de Hostafranchs, donde acudía con la tía Mercé los domingos por la mañana como aquel que va a misa. Sergio Juncosa hizo inscribir a la criatura de la hermana de su mujer en el registro civil, con el nombre de Pablo Juncosa Tarrida, como hijo propio, aunque Coloma – su hermana le había comentado que si tenía un niño quería que se llamase Pedro – a Pablo siempre le llamó Pedro. Cuando parecía que todo estaba dicho, Pedro manifestó que, en contra de lo que pensaba Guillermo de el – lo debía saber a través de Lina – se había aproximado a la casa de las encinas con el único propósito de devolver al abuelo Jacob el escarabajo egipcio porque, según dijo, la joya estaba embrujada. He comido muy poco para cenar y no tengo nada de sueño. La imagen de Jonatan Menajan, mi padre, se desliza en silencio por mi habitación, vestido con chaleco y sin nada en la cabeza. Da toda la impresión de que no me ve, que está en un lugar diferente, muy lejos del lado del ventanal donde se ha situado para mirar fuera, hacia la fría noche de febrero. En la habitación solo está encendida la luz de encima de la mesa donde escribo y la silueta de mi padre se recorta en el marco de la ventana, difusa, en la pálida claridad de la noche. De pronto todo se ilumina. Lo veo desde tres o cuatro metros de distancia, con el chaleco floreado, el cabello despeinado por el viento, con una escopeta de caza en las manos con la que dispara dos tiros seguidos contra una paloma que abate y que cae a plomo sobre el agua. Un grupo de hombres y mujeres le aclaman por su puntería. El se vuelve y me guiña un ojo y yo también le aplaudo con mis manos de niño de seis años. La imagen se disipa y desaparece. Al lado del ventanal queda la memoria de su presencia; me doy cuenta que he visto a mi padre simultáneamente en dos lugares diferentes: recortado en la penumbra de la noche, solitario y meditabundo, y al lado de la barandilla del barco, sonriente y fachenda, con una escopeta en las manos, en una mañana soleada del mes de abril de 1912. Pero la visión continúa sin figuras. Todas las imágenes se han volatilizado, las formas se han fundido, pero persiste el recuerdo de una emoción, el sentimiento de orgullo de un chico pequeño que admira a su padre, de una criatura que se pregunta donde están su madre y sus hermanas y que le sabe mal que se hayan perdido la proeza del padre, su pericia con las armas. Este recuerdo me lleva a otro recuerdo: estamos en la primera noche de navegación. Las gemelas, que duermen en la misma cabina que yo, se escabullen de la cama y observo que se ponen los abrigos sobre los pijamas. Les pregunto que donde van y pretenden que me quede donde estoy, que me quede debajo de las mantas como un niño pequeño. Aceptan de mala gana que las siga. Me he puesto la bata y las acompaño hasta la escalera que da al salón de baile. Entonces veo a mi madre, con el mismo traje largo que se había puesto para cenar y que le dejaba los hombros al aire.


“Baila con el camarero”, digo, y Ariadna, que la tengo al lado, me da un coscorrón en la nuca y me manda callar. El hombre del cabello gris que baila con mi madre quizá no es el camarero pero se le parece…Es el mismo hombre que vi en el espejo del armario del prostíbulo de la calle Roca, el que hace unas cuantas semanas se paseaba por casa con su smoking impecable. Las revelaciones de Coloma Tarrida me acompañan como una sombra persistente y me hacen daño. En un rincón de mi mismo contemplo como la figura del padre se descantona, como se tambalea por encima del pedestal donde no se por qué le había situado. Me digo que he de recuperar la memoria de mi primera infancia, cosa sobre la cual ha insistido siempre el doctor Canovell pero que yo no me lo había tomado nunca en serio. Pero ahora es diferente porque me siento implicado, tengo la impresión que en mi pasado de esconde un secreto, que detrás de la oscuridad hay un enigma. Nunca me había sentido tan huérfano como ahora. Roque me dice que la historia de Pedro Tarrida podría ser un engaño, un camelo con oscuros propósitos. No se que pensar y me da la impresión que todo esto junto constituye una amenaza. ¿Es realmente, Pedro Tarrida mi hermano de sangre? ¿O todo junto es una confabulación anarquista para atentar contra el abuelo Jacob? Lo que me intriga es el escarabajo que se ha esgrimido como una prueba irrefutable. Al terminar el trabajo voy a ver a la tía Aurora a su estudio de la calle del Call. Solo he estado una vez. El primer domingo que Aurora y Daniel subieron juntos a la casa de las encinas en el coche de el. Fuimos después de comer, cuando todavía el piso estaba por manga por hombro, con las paredes a medio pintar y con la amplia sala del estudio llena de cajas, algunos muebles desparejados y los trajes de la tía amontonados sobre un viejo sofá. Me he encontrado a la tía Aurora a punto de salir de casa, con la capa de terciopelo en las manos. Ha consultado el reloj y me ha dicho que tenía un cuarto de hora, sin mencionar donde iba. Le he explicado lo que dijo Coloma Tarrida. Me ha escuchado sin interrumpirme ni hacer ningún gesto especial. Después de mi relato se han hecho unos minutos de silencio durante los cuales me ha dado la impresión que Aurora elegía las palabras que me tenía que decir. -Jonatan – me ha dicho – no era trigo limpio. De esta historia no se nada ya que, por lo que dices, pasó mucho antes que yo fuese a tu casa. Nadie nunca me hizo ninguna insinuación de que hubiese pasado una cosa como aquella. Lo que te puedo asegurar es que Regina, tu madre, no sabía nada, porque si lo hubiese sabido me habría hablado. Mi hermana me hizo muchas confidencias sobre su marido, pero de esto que dices no me habló nunca. Hizo una pausa. Estábamos sentados en la mesa de la cocina, llena de papeles de dibujo y botes con lápices. Mirándome directamente a los ojos, añadió: -Regina no era feliz en su matrimonio, Jonatan se las había hecho de todos los colores. Todo podría ser, personalmente le creo muy capaz de hacer un disparate como ese. Pero esto es una opinión que no prueba nada. Le hablo del escarabajo. Como lo tengo grabado en la retina, le hago una descripción de la joya que ella va dibujando como si el trazo del lápiz la ayudase a pensar. Me enseña el dibujo y creo que ha reproducido la joya exactamente como la recuerdo. Al final, antes de separarnos, me dice: -Me sabe mal no poderte ayudar. Me he llevado el dibujo del escarabajo hecho en el dorso de una invitación de las Galerías Layetanas que anuncian la inauguración de una exposición de dibujos de Javier Nogués. La abuela Esther no duerme. La casa está en silencio. Estamos en las postrimerías de febrero y hace mucho frío. Ella está en la cama, inmóvil, con los ojos cerrados pero no duerme. Lo se porque cuando coge el sueño abre la boca y del fondo de la garganta emerge un estertor sordo como a veces hacen las tuberías de la calefacción cuando la caldera se pone en marcha. Me he sentado a su lado al lado de la mesilla de noche, donde hay una pequeña luz encendida y medio vaso de agua. No digo nada hasta que me mira con sus ojillos de garza. -Hábleme de mi padre, abuela. Inclina la cabeza hacia donde estoy. Después de un breve silencio, dice: -Era un hombre santo, que pertenecía a otro mundo, a otra época. Su padre era rabino y el padre de su padre también lo había sido. Su casa era el jéder, la escuela de niños, adosada a la sinagoga y la casa de baños. El era la luz de la comunidad judía de Powsin, maestro de la Ieshivà, un auténtico tsaddik, respetado por todo nuestro pueblo. Veo que en lugar de hablarme de mi padre me habla del suyo, pero no me atrevo a interrumpirla. Cuando hubo la revolución del año treinta, las autoridades rusas de Varsovia sufrieron un baño de sangre. Los nuestros, que no eran rusos ni polacos, se mantuvieron al margen de la insurrección, aunque algunos jóvenes judíos se habían sumado a la causa polaca. Una noche, un desconocido llamó a la puerta de casa. La caballería polaca recorría las calles de Powsin y, a lo lejos, se oía el rumor sordo de la batalla. Al abrir la puerta, mi padre se encontró a un hombre de rodillas con la cara ensangrentada, que se desplomó en el umbral. Con la ayuda de mi madre, arrastraron al hombre hasta adentro de la casa y a la luz de una vela se dieron cuenta que el herido era el general Dimitri Zamyatin, jefe de la policía imperial del distrito de Varsovia. Entre los dos le limpiaron las heridas. El hombre desvariaba, y además de una herida en la cabeza, mostraba una brecha en el costado, a la altura de las primeras costillas. Mi padre, poniendo en peligro su propia vida – los polacos disparaban contra todo aquello que se movía – fue corriendo a casa de Aaron Zeitlin, el curandero de la comunidad, a quien arrastró hasta el comedor de casa donde el viejo general zarista se desangraba, más muerto que vivo.


La abuela Esther hizo una pausa. Alargó el brazo, cogió el vaso de la mesilla de noche y sorbió unas gotas de agua. -La lucha en los alrededores de Varsovia, a lado y lado del Vístula, duró una semana larga. Durante todos esos días el general Zamyatin se debatió entre la vida y la muerte. A pesar de tener el herido en casa, mi padre no faltó ni un día a las clases del jéder, ni dejó de asistir a la Ieshivà, donde sus discípulos adultos estudiaban el Talmud. Toda la comunidad sabía que en la casa del tsaddik estaba refugiado un alto oficial ruso herido y los más inquietos murmuraban. Con la boca pequeña acusaban al rabino de haber roto la neutralidad de los judíos, cosa que ponía en peligro a la comunidad entera. Además se había escampado el rumor que a causa del herido el rabino Isaac no respetaba el sagrado día del sabbat. Cuando el estrépito de las armas se había extinguido, una comisión de ancianos fue a ver al padre. Reulen Treitler, el botero, tomó la palabra y conminó a mi padre a entregar al refugiado a las autoridades de Varsovia, con la amenaza de reunir el Beit Din, el tribunal rabínico, del que solamente los más viejos tenían memoria que se hubiese reunido una vez para juzgar a un rabino relapso. Mi padre echó fuera de la casa a la comisión, de malas maneras. Su argumento, del cual nadie le podía descabalgar, era que un hombre de Dios no podía dejar de auxiliar a alguien que había llamado a su puerta, aunque el peticionario de socorro fuese el mismo Belcebú. “Tres semanas después, el rabino Isaac Bashevis Kletzkin aparejó un carro y un mulo y el mismo condujo al general ruso bajo una carga de heno hasta la ciudad de Bialystok, donde le dejó en la estación del tren después de un viaje de cinco días y cinco noches. Lo más curioso de todo es que durante las seis semanas que el general zarista estuvo en casa del rabino, no le dirigió nunca la palabra. Cosa que tampoco hizo durante el largo viaje en carro. Quince años después mi padre explicaba que el único gesto de gratitud que el general se dignó hacerle fue un saludo militar con la mano a la altura de la sien, aunque acompañó aquel movimiento de la mano con una sonrisa ambigua, tal vez burlona. Mi padre decía que era muy posible que hubiese salvado la vida de un hombre poseído por un dibbuk. “Un año después, coincidiendo con la Lanuccà, la fiesta de las luminarias, que conmemora la reconstrucción del templo de Jerusalén, las tropas rusas comandadas por el general Zamyatin arrasó la población de Powsin con la única excepción de la casa del rabino. En aquella razia militar murieron más de trescientos judíos, entre viejos y jóvenes, hombres y mujeres, adultos y criaturas. Aarón Zeitlin, el curandero, y Reulen Treitler, el botero, también pasaron por las armas con sus familias. Desde aquella fecha hasta su muerte, cada día mi padre rezó el Kaddish por los muertos de su comunidad, que nunca volvió a ser lo que era. No hago ningún comentario. Espero que la abuela continúe hablando, pero no lo hace. Veo a los muertos de la abuela, que se filtran por la pared de enfrente de los pies de la cama. Son todos hombres barbudos, con la cabeza cubierta con sombreros anchos, un par llevan el iarmulc como si entrasen en un recinto sagrado, van vestidos con levitas negras que les llegan por debajo de las rodillas. Todos tienen un aire de familia y aunque las barbas los igualen, me doy cuenta que los hay viejos y jóvenes. Me llama la atención un hombre corpulento de unos treinta años que tiene la barba rojiza. Se han ido situando en medio de la habitación, a unos tres metros de la cama, formando un semicírculo a lado y lado de un viejo pequeño de nariz ganchuda y barba gris. Se que es mi bisabuelo, el tsaddik, el rabino Isaac Bashevis Kletzkin, a quien acompañaba sus discípulos hassidin. La abuela Esther, que también los ha visto, los mira en silencio aunque en la habitación hay una especie de vibración, como el aleteo de un millar de mariposas, que interpreto como un lenguaje sin palabras ni sonidos. Es el idioma – me digo – de los que se reconocen en el dolor compartido. Me inunda un sentimiento de tristeza que me hace sentir doblemente huérfano: querría pertenecer al círculo mágico de estos hombres, en el más allá o aquí. La emoción que siento me vuelve el recuerdo de mi padre. Le digo a la abuela: - Hábleme de Jonatan, abuela: La mujer me vuelve a mirar con sus ojillos penetrantes. Co la mano izquierda hace un gesto como ahuyentase una molestia ingrávida a la altura del pecho. -El abuelo Jacob – dijo - le echó a perder. Cuando Jonatan llegó a la edad de valerse por si mismo, su padre, con tal de tenerlo a su lado, se lo dio todo hecho. El chico se dio cuenta en seguida que hacía falta que levantase una paja del suelo. Nació rico, vivó rico y murió rico. Como hombre de fortuna entró en este maldito siglo como un invasor que penetra en un país vencido con el convencimiento que todo le estaba permitido. En su naturaleza se confirmaba la condena de los Menéjem, y como un auténtico goy, como un gentil, podado del árbol de su pueblo, se lanzó a los caprichos de los sentidos, sin la presencia divina, como un schemiel aristocrático que se ríe de la Gheenna, el infierno. La abuela ha cerrado los ojos. Tengo la impresión que no me dirá nada más, que está agotada. El grupo de hombres se ha hecho más compacto y todos, formando parte de un único cuerpo, empiezan a oscilar lentamente, como un péndulo de reloj. Alargo a la abuela Esther el dibujo del escarabajo que ha hecho la Aurora. La abuela lo mira, se lo acerca a la luz de la mesilla de noche. Lo contempla en silencio. Como hablase consigo misma, sin dejar de mirar el dibujo de la joya, dice: -Mi pobre marido era un iluso, un hombre cargado de dudas. Cuando decidió cambiar de vida y de nombre se fue a encontrar a un primo suyo que hacía de joyero en Ámsterdam. De aquel primer viaje volvió con unas cuantas cartas de presentación de la hermandad de joyeros y una burda imitación de un escarabajo sagrado egipcio que a pesar de ser de plata, lo pagó a precio de oro. Con aquella joya pretendía contentar a su mujer, una muchacha tímida, que en


aquella época no sabía ni leer ni escribir, que hablaba jiddisch, y que empezaba a aprender alemán, la lengua gentil de su marido. El falso escarabajo no me lo puse nunca, aunque debe estar en el fondo del cofre de las joyas donde fue a parar hace mucho tiempo, quizás más setenta años. 11

Como cada domingo, desde que vivía en Barcelona, la tía Aurora subió a la casa de las encinas con el Hispano Suiza del tío Daniel. Se presento cerca de la una y Aurora, solo bajar del coche dijo “¿Dónde está Guillermo?”, dirigiéndome la pregunta a mí, que les había abierto la puerta de la verja. La tía atravesó el jardín con paso decidido, una manera de andar que un día Daniel calificó de “sufragista inglesa”, y se introdujo en la casa. Se la veía excitada, con una sombra de indignación en la cara, que me hizo pensar que el tío y ella habían discutido mientras venían. -Han matado al Chico del Azúcar – respondió el tío a mi mirada interrogativa. Ante mi silencio, añadió: -Es una mala noticia. Entonces oí los gritos, las voces de Aurora y de Guillermo se mezclaban en una discusión subida de tono de la cual solamente nos llegaban algunas palabras sueltas, pero suficientemente expresivas – “asesinos”, “ignominia”, “pistoleros” – para entender que la confrontación iba en serio y que Guillermo se defendía como gato panza arriba. Antes de que el secretario del abuelo la dejase con la palabra en la boca y se cruzase con nosotros en el quicio de la puerta, su voz enronquecida había gritado: -¿A mi que me explicas? ¡Si lo han matado es porque se lo merecía! El arroz del domingo, que la nueva cocinera, la Miquela cocinaba con pelo excesiva imaginación – ponía guisantes, alcachofas o habas tiernas – fue liquidado mucho más rápidamente de lo que era habitual y sin que nadie empezase ninguna conversación. El abuelo Jacob y la tía Aurora mantenían una expresión fuerte, tal vez a consecuencia de lo que se habían dicho los dos cuando Aurora, después de la insolencia de Guillermo al dejarla plantada, había subido al estudio del abuelo y se había quedado hasta la hora de comer. El mismo tío Daniel, que habitualmente asumía el papel de cronista de los entresijos políticos de la ciudad, también callaba ya que la noticia del día, por una u otra razón, resultaba incómoda en aquella mesa. Una hora antes, el tío me había explicado que cerca de las siete de la tarde del sábado el Chico del Azúcar y el abogado Francisco Comas habían sido abatidos a tiros en la calle de San Rafael, esquina a la calle de la Cadena, a pocos metros de la casa donde vivía Salvador Seguí. En el barrio, aquellos hombres eran muy conocidos y en seguida el atentado contra Salvador Seguí y el abogado Perones corrió como la pólvora por toda Barcelona. El tío me dijo también que antes de salir de la ciudad había tenido noticias que aquella misma madrugada el cadáver del Cuco del Azúcar le habían sacado del depósito judicial del Hospital Clínico por la policía y que Salvador Seguí había sido enterrado en secreto, sin comunicárselo a la familia, en el Cementerio Nuevo, de Montjuic. Francisco Comas, apodado “Parones”, estaba en el Hospital Clínico debatiéndose entre la vida y la muerte. De sus agresores, como era natural, no se sabía nada, aunque todo hacía pensar que era un asesinato más de los pistoleros del Sindicato Libre. Después de comer, el abuelo le hizo un gesto a Guillermo y los dos, sin esperar el café, desaparecieron escaleras arriba. Aurora y Daniel subieron a despedirse de la abuela Esther y todavía no eran las tres cuando se disponían a volver al centro de la ciudad. Cuando les dije que bajaba con ellos, el tío Daniel hizo un gesto de contrariedad – torcía la boca cuando alguna cosa le molestaba -, que la miara de conformidad de Aurora contrarrestó. Justo después de atravesar la avenida Diagonal que nos dimos cuenta que una densa hilera de gente, hombres y mujeres, se dirigía al centro de la ciudad. Al llegar delante del domicilio del tío, Daniel instó a Aurora para que no hiciese la locura de añadirse a una manifestación que podía acabar muy mal. Refiriéndose a mí, le dijo que era un insensatez exponerme a me que hiciesen daño en una cuestión, añadió, que no nos iba ni venía. Estas palabras encendieron a Aurora, la que, con una confianza hacia el tío Daniel que no la conocía, le replicó que no acababa de entender que los catalanistas no se percatasen de quienes eran sus verdaderos enemigos, y le lanzó que mientras los catalanistas no se pusiesen al lado de la clase obrera, Madrid no nos quitaría nunca el pié del cuello. El tío como si fuese la enésima vez que mantenía aquella discusión con Aurora, desistió de replicarla. Cuando parecía que Daniel iba a decir alguna cosa respecto a mí, la tía Aurora se le adelantó. -Edmundo es ya mayor para saber lo que hace. La Plaza de Cataluña estaba rodeada de patrullas de policía y de escuadras de la Guardia Civil a pie y a caballo. La fuerza pública, desplegada en la parte de arriba de la Rambla, en la calle de Pelayo, en el Portal del Ángel, y en la calle Fontanella se disponía a impedir que la gente que se iba concentrando en la plaza se desplazase hacia en mismo centro de Barcelona. Pero los policías y los guardias civiles no estaban solos. A unos pocos metros de los destacamentos de las fuerzas públicas estaban los sindicalistas, formando piquetes de una treintena de hombres, probablemente armados, dispuestos a enfrentarse a la Policía y a la Guardia Civil si estos intentaban disolver la manifestación de los obreros. La palabra se orden, impreso en folios, pasquines y carteles firmados por la Federación Local de Sindicatos Únicos de Barcelona, por la Confederación Regional del trabajo de Cataluña y por la Confederación Nacional del Trabajo, era concentrarse a las tres de la tardeen la Plaza de Cataluña e ir a la


manifestación solemne y pacífica., Rambla abajo, hasta el Gobierno Civil con tal de protestar contra el asesinato cometido y, después dirigirse al Cementerio Nuevo a rendir el último homenaje a Salvador Seguí. Los miembros de la fuerza pública y los sindicalistas se miraban en silencio, serios, con una pose grave, sin hacer ningún gesto que pudiese ser interpretado como una provocación por ninguno de los dos bandos. Era una prueba de fuerza que inspiraba respeto, que se imponía por su callada contundencia. La fría determinación de los sindicalistas dispuestos, si era necesario, a morir matando, impidió que las patrullas y los piquetes de la fuerza pública emprendiesen cualquier acción represiva. La entereza y el coraje de los trabajadores y la prudencia de los mandos policiales hicieron que en aquel domingo de marzo, los sables de la caballería de la Guardia Civil no saliesen de sus vainas, y que los tercios de la policía permaneciesen en silencio y que las pistolas permaneciesen en los bolsillos de los sindicalistas. Nadie, aquel día, en contra de lo que había dicho el tío Daniel, se hizo daño. Mientras tanto, miles de trabajadores, estudiantes y ciudadanos de las clases medias, venían de todas direcciones, y habían terminado en la Plaza de Cataluña. Cerca de las cuatro de la tarde, el gentío se puso en marcha. Sin ningún grito, en un silencio impresionante, la manifestación enfiló el Portal del Ángel – la fuerza pública se había replegado hacia la calle Fontanella – y pasando por la calle de los Arcos, del Obispo, de la Ciudad y de Regomir llegó al Gobierno Civil. Una delegación de sindicalistas entró en el palacio a entrevistarse con el sucesor del odiado general Martínez Anido, sustituido algunos meses antes, hasta que tres cuartos de hora después el mismo gobernador civil. Salvador Raventós, junto con el sindicalista José Alberola, proclamaron desde el balcón del Gobierno Civil la repulsa y la condena por el crimen cometido. Cuando la gente comenzaba a dispersarse llegó la noticia que el abogado Francisco Comas, “Perones”, acababa de morir. La puta de los ojos tristes habla con acento de Lérida. Tal como me suponía no se llama Bety sino Encarnación, y es de Mollerusa. Su historia – explicada con una voz casi inaudible – parecía extraída de una narración sentimental de Folch y Torres, con aspectos más oscuros y realistas, pero con el mismo telón de fondo: una familia modesta, un padre descarriado por el alcohol, una chica ingenua y tres hermanos pequeños que no tenían un trozo de pan en la mesa. La presencia de un tío acomodado y protector que seduce a la chica y que la coloca en una pensión de la ciudad de Lérida donde semanalmente le llevan sus negocios. Las visitas periódicas del tío, la mezquindad del seductor que hace que Encarnación viva en una permanente semimiseria, recluida en la pensión de la calle Caballeros, donde acabará haciendo de criada. Hasta que el tío, tal vez arrepentido o simplemente cansado de la aventura, abandonará a la chica la cual, deshonrada y estigmatizada, no volverá a casa por miedo a su padre y se irá a probar fortuna a Barcelona. La gran ciudad, vista como un feroz dragón, conducirá a la tímida Encarnación a un hostal de mala muerte, espantada, sola e indefensa, hasta que la vieja Amalia la llevará al El Barco, de la calle Roca, donde la chica de veinte años encontrará alojamiento, trabajo y una amplia familia. Tres años de profesión le han permitido abrir una libreta en la Caja de Ahorros y ha podido girar una cantidad mensual a su madre, a quien solo envía una carta al año por las cercanía de la Navidad, escrita a máquina por un escribiente de al lado del Palacio de la Virreina. Encarnación no se queja de su suerte, a pesar de que reconoce que añora a sus pequeños hermanos – Marcelo, Antonio y Juan – los cuales deben ser ya uno mocetones de dieciséis, catorce y once años. Cuando dice la edad de Marcelo, se pone la mano en el pecho y me confiesa con ojos chispeantes que le da un miedo enorme que un día no se lo encuentre, como me encontró a mí, plantado en la sala del prostíbulo, a su propio hermano y no sea capaza de reconocerlo. “Vivo – repite – con este miedo pero al mismo tiempo no puedo evitar correr hacia el cuando veo un chico joven que traspasa la puerta por primera vez.” Encarnación me explica estas cosas sentada en la cama, recostada en el cabezal y con las piernas dobladas, que rodea con sus brazos delgados. Es una posición que reconozco de haberla visto centenares de veces en el sanatorio y que yo mismo adopto muchas veces, especialmente si estoy triste. Pero tengo la impresión que la chica de los ojos tristes adopta esa postura para defender su desnudez, para sentirse menos vulnerable cuando muestra parte de sus sentimientos. Siento una profunda simpatía por ella, a pesar que todavía no consigo hacer el amor con calma, distendido, sin la angustia que me invade y que solamente se va cuando me corro. La de hoy es la tercera vez que estamos juntos y la primera que después de haberlo hecho nos hemos quedado en la cama, ella replegada sobre si misma y yo medio tapado con la colcha gris. Las palabras de Encarnación me hacen pensar en Pedro, en la historia de Clara Tarrida, en unas vidas que existen a mí alrededor pero de la realidad de las cuales no me había dado cuenta ni en la cínica del doctor Canovell ni en la casa de las encinas. Las gorras, las blusas, las alpargatas, los delantales, los pañuelos en la cabeza, siempre han formado parte de mi panorama visual, pero hasta ahora los había visto como una realidad lejana, ajena a mí y, sobretodo, extraña a mi familia. Fue precisamente el domingo pasado, en la manifestación por el asesinato del Chico del Azúcar, cuando me sentí que formaba parte de una familia más amplia, la de la fraternidad del pueblo, donde tienen cabida la tía Aurora, Pedro, Coloma Tarrida, Sergio Juncosa, Ramón Dalmau, Encarnación y mucho miles de otros, hombres y mujeres, jóvenes y mayores. Es un descubrimiento que me desasosiega, que me inquieta, porque sospecho que el destino me ha situado en el núcleo de una sociedad cerrada, que simboliza muy bien la casa de las encinas, con un muro y una reja que la separa del resto del mundo y que dos perros doberman guardan de las agresiones exteriores.


Explico a la chica de los ojos tristes, algunos aspectos de mi enfermedad. Lo hago en pasado como si ya la hubiese superado totalmente, cosa que no es del todo verdad. En la última visita que hice al doctor Canovell me dijo que estaba muy contento de mí porque me había adaptado al mundo del trabajo sin problemas, y porque los recuerdos que había recuperado – mi padre disparando a las palomas y mi madre bailando con el hombre de las sienes canosas – eran el principio de mi total restablecimiento. He descrito a Encarnación los años que estuve sin hablar; las voces que oía; el miedo al agua; el disgusto que me producía que alguien me tocase. Hasta los once años viví inmerso en el silencio. No era ni sordo ni mudo pero la voz se negaba a obedecer, incapaz de articular ninguna palabra. Quizás por eso, porque todo lo decía dentro de m’, empecé a dialogar conmigo mismo hasta que las voces, separadas de mí y perfectamente distinguibles, me empezaron a hablar, de la misma manera que lo hacían la tía Aurora, el abuelo Jacob, el tío Daniel o la abuela Esther. Me tenía que lavar con una toalla húmeda porque la simple visión del agua me provocaba un pánico extraño, que me afectaba al sistema respiratorio, como si tuviese un ataque de asma. El contacto de una mano, aunque fuese la de mi querida tía Aurora, la notaba como una descarga eléctrica que me hacía horripilar. Todo esto lo he dicho para explicar mi enfermedad nerviosa, que si tiene un nombre específico nadie ha osado decirlo delante de mí. Afortunadamente ahora hablo, el contacto físico no me eriza los pelos del cuerpo y el agua, sino es el mar tenebroso, la puedo tolerar. Las voces, a pesar de que son una reminiscencia del pasado, todavía las oigo, tal vez menos concretas, como un ruido muy parecido al de un local lleno de gente. De los meses que he pasado en la clínica del doctor Canovell no le he dicho nada a Encarnación porque lo pasé muy mal y no querría que la chica me compadeciese. La he hablado de Roque, los consejos del cual me ayudaron mucho y que, en cierta manera, me permitió abandonar el sanatorio. He declarado que Roque era mi mejor amigo, que sino hubiese sido por el probablemente no habría tenido nunca el valor de entrar en El Barco. Me ha sorprendido que Encarnación no recordase que la primera voz que visité la casa de las putas, todavía no hace ni cinco semanas, lo hice acompañado por Roque. La chica de los ojos tristes afirma que fui completamente solo y que fue porque me vio tan desvalido y solitario que se me disputó con la Carola. Asegura que si hubiese ido acompañado se acordaría, sin ninguna clase de duda. El espejo del armario, además de reflejar nuestros cuerpos, no ha mostrado a nadie más. Tenía la esperanza de ver alguna cosa, tal vez la escena del primer día, la que había abierto una rendija a través de la cual se habían filtrado los primeros recuerdos de los días del Titanic. Pero aquella primera escena, que tenía fijada en la retina, contenía un no se que de irreal, como si formase parte de un sueño. Veía la sonrisa de mi madre y el hombre del culo blanco con americana de smoking que se retiraba de encima de ella, pero entonces me daba la impresión que todo junto constituía un diabólico juego de máscaras, una pantomima interpretada por espectros, una ficción que en todo caso reflejaba un recuerdo oculto que se esforzaba para salir a la luz. En el despacho, Ramón y el señor Santvicens se han discutido con fuerza a causa de la política. La conversación, iniciada con la habitual calma del abogado ha ido subiendo de tono hasta que el pasante casi ha perdido el respeto a las canas del señor Santvicens. La yesca que ha encendido la hoguera ha sido la publicación Lluita, portavoz del Centro Autonomista de Dependientes del Comercio y de la Industria, entidad a la cual Ramón Dalmau se acababa de adherir, y que Ramón se la había pasado a Cristina. El señor Santvicens – el tío no estaba en el despacho – ha dicho muy educadamente al pasante que hiciese el favor, por favor, de no manchar el despacho con papelotes como aquel, escritos por cuatro separatistas de cabeza caliente y obreros de pan con aceite. Estas palabras despectivas has hecho que Ramón se revolviese contra su superior y le lanzase una sarta de recriminaciones contra la Liga Regionalista, partido al cual pertenecía el señor Santvicens desde el día de su fundación. Pero lo que le ha dolido mas al abogado ha sido la referencia al nuevo partido Acción Catalana, creado hacía unos meses, que agrupa a los mejores intelectuales del catalanismo político, Bofill y Mates, Nicolas d’Olwer, Rovira y Virgili y muchos otros que se habían separado de los carcamales de la Liga, que no volvería a ser nunca el partido que había creado Prat de la Riba, aunque Cambó hiciese malabarismos entre la monarquía y la república. Como único recurso dialéctico, el señor Santvicens ha repetido hasta la saciedad que las izquierdas de este país eran un grupo de cabezas calientes que conscientemente o sin darse cuenta hacía en juego a los sindicalistas, los cuales – ha afirmado – un día los desbordarían y que con monarquía o república, todos los catalanistas radicales acabarían fusilados en la Plaza de Cataluña por sus amigos de la CNT. Agotados por la discusión, los contendientes se han separado. El señor Santvicens me ha hecho llevar dos sobres lacrados al notario Espriu y Ramón ha salido al balcón a fumarse un cigarrillo. Después de comer, cuando todos juntos nos hemos reincorporado al trabajo, Ramón ha entrado en el despacho del abogado para decirle que cuando había dicho “carcamales” en ningún momento había pensado en el. Como contrapartida y en señal de paz, el señor Santvicens le ha respondido que “muchas gracias por la aclaración”, y que esperaba que aquel mes de junio Ramón acabase la carrera. Pedro me esperaba a la salida. Desde el día que habíamos ido a Hostafranchs no nos habíamos visto mas y yo deseaba conversar con el. Solamente habían pasado unas cuantas semanas desde la revelaciones de Coloma Tarrida, pero habían sido unos días de un gran significado para mí: La abuela Esther había confirmado que el escarabajo


pertenecía a la familia y la manifestación por el asesinato de Salvador Seguí me había abierto los ojos respecto a la situación social y política del país. La misma discusión que había presenciado aquella mañana en el despacho y las explicaciones que Ramón me había dado a la hora de comer, me hacían ver la cuestión del catalanismo político desde una nueva óptica, diferente de los puntos de vista del tío Daniel, la única persona que, antes de Ramón y de Pedro, me había hablado de política. Cuando le he dicho a Pedro que había estado en la manifestación del día 11 de marzo, ha mostrado una amplia sonrisa y me ha pasado el brazo por la espalda. Así, cogidos, nos henos llegado al café El Dorado de la Plaza de Cataluña, cerca de la estación del tren de Sarriá. Allí, Pedro me ha explicado el entierro de Francesc Comas, que había tenido lugar el domingo siguiente de la manifestación. Miles de personas habían acompañado al cadáver de “Parones” hasta el Cementerio Nuevo, en medio de un silencio impresionante. La inmensa masa de trabajadores y ciudadanos desfilaron por delante de los nichos del Chico del Azúcar y de Francesc Comas donde las mujeres con lágrimas en los ojos, casi todas pertenecientes a los sindicatos obreros de Barcelona, iban depositando rosas y claveles rojos en homenaje a aquellos dos dirigentes de la Confederación Nacional del Trabajo que habían muerto vilmente asesinados por los sicarios de la Patronal. - Los jóvenes – dijo Pedro – hemos de cambiar el mundo. Nuestra fuerza es que no estamos contaminados por la muerte, por el respeto supersticioso a las formas mortales de la sociedad, que se mantienen por pura rutina, que continúan vigentes gracias a la fuerza bruta de los poderosos, de los que veneran la tradición como si el pasado fuese sagrado y que perpetuase sus privilegios. “Los jóvenes no tenemos pasado; solo tenemos futuro y nuestras manos para modelarlo. La diferencia que hay entre hombres como Layret, Salvador Seguí y tu abuelo es que los primeros no dejaron nunca de ser jóvenes mientras que Jacob Menajan siempre ha sido un viejo aferrado al pasado, como si el tiempo del zar o del imperio austrohúngaro no hubiese pasado a la historia. “Respecto a tu abuelo, te he de aclarar lo que yo repudio, que reniego de una parte de mi sangre, aunque Jonatan Menajan sea mi padre biológico. Soy un Tarrida o, si quieres, un Juncosa, porque Sergio Juncosa es el hombre que me hizo de padre al lado de Coloma. Todo lo que se lo he aprendido a su lado y al de mi hermano Víctor, no porque me educasen de una manera determinada sino por su ejemplo diario, de sus vidas grises ligadas a los antojos del señor Matías Muntadas, el amo de la España Industrial, un verdadero déspota, que el señor rey de España, le hizo conde de Santa María de Sants. “Por lo que hace a ti, Edmundo, he de confesar que siento por ti una profunda simpatía, porque eres joven, limpio de corazón y porque, como yo mismo, eres huérfano de padre y madre, y porque supongo que has sufrido mucho. El hecho de que compartamos una parte de la misma sangre no tiene nada que ver. A mí el chico que me interesa es el joven que lee poesía, que sabe escuchar y que, por encima de todo, no me ha vendido al sicario de la familia Menajan. Antes de separarnos, Pedro Tarrida me dejó dos libros: Catecismo revolucionario, de Bakunin, y La conquista del pan, de Kropotkin. Roque tiene mala cara. Desde que trabajo aparece poco por casa, a pesar de que muchas tardes viene a esperarme y subimos juntos hasta San Gervasio. Nunca le ha hecho demasiada gracia que tenga relaciones de amistad al margen de el. A la misma tía Aurora, no le ha tenido nunca mucha simpatía, aunque siempre la ha respetado, quizás porque es la única persona que me ha hecho de madre. En cambio parece que no pueda ver ni a Ramón ni a Pedro, sobretodo a este último, porque de Ramón Dalmau dice que es un descerebrado inofensivo, que cuando acabe la carrera procurará casarse con un buen partido y si conviene cambiará de camisa política. Que toda la historia con Mónica acabase en nada, más bien le hizo feliz, y le sacó un peso de encima. Pero con Pedro es diferente. Procura no atacarlo de cara, a pesar que no evita decirme que el “anarquista” me llevará a venderme. Roque sostiene que toda la historia de Clara Tarrida y el escarabajo es una patraña, tramada por Pedro y sus amigos anarquistas, y que tiene por objeto asesinar al abuelo Jacob. Procuro no discutir. Hace dos años que Roque me acompaña y hasta ahora no tengo queja alguna, aunque me desasosiegue lo que dice de Pedro. Tampoco parece que le haga muy feliz que haya empezado a recordar que haya empezado a recordar cosas de mi pasado. Para Roque lo que pasó en el Titanic está sumergido en el fondo del océano y es mejor que se quede allí. No se que pensar. Me sabe mal que Roque no apruebe mi nueva vida, cuando la tía Aurora y el mismo doctor Canovell opinan que he iniciado el camino hacia mi curación definitiva. Si por Roque fuese tendría que volver a casa y pasarme las horas subido a la encina grande, como un espectador del mundo, viendo como pasan por delante de puerta las chicas de Can Massó, o las alumnas de las monjas. Según mi amigo, Barcelona es una ciudad perversa y peligrosa, aunque ahora que estamos en primavera, el Paseo de Gracia y la Rambla se llenen de gente pacífica y despreocupada a partir de las siete de la tarde y las terrazas de los cafés, el Colón o el Continental, el Suizo, el Gambrinus, el Lyon de Oro y otros, estén llenos. Que es un desenfreno, no tengo ninguna duda, a pesar de que no me he aventurado nunca solo de noche por las callejuelas del barrio chino. De su peligrosidad, cada mañana los diarios hablan ya que no hay día que no haya un crimen pasional u obscuro o que los pistoleros del Sindicato Libre o de la CNT no dejen algún cadáver detrás. Pero Barcelona es mucho mas que eso, Tal como lo cantó Verdaguer:


Lo teu present esplendid es de nous Tempe aurora; Tot somniant fulleja lo llibre del passat. Treballa, pensa, lluita; mes creu, espera y ora. Qui enfonsa o alça el pobles, es Deu que els ha creat. Y también Maragall: Tal com ets, tal te vull, ciutat mala: Es com un mal donat, de tu s’exhala; Que ets vana i coquina i traidora i grollera, Que ens fas abaixar el rostre Barcelona amb tos pecats, Nostra! Nostra! Barcelona nostra, la gran encisera!

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El verano ha llegado. El Paseo de Gracia se ha llenado de sobreros de paja, algunos inmaculadamente blancos y otros de un color tostado, según que hayan sido estrenados ahora o sean del verano anterior. Las chicas se ha acortado las faldas por debajo de las rodillas y se han puesto de moda las blusas de media manga y cuello redondo. En los cafés, la cerveza rubia y espumosa, al estilo Pilsen, ha desbancado a las limonadas, a los zumos de frutas e incluso los suaves, que parecía que era la bebida veraniega obligada. Ha hecho aparición la horchata de chufa, una especialidad valenciana que ha popularizado la Granja Els Serrans, de la Rambla de Cataluña. La academia de la calle Pelayo ha cerrado sus puertas desde mediados de julio y no las volverá a abrir hasta el primer lunes de septiembre. Algunas tardes, ahora que he aparcado la mecanografía, la correspondencia comercial y la contabilidad por partida doble, me llego al estudio de Aurora. Generalmente la encuentro trabajando preparando su segunda exposición, que hará en Sitges, bajo el amparo de los artistas que se juntan en torno al Cau Ferrat y al museo Maricel. Pero Aurora, por más trabajo que tenga, me recibe siempre con buena cara, como si mi presencia le diese la oportunidad de establecer un paréntesis. Nos hemos sentado en la mesita que está al lado de la cocina, en el lado opuesto al gran ventanal que domina los terrados de las casas que dan a la calle de Fernando. A pesar del calor que hace tomamos un té caliente, ella con una piel de limón y yo con una nube de leche. Le pido a Aurora que me hable de mi padre. -¿Qué quieres saber? – me pregunta, poniéndose a la defensiva. Se que no le gusta hablarme de mi padre, pero después de las últimas revelaciones de Pedro y de Coloma Tarrida, siento la necesidad de conocer más cosas. Le hago la pregunta directa, le echo todo lo que llevo en el buche y que casi no me deja respirar. -¿Era un mal hombre, mi padre? Aurora me mira, sorprendida. Sus ojos, claros como aguamarinas, se oscurecen, atravesados por una sombra de duda. Antes de contestarme enciende un cigarrillo. - Nade no es nunca bueno o malo de una manera absoluta. Un mal hombre tal vez no lo era, aunque no fue nunca santo de mi devoción. De hecho, personalmente no le traté mucho a fondo y la mayoría de cosas que se las supe a través de Regina, tu madre. De lo que no tengo ninguna duda es que no era un buen marido. Tal vez era un padre aceptable, incluso un buen padre, pero un pésimo marido. Tal vez el problema venía porque se casó un poco demasiado joven. No quiero decir que los veintiséis años sea una edad impropia para casarse, mi padre tenía veinticinco cuando formó una familia, pero no todos los hombres, ni todas las mujeres, maduran al mismo ritmo. Jonatan a los veintiséis años era todavía un joven alocado, un poco o un mucho zascandil, que no había asentado la cabeza. No descarto que en la conducta de Jonatan no influyese los celos larvados que sentía por su hermano Daniel, que había empezado a hacer la carreta como jurista y que era un modelo de sentido común y de corrección. Es muy probable que en Jonatan acentuase su talante ligero por oposición a Daniel, un hombre que no había ido nunca a un music-hall. Tu abuelo tuvo mucho que ver en el comportamiento de su hijo más joven, porque Daniel, que era el heredero, empezó a marcar distancias con su padre, y Jacob se decantó por Jonatan, a quien le toleraba que hiciese una vida de un joven crápula. En toda esta historia, la actitud más curiosa es la que adoptó el viejo Jacob. Porque si Daniel salió serio, Jacob lo era cincuenta veces más. De tu abuelo se pueden decir muchas cosas, pero ninguna que haga referencia a una vida alegre, a una juventud disoluta, a ninguna tendencia frívola. Y vete aquí que el hombre con sentido común, formal y serio, tolera que Jonatan haga el calavera; que tenga mesa dispuesta en el Gambrinus, que gaste a manos llenas en el Buena Sombra o el Edén Concert; que se le vea día si y día no en la Criolla o en el Bataclán; que visitase las casas de mala nota, que participe en timbas de póquer donde se juegan fortunas. Al viejo puritano todo esto le hacía gracia, y no solo lo


consentía, sino que en cierta manera lo fomentaba, como si la mala fama de Jonatan Menajan compensase alguna carencia del financiero incorrupto. “Regina, a quien habían llegado noticias de la vida que llevaba Jonatan pensó, muy influenciada por la sosa de nuestra madre, que su prometido cambiaría una vez casado. Pero Jonatan no cambió o cambió muy poco, porque después de casado continuó haciendo la misma vida de siempre, sobretodo después que naciesen las gemelas, que representó una gran decepción porque esperaba un heredero. Unos cuantos años después, cuando naciste tu, parecía que las cosas iban a cambiar, aunque todo siguió igual, ya que Jonatan, aunque estaba contento por hacer engendrado un macho, tenía una idea muy vaga de lo que podía hacer con un bebé. “Tuvieron que pasar un par de años para que Jonatan empezase a hacer de padre. Tu presencia era para el un estímulo para pasar más horas en casa, cosa que no había hecho nunca antes con las niñas, que dentro de su esquema mental pertenecían a la madre. Cuando llegué a la casa de las encinas me di cuenta que se había producido una situación extraña. Por un lado, Regina se había refugiado en las gemelas, como una manera de compensar el hecho de haberse casado con un tarambana, y de salir al paso del aislamiento en que vivía, en una casa donde su suegro ni le dirigía la palabra y la abuela Esther ni la saludaba. La pobre Regina que quería a sus hijos por encima de todo, propició, sin darse cuenta, que entre tu y tus hermanas, tres años mayores, se crease un muro de separación y que ella accediese al juego de ocuparse de las niñas y de dejarte a ti en manos de tu padre. La situación no era demasiado natural y supongo que tampoco era demasiado sana. “Siempre tuve la impresión de que deseabas estar con tu madre y aunque te encantaba ir tras tu padre, cuando el no estaba te encontrabas solo y un poco desamparado. No es extraño que en aquellas circunstancias acabases teniendo una verdadera fobia contra tus hermanas. “Hubo un momento en que todo parecía que tenía que cambiar. En otoño del 1911, Jonatan tuvo una hepatitis que le mantuvo recluido en cama durante tres o cuatro meses y que, por lo que parece, le hizo reflexionar. La decisión de ir a celebrar el décimo aniversario de su boda en el trayecto inaugural del Titanic la tomó el como un paso más para fortalecer la reconciliación con Regina, que había empezado en plena crisis hepática. “Lo más lastimoso de todo fue que el destino no permitió que los planes de Jonatan de volverse una persona seria y responsable, llegasen demasiado lejos. Quiero pensar que Jonatan, que despareció en el fondo del Atlántico, era un hombre muy diferente del tarambana de los primeros tiempos de casados. El tío Daniel y la tía Aurora han alquilado una casa en Sitges, cerca del santuario del Vinyet, en una zona próxima de la costa de casas esparcidas encaradas al mar, y me han convidado a pasar el mes de agosto. Aurora se ha trasladado con sus pinturas que tiene que exponer durante la segunda quincena, con el mismo camión ordinario, después de vencer la resistencia del transportista que consideraba una excentricidad llevar a una mujer en la cabina. El tío y yo hemos ido en su Hispano-Suiza. El tío Daniel está desconocido. Se pasa todo el día en mangas de camisa sin cuello, calza alpargatas de payés y si trabaja por el jardín se cubre con una vieja gorra de segador. <solo llegando a casa, mientras descargábamos las maletas, me dijo que le llamase Daniel, y que dejase de tratarle de usted. Aurora, en cambio, está como siempre, tal vez un poco más nerviosa que de costumbre, porque hay dos pinturas que “se le resisten”. La otra novedad sorprendente es que el tío se hace cargo de la cocina. La casa, construida por un indiano a primeros de siglo, es muy espaciosa, apta para acoger a una gran familia. La entrada de la planta baja está precedida por unos grandes porches de cuatro arcadas que cubren toda la fachada y encima de los cuales está la terraza de la que cuelgan matas de buganvillas de flores púrpuras. Los bajos de la casa contienen diversas piezas y el recibidor distribuido, de donde sale la escalera que lleva al piso de arriba., la amplísima cocina con la despensa y la bodega al cual se baja por una escalera de cinco escalones, el salón comedor con una chimenea al fondo y otra gran estancia donde hay un billar, una mesa de ping-pong y el la pared dos dianas para jugar al tiro con dardos. Al fondo de la sala de juegos hay un baño completo. En el piso de arriba, la escalinata da a un salón que conduce a las seis habitaciones de la casa y a los dos baños. De las seis habitaciones, dos dan a la fachada, con sala i alcoba, que se abren a la terraza de encima de los porches, y las cuatro restantes ocupan los flancos derecho e izquierdo de la casa. Una buhardilla de techo bajo, bajo el techo a dos aguas, culminan el edificio. Su interior contiene una amplia muestra de molduras, arcos, marcos de puertas, artesonados, mosaicos y vidrieras de gusto modernista. La casa la han alquilado amueblada, con ropa de cama y vajilla para una docena de personas. La vida en Sitges transcurre en una dulce monotonía. Hacia las nueve nos reunimos en la cocina, donde nos esperan los croissants, los melindros y las magdalenas que el tío ha ido a comprar a primera hora de la mañana al centro del pueblo. Después de desayunar, Aurora vuelve a sus pinturas, Daniel de cala el sombrero andrajoso y sale a trabajar en el jardín con la azada, mientras yo me aventuro por el paseo del mar hasta el montículo de la iglesia, el ayuntamiento, Maricel y el Cau Ferrat. Me paso toda la mañana dando vueltas por el pueblo y embobado delante del mar de colores cambiantes que a plena luz del día parece menos tenebrosa. La primera cosa que me ha sorprendido de Sitges es la gran diferencia entre la gente del pueblo y los miembros de los que llaman “la colonia”, la gente de Barcelona que viene a veranear. Los primeros van vestidos con ternos oscuros los hombres y con faldas largas las mujeres, ellas sin nada en la cabeza y ellos con sombreros negros, esto por lo que respecta a los comerciantes, profesionales y rentistas, que a partir de media mañana se juntan en la terraza del café La Nansa¸ por lo que respecta a los menestrales y


trabajadores, llevan mas o menos la misma indumentaria que sus iguales de Barcelona, con abundancia de blusas, guardapolvos y gorras, la mayoría con la visera dura. La colonia parece que va uniformada: los hombres con chaquetas claras y canotiers y las mujeres con faldas que enseñan parte de las piernas, corpiños ceñidos y blusas de media manga, también las hay que lucen amplias pamelas con lazos de colores. Los veraneantes se juntan para hacer el vermut en las terrazas del café Tritón y El Balandro, a una prudente distancia de los clientes de La Nansa, que los miran con socarrona indiferencia. Completan el panorama humano del pueblo, los payeses y payesas que venden en el mercado; los crios se reúnen en grupos diversos y no paran de correr; los transportistas, con las camionetas con todo tipo de mercancías y el carro del hielo, tirado por un percherón de color tostado y conducido por dos hombres jóvenes en mangas de camisa, faja, pantalones de pana, y calzados con zuecos y sin nada en la cabeza. Pero los que llaman la atención a pueblerinos y forasteros son los bañistas, hombres y mujeres, mayoritariamente jóvenes, pero también de mediana edad, que plantan las gandulas y los parasoles en la arena y chapotean en la orilla del mar con sus bañadores de colores chillones, o se aventuran mar adentro con grandes brazadas. Al atardecer, cuando el sol inicia su camino hacia la puesta, con Aurora y Daniel dejamos la casa y xino-xano nos llegamos hasta el pueblo. Tanto el tío como Aurora se han vestido para la ocasión pero sin caer en la elegancia casi uniforme de la gente de la colonia que da toda la impresión de confundir el paseo de la Ribera de Sitges con el Paseo de Gracia. Hacemos la primera visita a la pescadería de la Mercé, una mujer risueña y gruesa que hace ir a toda prisa al marido, que le hace de mozo, donde Daniel se deja aconsejar por la dueña y compra más pescado del que somos capaces de comer. Después, sin el pescado, que iremos a recoger a última hora, nos sentamos en la terraza del café La Nansa, entre la clientela de la población, que Aurora encuentra más tratable que los snobs de la capital. A menudo se para a saludarnos el escultor Pedro Jou, la persona que ha hecho posible que Aurora Izalburu prepare la exposición de pintura moderna en la casa museo Maricel, donde el escultor Jou, invitado por Miguel Utrillo, la esculpido los capiteles de las ventanas, una de ellas con signos masónicos y unos personajes idénticos a Picasso, que tiene una plancha cerca y los pies dentro de un cubo. Ya cerca de las nueve, “después de saturarnos de la claridad del crepúsculo”, como dice Aurora, deshacemos el camino, recogemos el pescado y acabamos de comprar los víveres para mañana, que transporto en una bolsa de malla. En casa el tío cocina la cena – variantes diversas según el pescado – y nos instalamos en los porches hasta que la noche nos cubre del todo y el compás del mar acentúa el silencio. Contrariamente a las cenas del año pasado en la torre de Caldetas, del matrimonio Escofet, los de ahora son muy silenciosos, porque ni Daniel ni Aurora son muy habladores. Tampoco el largo paseo de por la tarde se dicen gran cosa, como si fuesen un viejo matrimonio. Tal vez lo haga mi presencia, que le inhibe de tener una conversación más allá de los breves comentarios del uno o de la otra sobre cuestiones prácticas. Me da la impresión que todo lo que se tienen que decir lo hacen de noche, cuando el tío abandona a escondidas su habitación y penetra en la de Aurora. Alguna noche salgo a contemplar el mar. Desde que estoy en Sitges he establecido un diálogo sin palabras con la llana extensión de agua. La primera cosa que he descubierto son los colores del mar, que varían según la distancia y que se transforman de acuerdo a los cambios de luz. Al pie del baluarte, cerca de las rocas de la colina, el agua es verde, de un verde manzana, que se convierte un poco amarillenta en la primera línea de playa; más allá el agua coge un color azul claro que se oscurece mar adentro hasta que por la noche toma tonos lilas. Hay días que a media mañana, bajo el cielo color de plomo, los colores del mar se uniformizan, se hacen más pálidos, como si el espejo del cielo borrase las diferencias. En cambio, cuando el aire es limpio y el cielo muestra toda su intensidad azul turquesa, el agua recupera todos sus matices. Pero la mejor hora es la del atardecer. Desde el bar La Nansa no es posible ver como las olas baten la arena, pero la bóveda del cielo, en el panorama circular de la bahía, se transforma en una maravilla, siempre cambiante, en una confrontación de colores diversos, gobernada por la luz rojiza de la puesta de sol. Las nubes, si las hay, adquieren mil formas, iluminadas por los rayos oblicuos de la puesta de sol. A veces, todo junto, las nubes, el cielo, la difusa línea del horizonte, tiene un parecido artificial, como la de un decorado de teatro. Por la noche todo cambia. Bajo la luna, aunque sea un trocito, el mar se convierte en un espejo de plata. Parece el lomo inmenso de un monstruo marino de escamas de plata que late y respira inmerso en un sonido cósmico. Si la noche es negra, el mar es oscuro, oscuro y misterioso, de una negrura amenazante, solamente rota por la espuma blanca de las crestas de las holas. Si el mar es negro, ¿por qué la espuma es blanca?, me pregunto, sabiendo que es una pregunta inútil. El mar, de noche, me da miedo, pero al mismo tiempo me atrae como un poderoso imán. Roque me dice que me deje de quebraderos de cabeza. Según el, el mar está hecho para los peces y que el hombre violenta a la naturaleza cuando lo quiere penetrar. Acepta que el mar contenga un misterio no muy diferente del que guardan los bosques, las altas montañas, las cuevas profunda de la tierra. Pero mientras me dice estas palabras yo siento en mi interior una extraña voz que afirma: “Tú, Edmundo, renaciste en el mar”. Hace mucho calor. El miércoles, dia 21 de agosto, a las siete de la tarde se inaugura la exposición de Aurora y nos hemos pasado este fin de semana metiendo en sobres las invitaciones para la gente de Barcelona, bajo la mirada burlesca de Daniel, que asegura que trabajamos en vano, porque el correo no llegará a tiempo. En el semanario El Eco de Sitges han hecho una entrevista a Aurora de media página en la cual se despacha a gusto contra los pintores modernistas que aquí, en torno a Rusiñol, todavía tienen vara alta. Tal vez instigada por el escultor Pedro Jou, Aurora


ha caído en la trampa de participar en las luchas intestinas que mantienen los artistas del pueblo, divididos en dos grandes grupos. Daniel, que se lo mira divertido y desde la distancia, asegura que las dotes diplomáticas de Aurora están bajo cero, porque no se conforma con salir airosa con la exposición de pinturas de vanguardia en un santuario modernista, sino que, además, critica a los dueños de la casa. Aurora se ríe y afirma que si no les gusta que se aguanten. Sin proponérmelo expresamente, estos días de calma he hecho una especie de examen de consciencia, de recopilación de pequeños y grandes descubrimientos que se han producido durante los últimos dieciocho meses, desde que dejé la clínica del doctor Canovell, donde estuve dos largos años. Lo primero de todo tiene como punto de referencia, como centro, la casa de las encinas, en torno de la cual ha girado y gira la historia de mi familia. He percibido claramente que la casa es un baluarte, una torre de defensa, que esconde los secretos de los Menajan, y desde donde el abuelo Jacob dirige su guerra particular contra lo que el llama la subversión. En la casa de las encinas he reencontrado a mi madre, a mis hermanas gemelas, a mi padre y a otros personajes, solo entrevistos, que reclaman que recuerde todo lo que se borró cuando tenía seis años. La bisabuela Esther y Guillermo constituyen los dos cabos de la soga de la historia, alfa y omega de una estirpe el último representante de la cual soy yo. La presencia de la abuela Esther representa los orígenes, el testimonio del pecado original de los Ménejem, que repudiaron sus raíces. El pueblo de Israel pervive en ella y los espectros de sus muertos, que la acompañan noche y día, rememoran la infamia de los apóstatas. La memoria del pasado, que la abuela Esther ha ido desgranando como un rosario, ha venido a encontrarme con unas preguntas que todavía no he respondido: ¿Quién soy? ¿De donde soy? Me es imposible saber cuantas gotas de sangre judía corren por mis venas, como tampoco creo que pueda saber nunca el peso de mi ascendencia vasca. Guillermo Matas, el hombre de confianza del abuelo Jacob, está en el otro extremo de la cuerda. Es la persona que liga pasado y presente, como un hombre de acción y brazo ejecutor de la lucha del abuelo en una Barcelona convulsa, donde se mata por las calles. Como Menajan apócrifo, Guillermo personifica la voluntas de Jacob, mi abuelo y tutor, que a falta de hijos que le hagan el trabajo sucio utiliza la fuerza y la determinación de un mercenario. El tío Daniel y la tía Aurora no son propiamente miembros de la casa de las encinas. Daniel porque se alejó a tiempo, sino de la casa familiar, si del espíritu que la anima. La tía Aurora no ha sido nunca una Menajan aunque, primero para estar al lado de su hermana y después para hacerme de madre, ha vivido más de una década como un miembro más de la familia. Los dos forman parte de la gente del otro lado del muro, de los que me han hecho entrever que fuera de la casa de las encinas hay una realidad diferente, un mundo que se abre como una promesa. Por el solo hecho de trabajar en Barcelona y asistir a los cursos de la academia de la calle Pelayo mi perspectiva del mundo, la manera de ver las cosas, ha cambiado. Está claro que mi nueva visión ha sido determinada por las conversaciones que he mantenido con Daniel y con Aurora, que me han tratado como un adulto. Ramón Dalmau y Pedro también han influido mucho en este cambio de perspectiva, sin olvidar el relato de la Coloma Tarrida o las tardes que he pasado al lado de Encarnación, la puta de los ojos tristes. Hace un calor pegajoso. El cielo opalescente transporta una calima pesada, densa, que agosta las hojas de los plátanos y convierte el mar en una laguna inmóvil. Esta mañana he vagueado por los bordes de las viñas que circundan el Santuario, donde dos hombres, uno viejo y otro joven, sulfataban las cepas y las uvas que empiezan a hacerse entre los sarmientos. El tío y Aurora están en sus habitaciones respectivas, mientras contemplo, solitario, la cúpula del cielo sembrada de estrellas. Todo se mueve: el mar, la tierra, mi corazón y el firmamento. Un día Aurora me decía que Dios es un misterio insondable. Hasta hoy no he entendido lo que quería decir siento los dedos del enigma que rozan mis ojos. Me doy cuenta que formo parte de este todo que me rodea, que soy el reflejo de la estrella más pequeña y alejada del universo, que entre yo y Dios hay un hilo sutil que nos une. Salgo de casa. Me acerco a la playa. La canción del mar me envuelve, su voz me recuerda las oraciones de las noches de las monjas que oía de pequeño cuando mi padre y mi madre todavía vivían en casa. Voy dejando sobre la arena la ropa que llevo. El mar me dice “ven, ven”, y cuando estoy junto al agua, me vuelvo porque se que Roque me mira sin decirme nada. Entro en el agua. Lentamente, sintiéndola como me sube por las piernas, por el vientre, por el pecho. Me paro. Se que me he de sumergir pero en el último instante tengo un momento de duda. Súbitamente todo se calla, se hace un silencio extraño, como si acabase de penetrar en otro mundo. Mi pecho se abre, se expande, estallo convertido en mil estrellas, en millones de gotas de agua. Respiro hondo y dejo que el mar me cubra. Aguanto la respiración debajo del agua, uno, dos, tres, cuatro segundos, hasta que aparece la luz, blanca, resplandeciente, más intensa que la del sol. Entonces lo veo todo, todo aquello que pasó en el Titanic. A primera hora de la mañana del día de la inauguración de la exposición de Aurora, cuando nos íbamos a poner a desayunar, el tío ha recibido un telegrama de cinco palabras, puesto la noche anterior por el abuelo Jacob, donde decía que Guillermo había sido asesinado y reclamaba la presencia de Daniel en Barcelona.

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El domingo día 18 de agosto fue un día muy movido en la casa de las encinas. En plena canícula, cuando las familias acomodadas estaban de veraneo en el mar o en la montaña, a media tarde, un grupo de hombres poderosos se reunió en el estudio del viejo Jacob Menajan. Fueron en sus coches, acompañados de sus correspondientes guardaespaldas, la mayoría conocidos y amigos de Guillermo, el cual les hizo los honores de la casa, en aquella hora vacía de criadas, en el comedor grande de la planta baja donde liquidaron una docena de cervezas. Los visitantes estaban presididos por don Alfonso Sala, industrial y político de Tarrasa, dirigente de la Unión Monárquica Nacional, a quien acompañaba el Marqués de Olérdola y el Barón de Viver, de su mismo partido, el señor Félix Graupera, presidente de la Federación Patronal de Cataluña, y el señor Bertán y Musitu, exministro y prohombre de la Liga regionalista. A pesar de que no trascendió lo que les reunía un día tan intempestivo, algunos de los hombres de confianza de aquellos potentados sentenciaron que en la atmósfera había ruido de sables. Dos de ellos confirmaron que el capitán general de Cataluña, don Miguel Primo de Rivera, había llamado a consulta a sus patrones la noche anterior. Lunes y martes fueron dos días tranquilos en la casa de las encimas, quizás con una actividad por encima de lo habitual ya que el abuelo Jacob expidió una docena de telegramas y diversas cartas que la tarde del martes, día 20, Guillermo Matas tuvo cuidado de llevar personalmente a los destinatarios. Aquella noche fue el jardinero Emilio quien cerró la cadena de la puerta de la reja y quien dejó sueltos a los perros. Hacia las ocho de la noche, Guillermo había acabado el trabajo. Había bajado a Barcelona con el Studebaker del abuelo, que había dejado estacionado en la calle Ancha, y no tenía prisa por volver a casa. Se paró en el Gambrinus, de la Rambla de Capuchinos, donde en la terraza del café tomó una copa con Inocencio Feced y el inspector de policía Romero. Guillermo bebió un Picón y se estuvo con los compañeros hasta más de las nueve. A cuartos para las diez, Guillermo fue hasta en bar La Viña, de la calle Baños Nuevos, donde se reunían los trabajadores de la imprenta de El Correo Catalán. Encontró, como esperaba, a Luis Conde, jefe de expediciones del periódico; a Jaime Camprubí, encargad de la sección de linotipistas, y a Jesús Castro, regente de la rotativa. Los amigos hicieron un hueco a su excompañero en la mesa donde desayunaban – los trabajadores de noche desayunaban a las diez y comían a cuartos de tres de la madrugada – y continuaron comentando los últimos incidentes de las luchas sindicales, afectadas por la destitución del gobernador civil Martínez Anido y por la sustitución de Miguel Arlegui, jefe superior de policía, hecho que había provocado una disminución importante de la ayuda de la policía a la gente del Sindicato Libre, organización a la cual pertenecían todos los cuadros intermedios del diario tradicionalista. La noticia era que muy pronto las cosas cambiarían favorablemente. Guillermo estuvo a punto de hablarles de la reunión que había tenido lugar el domingo anterior en la casa de las encinas, y de la interpretación que hacía el, pero se abstuvo, porque Guillermo había aprendido que el agua no era nunca demasiado clara y que muchos pistoleros jugaban con más de una baraja, tal vez para cubrirse las espaldas. Se limitó, pues, a escuchar y a asentir. Pero la proximidad de aquellos hombres, le hizo pensar en la época de sus inicios, vinculado al Correo y al número seis de aquella misma calle donde conoció a Luisa, la propia mujer a la que tuvo que liquidar. A menudo pensaba en Luisa. Había noches en que se despertaba con la sensación de tenerla a su lado, de notar el calor de su joven cuerpo, de oler su perfume barato, de percibir su aliento cálido en la mejilla. Pero eran impresiones huidizas que duraban un instante, la fracción de un segundo, el tiempo justo de salir del sueño y darse cuenta de la frialdad húmeda del hombre solitario. La imagen de aquella madrugada en Collblanc la tenía gravada en la retina y veía a la pareja cuando salía por la puerta de la casa de sus padres de ella, riéndose, como si acabasen de comentar una cosa divertida. Tal vez fue para borrar la risa, que Guillermo la disparó a la cara después de los dos primeros tiros al pecho del hombre. Los veía hundidos a sus pies: ella inmóvil y el con los últimos estertores de la muerte en las piernas. Los remató en el suelo, sin piedad, hasta vaciar las seis balas del cargador. Cuando la tarde siguiente la policía le dejo ir sin cargos, Guillermo fue a trabajar al diario como si no hubiese pasado nada. Ninguno de sus compañeros de trabajo hizo el más mínimo comentario, aunque el nombre de ella y el del anarquista abatido – se llamaba Florencio Arín – del sindicato metalúrgico de Barcelona, salió en los diarios de la tarde del día anterior. Dos días después, el padre de ella se presentó en el pisito de la calle de Codols, donde vivían Guillermo y Luisa. Fue a media tarde, a la hora en que Guillermo se levantaba. El hombre se llamaba Joan Sierra, bordeaba la sesentena y pertenecía al sindicato único de la construcción. Era ácrata y pacifista, contario a las tesis de la ley del Talión; en Collblanc Joan Sierra presidía el centro Luz y Progreso, local que compartían los anarquistas del barrio con espiritistas, colombófilos y seguidores del doctor Zamenhof. - No se si tienes la conciencia limpia – l dijo el hombre – pero no me importa. Solo te quiero decir que ami hija no le llegas a la suela del zapato. Luisa no era una mujer cualquiera y si te hizo el salto con otro tu debes saber el porqué. Son cosas íntimas que cada pareja se sabe y yo no me meto. Si has tenido alguna cosa que ver con su muerte lo dejo a tu conciencia. La policía afirma que iban por Florencio y que a ella la mataron de propina. No lo se. Todo puede ser, lo que no encaja es que la disparasen dos tiros cuando ya estaba muerta. El padre de Luisa hizo un hatillo con la ropa de ella y los dos hombres, después de quince años, no se han vuelto a ver nunca más.


Guillermo recuerda punto por punto las palabras de Joan Sierra, dichas en el comedor del piso de la calle de Códols, formuladas a media voz, sin estridencias, como si el viejo anarquista soportase un peso sobre sus espaldas que lo abrumase, como si arrastrase una pena infinita por aquella chica alegre y libre, planchadora y cosedora risueña, que, a los diecisiete años, el día de Santa Lucía, salía con un grupo de modistas a plantar cara a los estudiantes. <no estaba arrepentido, pero el recuerdo de Luisa persistía como una herida cerrada en falso. Desde entonces hasta hoy no había tenido ninguna otra mujer, al margen de unas cuantas mercenarias ocasionales que mal llenaban unas pocas horas de su vida. Había asumido su condición de lobo solitario, guardián del viejo Jacob Menajan y soldado de una guerra innoble, una larga contienda que, si eran ciertos los rumores que corrían, muy pronto ganarían definitivamente. Luis Conde, que no se ponía a trabajar hasta que la rotativa escupía los primeros ejemplares, le acompañó hasta la Rambla. Se pararon en la paradita de la cigarrera de delante del Liceo, donde Conde compró media docena de caliqueños. Guillermo, probablemente por marcar distancias, escogió dos habanos que se puso en el bolsillito del pecho del chaleco, al otro lado de donde llevaba el revolver del 38. Los hombres saludaron al sereno de la calle de San Pablo que conocían de hace años y que compaginaba su trabajo de vigilante municipal nocturno con la de confidente de la policía. Conde y el sereno contemplaron como Guillermo se adentraba por la calle Nueva. A las once pasadas, Guillermo entraba en la Criolla. Había poca gente: los habituales del local, un grupo de seis marineros ingleses y algunas parejas diseminadas alrededor de la pista de baile, vacía a aquellas horas, aunque los cuatro músicos desde arriba del palco tocaban un tango, la música que aquellos meses había hecho famoso a Carlos Gardel. Guillermo se sentó en una punta de la doble mesa llamada de los “pinchos”, del fondo del establecimiento que daba a la cocina, al almacén y a las oficinas de la casa. Un camarero le sirvió una jarra de cerveza y, directamente, el mozo fue a advertir a Salvador que había llegado el secretario del señor Menajan. Salvador Capella y Guillermo Matas eran viejos conocidos, compañeros de grupo circunstanciales desde el año 1910, poco antes de que Guillermo entrase al servicio de Jacob Menajan y que Salvador pasase a ser encargado de la Criolla. Los dos eran de la comarca del Bages, Guillermo de la capital, y Salvador, de Suria. Aquella procedencia común y el hecho de que todavía tuviesen parientes en la comarca – Salvador a sus padres, retirados en una masía comprada por el, y Guillermo, a sus hermanas, casadas y con hijos – hacía que los hombres somatizasen a pesar de la reserva con que ambos mantenían de sus vidas privadas. Los habituales de la doble mesa, en la cual nadie se había sentado dando la espalda a la entrada del local, eran Ramón Argemí, Modesto Bolea, Joan Garrigós, Felipe Quer y Pepe Rico, todos ellos vinculados a la Federación de Sindicatos Libres, aunque algunos, como el mismo Guillermo, fuesen guardaespaldas de prohombres de la industria barcelonesa, y Pepe Rico administrase un harén de seis putas. Eran tipos bragados, de pistola fácil, que bordeaban la cuarentena y que, si era necesario, les echaban una mano a los camareros de Salvador cuando se veían obligados a sacar del establecimiento a patadas a algún cliente camorrista. Como era lógico y natural los “pinchos” los tenían todos pagados en la Criolla. Salvador y Guillermo hablaron de negocios. El primero era propietario de una pequeña fortuna en acciones compradas por indicación del viejo Jacob Menajan, vía Guillermo, y que el hijo del Suria pensaba liquidar cuando cumpliese cincuenta y cinco años – el tenía cincuenta y dos – y retirarse a la masía de su pueblo. Por su parte, Guillermo invertía todas sus ganancias en propiedades inmobiliarias en Manresa, donde pensaba edificar un hotel en un solar de la calle del Borne. Los “pinchos” fueron llegando. Ahora uno después del otro y ocuparon sus sitios habituales y se limitaron a observar a la clientela que, a partir de la media noche, llenaba las mesas de alrededor de la pista. Había pocas gorras. Abundaban los canotiers y los cuellos duros, a pesar del calor que hacía, contra el cual luchaban inútilmente tres grandes ventiladores colgados en el techo que removían el aire caliente y lleno de humo. Guillermo vio dos parejas que reconoció como clientes antiguos de la casa y que le hicieron recordar a Jonatan Menajan, habitual del establecimiento, que doce o trece años atrás tenía la orden de su amo de proteger y velar por ellos. Más de una vez, Guillermo había tenido que cargar a Jonatan, borracho como una cuba, con una trompa de carretero, llevárselo a la casa de las encinas después de haber tenido que despachar, a menudo de malos modos, al acompañante de turno. Guillermo compartía la indulgencia de su patrón hacia el más joven de los Menajan. Que el chico fuese un tronera, le hacía gracia, sobretodo porque se distanciaba del hermano mayor, Daniel, que siempre se había mirado a Guillermo de reojo y que siempre había guardado las distancias respecto a el. En cambio, Jonatan podía ser muy afable y simpático, aunque a menudo mostraba el colmillo despótico y autoritario de su padre. También valoraba el empuje del joven que los tenía bien puestos y que no se arrugaba ante un piquete de huelguistas, de in macarrón insolente o de una botella de absenta. La evocación de Jonatan proyectó en la pantalla de su mente la imagen del nieto del amo, Edmundo, aquel chiquillo extraño que se pasaba horas encima de la encina grande, que leía imperturbable en el banco de la pérgola y que le rehuia. Estaba claro que había estado mal de los nervios y que tal vez todavía lo estaba, a pesar de que toda la familia hacia ver que el chico había superado todas sus rarezas. Pero a el no le engañaban porque era un buen observador – su trabajo le obligaba – y se había percatado que con frecuencia el chico hablaba solo, como si alguien le acompañase, que no miraba nunca directamente a los ojos y que muchas veces se quedaba encantado como si contemplase gente o cosas que no existían. Pero lo que le inquietaba del joven era que, últimamente no leía tan solo poesía leía, sino que le


había pillado con un libro de Bakunin en las manos. Tal vez solo era un síntoma de amante de cultivar las letras, de aprendiz de intelectual, que quiere estar al día de lo que han escrito pensadores sociales, pero la cuestión se agravaba por la influencia de la histérica Aurora, la solterona, que se lo había llevado a la manifestación por la muerte del Chico del Azúcar. Le constaba que su patrón, el viejo Jacob, compartía sus temores cuando había manifestado: -No se lo que haremos con este chico. Guillermo abandonó la Criolla en el punto más álgido de la noche, cuando el local hacía su pleno y las paredes rezumaban sudores de cazalla. Ahora un paso ahora otro, bajaba por la calle de Perecamps cuando en la esquina del Portal de Santa Madrona alguien escondido en la sombra le llamó por su nombre. Tuvo el tiempo justo de levantar la vista ciando una mano anónima desde el otro lado de donde había surgido la voz le descargó tres tiros, dos en el pecho y uno en el cuello que le abatieron herido de muerte bajo un cartel del reconstituyente de aceite de bacalao Emulsión Scott. El tío Daniel llegó Sitges por la noche del día siguiente de la inauguración de la exposición de Aurora. Aquella misma mañana los periódicos de Barcelona daban cuenta del asesinato de Guillermo Matas, miembro de la Comunión Tradicionalista, sin mencionar para nada su vinculación con Jacob Menajan para el que trabajaba hacía más de diez años. En la casa de las encinas la muerte de Guillermo causó una notable consternación. A pesar de que no era muy popular entre el servicio, las mujeres y el jardinero estaban acostumbrados a su presencia siempre adusta y autoritaria. La única persona que se mostró indiferente, como si esperase aquel desenlace, fue la Lina, probablemente influenciada por Pedro Tarrida, a quien veía en secreto. Gertrudis, la criada vieja, lloriqueó un rato delante de la cara de circunstancias del nuevo jardinero, Emilio, que hacía poco que estaba en la casa y que trataba a Guillermo como si fuese su patrón directo. La que derramó más lágrimas fue la Quela, la nueva cocinera, lo que confirmó a sus compañeros de trabajo que la mujer se entendía. Con todo, el impacto más fuerte lo recibió el abuelo Jacob que, con el asesinato de Guillermo, perdía a su mano derecha y el crimen se alzaba como una sombra amenazadora contra su propia vida. Pero el hecho más cautivador lo protagonizaron los perros, los doberman, que la misma noche del homicidio, hors antes que se recibiese la llamada de la policía, aullaron hasta que salió el sol. Después los perros, cerrados tras su jaula, continuaron ladrando entrecortadamente como si tosiesen a lo largo de todo el día y se negaron a comer cuando Emilio les llevó la pitanza diaria. Según el jardinero, que entendía de perros, los doberman se dejarían morir de gana y de tristeza por la muerte de su amo. El abuelo Jacob se dejó llevar por la ira. La presencia de Daniel dio salida a la cólera acumulada por su padre, que a lo largo de las horas durante las cuales estuvo solo no se movió de al lado del teléfono, llamando a medio mundo – dirigentes patronales y autoridades – y gritándole. Pero las recriminaciones del abuelo Jacob, toparon con el muro de flema británica de su hijo. Este, familiarizado con la iracundia paterna, intentó clamar las aguas agitadas con el resultado de exasperar aún más a su padre, que le acusaba de tener la sangre de horchata. Al final el río de la indignación volvió a entrar en madre y los dos hombres derivaron hacia la cuestión política, un terreno que a pesar de las diferencias que les separaban, les era común. Fue en aquel contexto cuando Jacob anunció a su hijo que la cuestión del orden público haría un cambio radical pronto con la implicación directa del ejército y de la corona. La cosa que el viejo Jacob lamentaba más era que su fiel ayudante hubiese tenido que caer a las puertas de la nueva situación. El abuelo Jacob, como el tahúr que guarda un as en la manga, expresó con cierta complacencia mortificadora que se acercaban malos tiempos para los republicanos y catalanistas y, ni que decir tiene, para toda la chusma revolucionaria. Daniel no abandonó la casa de las encinas hasta que no llegaron los dos miembros del somatén armados con carabinas que el Barón de Viver había enviado a su padre. Eran dos hombres de entre cuarenta y cincuenta años que tomaron posesión de la casa después de una breve conversación con el señor Jacob Menajan, con aires de querer emular a la guardia civil. Lo primero que hicieron fue visitar a los perros y los dos convinieron que no era prudente dejar sueltos a los perros, debido al estado de morriña en que se encontraban. Daniel comento con media risa de conejo que los del somaten, al saber quien era, le hicieron un saludo militar. La madrugada del día 21 l abuela Esther se plantó en el estudio del abuelo. Gertrudis había preparado una jarra de café aguado que Jacob se tomaba sin azúcar. La abuela Esther se hizo explicar las noticias de la muerte de Guillermo que el abuelo había ido reuniendo a lo largo de la noche. (La narración detallada de las últimas horas de su secretario en abuelo no las conocería hasta primeras horas de la noche, cuando el comisario Carreño, subjefe de la policía de Barcelona, le dio cuenta de toda la información obtenida a media tarde de aquel día, en presencia de su hijo Daniel). Madre e hijo hablaron en alemán lo que impidió que Gertrudis se enterase de lo que dijeron, aunque ella dedujo, por el tono de la voz insistente de la anciana y por las réplicas airadas de su hijo, que había habido mar de fondo en aquella conversación. Daniel, antes de irse entró en la habitación de la abuela Esther. Se iba a despedir y la encontró sentada en la poltrona de al lado del ventanal. Sor María se sentaba en su butaca habitual con una edición francesa de Els tres mosqueters, en las manos. La vieja sostenía un antiguo daguerrotipo de su marido, Israel Menéjem, con quien la mujer parecía que hablase. - Se acercan tiempos difíciles para la gente de esta casa – dijo la abuela Esther levantando la voz rota.


A Daniel le pareció que la mujer se dirigía a el, aunque no hubiese apartado la vista del joven barbudo de la fotografía, la primera y única imagen que Esther Klezkin había contemplado del rabino de Hamburgo antes de prometerse en matrimonio. La abuela continuó: -Los pecados se pagan tarde o temprano. Sobre todo aquellos que se comente contra el espíritu. De la misma manera que la sangre contaminada pasa de una generación a otra, las ofensas a Dios reclaman su deuda a los hijos de los hijos de los réprobos. De la ira del Señor nadie se escapa. Los persigue hasta que se borra la memoria, aunque a veces parezca que se da un respiro, que se establece una tregua. Los mal llamados Menajan pagarán todas sus deudas. Y me sabe mal por ti, Daniel, que te has querido apartar de la maldición que recae sobre nuestra familia. El mar. El mar silencioso y aislado, que se arropa en su propio canto, solamente un murmullo o una plegaria. He vuelto diversas veces, por la noche. La primera, después de la revelación, lo hice con Aurora, horas más tardes de la cena que siguió a la inauguración de la exposición, cuando volvíamos hacia la zona del Vinyet y ella quiso mojarse los pies. Roque nos seguía a cierta distancia. Nos sentamos en la arena y expliqué a Aurora todo lo que había recordado del Titanic, sin ahorrar ningún detalle. Fue como si volviese a vivir con la singularidad, pero que todo junto parecían vivencias de una persona desconocida, las de un niño de seis años que era yo y era otro entonces. La tía me escuchó in interrumpirme y cuando acabé me abrazó. Los dos llorábamos. La calma del mar extendió su manto y nos envolvió como una madre amorosa. La tierra y el cielo nos contemplaban y si alguien nos hubiese visto, habría pensado que éramos dos amantes furtivos inmersos en la negrura de la noche que para nosotros se había vuelto luminosa y resplandeciente bajo las estrellas. Vimos salir el sol, a la izquierda de la bahía entre la iglesia y el muelle de la Fragata, como una música rutilante que anunciaba el nacimiento de un nuevo día. Enlazados por la cintura, como dos enamorados exhaustos después de una noche de amor, volvimos hacia casa con los zapatos en las manos y los corazones, por lo menos el mío, ligeros como un pájaro que celebra la tibieza del alba. -Esta noche llega el tío Daniel y convendría que descansásemos un poco – dijo Aurora. Roque había desaparecido y dormí hasta las cuatro de la tarde.

14

A las siete de la tarde del lunes día uno de abril de 1912 la familia Menajan-Izalburu embarcaba en el expreso de París que salía de la estación del Norte de Barcelona. Unas cuantas semanas antes Jonatan había querido darle una sorpresa a su mujer, Regina, y había organizado un viaje a Nueva York con ocasión de la travesía inaugural del Titanic, el transatlántico más lujoso y moderno del mundo, que hacía el trayecto de de Inglaterra a Nueva York en menos de una semana. El viaje coincidía con el décimo aniversario del matrimonio y Jonatan lo había concebido como un regalo de aniversario y como una fórmula para consolidar la unión familiar, bastante deteriorada a causa de lo que el llamaba “su dolor de cabeza” y que había de culminar el proceso de reconciliación con Regina, iniciado por los alrededores de Navidad del años anterior. Marido y mujer viajaban con los tres hijos, las gemelas Ariadna y Judit y Edmundo, de nueve y seis años respectivamente. En un principio estaba previsto que la criada Gertrudis los acompañase, pero Regina se había opuesto porque consideraba que era perfectamente capaz de tener cuidado de sus hijos sin la ayuda de una persona extraña, y más cuando aquel viaje tenía todas las apariencias de una segunda luna de miel y no deseaba tener cerca el testigo de una persona que la había visto llorar demasiadas veces. La empresa Wagons-Lits-Cook, que hacía unos meses se había instalado en el Paseo de Gracia, e había ocupado de todo, de los pasajes y los hoteles, con una formalidad británica ejemplar. Aunque Regina había librado una batalla implacable contra el exceso de impedimentos, la familia viajaba con un baúl de considerables dimensiones, dos maletas y un par de bolsos de mano, cosa que obligó a la agencia de viajes a completar sus servicios con la asistencia, en cada parada del itinerario, de dos mozos de cuerda para que trajinasen el equipaje. En París se pasaron tres días, hasta la mañana del viernes, que fueron a Le Havre, donde hicieron noche. Por la mañana, un paquebote les desembarcó en Portsmouth y desde allí, después de comer, un tren les dejó en la estación de Waterloo, de Londres. En la ciudad del Támesis se estuvieron un par de días más, hasta que la mañana del miércoles 10 de abril una agente de la compañía White Star les fue a recoger al hotel con dos taxis, uno para la familia y otro para el equipaje y los llevó a la misma estación de Waterloo donde habían llegado para situarlos en los vagones reservados para los pasajeros de primera del Titanic, que les esperaba en los muelles de Southampton. A las 12 del mediodía el Titanic zarpó de Southampton en tuta hacia Cherburgo, Francia, donde llegó a media tarde. Cerca de las nueve de la noche el transatlántico fue hasta Queenstown, Irlanda, costeando la costa sur de Inglaterra. Hacia las dos del día siguiente, jueves 11, el Titanic levó anclas del puerto de Queenstown e iniciaba su singladura transatlántica camino de Nueva York. La noticia que teníamos que hacer un gran viaje llegó a la casa de las encinas como una ventolera que hizo tambalear las paredes. Solamente el abuelo Jacob se mantuvo al margen. La madre, Aurora y Gertrudis se lo tomaron como un


acontecimiento que las obligaba a ir arriba y abajo para preparar las mil cosas que había que tener a punto, sobretodo la ropa para aquel mes largo que pasaríamos fuera de casa. Las gemelas estaban tan excitadas como la madre y la tía, sobretodo porque no habían ido nunca en tren y menos aún en un barco. Yo asociaba el mar con los piratas y con una batalla naval delante de la bahía de una ciudad desconocida que reproducía un gravado del siglo XVIII que colgaba de la biblioteca de casa al lado de una rosa de los vientos con un Eolo que soplaba entre nubes. En una enciclopedia de la casa Montaner y Simón mis hermanas resiguieron todo lo que hacia referencia a barcos, navíos y embarcaciones, de donde surgían nombres tan sugestivos y misteriosos como falúa, balandro, bergantín, goleta, galeón, bajel, catamarán, clipper, corbeta, cutter, fragata, pailebote, piróscafo, snipe y, naturalmente, transatlántico, el barco que nosotros cogeríamos, el más grande de todos, como una isla de casas flotante. Mi padre nos mostró un folleto escrito en inglés donde, en la portada, bajo la inscripción White Star Line, había la fotografía del Titanic, la de su capitán Edward J. Smith y dos imágenes del interior del transatlántico, una de los dormitorios y la otra del salón de primera clase. El padre descifró, como quien interpreta un jeroglífico, las características técnicas de la nave, que, como es lógico, no entendí, pero que resonaban en mis oídos como si fuesen los componentes de una poción mágica: compartimientos estancos, tonelaje, metros de eslora y de manga, calderas, motores, turbinas, nudos y chimeneas (la fotografía mostraba cuatro). También detalló lo que el padre llamó las dependencias de un hotel de lujo; un comedor para quinientos pasajeros de primara clase de estilo jacobino, con columnas doradas y objetos de plata; salas de lectura y de fumadores, de estilo georgiano, con cristales de colores y paneles de caoba; baños turcos, gimnasio y habitaciones con baño y vestidor, entre otros espacios como un café parisino, el paseo de cubierta y los ascensores. Todo junto se formaba en mi imaginación infantil como si tuviese que vivir durante unos días en un gran castillo encantado, cincuenta veces mas grande que la casa de las encinas. De París y de Londres recuerdo pocas cosas. La Torre Eiffel, donde comimos en el restaurante del primer piso; un viaje por el Sena donde un grupo de músicos no pararon de tocas valses; un paseo en carruaje por los Bois de Boulogne y los desayunos del hotel con una gran parada de lastas de todo tipo, café y te para los mayores y chocolate deshecho para los pequeños, que encontraba delicioso. En Londres llovía. La mañana que padre fue a la agencia de la White Star para confirmar los pasajes, la madre nos llevó a la abadía de Westminster, donde están enterrados los reyes de Inglaterra y donde se encuentra el trono de la Coronación en el cual Ariadna quería sentarse pero un hombre vestido con una especie de túnica que le llegaba a media pierna se lo impidió con una mirada. Fuimos también, ahora con el padre, a la Torre de Londres, una gran fortaleza convertida en prisión donde, según mi madre, más de una reina fue decapitada. Allí, un retratista ambulante nos hizo una fotografía a la familia completa alrededor de un guardia vestido con librea que les llaman Beefeaters. El recuerdo más vivo que conservo de los días previos al embarque en el Titanic es el del anochecer en Le Havre, donde salí con mi padre a dar una vuelta mientras la madre y las gemelas deshacían las maletas en la habitación del hotel. Teníamos el alojamiento muy cerca del muelle, delante por delante de una zona de balandros y pequeñas embarcaciones de pesca. Xino-xano paseamos por el puerto hasta que nos sorprendió el griterío de un grupo de gaviotas, mas de treinta, que se disputaban, feroces, los restos de un perro muerto que flotaba en el agua y al cual los pájaros, con sus picos puntiagudos, arrancaban la carne a picotazos. Era un espectáculo fascinante y repugnante a un tiempo, de una crueldad primitiva, como si en lugar de pájaros alados fuesen fieras hambrientas que acompañaban la depredación del cadáver canino con gritos de victoria o de rabia. Aunque solo presenciamos aquel espectáculo horrible durante un minuto o dos, a la hora de cenar no me pude tragar nada. El barco, a mis ojos infantiles de entonces, era enorme. De la mano de mi padre, seguidos por mi madre y las niñas, entré en aquel palacio misterioso que no tenía ningún punto de comparación con la primera embarcación de mi vida, la que nos llevó desde Le Havre hasta Inglaterra. Aquí todo era mucho más grande, especialmente las dos habitaciones de la cubierta B, la 58 y la 60, de las cuales tomamos posesión después de pasar por los amplios pasillos del transatlántico, muy concurridos en aquellos momentos. Las cabinas eran muy parecidas: con una gran cama, sofá, mesas, sillas y butacas, con baño y un vestidor. La cama de la habitación de mis padres tenía baldaquín, y en la nuestra habían puesto una cama suplementaria para mí. Una puerta, que madre ordenó que siempre estuviese abierta, comunicaba las dos habitaciones. En el momento de zarpar fue una fiesta. Una multitud se había agolpado en el lado de los muelles y despedía a gritos y haciendo ondear pañuelos a los pasajeros, que se asomaban a las barandillas del barco desde donde tiraban serpentinas de colores mientras una orquesta de seis músicos, situados en la terraza del café parisino de nuestra cubierta, tocaba aires de marcha. El Titanic fue saliendo poco a poco del puerto, arrastrado por dos remolcadores que hacían sonar sus sirenas estridentes, silbidos a los cuales respondían las otras embarcaciones atracadas en las dársenas de Southampton. Todo junto hacia un ruido ensordecedor que se fue amortiguando lentamente a medida que el transatlántico abandonaba el puerto y se encaraba al mar abierto. Empleamos una buena parte de la tarde del primer día en conocer el barco sin movernos del área de primera clase. Todo era nuevo de trinca, limpio como una patena, con luces, mesas y muebles que resplandecían como espejos impolutos. También, aquella tarde, conocimos a nuestros vecinos de cabina. La cabina 56 estaba ocupada por tres personas: una duquesa rusa, su marido, el general, y un joven delgadísimo de ojos hundidos y refulgentes, que era pianista. Los tres hablaban en francés – al joven nunca le oí la voz –y el general era mucho mayor que la duquesa, con


una abundante barba blanca que se le extendía por el pecho. La duquesa, que se llamaba Olga, siempre se refirió a su marido como monsieur le général, sin decir nunca su nombre como sino tuviese o que no fuese de buen gusto pronunciarlo (eran observaciones que había hecho mi madre) y el pianista se llamaba Vladimir Nezhdànov, nombre que la duquesa repitió diversas veces como si le tuviésemos que conocer por su fama de solista. Tanto lo dijo la mujer, que mis hermanas, y yo que las imitaba, acabamos por designar al pianista como Nas-de-nou. Los vecinos de la cabina 62 eran un matrimonio de mediana edad argentinos: el con un bigotito recortado sobre el labio y ella con unos pechos descomunales que hacían reír a las gemelas. Se llamaban Silvio Ormendi y Laura Piñón, y eran muy simpáticos. Aquella misma tarde, mientras nos acercábamos a Cherburgo, tomamos el te con ellos en el gran salón, donde me parece que nos explicaron sus vidas. Los argentinos, la duquesa, el general y el pianista Nas-de-Nou compartieron la mesa con nosotros durante todo el viaje. A la comida había que ir de esport, y a la cena, de etiqueta. A pesar de que servían mas comida de la que podíamos consumir, las cenas se distinguían de las comidas porque consistían en una especie de ceremonia a la cual era imprescindible no retrasarse – a medio día no se era tan rígido – e ir vestido de veintiún botones: los hombres de smoking, y las mujeres, con trajes largos. Por la noche se servían los grandes platos, con gran abundancia de ostras – que no me gustaban nada – regadas con champán – que si que me gustaba pero que no me dejaban beber. A mí, es claro, lo que servían en la mesa no me daba ni frío ni calor, aunque sus nombres – langosta, faisán, tournedó, becada – tenían sonidos exóticos a mis oídos. Como se llamaba a cada cosa y si era pescado, carne o pájaro lo sabía porque lo preguntaba a mi padre o a mi madre, que me contestaban un poco de mala gana porque preferían hablar con la señora duquesa, o con los argentinos, que no sabían francés y, entonces, mi madre les hacía de intérprete. Lo que realmente me gustaba en la mesa era observar como comía el general. Lo primero que hacía era atarse la servilleta al cuello – cosa que no me dejaban hacer a mí porque madre decía que no era de buena educación – por debajo de la barba, cuando lo que debía haber hecho era ponérsela por encima de la barba, que siempre se mojaba con la sopa, - que llamaban consomé – o con el jugo de otros platos. Y la sopa, además la sorbía de modo ruidoso que a mí me habían prohibido hacerlo. A lado y lado de los paltos se extendía una batería de tenedores, cuchillos y cucharas que el general casi no tocaba, porque comía con los dedos ayudándose a veces con el cuchillo. El hombre comía mucho, siempre con la cabeza gacha, con la barba a nivel del plato, sin mirar a nadie ni intervenir en la conversación. Quien tampoco hablaba mucho era el pianista, pero no porque se dedicase al palto, sino porque se quedaba con la mirada suspendida en la lejanía, picoteando como un pajarito, tragándose con dificultad lo que se llevaba a la boca, con la nuez del cuello salida y grande como un huevo, que subía y bajaba como un caballito de feria. La Laura Piñón – el apellido nos hacía gracia – solía venir a cenar con unos vestidos que enseñaba la mitad de los pechos. Los tenía grandes como dos pelotas de futbol y blancos como la mantequilla. Oí que mi padre comentaba a mi madre que doña Laura mostraba en la mesa unas tetas redondas y rosadas como el culo de un niño. La peculiaridad de Laura Piñón era que después de cada plato, mientras esperaba los siguientes o los postres, hacía pequeños eructos que intentaba esconder detrás de la servilleta que se ponía delante de la boca. La cosa – “es un tic” dijo mi madre – duraba bien bien hasta la hora del café, cuando los hombres tomaban los digestivos – coñac, whisky y vodka – y los camareros habían retirado los platos de la mesa. El día que menos hizo, de eructos, hizo veintiséis y, el que más, cuarenta y uno. El barco era para mí un descubrimiento continuo. Aunque yo no era demasiado consciente, parece que no paraba de preguntarle todo a mi madre, a mi padre, a los camareros, a las doncellas, a los marineros…cosa que hacia exasperar a mis hermanas, las cuales, desde que estábamos en el Titanic, jugaban a hacer de señoras mayores de “damiselas”, decían las burras. He de confesar que con las gemelas no me entendía muy bien. A mi me hubiese gustado se más amigo de ellas, pero el hecho de ser iguales – sino hablaban era difícil distinguirlas – y que todos se fijasen, y comentasen que eran tan guapas y bonitas provocaba que siempre fuesen juntas y que tuviesen a mi madre acaparada para ellas solas. La cuestión venía de lejos. Parece ser que nací en los tiempos en que las relaciones entre padre y madre eran más tensas, más difíciles. Las gemelas entonces tenían tres años y mi madre se había refugiado para huir en cierta manera de un marido despótico y tarambana que no le tenía ninguna consideración. Desde los días en que gateaba, mi padre me había hecho suyo, acentuando aún más la distancia que me separaba de mi madre y de mis hermanas, contra las cuales sentía unos profundos celos porque me creía que eran ellas las culpables del distanciamiento de mi madre. Esta situación se había ido prolongando en el tiempo y en la época del Titanic continuaba, más o menos como siempre; yo iba con mi padre y las gemelas, con mi madre. A veces había sentido una especie de orgullo masculino que me hacía menospreciar a las gemelas, aunque en el fondo continuaba envidiando su proximidad con mi madre, que yo anhelaba, pero que se hacía difícil llevarla a la práctica. Por ejemplo, en el barco el padre, después de desayunar en la habitación, mientras mi madre y mis hermanas su quedaban remolinando, se me llevaba con el al gimnasio donde pasaba tres cuartos de hora largos entre la bicicleta estática, el aparato de remar o jugando un partido de squash con otros hombres, porque en el gimnasio solo habían hombres y un niño, yo. Por las noches después de cenar, había baile. Mis pares iban tan pronto como nos habían metido en la cama. Normalmente nos quedábamos en la cabina: mis hermanas en su cama leyendo novelitas y yo en la mía haciendo dibujos o empezando a poner letra a los cuentos ilustrados que la tía Aurora me había regalado para el viaje. La noche que fuimos a espiar a los bailarines vi como mi madre bailaba un vals en brazo de un hombre de mediana edad de cabellos grises que en aquel momento me pareció que era el jefe de camareros de nuestras cabinas, un hombre que


siempre me sonreía y que no dejaba nunca de contestarme todo aquello que yo le preguntaba. Que no lo era estoy seguro ahora porque a la mañana siguiente le volví a ver en la habitación de los padres, sobre la cama de baldaquín, con la chaqueta negra corta y sin pantalones, sobre una de las doncellas del barco, que me vio como los miraba y que dio un grito. A pesar de que en aquel tiempo no sabía nada de sexo, me dio la impresión que había alguna cosa prohibida en lo que acababa de ver y que no tenía que revelárselo a nadie. Pero la impresión había sido tan fuerte que se lo expliqué a las gemelas, con el resultado que se rieron de mí y que me acusaron de ver visones, las idiotas. Probablemente sus risas – ellas si que captaron el sentido de la cosa – fue la yesca que provocó mi enojo y mi humillación, dos sentimientos muy próximos al odio. Mi padre me hacia bañar en la piscina. Quieras que no, después de la sesión de gimnasia, me empujaba a la piscina y me hacia sumergir sin preguntarme si tenía ganas. El no paraba de dar brazadas de una punta a la otra del agua mientras no me mantenía aferrado a un lado sin tocar de pies en el suelo, esperando que se cansase. En la piscina aparecía cada día el señor Silvio envuelto en un albornoz blanco y un casquete de goma en la cabeza con tal que el agua, según decía, no le deshiciese las ondas. El argentino era un hombre mucho más corpulento que mi padre, que solamente se remojaba y que para tomar el sol se bajaba la parte del torso del bañador. Tenía una cicatriz de cuatro dedos debajo del pezón derecho, una ralla ligeramente curva más clara que el resto de la piel. Cuando le pregunté que era aquello, me contesto con una sonrisa nostálgica que “era el recuerdo de un gaucho boludo que no sabía donde estaba el corazón”. De corazón teníamos cada tarde. Nos sentábamos en las poltronas de bambú se la terraza cerrada del café parisiena a tomar el te. Puntualmente, a las cinco, aparecí un guitarrista disfrazado de porteño (la señora Piñón me explicó que llamaban porteños a la gente del barrio marítimo, la Boca, de Buenos Aires) que cantaba milongas y tangos donde la palabra corazón salía cada dos por tres. El entusiasmo de los argentinos, que escuchaban aquellas canciones con los ojos chispeantes, se enfrió mucho cuando descubrieron que el porteño era catalán y que había aprendido aquellas músicas en un penal de Cádiz. A mí, aunque el guitarrista fuese un argentino postizo, me gustaban mucho aquellas canciones, mucho más que las que cantaban algunas señoras espontáneas en el salón grande acompañadas al piano. La tarde del último día, Nas-de-Nou accedió a hacernos una demostración de sus dotes artísticas. Es probable que el joven pianista aceptase tocarnos quelque chose porque se lo pidieron mi madre y la señora Piñón con insistencia., y lo hiciese como homenaje a ellas, a quien el joven no les sacaba el ojo de encima. El concierto, anunciado en el tablón de anuncios, empezó a las seis en punto. Unas cuarenta personas fueron tomando asiento en los sofás y en las buracas del salón en actitud reverencial, tal vez impresionados por la nota biográfica sobre Vladimir Bezhdànov y el programa del concierto. Nas –de-Nou se sentó muy dignamente ante el piano, se estiró los puños y no empezó a tocar hasta que se hizo un silencio que se podía cortar. Tocaba sin partitura, con la nariz afinando sobre las teclas. Si la primera pieza sonó extraña – la duquesa dijo que era impresionismo francés – la segunda todavía lo era infinitamente más. Solamente la duquesa parecía apreciar aquella música que a mis hermanas las hacían reír – se reían siempre y por nada – bostezar a mi padre y dormir al argentino. Tanto mi madre como la señora Piñón aguantaron el tipo, aunque se las veía nerviosas y sin saber donde mirar, sobretodo después que la duquesa Olga dijese a media voz, como extasiada, c’est sublime, sin saber si se refería al pianista, a la música o a las dos cosas juntas. Cuando el Titanic chocó con el iceberg, las gemelas y yo dormíamos. Recuerdo haber oído un ruido de alguna cosa que se arrastraba, un raaac prolongado, seguido del sonido de una sirena, que es lo que me despertó. Aunque en la semioscuridad de la cabina – mi madre dejaba una nube de mesa abierta en su habitación – aparecieron mi padre y mi madre que nos hicieron levantar. En el pasillo había un gran griterío que se confundía con la sirena del barco, que no paraba de sonar. Un oficial, que sabía que se llamaba Moddy, acompañado por un marinero, ordenaba con una gran calma que los pasajeros se reuniesen en cubierta, al lado del café parisiena y que fuesen sin equipaje. A pesar de que nos vestimos deprisa, no noté que hubiesen demasiadas carreras porque parecía que los pasajeros de primera clase pensasen que no era de buena educación asustarse. Mi madre se cambió los zapatos y se entretuvo eligiendo el abrigo que se tenía que poner sobre su traje de noche. El Titanic se iba escorando lentamente a medida que pasaban los minutos. En cubierta la gente estaba agrupada por orden de cabinas, a nuestra derecha teníamos a los argentinos, don Silvio y doña Laura, y a la izquierda el general, solo, porque la duquesa y el pianista no habían aparecido. Los pasajeros procuraban mantener la calma, aunque vi que algunas mujeres se ponían a llorar, algunas iban vestidas de cualquier manera y otras con los mismos conjuntos que se habían puesto para ir a bailar. Desde donde estábamos se oía la música de la orquesta, que continuaba tocando como sino hubiese pasado nada. Ahora la sirena sonaba a intervalos regulares. Los marineros y oficiales habían empezado a preparar los botes salvavidas cuando empezó a correr la voz que el transatlántico se hundía. Estábamos en la cubierta de primera sobre mismo de la zona de nuestras cabinas a la cual se accedía por una escalera que teníamos detrás. Mi madre se separó de nosotros y sin dejar ir de la mano de las gemelas, bajó en una carrera hacia la habitación donde con las prisas se había dejado la bolsa con las joyas. Cuando un oficial hizo separar a las mujeres y a las criaturas de los hombres – yo era el único crío en aquella área – la señora Piñón me cogió de la mano, pero me escapé para ir en busca de mi madre.


A partir de aquí todo es confuso. Un marinero fuimos los últimos en subir a la barca. Tuvimos que dar un pequeño salto porque la estaban botando, suspendida en el aire. La señora Piñón se hizo cargo de mí y me sujetó contra sus pechos. El marinero que había saltado conmigo y otro alejaron la barca a golpe de remos, adentrándonos en una oscuridad cada vez más densa. Desde una cierta distancia, rodeados de oscuridad, con el rugido del mar que apagaba las voces y los gritos de las otras barcas, vi como el Titanic se partía en dos y como lentamente la popa del buque, con las hélices y el timón al aire, se levantaba hasta quedar en posición vertical sobre el mar, se manutuvo unos momentos hasta que se apagaron todas las luces del transatlántico. Después, poco a poco, el Titanic se hundió definitivamente. Alrededor se hizo un gran silencio. Una cuantas hors más tarde, larguísimas, muertos de frío y empapados de agua salada, el Carpathia nos rescató. Cuando subí a bordo del nuevo barco el niño de seis años había perdido el habla y la memoria y todo lo que había vivido hasta aquel momento se había borrado.

15

La última semana que pasamos en Sitges fue especialmente tranquila. Cada tarde nos llegábamos a la casa museo Maricel, donde me quedaba con Aurora mientras el tío Daniel hacía las compras del día. La exposición era poco visitada. A lo largo del par de hors que estábamos aparecían una docena de espectadores, todas gentes de la colonia de veraneantes que habían salido a dar una vuelta. En el libro de firmas solo figuraban ocho apuntes, dos de ellos insultantes, y solo se vendieron dos pinturas. A pesar de que Aurora procuraba disimular su desengaño, no podía esconder del todo su malhumor por haber ido a exponer, según decía, en una cueva de gente anclada en los principios y gustos estéticos del siglo XIX. Su único consuelo eran los artículos cortos pero elogiosos que habían aparecido en los periódicos La Publicidad y La Voz de Catalunya y en la revista De aquí y de Allá, de Barcelona. La crónica que había salido en El Eco de Sitges, firmada por Sebastián Barrufet, donde el periodista procuraba nadar y guardar la ropa, dejando constancia de una fría y una caliente, la irritó particularmente a causa de la indefinición del cronista. Pero el enojo de Aurora topaba con la imperturbable ironía del tío, delante la cual el desencanto de la tía acababa en nada, a menudo con una risa sardónica. “El arte – no paraba de repetir Daniel – no tiene atajos.” Después de la noche de la confesión en la playa, Aurora y yo no volvimos a hablar de los hechos del Titanic. El acto de explicarlo había sido para mí, como una catarsis, como si hubiese vomitado toda la bilis que me había envenenado la sangre durante muchos años. Había salido dolorido físicamente, como si hubiese recibido una paliza pero entonces me sentía aligerado por dentro, liberado de un pasado que me atenazaba. Pero al mismo tiempo no podía dejar de sentir una inmensa tristeza por aquel niño de seis años que en un momento de ofuscación había decidido el destino de tres personas. Era consciente que el Edmundo de seis años era y no era yo. Sentía como si el tiempo transcurrido desde entonces y todo el dolor que había tenido que soportar hubiese sido un precio suficientemente alto que me desligaba de toda culpa. No obstante esto, experimentaba una gran pena por la inconsciencia de aquella criatura. Desde la vuelta a Barcelona, el tío Daniel se mostraba más taciturno de lo que era habitual, aunque el no era una persona de conversación fácil. El asesinato de Guillermo y las repercusiones que había tenido en el abuelo Jacob le preocupaban, a pesar de que – sobretodo delante de mí – procuraba evitar hacer cualquier referencia Le inquietaba también la situación política del país, con un gobierno débil en Madrid, con el expediente Picasso que reclamaba responsabilidades políticas y militares por el desastre de Annual, en pleno conflicto con Marruecos, y la sangría que se producía en Barcelona a causa de la lucha social. El abuelo le había hablado del ruido de sables que se estaba produciendo en las capitales de las principales ciudades de España, cosa que si se llegase a materializar haría peligrar la política autonomista de la Mancomunidad, que era vista por la monarquía con recelo, sino con hostilidad. Las preocupaciones del tío añadidas al desencanto de Aurora provocaban en la casa del Vinyet una cierta atonía, un dejar pasar las horas con desmayo, aunque los últimos días de agosto fuesen los más luminosos de la temporada y que las noches rebosantes de estrellas apareciesen como las más mágicas del año. Todo junto producía un estado general de melancolía, del que yo tampoco me escapaba, inmerso como estaba en mis propias cavilaciones. Los tres, por razones diferentes, parecíamos convalecientes de una extraña enfermedad del espíritu. A efectos prácticos, continuábamos haciendo la vida de siempre con la sola variante que el tío y Aurora no escondían que dormían juntos. Tal vez habían observado que yo lo sabía y habían decidido dejar de hacer comedia delante de mí – en público no se cogían nunca del brazo si le enlazaban las manos – aunque tampoco creyeron nunca necesario darme ningún tipo de explicación. A veces pensaba que Daniel y Aurora habrían podido ser perfectamente mis padres. Me recreaba pensando que si hubiese sido su hijo mi vida habría discurrido por caminos bien distintos. Pero era sueños súbitos, fugaces, de los que me despertaba pronto. A Aurora la veía como la persona más próxima a una madre, de hecho, la única que había tenido los últimos once años de mi vida. Ella había sido mi puerto de salvación desde que vino el abuelo Jacob a recogerme al hospital inglés donde fui a parar después del rescate de los náufragos del Titanic. A partir de que momento siempre había estaco a mi lado y tenía la seguridad que aún lo estaba, aunque ya estaba a punto de entrar en


la edad adulta y que la confusión y la enfermedad empezasen a quedarse atrás. Que la viese, pues, como una madre no tenía nada de extraño ni de contranatural. Con el tío Daniel la cosa era bien diferente. Formaba parte de mi panorama familiar, pero sin el relieve del abuelo Jacob ni la presencia misteriosa y siempre inquietante de la abuela, o de la bisabuela Esther. En cierta manera me era más próxima la figura de Guillermo que la suya. Tal vez lo hacía la tímida reserva del tío, su carácter de hombre aislado y solitario, que entraba y salía de la casa de las encinas sin decirme nunca nada. Hasta que no fui a trabajar con el, raramente me había dirigido la palabra. Para mi era un pariente lejano y si ahora le descubría, lo hacía con cierta sorpresa, porque nunca me habría imaginado que el respetable abogado Daniel Menajan, diputado provincial de la Mancomunidad de Cataluña, miembro distinguido de la Liga Regionalista, fuese capaz de ponerse un delantal y cocinar una cena, canturrear un cuplé – se sabía un montón, desde La Violetera, a Los tres tombs, desde El relicario a Remena nena – o hacer comentarios irónicos y divertidos con un gran sentido del humor. Pero como un padre no me lo podía imaginar. Padre había tenido uno, que había desaparecido en las frías aguas del Atlántico. Su contradictoria figura continuaba desdibujada en la niebla de los recuerdos lejanos y de todo lo que me habían explicado de el. No tenía duda alguna de que Jonatan Menajan, mi progenitor no había sido una persona modélica. Era exaltado, enérgico, temperamental, mujeriego, turbulento, tronera y un poco pincho, como tantos jóvenes de su generación. Pero para mí, también, era el compañero admirado que me subía a horcajadas y galopaba como un caballo desbocado por el jardín de la casa. La última imagen más nítida que guardo de el es la del hombre que dispara desde la borda de cubierta y, que después de abatir una paloma, me lleva a tomar un refresco al café parisino del barco con tal de celebrar su puntería. El Jonatan del Titanic – amable, simpático, paciente ante mis constantes preguntas – se opone como la noche al día al hombre que hacía llorar a mi madre y que presumía de haber roto más de un corazón. El episodio de la Clara Tarrida y el ataque a la tía Aurora se alzaban como un sol negro en la vida de Jonatan, aunque no podía dejar de pensar en la responsabilidad del abuelo Jacob en los dos casos. Respecto a mi padre, he de confesar que me movía entre sentimientos contradictorios de rechazo y de amor. Regina y las gemelas ocupaban otro sector de mi consciencia. Su evocación, su recuerdo, siempre iba acompañado del sentimiento de culpa, un rau-rau en medio del corazón que, a pesar de todas las incertidumbres, me desasosegaba. A mi madre la había querido, y mucho, no tenía la menor duda, aunque tuviese la impresión de que mi amor no había sido correspondido a causa de las gemelas. Esta era una idea enquistada como un tumor en mi conciencia. Tenía la convicción que Ariadna y Judit, mis hermanas, me habían robado a mi madre y me resistía a pensar de otra manera, porque reconocer que estaba en un error era tanto arrebatar de las manos del pequeño Edmundo la única justificación de su acto. Pero en el transcurso de las meditaciones nocturnas de los últimos días no descartaba que el niño de seis años del Titanic estuviese equivocado y que su madre y sus hermanas hubiesen sido víctimas – si realmente lo fueron – de un lamentable malentendido. La culpa es un sentimiento muy persistente y destructivo. En mi caso, sino me aniquiló totalmente casi lo consiguió porque, desde la noche del 14 de abril de 1912, he vivido enredado en su red hasta que once años después he empezado a librarme. Toda culpa comporta su castigo y en mi caso no ha sido una excepción. A lo largo de los años les sufrido el castigo en mi propia carne, una penitencia que me había llevado a las puertas de la locura, de la cual, me parece he escapado. Psicosis traumática ha sido uno de los nombres que los médicos pusieron a mi enfermedad de los nervios. Un suplicio que me ha acompañado día y noche mientras he ido creciendo. Creo que si el Edmundo de seis años contrajo una deuda, a estas horas la he pagado con creces. La otra noche en la playa del Vinyet, dentro del mar, la vida o el destino decretó que la condena había sido cumplida y que el delito había prescrito. Nadie puede vivir eternamente en la culpa y menos aún por una falta o pecado cometido cuando no está en posesión de la plena conciencia. Este pensamiento y otros parecidos aparecen como una ayuda y un consuelo, porque nada de lo que haga podrá nunca borrar aquello que fue el pasado, un pasado que he recuperado – me digo – no para atormentarme más, sino para aceptarlo e integrarlo en mi vida futura. El otro día, Aurora comentaba que la suerte o la desgracia de la obra de un artista están determinadas por el destino, con independencia del talento que el creador pueda tener. Era un pensamiento que la tía Aurora formulaba ante el fracaso de su exposición, que esgrimía, resignada, refiriéndose a la mala acogida que los pintores impresionistas tuvieron en su tiempo. Sentirse poco o muy incomprendida era una idea que la consolaba. El destino, en efecto, tiene una importancia capital en la vida de las personas, sean artistas o no. Podría decir que mi vida hasta ahora ha estado determinada por un destino adverso, por una estrella negra. Pero no sabría quejarme porque el azar o la providencia me ha hecho como soy y la suerte, buena o mala, todavía no ha dicho su última palabra. Según como se mire, alguien podría decir que he sido desventurado, que mi particular destino lleva una huella fatídica, pero a los diecisiete años – me digo – aún no he extendido las alas. Según la abuela Esther, pesa sobre las espaldas de los Menajan una maldición. Aunque no pueda renunciar a la herencia de la sangre, me da la impresión que tampoco es cierto que tenga que esperar, paciente e insensible, la otra cara de la desgracia. No se si el abuelo Jacob es tributario del mal paso que hace más de un siglo dio su padre Israel separándose de su pueblo y de su fe. Desde entonces se han sucedido tres generaciones de Menajan, pero si me remito a la sangra, me doy cuenta de que, por vía materna soy tan vasco como mi abuelo Izalburu, y que mi padre compartía la estirpe de los Menajan con la de los Coll, la familia catalana de su madre. La herencia del dinero, como la de la


sangre, constituye un patrimonio que hay que aceptar con tal de disfrutarlo o sufrirlo. Nada me obliga a aceptar lo uno o lo otro. Bien mirado, si soy sincero conmigo mismo, me digo que estoy más próximo a la rama de los Izalburu que a la de los Menajan. Incluso me siento más cercano a Pedro Tarrida, mi medio hermano, que al tío Daniel. Pero nada de todo esto está nada claro. Durante muchos años no he sabido quien era, con que ladrillos se había construido mi identidad. Ahora, a finales de agosto de 1923, se inequívocamente de donde procedo y he dejado de ser un Jonás que surge de las entrañas del mar. He recuperado el fragmento de memoria que me faltaba. La casa de las encinas, con todo lo que representa, ha sido la jaula donde mi alma herida ha recuperado las fuerzas y desde donde he entrevisto el mundo real, tan rico y complejo como el que había vivido antaño entre sueños, apariciones, voces, presencias ominosas y mucho dolor. Todo fluye, todo cambia. Tengo un nombre y tengo un pasado, esto es incuestionable. ¿Pero quien soy? Izalburu, Coll, Menajan, son identidades que, reunidas, me conforman como los colores, la tela y el trazo del artista configuran una pintura. Pero nada de todo esto no es una verdad absoluta, porque tengo la intuición de que hay algo en mí que no debo a los otros, que me pertenece en exclusiva y que no comparto con ninguno. Es esta certeza lo que hace ser un hombre libre. Estos días he pensado mucho en la abuela Esther. He reflexionado porque me ha parecido que su destino es el más trágico de la familia. Su extrema longevidad – tiene más de noventa y cinco años – la ha convertido en testigo de la apostasía de los Menajan, de la deserción de la fe y de la raza. He reencontrado su voz resquebrajada, sus ojillos de halcón, sus manos resecas como sarmientos, como si viniesen de muy lejos, de la judería de su Varsovia natal, de la casa de su padre, Isaac Bashevis Kletzkin, discípulo de Israel Baal Shem Tov, hombre santo y sabio entre su pueblo. Su condición de mujer la obligó a ir a remolque de su marido, el renegado Israel Menéjem convertido en Stefan Menajan, y después de su hijo Jacob, educado en la iglesia católica que acabó arrastrándola a Barcelona, ciudad tumultuosa que los anarquistas habían bautizado como Rosa de Foc. Pero la abuela Esther a pesar de su romería por Hamburgo, Estrasburgo y Barcelona, no ha dejado nunca de ser aquella jovencita judía de Polonia, educada en el jéder y en la Ieshivà donde aprendió los principios de la ley judaica. Después de habitar durante veintitrés años en la casa de las encinas, sin salir del perímetro de la finca, ha sido la única persona que se ha mantenido fiel a sus orígenes, temerosa de Jahvè y ligada a la ancestral piedad de su pueblo. La abuela Esther, lo quiera o no, es el eslabón que me une a la tradición judía, de la cual no conozco casi nada, pero que la voz del instinto me dice que forma parte de mi identidad. De alguna manera, yo también soy un miembro de la diáspora de este pueblo, elegido y maldito al mismo tiempo, de Israel. Últimamente pensaba que el hombre es fruto de su pasado histórico y personal. Todos venimos de un sitio u otro, como el río que se forma a partir de diversos afluentes. Pero, contrariamente al río que se funde inexorable en el mar, el hombre dispone de la posibilidad de configurar su propio futuro, incluso de remontar hasta sus orígenes, hasta el manantial de donde nace el agua primigenia. Solamente la muerte establece el límite, porque solo la extinción de la vida extermina las posibilidades de lo venidero. Mientras el corazón lata y los ojos miren la línea imaginaria del horizonte, todo es posible todavía. Lo mismo da que sea el azar, el destino o la divina providencia aquello que gobierna los pasos del hombre, porque ignorando hacia donde los conducen los dioses, en el caso que los haya, el ser humano dispone de la libertad suprema, como el poeta que con la magia de las palabras concluye un poema. Me da la impresión que estos días de verano, en Sitges, delante del mar que ha dejado de ser tenebroso, he llegado al final de una etapa de mi vida donde mi pasado y mi presente se han abrazado y donde, a partir de ahora, todo es futuro. Vuelvo a estar en la casa de las encinas. Cuando hemos llegado en el coche de Daniel, un hombre armado con una tercerola nos ha abierto la puerta enrejada y ha hecho una salutación militar en el momento en que el Hispano-Suiza pasaba delante de el. La tía Aurora no ha podido resistir el comentario de que “a los somatenes les gustaba jugar a los soldados”. He subido la maleta a mi habitación y me he reunido con Daniel y Aurora que estaban en el estudio del abuelo Jacob. He encontrado al abuelo distendido, sentado en su silla de ruedas, detrás de su escritorio, con la barba bien recortada y casi negra que hacía resaltar la palidez de su rostro de pergamino envejecido. Sino hubiese sido por el temblor de su mano izquierda, nadie habría dicho que el abuelo Jacob tiene setenta y siete años. Aurora le explicaba el “fracaso” de su exposición, pero lo hacía sonriente, como si los tres días pasados desde la clausura le permitiesen mirarse la exhibición con cierto distanciamiento irónico. “A vos tampoco os habría gustado”, concluyó ella, como un desafío. El abuelo, como sino tuviese otra preocupación, remacho el clavo con un “no lo dudo”. “Los jóvenes – añadió – cada día me desconciertan más”. Entonces el abuelo les pidió que se quedasen a comer, cosa que hicimos al cabo de cinco cuartos de hora en el comedor grande donde los hombres del somaten habían bajado al abuelo en brazos. En la comida no se ha hablado de política ni se ha hecho ninguna referencia al asesinato de Guillermo, aunque la presencia de los dos hombres con carabina – se llaman Esteban y Delfí – ponía de manifiesto su ausencia. El abuelo se ha hecho explicar con todo detalle la vida que hemos llevado en Sitges, población – nos ha dicho – que visitó con su mujer, en 1875, mucho antes que las Fiestas Modernistas de Santiago Rusiñol la pusiesen de moda. Ha añadido que la Pilar Coll se resistió a ir porque no quería dejar al pequeño Daniel solo con la institutriz. La mención de la nodriza ha provocado la intervención irónica del tío, el cual, después de hacer ver que protestaba por la leche espúrea que había mamado, ha dicho que “ahora se explicaba de donde le venía su catalanismo”. El abuelo le ha seguido la corriente y ha acabado explicando que la nodriza se la había proporcionado en canónigo Orriols, administrador del Hospital de la Santa Cruz y San Pablo, hija de una de las amas de cría habituales de los expósitos del hospital. Por lo que respecta a


la catalanidad de la chica, ha añadido que procedía de Argentona y que era incapaz de expresarse en castellano. Por primera vez he tenido la impresión que constituíamos una verdadera familia. Me he encontrado a la abuela Esther sentada en el balancín de junco con una manta sobre las piernas y la mirada perdida más allá del ventanal. La hermana María, cada día más envejecida, cabeceaba en su rincón de siempre, con las gafas sobre la nariz y una novela forrada con papel azul sobre la falda. Me he sentado al lado de la abuela y la he cogido la mano. “Aquel ya no está”, me ha dicho. He supuesto que se refería a Guillermo, pero no h añadido nada más hasta al cabo de un largo rato, cuando con los ojos cerrados ha dicho: “Todavía hemos de ver muchas más desgracias”. A media tarde, Daniel y Aurora se ha ido a Barcelona y me he quedado solo en la pérgola viendo como el día languidecía y un mirlo solitario gorjeaba ante la puesta de sol. El día después del once de setiembre, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, dio a conocer un manifiesto contra los profesionales de la política que provocó la caída del gobierno e hizo que el rey Alfonso XIII le llamase a Madrid donde el general rebelde nombró un Directorio militar que asumía las funciones gubernamentales. Fueron tres días que se vivieron con una gran tensión tanto en la casa de las encinas como en el despacho del tío Daniel, del Paseo de Gracia, por razones totalmente opuestas. El abuelo Jacob tan pronto como tuvo conocimiento del pronunciamiento de Primo de Rivera corrió a enviarle un telegrama de adhesión cuando aún el rey no había mostrado sus intenciones y, por tanto, el destino del general tanto podía ser el gobierno de Madrid como una celda del castillo de Figueres, “¡Ya era hora!”, exclamó el abuelo, según explicaba Emilio, el jardinero, que desde la muerte de Guillermo, le iba a llevar las cartas a Correos. Pero este “ya era hora” cayó en el despacho del tío como un jarro de agua fría, a pesar de que la noticia había estado precedida por un mes largo de rumores cada vez más insistentes. Parece que el tío, desde que había vuelto de Sitges, había hecho una serie de gestiones acerca de los prohombres de su partido con tal de parar el golpe militar, pero confesaba que se había encontrado ante una actitud de indiferencia o de aquiescencia de los principales líderes de la Liga, que aceptaban la posibilidad de una dictadura militar con el pretexto que el ejército limpiaría las calles de la chusma anarquista. Esta suposición fue totalmente confirmada cuando, unos cuantos días después, se supo que el general Martínez Anido había sido nombrado subsecretario del Ministerio de la Gobernación y que el general Miguel Arlegui cogía las riendas de la Dirección General de orden público. Ahora, las dos bestias negras de la CNT tenían la sartén por el mango. Personalmente viví este periodo con una intensidad especial. En el despacho del tío, Ramón y el señor Santvicens tuvieron una trifulca memorable que sino hubiésemos estado presentes la Cristina y yo, tal vez habría acabado mal. Ramón, sin ningún respeto por los cabellos blancos del señor Enrique, le tildó de arrogante y de carca mientras el buenazo señor Santvicens se iba exasperando por los ataques de l joven pasante. Pero lo más dramático era que el abogado Santvicens y el tío Daniel – a quien iban dirigidas indirectamente las diatribas de Ramón – no eran nada partidarios de los militares, por más que hubiesen contado con la complicidad tácita de algunos sectores influyentes de la Liga Regionalista. En cambio, en la casa de las encinas, tuve que escuchar una larga reflexión del abuelo sobre los apuros de la democracia, la nula preparación política del pueblo español, la debilidad del Estado ante las tendencias disgregadoras de las provincias catalanas, el mal ejemplo de las cuales se extendía a las Vascongadas, Galicia, incluso Andalucía. “Si no hay orden – decía – no puede haber libertad” “Esto no es Inglaterra ni Francia donde la monarquía constitucional y la república no les ha hecho perder el sentido común”. Y todo junto a constantes referencias a la república de Weimar, que llevó a Alemania al desastre, y sobre la cual yo no sabía nada. Pero la persona que más me impactó aquellos días fue Pedro Tarrida, que el mismo día 14 me vino a esperar a la salida del despacho. Bajamos por el Paseo de Gracia hasta la plaza de Cataluña, donde nos sentamos en un banco ya que Pedro me manifestó que no era muy seguro ir a ningún café porque los de la CNT esperaban que de un momento a otro la policía empezase a detener gente en una batida general. “Se acercan malos tiempos”, dijo, y me explicó su proyecto de atravesar la frontera cuanto antes mejor. Estuvimos hablando más de dos horas seguidas sobre sus planes, el futuro del país y la responsabilidad de cada uno en aquellas horas cruciales. Su argumento básico era que el gobierno de los militares comportaría una represión brutal contra las izquierdas y, no es necesario decirlo, contra los sindicalistas, a quien querrían exterminar. Afirmaba que las posiciones contemporizadoras, las actitudes medias tintas habían perdido el tren de la historia y que la fractura social y política que se acababa de producir aclararía el panorama de una manera nítida e inequívoca. La frase final, que repitió como una tonada, fue: “O estás con tu abuelo o estás conmigo” Mucho antes de decir a Pedro que me iría con el supe la decisión que tomaría Fue como si se abriese una puerta en mi interior y que una fuerza más fuerte que yo me empujase a cruzarla Esperé las veinticuatro de término que Pedro marcó y a la mañana siguiente, sentados en el mismo banco de la tarde anterior, le comuniqué mi decisión de acompañarlo. Aunque formalmente no me despedí del abuelo Jacob y del tío Daniel, de hecho le dije adiós de manera vicaria a través de la tía Aurora. La había ido a ver a su estudio de la calle del Call y me la encontré sentada delante de una veintena de sus pinturas, colgadas en la pared una al lado de la otra. Estaba a caballo en una silla con los brazos apoyados en el respaldo con el mentón reposando sobre sus puños. “¿A ti que te parecen”, me preguntó y contestándose ella misma, añadió: “Un poco de Picasso, un poco de Braque, un poco de Gris, y de la Izalburu que


hay?” Y sin responderse se volvió y me miró con una sonrisa triste como si hubiese descubierto alguna cosa en sus telas de la cual era mejor no hablar. A la mujer que me había hecho de madre sin serlo, a quien había confiado mis recuerdos dolorosos del Titanic, me fue relativamente fácil explicarle el proyecto de marchar a Francia con Pedro – “Nos estaremos tres meses”, improvisé – y las razones que me empujaban, Contrariamente a lo que me esperaba, la tía Aurora no puso ninguna objeción a mi viaje, como si le hubiese hablado de irme unos días de vacaciones, como si mi decisión formase parte de proceso de crecimiento – cosa que lo era – y que al cabo de unos cuantos días o de unas cuantas semanas volvería a estar en la casa de las encinas. “Tal vez nos encontremos en París”, fue su único comentario. Con la promesa de que la escribiría y que ella hablaría con el tío Daniel para que este se lo dijese al abuelo, nos despedimos con un abrazo en el centro de la sala, en medio de las pinturas, que tuve la impresión que contemplaban la escena con una sonrisa compasiva. El mismo día, después de cenar entré en la habitación de la abuela Esther. Estaba en la cama, reclinada sobre cojines con los ojos cerrados. Me senté en la butaca de Sor María del lado de la cama desde donde, seguramente, le había leído un fragmento de Los Tres Mosqueteros, que reposaba sobre la mesilla de noche. Le había cogido la mano, pero no nos habíamos dicho nada. Ella musitó mi nombre sin abrir los ojos y me oprimió los dedos con una fuerza insólita, como un adiós concentrado en su mano nervuda y seca, frágil y vigorosa a un tiempo. Le hice la amistad como de niño me habían enseñado a hacer con las personas de respeto. Tuve conciencia que era la primera vez que mis labios tocaban su piel y la emoción del momento – extraño y mágico – me hizo venir lágrimas en los ojos. La mañana el dí 17 de septiembre de 1923, con un viejo Ford del años 1912, “prestado” en Valencia, emprendí el viaje hacia la frontera con Pedro Tarrida, Víctor Juncosa y un compañero que se llamaba Jaime. En el momento en que Víctor Juncosa ponía el coche en marcha, quise volver a recordar los últimos momentos a bordo del Titanic. Cuando me desasí de la mano de la consternada señora Piñón y corrí tras mi madre y mis hermanas que habían bajado a la cabina a recoger la bolsa de las joyas, me encontré en el pasillo B de primera clase casi a oscuras, tenuemente iluminado por las luces de emergencia. La zona estaba extrañamente silenciosa cuando sentí como una bofetada en la cara la voz de Judit que llamaba a Ariadna. Aquella voz chillona, que tantas veces me había humillado y que yo odiaba, me inspiró la diabólica idea de encerrar a las gemelas en la cabina. Edmundo, aquel niño de seis años, que en ningún momento pensó en su madre, como si se tratase de una travesura, pero cegado por los celos, hizo girar llave de la cerradura de la puerta de la cabina y de una carrera volví a cubierta con el victorioso sentimiento de la venganza cumplida. Cuando el Ford arrancaba vi a Roque que me miraba serio desde la otra acera de la calle, a la altura del coche. Su presencia me hizo rememorar su último servicio, las palabras que me dijo en Sitges la mañana de haber recuperado la memoria. Me hizo notar que en el Titanic el Edmundo solo había cerrado una de las puertas de la doble cabina y que no había manera de saber si la otra puerta, la de la cabina donde dormían mis padres, estaba abierta o cerrada. La posibilidad de que una de las puertas hubiese quedado abierta presentaba la incógnita sobre lo que realmente había acabado pasando con la madre y las gemelas. Este hecho abría un amino de incertidumbres, un ramal del cual, en cierta manera, me liberaba de la responsabilidad de su muerte. La opinión de Roque era que yo había asumido una culpa que no me correspondía, que había cargado sobre mis tiernas espaldas una falta solo imaginaria pero que, de hecho, no había cometido, de la misma manera que yo no había tenido ninguna intervención en la desaparición de mi padre. El coche se había puesto en marcha. Roque continuaba plantado en la acera sin decir nada, solamente me miraba. Su mirada era oscura, triste vacía de la chispa burlona que a menudo le iluminaba los ojos. Tenía conciencia que era la última vez que le veía, sabía que su figura se fundiría en la nada tan pronto dejase de mirarlo. Me costó girar la vista pero finalmente lo hice. Antes de que el Ford doblase por la primera esquina hice una última mirad al lugar donde estaba mi amigo. Roque había desaparecido para siempre. Diciembre del 2002 Termino la traducción las dos de la madrugada del dia 20 de Enero del 2020.

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Rosa de fuego  

La casa de las encinas se inauguró el primer día de siglo. El abuelo quiso hacer una fiesta para despedir al siglo XIX

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