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QUIENES FUIMOS Lolita Bosch Traducció personal d’en Guillem de Castro

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En el tiempo de abrir y cerrar los ojos puede borrarse todo lo que contiene la memoria humana. Cuando alguien dice “Ah, sí, ya me acuerdo” puedes dar por hecho que está empezando a inventar. El instinto para explicar historias está en el mismo rincón de la médula que el instinto de reproducción de las especies. JOYCE CAROL OATES

Hoy he soñado esto: G no me quería y yo me sentía sola. Pero, además, G insistía en que yo lo supiese: no te quiero, no te quiero, no te quiero. Quienes fuimos. Somos lo que fuimos. Y quienes fuimos ha hecho cosas imprevistas, como ahora tomar decisiones que no sabía tomar o quedarse a compartir una convivencia, a veces, demasiado dolorosa. Aunque hay quien se atreve a afirmar. Sin pudor, que el amor es así, y que para aprenderlo hay que vivirlo de esta manera tan intensa. Aunque yo solo puedo decir que ahora se cuando dudo de mi criterio para entender lo que tengo derecho a sufrir y lo que no. Y que tan solo tengo la sensación de saber esto. Mi ciudad de origen, un día muy caluroso del año 2004. Los meses de sol del año 2004 pasaron dos cosas que desembocaron en este libro. La primera


fue cuando la madrugada del treinta y uno de mayo, unos minutos antes de la una, decidí llamar a alguien con quien no hablaba desde hacia cinco años. La otra fue una conversación que mantuve con un editor a quien nunca había visto. Después de leer unos textos que le había enviado, me sugirió que escribiese sobre el fracaso de un sueño. Y me puso el ejemplo, fallido, Lolita, lo se, pero a mano, de alguien que crece deseando ser un gran jugador de futbol pero que nunca lo consigue. Y yo, a veces, sospecho que quise mantener una segunda relación con G para entender el sentimiento de aquel hipotético jugador fallido, Lolita, lo se, pero a mano. Aunque probablemente no fuese así. No obstante la verdad es que probar de darte a entender para no hacer daño puede resultar una experiencia agotadora. Y efectivamente lo es. Este libro es para ti, para mí. Para todos nosotros. Si es o no es, en la época en que me refalaron un cachorro, mi amiga Elena me convenció para que la acompañase a una lectura del tarot. Pasábamos un verano frío y en la ciudad todos íbamos con manga larga. La lectora de cartas llevaba una bata azul de cuello alto y llevaba un peinado impecable. Era una mujer de una dulzura extraña. Ruda, tierna, sincera. Yo acababa de separarme de G y quería correr hacia delante. Tenía miedo. Estaba sola. Y siempre he


sospechado que aquella mujer supo interpretar eso, solo eso. Y que por sta única razón me dijo exactamente lo que yo necesitaba oír para no pararme, perdida, a mirar atrás: hasta este momento, has vivido a la deriva. Me lo dijo en pasado: Has vivido. La lectora de cartas murió el invierno pasado después de haber despedido de mi amiga Elena, y mi perro ha hecho cinco años este verano. Y yo, ahora veo cuanto tiempo he tardado en entender algunas cosas. Y, a pesar de que ya no necesito pararme a mirar atrás de una manera forzada, pienso que la lectora de cartas me habló a deshora. Que tal vez supo que se moriría antes de poderme decir la verdad en el momento preciso y no quiso perder la oportunidad. Su percepción era cierta, pero han tenido que transcurrir cinco años para que yo me atreviese a decírmelo en pasado: Hasta ayer, viví siempre a la deriva. Hoy ya no. Hoy, misteriosamente, todo se ha acabado. Fuimos otra persona. Tú y yo no fuimos los que ahora ven los otros. Sino dos personas diferentes. O una, tal vez una sola. No lo se. Pero sin duda ya no somos lo que fuimos. Y, al final, he descubierto por qué. Los que fuimos tenían otras cosas y conocía a otra gente. Y aunque cueste entender que ya no está pero que no se ha ido, los dos sabemos que lo que fuimos


tenían pocos objetos, algunos amigos y ningún perro. No creía en muchas cosas, pero aún así lo que fuimos poseía una profunda e indestructible fe que hoy ha perdido. Aunque hay algunas trazas que lo que fuimos todavía conserva. Y uno de ellos es aquella extraña convicción que la gente es capaz de comprenderlo todo si se lo explica a los otros. Y esto probablemente sea porque los que fuimos y quien smos comparten la contradicción. Porque no se les ocurre otra manera de salir del mundo. Y eso que nosotros, que fuimos, éramos tantos… Al fin llegó la noche con sus largos silencios, Con las húmedas sombras que todo lo amortigua. El más ligero ruido crece de pronto y, luego, Muere sin agonía. El oído se aguza para ensartar un eco Lejano, o el rumor de unas voces que dejan, Al pasar, una huella de vocales perdidas. ¡Al fin llegó la noche tendiendo cenicientas Alfombras, apagando luces, ventanas últimas! Porque el silencio alarga lentas manos de sombra. La sombra es silenciosa, tanto que no sabemos Donde empieza o acaba, ni si empieza o acaba. Y es inútil que encienda a mi lado una lámpara:


La luz hace más honda la mina del silencio Y por ella desciendo, inmóvil, de mi mismo. Al fin llegó la noche a despertar palabras Ajenas, desusadas, propias, desvanecidas; Tinieblas, corazón, misterio, plenilunio… ¡Al fin llegó la noche, la soledad, la espera! Porque la noches es siempre el mar de un sueño antiguo, De un sueño hueco y frío en el que ya no queda Del mar sino los restos de un naufragio de olvidos. Porque la noche arrastra en su baja marea Memorias angustiosas, temores congelados, La sed de algo que, trémulos, apuramos un día, Y la amargura de lo que ya no recordamos. ¡Al fin llegó la noche a inundar mis oídos Con una silenciosa marca inesperada, A poner en mis ojos unos párpados muertos, A dejar en mis manos un mensaje vacío! 1 El año 1996 recordé un episodio violento que había vivido en la infancia, unos quince años atrás. En aquel tiempo compartía piso en Ciudad de Méjico con una amiga y hacía diez meses que mantenía una


extraordinaria relación con alguien que se llamaba G. Cuando recordé aquel episodio estaba sola en casa, a pesar de tener la sensación de estar con alguien más. Tardé unas dos o tres horas en reunirme con G. No puedo precisarlo con exactitud. Recuerdo que le llamé para explicarle lo que había pasado y G, como había hecho otras veces, me dijo que me esperaría a la salida del metro. Creo que aún no había entendido la magnitud de lo que nos estaba sucediendo. Y probablemente yo tampoco. Era un verano frío, oscuro, como tantos otros estíos de la ciudad, y cuando salí de casa, hacia las siete de la tarde, tuve la sensación que aquel momento no acabaría nunca más. Caminé, como si pudiese escuchar mis pasos por encima de cualquier otro sonido que se estuviese produciendo en el mundo, mientras apretaba en mi mano izquierda la navaja suiza que le había regalado a mi padre unos años atrás y que por alguna extraña razón había vuelto a mi poder y nos había hecho deducir, a los dos, que en realidad era yo quien debía de tenerla. Antes de cerrar la puerta de casa para ir hacia el metro, desplegué la hoja más pequeña de la navaja y la oprimí con fuerza contra la palma de mi mano izquierda. Después bajé cuatro pisos a pie. No volvería a hacer servir un ascensor hasta al cabo de muchos, muchos meses; a pesar de que en aquel momento no podía predecirlo y por tanto no lo pensé. Escuché mis pasos y su sonido, pero corrí en la dirección contraria. Y durante todo el camino


seguí apretando abierta en la palma de mi mano izquierda. Me lo advirtió G cuando nos encontramos a la salida del metro: ¡tienes los dedos rígidos! Y sí. Abrí la mano y el me limpió la sangre con un pañuelo de bolsillo y guardó la navaja cerrada con una pose condescendiente, como se le quitaría un encendedor a una niña pequeña que no sabe lo que es el fuego perdonando la inconsciencia, como si G todavía fuese capaz de encontrar en mi miedo una ternura que yo ya no era capaz de ver. Fuimos caminando hasta una cafetería que no estaba muy lejos. Uno de los hermanos de G nos esperaba con su mujer y estuvimos con ellos un par de horas. Soy incapaz de recordar de que hablamos, pero se que yo tenía una expresión tensa y que, a duras penas, dije nada. Hasta que me apeteció un café y le dije alguna cosa al camarero en un tono intempestivo que hizo que mis compañeros de mesa se volviesen a mirarme. Había llegado el momento que yo estaba esperando: mi cuñada me preguntó que me pasaba y le contesté, con la intención de que todos se enterasen, que G se enterase, que me estaba muriendo. Aquella noche fue eterna. La siguiente la pasamos con otro de los hermanos de G en una hamburguesería que acababan de abrir al lado de mi casa. Un lugar aséptico, blanco, con asientos nuevos y la forma de un castillo medieval. G había llamado a su hermano por la mañana para decirle que no sabía como tenía que reaccionar a lo


que nos pasaba, y el y su chica, mi amiga Elena, propusieron de ir a cenar juntos. Yo acepté pero con la condición de que comiésemos en aquel lugar. No quise ir a ningún otro sitio. Y cuando les expliqué a los dos lo que había recordado, Elena me quiso abrazar y el hermano de G salió al jardín del castillo y empezó a llorar al lado de los juegos infantiles. ¿No prefieres llorar dentro?, le pregunté. Esto es un castillo, aquí la gente puede llorar porque se siente segura. Pero no me dijo nada. Y al cabo de un rato nos dejó a G y a mí en la entrada del conjunto de edificios donde yo compartía piso con una amiga. Cuando estábamos a punto de llegar a mi portería, a G y a mí nos acorraló un chico joven que empuñaba una botella de cerveza de litro partida por la mitad. Quería atracarnos y yo me asusté. No nos hagas daño, le pedí. ¿Por qué? Me preguntó. Y yo le dije porque venimos de un entierro. ¿Quién se ha muerto? Y yo quise decir que yo pero dije mi suegra. Y el chico joven tiró la botella partida por la mitad en un parterre, me abrazó, y nos acompañó a G y a mí hasta la puerta de entrada de mi edificio y esperó hasta que estuvimos dentro. Cuídala, le gritó a G antes de irse. No volví a salir de noche durante mucho, mucho tiempo. Y tardé siete meses en coger el sueño unas horas seguidas. Pero ya no estaba sola. G solo había vuelto a irse en una ocasión: a la mañana siguiente, cuando se llevó una de mis maletas vacías, un hatillo del ejército norteamericano de segunda mano que yo


había comprado hacía años en una tienda del ejército de salvación de San Francisco y que llevaba impreso el nombre de un soldado que yo siempre había pensado que era mejicano. G se fue a su casa, lleno el hatillo del ejército norteamericano con algunas cosas, como los soldados al cabo de tres horas. En punto. Había vuelto para quedarse. Y se quedó casi para siempre. Nos quedamos, porque G y yo nos fuimos solos. Mi compañera de piso con ojos de rinoceronte desconcertado, que me escrutaban cuando me movía silenciosa por las noches intentando ver cosas que no veía, buscó a alguien a quien alquilarle mi habitación. Y yo me fui con G, me quedé con G, me puse en sus manos, le escogí a el por encima de todas las demás personas del mundo en las cuales habría podido refugiarme. Y el se quedó conmigo. Casi para siempre. Cinco años, más cinco años más. 2 Cuando era pequeña soñaba a menudo con un dinosaurio diminuto de color verde. Tan diminuto que cabía en la palma de la mano de cualquiera de mis dos manos. Cuando me quedaba dormida, el dinosaurio solía deslizarse silencioso, patas cortas, pasos como si fuesen saltos, por el estante que había al lado de mi cama. Entonces se paraba delante de mi, se volvía y me miraba fijamente. Sin sonreír ni hacer nada.


Pero así y todo me despertaba. Me despertaba cuando se paraba y yo adivinaba que se había deslizado silencioso, paras cortas, pasase como si diese saltos, por el estante que había al lado de mi cama. Entonces se volvía delante de mí, me despertaba sin hacer nada y yo le miraba espantada. Muy asustada. Y tuve miedo de aquel dinosaurio diminuto de color verde que no existía hasta el día que empezamos a hablar y nos hicimos amigos. Lo primero que me explicó fue un viaje que había hecho a Londres con el policía de trapo que colgaba detrás de la puerta de mi habitación y que a mí siempre me había parecido un juguete desamparado. Dinosaurio diminuto y Bobby, el policía inglés, se fueron de excursión a Londres. Cuando me lo decía al dinosaurio parecía que se le escapase una sonrisa vergonzosa e inmediatamente se disculpaba porque no me había traído ningún regalo. Yo pensaba que si lo hubiese hecho le habría enseñado el túnel por el que yo me escabullía del mundo, que estaba detrás del armario de los cubiertos del pasillo, pero que no podía confiar que se olvidaba de mí cuando no me tenía delante. Bueno y esto lo escuchaba con interés, esperando aquella sonrisa con que siempre decía: dinosaurio diminuto y Bobby, el policía inglés, se fueron de excursión a Londres. Me gustaba la expresión de su rostro cuando se escuchaba a el mismo diciéndolo. Y me gustaba su sonrisa. Aunque era una lástima que


no me hubiese traído ningún regalo, porque dinosaurio diminuto y yo nos habríamos divertido dejándonos caer por el armario de los cubiertos. El armario de los cubiertos estaba en uno de los extremos del pasillo central de la casa donde crecí. Tenía una puerta blanca de madera que no cerraba con un ruido hermético, sino como si resbalase, y tres estantes, también de madera, pintados a mano. En el estante de arriba no recuerdo que había porque no llegaba a verlo, en el del medio estaban todos los cubiertos de mi familia (excepto los que se usaban en la cocina), y en el de abajo del todo, casi a nivel del suelo, había un recetario francés de mi madre: unas fichas bastante gruesas, plastificadas y ordenadas en una caja metálica de color naranja. Detrás de aquel recetario había un túnel y aquella era la única puerta que he descubierto hasta ahora para salir del mundo. De este mundo que sorprendentemente es tan de todos. 3 Al dejar el piso que compartía con mi amiga ojos de rinoceronte, G y yo nos instalamos en un pequeño estudio de la Colonia Condesa, un barrio próximo al centro de la ciudad, del cual solo recuerdo la puerta de entrada y el color de las paredes. Solamente eso. He probado de dibujarlo pero soy incapaz de acordarme de nada más.


¿Por qué no pudo volver ahora cuando estuvimos a hacer un trazo? Hace unos días le pregunté a G como era aquel estudio. Dice que tenía dos habitaciones unidas por un arco que tenía con una puerta de madera. Entrando a mano izquierda. No he conseguido recordarlo. He recuperado alguna imagen imprecisa de la cocina. Creo que tenía que agacharme un poco para usarla. Elena me había regalado su cocinita de antes, de cuando no estaba casada: un electrodoméstico de gas de los años cincuenta, con dos fuegos y los bordes redondeados. Ella se había trasladado a vivir con el hermano de G y se habían comprado una nueva. Hablando con G me vino a la memoria otro recuerdo que se me había borrado: el vecino del piso de abajo del estudio donde nos trasladamos. Era un niño de unos nueve años que lloraba mucho. Un niño triste. Yo salía a caminar por la Colonia Condesa para no oírlo llorar desde el otro lado de la ventana que daba su patio, pero enseguida volvía a aquel estudio que recuerdo con trabajo. Me daban miedo las multitudes. Y la ciudad es demasiado grande. Así es que volvía y oía al niño llorar desde el otro lado de la ventana que daba a su patio interior. Pero nunca bajé a preguntarle que le pasaba. Creo que tenía algún problema con su madre. A pesar de que se lo pregunté a G y el tampoco lo recuerda.


Siempre me han gustado mucho los niños. Me siento bien con ellos. Tengo la sensación que hay alguna cosa que conseguimos entender cuando estamos juntos y que, después, al separarnos, se desvanece. Desde que me fui de la Ciudad de Méjico y volví a mi ciudad de origen, he comenzado a escribir literatura infantil. Lo hago como si fuese una fantasía que funciona sola, y también me gusta. A veces pienso que querría explicarle a algún niño aquello del túnel que había en el armario de los cubiertos de la casa donde vivía de pequeña. Y tal vez algún día lo haga. Ahora no. Ahora explico que G me dijo que en aquel estudio al cual nos trasladamos también había un baño muy pequeño donde teníamos que sacarlo todo cuando queríamos ducharnos. Como si fuese un armario: entrábamos, sacábamos las cremas, el papel de water, las toallas, el jabón de mano y los peines, y abríamos la ducha. Entonces se encharcaba el suelo y subía una niebla que hacía tener una leve claustrofobia. Esta era la razón por la cual abríamos la ventana que daba al patio interior de los vecinos. Y por la cual, una mañana, aquel niño triste me vio desnuda. Dos días después le dije a G que ya no podía seguir viviendo allí. Eran unos tiempos muy largos. Los recuerdos de mi infancia estaban siendo demasiado perturbadores, y G y yo no conseguíamos ponernos de acuerdo en nada. Creo que fue entonces la primera vez que nos separamos. Tendría que consultar mis diarios


personales para asegurarme, pero cada vez que lo he probado de hacer, me entra una extraña sensación que me provoca una fuerte impresión sin tener tiempo de preverla y me hace sentir ausente. Me cuesta soportarlo. No me gusta aquella época. Y de todas maneras no creo que la consulta variase demasiado las fechas. Probablemente solo confirmaría que en los días largos en que yo decidí que ya no quería seguir viviendo en aquel estudio de la Colonia Condesa del cual solo recuerdo la puerta de entrada y los colores de las paredes, G se alejó por primera vez. Y quienes fuimos empezó a romperse. 4 Mi perro en realidad no tiene cinco años, sino veintinueve. Cuatro por siete veintiocho, más uno solo que suma el primero: veintinueve. El año que viene hará treinta y seis, y será más viejo que yo. Este hecho siempre me ha parecido fascinante. Y siempre lo menciono, aunque no parece que nadie se sorprenda tanto como se sorprendió G cuando se lo dije: - Es fascinante – me dijo. Y eso era exactamente lo que quería oír. -¿Verdad? – le contesté, coqueta. - Y tanto. Y yo a partir de una frase como esta podría construir una vida. O eso es lo que pienso cuando


pasan cosas así. Pero después la realidad recuerda, martilleando, contundente, precisa, que con frases como esta no se pueden construir vidas. Que no y que basta. Y está claro, yo me hundo con una facilidad fulminante, como si nunca antes no hubiese sabido que hace falta mucho más que esto para construir alguna cosa. - Es fascinante. -¿Verdad? - Y tanto. Que no. Y cuando me hundo yo me espanto, se espanta G y me aferro a lo que fuimos. Porque lo que fuimos creía que esto era posible, a pesar de que la tremenda, contundente, martilleante, precisa e impertinente realidad se entozudase en convencernos de lo contrario. Por eso siempre supongo quienes fuimos era capaz de hacer una cosa como esta. Y por eso también sospecho que yo ya no soy yo. Aunque tampoco no consigo convencerme del todo. Quizá porque no creo que valga la pena. Porque tengo miedo que quienes fuimos haya desaparecido para siempre sin haberse ido. Sospecho que tengo miedo de no entenderlo. Arrepentirme después, años después, una vida después. Después siempre. Si todavía fuese una nena podría quizá pedirle ayuda al dinosaurio diminuto. Tal vez el sabría colarse por las noches en la habitación de G y aclarar que es lo que siente. Dinosaurio y Bobby se


fueron a Londres. Pero hoy ya no. Hoy, que incluso estaría dispuesta a enseñarle a dinosaurio diminuto el túnel del armario de los cubiertos si supiese ayudarme a entender que es lo que nos está pasando. Pienso a menudo en aquel animal, pero nunca he conseguido volver a soñarlo. También recuerdo con frecuencia el armario de los cubiertos y siempre he deseado volver a la casa donde crecí y pedirle a los nuevos propietarios que me dejen recorrerla sola, para volver en mí. Para ir sin decir nada hasta el túnel del armario de los cubiertos y, sospecho, escabullirme. 5 Hacia cinco años que G y yo no nos habíamos visto. Nos separamos dos años después que yo volviese a su ciudad y no habíamos vuelto a coincidir. Hablamos por teléfono un par de veces, pero solo para resolver ciertos asuntos prácticos que tenían que ver con los dos. Después yo supe de el y el supo de mí. Pero dejamos de vernos. En aquellos días mi amiga Elena, su cuñada, me hizo llegar una mochila de color azul en la que estaban todas mis cosas: mis fotografías, mis libros, lis discos, mis cartas. G no quería nada mío, no quería nada de mí, yo me había ido y el se sentía solo, incomprendido, triste. Abandonado. Así que me metió en aquella mochila de color azul y le pidió a Elena que me la devolviese. Hubo algunas cosas que no me


importaron recuperar, pero me dolió encontrar en la mochila una fotografía que le había enviado un par de años atrás y que alguien me había hecho durante una excursión a la nieve. En la fotografía, yo salía con un abrigo rojo con capucha, miraba el suelo y estaba de pie delante de una cabaña de madera. Tenía frío. Y aquella era la fotografía preferida de G. Después del invierno en que le envié a G aquella fotografía, no separamos. Estábamos en mi ciudad de origen pasando unos meses, pero las cosas no fueron como los dos habíamos pensado que fuesen. Así que G decidió subir a un avión y volver a la Ciudad de Méjico solo. Sin mí. Así y todo la noche anterior a su retorno decidimos que no. Que no. Que el se iba y yo me quedaría un tiempo más en mi ciudad de origen, pero que yo también volvería a su ciudad, que volvería con G, que volveríamos a ser quienes fuimos. Y, de madrugada, sin haber dormido, le llevé al aeropuerto. En aquella ocasión también iba vestida de rojo. Ya era verano. Y curiosamente llevaba el mismo vestido holgado que me he puesto hoy para escribir esto. Después que G se fuese, nos escribíamos muchas cartas que nos enviábamos dentro de unos sobres grandes llenos de sellos temáticos. Cosas como de arte, estrellas de cine protección de las aves, petróleo nacional o vestidos típicos. Y yo conservé aquellos sobres durante mucho, mucho tiempo. Hace poco, cuando al cabo de cinco años volví a llamar a G, le hice un álbum. Lo titulé AMOR Y AMISTAD EN


LOS CINES DE MALA REPUTACIÓN, y contiene muchos de nuestros recuerdos. Los que yo guardaba y los que el le había dado a Elena para que me los devolviese dentro de aquella mochila azul. Pero no incluye la fotografía que me hicieron en una excursión a la nieve y que G no había querido quedarse. El álbum, en realidad, es una libreta de contabilidad china atada con un cordón de zapato de color rojo. En la tapa hay un rótulo que dice: AMOR Y AMISTAD EN LOS CINES DE MALA REPUTACIÓN y en la primera página está el dibujo recortado de un corazón que gotea sangre con un lema con letras de fuego: mamacita. Después estamos nosotros, G y yo. Y también lo que fuimos. En el álbum está casi todo. En una acuarela del pintor mejicano Francisco Toledo de 1972 titulada Perro con escoba, aparecen, sobrepuestos los pies de un hombre, un perro que no toca el suelo, una escoba y dos sapos. Y G, hace muchos años me envió una postal de Perro con escoba con este texto: La princesa catalana me dijo que vendría; y aquí estoy esperándola, hecho un sapo, multiplicado por dos. Mientras espero, pendiente, la escoba del patio de atrás me echa el tiempo encima; aunque parece que el perro de los trazos prueba de saber quien es. Amén. Te adora, G.


Y hoy la he encontrado. Uno de los pocos recuerdos que no es en AMOR Y AMISTAD EN LOS CINES DE MALA REPUTACIÓN. Entonces he llamado a G y se la he leído. ¿La puedo poner en mi libro? Sí, me dice. Supongo que sí que puedes. 6 Yo solo he amado así una vez en la vida. A G. Pero hay muchas cosas que he deseado con la misma intensidad. Viajar por el túnel de los cubiertos, por ejemplo. Aquel túnel del estante inferior del armario de los cubiertos se escondía detrás de un recetario francés que mi madre guardaba en una caja metálica de color calabaza. La caja llevaba Elle impresa en letras negras. Y Elle era el nombre de una revista francesa que mi madre leía siempre y que le llegaba por subscripción internacional. G sabe esto, a pesar de que el y yo no compartimos recuerdos de la infancia. Vivimos cosas muy diferentes. Pero le he hablado del túnel del armario de los cubiertos, del dinosaurio diminuto, de Bobby y de su viaje a Londres. Y el me ha hablado de su gato, de la pasión de su padre por los diccionarios (que llamaba tumba-tontos) y de las mujeres de su familia. Porque G creció en una familia de mujeres con un solo hombre: el abuelo.


El abuelo acaba de cumplir 91 años. Es un hombre que camina con la espalda recta, se apoya en un bastón, le gusta hablar y tiene la extraña virtud de recordar otra cosa en todo lo que le explican. El abuelo es un hombre ingenioso que cada mañana, antes de comer cruza a ritmo de bastón la frenética avenida de alta velocidad que hay al lado de su casa y va a la tienda de ultramarinos de la esquina a charlar con la propietaria: una mujer casada. Son amigos y esta es una de sus libertades. La otra es decir siempre lo que piensa. La primera vez que G se fue de fin de semana con unos amigos, por ejemplo, pasó por la casa de su abuelo a despedirse. Cuídate y cuida de las chicas que te acompañan, le dijo el abuelo. Sí, abuelo, debía contestar G dándole un abrazo. Pero cuando salió y subió al coche de sus amigos, el abuelo aún tuvo tiempo de sacar la cabeza por la ventana para darle un último consejo: hijo, le dijo, no pruebes a ser el protagonista, le dijo. Y G se rió y me lo explicó a mí muchos años después. Y cuando los dos se o explicamos al abuelo, el no lo recordaba, aunque esta anécdota le llevó a pensar otras cosas. G es huérfano de padre y tal vez el abuelo se siente más próximo a el por esta razón. A pesar que G y su padre nunca fueron amigos, y la verdad es que no hace mucho que el padre de G murió. Aunque hacía muchos años que no mantenían ninguna relción. No obstante eso, a G le avisaron que se estaba muriendo y quiso despedirse y decirle las mismas verdades


que le habría dicho el abuelo. Puede parecer falta de piedad, porque su padre era un moribundo y porque a veces G actúa como si fuese un hombre duro. Pero lo que G pretendía era es: decirle la verdad a un señor que se estaba muriendo: que había hecho las cosas mal hechas, que no se había comportado correctamente y que, en fin, que tal vez aquella fuese una cosa más, otra, que se interpuso en quienes fuimos y empezamos a romperla. A pesar de que G no lo diría así. El nunca reconocería que la idea abstracta de su padre se inmiscuyó en quienes fuimos, porque G cree que el es capaz de aislar las cosas, las unas y las otras. Pero la verdad es que lo que fuimos no se rompió sola. Porque cuando empezó a romperse, hablaba mucha gente a la vez. Yo me sentí desvalida durante un tiempo, a raíz de aquel episodio que había recordado de mi infancia, y G no pudo hacerlo todo. Así que pedimos ayuda, volvimos a la misma ciudad de origen y nos quedamos durante muchos meses. Sintiéndonos solos, lejos, ajenos y extraños. Porque quienes fuimos no era de aquí, sino de una ciudad donde los veranos son fríos y oscuros. 7 Y aunque los mosquitos vuelen tocando la cornetas, Carecemos del valor de llamarlos arcángeles. Oliverio Girondo


Hay una cosa que G no sabe: mi perro es un xoloescuintle peludo, hijo de xolosescuintles calvos peruanos, unos perros pocos frecuentes que tienen la piel como la de los elefantes. Mi xolosescuintle nació el Iº de agosto de 1999, cinco semanas después que yo me separase de G, y algunos veterinarios aseguran que cuando un xolosescuintle nace peludo, en Méjico, ha de llamarse xoloescuintle tlalxixi. Mi xolosescuintle tlalxixi se ha cruzado tres veces. La primera vez se cruzó con su madre, una xolosescuintle peruana sin piel. El resultado fue un cachorro muy, muy pequeño, de pelo oscuro y fino como mi perro, que nació muerto. La segunda ocasión le busqué una perra como el: una xolosescuintle tlalxixi mejicana, que son muy parecidas a las que hay en Perú, Cuba y Tailandia, los únicos cuatro lugares del mundo donde todavía se conservan los xolosescuintles, que se han mantenido intactos a lo largo de cinco mil años, que ayudaban a parir a las mujeres aztecas yaciendo sobre sus vientres para calentarlas, que fueron los primeros perros domesticados de la historia, los únicos animales que cruzaron el Estrecho de Bering acompañando a los humanos cuando los asiáticos poblaron América, y que hoy son animales protegidos internacionalmente y en grave peligro de extinción. Me costó encontrar una xolosescuintle peluda. Casi no hay. Sobreviven más las calvas, porque las


peludas parecen menos exóticas, valen menos dinero y son más fuertes. Así que los criadores las suelen ahogar al nacer para que no acaparen la leche materna. Pero al final encontré a un veterinario, en la ciudad mejicana de provincias donde yo vivía entonces, que tenía un ejemplar de tres años. Quedé con el que le dejaría mi perro un día entero, a pesar de que lo hice sin demasiadas esperanzas porque en aquella época mi perro no se volvía loco por las hembras. Prefería más los machos. A pesar de eso, y muy sorprendentemente, no hizo falta que pasase la noche fuera de casa. Al mediodía me llamaron para avisarme que ya podía irlo a buscar y pocos días después el mismo veterinario certificó que la perra estaba preñada. Cargada, se dice en Méjico. No obstante eso, y al cabo de unos meses de espera, la perra parió tres animales muy extraños. Casi mitológicos: un perro muerto con un solo ojo, otro perro muerto con el abdomen abierto y un tercero vivo, el único que nació calvo. Y es que ser peludo o calvo, en los xolosescuintles, no es una cuestión de raza sino de genes, y únicamente dependen de la combinación. Tal como pasa con los albinos: que también dependen de un gen, la combinación del cual determina la diferencia. El tercer cachorro, además, el único que salió calvo, el último en nacer, murió de frío al cabo de pocas horas. Y ni el veterinario ni yo encontramos ninguna explicación a este hecho, porque la ciudad de provincias donde vivíamos los dos es una de las


más calurosas del trópico mejicano: Oaxaca. Y haber nacido sin pelo no era razón suficiente para morir en Oaxaca. Pero desde que nació, el tercer cachorro temblaba y se escondía bajo las mantas que había hecho servir su madre durante el parto. Al final mi perro se cruzó en una tercera ocasión. Un fin de semana en que fuimos al rancho de una amiga en las afueras de la Ciudad de Méjico, y que mi perro estuvo con el resto de animales, medio salvajes, medio domesticados, que dormían y comían en las tierras propiedad de la familia de mi amiga. Tres semanas después de aquella excursión, mi perro y yo subimos a un avión que iba hacia mi ciudad de origen. Y unos meses más tarde mi amiga me envió una fotografía de los cachorros que acababa de parir una de las perras salvajes del rancho. No tenía ninguna duda que eran hijas de mi perro. Eran tres cachorros peludos y sanos, con la misma silueta primitiva que todos los xolosescuintles que se convertían en dioses en las esculturas rituales de América y Tailandia, pero con la vida impura de su madre, que ignoro quien debe ser, que probablemente ni tan solo tenga un nombre y que, si continúa viva, lo más probable en que nunca haya abandonado aquel rancho mejicano. Y siempre, siempre que pienso en esta historia que a mi me agrada tanto, me parece extraño que G no la sepa y que ni tan solo no haya tenido la oportunidad de conocer a mi perro.


8 EL ÁLBUM AMOR Y AMISTAD EN LOS CINES DE MALA REPUTACIÓN, que le envié a G, cuando volvimos a hablar después de haber estado cinco años sin vernos, contiene algunos parágrafos copiados de mis diarios personales. El primero que aparece es este: Acabo de estar con alguien que dice que quiere hacer el amor conmigo porque le gusta que me contradiga y tiene fecha de septiembre del 1995. En la página siguiente hay una fotografía mía, de espaldas, en traje de baño, los pies colgando dentro del agua y un delfín dándome un beso en la mejilla. Y también tiene una inscripción: Cuatro días después de dormir contigo, me dejé dar un beso con un delfín. Al cabo de un par de días de dormir por primera vez con G, me fui a Cuba. Iba a visitar a un amigo que estaba en la isla estudiando cine. Mi abuelo materno había nacido en Camagüey y yo siempre había querido viajar al ingenio azucarero donde había crecido. Pero no fui. Me quedé cuatro días hablando de G con mi amigo, que finalmente me sugirió que adelantase mi regreso. ¿Es cursi hablar de amor, verdad? Le pregunté. Cursi, es claro, a pesar de que no hay demasiadas maneras más de hablar de todo esto cuando estás dentro. Y me fui de la Habana. Llegué a la ciudad de G al cabo de dos horas y tuve un problema en inmigración por el cual


me retuvieron el pasaporte. Así que aún tardé unas cuantas horas más en llegar a mi casa, llamar a G y decirle he vuelto y no puedo más. Yo tenía veinticuatro años y el veintiuno, y pocos días antes habíamos dormido juntos por primera vez en un hotel de la ciudad. No recuerdo el nombre del sitio, pero si como llegamos. G y yo estudiábamos juntos y una tarde, al salir de la escuela fuimos a tomar un café. No puedo más, le dije. Esto consume y yo siempre había pensado que no era cierto, le dije. Soy una mujer caprichosa, le dije, no me gusta consumirme de esta manera. Salimos a la calle y paramos un taxi: tenemos cincuenta pesos, le dijimos al conductor. Si nos lleva a un hotel de treinta, los otros veinte son para usted. Si no lo encontramos, nos dijo, yo les alquilo el taxi por treinta, ¿les parece bien? Todos tenemos que colaborar con el amor, nos dijo. Pero lo encontró. Era un hotel sucio con un patio interior descuidado que estaba cerca de una de las vías rápidas que conducen al sur de la ciudad. Y, a pesar de eso, era un lugar silencioso. Cuando íbamos hacía la cámara que nos habían asignado vimos salir de la habitación de al lado una pareja de policías abrochándose el uniforme, y en la pared, encima de nuestra cama, descubrimos algunas manchas de sangre en las cuales imaginábamos formas. Pero esto fue después, porque cuando entramos ansiosos y estuvimos despiertos toda la noche. Cuando se hizo de día, G y yo nos colamos en el metro y cada uno se volvió a


su casa. Mañana me voy a Cuba, le dije al llamarle a mediodía. ¿Y cuando vuelves? Dentro de quince días. Te encontraré a faltar. Y yo a ti. Pero no pude tardar tanto. Volví antes de una semana y le llamé después de estar retenida durante un par de horas larguísimas en inmigración. Te he encontrado terriblemente a faltar, le dije. Pensé que me ahogaría en inmigración, le dije. Todo esto me sigue consumiendo, le dije. Unos días antes me dejé dar un beso por un delfín. Se lo expliqué, le dije: me dio un beso un delfín. Que se siente. Nada. ¿No se siente nada? No. Es un poco más interesante que sumergirse y escuchar aquel sonido que hacen los delfines que ya sabes como es, pero dejarte dar un beso por un delfín no se siente nada. Y es que G y yo nos entreteníamos con el juego extraño de repetir las cosas (Si un delfín te da un beso no se siente nada, de verdad que no se siente nada cuando un delfín te da un beso), cambiar el ritmo de una frase con las comas (¿Quieres cabello de ángel?) o aprender a decir palabras muy largas tan deprisa como pudiésemos (Parangariricutirimicuaro, un pueblo mejicano donde nunca he estado) Y es que no se de que otra manera explicar todo lo que inventábamos para pasar juntos tanto rato como fuese posible: dando un beso a un delfín no siento nada, no tengo ningún interés en conocer el ingenio azucarero de Camagüey donde creció mi abuelo, quiero ri a Parangaricutirimicuaro


contigo. Dejarlo todo. Tu y yo, juntos, solos, que fuimos. Diez meses extraordinarios. Y entonces recordé un episodio violento que había sucedido quince años atrás y G y yo nos empezamos a alejar. No me dejes sola, le pedí. Y se quedó. Se quedó casi para siempre. Pero cada vez más lejos. Fue como si un globo aerostático tardase años en descender y la espera fuese devastadora. Y también como si nos hubiésemos quedado quietos observando como el globo, cuando al final ya tocó tierra, se estrellaba. No quedó nada. No podíamos mirarnos, teníamos miedo de ver el mal que nos habíamos hecho. Y G se fue a hacer su vida y yo me fui a hacer la mía. Solos los dos. La muerte de lo que fuimos. En AMOR Y AMISTAD EN LOS CINES DE MALA REPUTACIÓN, hay un recorte de mis diarios personales que dice así: Un suspiro por el naufragio, una exclamación marchita, repetida, de costumbre, una felicidad ingrata, un paseo de piedras podridas y acarameladas donde solo las hormigas se atreven a entrar protegidas por sus paraguas de aguja, un milagro muerto, un cachorro seco, un volcán de agua, de hielo, de hierba, una memoria fragmentada, un olvido, una falsa escoba, un engaño, un túnel, un pozo, un gurú gritando mentiras desde el abismo de


los caminos de madera tallada de las selvas quemadas, un remolino de arena de playa, una luz pálida como pálidos los muertos, una espalda incapaz de reconocer los pasos que deja, un dolor cojo como el de las moscas acabadas de nacer, una luz apagada, un cuerpo inerte, un mapa sin mares, un cielo sin árboles, un campo plantado de flores marchitas, un suspiro que se ahoga. O una nota de una sola línea: Hace frío en tu cuerpo. G se marchó. La madre de G me envió una postal cuando G se fue de mi ciudad de origen y volvió a la suya, la nuestra, la única ciudad que es de los dos. Poco tiempo después de aquella noche que le llevé al aeropuerto vestida con el mismo vestido rojo que me había puesto hoy para escribir este texto. Unos días antes que nuestra relación se convirtiese en una fluida relación epistolar. La postal que me envió mi suegra era una reproducción de uno de los episodios del mural de Diego Rivera que está en el Palacio Nacional de la Ciudad de Méjico. Y detrás, decía: Con afectuosos saludos para todos vosotros, deseo que est´s bien y que superes la tristeza por la ausencia de G.

Y después G y yo nos escribimos mucho, nos enviamos sellos temáticos y postales:


No es que el cura Hidalgo quisiese la independencia. Su arrogancia era para todo el que pasaba por delante de sus ojos. Si miraba hacia el norte veía yanquis. Al sur, argentinos. Pero nunca observó nadie del Mediterráneo. El muy imbécil murió sin verte. ¿Qué locura es esta? Te quiero, G.

O me enviaba hojas secas: Esto es lo que he podido recuperar del viejo árbol caído. Cada hoja de trae hacia aquí. Ahora te la envío para que todo sea de verdad, que vuelvas con ella. Te amaré siempre, G.

Y G me esperaba. Y yo esperaba a G. Hasta que volví y volvimos y vivimos juntos dos años más. Solo dos años, más dos años más. Dos años cada vez más lejos. G se había hundido soportando el peso de todo, solo, y me necesitaba. Pero yo no estaba. Mi cuerpo estaba roto, exhausto, buscando refugio, espantado, también solo. Y una tarde después de hablar de la infancia, nos separamos. Tú has tenido muchas cosas, me dijo, no puedes entender como vivían los otros, me dijo. Inexplicablemente esto lo desencadenó todo. Y G y yo nos separamos, y quienes fuimos se murió. Me quedé en la Ciudad de Méjico todavía otros cinco años. Cinco años, menos cinco años menos. Y el día antes de volver a mi ciudad de origen, llamé a


la madre de G para despedirme. Gracias por haber querido tanto a mi hijo, me dijo. Y con esto pensé que alguien más lo había entendido todo y me fui un poco menos sola. Aunque también me quedé. Porque de G no me despedí, no me quiso ver. Le pedí a su hermano, el marido de Elena, que le avisase: que se va, que vuelve, que te quiere ver, despedirse de ti, abrazarte, que me cuesta marcharse y dejarte aquí. Pero el hermano de G, el mismo que había llorado en el jardín de aquel castillo tan pulcro en el transcurso de aquella noche espantosa, me dijo la verdad como me la habría dicho el abuelo: G no te quiere ver. Le ha costado aprender a estar sin ti, ha perdido doce kilos, no quiere. Así que yo me fui sin nada. Sola. Y entonces empecé a escribirle: un correo electrónico cada mes, que el nunca contestaba. Y muchos, muchos meses más tarde, le llamé. Era un treinta y uno de mayo, hacia la una de la madrugada, y G y yo hacía cinco años que no hablábamos. Le dije: no me gusta la vida sin ti. Y lo que fuimos recordó el aliento. Y volví. 9 En AMOR Y AMISTAD EN LOS CINES DE MALA REPUTACIÓN también hay una colección de fotografías. Unas las hizo quienes fuimos, otras nos las regalamos, y unas más nos las enviábamos en este tráfico fluido de sobres con sellos temáticos en que se convirtió nuestra relación durante un


tiempo. En una de ellas se ve una playa del norte de Veracruz en los años setenta, y G y su madre, que se abrazan. La madre de G lleva un traje de baño de color azul marino y una camiseta de tirantes blanca y roja. Y abraza a G, que de espaldas a la cámara a buen seguro que llora mientras su madre intenta ponerle un traje de baño color rojo. G debe tener como dos años. Y un par de años más tarde ya comía polos de mamei, dulces con chile picante y ordenaba las cosas meticulosamente. Era un niño aislado, lo que en algunas partes se llama un niño muy suyo. Leía mucho y lo ordenaba todo. Aunque nunca he sabido como podía hacerlo, porque en aquella época a G le costaba concentrarse. Su padre le ponía nervioso. En aquellos primeros diez meses extraordinarios que estuvimos juntos, G me regaló el primer libro que había tenido: un volumen infantil de los años setenta que tiene dibujada en la portada una patita encarnada vestida de ama de casa. Aunque, sin duda, aquel no fue el primer cuento que supo. Seguro que su madre le explicaba otros ya en la época en que se hicieron aquella fotografía de la playa de Veracruz, porque es una mujer con un extraño vínculo con la ficción que G ha heredado. Explica las cosas con precisión, usa un lenguaje de una manera muy especial y casi nunca se contradice. A mí, estas tres cosas siempre me han maravillado. Explica, por ejemplo, que cuando murió una de sus tías de la ciudad, los familiares supieron enseguida que no


podían enterrarla allá porque las tumbas en la capital son demasiado caras, así que muerta la tía la subieron a un coche para llevarla a Veracruz. Pero parece que a medio camino, los familiares les entró gana, y al fin y al cabo la muerta ya estaba muerta. Así que se pararon en un lugar de tacos de la carretera y aparcaron el coche lejos del gentío. Cuando estaban comiendo vieron acercarse un coche que conocían: era la prima de la madre de G, la hija de mujer muerta, a quien habían avisado que alguna cosa terrible le había sucedido a su madre y que iba hacia la capital. Pero al fin y al cabo lo que había pasado ya había pasado, y como que el día parecía que sería largo se paró a comer en la carretera antes de seguir su camino. Y de esta manera tan poco real, una hija supo que su madre estaba muerta porque la encontró en el asiento de atrás del coche de unos familiares en una parada de tacos de la carretera que va de Veracruz a Ciudad de Méjico. Esto explica la madre de G. Y explica también, con una precisión envidiable, que el año 1985, cuando un terremoto sacudió los fundamentos de la Ciudad de Méjico, ella podía haber sospechado que pasaría. Porque cuando G se fue a la escuela aquella mañana a las siete, en su bata, blanquísima, dice, le pareció ver una mancha de sangre. Pero – y este es el misterio que nadie ha conseguido explicarse – cuando la madre de G se acercó para limpiar la bata de su hijo, la mancha ya no estaba.


G fue una de las víctimas del terremoto de 1985. La escuela donde iba se hundió y la mayoría de sus compañeros de clase murieron aplastados por el derrumbe. Aquella fue la primera vez que G estuvo a punto de morir. La segunda, unos años más tarde, fue cuando se ahogó en una playa donde había un vivero de tortugas salvajes. G tiene un recuerdo muy traumático de aquella segunda experiencia, a pesar de que la primera está más documentada y es más fácil compartirla. Y yo siempre me he preguntado porqué debe ser así. Tal vez en el terremoto solo vio la muerte pero no tuvo tiempo de tenerle miedo. Estaba sentado delante de los balcones de las clases de su escuela y vio como se hundían. El, justo unos segundos antes había gritado a sus compañeros: salid de debajo de los balcones. A lo cual los compañeros, tapándose la cabeza con las libretas, le contestaron: Nos estamos protegiendo. Y le mató el derrumbe. G recuerda eso, recuerda la mancha de sangre que a su madre le había parecido ver en su bata, y recuerda las calles de la Colonia Roma atrapados en una nube de polvo que no desaparecía. Parecía Beirut, me dijo el primer día que me explicó el terremoto. Pero después me lo explicó su madre, la primera tarde que comimos pan dulce y chocolate caliente en casa de G. Y me lo explicó de una manera muy precisa, porque para hablar de un terremoto la madre de G necesitaba pocos elementos: una mancha de sangre en una bata limpia, una escuela que enterró a sus alumnos, y un niño, que ella jura que era un


ángel que la vio llorar en medio de la calle. Y es que la madre de G oyó por la radio que la escuela de G se había hundido. Así dice ella: dijo ah bien, lo que pasó es que yo oí por la radio que la escuela de G se había hundido. Y entonces salió corriendo de la casa, sin pensar que estaba a punto de entrar en una ciudad que era un caos, y se fue hacia el metro. Pero al metro no se podía entrar, porque ran ríos de gente los que salían, dice. Así que fue a ver al abuelo. Tu hermana te llevará, dijo el abuelo, autoritario, resolutivo, espantado, pero antes de has de comer un trozo de pan para que se te pase el susto. Y la madre de G explica que lloraba ty comía pan, mientras su hermana conducía un coche hacia la Secundaria 3, que era como se llamaba la escuela de G, esquivando una ciudad agonizante y perpleja. Cuando llegaron, la madre de G vio la escuela derrumbada, se cayó de rodillas en medio de la calle y sintió los dolores de parto. Pero entonces se le acercó un niño, que ella asegura que era uno de los que había muerto, el primero que se había convertido en ángel, y le dijo: su hijo está vivo, señora, ha vuelto a casa. Aunque el ángel estaba equivocado: G se había ido a casa del abuelo. 10 Hoy he llorado al recordar la muerte de un chico que tuve hace veinte años. No se si he llorado por el tiempo que ha pasado o por el recuerdo. Se llamaba


Jorge y tuvo un accidente de moto el norte del país. Pasó la noche al aire libre, porque el conductor del coche que le atropelló se dio a la fuga. Y a Jorge no le encontraron hasta la mañana siguiente. Entró en coma casi enseguida y lo trasladaron a mi ciudad de origen en avioneta. Estuvo una semana ingresado en la unidad de curas intensivas, se despertó un miércoles y el jueves se murió. Yo tenía catorce años. El sábado subí en un tren para ir hacia el norte del país e ir a su entierro. Pero no lloré. Al salir, en lugar de bajar del tren en la estación en que había quedado con mi madre, continué el viaje hasta otro barrio de la ciudad y llamé a mi padre. Quiero que bebamos juntos, le dije. Y aquella noche nos emborrachamos y le hable a mi padre de Jorge. Le quería, le dije. Y a la mañana siguiente le pedí otra vez que me diese un consejo. Dime alguna cosa, padre. Es muy extraño, padre. A menudo tengo la sensación de que no seré capaz de entenderlo y que me rendiré, padre. Y el finalmente accedió. Me dijo: yo creo que solo hay dos maneras de buscar la felicidad. ¿Cuáles, padre? Siendo anarquista y hedonista, sin concesiones. Y entonces me hizo un dibujo con un bolígrafo azul en una libreta con espiral tamaño cuartilla. Un dibujo que no guardé y que nunca he recordado que representaba, Y ahora, cuando vuelvo a pensar, sigo sin entender que debía dibujar mi padre aquella mañana para explicarme lo que eran la anarquía y el hedonismo, sin concesiones.


Esta noche he llamado a G para preguntárselo: ¿Qué debía dibujar mi padre? Ya está, me dice. Estoy con algún otro, me dice. Yo no soy así, me dice. No estoy solo, me dice. Y sola me siento yo, me quedo yo. Me quedo. ¿Para siempre?, pregunto. Quien lo puede saber, suspira. Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo. Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto. Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar África, llorando. Llorar como un cacuy, como un cocodrilo… si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar. Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca. Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

G dice que hay una cosa que yo hago siempre. Dice que le fuerzo a dejarme, que no es el que el lo quiera hacer, que no le doy ninguna otra opción, que le dejo solo, que me voy. Aunque no lo dice enfadado, ni recriminándome, hoy lo dice triste. Y yo se que me desea, se que me miente, se que nunca dejará de quererme. No lo sabes hacer, le digo. Me pide: no


me hagas pasar por esto, no me preguntes, me hace sentir culpable, rubor, nervios. Yo no soy como mi padre, me dice. Y no, no puedo decirte que ya no te quiero, no es así de fácil, no quiero hacerlo. Pero estoy con algún otro, me dice. Conocí a algún otro porque tu me dejaste una vez y tengo miedo que puedas volverlo a hacer, me dice. No te dejé, te pedí que te decidieses, te dije: si me tienes miedo me quedaré sola, si dejas de quererme me sentiré sola y nunca he querido estarlo. Me dejaste solo, me dice. Por favor, date cuenta, me pide. Porque G y yo nos tenemos miedo. El conoce a alguien y eso es todo lo que yo le pregunto: ¿Se ha acabado esto, es para siempre, ya está? Tu lo hiciste, contesta. Como fuese, digo: ¿ya está? ¿Por qué, porque no nos inventamos un espacio en común donde podamos estar juntos sin tenernos miedo? No lo se, me dice. Y los dos callamos. Lo tuvimos, me dice. Si, lo tuvimos, le digo. ¿Y te es igual? ¿Qué? ¿Saber que me perderás? Tú me perdiste a mí. ¿Y te es igual? Me tiene que ser igual, no puedo pasarme la vida esperándote. Soy yo quien te ha esperado y tu dijiste que no sabías si todavía me querías, que te dejé una vez, que puedo hacerte el mismo daño. Date cuenta, le pido. No puedo continuar hablando de esto, me dice. Contesta, le pido: ¿Te es igual? Estoy con algún otro, me dice. Conocí a una mujer cuando me dejaste solo, cuando me dijiste que si yo no te quería te quedarías sola, me dice. ¿Y como es ella?


Es una mujer con miedo, me dice. Si hubiese sido al revés ahora no estaríamos hablando de esto, me dice. Las cosas siempre son como tu quieres que sean, me dice. Es claro que no, le digo. Si lo necesitases yo hablaría contigo. No es verdad. Si que lo es porque soy una mujer leal. No, no lo eres. Sí que lo soy, y me esfuerzo por entenderte. Esto tendría que tener algún valor. Y lo tiene. ¿Entonces porqué no ves que no soy capaz de entenderlo todo?, le digo. Confías demasiado en mí, le digo. Y te consta que querer, he querido. 11 G y yo teníamos un amigo que murió ahora hace cuatro años. Se llamaba chucho, pero siempre me pedía que si escribía un libro en que apareciésemos juntos el saliese con el nombre de Corina y yo con el de Uliarda Jaramillo. Así que la Corina y la Uliarda Jaramillo se hicieron muy amigos cuando me separé de G, después de volver a la Ciudad de Méjico. En aquella época Corina y Uliarda Jaramillo salían juntas por las noches, iban a discotecas del centro de la ciudad donde cinco travestis vestidos de Cruela de Vil imitaban a Rocío Durcal cantando rancheras, y volvían a un local donde habíamos estado con G: un estrambótico e inexplicable escenario donde dos soldados hacían el amor en directo animados por los gritos del público. Pero sobretodo, después de


separarme de G, Corina y Uliarda Jaramillo paseaban juntas los domingos por la mañana por los mercados de imitación de marcas de diseñadores extranjeros, o por los mercados de abuelos, donde compraban moldes de madera para hacer zapatos, gafas de sol de los años cincuenta, y otras cosas a las cuales nunca les encontrábamos ningún uso. Después Corina y Uliarda Jaramillo almorzaban en alguna parada de la calle y hablaban de perros y hablaban de hombres y hablaban de G. Tus entrañas no niegan un asilo Para el ave que el párvulo sepulta En una caja de carretes de hilo, Y nuestra juventud, llorando, oculta Dentro de ti el cadáver hecho manzana De aves que hablan nuestro mismo idioma, Si me ahogo en tus julios, a mi baja Desde el vergel de tu peinado denso Frescura de rebozo y de tinaja: Y si tirito, dejas que me arrope En tu respiración azul de incienso Y en tus carnosos labios a rompope. Por tu balcón de palmas bendecidas El Domingo de Ramos, yo desfilo Lleno de sombra, porque tu trepidas. Quieren morir tu ánima y tu estilo, Cual muriéndose van las cantadoras Que en las ferias, con el bravío pecho Empitonando la camisa, han hecho


La lujuria y el ritmo de las horas. Corina y G con trabajos volvieron a verse después de nuestra separación. Aunque hablaron un par de veces por teléfono y supieron el uno del otro por amigos comunes y por los hermanos de G. Aún así, en aquella ocasión yo pensé que vería a G. Aún así, en aquella ocasión yo pensé que vería a G, que nos encontraríamos, que después de dos años aquella noche sí. Pero G no fue al entierro de Corina porque estaba fuera de la ciudad. Así que nosotros estuvimos sin el, toda la noche con el cuerpo de Corina sin el, en un tanatorio que está al lado de una de las discotecas más decadentes de las drag queens del centro de la ciudad, sin el. Y yo lloraba mientras decía a los hermanos de G que le había querido mucho, que Corina nunca me había dejado sola, que como estaba de sola sin el. En una ocasión Corina decidió vivir de vender imitaciones, y me convenció para que le comprase un falso reloj Armani que nunca he usado y al cual no se desconectarle la alarma que alguien la debía haber conectado. Así que cada día, cuando estoy en casa, a la una del mediodía escucho el sonido insistente de la alarma de mi Armani, que está guardado en una caja del armario del baño. Y siempre, cuando me miro al espejo, aunque no sea la hora en que suena la alarma, pienso que Corina está detrás de mí. Y a veces, sin darme cuenta, la sonrío. Le encuentro a faltar.


Y cuando G y yo nos volvimos a encontrar le expliqué las cosas que les habían pasado a Corina y a Uliarda Jaramillo en aquellas noches que salían por los bares de travestis del centro de la ciudad. Pero G no me quiso acompañar a su tumba a dejarle flores, una vela y una carta. En enterrador dejó una rendija abierta entre la placa de hierro y el muro, le dije, así que cada vez que visito la tumba de Corina le dejo una carta dentro, le dije. Sin explicarme ni preguntarme nada, se lo dije. 12 El día que cumplí diez y seis años mi padre me regaló una edición anotada de la novela Pedro Páramo, del escritor mejicano Juan Rulfo. Las notas hacían referencia a conceptos propios de Méjico como ahora milpa, que con una nota a pie de página se aclaraba que era un campo de maíz. En la primera página mi padre escribió su dedicatoria con un bolígrafo azul: si puedes ser amante sin estar loco de amor, serás un hombre, hijo mío. Era de Rudyard Kipling, una estrofa de su poema “Sí” que, por alguna razón que nunca he conseguido entender, mi padre la escribió en francés: si tu peut être amant sans être fou d’amour, tu seras un homme, mon fis. Ahora pienso que mi padre cuando era pequeño estudió la poesía de Kipling en la clase de lengua francesa, porque


recuerdo algunos poemas que solo se los sabía en este idioma. Una de mis muchas obsesiones mientras mi padre estuvo vivo era pedirle consejos que nunca me quería dar. Tenía curiosidad por observar las maneras que buscaba para evadirse. A pesar que también es cierto que yo creía de verdad que el podía ayudarme a perderme menos, que con su experiencia tendría alguna pista, que tenía la obligación de ayudarme, que era mi padre. Pero ganó el Y a lo largo de su vida solo me dio dos consejos. El primero fue que había que ser anarquista y hedonista, sin concesiones. El segundo, que se tenía que aprender a querer sin volverse loco. Y hace unos días, cuando le estaba explicando esto a una amiga que conoció muy bien ami padre, me dijo: que tonta que fuiste. ¿Cómo es que no entendiste que lo que tu padre te estaba aconsejando era que pensases tu, perderte sola? Mi padre murió en 1999 y al cabo de un tiempo yo compré una antología de poemas de Kipling. Busqué “Sí” con desesperación, porque habían habido de pasar muchos años antes de que me atreviese a comprarlo y leerlo entero. Y cuando lo revisé, en versión original en lengua inglesa, y en una buena traducción al castellano, no encontré nada que se pareciese a lo que había escrito mi padre con tinta azul en aquel ejemplar de Pedro Páramo anotado que me regaló el día que cumplí dieciséis años. Milpa: campo de maíz.


Solo hay un pasaje que podría recordar al que escribió mi padre en la primera página del libro de Juan Rulfo, y dice así: Si puedes mantener la cabeza en su sitio Cuando todos la pierden- y te culpan por ello –

Y acaba: Serás, en fin, lo que se dice un hombre.

Hace unos años que perdí el libro dedicado que me había dedicado mi padre, porque se lo dejé a un amigo que nunca más me lo ha devuelto. Y hace justo un par de semanas decidí buscarlo para saber si aún lo tenía. Se lo dejé hace más de quince años, pero es probable que aún lo conserve. Era una edición extraña, y no creo que el se la dejase a alguien que no se la había devuelto. He conseguido el teléfono de un familiar de aquel amigo de la adolescencia, que casualmente vive en el mismo pueblo que mi familia, y este fin de semana he decidido ir a probar de recuperar el regalo que me hizo mi padre el día que cumplí dieciséis años, Pedro Páramo, que empieza diciendo: Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

Y acaba:


Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir ni una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuese un montón de piedras.

Lo recuerdo aunque no lo estoy leyendo, porque a menudo le pedía a G que me recitase el texto en voz alta. Y es que G, muchas noches, me leía cuentos. 13 A veces necesito recordar los motivos por los cuales G y yo hemos decidido separarnos. No porque dude de las cosas que nos hemos dicho, sino porque olvido las conclusiones. Entonces le llamo, porque G recuerda los pensamientos fijados en el tiempo y yo recuerdo los procesos. Lo que Lorca explica así: La tarde equivocada Se vistió de frío. Detrás de los cristales. Turbios, todos los niños, Ven convertirse en pájaros Un árbol de amarillo. La tarde está tendida A lo largo del río. Y un rubor de manzana


Tiembla en los tejadillos. Yo los procesos, el los pensamientos fijados en el tiempo. Siempre nos hemos dividido la memoria de esta manera. Yo recuerdo como hemos llegado a alguna cosa y el lo que hemos concluido. Y en esto los dos somos como piedras. Por eso ahora puedo llamarle y preguntarle cosas como, escucha, recuérdamelo, por que no estamos juntos. Y el me llo aclara. Porque G y yo ahora estamos aprendiendo a entendernos así: llamarnos y preguntarnos cosas como ahora, recuérdamelo, por qué no estamos juntos. Y esto, los que fuimos, no sabía hacerlo. Pero, en otras ocasiones, necesito desesperadamente hablar con el. No para nada en concreto, solo por tenerlo cerca. Y se que a el le pasa lo mismo. Nos gusta hablar, G y yo siempre hemos tenido el extraño e irrefrenable impulso de probar de entendernos en todo. Y cuando estamos juntos los dos nos sentimos poco solos. También nos gusta esto. Y ahora, que necesitarnos ha dejado de darnos miedo, a lo que fuimos empezamos a mirárnosla con distancia, y nos reconocemos con una ternura que habíamos evitado transitar. Una ternura que, después de reencontrarnos, habíamos evitado, porque ambos dos desconfiábamos de nuestra memoria. Y es que G y yo, aunque no podamos quedarnos lejos, estirar los brazos para mantener a distancia el cuerpo moribundo de lo que fuimos, ahora hablamos de


cosas diferentes porque antes, cuando hablábamos de amor, nos peleábamos. Yo le expliqué a G que había conocido a algún otro cuando me dijo que me había dejado de querer. Lo he pensado, me dijo, lo he intentado, me dijo, pero no puedo confiar en ti, me dijo. Y entonces yo sufrí mucho y conocí a alguien a quien inmediatamente olvidé. Volvamos a intentarlo, le fije, te vengo a ver, le dije no podemos matar esto, le dije. Pero ya no me consumía. Ya no. Ja no, me dijo. Hemos de decidir alguna cosa, me dijo. Se nos irá la vida con todo esto, le dije. G, le dije, cuando seas viejo te arrepentirás de haberte mentido, le dije, te levantarás un día y querrás saber donde estoy, le dije, y te culparás por no haberte atrevido a quererme, le dije. ¿Tú crees?, me preguntó. Estoy convencida, le dije. Vete a saber, me dijo. Y cuando G dice esto quiere decir dos cosas: que no y que no lo sabe. Como si tuviese algún sentido pararse en un punto medio e indeterminado entre el no y el no lo se. Y al cabo de unos días me dijo he conocido a una mujer. G ha conocido a una mujer y me ha hablado. Los otros no. Los otros dan vueltas para no decirle que G ha conocido a algún otro. Y cuando llamo a casa de su madre ella me dice: no está, me dice, ha salido a hacer no se que, me dice, no se cuando volverá, me die. Y después yo le pregunto a G como es querer a otra mujer. Pero no lo hago para que el recuerde que me quiere a mí. Porque la verdad es que me estoy acostumbrando a estar sin G, a entender que hace


tiempo que no me quiere, que ya no, que se acabó hace años, aunque a mí continúe sin agradarme la vida sin el, aunque me siga queriendo, aunque los dos necesitemos hablar a menudo para sentirnos menos solos. Aunque después nos volviésemos a ver, cuando le llamo de madrugada de un treinta y uno de mayo y le hice AMOR Y AMISTAD EN LOS CINES DE MALA REPUTACIÓN y cogí el avión y fui a verle a nuestra ciudad. Entonces estuvimos juntos un mes y nos peleamos mucho. No tanto como antes, pero, porque ahora los dos sabíamos que ya no nos servía, que por separado habíamos aprendido que nos aburría discutir por cosas por las cuales casi nunca nos pondríamos de acuerdo con los otros. Que ya no es importante tener razón. Aunque sea triste que hayan cosas que ya no nos parezcan importantes, como si lo otro estuviese cada vez más explicado. Ni tu silencio duro cristal de dura roca, Ni el frío de la mano que me tiendes, Ni tus palabras secas, sin tiempo ni color, Ni mi nombre, ni siquiera mi nombre Que dictas como cifra desnuda de sentido: Ni la herida profunda, ni la sangre Que mana de sus labios, palpitante, Ni la distancia cada vez más fría Sábana nieve de hospital de invierno Tendida entre los dos como la duda;


Nada, nada podrá ser más amargo Que el mar que llevo dentro, solo y ciego, El mar antiguo Edipo que me recorre a tientas Desde todos los siglos, Cuando mi sangre aún no era mi sangre, Cuando mi piel crecía en la piel de otro cuerpo, Cuando alguien respiraba por mí que aún no nacía. El mar que sube mudo hasta mis labios, El mar que me satura Con el mortal veneno que no mata Pues prolonga la vida y duele más que el dolor El mar que hace un trabajo lento y lento Forzando en la caverna de mi pecho El puño airado de mi corazón. Mar sin viento ni cielo, Sin olas, desolado, Nocturno mar sin espuma en los labios, Nocturno mar sin cólera, conforme Con lamer las paredes que lo mantiene preso Y esclavo que no rompe sus riberas Y ciego que no busca la luz que le robaron Y amante que no quiere sino su desamor. Mar que arrastra despojos silenciosos, Olvidos olvidados y deseos, Sílabas de recuerdos y rencores, Ahogados sueños de recién nacidos, Perfiles y perfumes mutilados, Fibras de luz y náufragos cabellos. Nocturno mar amargo


Que circula en estrechos corredores De corales arterias y raíces Y venas y medusas capilares. Mar que teje en la sombra su tejido flotante, Con azules agujas ensartadas Con hilos nervios y tensos cordones. Nocturno mar amargo Que humedece mi lengua se ca con su lenta saliva Que hace crecer mis uñas con la fuerza De su marea oscura. Mi oreja sigue su rumbo secreto, Oigo crecer sus rocas y sus plantas Que alargan más y más sus labios dedos. Lo llevo en mi como un remordimiento Pecado ajeno y sueño misterioso Y lo arrullo y lo duermo Y lo escondo y lo cuido y le guardo el secreto.

Ahora G y yo queremos otras cosas, compartimos otras cosas y, otra vez, tenemos pasados diferentes. El recuerda que pasó una cosa y yo recuerdo que pasó otra, con las mismas imágenes, las mismas escenas, las mismas palabras, los mismos tiempos: cosas diferentes. Tenemos maneras diferentes de entender el amor, me dice. Queremos cosas diferentes, me dice. No, le digo, no queremos cosas diferentes, es que tú dejaste de quererme, le digo. Y no lo puedo olvidar, me


dice. G no me puede perdonar, piensa. Continúa herido, piensa. Y los dos sabemos, callados, que su herida no se cura ni se curará nunca. Ni la nuestra tampoco. No podemos hacer ver que no pasó nada, me dice. El tiempo pasó, le digo. Las cosas cambian, le digo. Algunas no. Y G cree que este es un buen motivo para obligarse a dejarle de querer: algunas cosas no cambian. Y en contra de esto, ni el ni yo hemos encontrado ningún antídoto. Nada. ¿Qué es lo que necesitas para ser feliz?, le digo. Estoy tranquilo, me dice. O solo dice tranquilo y además lo dice muy serio. ¿Eres feliz sin mí? Tranquilo. Y yo dudo porque pienso que tal vez dice las cosas así de serio porque así es como debe estar de triste. Pero la verdad es que G ya no quiere ir a Parangaricutirimicuaro conmigo. Y yo tampoco. Y ha tenido que pasar mucho tiempo para que yo consiga entender el por qué. Ahora, que ya está eso. Éste que ves, engaño colorido, Que del arte ostentando los primores, Con falsos silogismos de colores Es cauteloso engaño de sentido; Éste en quien la lisonja ha pretendido Excusar de los años los horrores, Y venciendo del tiempo los rigores Triunfar de la vejez y del olvido. Es un vano artificio del cuidado,


Es una flor al viento delicada, Es un resguardo inútil para el hado: Es una necia diligencia errada, Es un afán caduco y bien mirado, Es cadáver, es polvo, es sombra, es nada. 14

La primera vez que oí hablar a G fue en el aula de una escuela. Un maestro nos propuso un juego colectivo: el leía metáforas y nosotros teníamos que adivinar a que se referían. La fuente de todos los placeres, dijo. La vagina, contestó G. La cocina, suspiró la mujer que la había escrito. Y yo me volví y vi a G sentado en la penúltima fila. Llevaba un chaleco azul marino sobre una camiseta blanca y unos tejanos. Era el 3 de Enero de 1995. G tenía veintiún años y yo veinticuatro. Creo que el no se fijó en mí y que tuvieron que pasar unos días antes que alguien nos presentase. Aquel verano yo volé a mi ciudad de origen y no volví hasta al cabo de un mes. Y entonces si, cuando volví quería verle a el, solo a el. Y le llamé, salimos, tomamos café, fuimos a alguna fiesta y algún encuentro organizado por sus hermanos. Hasta que en setiembre le dijimos al taxista: tenemos cincuenta pesos. Si nos lleva a un hotel de treinta, los otros veinte son para usted. Sino lo encontramos, nos dijo, yo les alquilo el taxi por treinta, ¿les parece bien? Es necesario que todos colaboremos con el amor.


Cinco años juntos: diez meses extraordinarios., un recuerdo, una estancia eterna en mi ciudad de origen, una relación epistolar, un retorno, dos años enfrentados, cinco años en silencio, correos electrónicos sin respuesta, una llamada el treinta y uno de mayo, muchos meses hablando sin habernos visto (murió mi padre, me dijo), un paquete postal: AMOR Y AMISTAD EN LOS CINES DE MALA REPUTACIÓN, un viaje, el reencuentro en nuestra Ciudad de Méjico, un mes juntos, como antes, también peleándonos, otro viaje, el mismo impulso para no perdernos, otra vez cosas diferentes con las mismas escenas, una última conversación telefónica hablando de amor: ya está, me dice, estoy con algún otro, me dice. Y una pregunta final: ¿puedo poner tus cartas en mi libro? Si, supongo que si que puedes. A pesar de que ¿Cómo explicarlo? Como explicar que cuando me quedé sola en mi ciudad de origen y tu volviste a Ciudad de Méjico, empezábamos a estar perdidos, agonizaba quienes fuimos, hablábamos sin saber que no es cierto que seamos lo que somos capaces de decir. ¿Qué solo somos lo que nos queda? Fábula de la mariposa: cansada de batir récords de altura, la mariposa se paró sobre un cráter. En un abrir y cerrar de ojos, el volcán entro en erupción. Todavía asustada, la mariposa pregunto: ¿por qué me despeinas? Aquí estaré, aquí estoy. Y con la experiencia conseguiremos ser, por descontado juntos, sabios en alguna cosa que nos costó aprender. Eso sí, despeinados


pero preciosos. Ya me he oxidado bastante. La última cosa que querría en que encontrases, al llegar, un carro de aeropuerto chirriante. Para ti, siempre, G. ¿Y como decir que tampoco sabíamos que las fuerzas se agotan y los tiempos se acaban pero las cosas quedan para siempre? ¡Que ni tan solo no conocíamos la tristeza, la profunda, indestructible, espantosa, terminal tristeza, que hace ver el fracaso a quien se quiere? Fracasar que fuimos, caer juntos. Sin remedio. Estoy entusiasmado con los planes que tenemos. Confío en que todo saldrá bien. Te quiero, te adoro, G.

Que no, que cansados, ignorantes, perdidos, no. Que quisimos querer creer que pelearnos no eran los restos de lo que quedaba, que a nosotros no, que nos queríamos y que no. Que con el amor había suficiente y que no. No visitaré el reino esta mañana ni pasado mañana y tal vez nunca. No buscaré mis pasos por el solar sombrío ni escucharé a los cuervos picotear esmeraldas alrededor del foso. No seguiré el curso del torrente con la bandera en alto ni ensartaré a los peces de vísceras henchidas que llegan a la orilla. No estaré para levantar la tienda bajo la vibración de las colmenas ni mi corazón será turbado por la memoria de tu cuerpo desnudo. Allá, en el reino, otras manos amasarán la lluvia con la ceniza que llena el sayo de los muertos. Allá se harán pedazos los iconos, uñas ajenas adormecerán los muslos de las parturientas y las mejillas


de los niños serán pasto de esos pequeños monstruos que vuelan en parejas, conducidos pr un ejército de piojos. No volveré a tocarte. Tu nombre ya no pronunciaré. Aquí, sobre la espalda de un combatiente que agoniza, acepto la derrota y esta imbécil nostalgia por el reino.

Finalmente solos, rendidos. Culpando el recuerdo de nuestra lejanía. Sin suficiente capacidad de imaginar como para pensar que tal vez fue la devastación de la memoria lo que nos mantuvo unidos, lo que nos dio aquella íntima, preciosa y escasa oportunidad de sentir el pánico en los brazos del otro, de mirarlo y tenerle miedo, de saber por un instante absoluto, con certeza, que no, que, después de todo no, que de aquella manera entendernos no, que juntos no. Y a pesar de ello, quedarnos. Prontas a reunirse, a reconciliarse En la destrucción del cuerpo de nuestra casa, Inmutables permanecen las tempestades. 15

Hoy han pasado algunas cosas extraordinarias. Por la mañana me he levantado en el pueblo donde vive mi familia. Ayer comí con mi abuela materna y pasamos la tarde juntas. Mi abuela y yo nos llamamos igual y la semana pasada había sido nuestro santo. Así que ayer comí con ella y le regalé un libro mío que había salido hace unos días. A mi


abuela la emocionó que lo hubiese dedicado a mi padre: este libro es para mi padre (1944-1999). Esta mañana cuando aún estaba en el pueblo, he encontrado al amigo de la adolescencia a quien dejé el ejemplar de Pedro Páramo que me regaló mi padre el día que cumplí los dieciséis años. Recuerda habérselo leído, sí, pero cree que ya no le tiene. De todas maneras me ha dicho que lo buscará y que me llamará en un par de días. Después me ha preguntado que tal me van las cosas y le he explicado que me acaban de publicar un libro y que eso me hace estar contenta. Y le he dicho: si encuentras mi ejemplar de Pedro Páramo te lo cambio por un libro de los míos. Entonces he vuelto a casa. Al llegar me ha llamado un amigo para preguntarme si yo recordaba la fecha exacta en que ocurrió una anécdota que vivimos juntos. Yo decía que en 1997 y el que en 1993. Así que he revisado mi caja de cartas buscando alguna fecha que nos lo pudiese aclarar, aunque no ha servido de nada. Pero entre todas las cartas, he encontrado cinco que me escribió mi padre. Estaban en el fondo de todo de la caja y algunas no recordaba haberlas leído nunca. En una de ellas me hablaba de un libro que tenía pensado escribir y en el cual, según el, iba bastante avanzado. Mi padre siempre quiso ser escritor, pero que yo sepa nunca escribió nada.


Cuando lo tenga acabado buscaré un editor. O tal vez lo envía a uno de los concursos de Omnium Cultural. Me gustaría mucho ganar un Omnium algún día.

El libro que le regalé ayer a mi abuela y que está dedicado a mi padre se llama Esto que ves es un rostro, y ganó el último premio de Literatura Experimental de Omnium Cultural, el premio al cual mi padre me explica en su carta que le habría agradado presentar su libro cuando lo tuviese acabado. Y son precisamente esta clase de anécdotas las que fascinan a G. Y frenar la espontaneidad dificulta entender ciertas cosas. Porque yo ahora llamaría a G para explicarle lo que ha pasado, aunque probablemente no esté en su casa: es fin de semana y debe haber dormido fuera. Y no es que me haga pensar mal que duerma con algún otro, pero me intranquiliza no poder descolar el teléfono para decir: G, hoy has pasado algunas cosas extraordinarias. Tener que esperar. Porque son exactamente este tipo de cosas las que entorpecen la cálida despedida de quienes fuimos. Eso, y no la desaparecida muerte de las ideas abstractas. Ciudad de Méjico, otoño del 1995 (2004) Barcelona, primavera del 2005. VRBE: “Superpoema bolchevique en cinco cantos” Maples Arce.


He aquí mi poema Brutal Y multánime A la nueva ciudad. Oh ciudad toda tensa De cables y de esfuerzos. Sonora toda De motores y de alas. Explosión simultánea De las nuevas teorías, Un poco más allá En el plano espacial De Whitman y de Turner Y un poco más acá De Maples Arce. Los pulmones de Rusia Soplan hacia nosotros En viento de la revolución social. Los asalta braguetas literarias Nada comprenderán De esta nueva belleza Sudorosa del siglo, Y las lunas Maduras Que cayeron,


Son esta podredumbre Que nos llega De las atarjeas intelectuales He aquí mi poema: Oh ciudad fuerte Y múltiple, Hecha toda de hierro y de acero. Los muelles, las dársenas, Las grúas. Y la fiebre sexual De las fábricas. Vrbe: Escoltas de tranvías Que recorren las calles subversistas, Los escaparates asaltan las aceras, Y el sol, saquea las avenidas. Al margen de los días Tarifados de postes telefónicos Por sistemas de tubos ascensores. Súbitamente, Oh fogonazo Verde de tus ojos. Bajo las persianas ingenuas de la hora Pasan los batallones rojos.


El romanticismo caníbal de la música yanke Ha ido haciendo sus nidos en los mástiles. Oh, ciudad internacional, ¿Hacia que remoto meridiano Cortó aquel trasatlántico? Yo siento que se aleja todo. Los crepúsculos ajados Flotan entre la mampostería del panorama Trenes espectrales que van Hacia allá Lejos, jadeantes de civilizaciones. La multitud desencajada Chapotea musicalmente en las Calles. Y ahora, los burgueses ladrones, se echarán a temblar por los caudales Que robaron al pueblo, Pero alguien ocultó bajo sus sueños En pentagrama espiritual del explosivo. He aquí mi poema: Gallardetes de burras al viento, Cabelleras incendiadas Y mañanas cautivas en los ojos. Oh ciudad Musical Hecha toda de ritmos mecánicos.


Mañana, quizás, Solo la lumbre viva de mis versos Alumbrará los horizontes mutilados. 14. Extracto de “VRBE”, uno de los poemas más representativos del movimiento estridentista mejicano, el manifiesto del cual firmó un contemporáneo de Maples Arce que se llamaba Germán Lizt Arzubide: “Ahora que todo está liquidado, entregamos nuestro grito de guerra a la miopía de los historiadores, señalando antes lo que queremos que digan de nosotros, de nuestras vidas literarias, porque intentamos evitar desde hoy las discusiones de los académicos del año 1945, que vendrán a medir, a pesar, a limpiar y a dar esplendor a lo que nació exacto, vivió completo y terminó in eco porque estaba más arriba que todas las montañas”.

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QUIENES FUIMOS  

Y quienes fuimos ha hecho cosas imprevistas, como ahora tomar decisiones que no sabía tomar o quedarse a compartir una convivencia

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