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dedicatoria. Escrita con letra muy pequeña y en color calabaza de siempre. -Hostia, de sorpresa en sorpresa. Recuerda siempre, querido Kim, que los de nuestra hornada también fuimos jóvenes. Tú todavía lo eres. A los cincuenta puede empezar todo. Aprovéchalo. Y firmaba tu padre. A secas. Los niños corrieron a poner el Carosone mientras Elsa volvía los altavoces hacia fuera. Se volvieron a coger todos. Pero ahora, por los hombros, para escuchar “Piccolisima serenata” como si fuese su responso. La del Paco Ráfales. El padre. El abuelo. El hotelero elegante del paseo de Gracia de Barcelona, -El también fue joven. Cuando acabó la música nadie tuvo ganas de decir nada. Cada uno aislado en su silencio. Con la necesidad íntima, de volver a el. La tranquilidad del mar, en azul eterno, ayudaba al momento privado y a los recuerdos con Paco. Cada uno los suyos. Elsa miraba al cielo y volvía a volar a Ámsterdam, la primera vez que subía a un avión para acompañar a su padre a la inauguración de un hotel. Jana se veía abriendo regalos en el piso de los abuelos, con el olor de escudella del día de Navidad. Víctor, sentado en las piernas del abuelo, intentando salirse para que no le hiciese cosquillas clavandole la barbilla en las costillas. Que traza tenía. Miguel Angulo se veía al lado de Paco, enseñándole – cosas del yerno – como

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NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

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