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bicicletas de alquiler con paraditas en la calle… Es un iluminado del culo. ¿Cómo subes tú a Bellaterra? -¿A la facultad? En tren, ¿Cómo quieres que vaya? -Yo subo en moto cada día, por la Arrabassada. Llego con la adrenalina a tope. -Que no te tengan que coger algún día… -Mira – Kim le enseñó la cicatriz. Era la antigua señal de cinco o seis puntos que dibujaban una araña sobre su brazo izquierdo. -¿Esto te lo has hecho este curso? -¡No, que va! Laura señaló la casita blanca, plantada dentro del estanque a través de una pasarela. -Daremos la vuelta y pararemos allí. -Esto hace la tira que lo tengo. Los Reyes, un año, me trajeron una Cota 49. Yo debía tener ocho o nueve y salí dándole gas a la moto nueva en la casa de Llafranc, que tiene el camino lleno de grava, y me dí un morrón de narices. De todas las casetas a flor de agua, La Carpa de Oro era la pesquera que más le agradaba a Laura. No tanto por las formas arábigas que siempre le habían parecido extrañas en aquel paraje, ni por las almenas, que le conferían un aire de castillo en construcción infantil, sino porque era la que quedaba más resguardada. La leyenda decía – los lagos siempre viven de mil y una fábulas – que aquella caseta pertenecía a un cónsul ruso. Laura, desde que iba, de pequeña con sus abuelos, nunca había visto ninguno. Dejaron las bicicletas reclinadas en el suelo

Profile for Guillermo de Castro

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

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