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Ella entró en le lavabo y cerró la puerta con un golpe seco, para subrayar la rabieta. Kim, a pesar de que la escena le corroía, intentó mantener la calma. Intentaba no contaminarse con el humo acre de la pólvora. Pero se volvió. Levantó un poco la voz para asegurarse que su mujer le oiría pero que los niños, en la habitación de al lado, no podrían. -Si ahora se cae el avión te sabrá muy mal que estas hayan sido las últimas palabras. Miriam volvió a abrir la puerta, de golpe. -Eres un mamonazo, Kim. Ve a Londres y dale recuerdos de mi parte. Y llámame, sobre todo, para saber que es todo esto tan grave que le pasa, que, si no, no podré dormir. Era una mala manera de irse. Del paseo de la Bonanova al aeropuerto del Prat le duró la indignación. Las broncas le sacaban de sus casillas. Si eran injustas, como consideraba que era el caso, todavía más. Injusta y desproporcionada. No se esperaba, nunca en la vida, que su mujer le montase una escena como aquella. Quizá tampoco era habitual – y en frío era capaz de reconocerlo – que el, de repente, cogiese una muda, un neceser, una maleta de ruedas y comprase un billete de avión de última hora, de huída improvisada, hacia no sabía bien qué. Cuando las ruedas del British Airways dejaron de tocar el suelo, ya no pensó más en Miriam.

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NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

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