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estuviese gordo, pero si que según y como, cuando se levantaba, el cinturón solía girarse como si quisiese esconderse debajo del vientre, un detalle que sacaba de quicio a la zia Mina. No soportaba que la hebilla de su marido mirase al suelo, ella que le quería tan pincho. Le hacía ir de veintiún botones. Como si tuviese que bajar las escaleras de la piazza d’Spagna para rodar un anuncio, le decía siempre. Y el se paseaba por el vestíbulo del Rafaeli de Roma con la punta del pañuelo blanco que sacaba la nariz por el plastrón de la americana, los pantalones con las perneras estrechas y la vuelta girada por fuera, sobre un zapato duro, de cordones lustrados con el betún del color que le correspondía. -¿Recuerdas a Roger, como imitaba la manera de hablar del tío Vicente? -No demasiado, padre. -Tenía mucha gracia. Roger imitaba a todo el mundo desde pequeño. Era extraño que Paco Ráfales hablase sel Roger o del Alex. Pensaba cada día. Pero solo les nombraba muy de tanto en tanto. Y menos aún, delante de Kim o de Elsa. -¿Qué quiere el tío? ¿Por qué ha venido de Italia? -¿Por qué tiene que querer nada, Kim? – Si llevaba la corbata azul marino, era viernes. Se arregló el nudo mirándose en el reflejo de la ventana que daba al Paseo de Gracia – Tal vez para huir unos días de la zia. -¿No te cae muy bien la zia, verdad?

Profile for Guillermo de Castro

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

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